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Yo no quería ver nada de esto. No quería cargar con estos recuerdos. Una y otra vez, en la oscuridad de mi propia mente, me repetía que no era ella. Que yo era Lina. Que mi historia era otra, una que ya había terminado… o al menos eso creía.
Todo comenzó cuando tenía solo ocho años. Fue entonces cuando perdí a mis padres, y me quedé al cuidado de mi abuela, la única persona que me quedaba en el mundo. Ella me dio su amor, su hogar y su compañía, hasta que también tuve que despedirme de ella cuando cumplí los dieciocho años. Más adelante, conocí a Noa; él se convirtió en mi refugio, mi alegría y la razón por la que volví a sonreír. Vivimos juntos un tiempo lleno de momentos sencillos pero valiosos, hasta que llegó el momento de partir. Primero se fue él, y poco después lo seguí yo.
Creí que la muerte era el final definitivo. Creí que al cerrar los ojos cruzaría al otro lado y los encontraría a todos esperándome: a mis padres tal como los recordaba, a mi abuela con su ternura de siempre, y a Noa para abrazarlo fuerte y decirle que ya no habría más separaciones ni dolor.
Pero mientras veía cómo Cyrus se acercaba a este cuerpo que ahora habito con esa sonrisa falsa, esa máscara de monstruo que fingía estar enamorado; mientras observaba cómo los líderes de la Iglesia contaban monedas de oro manchadas de sangre y engaños; mientras distinguía entre las sombras la risa fría y triunfante de quien movía todos los hilos… supe que me había equivocado.
No hubo descanso. No hubo reencuentro. Solo había caído en una pesadilla aún más oscura que la vida que dejé atrás.
Ya lo había visto todo. Ya conocía la verdad desnuda y cruel. Y ahora, este dolor que no nació en mi cuerpo, esta rabia que me quemaba por dentro, este asco que me revolvía el estómago… también eran míos. Pero por encima de todo, más fuerte que cualquier otra sensación, ardía en mi pecho un solo deseo: morir de nuevo, morir de verdad, para volver a casa con los míos.
De golpe me incorporé bruscamente, despertando como si hubiera caído desde una altura infinita y hubiera chocado contra el suelo helado. Mi pecho subía y bajaba con dificultad, el corazón me golpeaba contra las costillas con tanta fuerza que creía que se me saldría. Un sudor frío empapaba mi frente y mi espalda, y mis manos temblaban sin control, aferrándose a las barras de hierro oxidadas del calabozo. Una confusión terrible me nublaba la mente, mezclando los dos mundos: el de mi vida pasada y el de esta nueva prisión.
—¿Por qué sigo aquí? —susurré con voz quebrada—. Yo ya viví mi historia, ya me despedí de todos… ¿por qué no me dejaron cruzar?
Pero las imágenes no se iban. Se quedaban grabadas en mis ojos con una claridad dolorosa. Y entonces, entre las paredes húmedas, cubiertas de moho y con el goteo constante del agua, resonó una risa profunda, hueca y burlona, que parecía clavarse en mis oídos como mil agujas:
¡JAJAJAJAJAJA!
No tenía alegría, solo amargura y burla. En ese momento perdí toda la orientación. No sabía qué hacer ni a dónde ir. Solo sentía un cansancio infinito, un vacío tan grande que parecía tragarme entera. La única idea que me daba paz era dejar de existir. Estaba segura de que si esta vida se apagaba, esta vez sí encontraría el camino correcto. Esta vez sí estaría con ellos.
Sin embargo, los recuerdos seguían llegando, uno tras otro, destrozando lo poco que me quedaba de calma. Y entonces apareció ella: Verenia Rosenthal.
Todos la llamaban la Joya del Norte, la mejor amiga de la santa, la más cercana al príncipe. Pero yo ya sabía la verdad. Hija única de la poderosa Casa Rosenthal, fue criada desde su nacimiento con un solo objetivo: convertirse en emperatriz. Nunca conoció un abrazo sincero, ni una palabra de cariño sin segundas intenciones. Aprendió que las lágrimas eran debilidad y que el amor era solo una herramienta para alcanzar el poder.
