El campo de batalla era un infierno de brasas y humo. El fuego se propagaba sin control, devorando los restos de la estructura mientras las chispas danzaban en el aire viciado. En medio del caos, Tahiel mantenía una sonrisa gélida y burlona. Ver a Kael, cubierto de heridas y con la respiración entrecortada, intentar plantar batalla le resultaba simplemente entretenido.
Biel, tambaleándose por el impacto del golpe anterior, sintió un nudo en la garganta al ver cómo su maestro se posicionaba firmemente frente a él, protegiéndolo como un escudo humano.
—Maestro... no se exceda —logró articular Biel con la voz rota por el dolor—. Esas heridas son demasiado graves. Si sigue, podría morir.
Kael no se dio la vuelta. Sus ojos, cargados de una sabiduría cansada, permanecían fijos en el demonio.
—Hoy moriré después de todo, muchacho —respondió Kael con una calma que helaba la sangre—. Mi tiempo en este mundo finalmente se ha agotado.
—¿De qué está hablando? —gritó Biel, intentando dar un paso al frente—. Usted vivirá. ¡No permitiré que muera aquí!
Tahiel soltó una carcajada estridente que resonó entre las llamas.
—¡Jajaja! ¡Qué escena tan conmovedora! Lástima que ambos morirán en este agujero.
Sin previo aviso, Tahiel extendió sus manos y liberó una ráfaga de orbes de oscuridad absoluta. Biel intentó cubrirse, pero los proyectiles impactaron de lleno en su cuerpo, quemando su piel y drenando su energía. Kael, haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró resistir los primeros impactos, pero la potencia de la magia oscura fue demasiado. El dolor surcó su rostro y su cuerpo cedió.
-¡¡¡MAESTRO!!! —el grito de Biel desgarró el aire.
Kael se desplomó contra el suelo, perdiendo el conocimiento. Tahiel observó el cuerpo inerte del anciano y susspiró con desdén.
—Después de todo, este viejo no es más que una triste hoja seca de roble. Viajar tanto por el tiempo consumió su poder y su vitalidad de forma patética. Es una verdadera pena.
La furia estalló en el pecho de Biel, anulando cualquier rastro de dolor físico. Con un rugido de rabia, se lanzó contra el demonio.
—¡Cómo te atreves! —bramó, lanzando un golpe cargado de intención.
Tahiel, con una elegancia insultante, detuvo el puño de Biel con una sola mano. Ni siquiera se había inmutado.
—Sabes, yo no estoy al nivel de lo que fue Khios —le susurró al oído con malicia—, y, aun así, no has sido capaz de darme ni un solo golpe.
Antes de que Biel pudiera reaccionar, Tahiel hundió su mano en el estómago del joven y liberó una ráfaga de oscuridad a quemarropa. El impacto fue devastador; Biel salió disparado varios metros, rodando por el suelo hasta quedar inconsciente.
Tahiel se quedó de pie, mirando sus propias manos mientras analizaba el ambiente.
—Ya me di cuenta de algo... En este lugar hay una barrera que interfiere con mis poderes. No tengo idea de por qué la han puesto, tal vez para reducir el poder mágico de los seres fuertes. Es impresionante; Hace cuatrocientos años, algo así no existía.
Biel, tosiendo sangre, comenzó a incorporarse poco a poco, apoyando sus manos en la tierra caliente.
—Ya había escuchado de esa barrera antes, no me digas que...
—Así es —respondió Tahiel, observando los límites del horizonte—. Es una barrera que disminuye el poder de las criaturas, haciéndolas equivalentes al nivel de los humanos. Para ser precisos, si te enfrentas a alguien el doble de fuerte que tú, la barrera reducirá su poder mágico hasta igualar el tuyo. En pocas palabras, este campo de fuerza permite que los débiles luchen contra razas superiores y les hagan frente.
Biel quedó boquiabierto, sintiendo un frío arrepentido. En su mente, las imágenes de sus duelos contra Ika y Fernt pasaron como un relámpago. Ya sabía que él nunca estuvo al nivel de los drakeryanos; Todo este tiempo, fue la barrera la que le permitió sobrevivir y ganar al debilitar a sus oponentes.
—Te veo aterrado —comentó Tahiel, disfrutando del impacto de sus palabras—. Acaso ya te has enfrentado a otras razas más fuertes y "ganaste", ¿verdad? Jajajaja. Eso significa que ahora te das cuenta de lo fuertes que se han vuelto todos, excepto los humanos. He perdido la noción del tiempo que pasó en ese sello... diez cosas, ¿cuál es la raza más fuerte en esta época? ¿Acaso son los vampiros o los ángeles? Por último, la nuestra se extinguió por culpa de nuestra unión y la creación de Khios para luego renacer con un nuevo nombre.
