La luz de Siel era vibrante, pero para Kael y Lorian, el brillo de la ciudad empezaba a sentirse artificial. Caminaban por las avenidas principales siguiendo las indicaciones que Aurora les había dejado. Lorian no podía evitar que el corazón le latiera con fuerza; Tras años de espera, sentí que su verdadera aventura finalmente desplegaba sus velas. Sin embargo, a medida que avanzaban, la armonía del lugar empezó a volverse asfixiante. La gente sonreía demasiado, con una alegría constante que no parecía natural, y sus miradas, cargadas de una curiosidad extraña, seguían cada uno de sus movimientos. Kael mantenía los ojos entrecerrados, detectando que algo en la frecuencia de la ciudad no cuadraba, pero decidió guardar silencio y seguir adelante.
Finalmente, llegaron a la ubicación marcada en el mapa. Ante ellos no había un palacio ni una posada elegante, sino una casa maltrecha, un esqueleto de madera y piedra que parecía sostenerse en pie por puro milagro. Al entrar, el aire rancio y el polvo en suspensión les dieron la bienvenida. Las paredes, agrietadas y desnudas, hablaban de un abandono absoluto.
—Oye Lorian, ¿estás seguro de que esta es la dirección que Aurora te dio? —preguntó Kael, observando una viga que amenazaba con ceder.
—Sí, según este mapa, este es el lugar donde nos encontraríamos —respondió Lorian, rotando el pergamino entre sus manos.
—Vaya lugar para reunirse, ¿no crees? —comentó Kael con sarcasmo.
—Tal vez no tenga dinero como para vivir en una casa más elegante... bueno, eso creo yo —aventuró Lorian, tratando de justificar la precariedad del sitio.
—Puede ser. Bueno, entonces esperemos a que llegue.
Apenas terminaron de hablar, el chirrido de la puerta trasera cortó el silencio. Ambos se tensaron al instante, poniéndose en guardia con los sentidos alerta. Por el umbral apareció una figura envuelta en una capa oscura que ocultaba sus rasgos.
—Bienvenido, héroe —dijo la figura con una voz femenina y melodiosa.
Al retirarse la capucha, el rostro de Aurora quedó al descubierto, iluminado por las escasas haces de luz que se colaban por las grietas. Lorian y Kael exhalaron, bajando la guardia.
—No nos hagas asustar de esa manera —dijo Lorian, llevándose una mano al pecho—. Pensé que nos iban a atacar; Después de todo, somos extranjeros en este lugar.
—Tranquilos, me disculpo por entrar de esa manera —respondió Aurora con una leve inclinación de cabeza.
—Para la próxima dinos que vive en un lugar deplorable —intervino Kael, sacudiéndose el polvo del hombro—. Pensé que habíamos llegado al lugar equivocado.
—Este lugar es mi guarida —explicó Aurora, y por un segundo su mirada se volvió esquiva—, un lugar donde escapo para librarme de mis obligaciones como prins...
—¿Prins...? —repitió Kael, captando el desliz.
—No, nada —cortó ella rápidamente, forzando una sonrisa—. En fin, qué bueno que llegaran. Por fin podemos salir de aventuras.
Kael la observó con sospecha, masticando la sílaba incompleta, pero decidió cambiar de tema para no tensar más el ambiente.
—Bueno, será mejor que vayamos al centro de la ciudad para comprar algunas cosas para nuestro viaje.
—Sí, tengo que comprar ropa nueva —añadió Lorian, mirando su atuendo desgastado por el camino.
—Entonces yo los llevaré a un lugar donde venden ropa de muy buena calidad y además barata —propuso Aurora con entusiasmo.
—Perfecto, entonces vamos —asintió Lorian.
El trío se sumergió de nuevo en el bullicio del centro. Mientras caminaban entre los puestos, una anciana sentada tras una pequeña mesa captó la atención de Lorian. Sobre un tapete de terciopelo gastado, una bola de cristal descansaba inerte. A Lorian lo asaltó una curiosidad repentina; en su mundo original, los videntes solían ser charlatanes de feria, pero aquí, donde la magia era una ley física, la idea de conocer el futuro cobraba un peso real.
—Me gustaría preguntar por mi suerte —le dijo Lorian a Kael, deteniéndose frente al puesto.
