Yo seguía repitiéndolo, como un grito encerrado en mi propia cabeza, una y otra vez, hasta que me dolía la garganta de tanto pensarlo: “No es mío. No es mi recuerdo. Yo no soy ella. Yo no estoy aquí”. Pero por más que cerraba los ojos, por más que me tapaba los oídos con las manos sucias y temblorosas, no podía escapar. No tenía opción. Algo me obligaba, me arrastraba, me clavaba la mirada en cada imagen, en cada momento, como si me abrieran los párpados a la fuerza y me dijeran: “Mira. Mira bien. Esto es lo que pasó. Esto es lo que ella sufrió. Y tú lo vas a ver todo”.
Era como ser un fantasma atrapado dentro de la piel de otra persona. Yo era Lina, la chica que murió en una cama de hospital, que solo quería descansar y estar tranquila… y sin embargo, estaba allí, reviviendo paso a paso, segundo a segundo, la vida de Celia, una chica que no conocía, una historia que me daba asco, un dolor que jamás le desearía ni a mi peor enemigo.
Y ahora… me obligaban a ver el día de su boda.
Me vi —o más bien, vi a ella— sentada en medio de un salón inmenso, lleno de luz, de música, de gente riendo y aplaudiendo. Llevaba un vestido de blanco marfil, tan hermoso, tan suave, tan elegante… que me dieron ganas de vomitar solo de verlo. Era pura apariencia. Era una mentira hecha tela. El escote amplio dejaba ver unos hombros delicados, adornado con encajes florales que parecían hechos por ángeles… pero yo sabía lo que había debajo. Sabía que debajo de esa tela fina se escondían moretones, heridas viejas, marcas de manos que la habían tocado sin permiso, que la habían lastimado.
En su cabeza, una peonía rosa grande y bonita, con hojas plateadas y una cinta morada que caía entre su cabello morado, corto y ondulado. Parecía una princesa, un hada, algo mágico… pero para mí, ese adorno solo me pareció una burla. Alrededor de su cuello, una gargantilla violeta con una amatista grande y brillante, y una lágrima de cristal que colgaba. Una lágrima de mentira, porque las verdaderas las había derramado todas en la oscuridad, donde nadie las veía. Sus pendientes largos, dorados, con piedras que brillaban… todo lujo, todo oro, todo falso.
Ella estaba hermosa. Demasiado hermosa. Y estaba sola.
Yo sentía lo que ella sentía, pero al mismo tiempo, mi propia mente gritaba con repulsión. “Sácame de aquí. No quiero ver esto. No quiero sentir esto”. Pero no podía. Estaba atada a su memoria, obligada a presenciar cómo todo el mundo la miraba, cómo todos hablaban de ella como si fuera un objeto precioso, una joya, una cosa que pertenecía a alguien más.
Y entonces apareció Cyrus.
Lo vi caminar con esa elegancia asquerosa, con su cuerpo atlético, sus hombros anchos, su cabello negro con reflejos rojizos y esos ojos rojos rubí que brillaban con una inteligencia fría y peligrosa. Sonreía. Sonreía como si estuviera enamorado, como si fuera el hombre más feliz del mundo por tenerla a su lado. Y yo, viendo todo desde dentro, sentí un asco tan fuerte que me revolvió las tripas. Esa sonrisa era podredumbre pura. Sentía su orgullo, no como un esposo, sino como un ladrón que acaba de robar el tesoro más grande del mundo y se pasea con él frente a todos para que lo admiren. Me daba rabia ver cómo fingía, cómo engañaba a todo el mundo con esa máscara de perfección.
Los aristócratas, los duques, los condes… todos se acercaban, halagaban, decían que era una unión gloriosa, que era un honor para sus familias estar cerca de la Santa. Y yo, desde mi mente ajena, pensaba: “Mienten. Todos mienten. Solo quieren su poder. Solo quieren brillar con la luz que ella tiene, pero no les importa quién es ella, ni lo que siente, ni si está viva o muerta”. Me daba asco su avaricia, su hipocresía, cómo se sentían orgullosos de algo que habían comprado, algo que era una persona humana, no un título ni una bendición.
Y luego llegaron ellos. La Iglesia.
Sacerdotes, obispos, el Papa mismo, vestidos de oro, con cruces que pesaban más que sus conciencias, hablando de dioses, de bondad, de designios divinos… y yo lo vi. Vi sus ojos. No miraban a Celia. No miraban a la novia, ni a la mujer, ni a la persona. Miraban el oro que Cyrus les entregaba. Montañas de monedas, tierras, riquezas inmensas que él les daba como dote. Y ellos se frotaban las manos por debajo de sus túnicas santas, sonreían con avaricia, se miraban entre ellos satisfechos.
Ahí fue cuando sentí que el asco se convertía en fuego en mi pecho, en una rabia que me hacía querer gritar hasta romperme la garganta.
Ellos sabían.
La verdad me golpeó como un martillo, y aunque yo no quería saberlo, aunque yo no quería cargar con esa realidad, me la metieron en la cabeza a la fuerza. La Iglesia tenía el mismo poder que el emperador. Eran los dueños de la verdad en este mundo. Y sabían todo.
