Después de la comida, todos nos levantamos con la típica pereza del mediodía. Alberto se encarga de dar las últimas indicaciones a los de cocina, mientras Irene, María y Adara recogen las bandejas y charlan todavía entre risas. Poco a poco, cada uno vuelve a su puesto.
—Aída, ¿te queda un rato conmigo? —escucho la voz de Sofía a mi lado—. Tenemos que montar las mesas para el servicio de la noche.
—Claro —asiento, dejando los platos que he estado apilando—. Vamos a darle.
Nos quedamos solas en el comedor, con el eco de las voces de los demás perdiéndose en la distancia. El silencio aquí es distinto, interrumpido solo por el roce de las sillas contra el suelo y el sonido del cristal cuando colocamos copas y vasos.
Trabajo rápido, práctica, cuando me doy cuenta de que Sofía se detiene en cada mesa más de lo necesario. Se inclina, ajusta una copa, gira un plato apenas un par de centímetros…
—Sabes que nadie se va a dar cuenta de si el cuchillo está un poquito más a la izquierda, ¿no? —le digo con media sonrisa, mientras apoya un codo en la mesa y el observador.
Ella no me mira, sigue con lo suyo.
—Pues yo sí me doy cuenta —contesta con una seriedad que me hace gracia—. Y me molesta.
No puedo evitar reírme.
—Vaya, señora perfección. Igual deberías trabajar de jurado en concursos de protocolo.
Sofía levanta la vista hacia mí con una ceja arqueada.
—Y tú qué? Vas a toda prisa, como si esto fuera un buffet de gasolina.
—¡Eh! —protesto entre risas—. Que mi estilo es “rápido y eficiente”.
—El mío es “bonito y elegante” —dice, dejando la servilleta perfectamente doblada frente a mí.
La miro un segundo, divertida.
— ¿Quieres que te traiga una regla y un compás? Así ya lo bordas.
Ella me señala con el dedo, sonriendo de lado.
—Como te rías mucho, te dejo montando las cuarenta mesas tú sola.
—Vale, vale, retiro lo dicho —contesto, levantando las manos en señal de rendición—. La emperatriz de las mesas tiene razón.
Se le escapa una risa y niega con la cabeza, volviendo a su tarea con ese cuidado casi delicado que empieza a parecerme encantador.
Me acerco con un vaso en la mano y lo dejo en la mesa de al lado, a propósito algo torcido.
—Mira qué bien me ha quedado este —digo, finciendo orgullo.
Sofía gira los ojos al cielo, pero enseguida va a recolocarlo.
—Eres insoportable —dice, aunque sonríe.
—Pero me aguantas —contesto bajito, mientras ella termina de ajustar el vaso.
Al terminar la jornada, como siempre, acabamos en los escalones de la entrada del hotel. Esa costumbre de sentarnos un rato juntos antes de que cada uno tome su rumbo ya es casi sagrado. Irene aparece con una bolsa de patatas fritas, la abre con un gesto dramático y la levanta como si fuera un trofeo.
—¡Botín de guerra! —grita, haciendo reír a todos.
María no tarda en meter la mano.
—Corre, que si no Adara se las zampa todas.
—Oye, oye, yo comparto… —se defiende Adara con la boca ya llena, lo que arranca carcajadas.
Me acomodo en uno de los escalones centrales con mi refresco en la mano. Sofía llega después y se deja caer justo a mi lado, lo bastante cerca como para que nuestros hombros se rocen. Suelta un suspiro largo.
—No siento los pies.
—Será de tanto dar vueltas… o de tanto vigilarme con los vasos —le suelto, disimulando una sonrisa.
Ella gira la cabeza con un brillo burlón en los ojos.
—Aída, cariño, si me hicieras caso desde el principio no tendría que corregirte tanto.
El “cariño” me pilla desprevenida, y tengo que darle un trago a la lata para disimular. ¿Por qué esa palabra me descoloca tanto?
—Claro, la perfección en persona hablando… seguro que hasta barres en línea recta.
Alberto, que está un par de escalones más arriba, aprovecha la ocasión.
—Si siguen así, voy a empezar a cobrar entrada. Esto parece una comedia romántica en vivo.
—¡Tal cual! —añade Adara, dándole un codazo a Irene—. ¿Te imaginas que al final se casan y no nos invitan?
El grupo entero se echa a reír. Niego con la cabeza, tratando de que no se me note demasiado la sonrisa, pero Sofía, en vez de esquivar, decide rematar:
—Si fuera una serie, yo sería la protagonista guapa.
—Y yo la que te aguanta —le suelto sin pensar.
Hay un silencio de apenas un segundo y luego todos explotan en carcajadas. Me tapo la cara con la mano mientras Sofía me mira de lado, sonriendo con esa calma suya que a veces me saca de quicio. ¿Cómo lo hace para desarmarme siempre?
La charla sigue con las historias absurdas de Irene sobre clientes pesados y las imitaciones graciosas de María. Adara ya está proponiendo salir el fin de semana, y Alberto lanza pullas a todo el mundo por igual. El ambiente es ruidoso, cercano, como una familia improvisada.
En medio de todo ese jaleo, Sofía baja la voz para hablar solo conmigo:
—Hoy me ha sorprendido, ¿eh? Ha montado las mesas casi perfectas.
—Casi? —levanto una ceja, devolviéndole el tono.
