—Sí, lo siento, me confundo de nombre —miento rápido—. ¿Qué haces en mi moto? —pregunto, alzando una ceja y gesticulando.
—Oh… perdona, es que me llama la atención —dice dándole unos leves golpes en el morro como si fuera un caballo—. ¿Me das una vuelta? —alza las cejas sorprendida y pienso… ¿Pero, de qué va…?
—No pienso bajarme si no me das una vuelta —me aclara con una sonrisa traviesa, y creo que mi cara lo dice todo: estoy viviendo una situación surrealista.
Llevo mis manos a la frente y suspiro, luego me acerco y me coloco delante del manillar.
—Tú verás, pero yo tengo que hacer recados y no tengo tiempo que perder —hablo frío mientras me pongo el casco y la empujo un poco hacia atrás para subirme, pensando que ella se bajará al verme encender el motor.
Pero pasan un par de minutos y no lo hace.
—No piensas bajarte, ¿verdad? —pregunto con un suspiro largo.
Ella me da una negativa con la cabeza a través del retrovisor. Frustrada, bajo de la moto, voy a la maleta, saco otro casco y se lo entrego.
—Siempre me salgo con la mía —comenta riendo mientras agarra el casco.
Qué chica más rara e intensa, pienso mientras enciendo el motor y me preparo para partir.
Vuelvo a subirme a la moto y conduce hacia uno de los centros comerciales más próximos a nuestro destino. Acelero un poco más y empiezo a buscar un lugar donde dejarla.
— ¿Qué hacemos aquí? —pregunta—. ¿Era Sofía? Aunque yo te llamaría Silvia dos punto cero… porque madre mía, lo parecidos que sois. —Acaso vas a invitarme a tomar algo?—
Me río al escucharla y pienso que esta chica es realmente un caso.
—Ya te dije que te bajaras de mi moto, que tenía cosas que hacer… Tú fuiste la que no se bajó —respondo, recalcando el tú.
—Por cierto, ya te he dado la vuelta en moto —añado con una mueca mientras me quito el casco—. Me llevarás de vuelta al hotel… ¿No?
En su rostro veo cómo toda esa seguridad de antes desaparece.
—Deja que lo piense… —digo finciendo estar pensativa mientras la observa, notando cierta incomodidad en su mirada—. No.
Contesto al mismo tiempo que guarda ambos cascos, justo cuando ella ya ha bajado de la moto.
—No hablas en serio… —expresa sorprendida.
—Sí, lo hago —repito—. Fuiste tú la que no quiso bajar.
Remarco mis palabras y empiezo a alejarme para entrar al centro comercial.
—¡Ey, oye, oye! —me grita mientras corre tras de mí para alcanzarme y caminar a mi lado.
—Solo quería romper el hielo de una forma original —responde nerviosa.
—Veo que no ha salido como esperabas, ¿no? —me río.
El espejo; Está muy seria. Alzo las manos en señal de paz.
—Muy graciosa —dice con sarcasmo—. Te acompaño en tus recados y me llevas a mi casa.
Cruza los brazos, molesta.
—Uo, uo, uo… frena, princesa… digo, Sofía, ¿te llamabas, no? —me quejo, parándome en medio del centro comercial—. ¿Me secuestras y encima no recuerdas ni mi nombre?
Abro los ojos de par en par al escuchar lo que dice.
—Y date prisa con los recados, que mañana tengo el servicio de desayunos —añade con exigencia mientras camina delante de mí. Después de unos minutos, se gira a mirarme.
—Esto… ¿A qué tienda tenemos que ir?
Se me escapa una risa al verla perdida. Recibo un leve golpe en el brazo.
—Vale, perdona por reírme. Quiero unos sujetadores deportivos para el trabajo y unas bambas antideslizantes.
Su ceño se ensombreció.
-Valle.
La miro mientras empieza a caminar y yo voy tras ella, aguantándome la risa hasta alcanzarla de nuevo.
Durante las compras estamos hablando un poco, y la verdad es que Sofía me parece una chica agradable y original. Sí, lleva un buen rato contándome cómo se organiza el hotel, lo que le gusta del trabajo y lo que no, y algunos momentos de tensión.
— ¿Quieres que te invite a tomar algo al final? —la interrumpo. No la conozco apenas, pero tiene una energía que me atrae. No sé cómo explicarlo, pero su compañía no me desagrada.
Ella se ríe.
—No me ha salido tan mal la jugada… ¿El no bajarme de la moto, cierto?
Pongo los ojos en blanco.
—Bueno, dejémoslo en casi, porque no voy a llevarte a tu casa —digo con confianza—. Y tampoco ibas a tomarte algo conmigo, y míranos.
Entrecierro los ojos mirándola.
—Tú ganas —me rindo.
—Te dije que siempre me salgo con la mía.
Vaya, la personalidad de esta chica es brutal, pienso.
Estoy sentada frente a Sofía, mientras le doy un trago a mi Heineken. Tiene muchos gestos: su forma de hablar, de moverse… me recuerda a ti constantemente. Por dentro maldigo tenerte en mi mente a todas horas y no poder olvidarte.
—¿Ay, me escuchas?
Niego un momento y la miro.
—Lo siento, me pierdo en mis pensamientos.
La miro a los ojos y me frustro. Siento su mirada confusa en mí, hasta que rompe el silencio:
—No tienes que contármelo si no quieres. Después de todo, me ha secuestrado.
Entrecierro los ojos.
—No me mires así… después de todo, no lo hemos pasado tan mal, ¿no? —ríe.
—En primer lugar, no te he secuestrado, y en segundo lugar, termina la cerveza ya y pásame tu dirección.
Me sorprendió mucho.
—¿Para qué quieres mi dirección? —alza una ceja, reprimiendo la risa.
—¿Para llevarte a tu casa? —réplica con sarcasmo.
—No sé si quiero que me lleves —dice, jugueteando con los dedos mientras sostiene el móvil.
—Bien, pues entonces adiós, yo me voy ya —digo levantándome y alejándome.
—¡Oye, espera! —grita, corriendo tras de mí mientras yo me río—. Qué rápido cambia de opinión.
ns216.73.217.128da2


