Biel atravesó el firmamento y, en ese momento, alcanzó la velocidad de la luz. Frenó en seco al llegar finalmente al campo de batalla. Suspendido en el aire, observó con horror cómo todo el lugar estaba destruido y envuelto en llamas.
La voz de Monsfil resonó a través de su mente con gravedad.
—Joven portador, mira lo que ha ocasionado mi hermano. Esta batalla ha sido intensa. Al parecer regresó con todo su poder que tenía antes de ser sellado... pero, ¿cómo? Eso sería imposible. El sello nos estaba debilitando.
Biel apretó los puños, evaluando la situación.
—Pero no iguala la fuerza que tenía Khios. Creo que sí le puedo ganar.
—No te confíes, joven portador —advirtió Monsfil de inmediato—. Tal vez hoy seas más fuerte, pero Tahiel es alguien muy calculador y encontraría la forma de acorralarte. Es un demonio muy precavido.
—Lo tomaré en cuenta —respondió Biel.
Biel se puso a analizar el terreno, buscando entre los escombros, pero no encontraba por ningún lugar a Tahiel ni al humano que le estaba haciendo frente.
—Oye, Monsfil... ¿tú puedes ver a tu hermano? No lo veo por ningún lugar.
—Ahora que lo dices, es cierto —admitió la entidad—. No lo he visto. Pero entonces, ¿quién hizo todo este caos en este lugar?
En ese momento, Monsfil percibió algo que cortó el silencio.
—Oye, joven portador... ¿tú escuchas esos impactos?
—¿Qué impactos? —preguntó Biel, confundido.
De pronto, algo en el ambiente los dejó paralizados. El lugar retumbaba bajo sus pies. Entonces Biel lo vio. Vio los impactos.
Kael y Tahiel estaban chocando puños a una velocidad impresionante. Cada golpe hacía retumbar el lugar como si el mundo fuera a colapsar.
—Pero, ¿qué es esto? —murmuró Biel, atónito—. ¿Cómo es posible que estén luchando a esa velocidad? Es una velocidad que incluso supera a un rayo o que lo iguala.
En ese instante, Tahiel se dio cuenta de la presencia de Biel. Con un movimiento brutal, envió a volar a Kael unos metros, haciéndolo chocar violentamente contra unas rocas. Rápidamente, el demonio miró hacia arriba y sonrió.
—Cuánto tiempo, hermano... o tal vez de lo que queda de mi hermano. Ja.
Biel lo miró con odio mientras descendía.
—¿Cómo te atreves a golpear a un anciano de esa manera?
Tahiel asintió con burla.
—Claro, ya entendí. Tú eres Biel, ¿cierto? El sucesor del rey demonio de mi hermano.
—¿Y qué con eso? —replicó Biel—. Eso no responde mi pregunta.
—Es que está mal —dijo Tahiel, negando con la cabeza.
—¿Qué está mal? No entiendo.
—Que tú seas su sucesor siendo un simple humano. Y, por cierto, ¿cómo hiciste para librarte de mis esbirros? Envié miles.
—Mi amiga se está encargando de ellos en estos momentos —respondió Biel con firmeza—. Vine para derrotarte de una vez por todas.
Tahiel se tapó la boca, queriendo reírse ante la declaración.
—¿Que vienes a derrotarme? Pero qué buen chiste. Cuéntame otro.
—Eso no es chiste —sentenció Biel—. Es la verdad.
Tahiel se arregló su cabello con desdén.
—Naaa. Mira, chico, actualmente no puedes derrotarme. Creo que estás equivocado con todo tu poder. Sé perfectamente que renaciste en esta época con tus poderes de hace doscientos años, pero...
En ese momento, Tahiel desapareció.
Biel se sorprendió, girando la cabeza.
—¿Qué pasó? Desapareció.
Pero el único que se dio cuenta de lo que hizo Tahiel fue Monsfil.
—¡Joven portador...! —gritó en su mente.
Pero era muy tarde. En un abrir y cerrar de ojos, Tahiel apareció detrás de Biel y le conectó una patada devastadora que lo hizo estrellarse contra el piso. El impacto fue tan grande que hizo retumbar todo el lugar.
En el piso, Biel se incorporó poco a poco, aturdido.
—¿Qué rayos pasó? ¿Cómo no me di cuenta? ¿Qué hizo?