—Bueno, no quiero que te confies demasiado. Me gusta tener excusa para meterme contigo.
—Vaya, gracias… qué detalle. —Le sonrío, inclinándome un poco hacia ella—. Pues no te acostumbres, que la próxima lo hago perfecto solo para fastidiarte.
Ella se echa a reír bajito, como si no quisiera que los demás noten nuestra conversación aparte.
—Mejor no, que entonces me voy a aburrir.
Y ahí está otra vez esa mirada suya, directa, con chispa, que dura un poco más de lo normal. El bullicio del grupo sigue sonando de fondo, pero en ese momento siento que estamos en una burbuja aparte. Y lo peor es que no quiero salir de ella.
Las risas van bajando poco a poco, como cuando una canción se apaga lentamente. Irene bosteza de forma tan exagerada que María le lanza una patata a la frente.
—Vale, vale, me rindo —dice Irene—. Yo me voy, que mañana entrará a las siete.
—Yo también —añade Adara, estirando los brazos—. Que si no, no hay quien me levante.
En minutos pocos, todos empiezan a levantarse, despidiéndose entre bromas y promesas de “mañana nos vemos en la guerra”. Alberto es el último en irse, pero no sin antes lanzar su dardo habitual:
—Vosotras no os quedéis mucho, que si no la gente va a hablar… —y desaparece con una sonrisa de medio lado.
Me quedo sentado en los escalones, con la lata casi vacía en la mano. Sofía tampoco se mueve. Se inclina hacia atrás, apoya las palmas en el escalón de arriba y deja que la brisa de la noche le despeine un poco el flequillo.
—Qué pesado es Alberto a veces… —murmuro.
—Sí, pero no le falta ojo —responde ella con una media sonrisa.
Siento un calor leve en la cara, así que cambio de tema rápido:
—La verdad es que se agradece este ratito. Como que desconectas de todo.
—Totalmente. —Me mira de reojo—. Aunque contigo cuesta desconectar, ¿eh?
Suelto una carcajada suave.
—¿Eso qué significa?
—Que siempre tienes esa carita de estar pensando algo… como si no dijeras todo lo que te pasa por la cabeza.
Me muerdo el labio, intentando no quedarme demasiado callada. ¿Tanto se me nota?
—Puede… o puede que simplemente esté cansada.
Sofía se inclina un poco hacia mí, bajando la voz.
—No, cansada no. Tú escondes más de lo que parece. Pero tranquila, no pienso presionarte. —Me guiña un ojo—. Prefiero sacártelo poco a poco.
La miro un par de segundos, sin saber qué contestar, hasta que ella rompe el momento con su risa ligera.
El silencio que queda después no es incómodo. Más bien lo contrario: tranquilo, sereno. Cada una con su bebida en la mano, compartiendo ese espacio vacío que ya no necesita palabras.
Finalmente, me levanto, dándole un último trago a la lata.
—Anda, que como nos quedamos mucho más, Alberto va a tener material para un mes.
—Déjale —dice Sofía, incorporándose también—. Que capaz lo que quiera.
Y mientras caminamos hacia el estacionamiento, tengo esa sensación extraña de que, aunque el día ha sido largo y agotador, no me importaría alargar esos minutos con ella un poco más.
En la puerta del hotel quedamos solo Sofía y yo. Ella saca las llaves de su coche y las hace girar entre los dedos como si fuera un truco de magia improvisado.
—Bueno, motera, conduce con cuidado —me dice con una sonrisilla.
Me pongo el casco y ladeo la cabeza.
—Tú también… aunque con coche no sé si tienes tanta excusa para llegar tarde mañana.
—¡Oye! —ríe—. Que aparcar en esta ciudad es un deporte extremo.
—Ya, ya… —enciendo la moto—. Igual que montar mesas contigo, ¿no?
Sofía finge indignarse, llevándose la mano al pecho.
—Qué cruel eres, Aída. Y yo que pensé que habíamos hecho un buen equipo.
—Lo hicimos —admito, encogiéndome de hombros—, aunque yo llevé la delantera.
Se acerca a su coche, abre la puerta y me lanza una mirada divertida.
—Ajá… claro. La próxima vez me deja mandar a mí, a ver si no te tiemblan las manos.
Río dentro del casco.
—Prometido. Aunque si rompe una copa, la apuntas en tu cuenta.
—Trato hecho.
Me subo a la moto y Sofía baja la ventanilla antes de arrancar.
—¡Y me escribe tú también cuando llegues, eh! —grita, imitándome.
—Mira, quién habla —le contesto, acelerando un poco para picarla.
La ciudad está tranquila, las luces de los semáforos marcan el ritmo. Freno en uno y noto el móvil vibrar.
“Por cierto, las mesas me quedaron derechas gracias a mí” — leo es un mensaje de Sofia
"Claro, claro. Igual te hago un diploma mañana." – respondo
"Con firma y todo, eh. Y si no, no vale". —
Guarde el móvil justo cuando la luz se pone verde.
Al llegar a casa, aparco la moto, me quito el casco y antes de entrar veo que tengo otro mensaje.
“Ya en casa. Buenas noches, motera. No sueñes demasiado conmigo” –
Niego con la cabeza, sonriendo sola, sin darle mayor importancia. Menuda manera de rematar el día. Dejo el casco en la mesa, me cambio rápido y me tiro en la cama.
Ha sido un día largo, pero al final hasta divertido.
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