Tenía el cabello de un rubio ceniza, casi plateado, que brillaba como la luz de la luna. Sus ojos eran de un azul cristalino con reflejos dorados, que parecían nobles y tranquilos a simple vista… pero que encerraban un odio y una crueldad sin límites.
Delante de todos sonreía, me alababa, me ofrecía su apoyo y se mostraba como mi aliada más leal. Pero en cuanto cerraban las puertas y apagaban las luces de los salones, se quitaba la máscara y se convertía en mi verdugo.
Cada vez que Cyrus no me prestaba la atención que ella creía merecer; cada vez que el pueblo gritaba mi nombre con más fervor que el suyo; cada vez que le recordaba que yo ocupaba el puesto que ella consideraba suyo por derecho… su furia estallaba sin control. Ordenaba a sus hombres que me golpearan en lugares donde no se vieran las heridas, que me encerraran en cuartos oscuros y helados durante días, que me humillaran con palabras que dolían más que cualquier golpe. Y en sus ataques de ira más salvajes, enviaba a hombres brutales para que me ultrajaran, convencida de que así borraría cualquier rastro de dignidad y me rompería para siempre.
Y lo hacía con total seguridad, porque Cyrus lo sabía todo. Él veía cada acto, cada humillación, cada lágrima derramada en silencio, y sin embargo solo le había dado una orden clara y fría:
—Haz lo que quieras con ella. Úsala, desgástala, quítale las ganas de vivir… pero no la mates. Mientras siga respirando, su poder me pertenece.
No la mates…
Esas palabras resonaban en mi cabeza como una condena eterna. En cada momento de dolor, en cada noche de soledad, yo gritaba en mi interior:
¿Por qué me retienen aquí? Yo ya viví lo que tenía que vivir, ya me despedí de todos los que amaba. ¿Por qué me encierran en este cuerpo, en este infierno, cuando mi único deseo es volver a estar con ellos?21Please respect copyright.PENANAn4KfzBnDWw
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Llegó por fin el día que todos esperaban: el gran banquete y la ceremonia de coronación. El momento en que Cyrus sería proclamado oficialmente Emperador del Imperio y yo —habitando este cuerpo con el nombre de Celia— debía convertirme en su Emperatriz.
La gran sala del trono estaba decorada con sedas blancas y doradas, guirnaldas de flores sagradas y miles de velas que iluminaban cada rincón con una luz cálida y engañosa. La nobleza más alta, los obispos de la Iglesia, los generales del ejército y los representantes de todas las provincias estaban allí, vestidos con sus mejores galas, llenando el lugar con murmullos de emoción y expectación.
Pero yo, la mujer que subía lentamente los escalones de mármol blanco hacia el trono, no era solo la santa que todos imaginaban. Era Lina, llevando sobre mis hombros el peso de dos vidas, de todas las ausencias y de un anhelo de descanso que no tenía fin.
Caminaba con pasos lentos e inseguros, como si cada paso me costara un esfuerzo sobrehumano. Mi espalda, antes erguida con dignidad, ahora se mantenía ligeramente encorvada, como si cargara con el recuerdo de cada despedida y cada pérdida. Mi rostro, pálido como la cera, tenía ojeras profundas y oscuras que revelaban noches enteras en vela, donde solo imaginaba cómo sería volver a verlos.
Mis ojos, que antes brillaban con una luz que todos llamaban divina, habían perdido todo su resplandor. Ahora eran profundos, vacíos y estaban nublados por una tristeza infinita, como si hubieran visto demasiado dolor y ya no pudieran ver nada más. Mientras avanzaba, mi cabello —que antes era de un tono suave y natural— comenzó a cambiar de color ante la mirada de pocos que podían notarlo; poco a poco, mechón tras mechón, se teñía de un morado oscuro y profundo, casi negro, como la noche más cerrada, como si mi propia esencia se estuviera pudriendo desde adentro, consumida por el dolor y el veneno lento de todo lo que me rodeaba.