—Puedes hacerlo —respondió Kael con tono neutro—, pero si no te gusta lo que ves no me culpes. Después de todo, puede ser algo bueno o algo malo.
—No pasa nada —sonrió Lorian—. No es que sea creyente en brujerías o algo por el estilo, solo es curiosidad.
Aurora, a su lado, palideció ligeramente. Sus dedos se cerraron en puños y un sudor frío le recorrió la nuca. Sabía que en este mundo la adivinación no era un juego, y el temor a que la esfera revelara su pacto con las sombras la dejó paralizada.
—Es que... no creo que sea necesario mirar tu suerte —balbuceó Aurora, intentando disuadirlo.
—Pero no tiene nada de malo saber tu suerte —insistió él, extrañado por su nerviosismo.
—No es eso, es que...
Antes de que pudiera inventar una excusa, la anciana levantó la vista. Sus ojos, nublados por las cataratas pero extrañamente lúcidos, se clavaron en el joven.
—Joven, ¿usted quiere ver su suerte o qué le depara en el futuro? —preguntó con una voz que parecía venir de ultratumba.
—Sí, me gustaría —respondió Lorian con decisión—. ¿A ustedes no les interesa?
—No, yo paso —dijo Kael tajante.
—¿Y tú, Aurora?
—Yo también paso —dijo ella, impidiendo mirar a la anciana—. Mejor me adelantaré a ver si encuentro descuentos.
—Yo igual, allí te esperamos —añadió Kael, siguiendo a la chica.
—Bueno, está bien, ya los alcanzo más tarde —se despidió Lorian.
Se quedó solo frente a la mesa. La anciana comenzó a canalizar su energía; un zumbido sordo vibró en el aire y la esfera se estalló en un resplandor de azul intenso. Lorian sintió un escalofrío. Había olvidado por un momento que este mundo se regía por normas diferentes; La magia no era un truco, era una verdad absoluta. Lo que estaba a punto de escuchar no era una suposición, era una sentencia.
—Puedo verlo, muchacho... —susurró la anciana, mientras las luces de la esfera bailaban en sus pupilas—. Puedo ver lo que te depara de ahora en adelante. Alcanzarás un gran poder y te enfrentarás a los Reyes Demonios.
De pronto, el brillo de la bola de cristal se volvió errático. La anciana se echó hacia atrás, su rostro se contrajo en una mueca de puro espanto.
—Esto... esto no puede ser cierto —jadeó.
—¿A qué se refiere con eso? —preguntó Lorian, sintiendo el peso de la atmósfera.
—La bola de cristal dice que en tu grupo hay un traidor —sentenció la mujer, con voz temblorosa—, alguien que trata de guiarte directamente hacia su amo verdadero.
La anciana observó a Lorian esperando ver colapso o miedo, pero se encontró con algo que la dejó muda: el joven estaba sonriendo. Una sonrisa tranquila, casi melancólica.
—¿Por qué sonríes? —preguntó ella, desconcertada—. Serás traicionado por alguien de tu propio equipo.
—Eso ya lo sé —respondió Lorian con una calma que helaba la sangre—. Sé que hay un traidor en mi equipo. No pasa nada, después de todo ya lo sabía. No es algo que me preocupe por ahora.
La anciana guardó silencio, impactada por la entereza del chico.
—Tienes un templo muy grande, muchacho... Aunque ya lo sabes, te mantienes firme. ¿Acaso eres especial?
—Para nada —contestó Lorian, relajando la postura—. Solo soy un chico común en busca de una nueva aventura.
—Tú eres distinto, chico. Lo puedo ver en tus ojos —insistió la vidente, acercándose más—. Ojos llenos de determinación. Eres la viva imagen de esos seres a los que llaman "Los Enviados"... un héroe venido de otra tierra.
Lorian ensanchó su sonrisa, una chispa de orgullo brillando en su mirada.
—Puede ser.
Dejó unas monedas de plata sobre el tapete y retomó su camino, fundiéndose con la multitud que abarraba las calles de Siel. La anciana se quedó inmóvil, viéndola desaparecer.
—Tu futuro está lleno de oscuridad, pero te mantienes firme... —susurró para sí misma, mientras la bola de cristal se apagaba lentamente—. No mueras, joven.
