Han pasado varios meses.
Estoy concentrada. Al final, el puesto lo consigo por mí misma y no por ser la hija de la chef, aunque siempre hay alguien que no termina de creérselo. Y sinceramente, me da igual.
Voy de camino a casa, pero antes debo parar en el Mercadona. Mis madres me han pedido que traiga un par de botellas de refresco para una reunión… o una cena. No recuerdo exactamente qué dijeron. Estaciono la moto, cuelgo el casco en mi brazo y entra a comprar. Al cabo de unos minutos, salgo y me voy directo a casa.
Cuando estoy a punto de llegar, veo algo que me deja helada.
El coche de Silvia está aparcado justo frente a mi casa.
Freno en seco. La rueda trasera se levanta ligeramente del suelo. Me quedo inmóvil, con el corazón golpeando como si quisiera escapar de mi pecho. La visión de su coche, tan reconocible, tan ella, me paraliza.
Un claxon me arranca de mis pensamientos. El conductor del coche de atrás me mira con cara de pocos amigos. Me disculpo con un gesto y arranco de nuevo. Abro la puerta del garaje, deja la compra en el suelo y salgo otra vez para confirmar lo que ya sé. Me acerco al coche, lo rodeo… sí, es el suyo.
— ¿Qué hace ella aquí? —murmuro, cruzando los brazos y alzando la mirada hacia mi casa. Me preparo para verla otra vez.
Me paso las manos por la nuca, resoplo y regreso al garaje por las bolsas.
—Ya he llegado —digo al entrar por el salón, dirigiéndome a la cocina sin detenerme, con la esperanza de no encontrarla.
Pero su voz me alcanza.
—Hola.
El escudo justo detrás de mí. Suelto la bolsa sobre la encimera y hago como si no la hubiera oído. Me concentro en guardar los refrescos en la nevera como si fuera lo único real en ese momento. Como si ella fuera solo otra de mis alucinaciones provocadas por nuestra ruptura.
—Así va a ser ahora? —pregunta.
Sus pasos se acercan.
—Aída —me llama—. Sé que me estás escuchando.
Agarro la puerta de la nevera con fuerza.
—Somos adultas —añade.
Cierro la puerta y me doy la vuelta. Está ahí, apoyada en el marco de la cocina. Increíble, como siempre. Su figura, su pelo, su mirada… joder, todo en ella parece perfecto.
Apoye la espalda contra la nevera.
— ¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto, exhalando con dureza. No le doy tiempo a responder—. En mi casa.
—En casa de tus madres, querrás decir —responde con su tono arrogante de siempre—. Y antes de que digas nada, recuerda que sigo siendo amiga de ellas… y tu madrina.
—Y mi exnovia —añado. Me pareció un detalle importante.
—Hagamos como que eso no ha pasado —contesta, como si nada.
Una mueca se dibuja en mi cara. Siento un pequeño pinchazo en el pecho. Resoplo. Quiero irme. Salir de la cocina, de la casa, de esta conversación.
—Flipo —murmuro al pasar junto a ella.
Me detiene con una mano en el hombro.
—Seamos naturales. Esta noche es importante para mí y no quiero dramas —dice mientras me adelanta para salir ella primero de la cocina.
—Eres realmente insufrible —susurro, furiosa.
Me esfuerzo por mantener la calma. Saludo a mis madres, trato de fingir normalidad. Pero tener a Silvia tan cerca me revuelve todo por dentro.
Las horas pasan. La cena parece tranquila, aunque por dentro estoy hecha un nudo. Silvia me mira de forma intensa, y cada una de esas miradas me descoloca.
—¿Y qué noticia es esa que querías contarnos? —pregunta Paula justo cuando me estoy llenando un vaso de Coca-Cola.
Silvia sonríe.
—Bueno, ya sabéis que estoy saliendo con alguien. A nuestra edad ya no es tan fácil… no se puede ser tan exigente.
—Pero si sigues estando increíble —susurro sin darme cuenta.
Mis madres me miran raro. Silvia ahoga una risa.
Qué estúpida soy.
Llevo el vaso a la boca, pero ni siquiera llego a beber.
—Voy al grano —dice Silvia—. Quiero que seáis mis damas de honor.
Y entonces lo escupo todo.
Me atraganto. Me pongo de pie como si algo me hubiera empujado.
—¿¡Te casas!?
—Aída, siéntate —dice una de mis madres. No sé cuál. Todo me suena lejano.
—¿Con un viejo? —exclamo, apretando la mandíbula.
—Aida.
Me giro hacia mis madres. Resoplo con fuerza y salgo al jardín.
Camino alrededor de la piscina sin rumbo. Los recuerdos me asaltan. Lo que vivimos. Lo que fuimos. Todo lo que dejé atrás. Incluso los viajes en el tiempo. Todo para estar con ella.
Me detengo. Un recuerdo concreto me atraviesa como una puñalada: aquella pesadilla en la que Silvia sonreía mientras yo sufría. ¿Fue eso una advertencia?
—¿Podemos hablar un momento?
El espejo. Todo se tambalea. Siento un enorme déjà vu.
—No creo que tengamos nada de qué hablar —digo con voz firme.
—Insisto —responde, cerrando la puerta de vidrio—. Te debo una explicación… supongo.
—Ahórrate, Quería oírlas cuando me dejaste sin decir nada. Ahora ya no me interesan.
—Estás actuando como una niña.
—Claro, esa soy yo, ¿No?
Abro la puerta y me alejo. Me encierro en mi cuarto.
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