Yo estaba muerta.Estaba segura de ello.
Había visto morir a Noa. Había sostenido su mano hasta el último segundo, había sentido cómo su calor se apagaba, cómo se iba para siempre. Y luego, yo también me había ido. El hospital, el dolor, las máquinas, el pitido final… todo se había apagado. La oscuridad fue total, y yo pensé: “Por fin. Por fin nos vamos juntos, hermano. Por fin descansamos”.
Cuando mueres, te dicen que vas al Más Allá. Que hay luz, que hay paz, que te encuentras con los que amaste. Yo esperé eso. Esperé la voz de mi madre, esperé ver la sonrisa de mi padre, esperé que Noa me tomara de la mano y me dijera que todo había terminado.
Pero lo que vi al abrir los ojos… no era el cielo. Ni tampoco el infierno que imaginaba.
Lo primero que golpeó mis sentidos fue el olor. Podredumbre, humedad, hierro oxidado y algo rancio, como comida echada a perder. Un aire pesado, frío, que se me metía en la garganta y me hacía toser, aunque apenas tenía fuerzas para eso.
Intenté moverme, y un grito ahogado se me quedó atascado en la garganta.
—¡Aghhh…!
El dolor.Todo me dolía.Un dolor profundo, como si me hubieran pasado por encima con un camión, como si me hubieran golpeado mil veces, como si todo mi cuerpo estuviera roto por dentro y por fuera. Sentía cada músculo contraído, cada herida abierta, cada golpe recibido. Me sentía destrozada, débil, al borde de la muerte otra vez, aunque yo juraba que ya había muerto.
No podía moverme. Mis brazos pesaban toneladas. Mis piernas no respondían. Ni siquiera podía girar la cabeza. Estaba tirada en el suelo, sobre piedras irregulares, frías y húmedas.
-¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?
Poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la penumbra. Y lo que vi me heló la sangre y me dio un escalofrío que me recorrió desde la punta de los pies hasta la cabeza.
Paredes de piedra gris, oscuras, llenas de moho verde y negro que se extendía por todas partes como venas sucias. El techo era bajo, lleno de telarañas gruesas y polvo acumulado. De las paredes colgaban cadenas enormes, oxidadas, viejas, que crujían levemente con el aire, como si alguien las hubiera usado hace poco. Y por todas partes… vida. Vida que me daba asco y miedo.
Ratas.Pequeñas, oscuras, de ojos brillantes y curiosos, que corrían por los rincones, que se acercaban un poco y luego huían, que roían la madera vieja y la basura esparcida por el suelo. Vi una, dos, muchas.
Arañas.Grandes, de patas largas y peludas, moviéndose lentamente por las esquinas, colgando de hilos invisibles, vigilando.Y otros bichos, insectos raros, que no conocía, que se arrastraban por las piedras, que vivían en la suciedad, que hacían de este lugar su hogar.
Y en medio de todo esto, justo frente a mí, había un charco de agua estancada, oscura, sucia, con reflejos temblorosos.
Quise apartar la mirada, pero no podía. Y entonces, lo vi.
En ese agua turbia, vi mi reflejo.O lo que creía que era yo.
No era Lina.No era la chica delgada, de cabello castaño y ojos marrones que había muerto en una cama de hospital.
Lo que vi allí me hizo sentir que el corazón se me paraba otra vez.Vi una belleza que dolía.Piel blanca, suave, perfecta, como porcelana fina, aunque ahora estaba manchada de barro y sangre.Cabello largo, ondulado, abundante, de un color morado y lila profundo, que caía en cascada alrededor de mi cuerpo, sucio y enredado, pero brillante incluso en la oscuridad.Y los ojos… cuando miré hacia arriba, hacia mi propio reflejo, vi esos ojos inmensos, almendrados, de un verde esmeralda intenso, cristalino, profundo como el bosque.
Un escalofrío horrible, un miedo irracional y salvaje, me recorrió todo el cuerpo.
—¿Celia…? —susurré con una voz que no reconocía, ronca y débil.
Lo sabía.En ese instante, lo supe. Aunque no tenía sentido, aunque era algo que solo existía en historias, en cosas inventadas, en novelas y manhwas que la gente lee por diversión.
«Celia de Elara. La protagonista de la novela. La heroína bendecida, amada por todos, de cabello morado y ojos verdes…»
Esas palabras resonaron en mi mente, pero no eran mías. No eran mis pensamientos. Eran como si alguien más estuviera hablando dentro de mi cabeza.
Y entonces, el dolor llegó.Un dolor de cabeza tan fuerte, tan brutal, tan desgarrador, que grité —o lo intenté— y sentí que me iba a estallar el cráneo. Me apreté las sienes con las manos que apenas podía mover, retorciéndome en el suelo sucio, mientras algo dentro de mí se rompía y se mezclaba.
Recuerdos.Recuerdos que no eran míos.Recuerdos que no pertenecían a Lina.