Mientras Lorian se dirigía a donde estaban Aurora y Kael, lejos del bullicio de Siel, en una ciudad remota castigada por los vientos del norte, el ambiente de un bar local hervía con el calor del alcohol y las leyendas. Entre el humo y el ruido de las jarras, la voz de un joven cortó el aire con una declaración que sonó una blasfemia para los presentes.
—Los Reyes Demonios no son malos... —afirmó el chico, con la mirada encendida por una convicción que rozaba la imprudencia—. Son solo cuentos creados por la gente para aterrarnos. Los Reyes Demonios no son lo que parece; son muy amables.
Un hombre a su lado soltó una carcajada seca, golpeando la mesa con el puño.
—¡Qué patrañas! —escupió el hombre—. Los Reyes Demonios son las peores escorias que hay en este mundo.
—No es cierto —insistió el joven, sin retroceder—. Yo conocí a un Rey Demonio que es benevolente. Ella no es mala.
—No hay demonio benevolente —intervino otro de los presentes, suavizando el tono pero manteniendo la firmeza—. Sé que eres alguien con un corazón noble y crees que ellos pueden cambiar, pero no son lo que parecen.
—Ustedes no saben nada —sentenció el joven, y su voz tembló de impotencia—. Ella es diferente a sus hermanos. Lo sé porque he visto sus acciones... Ella me salvó de caer en un acantilado. Fue amable conmigo y curó mis heridas cuando nadie más estaba allí.
Un silencio pesado se apoderó del lugar. Los parroquianos se miraron entre sí, divididos entre la lástima y la duda. ¿Era posible que el chico estuviera bajo un hechizo o, tal vez, que las sombras del mundo estuvieran empezando a aclararse? Un anciano de rostro surcado por las cicatrices del tiempo se acercó al muchacho y le puso una mano en el hombro.
—Hijo, sé que tal vez te ayudó —dijo con voz ronca—, pero eso no quita las atrocidades que pudo haber hecho en toda su vida. No podemos fiarnos de ellos. Sus corazones están corruptos y quizás solo estén tramando algo.
El joven no respondió. Las palabras del anciano fueron la última gota de un vaso que ya desbordaba. Sin decir nada, salió corriendo del bar mientras las lágrimas nublaban su visión. Corrió con el pecho ardiendo, tropezando con sus propios pasos hasta que las murallas de la ciudad quedaron atrás. Se adentró en la espesura de un bosque cercano y cayó de rodillas sobre la tierra húmeda.
—¿Por qué...? —sollozó, golpeando el suelo—. ¿Por qué nadie me cree que ellos no son tan malos?
En ese instante, el aire se volvió denso. Un vendaval repentino sacudió las copas de los árboles, haciendo bailar las hojas en un vals frenético. Entonces, la vio.
Ella estaba allí, suspendida entre la realidad y el mito, sentada con elegancia sobre una de las ramas más fuertes de un árbol antiguo. Lo observaba con un semblante alegre, una expresión que no encajaba con los relatos de terror de los humanos.
— ¿Qué sucede, chico? —preguntó ella, con una voz que parecía una caricia del viento—. ¿Por qué estás llorando?
—Nadie me cree que ustedes son buenos —logró articular el joven, levantando la mirada.
—Es de esperarse —respondió ella, balanceando sus piernas con despreocupación—. Nosotros los Reyes Demonios somos catalogados como malignos. Pero la verdad es que no somos malos; solo protegemos lo nuestro. ¿Acaso proteger lo nuestro es malo? Ustedes los humanos, ¿acaso no protegen sus bienes? Después de todos somos iguales. Aunque la gente invente cosas malas de nosotros, no nos importa, pues sabemos perfectamente lo que somos. Así que no te culpes si hoy no te creen... tal vez mañana sí lo hagan.
El chico secó las lágrimas con el dorso de la mano y, por primera vez en el día, una sonrisa genuina iluminó su rostro.
—Sí —asintió él.
—Bueno, entonces no llores —añadió ella, con un tono juguetón—. Sabes que los hombres no lloran.
—Ya no lloraré más. Gracias amiga.
La chica se detuvo en seco, y un destello de sorpresa cruzó sus ojos.
—¿"Amigo"? —repitió, saboreando la palabra como si fuera un fruto exótico.
—Cuando los humanos forman una buena comunicación se vuelven amigos —explicó el chico, rascándose la nuca—. ¿Acaso no te agradas?
—La verdad es que es la primera vez que me llaman amiga.
