capítulo 16 – la mente de Sofía
Estoy sentada con los amigos de Aida. Los suyos, no los míos.
Los que la conocen desde siempre, los que saben sus rutinas, sus manías, sus fases de desaparición. Me han aceptado como si llevara años entre ellos, pero yo todavía me siento una invitada, una pieza que no encaja del todo.
Ellos hablan, se ríen de anécdotas compartidas, de esos bromas internos que no necesitan explicación. Yo sonrío por inercia, doy un sorbo a mi vaso, pero no escucho realmente lo que dicen. En mi cabeza solo retumba un pensamiento que me aprieta el pecho: Aida está rara.
No me doy cuenta hasta que lo suelto en voz alta.
—Está rara.
El murmullo me traiciona y se queda flotando en el aire. Varias miradas se giran hacia mí, algunas de sorpresa, otras de incómoda curiosidad. Me aclaro la voz, insegura, pero ya no puedo volver atrás.
—Aida… —repito, jugando con el vaso entre las manos—. Está distante. Se desaparece de golpe. Y yo… no sé si hice algo mal.
Silencio. Ese silencio pesado que solo se rompe con el ruido de vasos al chocar en la barra del bar. Todos lo saben: Aida tiene esa costumbre de desaparecer, de meterse en sí misma cuando algo la supera. Pero para mí no es una costumbre, es un abismo.
Adriana me observa. No dice nada, pero sé que me ha estado escuchando con atención. Entonces se levanta despacio, toca mi brazo y con un gesto de la cabeza me invita a seguirla.
—Ven.
Me aferro a esa palabra como si fuera un salvavidas. La sigo hacia afuera, lejos de las miradas que me incomodan.
La noche está fresca, húmeda, como si hubiera llovido hace poco. Nos detenemos bajo una farola, y el aire me golpea en la cara como un recordatorio: aquí ya no puedo disimular.
Adriana se cruza de brazos, firme, pero no fría.
—Sofía, escucha. Aída es así. Cuando algo la supera, se encierra. Cree que alejándose nadie puede verla frágil.
La rabia me sube a la garganta.
—Pero entonces ¿qué hago yo? ¿Me quedo esperando? ¿Adivino cuándo va a volver a dejarme entrar?
Mi voz tiembla. Intento contenerme, pero me cuesta.
Adriana suspira, se mete las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—Lo que quiero que entiendas es que no es por ti. No lo está haciendo contra ti. Al contrario. Desde que llegaste, está distinta. Y eso lo hemos notado todos.
Me quedo quieta, tragando saliva. Una parte de mí quiere creerlo, pero otra parte grita que quizás solo estoy inventando cosas. Y entonces lo suelto, como si ya no pudiera seguir guardándolo.
—Es que… pasaron cosas, Adriana. Cosas que no sé si solo están en mi cabeza. Hubo tonteos, bromas, miradas. Todo el tiempo. Una vez… en la piscina… casi nos besamos. Fue un instante, ¿sabes? Estábamos riéndonos, el agua, la luz, y de repente nos quedamos demasiado cerca. Yo juraría que también lo sentí. Perder. Pero ninguna de las dos se atrevió.
Las palabras me salen atropelladas, como si llevaran semanas empujando desde dentro.
—Y otra vez, cuando fui a verla por sorpresa, el recibimiento que me dio… —sonrío apenas, con dolor—. Fue como si me hubiera estado esperando. Como si en verdad… me gustaría allí. Me miró como nadie lo había hecho antes.
Me tapo la cara con las manos un instante.
—Y ahora, de repente, nada. Me la quita de golpe, como si borrara todo lo que pasó. Como si no hubiera existido. Y yo… —mi voz se quiebra— no sé si estoy loca. No sé si me lo inventé.
Adriana espera. No me interrumpe, no me contradice, solo me deja soltarlo todo. Cuando callo, cuando ya no me quedan fuerzas para seguir, me mira con esa calma que tiene y dice:
—Claro que existió, Sofía. Yo lo he visto. He visto cómo te mira. Tú no estás inventando nada.
La desesperación me sacude más fuerte porque sus palabras me dan esperanza, y la esperanza es lo más cruel de todo.
—Entonces ¿qué? ¿Sigo? ¿Insisto aunque ella me aparte?
Adriana se acerca un poco, baja la voz.
—Tienes que decidirlo tú. Pero te voy a decir algo: Aida estaba… muy mal antes de que aparecieras. Como apagada. Y desde que estás tú, es otra. No lo digo para presionarte, lo digo porque es verdad. Le haces bien. Mucho más de lo que imaginas.
Siento que el aire me falta. Mi mente es un torbellino: la risa en los escalones, las bromas tontas que siempre acababan en carcajadas, la tensión de cada mirada sostenida, el casi-beso en la piscina, ese recibimiento inesperado que me hizo sentir como en casa. Todo vuelve, todo arde, y al mismo tiempo me duele más que nunca porque ahora ella se esconde.
Me abrazo a mí misma, perdida.
—Y si se cansa de mí? ¿Y si lo que yo siento es demasiado y lo asusta?
Adriana niega despacio, con una media sonrisa.
—No, Sofía. Lo que la asusta no eres tú. Es lo que siente. Y Aida no sabe qué hacer con eso todavía.
Un silencio largo se extiende entre nosotras. La farola parpadea un segundo, como si acompañara la inestabilidad de mi corazón.
—Entonces… ¿Tú crees que debería insistir? —me atrevo a preguntar al fin.
Adriana me sostiene la mirada.
—Creo que si no lo haces, te vas a arrepentir toda la vida.
