El turno en la cocina empieza como cualquier otro: el ruido de las ollas, el vapor subiendo de las cacerolas y el tintinear de platos en el comedor. Estoy en mi puesto, revisando la lista que Alberto me ha dejado , todavía con la resaca mental de la tarde en el centro comercial con Sofía.
—Buenos días, dormilona —dice Alberto con ironía, pasando a mi lado con un saco de patatas. A sus veinte años cree que lo sabe todo, y no pierde ocasión de pincharme—. A ver si hoy no me llegas a media mañana, ¿eh?
Pongo los ojos en blanco, pero antes de que me dé tiempo a contestar escucho su risa. Me giro y allí está: Sofía, con la bandeja bajo el brazo, el uniforme impecable de camarera y esa sonrisa medio inocente, medio traviesa que tanto me descoloca. Tiene tres años más que yo, y se nota en cómo se planta en cualquier sitio con una seguridad natural que me desarma.
—Buenos días —saluda con voz firme, aunque sus ojos me buscan un instante. Solo un segundo, fugaz, pero suficiente para encenderme por dentro.
Y ahí está el problema. Porque cada vez que la miro… recuerdo a Silvia. La misma forma de alzar la ceja, esa seguridad disfrazada de broma. Como si la vida quisiera ponerme delante de un espejo de lo que tuve y ya no está.
Finjo concentración en pelar zanahorias, pero el nudo en el pecho no se va.
—Mira tú qué casualidad… —dice Alberto, con tono exagerado—. Justo cuando aparece Aída, aparece Sofía. Como si la cocina tuviera imán.
—Oye, no empieces —respondo sin levantar la vista.
— ¿Quién, yo? —alza las manos con falsa inocencia—. Solo hago observaciones científicas.
Sofía se ríe por lo bajo mientras acomoda la bandeja con platos limpios. Paso cerca de ella para dejar unas verduras sobre la mesa y, sin querer, nuestras manos se rozan. Me recorre un escalofrío. Ella mantiene la compostura como si nada, aunque la curva en sus labios la delata.
Y yo me odio un poco. Porque siento ese cosquilleo y al mismo tiempo me repito que no debo, que no puedo… que en realidad todavía sigo atada a Silvia.
—Te has puesto colonia nueva o es el olor de la cocina? —me lanza Sofía en voz baja, lo justo para que el “niño” no lo escuche.
—¿Y tú qué sabes? —contesto arqueando una ceja, intentando sonar fría.
—Que huele bien —responde rápida, dándose la vuelta como si nada.
Sus palabras me arrancan una sonrisa mínima, aunque me la trago de inmediato. No, Aída. No empieces.
Un rato después, Sofía entra a por un pedido y, mientras agarra los platos, me susurra sin mirarme:
—Hoy sí que me vas a llevar a casa… ¿Verdad?
Le lanzo una mirada de advertencia, pero ella ya sale de la cocina, con paso ligero y seguro.
Alberto, que parece tener ojos en todas partes, se cruza de brazos en la puerta.
—No sé qué trama esta generación, pero yo antes venía a trabajar, no a protagonizar una telenovela.
—Tú antes estabas en la guardería, chaval —respondo, molesta.
—¡Ay, qué carácter, Aída! —se ríe, encantado de provocarme—. Lo digo por ti, que con tu edad ya deberías dar ejemplo, no estar aquí tonteando.
Me muerdo la lengua y no le respondo. Pero Sofía, desde el pasillo, suelta una carcajada.
Durante el resto del turno seguimos con ese juego sutil: miradas que se cruzan en la ventanilla, sonrisas escondidas, pequeñas provocaciones. Ella me devuelve un plato vacío, demasiado despacio, dejando que nuestros dedos se rocen. Yo le inventé una mancha en el delantal solo para verla revisarse, confundida, hasta que descubre que es broma.
Y en cada gesto, en cada mirada, me descubro pensando: es ella… pero no lo es. Es Sofía, distinta, única, pero no puedo dejar de ver la sombra de Silvia detrás. Y esa lucha me está matando: la necesidad de avanzar, de sentir, contra el miedo de volver a perder.
Alberto no pierde ocasión de meter baza:
—Cuidado, Sofía, que Aída te va a echar salsa picante en los platos.
—Oye, Aída, si no la llevas a casa hoy, yo le pago el taxi.
Ambas lo mandamos callar más de una vez, pero su risa burlona llena la cocina. Y yo, aunque me hago la indignada, por dentro me quemo. Porque Sofía me mira con esos ojos divertidos y cada día me cuesta un poco más convencerme de que mi corazón sigue siendo de Silvia.
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