—Entonces yo será tu primer amigo —propuso él con entusiasmo—. ¿Te parece bien?
Ella lo miró fijamente y, tras un segundo de duda, sonriendo con una dulzura inesperada.
-Si.
—Entonces hagamos una promesa de meñique.
— ¿Promesa de meñique? —preguntó ella, cargando la cabeza.
—Sí, es un juramento donde prometemos ser amigos por siempre.
—Amigos por siempre... —susurró ella, y una sombra de melancolía cruzó su rostro—. Pero los humanos no viven tanto. Luego de eso me quedaré sola.
—Lamentablemente la vida es efímera como un parpadeo —admitió el chico, bajando un poco el tono—, pero te prometo que mientras viva no te dejaré sola.
Un ligero rubor tiñó las mejillas de la reina demonio. Apartó la mirada un instante antes de volver a conectar con los ojos del muchacho.
—Bueno, estás bien. Entonces hagamos la promesa de meñique.
En el corazón de aquel bosque olvidado, se selló un pacto de luz en medio de las sombras: una amistad nunca vista entre un humano de alma pura y una criatura de la noche. Una promesa grabada en el tiempo que, lamentablemente, se enfrentaría a un destino teñido por la oscuridad que ya empezaba a cernirse sobre el muchacho de corazón noble.
Aquella fue la primera semilla de una alianza imposible, un pacto forjado entre la luz de un alma humana y la penumbra de una corona demoníaca. Una amistad que, a pesar de las leyes del mundo, florecería durante años como el único refugio sincero para una reina y un joven que solo buscaban comprensión.
Mientras tanto, lejos de la tierra firme, en la Villa de los Ángeles del plano espiritual, el tiempo fluía con una cadencia distinta. En una pequeña casa de madera y paz, donde el aroma a té y lana llenaba el aire, vivían los abuelos Zadkiel y Reya junto a sus nietos: el joven Rizeler y la pequeña Raizel.
Rizeler, con la determinación marcando sus rasgos juveniles, miró a su abuelo.
—Cuando cumpla la mayoría de edad, estará al servicio de la reina —declaró—. Los visitaré de vez en cuando.
Zadkiel, con una expresión alegre y los ojos cerrados en un gesto de sabiduría, avanzó suavemente.
—Claro, mi niño. Tú serás un gran guardián.
Unas pequeñas lágrimas asomaron en el rostro de Rizeler, brillando como cristales.
—Sí... Gracias por todo, abuelito. Y también a ti, abuelita.
Reya, cuyas manos no dejaban de mover las agujas mientras tejía un pañuelo, sonriendo con una ternura infinita.
—No hay nada que agradecer, mi niño. Después de todo, somos tus abuelos y siempre te apoyaremos. Eres la viva imagen de tu padre y también... —Reya bajó la vista hacia Raizel, que dormía plácidamente en su regazo como una pluma caída del cielo—. Ella es la viva imagen de su madre. También será tan fuerte como lo fue ella.
Rizeler observó el rostro sereno de su hermana pequeña y su voz se volvió un juramento.
—No permitiré que nadie la última vez a mi hermana. Se los prometo.
—No hay duda, mi niño —añadió Zadkiel—. Serás tan fuerte como tu padre y protegerás a mi querida Raizel. Pero escucha bien: si en algún futuro algo sucede entre ustedes, si incluso llegan a luchar... no pelees en serio. Primero descubre por qué pelea. Si lo hace para alguien que la está utilizando, entonces deténla. Pero si pelea para ayudar a los demás, entonces ríndete.
—Claro, abuelo. Haré todo lo posible para ayudarla.
Era una conversación destinada a resonar siglos después. Raizel y Rizeler, los hijos de Remiel y Anane —quienes partieron cuando ellos eran apenas unos infantes—, crecían bajo un sol que no se ponía. Para los ángeles, el tiempo es una evolución espiritual, no una línea de segundos. Actualmente contaban con 1115 y 1112 años respectivamente. Un "metų" angelical equivale a 40 años humanos; para ellos, el paso de los siglos es apenas un cambio de estación, del otoño al invierno del alma.
En cinco años humanos, Raizel cumpliría sus 1113 años. Ese día estaba marcado en las estrellas como el momento en que el plano espiritual sucumbiría ante la oscuridad total. Un destino inamovible... o al menos así lo era hasta que un humano llamado Lorian decidió desafiar las páginas del tiempo y romper la ruta establecida.