—Los demonios no se extinguieron —respondió Biel, recuperando el aliento con dificultad—. Ellos evolucionaron a los Archadeamon y comparten el podio de las razas más fuertes junto a los drakeryanos.
Tahiel se detuvo en seco. La sorpresa cruzó su rostro por un segundo, solo para ser reemplazada por una sonrisa de orgullo retorcido. Su raza seguía viva.
—Además —continuó Biel—, ahora los Archadeamon son pacíficos. Aprende nuevas habilidades para no volver a pasar por lo que sufrieron hace doscientos años. Ellos aprendieron el IC...
Biel se cortó a sí mismo. Sus ojos se abrieron de par en par al darse cuenta de lo que estaba haciendo. La mirada de Tahiel era demasiado atenta, demasiado calculadora.
— ¿Qué fue todo eso? —preguntó Biel, retrocediendo—. ¿Qué clase de hechizo usaste en mí?
—Vaya, veo que te diste cuenta —sonrió el demonio con arrogancia—. Solo quería sacarte información. Necesitaba saber qué pasó en estos doscientos años y me ha servido de mucho.
Biel se incorporó por completo, ignorando el dolor de sus costillas rotas. La energía comenzó a emanar de él de forma violenta, y su cuerpo empezó a cambiar, adoptando esa forma imperfecta de Rey Demonio que destilaba una semilla de sangre contenida.
—¡Fragmento de la Llama Eterna, ven y haz mi voluntad! —gritó con autoridad.
Su mano derecha estalló en un resplandor cegador. De la luz emergió una espada que parecía forjada en el mismo centro de un volcán; la hoja ardía con un fuego púrpura intenso que distorsionaba el aire a su alrededor.
Tahiel entornó los ojos, analizando la transformación.
—Vaya, así que esa es la forma imperfecta de Rey Demonio que te enseñó a mi hermano. No está nada mal, muchacho... pero con eso no me podrás ganar.
Biel presionó el mango de la espada, cuya llama púrpura iluminaba su rostro decidido.
—Eso lo veremos.
Enit permanecía estática, observando el horizonte donde la batalla alcanzaba su clímax. El aire había cambiado; una presión sofocante y un calor abrasador comenzaban a propagarse por toda la región.
—¿Por qué hace tanto calor? —susurró Enit para sí misma, secándose el sudor de la frente—. El cielo está completamente encapotado y, aún así, la temperatura no deja de subir... ¿Estarás bien, Biel? —Una pequeña sonrisa melancólica cruzó su rostro—. Bueno, ¿de qué me preocupa? Conociéndolo, seguro que tiene un plan...
Sus pensamientos se cortaron de golpe cuando un crujido ensordecedor recorrió la atmósfera. Ante sus ojos, el cielo empezó a fracturarse como un cristal golpeado con fuerza.
—Esto es imposible... no puede ser —palideció Enit, retrocediendo un paso—. La barrera... se está rompiendo. ¿Pero cómo? ¿Acaso es este calor el que la está resquebrajando? No... es la energía oscura de Tahiel. Él la ha detectado.
Enit cayó de rodillas, golpeando el suelo con frustración. Las lágrimas de impotencia amenazaban con salir.
—Tantos años... tantas vidas invertidas en crear el conjuro perfecto para mantener este equilibrio —sollozó—. Que ahora se esté desmoronando así... simplemente no puede ser.
En ese momento, una estela de luz cruzó el cielo a gran velocidad. Raizel descendió con elegancia, aterrizando frente a la directora al verla en aquel estado.
—¡Directora! ¿Qué hace aquí en el suelo? —preguntó Raizel con urgencia, extendiendo una mano hacia ella.
—Hola, Raizel... —respondió Enit, levantando la mirada y recuperando la compostura—. Te estaba esperando.
—¿Esperándome?
-Si. Vayamos juntas a derrotar a Tahiel —sentencia Enit con determinación renovada—. Al final del día, ambas perseguimos el mismo objetivo.
Raizel se sorprendió por la franqueza de la directora. No necesitó palabras para responder; Simplemente mostró una sonrisa decidida y estrechó su mano. En un segundo, ambas se elevaron hacia el firmamento, disparadas como proyectiles hacia el epicentro del caos.
