Capítulo 17 – Entre dos chats
La madrugada pesa como plomo. El local huele a metal, un café frío ya cansancio. Estoy agachada frente a la máquina, el destornillador en la mano, cuando el móvil vibra otra vez sobre la mesa.
Lo agarro sin pensarlo. Sofía.
"Ya en casa."
Sonrío, torpe, como una idiota. Cierro los ojos y me dejo invadir un segundo por esa calma absurda que me dan tres palabras suyas.
Pero enseguida vibra de nuevo. Adriana.
"No la dejes escapar, Aida."
Frunzo el descubierto.
—¿De qué hablas? —escritor seco.
"Sabes perfectamente de qué hablo."
Me paso la lengua por los labios, resoplando. No quiero entrar en ese terreno con ella.
—No empieces. Estoy ocupado.
"Ocupada escondiéndote, querrás decir."
Aprieto el destornillador con fuerza, como si así pudiera apretar también mi pecho.
Entonces, otra notificación. Sofía.
"Buenas noches, búho."
Me muerdo el labio. Siempre me llama así cuando quiero desaparecer.
—Buenas noches, Sofi. Descansa.
Me arrepiento al instante: suena demasiado formal, demasiado plano. Pero antes de borrar llega su respuesta:
"Descansa tú también… si es que sabes cómo."
Sonrío. Ahí está ella, pelizcándome con dulzura.
—¿Y tú cómo sabes que no sé descansar?
"Porque te leo. Y porque si de verdad supieras, no estarías escribiéndome a estas horas."
Me suelta una carcajada muda.
—Quizás solo quería buenas noches, tuyas.
Los tres puntitos parpadean un rato largo. Luego:
"No sabes lo que provoca cuando dices cosas así."
El corazón me tropieza. Me apresuro a contestar:
—Ni la mitad de lo que tú provocas.
Me quedé helada. ¿Acabo de escribir eso? Antes de poder arrepentirme, el mensaje sale disparado.
El móvil vibra otra vez. Adriana.
"Aida, escucha: desde que Sofía apareció, distinta estás. No seas tonta, se te nota hasta en los silencios."
—No puedes saberlo todo, Adri.
"Sé lo suficiente. Y sé que esto no es Silvia. No la pongas en ese lugar."
Ese nombre me golpea como una bofetada. Cierro los ojos fuertes. Tecleo despacio:
—Y si lo es? ¿Y si al final todo se rompe igual?
"Mírame a la cara y dime que sientes lo mismo que con Silvia. Te reto."
Me quedé sin aire.
En ese instante, Sofía vuelve a irrumpir:
"Oye, ¿te acuerdas de la piscina? Ese casi… ya sabes."
El destornillador se me resbala de los dedos.
—Pensé que nunca lo ibas a mencionar.
"¿Y por qué no? Bonito Fue. Aunque incompleto."
—Incompleto… sí.
"Algún día deberíamos terminarlo."
Me tapo la cara con la mano. Sonrío, ruborizada, sintiendo que la piel me arde en mitad de la soledad del local.
El chat de Adriana vibra de nuevo.
"Dímelo ya, Aida. ¿La quieres cerca o no?"
Trago saliva. Escribo con los dedos temblorosos:
—No puedo estar lejos de ella. Me hace bien. Y me da miedo.
Se lo mando. Me quedé mirando la pantalla, con el pulso disparado. Adriana tarda en responder, pero al fin aparece su mensaje:
"Entonces deja de esconderte. O el miedo será lo único que te queda."
Al mismo tiempo, Sofía escribe:
"Por cierto… ¿Te acuerdas de que en dos días es el concierto? Llevamos meses esperando, no me fallas."
Sonrío cansada, con un vuelco en el pecho.
—Prometido. Buenas noches, Sofi.
"Buenas noches, Aida."
57Please respect copyright.PENANAa2kLtQPRrL
57Please respect copyright.PENANARrrAO79RYD
Lo que realmente tarde esta noche no es el motor de cables delante de mí. Soy yo.
