Capítulo 15 – Más allá del miedo
Durante los días siguientes, la rutina se convierte en un disfraz.
Voy al trabajo, sonrío lo justo, respondo con frases cortas… y al caer la tarde siempre termino en la dirección que Marcos escribió en la carta.
La primera vez que llego, el lugar me parece anodino: un local viejo, abandonado, con la persiana oxidada y grafitis descoloridos. Una vista simple, nadie diría que ahí dentro hay algo capaz de cambiar el tiempo. Pero la llave encaja. Y dentro de mí encuentro con un espacio intacto, como si Marcos hubiera cerrado la puerta un día y jamás hubiera vuelto.
Cada noche regreso.
Enciendo las luces amarillentas del techo, desempolvo cajas, reviso planos, piezas clásicas. Las semanas dejan de medirse en días; ahora se miden en avances: un engranaje conectado, un esquema descifrado, un cálculo corregido. Me hundo en ello sin remedio.
Con cada hallazgo siento la presencia de Marcos casi al lado. Pero al mismo tiempo, el vacío se hace más grande. Porque, por más que intento concentrarme, mi mente se escapa inevitablemente hacia Sofía: a la forma en que me mira, al roce de sus dedos en mi mejilla, a la sonrisa que intenta salvarme de mí misma.
No lo veo tanto. La distancia se convierte en costumbre. Mensajes respondidos con retraso, llamadas que dejo sin contestar. Y aún así, el vínculo no desaparece. Tarde, persiste, como una corriente subterránea imposible de apagar. Basta con que su nombre aparezca en la pantalla para que mi corazón se desordene.
Y, sin embargo, estoy más clara que antes.
El ruido interno sigue, pero ya no me paraliza. Ahora lo canalizo en cada engranaje, en cada esquema que despliego sobre la mesa del taller. Mi objetivo inmediato es reconstruir la máquina. Es lo único que me sostiene, lo que da forma a mis días.
¿Y después?
Esa pregunta no deja de perseguirme.
Porque si consigo hacerlo, si la máquina vuelve a funcionar… ¿Qué haré entonces?
Una parte de mí lo tiene tan claro que asusta: viajar al pasado. Buscando a Silvia. Quedarme allí, junto a esa versión de ella que me amó, que me eligió, que era mía. Reescribir lo que se rompió.
Pero otra parte, más cómoda, más presente, me recuerda que Silvia ya no existe como la recuerdo. Que la vida sigue aquí. Que Sofía está aquí. Y cada vez que su nombre aparece en la pantalla de mi teléfono, me pregunto si de verdad quiero desaparecer hacia atrás… o si lo que temo es quedarme y enfrentar lo que me está pasando ahora.
Respiro hondo.
Sigo atornillando piezas, dibujando cálculos, repasando la carta de Marcos como si fuera un manual de instrucciones para vivir.
Pero lo sé. No tengo un plan, tengo dos. Y solo uno puede cumplirse.
Estoy saliendo del trabajo, con la mente todavía en las piezas que me esperan en el taller, cuando la veo apoyada contra la pared, esperándome. Sofía. Chaqueta vaquera, el pelo algo revuelto, esa mezcla de naturalidad y desorden que siempre me desarma.
—Ya casi no me contestas —dice sin rodeos, sin perder tiempo en saludos.
Su voz no suena enfadada, pero sí cargada de algo que me pesa: tristeza, quizás. Ansiedad.
Me quedo quieta, con el bolso colgado del hombro, buscándole palabras que no tengo. Podría inventar otra excusa, fingir una reunión, un compromiso más. Pero verla ahí, mirándome tan de frente, me lo hace imposible.
—He estado… ocupada —respondo al fin. Suena demasiado seco, demasiado vacío.
Ella frunce el ceño, como si esperara algo más. Y entonces lo dice:
—Sabes qué extraño? Cuando te quedabas conmigo en los escalones después del turno, aunque estuvieras cansada. Cuando me hacías bromas tontas y terminábamos riéndonos como idiotas. Eso era nuestro. Y de repente… nada.