Ciudad de Renacelia: Estación Meteorológica, Middlesbrough
Dentro de la estación, el caos era absoluto. Las alarmas de emergencia perforaban los oídos de los presentes mientras las pantallas de monitoreo parpadeaban en un rojo intenso que no dejaba de expandirse por el mapa digital.
— ¿Qué demonios es esto? —preguntó uno de los técnicos, cuya voz temblaba mientras sus dedos volaban sobre el teclado.
—Es un aumento térmico anómalo —respondió Talhia, la meteoróloga jefa, sin despegar la vista de las gráficas—. La temperatura ambiental está subiendo a un ritmo alarmante. ¡Ha subido más de diez grados en cuestión de minutos!
El director de la estación, un hombre de rostro curtido por los años, se inclinaba sobre la consola principal.
— ¿Cuál es el punto de origen?
—En el sector norte del país, señor —señaló Talhia en el mapa—. Y la onda expansiva se mueve a una velocidad increíble.
—¿Un incendio forestal de gran magnitud? —sugirió otro operador con esperanza.
—No, esto es distinto —negó Talhia con firmeza—. La firma de energía es... orgánica. Es como si estuviera siendo generado por un ser vivo.
El jefe de la estación frunció el ceño, incrédulo.
—¿Qué quieres decir con eso?
Talhia tragó saliva, sintiendo el peso de sus palabras.
—Creo que es un humano. Alguien está... alguien está quemando su propia esencia vital para generar este calor.
—¡Eso es prácticamente imposible! —interrumpió otro meteorólogo—. Un cuerpo humano no puede contener, y mucho menos emitir, semejante nivel de energía. Tiene que ser un fenómeno geológico.
—He llegado a esa conclusión porque el epicentro coincide exactamente con las coordenadas de la batalla que transmitían las cámaras —rebatió Talhia con severidad—. Lamentablemente, perdimos la cobertura visual y no sabemos qué está ocurriendo allí realmente. Pero si no actuamos ya, esto será un desastre. ¡Activen el Protocolo de Protección Civil! Si esta ola de calor llega a las ciudades habitadas, las consecuencias serán letales.
Talhia hizo una pausa y miró al jefe.
—Informe al Rey inmediatamente... aunque, conociendo el alcance de esto, lo más probable es que ya sepa que el mundo se está incendiando.
La habitación quedó sumida en un silencio sepulcral, solo roto por el pitido constante de las máquinas. En la pantalla principal, el punto rojo seguía latiendo y expandiéndose, como un corazón de fuego que amenazaba con devorarlo todo.
En el epicentro del desastre, el rumbo de la historia estaba a punto de cambiar para siempre.
Biel jadeaba violentamente, su pecho subía y bajaba con esfuerzo tras el brutal intercambio de golpes. Frente a él, Tahiel permanecía impasible; no se muestra ni un solo signo de agotación, como si la batalla fuera apenas un juego de niños para él. Fue en ese momento cuando Biel notó que el aire ya no era solo pesado, sino abrasador. El calor era tan intenso que distorsionaba la visión.
—¿Por qué hace tanto calor? —Se preguntó Biel internamente, limpiando el sudor que le nublaba los ojos.
Al girar la cabeza, el corazón se le detuvo. Su maestro, Kael, estaba envuelto en una columna de fuego que nacía desde su propio cuerpo.
—¡¡¡MAESTROOOOO!!! —gritó Biel, aterrado, intentando lanzarse hacia él.
—No te preocupes... —la voz de Kael sonó serena, casi celestial—. Este fuego no me afecta. Es parte de mí.
Biel se detuvo en seco al notar algo imposible: las llamas no consumían la ropa de Kael ni quemaban su piel; bailaban a su alrededor como si fuera una extensión de su propia alma.
—Discípulo mío... esta será la última lección que te daré —dijo Kael, mirando a Biel con una paz que presagiaba el final—. Después de esto, ya no habrá más charlas entre nosotros.
— ¿Qué está diciendo, maestro? —Biel empezó a temblar, sintiendo un vacío en el estómago—. ¿Por qué habla como si se estuviera despidiendo? No me digas que...
—No te angusties —lo interrumpió Kael con una sonrisa llena de sabiduría—. Yo viviré en ti. Viviré en tus recuerdos y en tu corazón. Adiós, joven Biel.
Biel corrió desesperadamente para alcanzarlo, pero antes de que pudiera tocarlo, Kael extendió su mano y creó una barrera de fuego impenetrable. El calor era tan potente que obligó a Biel a retroceder.
