El servicio avanza con el bullicio habitual: comandos entrando, cazos golpeando el metal, el vapor empañando la campana. Alberto canta los pedidos con entusiasmo, demasiado entusiasmo para mi gusto.
—¡Tres paellas al centro y dos solomillos poco hechos! —avisa, marcando los tiempos con autoridad.
—Está bien, segundo, no hace falta que me lo grites al oído —réplico, quitando una sartén.
—No te grito, me aseguro de que lo oigas. No vaya a ser que luego digas que no te enteraste —suelta con una sonrisa ladina.
Tiene solo veinte años, pero como segundo de cocina ya se mueve con confianza. A veces demasiado. Yo, en cambio, intento mantenerme firme: soy la hija de la jefa de cocina y todo el mundo lo sabe, pero si hay algo que no soporto es que piensen que me regalan el puesto. Por eso trabajo el doble, sin margen para distracciones.
Hasta que Sofía aparece en la ventanilla.
—Ya ¿están mis paellas? —pregunta con esa sonrisa, medio inocente, medio pícara.
—Tus paellas y media cocina si sigues viniendo cada dos minutos —respondo, pasándole un plato.
Ella lo agarra despacio, rozándome la mano sin disimulo. Apenas levante la vista, lo justo para verla guiñarme un ojo antes de salir.
Otra vez con sus jueguecitos. No puede ser… aunque por dentro una chispa se enciende. La misma chispa que me empeño en ignorar.
—Aída —canturrea Alberto desde el otro lado—, te aviso: si sonríes más de dos segundos seguidos, aquí va a saltar la alarma de incendios.
—Ocúpate de las guarniciones —le corto, finciendo indiferencia.
—Claro, claro… pero a mí no me engañas —responde, con esa sonrisa de quien disfruta demasiado con la situación.
Las horas siguen, con Sofía entrando y saliendo, lanzando comentarios que parecen inocentes, pero siempre dejan un rastro:
— ¿Seguro que este plato no lleva “ingrediente secreto”?
—Aída, ¿me das la receta o prefieres que venga más seguido a buscarla?
Yo respondo con ironías, sin dar más de lo necesario. No quiero ni rechazarla del todo ni darle alas de más. Hay una línea fina que procura no cruzar.
Al final del turno, cuando la cocina empieza a recogerse, Sofía vuelve con un par de tazas vacías. Se apoya en el marco de la puerta, observándome.
—Trabajas como si el mundo se acabará mañana —dice tranquila.
—Será que no me gusta hacer las cosas a medias —contesto, sin levantar demasiado la vista.
Ella sonríe, como si quisiera seguir indagando, pero antes de que diga algo más aparece Alberto.
—Otra vez aquí? —bufa—. Si te quedas un rato más, voy a tener que ponerte en el equipo de cocina.
—No sería mala idea… —responde Sofía, divertida.
Guardo silencio, apretando los labios. Lo último que necesito es darle a Alberto más motivos para sus bromas. Y, sin embargo, una parte de mí no se queja de verla ahí, como si la cocina también pudiera ser su lugar.
La cocina ya huele a pan recién horneado ya salsa reducida cuando las camareras entran a recoger los últimos pedidos. Irene es la primera en asomarse por la ventanilla.
—¡Aída! ¿Dónde están mis croquetas? —pregunta con tono teatral, como si llevara media vida esperándolas.
—Llegan en treinta segundos, exagerada —respondo, sacando la bandeja del horno.
—Treinta segundos son muchos cuando tienes a tres mesas esperando —añade María detrás de ella, con una sonrisa maliciosa.
—Entonces cógelas tú, valiente —replico, pasándole la bandeja con las pinzas.
Adara aparece justo después, riéndose.
—Yo vengo solo a mirar cómo Sofía se lleva siempre los platos antes que nosotras.
Todas miran a Sofía, que se limita a levantar las cejas, divertida.
—Es que yo sé pedirlo con más gracia —dice, tomando un plato de mi mano y lanzándome una mirada fugaz.
—¡Ajá! —salta Alberto desde la parrilla, apuntando con la espátula—. Lo sabía: privilegios exclusivos para Sofía.
—¿Privilegios? —suelto una carcajada, negando con la cabeza—. Sí, claro, porque a mí me encanta que me dé la lata cada cinco minutos.