Sabían que la encerraban.Sabían que la golpeaban hasta dejarla sin aire y luego la curaban con magia solo para volver a empezar al día siguiente.Sabían de los abusos físicos, sí… pero también sabían de los abusos sexuales.Yo lo vi.Me obligaron a verlo.Y sentí un dolor tan agudo, tan sucio, tan horrible, que deseé estar muerta de verdad, deseé no tener ojos para ver, ni mente para entender. Hombres que entraban a su celda, hombres que la tocaban, que la usaban como si fuera un objeto, como si fuera nada… y ella, tan pequeña, tan rota, tan asustada, solo podía llorar y pedir que no la mataran, porque eso era lo único que le habían prometido: que no la matarían, pero que todo lo demás estaba permitido.
Y la Iglesia… la Iglesia lo sabía.Sabían cada golpe, cada grito ahogado, cada noche de horror.Y lo único que decían, con sus voces santas y sus caras de bondad, era:—Está bien. Que hagan lo que quieran, con tal de que no la maten. Mientras siga viva, mientras siga dando su poder a nosotros, mientras siga haciéndonos ricos y poderosos… no importa lo que le hagan.
¡Por dinero! ¡Por fama! ¡Por poder!
Usaban a Dios de escudo. Usaban la religión como un negocio sucio. Y comprendí entonces, con una claridad que me dolió hasta el alma, que en todos los mundos, en todas las vidas que existan, es igual. Las religiones son lo mismo: gente que se hace llamar representante de lo divino, pero que solo buscan llenarse los bolsillos, tener autoridad, dominar a los demás, y usar el nombre de Dios para tapar sus pecados, su codicia y su crueldad. Eran peores que Cyrus. Él era un monstruo abierto, pero ellos eran monstruos vestidos de santidad.
Y entonces vi otra cosa que me heló la sangre.
En una esquina, entre las sombras, detrás de los sacerdotes que bendecían la boda con sonrisas falsas… había una sombra. Una figura oscura, ojos rojos y amarillos brillando en la oscuridad, una risa baja, espantosa, que nadie más escuchaba excepto yo… excepto Celia.
Era un demonio.
Y entendí todo. La Iglesia también había hecho pactos. Se habían aliado con las fuerzas oscuras, con la avaricia, con el mal mismo. Sabían que Cyrus había vendido su alma, sabían lo que él hacía, sabían lo que ella sufría… y lo permitieron. Lo celebraron. Porque así, todos ganaban. El príncipe tenía su poder, la Iglesia tenía su dinero y su autoridad, y el demonio tenía almas y caos.
Celia lo descubrió.Ella, que cuando era niña tenía un poder de sanación muy débil, que era pequeña, inocente, que creía en las palabras bonitas… ella lo vio todo. Descubrió la verdad. Y por eso la dejaron. Por eso nadie la ayudó. Por eso hicieron la vista gorda ante cada abuso, ante cada humillación, ante cada vez que le robaban su dignidad. Porque si ella hablaba, si ella contaba la verdad al mundo, todo su imperio de mentiras se caería. Así que la callaron con violencia, con encierro, con dolor.
Recordé cómo Cyrus la manipuló cuando apenas era una niña. Era tan fácil. Ella no tenía a nadie. Él le dio cariño falso, le dio protección falsa, le dijo que era especial… y ella le creyó. ¿Cómo no iba a creerle? Era solo una niña que necesitaba amor. Y yo, viendo todo eso, sintiendo esa inocencia traicionada, ese sufrimiento que no le deseé a nadie, sentí que me ahogaba.
“¡Déjame de ver esto! ¡Ya basta! ¡No quiero saber más!”, gritaba en mi mente. Pero las imágenes seguían.
La vi sentada allí, en su boda, vestida de blanco, hermosa, adorada por todos… y en realidad, era una prisionera, una esclava, un recipiente de poder que todos usaban. La vi sonreír con esa sonrisa rota, mientras por dentro se moría de miedo y de dolor. La vi mirar a todos lados buscando ayuda, buscando alguien bueno, alguien que la salvara… y no había nadie. Todos eran cómplices. Todos eran monstruos disfrazados.
Y yo, Lina, una extraña en esta historia, una espectadora obligada a ver el infierno ajeno, sentí algo que me quemó el alma: compasión, rabia, asco, tristeza… todo junto.
Me daba asco el mundo que la rodeaba.Me daba asco la hipocresía de la gente.Me daba asco la religión que solo servía para robar y mentir.Me daba asco ver cómo el poder corrompía todo, cómo la locura de tener más y más poder hacía que personas normales se convirtieran en bestias capaces de destrozar la vida de una niña inocente solo por codicia.
Y sobre todo… sentía una pena infinita por ella. Por Celia. Por la niña que sufrió abusos de todo tipo: abusos de poder, abusos físicos, abusos sexuales, abusos psicológicos… usada, manipulada, rota, curada para ser rota otra vez, hasta perder la razón, hasta perder su identidad.
Yo no quería ver nada de esto.Yo no quería cargar con estos recuerdos.Yo seguía diciendo que no era ella, que esto no era mi vida… pero mientras veía cómo Cyrus se acercaba a ella con esa sonrisa de monstruo enamorado, mientras veía cómo la Iglesia contaba su dinero sucio, mientras veía la risa del demonio en la sombra… supe que ya era demasiado tarde.
Ya lo había visto todo.Ya sabía la verdad.Y ahora, este dolor, esta rabia, este asco… también eran míos.
Y aunque yo no aceptara ser Celia… desde ese momento, su sufrimiento y su verdad vivían dentro de mí, grabados a fuego, obligándome a sentir lo que ella sintió, obligándome a odiar lo que ella odió, obligándome a saber que en este mundo podrido, los buenos sufren y los monstruos reinan disfrazados de santos.
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