Al llegar, busque un hueco para estacionar la moto entre varios coches. Me bajo, apoyando el casco en mi brazo mientras saco mis pertenencias. Miro mi móvil un instante y el corazón me da un vuelco: dos llamadas perdidas de mi madre. Un escalofrío recorre mi espalda, no precisamente por algo agradable. Guardo el teléfono con cuidado y entra al hotel por la puerta trasera, introduciendo el código de personal.
Los pasillos son largos y laberínticos, con luces fluorescentes que parpadean ligeramente y un olor mezclado a detergente y comida en cocción. Jadeando, llego a la cocina y lo primero que capta mi atención es la voz firme de mi madre hablando con alguien.
Me acerco siguiendo ese sonido familiar y, sin levantar la vista, me reprende.
—Llegas tarde. Te dije que no era buena idea dormir en casa de Adriana la noche antes de empezar aquí. —Su tono es severo, sin dejar espacio a excusas.
—Bueno, ya estás aquí. Algo es algo. —Suspira, comenzando a alejarse, dejándome con el peso de su mirada en la espalda.
—Aída, no tengo tiempo... ¿Vienes o qué? —Me llama en un susurro desde la distancia.
—Claro, mamá. —Respondiendo, siguiéndola y tratando de aparentar seguridad. Entonces me lanza una mirada seria, y aunque intento mantener la compostura, la tensión me hace titubear.
—Digo, chef… Quiero decir… ¡Oido chef? —Tartamudeo nervioso, acercándome un poco más.
Ella suelta una risa baja, relajando el ceño.
—Relájate, cariño. —Me susurra mientras se ríe suavemente. —Vamos, te presentaré a tu compañero que te formará estos meses.
Mientras la sigo, mis ojos se detuvieron en cada rincón de la cocina: ollas colgando, bandejas con ingredientes frescos, el murmullo constante de las voces mezcladas con el sonido del corte y la preparación de alimentos. Llegamos al cuarto frío, y mi madre se detiene en seco.
—Espera aquí un segundo. —Dice con seriedad, entrando en la partida fría.
Mientras espero, observa a mi madre atender sin descanso a los diferentes trabajadores que llegan con dudas o problemas. En menos de diez minutos, interrumpe su conversación con el chico del cuarto frío, al menos seis veces para responder a los demás.
Pienso para mí misma: Con razón, cuando llega a casa, lo primero que hace es darse un baño con espuma y buscar silencio absoluto…
De pronto, la puerta se abre de nuevo.
—Aída. —Me llama mi madre, acompañada del joven.
—Este es Alberto, te pegas a él estos meses. —Dice señalándolo mientras él extiende la mano hacia mí.
—Y bueno, yo ya he cumplido. Estoy hasta arriba de trabajo. —Añade, comenzando a alejarse y dejándonos a solas.
Suspiro, mirando al joven.
—Alberto, ¿verdad? —Pregunto, estirando la mano para presentarme.
-Si. —Responde con una sonrisa breve, estrechando mi mano con firmeza.
—Acompáñame. —Dice con voz fría y seca, sin mucho ánimo.
Le sigo hasta los vestuarios.
—Aquí está tu ropa. —Señala una bolsa con uniforme, impecable y nueva, nada que ver con los que veo antes, arrugados y usados.
—Cuando estés lista, ven al cuarto frío. Si no sabes lo que es, te lo resumo: es de donde venimos ahora. —Su comentario me deja paralizada unos segundos. Luego, sin más, se va.
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Suelto un suspiro y me acerco a la bolsa. Saco la chaquetilla y mis ojos se determinaron en el bordado cerca del pecho: el nombre del hotel, el número de estrellas que tiene y mis iniciales.
—Solo voy a estar una temporada… ¿Por qué graban mis iniciales? —susurro, casi para mí misma, sintiendo una mezcla de sorpresa y un escalofrío que recorre mi piel.
El tiempo pasa sin que apenas me dé cuenta. Sigo cada una de las indicaciones de Alberto con atención, asintiendo y tratando de aprender lo máximo posible. La mañana se me pasa volando entre cortar verduras, preparar fondos y limpiar la zona. Siento la mirada de Alberto fija en mí, un peso que me pone algo nervioso. De repente, se gira de golpe para mirarme directamente a los ojos.
—¿Por qué estás aquí? —pregunta, seria.
Tomo aire, recordando lo que tenemos a nuestro alrededor, y respondo con sinceridad:
—Quiero sacarme un dinero para ahorrar e independizarme, dejar de depender de mis madres…
Alberto alza una ceja y suelta un comentario con tono irónico:
—Curioso.