Vi castillos de mármol blanco.Vi vestidos de seda y oro.Vi manos llenas de joyas acariciando mi cabello.Vi rostros sonrientes, personas que me decían “mi señora”, “mi princesa”, “santa Celia”.Vi magia, luz, flores, banquetes, poder, … todo lo que una heroína de novela tiene.
Pero esos recuerdos estaban rotos.Estaban incompletos.No describían lo que estaba pasando ahora.En la novela, Celia era feliz, era protegida, era venerada. Pero estos recuerdos ajenos, que me golpeaban el cerebro como martillazos, también tenían huecos. Tenía sensaciones que la historia no contaba. Dolores que no aparecían en los capítulos. Miedos que nadie escribió.
Y encima de todo eso, estaban mis recuerdos.Los de Lina.El hospital.La enfermedad.Ver morir a Noa.Morir yo misma.El frío.La soledad.El dolor real.
¡No encajaban!Nada encajaba.Era una locura. Era irracional. Era algo que no tenía lógica, que estaba fuera de toda razón.
—¿Por qué…? —gemí, con lágrimas mezclándose con la suciedad de mi cara—. ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué estoy en este cuerpo? ¿Por qué estoy en este lugar?
La pregunta más aterradora de todas llegó a mi mente, y me hizo sentir que me volvía loca de verdad:
¿Por qué Celia, la protagonista de la novela, la que debía ser feliz y amada, estaba aquí, tirada en un calabozo lleno de moho, ratas y cadenas, sucia, herida y muriéndose de dolor?
¿Era esto el infierno? ¿Era el castigo? ¿O es que la novela mentía? ¿Es que la historia que todos conocían no era la verdad?
Yo no entendía nada.Solo sentía dolor.Dolor en el cuerpo, que no me dejaba moverme, que me hacía sentir cada segundo como una eternidad.Dolor en la cabeza, por esos recuerdos que no eran míos, por esa historia que chocaba con la realidad de este calabozo.Dolor en el alma, porque yo esperaba estar con mi familia, con Noa, y en cambio estaba aquí, atrapada en un cuerpo que no sabía por qué tenía, en un lugar que apestaba a muerte, siendo alguien que supuestamente debía ser feliz.
Pasaron días.Lo supe por la luz que apenas cambiaba en lo alto de la pequeña ventana con barrotes.Días enteros.Sin comer nada.Sin beber nada.Solo tirada ahí, rodeada de bichos, sucia, débil, perdiendo fuerzas cada minuto.Solo con ese dolor de cabeza constante, esas imágenes que venían y se iban, esas vidas mezcladas, esa confusión que me estaba carcomiendo la mente.
—¿Por qué la poseo? —murmuraba a la oscuridad, a las ratas, a las arañas, a nadie—. ¿Quién soy ahora? ¿Soy Lina? ¿Soy Celia? ¿Por qué ella está aquí si en el libro es una santa? ¿Qué está pasando?
Nadie me respondía.Solo el silencio húmedo y el sonido de las cadenas oxidadas moviéndose con el viento.
Yo quería morir.De verdad lo quería.Ya había muerto una vez, y pensé que había encontrado la paz. Ahora me habían devuelto, me habían metido en este cuerpo roto, en esta historia confusa, en este agujero infernal, y me habían dejado aquí, sin respuestas, sin ayuda, sin sentido.
Estaba fuera de mí.Estaba al borde de la locura absoluta.Y lo peor de todo, lo que más me atormentaba mientras el hambre y la debilidad me ganaban la batalla:
Yo sabía la historia.Yo sabía que Celia debía ser feliz.Yo sabía que Celia debía ser amada.Pero la realidad que yo vivía, el dolor que yo sentía, la suciedad que me cubría… me gritaba que la historia era mentira.O que algo se había roto.O que yo era el error.
Tirada en el suelo frío, rodeada de moho y ratas, con el cabello esparcido en el barro y mis ojos llenos de lágrimas y terror, solo podía pensar una cosa:
Esto no es una novela. Esto es una pesadilla. Y yo no desperté en el cielo… desperté en el lugar donde la verdad se pudre.43Please respect copyright.PENANAPkrloSGYkG
Días enteros tirada en el suelo, sin comer, sin beber, rodeada de moho, ratas y cadenas oxidadas. Mi cuerpo pesaba más que el plomo, cada movimiento era un suplicio, y mi cabeza… mi cabeza era un campo de batalla donde dos vidas chocaban sin cesar. Yo, Lina, que morí en un hospital viendo morir a Noa. Yo, ahora, en el cuerpo de Celia, la supuesta santa bendecida de la novela.
Pero esa novela… esa historia que yo conocía, que todos conocían… estaba incompleta. Estaba rota. Y esa noche, entre el delirio por la debilidad y el dolor, llegó el sueño que me destrozó la mente y me mostró la verdad que nadie había escrito jamás.