—Fue tan rápido —explicó Monsfil—. Al parecer sí regresó con todo su poder e incluso con más.
—Efectivamente, hermano.
Tahiel se apareció de la nada frente a donde estaba Biel. El joven se puso en guardia instintivamente.
—Ahora te das cuenta de lo que te dije —continuó Tahiel—. No podrás derrotarme. Y es por eso que aquí será tu tumba... junto con la de Kael.
Ese nombre resonó en la cabeza de Biel, dejándolo inmóvil por un segundo. Tahiel lo miró, chasqueó los dedos y se burló:
—¿Qué sucede, niño? ¿Acaso los ratones se comieron tu lengua o qué? ¿Por qué tan callado? ¿No que me ibas a derrotar?
Pero en ese entonces, un rayo de fuego impactó en el cuerpo de Tahiel, obligándolo a retroceder un poco.
Biel se giró y entonces lo vio.
Vio a aquel hombre que le contó sobre los sellos de rey demonio y que lo llevó a uno donde conoció a Monsfil. Aquel hombre que también lo ayudó en el reino de Claiflor cuando cayó bajo un sueño eterno por culpa de un subordinado del mal.
—Pero, ¿cómo...? —murmuró Biel—. ¿Cómo era posible que él estuviera aquí, si eso ocurrió hace doscientos años atrás?
Kael, aun con su mano extendida luego de lanzar ese ataque, jadeaba con dificultad. Sus heridas eran graves, pero su corazón aún seguía latiendo, queriendo continuar la batalla. Entonces vio al joven.
—Joven Biel... cuánto tiempo. Aunque para mí es como si fuera ayer la última vez que lo vi. Al final sí reencarnaste, me alegro. En ese momento, cuando te sacrificaste para reconstruir el mundo, me dio mucha tristeza, pero tuve fe de que volverías.
Biel estaba paralizado. No lo podía creer. Kael trató de sonreír.
—Sé que estás confundido por lo que acabas de ver. Ver a alguien después de doscientos años es extraño, y te entiendo. Pero creo que no podré explicarte todo, joven Biel.
Biel por fin pudo recuperar el habla.
—Maestro Kael...
Kael se sorprendió ante el título.
—¿Maestro? Jejeje. Pero si solo estuve con usted un par de días como para que me consideres maestro.
—Gracias a usted pude despertar de aquel día y poder ayudar a mis amigos —insistió Biel con gratitud—. Si no hubiese sido por usted, entonces el destino hubiese sido otro y yo me habría convertido en alguien maligno. Por eso le agradezco todo lo que hizo por mí aquel día.
Kael se rio... y entonces empezó a toser sangre. Biel se preocupó al instante.
—¿Qué le pasa, maestro? Está demasiado herido.
—No es nada —dijo Kael, limpiándose—. Son simples rasguños.
—Pero...
En ese momento, Tahiel los interrumpió.
—Vaya, pero qué reencuentro tan conmovedor. Qué bueno que se pudieron despedir uno al otro. Ahora me encargaré de que se vayan juntos. Jajajaja.
—¿Cómo te atreves...? —gruñó Biel.
Pero fue interrumpido por Kael, quien alzó la mano.
—No pasa nada, discípulo.
Sin más, el anciano se puso delante de Biel, protegiéndolo con su cuerpo.
—Ya que tengo un discípulo, no puedo quedar mal.
—Oye, anciano —escupió Tahiel—. Déjate de cosas. Ya estás casi muerto.
Kael entonces empezó a canalizar su energía en todo su cuerpo, brillando con intensidad.
—Este anciano todavía tiene energía para pelear una última vez.
15 minutos antes de la llegada de Biel al campo de batalla.
Ciudad de Renacelia. Palacio Gubernamental de Asuntos Internos.
El aire en la sala de juntas del ejecutivo era pesado, cargado de una tensión eléctrica. El rey Bennett presidía la mesa, observando con calma las pantallas holográficas que transmitían el caos desatado en la Zona 39. El tema central era ineludible: la batalla de dos seres sumamente fuertes que amenazaba con reescribir la geografía del país.
El primer ministro, Davide De Luca, no podía ocultar su nerviosismo. Se levantó de su asiento, golpeando la mesa con las manos temblorosas.