—¡No lo haga, maestro! ¡Deténgase! —gritó Biel golpeando la pared ígnea, pero la barrera se cerró completamente, aislando a Kael y Tahiel en un círculo de llamas donde se decidiría el destino de ambos.
Tahiel observó la escena con una mezcla de curiosidad y desprecio.
—Es impresionante lo que haces por ese chico —se burló el demonio—. Pero de nada servirá. Él también morirá en este lugar, justo después que tú.
—Eso no sucederá —sentenció Kael, y sus ojos brillaron con el fulgor del incendio—. Porque hoy mismo te llevará conmigo al infierno.
Tahiel soltó una carcajada que resonó dentro de la barrera.
—¿Me llevarás al infierno? ¡Jajajaja! ¡Si yo vengo de ese lugar! Te irás solo, viejo estúpido. Pero antes de acabar contigo, quiero saber una cosa... ¿Por qué mi hermano no pudo reconocerte? Tú también estuviste presente aquel día, lo sé. Sin embargo, cuando él llegó aquí, no reaccionó al verte. Fue muy extraño.
Kael dibujó una sonrisa triunfante en su rostro.
—Eso se debe... a que yo fui quien activó el sello.
Tahiel quedó desnudo, impactado por la revelación. La arrogancia desapareció de su rostro en un instante. Kael ignoró su sorpresa y levantó la vista hacia el cielo fracturado.
—Hoy iré a acompañarte, amigo mío... Lorian.
Hace 400 años: La Cima de la Montaña Floral
El sol brillaba con una calidez suave sobre una montaña cubierta de flores silvestres. Kael dormía plácidamente entre la hierba hasta que una voz familiar lo sacó de sus sueños.
—Oye, ¿cómo es eso de que hoy me acompañarás? ¿Adónde? ¿Acaso hablando estás dormido?
Kael abrió los ojos de golpe y se encontró con la figura de Lorian.
—¡Cállate de una vez! —refunfuñó Kael, sentándose mientras se frotaba las sienes—. "¿Acaso fue un sueño?", se preguntó en silencio, sintiendo aún el eco del fuego en su mente.
—¡Vamos, levántate! —insistió Lorian con entusiasmo—. Hoy bajaremos a la ciudad a comprar algunas cosas.
Kael, todavía confundido por la intensidad de su visión, se puso en pie y siguió a su amigo.
—¿A dónde nos dirigimos exactamente? —preguntó Kael.
—Nos dirigimos al Reino de Siel —respondió Lorian sin detener su paso—. Vamos a buscar a Aurora .
-¿Aurora? ¿La chica de la otra vez?
-Si. Ahora que somos un grupo, vamos a iniciar una aventura juntos y empezaremos por Siel. ¿No te gusta la idea?
Kael miró el paisaje infinito que se extendía frente a ellos y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que el peso de su destino era ligero.
—No está nada mal —admitió Kael—. Ya me estaba aburriendo de pasar todos los días en esta montaña. Por fin, una aventura... Por cierto, ¿dónde está Aurora ahora?
—Está en Siel —dijo Lorian con una sonrisa brillante—. Allí nos encontraremos todos. Y allí será donde comenzará nuestra verdadera historia.
Lorian y Kael avanzan con paso firme hacia la ciudad de Siel. El paisaje, aunque hermoso, no lograba disipar la inquietud que crecía en el pecho de Kael. Mientras caminaban, Kael rompió el silencio para cuestionar a su amigo sobre una alianza que le resultaba, cuanto menos, peligrosa.
—Veo que te has hecho muy amigo del Rey Demonio Monsfil, ¿no es así, mi buen Lorian? —preguntó Kael, observando de reojo la expresión relajada de su compañero.
Lorian no ocultó su satisfacción y respondió con una sonrisa franca: —Sí. Últimamente luchamos con frecuencia para medir nuestras fuerzas. Es sumamente fuerte y, sinceramente, no me parece un mal sujeto. Además, empiezo a creer que los otros Reyes Demonios no son tan malvados como los descritos en las historias.
Kael frunció el ceño, deteniéndose un instante para mirar a Lorian a los ojos. —No te confies demasiado en ellos. Tal vez Monsfil sea una excepción, pero eso no garantiza que los demás tengan buenas intenciones. No los conocemos a la perfección; Incluso podría estar tramando algo en este mismo instante.
—Está bien, lo tendré en cuenta —replicó Lorian con ligereza, restándole importancia al asunto—, pero sigo pensando que no son tan malos.