De vuelta en la ciudad de Siel, el grupo finalmente se reunió en la tienda de ropa que Aurora había recomendado. Lorian cruzó el umbral y Kael, que lo esperaba recostado cerca de la entrada, se incorporó para recibirlo.
—Al final, ¿qué te pareció tu futuro? —preguntó Kael—. ¿Es talentoso o caótico?
—Un futuro maravilloso —respondió Lorian con una calma contagiosa—. Nunca pensé que esa esfera revelaría mi futuro de esa forma.
—Vaya, así que será un futuro bueno —concluyó Kael, relajando los hombros.
—Sí —afirmó Lorian con una sonrisa.
Sus ojos se posaron entonces en Aurora. La joven estaba visiblemente tensa, con las manos entrelazadas con fuerza. Lorian lo notó de inmediato.
¿Qué te sucede? ¿Por qué estás tan nervioso? —le preguntó con suavidad.
—No es nada, todo está bien —mintió ella, impidiendo su mirada.
—Bueno, estás bien. Ya luego conversaremos con calma.
Aquellas palabras cayeron sobre Aurora como un baldazo de agua fría. "Conversar con calma"... la frase resonó en su mente como una advertencia silenciosa que la hizo temblar de miedo.
Ajeno al tormento interno de su compañera, Lorian entró al área de probadores. El silencio de la tienda solo era interrumpido por el roce de las telas finas y el eco de sus pasos. Tras varios minutos, las puertas del probador se deslizaron con una parsimonia casi ceremonial.
Lorian emergió de las sombras como un espectro de luz reclamando su lugar en el mundo. El blanco níveo de su nueva gabardina era tan puro que hería la vista, una armadura de tela impecable que contrastaba violentamente con el chaleco oscuro que abrazaba su torso. En sus hombros, las placas de plata labrada semejaban alas metálicas plegadas, dando la silueta de un ángel guerrero que acababa de descender de un trono de cristal.
Se detuvo frente al espejo y, por un segundo, el tiempo pareció congelarse en un fotograma perfecto. Al recogerse el cabello plateado en un moño alto, dejando que unos pocos mechones rebeldes enmarcaran sus facciones afiladas, Lorian no solo había cambiado de ropa; había mudado de piel. El detalle dorado incrustado en su espalda brillaba bajo los focos como el corazón de una máquina antigua volviendo a la vida. No era solo un cliente; era el preludio de una tormenta envuelto en seda y metal.
—Vaya, amigo, te queda genial —exclamó Kael, impresionado por el cambio.
Aurora, aún atrapada en su nerviosismo, levantó la vista y se quedó sin aliento. La luz parecía emanar del propio Lorian, dándole un aura celestial que la desarmó por completo.
—Te ves hermoso —soltó ella en un susurro, sin pensar.
—¿Hermoso? —repitió Lorian, sorprendido.
Al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta, Aurora sintió que la sangre le subía a las mejillas. Se sonrojó violentamente, buscando palabras que no llegaban.
—Quería decir... quería decir que te queda bien ese atuendo —balbuceó, intentando borrar el cumplido anterior, aunque era demasiado tarde; incluso Kael lo había escuchado con claridad.
En medio de la tienda de Siel, bajo el brillo de la plata y el blanco, algo especial acababa de comenzar, una chispa que ni la traición ni la oscuridad podrían apagarse fácilmente.
Kael observa la escena con su pragmatismo habitual, rompiendo la burbuja de luz que envolvía a los jóvenes.
—Muy romántico todo esto, pero debemos irnos, nuestro viaje apenas comienza —sentencia, dando un paso hacia la salida.
Lorian ascendió, ajustando las placas de plata de su nueva gabardina. Sus ojos plateados reflejaban una determinación inquebrantable mientras se miraba una última vez en el espejo.
—Cierto, debemos movernos —respondió Lorian—. Salvar a este mundo depende de mí, el objetivo principal es derrotar a los reyes demonios que están causando alboroto por todo el continente.
Para Lorian, el objetivo era claro: encontrar y detenerlos. Sin embargo, en el fondo de su corazón, él pensaba distinto. ¿Por qué luchar con ellos? Lo mejor sería establecer una amistad, convivir con ellos. A Lorian no le gustaba luchar por diversión y, en su interior, sentía que los reyes demonios no eran tan malos después de todo.
