Desperté de golpe, jadeando, con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera salirse. Tenía la garganta seca, los ojos ardiendo por las lágrimas que no sabía si eran mías o de ella, y en la cabeza me retumbaban las imágenes sangrientas de lo que acababa de ver.
Seguía tirada en el suelo frío y húmedo del calabozo. Seguía rodeada de moho, de ratas que correteaban sin prisa por los rincones, de telarañas que colgaban del techo como velos sucios. Mi cuerpo seguía doliendo por todas partes, pesado, débil, roto. Y lo que más me atormentaba: seguía viendo a través de estos ojos verdes que no reconocía como míos, tocando con estas manos pálidas que no eran las mías, cargando con este cuerpo que no entendía por qué era el mío ahora.
—Esto no es real… —susurré, negando con la cabeza una y otra vez, tratando de borrar lo que había visto en ese sueño—. Yo soy Lina. Yo morí. Yo estaba en el hospital… yo vi morir a Noa… yo debí irme con ellos. ¡Esto no es mi vida! ¡Yo no soy ella! ¡Yo no soy Celia!
Grité esas palabras en la oscuridad, pero solo me respondió el eco y el sonido del agua goteando. No lo aceptaba. Era imposible aceptarlo. ¿Cómo aceptas que dejas de ser tú misma para convertirte en alguien de una historia que leíste? ¿Cómo aceptas que tu alma está atrapada en el cuerpo de una mujer que sufrió horrores que tú no elegiste? Yo me sentía solo como una intrusa, una espectadora condenada a ver el infierno de otra persona, sin poder salir, sin poder cerrar los ojos, sin poder dejar de sentirlo todo.
El silencio en el calabozo era pesado, cargado de humedad, de podredumbre y de ese olor a encierro que ya se me había metido hasta en los huesos. Yo —Lina, atrapada en este cuerpo que seguía negando como mío— estaba acurrucada en un rincón, abrazando mis rodillas, sintiendo cómo el frío me calaba hasta el alma, repitiéndome una y otra vez que esto no era mi vida, que yo no era Celia.
Entonces lo escuchué.
Pasos.
No eran pasos pesados, ni apresurados. Eran pasos lentos, rítmicos, elegantes, que resonaban en el pasillo de piedra como un aviso de muerte. Clac, clac, clac… Sonaban firmes, seguros, como si cada paso fuera una sentencia. Se acercaban cada vez más, y con ellos llegaba también ese sonido metálico, el roce del hierro contra el hierro, el tintineo de llaves que hacía que mi corazón se detuviera en el pecho.
La cerradura chirrió, un sonido agudo que pareció rasgar la oscuridad, y luego… un golpe seco.
La reja de hierro se abrió de par en par, rechinando con fuerza, y allí apareció él.
Cyrus.
Recortado por la luz de la antorcha que traía en la mano, alto, imponente, con esos hombros anchos y esa figura atlética que bajo la ropa elegante revelaba la fuerza que tenía. Su cabello negro azabache caía ondulado y abundante alrededor de su rostro, con esos reflejos rojizos que brillaban igual que sus ojos, esos ojos rojos rubí que parecían brasas encendidas en la penumbra. Estaba impecable, hermoso, perfumado, limpio… demasiado perfecto para estar en un lugar donde la muerte y la suciedad vivían juntas.
Entró un paso, movió la cabeza lentamente y aspiró el aire con desdén. Su nariz fina se arrugó, y con una voz suave, cargada de repulsión y veneno, dijo:
—Qué peste.
Lo dijo mirándome a mí, mirando este cuerpo sucio, roto, manchado de sangre seca y barro. Me recorrió de arriba abajo con esa mirada que no veía a una persona, sino a un objeto, a una posesión, a algo que una vez fue hermoso pero que ahora estaba podrido.
Llevó su mano derecha —esa mano larga, elegante, de dedos finos y piel pálida que yo ya sabía que había firmado muertes y ordenado masacres— hasta su propio rostro, cubriendo parte de su boca y su nariz, como si mi simple presencia le causara náuseas. Y entonces… sonrió.
Una sonrisa pequeña, torcida, que se le marcó en los labios. Una sonrisa de burla, de satisfacción, de triunfo absoluto. Disfrutaba verme así. Disfrutaba saber que yo estaba aquí, que yo no tenía salida, que yo era suya. Disfrutaba el poder que tenía sobre cada parte de mi existencia.
Sin dejar de mirarme, sin dejar de sonreír, movió su mano libre en el aire, haciendo un gesto suave, casi perezoso. Y ante mis ojos, de la nada, entre chispas rojas y oscuras de magia, apareció una silla. Una silla de madera oscura, lujosa, tallada, cómoda, que flotó un segundo y se posó suavemente en el suelo, justo frente a mí, como si hubiera estado allí siempre.