El Laboratorio de Quizza: El Inframundo
Lejos de la luz de Siel, en las profundidades del inframundo, el ambiente era radicalmente opuesto. Tahiel y Quizza se encontraron en el dominio personal de esta última. Tahiel caminaba por el laboratorio, observando con una mezcla de curiosidad y repulsión las cámaras que se alineaban en las paredes. Dentro de las cúpulas de cristal, varios humanos se deforman flotando en una suspensión eterna.
—Vaya... para ser alguien con una ambición tan grande, se me hace raro que trabajes en un lugar como este —comentó Tahiel, deteniéndose frente a una de las cúpulas—. ¿Qué clase de laboratorio es esta, hermana?
—Son experimentos —respondió Quizza con una frialdad mecánica—. Aunque, lamentablemente, todos han fracasado hasta ahora.
—Interesante. Utilizas humanos para tus experimentos... ¿Qué buscas encontrar con esto, querida hermana?
—El individuo perfecto —sentencia Quizza sin apartar la vista de sus instrumentos—. Uno que sea imposible de matar. Pero los humanos no sirven para esto; Terminaron muriendo poco después de la segunda operación.
Tahiel soltó una carcajada burlona. —Qué cruel, hermana. Son humanos, tienen derecho a vivir, ¿no crees?
—No te hagas el santo —le espetó Quizza con desdén—. A ti también te gusta torturarlos. Al menos yo les doy la oportunidad de ser más fuertes; tú solo las torturas y luego los desechas como basura.
—Es cierto —admitió Tahiel, riendo de nuevo—. A diferencia de ti, a mí me gusta torturarlos hasta verlos morir. Pero diez centavos, ¿para qué todo esto? Me dijiste que en ocho años lograrías tu objetivo de invadir el mundo espiritual... ¿Qué tienen que ver estos experimentos con eso?
Quizza se detuvo y lo miró con una gravedad que helaba la sangre. —Simplemente busco el huésped perfecto que pueda controlar a la perfección. Son años de trabajo, pero al final podrá concretar la voluntad de Apocalipsis .
Tahiel se tensó al escuchar ese nombre. — ¿Apocalipsis? ¿Te refieres al auténtico? ¿Al Padre del Caos? ¿Pero cómo? Si eso es solo una leyenda.
—Es real —aseguró Quizza—. Está sellado en lo más profundo del vacío por el primer héroe que apareció, o mejor dicho, por los cinco héroes originales; aquellos que poseían la Llave Primordial con la que lo encadenaron. Pero con el paso de los años, el sello se ha debilitado. Ahora Apocalipsis puede manifestar su poder en cantidades menores y, gracias a ello, pudo saber cuáles son las condiciones para romper su prisión.
— ¿Y cuáles son esas condiciones? —preguntó Tahiel, ahora totalmente intrigado.
—A lo largo de la historia se han contado tres condiciones, pero son falsas —reveló Quizza con una sonrisa maliciosa—. Fueron creadas por el propio Apocalipsis para que las condiciones reales se cumplan sin que nadie intente intervenir.
Tahiel arqueó una ceja, impresionado. —Vaya, así que Apocalipsis es bien precavido. Dime, ¿cuáles son esas condiciones falsas que se han contado a lo largo de la historia?
—Son estas: número uno, la muerte de todos los dioses de este universo; número dos, la unión de nosotros, los cinco Reyes Demonios; y número tres, la destrucción de los Fragmentos de lo Infinito. Esas son las mentiras en las que el mundo cree.
—Interesante... son condiciones que cualquiera aceptaría como lógicas —murmuró Tahiel—. Ahora diez centavos, ¿cuáles son las verdaderas?
Quizza se acercó a él, bajando el tono de voz. —El número uno es que tanto el Dios del Caos como el Dios del Vacío mueran. Si ellos dos mueren, el poder de Apocalipsis se restaurará, pues ambos son derivados de aquel poder original. Si mueren, esa energía regresará a su usuario original.
Tahiel se quedó pensativo por un momento antes de preguntar: —¿Y habrá alguien en este mundo capaz de asesinar a esos dioses?
—No lo sé —concluyó Quizza, volviendo a sus notas—. Son seres sumamente fuertes.
Tahiel avanza lentamente, procesando la magnitud de las palabras de su hermana mientras el brillo de los tanques de cultivo bañaba su rostro de un azul espectral.
—Entiendo perfectamente, hermana —murmuró Tahiel, cruzando los brazos—. ¿Y cuáles son las otras dos condiciones?