El silencio del local es insoportable. Solo se oye el zumbido tenue de los fluorescentes y el golpeteo metálico cuando ajusta otra pieza. Pero no, nada encaja. Nada sirve.
¿Y si nunca sirvió?
Me detengo, con las manos negras de grasa, y el pensamiento me arde en la cabeza. He estado semanas, meses, dejándome la piel en esta máquina, convencida de que si la terminal podrá salvar algo. ¿Pero qué, Aída? ¿Qué mierda quieres salvar?
Silvia.
La pronuncio en mi cabeza y se me revuelve el estómago.
La quise como a nadie, sí. Me partí en dos por ella. Y, sin embargo… ¿Qué hizo conmigo? Usarme. Solo me quería en las noches, en la sombra, en la cama. Solo me buscaba cuando el mundo dormía, cuando nadie más podía verla conmigo. Y yo... yo lo acepté. Como una imbécil. Como si mereciera las sobras.
Ella tenía claro lo suyo: su boda, su vida perfecta de escaparate. Y yo… ¿Qué era yo? El escape, el secreto, la válvula de su deseo. Nunca la prioridad. Nunca lo bastante importante.
Aprieto la llave inglesa con tanta fuerza que me tiemblan los nudillos.
—¡Me usaste! —grito al vacío, con los ojos húmedos—. ¡Me usaste como si yo no valiera nada más que eso!
Lanzo la herramienta contra la pared. El ruido rebota y me deja aún más furiosa.
Y lo peor… lo peor es que me impuse. Si. Cuando quise arrastrarme del todo, cuando intenté que yo también viviera a medias, me planté. Y aun así… aun así no fui capaz de soltarla.
¿Por qué? ¿Por qué sigo construyendo esta máquina? ¿Para qué? ¿Para qué carajo quiero volver atrás? ¿Para repetir lo mismo? ¿Para salvar algo que nunca me perteneció de verdad?
Camino de un lado a otro, las botas resonando en el suelo de cemento.
Me doy cuenta, de golpe, como si alguien me arrancara una venda de los ojos: lo que siento por Silvia ya no es amor. No. Ya no lo es. Es costumbre, es obsesión, es miedo a estar sola. Pero amor... amor no.
El amor no duele así. No te escondes, no te usa, no te hace sentir invisible a plena luz del día.
Y entonces la verdad me golpea más fuerte todavía: por aferrarme a Silvia, por obsesionarme con esta máquina, estoy matando lo único puro que tengo ahora. Estoy matando lo que nace con Sofía antes siquiera de dejarlo crecer. Cada vez que me cierro, cada vez que me escondo, cada vez que me aferro a un fantasma, la estoy alejando. Y ella no se lo merece. No se merece cargar con mi miedo ni con los restos de alguien que ya ni existe.
Y aun así, no sé cómo romper esto. No sé cómo arrancarla de mi pecho de una vez por todas. No sé cómo cerrar esta herida que no cicatrizará nunca.
Me llevo las manos al pelo, tiro, grito. Agarro una caja llena de piezas y la reviento contra el suelo. Tuercas, cables, herramientas volando en todas direcciones. Mi respiración se corta, el pecho me arde.
—¡Ya estás bien! ¡Ya estás bien, joder! —mi voz retumba en el local.
De pura rabia, agarro un viejo osciloscopio y lo lanzado contra la máquina. El impacto suena seco, metálico. Y entonces…
Un clic.
Un zumbido eléctrico, profundo, vibrante. Luces que parpadean en secuencia, paneles que nunca habían respondido.
Me quedo inmóvil, con el corazón golpeando. La máquina... funciona.
Y me entra una risa amarga, rota, que se me mezcla con las lágrimas.
¿De verdad? ¿Ahora?
Aquí lo tienes pulido en presente y con los pensamientos en cursiva, igual que venimos trabajando:57Please respect copyright.PENANAwn8cBigNlv