—Señor Bennett, lo que está sucediendo en la Zona 39 es de carácter urgente —exclamó, con la voz teñida de pánico—. Necesitamos pedir ayuda al exterior, al consejo de Archadeamon. Si no actuamos ahora, será demasiado tarde.
La secretaria del rey intervino de inmediato, con un tono suave pero firme, intentando apaciguar el ambiente.
—Señor Davide De Luca, no se preocupe. Nuestro rey tiene todo bajo control en estos momentos. La fuerza armada de Renacelia ya está preparada para salir en caso de emergencia.
—¿Y acaso esto no es un caso de emergencia? —replicó Davide, señalando frenéticamente las pantallas—. Miren toda la destrucción ocasionada por esos dos individuos. Si se expanden, podrían alcanzar la capital y destruirla.
Fue entonces cuando el viceprimer ministro, Souley Collins, tomó la palabra. Su postura era relajada, un contraste absoluto con la histeria de Davide.
—Sé que te preocupa la situación del país, Davide, pero recuerda que el rey, desde que asumió el cargo, se ha encargado de todas las problemáticas de la nación —dijo Souley con confianza—. Así que confía en él. Después de todo, tiene la sangre de los Originales. Su apellido ha sido de inspiración a lo largo de estos doscientos años.
Davide bajó la mirada, avergonzado por su exabrupto, pero la ansiedad seguía carcomiéndolo.
—Lo entiendo y me disculpo, pero... es que me preocupa mucho la gente que vive en los alrededores de esa batalla. Mil disculpas a todos.
El rey Bennett, que había permanecido en silencio observando la escena, finalmente habló. Su voz resonó con una autoridad tranquila que llenó la habitación.
—No te preocupes, Davide De Luca. Los habitantes de esa zona ya fueron evacuados con anticipación. La batalla que estamos viendo muy pronto terminará.
Souley sonrió y miró a su colega.
—¿Lo ves? Nuestro rey ya anticipó todo y es por eso que está tan tranquilo. Este asunto casi está resuelto.
El viceprimer ministro se acomodó en su silla y cambió el tema, buscando normalidad.
—La problemática ahora es si se realizará el CADRC. Después de todo, esta transmisión ya ha llegado a casi todo el mundo y, como se ve, el conflicto está llegando a su final.
—No hay de qué preocuparse —respondió el rey con seguridad—. El torneo se llevará a cabo como dicta el dictamen de este país. Además, sobre la transmisión...
Riiin, riiiin, riiiin.
El sonido de un teléfono interrumpió el discurso del monarca. Bennett miró el dispositivo y se puso de pie.
—Disculpen, tengo que atender esta llamada.
—Pero, mi señor... ¿y el asunto del CADRC? —preguntó Davide, desconcertado por la interrupción repentina.
—No se preocupen, mi secretaria se encargará de eso.
Sin más explicaciones, el rey alzó una mano y murmuró un hechizo de teletransportación rúnica.
—Tero jami ki cim.
Su figura se desvaneció en un destello de luz, abandonando la sala de juntas al instante.
Azotea de la Suite del Monarca.
El rey se materializó frente a la entrada de su suite privada y caminó directamente hacia el borde de la azotea, donde el viento soplaba con fuerza. Contestó el teléfono con calma.
—Es muy irrespetuoso no contestar la llamada, e incluso te costaría tu propio puesto de rey —dijo la voz al otro lado, con un tono burlón—. Bueno, eso te diría algún novato del consejo, pero yo... yo soy una buena persona y la dejaré pasar por esta vez.
Bennett suspiró, mirando el horizonte.
—Sí, como digas. Ve al grano.
—Te andas sin rodeos, ¿eh, mi buen amigo? —la voz rió brevemente antes de continuar—. Bueno, el punto de esta llamada es sobre esa transmisión. El consejo está como loco sacando teorías y más sobre lo que está pasando. Además, lo relacionan con un rey demonio antiguo, y dicen que ese humano es alguien que estuvo con el héroe de hace cuatrocientos años. ¿Qué me dices de eso? ¿Son verídicas esas teorías que sacan mis colegas o son alucinaciones?
La expresión de Bennett se endureció levemente.
