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Desde que abro los ojos esta mañana sé que no va a ser un buen día. La casa ya está patas arriba: cajas por el pasillo, bolsas llenas de decoración, botellas que tintinean cada vez que alguien pasa cerca. Mis madres, Paula y Susana, llevan horas corriendo de un lado a otro con la emoción pintada en la cara. Yo, en cambio, me arrastro por la cocina con una taza de café, preguntándome cómo demonios voy a sobrevivir a lo que está por venir.
—Aida, cariño, ¿puedes ayudarnos a inflar los globos? —dice Paula, entrando con los brazos cargados de serpentinas. —En un rato —respondo, sin mucha convicción. —Un rato no, ahora —interviene Susana con ese tono que mezcla dulzura y mandato, como solo ella sabe hacerlo.80Please respect copyright.PENANAQQoc3cr0Ec
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Y ahí estoy minutos después, sujetando un inflador mientras pienso en lo irónico de la situación: estoy ayudando a preparar la despedida de soltera de mi exnovia, organizada nada más y nada menos que por mis madres, que encima son damas de honor.
El salón se transforma poco a poco en una especie de discoteca improvisada: luces de colores, mantel blanco con destellos dorados, copas alineadas en perfectos ejércitos sobre la mesa, y bandejas con canapés demasiado elaborados para ser servidos en casa. En un rincón, Paula monta una mesa dulce repleta de chocolates, cupcakes y un enorme pastel rosa con las iniciales de Silvia y su futuro esposo.
Mientras tanto, yo observo todo como una intrusa en mi propia casa.
Cuando las invitadas comienzan a llegar, el volumen del ruido aumenta hasta un punto casi insoportable. Risas, chillidos, abrazos largos, música a todo volumen. Me siento en la mesa junto a mis madres, que ríen y brindan como si fueran veinteañeras otra vez. La protagonista de la noche, Silvia, capta todas las miradas: radiante, vestida con un conjunto ajustado que parece pensado para que nadie pueda ignorarla.
La cena es un desfile de conversaciones que me atraviesan como agujas: anécdotas compartidas, promesas de un futuro brillante, bromas sobre la boda. Apenas pruebo bocado. Muevo el tenedor de un lado a otro, bebiendo vino más rápido de lo que debería, para no abrir la boca y decir algo de lo que me arrepienta.
—Aída, ¿estás bien? —me pregunta Susana en un susurro, inclinándose hacia mí. —Sí, mamá. Solo estoy cansada —miento, con una sonrisa forzada.80Please respect copyright.PENANAW0xR2ty3GE
La verdad es que estoy agotada de fingir. Fingir que no me duele ver a Silvia reír como si nada. Fingir que no me importa estar sentada en la misma mesa en la que, años atrás, nos prometimos cosas que nunca cumplimos.
A la tercera ronda de brindis, no aguanto más. Me levanto en silencio y subo a mi habitación. Cierro la puerta con fuerza contenida, me tumbo en la cama y trato de cerrar los ojos. Pero el ruido de la fiesta retumba en las paredes, colándose en mi pecho como un eco imposible de apagar.
Después de dar vueltas en la cama y maldecir en voz baja, me pongo una sudadera encima del pijama y bajo a la cocina. Necesito chocolate, o cualquier cosa que me mantenga ocupada hasta que la casa recupere el silencio.
El pasillo vibra con los aplausos y las risas. Al pasar por el salón, alcanzo a ver a Paula y Susana en un rincón, abrazadas y besándose con la inocencia de dos adolescentes. La escena me arranca una sonrisa inesperada, aunque amarga. Ellas son felices, y quiero alegrarme, pero el vacío en mi pecho sigue ahí.
Empujo la puerta de la cocina y, entonces, la veo.
Silvia.
Está apoyada contra la encimera, con una copa de vino en la mano y la mirada fija en mí. Lleva un body negro con transparencias bajo unos vaqueros ajustados. Mi estómago da un vuelo inmediato.