Cuando llegué frente al altar donde me esperaba Cyrus, abrí la boca para pronunciar las palabras rituales, pero en lugar de voz, sentí un sabor metálico y amargo inundar mi garganta. No pude contenerme: me llevé una mano a los labios y escupí sobre el suelo de mármol pulido un hilo de sangre espesa y oscura. Algunos miraron con preocupación, pero Cyrus, a mi lado, solo me apretó el brazo con una sonrisa tranquila, susurrando con voz baja solo para mí:
—No te detengas. Aún te queda mucho poder que darme.
Porque esa fuerza que todos veneraban, esa que me había traído hasta aquí, se estaba desvaneciendo día tras día. Se debilitaba, se consumía, se desvanecía como el humo, y Cyrus lo sabía perfectamente: la estaba extrayendo poco a poco, usándome como una fuente de energía infinita, dejándome vacía hasta que no quedara nada más que un cuerpo inerte.
Y en lo más hondo de mi ser, yo pensaba con una extraña esperanza: Tal vez cuando se acabe todo, cuando no tenga nada más que quitarme, entonces sí me dejarán morir. Entonces podré irme con ellos.
Mientras todo esto ocurría, en primera fila, con una postura perfecta y una sonrisa radiante, estaba Verenia Rosenthal.
Aplaudía con elegancia, levantaba su copa y gritaba con el resto de la corte:
—¡Viva la Santa! ¡Viva la Emperatriz! ¡Que reine por siempre en luz y justicia!
Sus palabras sonaban cálidas y respetuosas, pero en su interior, cada grito de aclamación era como una puñalada que le atravesaba el pecho. Tragaba su rabia con dificultad, sintiendo cómo le quemaba la garganta y le subía hasta la cabeza. Sus ojos azules brillaban con una intensidad que nadie más podía ver, ocultando un odio que no tenía límites.
Ese puesto es mío, pensaba una y otra vez, apretando los dedos hasta que las uñas se clavaban en la palma de su mano. Me lo quitaron por ser una simple marioneta con poder. Pero no importa. Aunque lleve la corona, aunque todos la llamen emperatriz… yo sé la verdad. Sé que es una prisionera. Sé que puedo hacer con ella lo que quiera. Cyrus me lo permitió. Mientras respire, yo seré quien decida cuánto dolor puede soportar. Su trono será su tumba.
Y yo, al escuchar esas palabras en su mente, sentí una extraña paz. Su tumba… mi tumba… pensaba. Eso es lo que quiero. Que llegue pronto. Que me cierren la puerta para siempre, y al fin pueda cruzar a ese lugar donde me esperan mis padres, mi abuela y Noa. Ese es el único hogar que quiero conocer.
Así, entre aplausos ensordecedores, mentiras brillantes, sangre oculta y sonrisas que ocultaban cuchillos, el obispo colocó la pesada corona sobre mi cabeza. El frío del metal me heló la frente, y en ese instante supe que no había ganado nada. No había alcanzado la gloria, sino que había firmado mi sentencia definitiva.
Era emperatriz de nombre, pero en realidad seguía siendo esclava de todos: de Cyrus, de Verenia, de la Iglesia, de un imperio que me adoraba por lo que podía dar, no por lo que era.
Y yo, con el peso de todo en mi alma, solo tenía un deseo claro y constante: que esta tortura terminara pronto, para que al fin pudiera volver a casa con los míos.
Seguí de pie frente a todos, con la corona pesando más que cualquier cadena que hubiera llevado en el calabozo. El frío del metal se filtraba por mi piel hasta llegar a los huesos, como si fuera una señal de que ahora pertenecía a este lugar, a este destino que no pedí. Las voces no paraban de sonar, se mezclaban en un ruido sordo y lejano, como si estuviera bajo el agua: aclamaciones, alabanzas, promesas de lealtad… pero ninguna de ellas llegaba a mi corazón.
Yo solo podía sentir cómo mi respiración se volvía más débil, cómo cada latido de mi pecho parecía un esfuerzo inútil. La sangre que había escupido seguía ahí, sobre el mármol reluciente, oscura y espesa, una mancha que nadie mencionaba, que todos fingían no ver. Porque para ellos, la Santa no podía estar enferma, no podía sufrir, no podía ser humana. Solo debía ser una fuente inagotable de luz y poder, algo que usar y desechar cuando ya no sirviera.