Su voz se rompe un poco, aunque intenta disimularlo con una sonrisa ladeada.
Me muerdo el labio. Esa imagen me golpea con fuerza: las noches en los escalones, su hombro contra el mío, los vaciles con picardía que siempre acababan en carcajadas. Yo también lo extraño. Pero no sé cómo volver ahí sin enfrentar lo que tarde debajo.
—Sofía… —digo despacio, bajando la voz—. No es por ti.
Ella me mira fija, como si intentara leerme por dentro.
—Claro que sí —responde con un hilo de voz—. Estás distante, te he asustado por lo que pasó en tu casa, más bien por lo que no llegó a pasar.
No es miedo... es lo contrario. Quiero decírselo, pero no encuentro las palabras. En su lugar, me atrevo a soltar solo esto:
—Te echo de menos. Aunque no me quede en los escalones, aunque no bromee como antes… te echo de menos cada día.
Sofía parpadea, sorprendida. Y por un instante su gesto se suaviza, como si esas palabras hubieran sido justo lo que necesitaba escuchar. Se acerca un paso, lo justo para hacerme sentir el calor de su presencia, y me sonríe con esa mezcla de ternura y reproche que me desarma aún más.
—Entonces no tardes tanto en recordármelo —susurra.
La veo marcharse un rato después, con las manos en los bolsillos, y siento el nudo en el pecho, apretarse todavía más. Porque sé que no he mentido: la extraña, la quiero cerca. Pero también sé que cada noche seguiré volviendo al taller, hundiéndome en la máquina, como si ahí estuviera la única respuesta. Mentir del todo.
Los días empiezan a perder su forma. Trabajo, local, un café a medio tomar, y de nuevo las piezas esperándome. No importa la hora. No importa si mi cuerpo protesta. Lo único que importa es que cada engranaje quede en su lugar, que cada cálculo cierre, que la máquina comience a respirar con la vida que le estoy robando a la mía.
Nadie lo sabe. Nadie sospecha. Para todos sigo siendo la misma Aida que se queda hasta tarde en el trabajo, que evade compromisos con excusas sencillas. Nadie imagina que bajo la puerta cerrada de mi local late un secreto hecho de motores, cables y planos garabateados con manos temblorosas.
Sofía manda mensajes cada vez más espaciados. Antes eran diarios, ahora pueden pasar dos o tres días sin que aparezca su nombre en la pantalla. Y, cuando lo hace, lo miro con una punzada en el pecho, pero sigo sin responder más que lo justo: “Estoy cansada”, “Otro día te cuento”, “Trabajo”. Sé que la estoy dejando ir, pero mi cuerpo no se mueve. Estoy atrapada en este metal que exige todo de mí.
Las noches se vuelven pruebas. Arranques fallidos, chispazos repentinos, humo que me obliga a abrir las ventanas. Cada error me arranca horas de sueño, pero también me da razones para seguir. Me repito que ya falta poco, que estoy cerca, que si abandono ahora todo lo perdido no servirá de nada.
Empiezo a hablar sola, como si la máquina pudiera oírme. Le cuento lo que no me atrevo a decirle a nadie. Que Silvia aún aparece en mis sueños, que la voz de Sofía se me clava aunque intente ignorarla, que mi cuerpo ya no sabe distinguir entre el cansancio y la obsesión.
A veces me descubro en el espejo del local: ojeras marcadas, labios secos, la ropa con manchas de grasa. Apenas reconozco a la mujer que me mira, pero tampoco me importa. Porque la que importa, la que puede salvarse, será la que cruce cuando la máquina esté
52Please respect copyright.PENANAHzMoymeHYx
lista.
El resto... el resto puede esperar.52Please respect copyright.PENANA2bGS0MGd4O