— ¿Qué haces aquí? —pregunta, rodando los ojos al notar que me quedo mirándola. —Eso debería preguntarlo yo. ¿No estabas celebrando tu despedida de soltera? —respondo con sarcasmo, mientras me agacho a buscar en el armario algo de chocolate.80Please respect copyright.PENANAgQGghbOhYu
Ella suspira, —Siento que no puedas dormir con tanto ruido.80Please respect copyright.PENANA1BOFYHY2JO
Me congelo un segundo. — ¿Cómo sabes que no podía dormir? —pregunto, alzando la ceja. —Aída... te conozco. Sé que cuando no puedes dormir, te entra hambre —dice en voz baja, casi con ternura.80Please respect copyright.PENANAylr04Yo9Yd
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Se agacha a mi lado, y de pronto estamos demasiado cerca. El olor de su perfume me golpea de lleno, trayéndome recuerdos que había intentado enterrar.
— ¿Cómo lo estás llevando? —pregunta, con una mezcla de preocupación y nostalgia en los ojos. —¿A qué te refieres? —finjo indiferencia, sacando una caja de cereales. —A ti, a todo esto… a nosotras.80Please respect copyright.PENANAbzfMqtedry
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La tensión me envuelve como una corriente eléctrica. Me pongo de pie, pero ella permanece agachada, mirándome como si buscara en mi rostro una respuesta que no me atrevo a darle.
De repente, su mano acaricia mi mejilla. Un gesto suave, inesperado, que me deja paralizada.
No. No debería dejar que esto pase. Pero… ¿Por qué tarde tan fuerte mi corazón?
—Silvia… —murmuró, dudando.
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Ella no dice nada. Solo me sostiene la mirada, y entonces, como si el tiempo se detuviera, nuestras narices se rozan. El calor de su aliento me eriza la piel y, sin darme cuenta, me inclina hacia ella.
Nuestros labios se encuentran primero con timidez, luego con una urgencia que me desborda por completo. El mundo desaparece: no hay música, ni fiesta, ni gente. Solo ella y yo, repitiendo un idioma que mi cuerpo recuerda mejor que mi mente.
El beso es intenso, desesperado, lleno de contradicciones. Sus manos en mi cintura, mis dedos aferrándose a su brazo como si pudiera evitar que se desvaneciera otra vez. El roce de su lengua, el calor de su piel, el temblor en mi pecho… todo me arrastra a un abismo del que sé que saldré herida, pero al que no puedo resistirme.
Cuando nos separamos, respirando agitadas, apoyo mi frente contra la suya. Mis ojos se nublan y un susurro se escapa de mis labios antes de poder contenerlo: —Te extraño tanto que duele.80Please respect copyright.PENANAWpzxsDncNN
Silvia cierra los ojos. No responde. Y ese silencio, más que cualquier palabra, me destroza.
Mis labios aún tiemblan cuando me aparto de ella. La música vuelve a colarse poco a poco en mis oídos, como un recordatorio cruel de dónde estamos y de lo prohibido de lo que acaba de suceder. Silvia sigue cerca, demasiado cerca. Puedo sentir el calor de su piel, la respiración agitada contra mi mejilla, el brillo húmedo en sus ojos.
—Esto… no debería estar pasando —murmura, con voz entrecortada, como si el aire le pesara.
Suelto una risa seca, amarga, que me sale sola. —Sí. Y, sin embargo, pasa. Como siempre.80Please respect copyright.PENANATipzs19ECi
Silvia frunce el ceño, dolida por el filo de mis palabras. —No me hables así, Aída. Sabes que esto no es fácil para mí.80Please respect copyright.PENANAr6KT26x7jk
Siento cómo la rabia me sube por la garganta, esa vieja conocida que siempre aparece cuando ella intenta darle la vuelta a todo. —Para ti? ¿En serio? ¿De verdad tienes la cara de decirme eso? —doy un paso hacia ella, clavando mis ojos en los suyos, con los brazos firmes a los lados—. Estás celebrando tu despedida de soltera en mi casa, como si nada. Tú fuiste la que decidió que lo nuestro no valía la pena. ¿Y ahora vienes con que no es fácil?80Please respect copyright.PENANAEtZBHWlePK
Ella traga saliva, intentando mantener la calma, pero sus ojos también brillan de furia. —¡Claro que valía la pena! —explota, alzando la voz—. Pero no podía seguir viviendo en esa montaña rusa contigo. Cada día era un abismo distinto, Aida. Nunca supe qué esperar. Y yo… yo necesito estabilidad, necesito una vida.80Please respect copyright.PENANAZzvO9NIhGk
—Y qué soy yo entonces? —pregunto, con un gesto duro, la voz más baja pero más afilada—. ¿Un error de juventud? ¿Un pasatiempo antes de tu “vida de verdad”?