Cyrus mantuvo su mano sobre mi brazo con una presión que no era de protección, sino de posesión. Me tenía bien sujeta, como quien sostiene un objeto valioso pero frágil, temiendo que se le escape antes de sacarle todo su provecho. Cuando dio media vuelta para caminar hacia el trono, me arrastró con él, y yo sentí cómo mis piernas temblaban, casi sin fuerzas para sostenerme.
¿Cuánto tiempo más podré aguantar?, me preguntaba en silencio. ¿Cuánto más tendré que soportar golpes, humillaciones, que me quiten lo poco que me queda? Cada día que pasa me siento más vacía, más lejos de mí misma. Tal vez Verenia tenga razón: este trono será mi tumba. Y cuanto antes llegue ese final, antes podré irme.
Mientras tomábamos asiento en los sillones altos, cubiertos de terciopelo rojo y bordados en hilo dorado, mi mirada se cruzó con la de ella. Verenia estaba en primera fila, con la copa aún levantada, pero sus ojos no se engañaban con la sonrisa. Me miraba con un brillo de triunfo oculto, como si ya estuviera imaginando todas las formas en que haría que mi vida fuera aún más insoportable en los días que vendrían. Sabía que, en cuanto terminara la ceremonia, en cuanto se cerraran las puertas de las habitaciones privadas, volvería a ser la misma: cruel, fría, decidida a romperme por completo.
Y por extraño que parezca, no sentía miedo. Sentía una especie de resignación cansada. Si cada golpe me acercaba un poco más al final, si cada gota de poder que me sacaban me dejaba más cerca de apagarme para siempre… entonces, ¿por qué oponerme? ¿Por qué luchar por algo que no quería, por una vida que no era mía?
—Brindemos por el nuevo Imperio —anunció Cyrus con voz fuerte y clara, que resonó por toda la sala—. Por la unión de la luz y el poder, por un reinado de gloria eterna.
Todos alzaron sus copas, el sonido de los cristales chocando entre sí se extendió como un eco. Yo levanté la mía con una mano que apenas podía sostenerla, y cuando el líquido dulce y frío tocó mis labios, solo sentí amargura. Nada de esto tenía sabor, nada tenía sentido. Solo era una representación más, una mentira más en un mundo que vivía de apariencias.
A medida que avanzaba la velada, sentí cómo mi visión se nublaba poco a poco. Los rostros de los nobles se volvían borrosos, las luces de las velas parecían moverse como llamas lejanas, y un dolor sordo comenzó a extenderse por todo mi cuerpo, desde el pecho hasta las extremidades. Sabía lo que significaba: mi energía se estaba agotando, mi poder se desvanecía, y con él, lo que me mantenía con vida en este cuerpo.
Cyrus lo notó también. Me miró de reojo, sin dejar de sonreír ante los invitados, y su voz llegó a mí en un susurro apenas audible:
—No te desmayes todavía. La noche apenas comienza, y aún hay mucho que hacer. No te atrevas a dejarme sin lo que me pertenece.
No respondí. No tenía fuerzas para hablar, ni ganas de hacerlo. Solo cerré los ojos un instante, y en esa oscuridad breve, vi las caras que tanto anhelaba: a mis padres, tal como los recordaba, con sus sonrisas tranquilas; a mi abuela, con sus manos suaves acariciando mi cabello; y a Noa, pequeño y lleno de vida, esperándome con los brazos abiertos.
Ya voy, pensé. Solo un poco más. Pronto estaré ahí. Pronto todo esto terminará.
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Cuando volví a abrir los ojos, la sala seguía llena de mentiras, de poder y de crueldad. Pero en mi interior ya no había rabia, ni confusión, ni ganas de entender nada. Solo había un camino claro: esperar a que esta vela se consumiera por completo, a que me quitaran hasta el último resto de fuerza, y entonces, al fin, cruzaría esa puerta que me separaba de los míos.
Podían llamarme emperatriz, podían adorarme como a una diosa, podían usarme y romperme cuanto quisieran. Al final, yo tenía la certeza de que la muerte no era una condena, sino el único regalo que me quedaba. Y cuando llegara, no habría más dolor, ni más prisiones, ni más Cyrus ni Verenia. Solo estaría en casa, con las personas que realmente me amaban.
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