Dormí, o perdí el conocimiento, no lo sé. Pero de repente, ya no estaba en el calabozo. Yo estaba allí, siendo testigo, viendo con mis propios ojos algo que no estaba en ningún capítulo, algo que nunca se mencionó.
Vi a una niña pequeña. Tenía seis años. Cabello morado, ojos verdes, esa cara que ahora era la mía. Era Celia. Pero no estaba sola.
Vi una casa grande, llena de luz, risas, amor. Vi a un hombre y una mujer, nobles, vestidos con elegancia, con el escudo de la casa de Elara —la familia de un conde, eso lo sabía ahora—. Eran sus padres. Y vi un hermanos menor, gateando, jugando, abrazándola. ¿Familia? pensé, atónita. ¿Cómo es posible? En la novela nunca se habló de familia. Siempre se dio por hecho que era huérfana, que apareció de la nada a los 19 años para ser bendecida. ¡Era mentira!
La historia omitió todo. Omitió que ella tenía un hogar, apellido, amor, raíces
Celia— no era huérfana por destino, sino por crimen.
Y entonces, la pesadilla comenzó.
Llegaron ellos.Jinetes con armaduras doradas, estandartes reales. Y al frente, un niño de apenas doce años, pero con una presencia que helaba la sangre. Cabello negro como la oscuridad misma, ojos rojos rubí que brillaban con una luz enfermiza y hambrienta.
Era el Príncipe Heredero Cyrus Quentarius.
El protagonista masculino.El hombre que en la novela era descrito como noble, valiente, justo, el gran amor de la santa, el futuro sabio del imperio.
Lo vi sonreír. Y esa sonrisa no era de héroe. Era la sonrisa de un depredador, de un loco, de alguien que disfruta destruyendo todo lo que toca.
—Ella tiene el poder —dijo él con una voz suave, peligrosa, señalando a la niña pequeña que se escondía detrás de sus padres—. Es la nueva Santa. Y ese poder… es mío. Todo debe ser mío. Nadie más puede tenerla. Nadie más puede acercarse.
Y entonces, dio la orden.
Vi cómo mataban a sus padres.Vi cómo mataban a sus hermanos.Vi cómo mataban a cada habitante de ese pueblo, a cada sirviente, a cada ser vivo que vivía allí.Solo porque Celia había nacido con un don.Solo porque él quería el monopolio absoluto. Quería ser el dueño de la Santa, el dueño de su poder, el dueño de todo.
La niña, Celia, de seis años, gritaba, lloraba, pedía ayuda. Pero ellos la tomaron. La arrastraron hasta una habitación oscura, lejos de los cadáveres de su familia. La sujetaron con fuerza, mientras ella pataleaba y mordía, desesperada.
Y entonces, vi la botella. Un líquido negro, espeso, humeante, lleno de magia oscura y malvada.
—Bebe —ordenó el príncipe Cyrus, inclinándose sobre ella, acariciando su cabello morado con una mano que parecía querer romperla—. Bebe, mi pequeña santa. Así serás mía. Solo mía. Y obedecerás todo lo que yo diga.
La obligaron a abrir la boca. La obligaron a beber hasta la última gota.
Vi cómo el líquido bajaba por su garganta. Vi cómo sus ojos verdes perdieron el brillo, cómo se puso vidriosos, cómo su cuerpo se relajó de golpe, vacío, sin voluntad. El control total. La poción había funcionado. Su poder, su mente, su alma… todo pertenecía a él.
Pasaron cinco años.Cinco años de esclavitud invisible.Cinco años donde ella vivía bajo su techo, sonriendo cuando él lo ordenaba, callando cuando él lo quería, usando su magia solo para beneficio de él, sin saber quién era, sin recordar nada, solo obedeciendo. Su poder era inmenso, pero estaba atado, muy débil, porque él lo tenía amarrado con hechizos y maldiciones.
Pero una noche… algo pasó.Un fallo en la magia. Un momento de descuido. O tal vez el poder de la sangre que no se apaga nunca.
Esa noche, Celia, ya con once años, despertó confundida. Algo le dolía en la cabeza. Algo le decía que no estaba bien. Y corrió. Salió de ahí descalza, con el vestido roto, corriendo por bosques, montañas, caminos, sin rumbo, sin saber dónde ir.
Pero él la dejó correr.O más bien… él borró todo rastro antes de que ella pudiera recordar.
Vi al príncipe Cyrus, de pie en la ventana, mirando cómo ella huía, con esa sonrisa de loco que me helaba la sangre. Levantó la mano y lanzó magia negra, sombras que envolvieron a la niña que corría lejos.
“Olvídalo todo. Olvida quién eres. Olvida que me perteneces. Pero el sello quedará ahí. Tu poder dormirá hasta que yo decida despertarlo de nuevo. Y cuando tenga el monopolio listo, cuando el imperio esté listo para adorarte… entonces te encontraré de nuevo, mi querida Santa”.
ns216.73.216.253da2


