Los días pasan y siento cómo todo lo que he construido se desmorona. Estoy malhumorada. Me vuelvo a aislar. El muro en mi pecho crece más y más.
Subo a una colina. Me siento en lo alto, los cascos puestos, escuchando música triste. Muy triste. Y no porque me guste sufrir, sino porque me ayuda a evadirme.
Suena Ni me conozco, de Rauw. Las lágrimas caen solas. Porque sí, así me siento. Perdida. Lejana incluso de mí misma. Y ni lo expreso, ni lo haré.
Mi teléfono vibra.
Sofía.
Me sorprende. De todos los chats, es el único que ha vibrado.
“Tu madre dice que tienes covid, que por eso no has venido estos días”.
“Pero la verdad, creo que te has acojonado con el ritmo de trabajo y eres una floja.”
Frunzo el ceño. Me río un poco.
“¿Esa es tu manera de preocuparte por mí?”, le respondió.
Es la única persona con la que habló últimamente.
“Alucinas”, contesta.
“Mi madre debería decir la verdad”, escribió.
“¿Qué verdad es esa?”
Sonrío.
“No voy porque me das miedo XD.”
Guardo el móvil, riéndome, pero vibra al instante.
“Gilipollas.”
Una respuesta sencilla, directa… y que me hace reír más fuerte.
Yo levanto. Me estiro. Miró el atardecer con ojos distintos. Por primera vez en días, algo cambia. Y decidió... volver a casa.
Cierro la puerta de mi cuarto con fuerza y me dejo caer sobre la cama. El eco de las voces en el salón todavía resuena en mis oídos, pero lo que realmente me pesa es la suya. Silvia. Siempre Silvia.
El techo se convierte en mi confesor mudo mientras repaso lo ocurrido. ¿Cómo es posible que, después de tanto tiempo, aún me afecte tanto verla? ¿Por qué basta una mirada, una sonrisa suya, para hacer tambalear todo lo que me había prometido reconstruir?
Me giro de lado y aprieto la almohada contra el pecho. Ella sigue entrando en mi vida con esa facilidad brutal, sin pedir permiso, como si tuviera las llaves de mi mente y de mi cuerpo. Y yo, estúpida de mí, sigo abriéndole la puerta.
Cierro los ojos y la imagino en esa cena, tan segura, soltando la noticia como si fuera algo bonito que debíamos celebrar juntas. ¿De verdad espera que me alegre? ¿Que le aplauda?
La rabia me sube por la garganta. No es celos, o al menos no quiero llamarlo así. Es algo más profundo. Es sentir que todo lo que vivimos juntas nunca significó tanto para ella como para mí.
Resoplo. La verdad es que me duele admitirlo: sigo atrapada en lo que fue, en lo que no terminó bien. Y al mismo tiempo, una parte de mí, grita que ya está, que lo deje ir de una vez, que no me merezco seguir cargando con este peso.
Yo levanto. Camino de un lado a otro de la habitación. Miro mi moto desde la ventana, aparcada en la entrada. Podría salir, conducir sin rumbo, perderme hasta que la cabeza se me quede en blanco. Pero no lo hago. Me quedo quieta. Y ese silencio me obliga a enfrentarme a lo que siento.
Cojo el móvil. Lo dejo. Lo vuelvo a coger. Abro chats viejos, conversaciones muertas, incluso las de Silvia, que siguen ahí como cicatrices digitales. No escribo nada. No tendría sentido.
Apago la pantalla y me dejo caer otra vez en la cama.
He cambió tanto… he trabajado tanto para no depender de nadie, ni de mi apellido, ni de lo que fui. Y, sin embargo, una parte de mí sigue atada al pasado, a esa mujer que nunca supo cuidarme como yo necesitaba.
—Basta —susurro en voz baja, como si pudiera convencerme de mí misma.
Necesito cortar este hilo invisible, aunque me cueste. Aunque me duela. Porque si no lo hago, me quedaré atrapada siempre en lo que ya no existe.
Cierro los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo, en medio de esa oscuridad, me permito imaginarme ligero. Pecado Silvia. Sin recuerdos que me comieron. Solo yo, conmigo misma.
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Al día siguiente, el bullicio de la cocina me recibe como un golpe de realidad. El vapor, los cuchillos cortando, las órdenes cruzadas… todo sigue igual, como si mi ausencia no hubiera cambiado nada.
Y, de alguna manera, eso me alivia.
Ajusto mi chaqueta de cocina y entro sin saludar demasiado. Apenas un “buenos días” seco que pasa desapercibido entre el ruido metálico de las ollas.
Alberto me lanza una mirada desde el pase. No dice nada, solo asiente con la cabeza, como si quisiera marcar que ha notado mi regreso, pero que tampoco piensa insistir. Se lo agradezco en silencio. No estoy para preguntas.
Me centro en mi puesto. Corto, limpio, organizado. Mi mente funciona en automático, como si todo mi cuerpo agradeciera tener algo físico en lo que volcarse después de días perdidos en mi cuarto.
Las bromas de Irene y María vuelan por encima de mi cabeza. Adara pasa junto a mí con una sonrisa amplia. Yo solo respondo con una mueca mínima, un intento de cordialidad que sé que no engaña a nadie.