Me detengo un momento, lo miro sorprendida y pregunto:
—¿Curioso?
—No, nada —responde con una sonrisa chulesca mientras sale del cuarto frío.
Me quedo parada, indecisa, pero rápidamente lo sigo por el pasillo, alcanzándolo justo cuando entra en el área de la oficina de mi madre.
—¡Oye! —grito y agarro su brazo para que se detenga—. ¿Qué es lo curioso?
Él me mira con desprecio y contesta con tono pasota:
—Solo me parece curioso que no quieras depender de tus madres, pero estés aquí de enchufada… En la cocina donde tu madre es la jefa.
Pongo los ojos en blanco y me quedo callada un momento, frustrada. Él añade, con cierta burla:
—¿No lo crees?
No sé por qué, pero me enfado, no con él, sino con el hecho de que tiene razón.
—Eres un poco idiota, ¿no crees? —suelto sin pensarlo.
En ese instante, un grito corta la conversación desde la oficina:
—¡Perdón, mamá… digo, chef! —rectifico apresurada, mientras veo cómo Alberto se ríe y yo me alejo con un suspiro frustrado.
La jornada termina y me cambio junto a mis compañeras en el vestuario.
—Eres la hija de Paula, ¿no? —me pregunta una de las chicas mientras nos preparamos.
—Sí, lo soy —respondo mientras me ato las bambas.
—Yo soy María —se presenta levantando una mano hacia su pecho—. Ellas son Irene, Adara y Sofía —añade señalándolas una a una.
Las observa con atención; Parecen tener mi edad, entre veinticinco y treinta años, aunque no soy buena para adivinar edades.
—Yo soy Aída, un gusto —me presento con una sonrisa, notando algunas miradas curiosas, aunque no logro descifrarlas del todo.
— ¿Trabajáis en la cocina? —pregunto tratando de ser más sociable, aunque desde lo de Silvia no quiero acercarme demasiado a nadie.
—Adara y yo somos las barristas, pero Sofía e Irene trabajan en los salones, la terraza y eso —responde María con una sonrisa amable.
—Oh —me río—. Apenas he salido hoy del cuarto frío, por eso preguntaba —explico mientras me paso una mano por la nuca.
—Tranquila, es normal —dice Sofía, mirándome con detenimiento; finjo no darme cuenta.
Unos minutos después, mi madre entra y se sienta a mi lado mientras las chicas salen del vestuario.
—Hasta mañana, Aída —dicen las cuatro y responde moviendo la mano en señal de despedida.
Siento la presencia de mi madre a mi lado mientras empieza a cambiarse.
— ¿Qué tal el primer día, cariño? —me pregunta con esa mirada que me pone cuando llego.
—Oh, vamos, no hay nadie. Además, cuando termino la jornada vuelvo a ser tu madre, no la jefa —responde con una sonrisa tímida.
—No quiero tratos especiales, mamá —digo con seriedad—. Quiero tener mi independencia, buscar un apartamento, vivir las experiencias iguales que tú hiciste con mamá… —suspiró.
—No te estoy dando un trato especial —expresa frunciendo el ceño.
—Quiero las mismas condiciones que tienen los nuevos, ganarme el puesto por mí misma, no porque sea la hija de la jefa de cocina —resoplo, poniéndome en pie—. Y si no supero los días de prueba o no mejoro, quiero aceptar las consecuencias —camino por el vestuario, molesta—. Además, ese idiota no puede tener razón —añado, sintiendo la mirada confusa de mi madre.
—Está bien —dice ella, cerrando su taquilla y colocando sus manos sobre mis hombros mientras salimos juntas—. ¿Te vienes conmigo en coche? —me pregunta en la entrada del hotel.
—No, gracias mamá. Traigo la moto y quiero comprar unas cosas antes de ir a casa —contesto señalando mi moto.
Entonces la veo: alguien sentado en ella.
¿Pero quién es esa?, pienso, mirando a distancia.
—Vale, cielo, no tardes… Nos vemos en casa —comenta mi madre dejando un beso en mi mejilla antes de irse.
Me despido y voy directo a mi moto para llamar la atención de la chica, pero cuando me acerco y la veo de espaldas, me pongo blanca y me paralizo.
—¿Silvia? —susurro, pero cuando se gira veo que no es ella y frunce el ceño automáticamente.
—Soy Sofía, no Silvia —me responde con naturalidad.
Me quedo callada.
—Nos hemos conocido antes, ¿recuerdas? —añade con una sonrisa.
¿Qué cojones?, pienso. Por unos segundos juro que es Silvia.
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