—Sí. Aunque a mi gente no le dije quiénes son; se los dejé en el anonimato, pues no quiero preocuparlos. Efectivamente, son ellos. Según los archivos y libros dejados por los Originales, se da a entender que estos dos individuos son o tienen relación con el pasado.
—¿Qué dijiste? —la voz al otro lado soltó un silbido de asombro—. Entonces esos idiotas de mis camaradas sí están en lo correcto.
—No te castigarán por decirles idiotas a tus compañeros —replicó Bennett.
—Vaya, Bennett... ¿estás preocupado por mí? —bromeó la voz.
—Para nada.
—¡Jajajaja! Ya lo sabía, siempre haciéndote el interesante —la risa cesó de golpe y el tono de la voz se volvió serio y afilado—. Pero bueno, dime... ¿por qué vas a interrumpir la transmisión? ¿Qué va a suceder en los próximos minutos que no quieres que la gente lo vea?
Bennett apretó el agarre sobre el teléfono.
—En las próximas horas pasará algo que tengo que manejar con cautela. Si la gente llega a ver lo que va a suceder, se llenarán de temor. Es por eso que voy a interrumpir la transmisión en unos minutos. Después de todo, me preocupo por mi nación.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
—Entiendo perfectamente lo que dices y es justo —concedió la voz—. Ver a esas cosas convirtiéndose en algo desagradable, o algo por el estilo, dejaría traumas a muchos. Bueno, después de todo, todo saldrá bien como para que estés tan tranquilo.
—Si un rey teme, entonces, ¿de quién encontrará esperanza la gente? —respondió Bennett.
—Eres todo un poeta, amigo mío. Bueno, te llamaba para eso, quería saber el por qué y ya lo sé. Nos vemos pronto, amigo. Cuídate.
Bzzzz.
La llamada se cortó. El rey bajó el teléfono y alzó la vista hacia el cielo, donde las nubes comenzaban a arremolinarse a la distancia.
—Ja... —esbozó una media sonrisa—. Después de todo, tienes razón, amigo Karl.
Mientras tanto, en el instituto, el panorama era completamente distinto. La atmósfera académica habitual había sido reemplazada por una tensión diplomática palpable. Agentes internacionales de distintos países comenzaban a llegar a las instalaciones, convirtiendo el recinto en un punto de convergencia política.
El tema a tratar era de suma importancia: los eventos del instituto CADRC.
Los profesores de las distintas áreas se movilizaban con premura para recibir a los representantes que ya habían arribado. Delegados de naciones como Claiflor, Marciler, Lunarys y Etheria —los países que tradicionalmente siempre participaban en estos eventos— ya se encontraban en el lugar. Sin embargo, la lista de invitados era mucho más extensa. Los informes indicaban que los agentes de Poldran, Vampirion, Valtoria, Saint Smire y Calg acababan de aterrizar en el aeropuerto y estaban en camino hacia el instituto. Todo esto desencadenaría un montón de sucesos que cambiarían para siempre el rumbo de lo que hoy se conoce como CADRC.
Lejos de las reuniones formales, en los dormitorios, precisamente en la azotea del edificio, el ambiente era sombrío.
Los amigos de Biel se habían reunido allí, atraídos por una inquietud instintiva; habían sentido la presencia de personas que no eran normales, individuos que emanaban un aura demoledora. Acalia, Xantle, Easton, Sarah, Camila, Say y Gaudel formaban un círculo silencioso. Incluso Ryder había llegado al lugar, con la respiración agitada, tras ver en las transmisiones el enfrentamiento entre dos individuos sumamente poderosos. Su instinto le gritaba que Biel estaría involucrado.
Al llegar, Ryder preguntó por su amigo, pero nadie le respondió. Todos tenían la mirada fija en el vacío, o más bien, en una proyección invisible para el resto: estaban viendo lo sucedido a través del ojo mágico compartido de Gaudel.
El silencio le confirmó a Ryder lo que más temía. Los semblantes de todos eran de absoluta preocupación y seriedad, pues eran testigos en tiempo real de cómo Tahiel le estaba propinando una brutal paliza a Kael.
Acalia, con los puños apretados y la impotencia reflejada en el rostro, abrió los ojos de golpe.
—Si tan solo pudiera llegar hasta allá, sería de ayuda.
Sarah, con su habitual frialdad lógica, negó con la cabeza.