Quizza se giró hacia una pantalla donde fluían datos de energía vital en constante descenso. Su voz sonó como el roce de dos cuchillas.
—La segunda es destruir una de las cinco llaves de los Fragmentos de lo Infinito —reveló ella, haciendo una pausa dramática—. Pero no cualquiera. Específicamente una: la que contiene un poder descomunal, capaz de desequilibrar la balanza por sí sola.
Tahiel arqueó una ceja, dejando escapar una pequeña risa de incredulidad.
—¿No es acaso el fragmento que posee este nuevo héroe que ha surgido? —preguntó, registrando los informes sobre el joven guerrero.
—No —sentencia Quizza con frialdad—. Ese fragmento aún no tiene un usuario. Además, está siendo custodiado y entrenado por el primordial más poderoso. Ese fragmento es mucho más importante de lo que imaginas; es el núcleo, el nexo capaz de convocar a los otros cuatro. Si esa voluntad despierta su verdadero poder, todos nuestros planos se irán a la basura en un parpadeo.
Tahiel se tensó, la curiosidad empezaba a ser reemplazada por una sombra de sospecha.
—Espera, hermana... ¿Cómo es que sabes todo eso con tanta precisión?
Quizza se detuvo en seco. Sus ojos parecieron perderse en el vacío del laboratorio por un segundo antes de responder en un susurro cargado de una devoción oscura.
—Me lo dijo Apocalipsis.
El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el burbujeo de los recipientes de cristal. Tahiel dio un paso atrás, la sorpresa escrita en cada rasgo de su cara.
—Oye, espera... ¿Cómo que te lo dijo Apocalipsis? —exclamó, con un déje de nerviosismo—. Él está sellado en los confines del vacío. Es imposible que se comunique.
—Te lo dije antes, Tahiel —respondió ella, retomando su trabajo con una calma inquietante—. Con el paso de los milenios, el sello se ha ido debilitando. Su prisión tiene grietas, y por consecuencia, su voluntad se manifiesta en pequeñas pero letales cantidades de conciencia que llegan hasta mí.
Tahiel guardó silencio, asimilando la idea de que su hermana fuera el receptáculo de una entidad tan antigua.
—Pero, ¿cómo puede saber él que ese fragmento es tan peligroso? —cuestionó de nuevo—. Tengo entendido que los portadores cambian en cada ciclo; no siempre son los mismos los que alcanzan la voluntad de los héroes.
Quizza dejó sus instrumentos y se acercó a él, su sombra proyectándose larga y deforme sobre el suelo metálico.
—Te contaré algo, pero tienes que guardarlo como un secreto absoluto —le advirtió.
—Vale —asintió él, intrigado.
—Originalmente, cinco héroes se manifestaron en este mundo para enfrentar a Apocalipsis —comenzó Quizza, su voz adquiriendo un tono legendario—. En ese entonces, los cinco fragmentos dieron origen a la Llave Primordial. El único que logró herir de gravedad a Apocalipsis fue el héroe que portaba el Fragmento Espada . Debes saber que los fragmentos toman forma de cinco armas: una lanza, una naginata, un arco, un bastón y, por último, la espada. De todas ellas, la espada es la más letal, la verdadera amenaza para nuestro señor.
Tahiel escuchaba con atención magnética, fascinado por la genealogía de aquel poder.
—Por generaciones han pasado esas cinco armas —continuó la Reina Demonio—. Actualmente, el héroe que apareció hace unos años cuenta con la naginata. Las formas de las armas siguen siendo las mismas, pero sus conciencias evolucionan. Así que, si en esta época nos topamos con el Fragmento de la Espada, no sería la original, sino un descendiente de aquel poder que casi destruye al Padre del Caos.
—Vaya, hermana... eso es algo increíble —admitió Tahiel, dejando escapar un suspiro de admiración—. No sabía que existieran seres con tal linaje. Pero, aún así, si dices que la espada es tan peligrosa... ¿Cómo planeas que la derrotemos si nos la cruzamos en el camino?
Quizza dibujó una sonrisa maliciosa, una expresión que destilaba una confianza ciega en su propio instinto.
—Tengo la corazónnada de que, cuando nos topemos con ese Fragmento, podremos destruirlo fácilmente. Su verdadero poder aún no está completo; es una fruta que aún no ha madurado.
—Tu intuición siempre ha sido buena —concedió Tahiel—, pero si fallas en ese cálculo, lo perderemos todo.
—Si eso ocurre, ya no habrá otra oportunidad —sentenció ella, volviendo la vista a sus notas—. Apocalipsis no resurgirá y nuestro mundo se estancará para siempre.