Lo que él ignoraba era que los rumores del "alboroto" eran una mentira orquestada. En realidad, los soberanos demoníacos llevaban años sin moverse. Quizza, la reina de la ambición desmedida, y Tahiel, el rey de la oscuridad primordial, permanecían excluidos en sus territorios. Berzarler, el rey del caos divino, era un fantasma ausente; Karia, la reina del conocimiento prohibido, se hundía en el silencio de sus dominios, y Monsfil había desaparecido de este mundo para refugiarse en el plano espiritual. Todos habían dejado de actuar. El caos que desangraba el continente no era su obra, sino el resultado de guerras humanas por territorio... o al menos, eso era lo que el mundo creía. La realidad era mucho más siniestra: alguien manejaba los hilos desde las sombras.
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En su lúgubre palacio, el rey demonio Tahiel permanecía sentado en su trono, observando cómo las piezas de su juego encajaban a la perfección. Una sonrisa burlona, cargada de una malicia infinita, se dibujó en su rostro.
—Ja ja ja ja ja, perfecto —exclamó con voz gélida—. El héroe Lorian no sospecha de nosotros y el caos en esos reinos están dando frutos. Hay tantos candidatos para ser las nuevas ratas de laboratorio, en especial esos caballeros de gran nivel mágico.
Sus ojos se desviaron hacia unas pantallas luminiscentes que flotaban en el aire, mostrando la imagen de su hermana y aquel humano de corazón noble.
—Y si estos no sirven, entonces el candidato perfecto sería este humano que se hizo amigo de mi hermana —continuó Tahiel, entornando los ojos—. Qué lástima hermana, pero Quizza ya puso su mirada en tu nuevo amigo. Tu amistad con ese humano no durará para siempre como se prometieron, terminará en un parpadeo.
Se puso en pie, con sus ropajes oscuros arrastrándose como sombras líquidas por el suelo de piedra.
—En fin, ¿para qué me molesto en buscar recipientes si Quizza ya lo encontré? Será mejor que estos títulos comiencen una nueva misión, será mejor así ja ja ja ja.
Tahiel se dirigió hacia lo alto de su palacio. En la cima, bajo un cielo encapotado, extendiendo sus manos. De sus dedos brotaron tres hilos de energía vibrante: azul, rosa y verde. Sus dedos acariciaron el hilo rosado mientras los otros se desvanecían en el éter. Entonces, su voz se transformó en un susurro que viajó a través de las dimensiones.
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A las afueras de la majestuosa ciudad de Siel, el grupo estaba listo para marchar. De pronto, una voz gélida e invasiva resonó en la mente de Aurora. Ella se paralizó en el sitio, sintiendo cómo el terror le recorría la espina dorsal.
—Tengo nuevas indicaciones para ti, mi querida Aurora —siseó la voz.
— ¿Cuáles son las nuevas indicaciones? —preguntó ella en su mente, aterrada y nerviosa, luchando por no mostrar su miedo exteriormente.
—Tranquilízate —le ordenó la voz con frialdad—. No querrás que tu nuevo noviecito te descubra, ya sabes qué pasará si me traicionas.
Aurora quiso gritar que él no era su novio, pero el pánico la amordazaba. El recuerdo de la advertencia de Tahiel volvió a golpearla con una fuerza brutal: "Si el héroe se entera o me llegas a traicionar, tu vida y tu reino morirán" .
—Ya te acordaste de lo que te pasará —rio la voz en su cabeza—. Bueno, en fin, las nuevas indicaciones son que lleva al héroe hacia el reino de Teotia, allí se encuentra a alguien que jugará un poco con el héroe. Muy pronto tendrás nuevas indicaciones. Nos vemos.
La presencia desapareció, dejándola temblando internamente. Aurora volvió en sí y vio a Lorian, quien caminaba con una tranquilidad que la destrozaba por dentro. "Perdóname Lorian, soy patética" , pensó con amargura. "Por mi culpa te involucrarás en guerras que no te gustan, pero no puedo hacer nada si él sigue vivo" .
De pronto, Lorian se detuvo y miró hacia el horizonte.
—Bueno, nuestro nuevo destino será Teotia —anunció con seguridad.
Aurora se detuvo en seco, con el corazón martilleando contra sus costillas. ¿Cómo era posible? ¿Acaso puedes leer mentes? -preguntó, sintiendo un sudor frío.