—Eso no fue un “no”, ¿eh? —murmura Irene en voz baja, pero lo suficiente para que todos escuchen.
Las carcajadas resuenan en la cocina. Intento mantener la compostura, pero una sonrisa se me escapa inevitablemente. Sofía, al otro lado del mostrador, me dedica un gesto triunfal como si hubiera ganado un punto en un partido invisible.
El servicio continúa con ese ritmo ligero, entre bromas y correteos de bandejas. Irene se queja de clientes imposibles, María hace imitaciones de uno que pide todo “muy caliente, pero que no queme”, y Adara apenas puede contener la risa. Sofía, en cambio, se mantiene cerca, lanzando comentarios cortos, lo justo para mantenerme alerta.
—Esa salsa es demasiado buena para ser legal —dice Sofía en un momento, probando con el dedo la orilla de un plato antes de salir corriendo hacia el comedor.
—¡Eh! —protesto, pero ya se ha ido.
Alberto bufa teatralmente.
—Qué manera más descubierta de ligar en la cocina. Y yo aquí, sin que nadie me diga ni que me salgan bien las patatas.
—Será porque no te salen —contesto, dándole un codazo mientras todos ríen.
Con tanto alboroto volando, la jornada se me pasa. Me doy cuenta de que, lejos de sentirme cargada, estoy cómoda. Es raro en mí. Pero en medio de risas, bromas y miradas furtivas de Sofía, la cocina se siente un lugar más ligero de lo habitual.
—Si sobra, me lo guardo para cenar yo —dice Alberto, dejando la fuente en el centro como si presentara una obra maestra.
—¿Sobra? —ríe Adara, acomodándose con una botella en mano—. Con Sofía delante no queda ni una espiral.
—Oye, que yo tengo que reponer energías —replica Sofía con una sonrisa pícara, mirándome al otro lado de la mesa.
María levanta el tenedor y señala sin piedad:
—Claro, energías… lo que quieres es impresionar a Aída.
—¡Ajá! —añade Irene, dándole un codazo a Alberto—. Lo sabía.
Pongo los ojos en blanco, pero la sonrisa ya me ha traicionado. Los demás ríen a carcajadas, y Alberto aprovecha para subirse al carro.
—Lo digo ya: si de aquí no sale boda, yo me retiro de la cocina.
Las carcajadas se mezclan con el tintinear de los vasos. Intento seguir el ritmo de la conversación, pero siento la mirada fija de Sofía. Cuando gira la cabeza, ella finge estar distraída con su plato, aunque la curva de su sonrisa la delata.
—¿Qué? —le susurro, sin que nadie más lo oiga.
—Nada, que nunca te había visto reír tanto —responde sin apartar la vista de mí.
—Será que hoy me ha dado motivos —réplico bajito, antes de volver a pinchar pasta.
Irene, que parece tener ojos en todas partes, nos corta al instante:
—¡Eh! ¿Os vais a comer con los ojos o vais a dejar algo en la bandeja?
La mesa entera explota en risas. Sofía se encoge de hombros como si la hubieran pillado, y yo bajo la cabeza para disimular. Alberto, con toda la calma del mundo, remata:
—Confirmado: yo me quedo los fogones, y tú —señala a Sofía— te encargas de distraerla.
El grupo lanza un “¡oooooh!” Al unísono, como si estuviera viendo una telenovela. Me pongo colorada, y Adara saca el móvil de golpe.
—Esto merece grabarse: el sargento de la cocina está sonriendo de verdad.
—¡Adara! —me quejo riéndome, intentando taparle la cámara.
—Pues sí, eh —dice María—. Normalmente, Aída parece de piedra, y mírala hoy… toda tierna.
—Quizá es porque sabe elegir buena compañía —añade Sofía tranquila, levantando su vaso y chocándolo con el mío.
El brindis improvisado se extiende por la mesa. Entre bromas, anécdotas de clientes extraños y carcajadas, el ambiente se vuelve cálido, casi hogareño. Más que un equipo de trabajo, parecemos una familia que ha encontrado su propio ritual después del caos de cada jornada.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no siento que sobro en ningún sitio.
ns216.73.217.19da2