—Sería algo triste, pero bueno, confió en que eso no pasará —dijo Tahiel con ligereza, recuperando su tono burlón—. Y diez centavos, ¿cuál es la última condición?
Quizza señaló hacia arriba, como si pudiera ver a través de las capas de tierra hasta el mismo cielo.
—La tercera condición está ligada al plano espiritual. Se necesita la vitalidad de esos seres de energía pura.
—Entonces... la tercera condición es la muerte masiva de los espíritus del plano espiritual —concluyó Tahiel, comprendiendo finalmente el rompecabezas.
—Exactamente. Y es por eso que mi plan de invasión se llevará a cabo en siete años —explicó Quizza con una frialdad mecánica—. Ya han pasado tres años desde que te hablé de esto. La droga está en proceso de perfeccionamiento. Después de eso, solo tendré que encontrar un humano capaz de soportar ese flujo de poder. Ya encontraré al espécimen perfecto para mi plan.
Tahiel la vigila por un momento, soltando una carcajada cargada de sadismo.
—Eres una auténtica maniática, hermana. Tu ambición realmente no conoce límites.
Quizza se giró bruscamente, sus ojos centelleando con una intensidad peligrosa.
—Me llamas maniática a mí? ¿Acaso crees que no somos iguales? —le espetó con desdén—. ¿Crees que no sé lo que tramas con esa chica, Aurora?
Tahiel ensanchó su sonrisa, una mueca sádica que revelaba sus intenciones más oscuras.
—Ella es mi pieza más preciada en este juego contra el héroe —confesó, relamiéndose—. Haré que se gane su confianza absoluta, que se convertirá en su pilar... y entonces, cuando sea el momento, la usaré para hacerlo sucumbir al dolor más profundo. Je, je, je...
Quizza lo miró con una mezcla de asco y reconocimiento.
—Eres de lo peor, Tahiel. Pero diez centavos, ¿por qué ella? ¿Por qué la princesa del reino de Siel?
—Porque es perfecta —respondió él con entusiasmo—. Es fuerte, ostenta el título de maestra espadachina... es un pez gordo. Con semejante prestigio, el héroe nunca sospechará de ella. De hecho, en este preciso momento ella está en su reino y el héroe se dirige hacia allí para comenzar su "aventura". Ya le di las indicaciones: únete a él y cultivar esa confianza durante los próximos cinco años.
—¿Y si te traiciona? —preguntó Quizza, arqueando una ceja—. El corazón humano es volátil.
—Si eso pasa, yo mismo me encargaré de arrancarle la vida —respondió Tahiel sin dudarlo—. Después de todo, su existencia me pertenece desde el día en que la marqué.
Quizza ascendiendo, satisfecha con la crueldad de su hermano.
—Veo que tienes todo bien calculado.
—Efectivamente —concluyó Tahiel, recuperando la compostura—. Pero basta de charla. Será mejor que sigamos con ese plan que tienes en mente.
—Sí, será mejor —finalizó Quizza, dándole la espalda para sumergirse de nuevo en sus experimentos—. Esos asuntos de segunda por ahora no importan. Lo único que importa es llevar a cabo mi plan a toda costa. El fin del equilibrio está cerca.
Una semana después en el Reino de Siel.
El Reino de Siel se materializó ante ellos como un coloso de piedra. Las murallas no solo rodeaban la ciudad; la custodiaban con una verticalidad que desafiaba al cielo, una barrera casi irreal que proyectaba sombras kilométricas sobre la llanura. Tras ese anillo de roca, la arquitectura se desplegaba con una modernidad anacrónica: edificios de líneas depuradas y fuentes donde el agua danzaba entre peces que surcaban el cristal líquido con una calma ajena al caos del exterior. Era un refugio de sonrisas sinceras y hospitalidad, un oasis que cualquiera llamaría hogar.
Tras una semana de polvo y camino, Lorian y Kael se detuvieron ante la magnitud de la entrada. Lorian sintió que el aliento se le escapaba mientras sus ojos escalaban la muralla.
—Vaya... pero si son gigantes —murmuró, con la voz apenas audible ante el viento que silbaba entre las almenas.
Sus ojos recorrieron la estructura de arriba abajo, tratando de procesar la escala de aquella ingeniería. Por un instante, un destello de otro mundo cruzó su mente.
—Esto... me recuerda a algo... —añadió en un susurro—. Solo había visto murallas así en un anime de mi mundo, Attack on Titan... pero esto es mucho más impresionante.