Mis ojos se llenan de lágrimas, pero no lloro. No aquí, no ahora. Respiro hondo y asiento, como si ese gesto pudiera contener el caos dentro de mí.
Y entonces, como un fogonazo, recuerdo algo. El concierto.
El favorito de Aída. El que ella misma propuso meses atrás, cuando aún parecía más ligera, cuando todavía se permitía compartir sus entusiasmos. Yo no lo olvido. Ni un solo día desde que lo dijo.
La idea me atraviesa: quizás esa sea la forma. No de resolverlo todo, pero sí de volver a encontrarnos. Recuperar algo de nosotras, de lo que fuimos, antes de que el orgullo y el miedo nos levantaran muros.
Adriana me observa todavía, como si evaluara hasta dónde puede empujarme sin romperme. Y de pronto, su expresión cambia: se enciende una chispa de complicidad en los ojos.
—Mira, Sofía… ahora estás mismo hecha un lío, y Aida también. Pero hay algo que quizás pueda ayudar.
— ¿Qué cosa? —pregunto, con la voz todavía temblando.
—Su cumpleaños. —Lo dice como si fuera obvio, como si la palabra misma llevara escondida la solución.
—¿Su…? —me quedo pensándolo un segundo.
—En dos semanas —explica, sonriendo un poco más—. Es el momento perfecto. Siempre le cuesta dejarse celebrar, ya sabes cómo es... pero esta vez podría ser distinto.
El corazón me late rápido, como si de golpe me hubieran tendido un puente en medio del vacío.
—¿Disinto cómo?
Adriana se encoge de hombros, pero en su gesto hay una determinación que me contagio.
—Distinto porque estarías tú. Porque si tú organizas algo, aunque sea pequeño, aunque sea con nosotros, ella lo va a sentir. No lo va a poder esconder. Y créeme, Aida necesita que alguien le recuerde que merece ser celebrada.
Me quedo en silencio. La idea empieza a abrirse paso, primero tímida, luego con más fuerza. Un cumpleaños. Una excusa perfecta para acercarme sin miedo, sin preguntas, sin reproches. Para demostrarle lo que no me atrevo todavía a decir con palabras.
—Tú crees que… ¿funcionaría? —pregunto, como si buscara permiso.
—No es cuestión de funcionar o no. Es cuestión de demostrarle que no piensas soltarla. Que estás ahí. —Adriana me mira fijo, como si quisiera asegurarse de que lo entienda—. Y si me preguntas, creo que es exactamente lo que ella necesita.
Respiro hondo. La desesperación de hace un momento se transforma en otra cosa: una determinación nueva, frágil todavía, pero real.
—Entonces lo haré. —Las palabras me sorprenden saliendo con tanta firmeza—. Le voy a organizar algo. Algo que no se espere.
El coche avanza solo, como en automático, y yo sigo con la cabeza enredada. Adriana diciéndome que insista, que Aida estaba mejor desde que apareció en su vida… ¿de verdad? Porque lo que yo siento ahora es justo lo contrario: que cada día la pierdo un poco más.
Y de repente, Lola Índigo en la radio, diciendo “que somos”. Me río, claro. Qué casualidad. Qué ironía. Porque eso es lo que siento cada vez que la miro: que Aida y yo somos. Nada más, nada menos. Somos una chispa suspendida, una tensión que nadie se atreve a nombrar.
Pero también me asusto. ¿Y si me lo estoy inventando? ¿Y si toda esa electricidad que siento, esas miradas, esos silencios que lo decían todo… eran solo míos? Ella se aleja, se vuelve distante, y yo me quedo con este vacío, como si lo nuestro fuera un espejismo que solo yo vi.
Aunque… no. No puede ser solo mío. El recuerdo mirándome aquella vez en la piscina, con los labios a un centímetro de los míos. El recuerdo abriendo la puerta cuando fui a sorprenderla, con esa sonrisa que no le cabía en la cara. Eso no me lo inventé. Eso pasó.
Y entonces pienso: ¿qué soy para ella? ¿Una amiga más? ¿Una compañía pasajera? ¿O algo que ni ella misma se atreve a reconocer? Adriana dice que se encierra cuando algo la supera… ¿y si lo que la supera soy yo?
El estribillo suena otra vez, y me sorprendo cantando en voz baja, casi en un suspiro, como si quisiera convencerme: que somos. Y me repito: sí, lo somos. Aunque no lo diga, aunque no lo admita, aunque intente ocultarlo.
Suelto un resoplido, golpeando el volante con las yemas de los dedos.
—Aida… —susurro al aire, como si pudiera escucharme—. No me apartes. No ahora.
Las luces de la ciudad empiezan a escasear a medida que me acercan a mi calle. Bajo un poco el volumen de la radio, pero la frase se queda flotando en mi cabeza, repetida como un eco testarudo: que somos… que somos…
Aparco frente al portal, apago el motor. El silencio cae de golpe, pero la canción sigue ahí dentro, pegada en el pecho, como si no necesitara altavoces. Me quedo quieta un momento, con las manos en el volante, mirando la oscuridad del edificio.
Y sonrío, cansada, vencida, pero también con una certeza que me eriza la piel: no sé qué pasará, no sé qué decidirá Aida, pero lo que tenemos no se borra así de fácil. Porque lo somos.
Respiro hondo, abre la puerta del coche y salgo. El aire fresco de la noche me recibe, y con él, esa mezcla de miedo y esperanza que ya no puedo separar.55Please respect copyright.PENANAn9RS5iQlyK