—Eso sería en vano. No estás al nivel de la Acalia de hace doscientos años. Tu habilidad de herencia primordial todavía no está adaptada a esta nueva Acalia. Morirías sin poder hacer nada.
Gaudel parpadeó y la habilidad compartida se desconectó, disipando la visión del combate. Todos regresaron a la realidad de la azotea, notando finalmente la presencia del recién llegado.
—Vaya, pero si es Ryder —dijo Xantle, rompiendo la tensión—. Cuánto tiempo.
—Hola, chicos —saludó Ryder, todavía con el ceño fruncido—. Vine porque en las transmisiones pude ver un combate que se está dando en estos momentos y me preocupé por Biel, pues siempre está metido en esa clase de problemas.
—Biel también se dirigió hacia allí junto con la directora —informó Xantle—. Y más tarde, también fue Raizel.
Ryder abrió los ojos con sorpresa.
—¿Qué? Pero, ¿por qué fueron hacia allí? Lo esperaba de Biel, ¿pero por qué iría Raizel?
—Por lo que entendí, es que ella tiene asuntos pendientes con ese rey demonio —explicó Easton.
Ryder se pasó una mano por el cabello, procesando la información.
—Bueno, eso lo cambia todo. Pero, ¿por qué precisamente hoy se les da de aparecer a ese tal rey demonio sellado? Pensé que había muerto cuando Khios fue derrotado. Eso quiere decir que los cuatro reyes que integraron a Khios andan sueltos por ahí y podrían aparecer en cualquier momento. ¿No sería peligroso que Biel fuera hacia allí? Es como meterse en la boca del lobo. ¿Y si es una trampa?
—Es verdad —murmuró Acalia, bajando la mirada—. No lo había pensado de esa manera, pero no podemos hacer nada desde esta distancia.
—Biel es fuerte —intervino Sarah—, pero siempre hay oponentes que lo superan, como lo fue Belcebú o incluso peor, como Khios. Si tan solo pudiera volar a gran distancia...
En ese momento, un sonido de motores llamó su atención. Easton se acercó al borde de la azotea y miró hacia el estacionamiento del instituto, donde una caravana de vehículos negros comenzaba a ingresar.
—Chicos, miren —señaló Easton.
Todos se asomaron. El primero en reaccionar fue Ryder, cuya expresión cambió de preocupación a alarma.
—Ya llegaron... y justo en el peor momento. Si llegan a ver la transmisión, o tal vez ya la vieron, podríamos no tener las competencias del instituto.
—¿Y ellos quiénes son? —preguntó Acalia, confundida.
—Ellos son los agentes de algunos países que vienen a hablar sobre las competencias CADRC —respondió Ryder.
Easton ladeó la cabeza, tratando de hacer memoria.
—Las competencias CADRC... Sí, me acuerdo. Lo escuché en clases, pero no le tomé importancia.
Ryder lo miró incrédulo.
—¿Cómo no vas a tomar importancia sobre las competencias CADRC si es lo más sagrado que tiene este instituto? Vergüenza te debería dar.
Easton se rascó la nuca con una sonrisa nerviosa.
—Es que tenía sueño y me quedé dormido, jejeje. Perdón.
—Conociéndote como eres, no hay de qué preocuparme —suspiró Ryder, resignado, antes de volver a ponerse serio—. Bueno, el punto es que están próximas las competencias CADRC y quieren añadir nuevas plazas con otros países. Creo que escuché que, de los cinco países que participan, quieren dar plazas a otros cinco países más. Este evento será a gran escala, pero este suceso con ese rey demonio podría complicar las cosas.
En la entrada principal del instituto, el ambiente se tornó solemne. Lip, el subdirector, aguardaba al pie de las escaleras, manteniendo una postura firme mientras los representantes de los países invitados hacían su entrada triunfal.
La delegación del país de Vampirion fue la primera en presentarse. De ella emergió el Vicepresidente Gregor Hinterleitner, un vampiro de porte aristocrático y letalmente elegante. Vestía un traje negro impecable que contrastaba con su cabello largo de un inusual tono verde. Sus ojos permanecían ocultos tras unas gafas oscuras, añadiendo un aire de misterio a su figura.