—Me perfecto parece —asintió Kael, rompiendo el silencio—. Y tú, Aurora, ¿qué piensas?
Kael la miró fijamente, notando que estaba paralizada.
—Eh... —balbuceó ella, regresando a la realidad.
Lorian se acercó con suavidad, preocupado por su expresión.
— ¿Te sucede algo, Aurora? ¿No quieres ir a ese lugar?
Ella forzó una sonrisa y recuperó la compostura como pudo.
—Estoy bien, no pasó nada —respondió con voz temblorosa—. A mí también me parece perfecto.
Lorian le dedicó una de sus sonrisas llenas de luz y determinación.
—Bueno, está decidido, ¡vamos a Teotia!
Con ese grito de inicio, el viaje comenzó. Sin saberlo, el grupo se dirigió hacia las garras del destino en el reino de Teotia.
En el corazón del continente se alzaba el Reino de Teotia, la ciudad de los caballeros mágicos. Allí, la magia no era un arte ni un don, sino una industria de guerra. Desde la infancia, a los ciudadanos se les grababa a fuego una única verdad: la magia es el catalizador de la victoria, el arma más letal contra cualquier nación vecina. No existían los matices; era ganar o perecer. Esa filosofía se había convertido a Teotia en un bastión de poder militar, pero también en un nido de odio alimentado por el temor de los reinos que vivían bajo su sombra.
Sin embargo, entre las filas de acero y conjuros, existía un caballero que desafiaba la corriente. Él creía firmemente que la magia no debía nacer para destruir, sino para ser un elemento de auxilio y sanación. Sus compañeros solían burlarse de su idealismo, tachándolo de ingenuo, pero él persistía en su lucha por cambiar el pensamiento de su gente. Desafortunadamente, en este mundo, el destino suele estar atado a un guion escrito por manos superiores.
La misma voz que había fracturado la paz de Aurora resonó ahora en la mente del guerrero.
—Y bien, ¿cómo va tu plan de hacer cambiar de pensar de las personas? —siseó la voz con malicia—. Por lo que veo, todo sigue igual.
Aquel caballero mágico, con el espíritu desgastado por la realidad de su pueblo, ya no tenía fuerzas para debatir.
—Ve al grano —respondió con amargura—. Tú no me hablas para conversar de mi vida. Ya diez centavos... ¿a quién tengo que asesinar?
La voz soltó un tono burlón que vibró en sus sienes.
—Vaya, así que te has dado por vencido. Bueno, es de esperarse de los humanos; sus espíritus son fáciles de quebrar. Al fin, tu misión es luchar con el héroe que se dirige hacia allí.
El caballero se tensó bajo su armadura.
— ¿El héroe viene hacia acá? ¿Pero por qué?
—Otra marioneta como tú lo lleva hacia donde estás —reveló la voz con desdén—. El objetivo es que lo desgastes hasta que se quede sin fuerzas.
—Yo no podré detenerlo —sentenció el caballero mágico, consciente de la leyenda que precedía al enviado—. Después de todo, es el héroe.
—No te preocupes por eso —replicó la voz de Tahiel—. Te otorgaré un poco de mi poder. Con eso serás capaz de desgastarlo... y si lo matas, pues será mejor.
El caballero oscuro bajó la mirada, aceptando el peso de su nueva carga.
—Entendido.
—Qué bueno que lo entendiste —concluyó la voz, destilando una crueldad satisfactoria—. Con eso tu hermana podrá vivir otro día más. Sigue trabajando así hasta conseguir su libertad.
—Como ordené —finalizó el guerrero.
Tan pronto como la voz se esfumó como humo en su cabeza, el caballero se puso en pie y golpeó la pared de piedra con una furia impotente. El impacto resonó en la habitación vacía. Era una injusticia insoportable: verse obligado a mancharse las manos de sangre solo para comprar un día más de vida para su hermana. Una tortura eterna disfrazada de deber.
—Yo, York, caballero mágico de Teotia, haré lo posible para que mi hermana viva —declaró con una resolución sombría—. Si eso incumbe mancharme las manos de sangre, derramaré la sangre de todos los enemigos de mi señor Tahiel.
Ajustó su equipo y miró hacia la entrada de la ciudad, donde el viento soplaba con presagios de muerte.
—Te estará esperando, héroe.
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