El silencio que sigue es peso, apenas roto por el eco lejano de la música y las risas del salón. Silvia me mira como si quisiera abrazarme y golpearme al mismo tiempo. Yo no aparte la mirada; no voy a ser yo la que ceda.
—No digas eso… —susurra al fin, con la voz rota—. Tú sabes lo que significas para mí. Siempre lo he sabido.
Río con ironía, fría, cortante, casi cruel. —Pues menos mal, porque a veces parece que lo has olvidado muy bien.80Please respect copyright.PENANAEkPNTafIJM
Silvia deja la copa con brusquedad sobre la encimera, el cristal suena contra el mármol con un golpe seco. —¿Qué quieres de mí, Aida? ¡Dímelo! Porque no puedo estar aquí, celebrando mi despedida, y al mismo tiempo seguir colgada de ti como si nada.80Please respect copyright.PENANAsa4cDc71yp
—Y ¿quién te pide que sigas colgada de mí? —réplica al instante, con la mandíbula apretada—. Si tan feliz eres con tu nueva vida, adelante. Pero deja de entrar en la mía cada vez que se te antoja.
Ella se pasa las manos por el pelo, desesperada. —No entiendes nada.80Please respect copyright.PENANAO2nfXNLsb2
—Explícamelo entonces, porque me encantaría entenderlo —respondo con sarcasmo, apoyándome contra la mesa de la cocina, firme, sin perderle la mirada—. Explícame por qué siempre vuelves. Explícame por qué me buscas en medio de tu despedida de soltera. ¿Eso también es estabilidad?
Silvia abre la boca para responder, pero se queda muda, atrapada en sus propios pensamientos. Esa vacilación me da la razón, y lo sabe.
—Ves? —continuo, más baja, más dura—. No tienes ni idea de lo que quieres. Y mientras tanto, yo aquí, tragándome tu indecisión una y otra vez.
Ella da un paso hacia mí, y por un segundo creo que volverá a besarme. Pero no lo hace. Se detiene a escasos centímetros, los ojos clavados en los míos, ardiendo. —Lo que quiero es a ti. Siempre has sido tú. Pero no sé cómo.80Please respect copyright.PENANAGOLFiPoNvG
Ese “no sé cómo” me atraviesa, pero no dejo que se note. Endurezco la expresión, aprieto los labios. —Pues cuando lo averigües, ya será demasiado tarde.80Please respect copyright.PENANASrhLa8jSs7
Silvia se muere el labio, conteniendo lo que sea que quiere decir. Veo cómo sus manos tiemblan, cómo respira rápido, cómo busca aferrarse a algo que no está allí. Yo, en cambio, permanezco quieta, helada por fuera, aunque por dentro ardo. No le voy a dar el gusto de verme flaquear.
Al final, aparte la mirada hacia la puerta. —Vuelve a tu fiesta, Silvia. Este juego ya me lo conozco demasiado bien.80Please respect copyright.PENANAZlOcXp3C1G
Ella se queda inmóvil unos segundos. Puedo sentir su respiración detrás de mí, cargada de algo entre rabia y deseo. Pero al final, no dice nada.
El silencio se rompe con el chirrido de la puerta al abrirse. Silvia sale sin mirar atrás, dejando la cocina impregnada de vino, tensión y un vacío que se hace insoportable.
Me quedo allí, de pie, junto a la mesa, con los puños cerrados y el pulso acelerado, dominando a la perfección ese impulso de derrumbarme que nunca, jamás, le voy a conceder. No lloro. No lo hago. Esa no soy yo.
Lo único que sé es que, una vez más, Silvia consigue encender la chispa que lleva meses intentando apagar. Y esta vez, lo juro en silencio, no voy a dejarla ganar tan fácilmente.
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