Por parte de la nación de Poldran, arribó el coronel Oliwier Lis. Su presencia emanaba disciplina militar; llevaba una ropa marcial de alto rango, pero confeccionada con una elegancia que denotaba su estatus de funcionario de élite. Su cabello corto, de un color azulado profundo, brillaba bajo la luz del día.
Desde Calg, llegó la funcionaria pública de relaciones internacionales, Olivia Wojcik. Su aparición fue deslumbrante; vestía con una elegancia exquisita que realzaba su belleza natural. Su largo cabello rubio caía en cascada sobre sus hombros, y su caminar denotaba seguridad y gracia diplomática.
Representando al país de Valtoria, se hizo presente Miroslaw Koziol, el hermano del rey. Su naturaleza drakeryana era evidente y majestuosa; vestía ropas de un color plateado brillante que hacían juego con su cabello corto del mismo tono metálico, otorgándole una apariencia regia y poderosa.
Y finalmente, por parte de Saint Smire, llegó la figura más imponente de todas: el rey en persona, Carl Nolan. Al ser un rey Archadeamon, su sola presencia opacaba a los demás. Su vestimenta superaba en elegancia y calidad a la del resto de los delegados, irradiando una autoridad absoluta. Su cabello negro y su porte soberano dejaban claro quién ostentaba el mayor poder en aquella reunión.
Lip se adelantó para recibirlos, cuidando meticulosamente el protocolo. Saludó uno a uno, comenzando con una reverencia respetuosa hacia el rey Archadeamon, seguido por el coronel, luego la funcionaria y, por último, el vicepresidente.
—Es un placer recibirlos aquí en el instituto de Historia Mágica —dijo Lip con tono formal y acogedor—. Seré el encargado de llevar a cabo la reunión debido a que nuestra directora está ausente por problemas personales.
La señorita Olivia, perspicaz y directa, miró a su alrededor antes de intervenir.
—¿Y el rey de Renacelia dónde está? Quisiera hablar con él.
Lip mantuvo la compostura, anticipando la pregunta.
—El rey Bennett se reunirá más adelante con nosotros, no se preocupen.
—Entiendo, gracias —respondió Olivia con un asentimiento leve.
—Por favor, síganme —indicó el subdirector, señalando el camino hacia el interior del edificio—. Los llevaré a donde se llevará a cabo la reunión.
Sin más demora, todos los invitados de alto rango siguieron a Lip a través de los pasillos del instituto, dirigiéndose hacia el gran auditorio donde ya aguardaban los demás representantes de los cuatro países que siempre participaban en el CADRC.
Mientras la tensión política crecía en el instituto, en las afueras de la ciudad se desataba una batalla muy diferente; una batalla sentimental, diseñada para infligir el dolor más profundo que cualquier ser humano pudiera soportar.
En el amor y en la guerra todo se vale, dicen, pero, aun así, jugar con el duelo y la pérdida es lo más bajo a lo que puede llegar una persona. En este caso, Tahiel demostraba ser, y siempre sería, la peor escoria que ha pisado este mundo.
Raizel quedó paralizada, con los ojos desorbitados, al ver en qué se habían convertido los esbirros de sombras frente a ella. Lo mismo le ocurría a Enit, quien se encontraba varios kilómetros más adelante. Ambas estaban horrorizadas, pues la fusión de la energía oscura había tomado las formas de sus seres más queridos: el abuelo de Raizel y el hijo fallecido de Enit.
—A... a... a... abuelito... —balbuceó Raizel, tapándose la boca con manos temblorosas.
A kilómetros de distancia, la reacción fue idéntica.
—Mi niño... —susurró Enit.
Ambas perdieron instantáneamente el espíritu de lucha y, vencidas por la imagen, cayeron al suelo.
—Esto no puede ser real... —sollozó Raizel, negando con la cabeza—. Mi abuelito murió años atrás. ¿Qué es esa ilusión?
Las lágrimas brotaban sin control. A su vez, Enit cayó de rodillas y empezó a llorar desconsoladamente, golpeando la tierra.
—Esto no puede estar pasando... ¿Por qué? ¿Por qué ahora?
Pero el dolor de Enit pronto se transformó en una ira incandescente. Se levantó furiosa, desatando su poder mientras apretaba los puños con tal fuerza que sus nudillos blanquearon.
—No te perdonaré por esto, maldito demonio —gruñó con odio—. Deja de jugar con los recuerdos más importantes de nuestras vidas.