Él se sentó con lentitud, cruzó las piernas, se acomodó la ropa con elegancia y apoyó los codos en los reposabrazos, inclinándose hacia adelante, observándome como quien observa a un insecto atrapado en una telaraña.
Yo estaba temblando. No solo por el frío, ni por el dolor de mis heridas. Temblaba de rabia, de confusión, de ese odio que me estaba creciendo en el pecho aunque seguía gritando en mi mente que yo no era ella, yo no era ella. Pero este cuerpo… este cuerpo de Celia, roto y asustado, encontró la fuerza para hablar.
Con voz quebrada, bajita, pero cargada de desesperación, levanté la cabeza y lo miré a esos ojos rojos que brillaban como joyas malditas. Y le hice la única pregunta que importaba, la única que quedaba por saber:
—Te puedo preguntar… ¿por qué me torturas? ¿Por qué tuve que ser yo? —Las lágrimas corrían por mis mejillas sucias, mezclándose con la sangre—. Si me vas a matar… tan siquiera quiero saber la verdad. Ya que sé que pronto moriré… al menos dime por qué.
Esperé cualquier cosa. Esperé que se riera, que me golpeara, que me dijera cualquier mentira bonita como hacía antes. Pero lo que hizo fue inclinarse más, extender su mano pálida y hermosa hacia mi cara.
Sus dedos rozaron mi mejilla, tocaron mi piel… y sentí el asco. Sentí cómo cada milímetro de su piel se estremecía al tocarme, cómo me apartaba apenas lo suficiente para que fuera un gesto, pero con la repulsión más grande del mundo. Me acarició la cara con una suavidad falsa, asquerosa, mientras me miraba con lástima y superioridad, y me respondió con esa voz dulce que ocultaba la maldad más pura:
—Mi querida Santa… —dijo, arrastrando las palabras, disfrutando cada sílaba, mientras su expresión se torcía levemente por el asco de tenerme cerca—. Jamas te dejare morir.
Se detuvo, viendo cómo mis ojos se abrían de par en par, entendiendo que mi destino era mucho peor que la muerte.
—Te necesito con vida —continuó, bajando la mano bruscamente, limpiándola en su propia ropa como si se hubiera ensuciado conmigo—. Si eso significa curarte una y otra vez, si significa sanar tus heridas solo para volver a romperlas, si significa mantenerte respirando aunque tu mente se pierda en la locura… lo haré.
Sonrió más ampliamente, mostrando sus dientes perfectos, y señaló las paredes del calabozo, que brillaban débilmente con esa luz que salía de mí, de mi cuerpo, de mi alma robada.
—Y jamás saldrás de aquí —sentenció, con una calma aterradora—. Vivirás aquí, te pudrirás aquí, brillarás aquí… hasta que complete mi ritual. Hasta que te haya sacado hasta la última partícula de esa bendición que te dio los dioses. Hasta que seas solo un cascarón vacío, seco y sin vida. Y cuando eso pase… entonces, y solo entonces… decidiré qué hacer contigo.
Se levantó de golpe, la silla desapareciendo en el aire con un chasquido de sus dedos. Caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir, mirándome por encima del hombro, con esa sonrisa que me perseguiría en cada pesadilla.
—Así que no esperes la muerte, mi amor. La muerte sería tu salvación… y yo nunca te daré algo tan bueno. Tienes todo el tiempo del mundo para sufrir, para entenderme, para saber que eres mía.
Y salió.
La reja se cerró con un golpe metálico que retumbó en todo el calabozo. La llave giró. Los pasos se alejaron lentamente, perdiéndose en la oscuridad del pasillo.
Y yo me quedé allí, tirada en el suelo sucio, con el corazón desbocado, con las palabras grabadas a fuego en mi mente, entendiendo la verdad más cruel de todas: no iba a morir. Iba a vivir. Iba a vivir para sufrir, para ser usada, para ser curada y torturada una y otra vez, hasta que él decidiera que ya no le servía.
Y yo, Lina, la chica que solo quería estar con noa… yo estaba atrapada en este cuerpo, en esta historia, en este infierno… y no aceptaba nada, pero cada segundo que pasaba, sentía que las paredes se cerraban más a mi alrededor, y que esa realidad que yo negaba… era la única verdad que existía.
Y yo, desde mi mente de Lina, miraba todo eso y solo pensaba: “No, esto no puede ser. Esto es mentira. ¿Cómo pueden llamar feliz a esto? ¿Por qué estoy viendo esto? ¡Déjame dejar de verlo!”
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