Pero cuando Sofía entra a la oficina, lo noto. Su risa, su forma de caminar, esa manera de hablar con todos como si fueran viejos amigos. Y de repente, mi rigidez se suaviza un poco.
Ella lo nota enseñada. Me lanza una mirada rápida y se acerca a mí con esa mezcla de descaro y cuidado que la caracteriza.
—Vaya, ha vuelto la fugitiva —dice en voz baja, lo justo para que solo yo la escuche.
Intento contener la sonrisa, pero se me escapa un poco.
—Muy graciosa.
— ¿Qué tal tu encierro? —pregunta mientras revisa unas copas en la bandeja.
—Productivo —respondo seca, aunque no con la misma dureza que uso con los demás.
—Seguro que sí. Netflix, sofá y llorar a escondidas. Un clásico.
—Te pasas.
—Pero acierto.
Alzo una ceja, negando con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Y tú muy seria. Alguien tiene que equilibrar.
Suelto una pequeña carcajada. La primera desde hace días. Y por un instante, todo el peso de lo que me ronda desaparece.
Con ella no tengo que forzar nada. Puedo ser un poco más yo, incluso en esta versión cansada y fría que he traído de vuelta.
Y esa diferencia… la siento demasiado.
El resto del día sigue su curso. Trabajo con seriedad, distante con casi todos, pero cada vez que Sofía pasa cerca de mí, me suelta algún comentario, una mirada cómplice, un gesto que rompe la tensión. Como si supiera exactamente cuándo hacerlo.
Y aunque no lo diga en voz alta, lo agradezco más de lo que debería.
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Las horas avanzan entre comandos, prisas y platos que van y vienen. Mantengo el mismo gesto serio, respondiendo con frases cortas, lo justo para que el trabajo fluya sin problemas. Irene me mira un par de veces como esperando que entre en su conversación, pero me hago la despistada. María suelta alguna broma que arranca carcajadas en la oficina, pero yo solo sigo cortando verduras en silencio.
Sin embargo, Sofía no se rinde. Cada vez que aparece con una bandeja o recoge copas del pase, me suelta una pulla suave.
—No me mires así, que ya sé que me echabas de menos.
—Ni lo sueñes.
—Claro, por eso hoy no ha gritado a nadie más que a Alberto.
Y aunque intento mantenerme seria, siempre me arranca una media sonrisa. Una, dos… al final, más de las que quiero admitir.
Cuando termina el turno de la cena, el cansancio se nota en todos. La mayoría se cambia rápidamente para irse. Irene y Adara hablan de salir a tomar algo; Alberto se desprecia con un gesto y rápido desaparece; María se queda un rato más, pero acaba yéndose con las otras.
Quedamos solo Sofía y yo, recogiendo las mesas del salón principal. El silencio del comedor vacío nos envuelve, con apenas el ruido de los cubiertos que apilamos y las sillas que acomodamos.
—No sé por qué haces esto —dice Sofía, acomodando un mantel con exagerada precisión—. Con lo seria que has estado hoy, cualquiera diría que te obligaron a volver.
—Porque es mi trabajo —respondo, levantando una silla para ponerla sobre la mesa.
—Ya, pero trabajo no es lo mismo que penitencia. —Se apoya en la mesa y me mira—. Y tú hoy estabas cumpliendo condena.
Me cruzo de brazos y ladeo la cabeza.
—Tienes mucha imaginación.
—No. Tengo ojos.
Me río por lo bajo, negando.
—Lo que tienes es manía de meterte conmigo.
—Exacto —sonríe con picardía—. Porque si no lo hago yo, ¿quién?
Aprovecho que pasa junto a mí para devolverle la jugada.
—Bueno, pero eres muy delicada montando mesas. Cualquiera pensaría que trabajas en una joyería y no en un hotel.
Se detiene y me mira con fingida indignación.
—Oye, que esto tiene arte. No es poner una mesa y ya. Mira qué esquina, perfecta.
—Perfecta para ti —respondo, riendo abiertamente esta vez.
—Y para ti también, aunque no quieras reconocerlo.
Se me escapa una sonrisa amplia. La más sincera en días.
Con ella todo parece más fácil. Menos denso. Menos insoportable.
Cuando terminamos, nos quitamos los delantales y salimos juntas. Afuera, la noche huele a humedad ya tierra mojada. Nos sentamos en los escalones de la entrada, como tantas otras veces, cada una con una botella de cerveza en la mano.
Sofía se estira, suspira y me mira de reojo.
—Ves? No ha estado tan mal volver.
—Ha sido un día normal —respondo, sin darle demasiada importancia.
—Mentira. —Me da un pequeño codazo—. Te he visto reírte más de una vez.
—Fue por lástima, que conste.
—Sí, claro —contesta, riéndose.
Nos quedamos un rato en silencio. Escucho el sonido lejano de un coche que pasa, las voces apagadas de Irene y Adara que todavía se oyen en la esquina, y de pronto siento que la pesadez de estos días se afloja un poco.
Sofía rompe el silencio.
—Mañana también vas a estar tan seria o vas a darme tregua?
—Dependerá de cómo montes las mesas.
—Entonces ya sé cómo sacarte otra sonrisa.
Y ahí me descubre otra vez, sonriendo sola como una tonta.
¿Por qué siempre consigue esto en mí?
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