Enit alzó su mano al cielo, concentrando toda su energía.
—Espíritu purificador.
Una luz cegadora se hizo presente, barriendo el campo de batalla y eliminando toda la oscuridad que había en el lugar. La luz alcanzó al falso hijo, comenzando a desintegrarlo.
En sus últimos momentos, el esbirro la miró con ojos suplicantes.
—¿Por qué, mamá? ¿Por qué lo haces? ¿Por qué acabas conmigo? ¿Acaso no me quieres?
Enit mantuvo un semblante serio e inquebrantable.
—Tú no eres mi hijo y nunca lo serás.
Al escuchar las palabras de Enit, el rostro del esbirro cambió drásticamente; soltó una risa seca y antinatural.
—Sorprendente.
Dicho esto, desapareció en el acto. Enit miró al cielo, aún con el corazón acelerado.
—Mi niño nunca tomaría la oscuridad para volver a ver a su madre. Esto nunca te lo perdonaré, Tahiel.
Mientras tanto, con Raizel, el panorama era distinto. Ella había quedado atrapada en un trance que no le permitía moverse. El esbirro con la forma de su abuelo se acercó lentamente a ella, mirándola con desprecio.
—Yo morí por tu culpa —dijo la aparición con voz gélida—. Eres una deshonra. Debí dejarte ese día que te llevara Tahiel; tal vez así, yo y tu abuela estuviéramos vivos.
Esas palabras fueron puñales que obligaron a Raizel a recordar todo: el momento del incendio, el caos y la posterior muerte de sus abuelos. Pero entre el dolor, una memoria real surgió con fuerza, recordándole las verdaderas últimas palabras de su abuelo:
"Vive, mi niña. Este futuro cambiará, nosotros te estaremos cuidando desde el Gran Árbol".
Esos recuerdos genuinos chocaron con las mentiras del esbirro. Fue el detonante. Raizel se levantó, se secó las lágrimas con determinación y clavó su mirada en la criatura.
—Tú no eres mi abuelito.
El esbirro retrocedió un paso ante el cambio en su aura.
—Mi abuelito nunca diría lo que dijiste. No permitiré que utilices la voz de mi abuelito para hacerme perder. ¡No eres mi abuelitooooooooooo!
El grito fue estremecedor; una onda expansiva de pura voluntad hizo volar por varios metros al esbirro. Un rayo de luz descendió de los cielos e iluminó a Raizel, envolviéndola en un aura divina.
Cuatro alas resplandecientes se hicieron presentes en su espalda. El poder de arcángel se había desbloqueado una vez más. Raizel materializó una espada de luz y arremetió con todo contra el esbirro, cortándolo por la mitad en un solo movimiento fluido.
—¿Por qué lo hiciste, mi niña? —preguntó la criatura mientras se deshacía—. ¿Por qué matas a tu abuelo?
—Tú no eres mi abuelito —sentenció Raizel con frialdad—. No eres ni siquiera una copia, no llegas ni a eso. Eres solo una escoria que utiliza la memoria de los que ya no están para hacer quebrar nuestros espíritus. Eso es de cobardes.
El esbirro, sin más, también desapareció en la nada. Raizel volvió a su estado base, sus alas se desvanecieron y miró al cielo con una paz renovada.
—Gracias, abuelito.
Lejos de allí, en el epicentro del caos, Tahiel percibió el cambio en el flujo de energía. Vio cómo las presencias de sus esbirros desaparecían por completo.
—¿Acaso los derrotaron? —masculló.
Por su parte, Biel observaba con tensión cómo su maestro se disponía a luchar.
Tahiel se puso serio, su arrogancia dando paso a una furia contenida.
—Me enfurece perder. Quería acabar con ellas psicológicamente, pero no pude. Ahora me encargaré de ustedes para desquitarme y, cuando lleguen hasta aquí, enseñarles sus cadáveres para que esta vez sí quebrarlas mentalmente. Jajajaja.
Kael dio un paso al frente, interponiéndose entre el demonio y su discípulo.
—Eso nunca pasará, porque yo estoy aquí. Hoy acabaré con tus días de maldad.
Tahiel sonrió, mostrando los dientes, y rugió con todo su poder:
—¡Quiero que lo intentes, Kaelllllllll.........!
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