Kael lo observó con una mezcla de extrañeza y fascinación.
—¿Anime? No sé qué es eso... pero si esas murallas te sorprenden, espera a ver lo que hay dentro.
Lorian esbozó una leve sonrisa, sin apartar la vista de la piedra colosal.
—Sí... creo que este mundo va a superar cualquier cosa que haya imaginado.
—Sobre lo que dijiste... ¿qué es eso de anime? —insistió Kael, intrigado por la palabra extranjera.
—Bueno, los animes son la cosa más genial que he visto en mi vida —respondió Lorian, y sus ojos se iluminaron con una chispa de nostalgia—. El anime es el término utilizado para referirse a la animación japonesa. Se caracteriza por estilos artísticos distintivos, tramas complejas y una amplia variedad de géneros dirigidos a todas las edades.
Kael frunció el ceño, procesando los términos. ¿Animación japonesa? Las palabras carecían de anclaje en su realidad. Lorian, al notar el vacío en la mirada de su compañero, se percató de la brecha insalvable: en este mundo no existían pantallas, ni mangas, ni trazos de tinta que cobraran vida.
—Discúlpame, esto es mucha información para ti —dijo Lorian, bajando la mirada—. Después de todo, yo vengo de otro mundo.
—Sí, es cierto —concedió Kael—. No tengo ni idea de qué me hablas, pero me parece curioso todo eso que me has contado.
Lorian buscó el horizonte, donde el sol empezaba a teñir las nubes.
—Me gustaría que vieras todo lo que he visto en mi mundo original, pero lamentablemente eso no se podrá hacer. Yo ya no pertenezco a ese mundo... ahora mi mundo es este.
—Puede que ya no puedas regresar a tu mundo y ver eso que llamas anime —replicó Kael, observándolo con fijeza—, pero sé que has aprendido muchas cosas viendo eso, ¿no es así?
Lorian cerró los ojos y una sonrisa cargada de recuerdos le surcó el rostro.
—Sí, me han enseñado muchas cosas. He visto personajes que jamás se rindieron incluso si el mundo se les viniera encima... personajes que incluso lo perdieron todo y aun así siguieron adelante. Después de todo, el anime me ha enseñado bastante.
—Entonces toda enseñanza aplícala en este mundo —sentenció Kael, y su voz adquirió un peso ancestral—. Eres el héroe de este mundo y portador del fragmento de lo infinito Luthan. Enséñale a este mundo cuán tan grandioso ha sido eso que llamas anime y protege a todos.
—Sí, eso haré —afirmó Lorian con una determinación que pareció hacer vibrar el aire a su alrededor—. Haré que este mundo conozca lo grandioso que puede ser un héroe que ha visto a otros héroes en pantallas... y demostraré todo ese poder para proteger a todos del mal.
Mientras la luz bañaba a Lorian en las afueras, el interior del castillo era un sepulcro de terciopelo y secretos. En la habitación de la princesa Aurora, la atmósfera estaba viciada por una presencia oscura.
—El héroe y su acompañante ya han de estar por llegar —dijo Aurora.
Ella permanecía de rodillas, con la frente casi rozando el suelo, en una postura de sumisión absoluta. Frente a ella, sentado en una silla como si fuera un trono improvisado, un ente emanaba una autoridad gélida.
—Mi señor Tahiel, ¿qué prosigue con su plan?
Tahiel, el Rey Demonio de la Oscuridad Eterna, se recostó con una parsimonia insultante.
—Vamos con calma —soltó, y su voz sonó como seda arrastrándose sobre tumbas—. Por ahora solo gánate su confianza. Más adelante nos encargaremos de él.
—Sí, mi señor —respondió ella, con la voz quebrada.
—Bueno, será mejor que me vaya cuanto antes —dijo Tahiel, poniéndose en pie—. No quiero que me encuentren hablando contigo y vayan a sospechar de ti.
—No se preocupe, yo me encargaré de todo.
—Bueno, te lo dejo en tus manos.
Sin un ruido, sin una ráfaga de viento, Tahiel se disolvió en la nada, dejando a la princesa sola con el peso de su traición.
Aurora se levantó con movimientos mecánicos y se desplomó sobre su cama. El silencio de la estancia fue devorado por un sollozo que le desgarró el pecho. Las lágrimas empezaron a brotar, calientes y amargas, mientras se hundía en las almohadas.
—Perdóname, héroe... —susurró, mientras el eco de sus propias palabras la condenaba.
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