Capítulo 14 — A un suspiro de distancia
El golpe del agua todavía me retumba en los oídos. La ropa pegada al cuerpo se vuelve pesada, fría, un lastre. Y encima la oigo reír, esa carcajada libre y arrogante que me revuelve las entrañas.
—Te lo advertí —dice, flotando frente a mí con esa sonrisa insolente—. Conmigo no se juega.
Me aparto el pelo de la cara de un manotazo, todavía respirando fuerte, y le sostengo la mirada. El agua me pesa, me corta el calor de golpe, pero dentro estoy en llamas.
—Ah, ¿sí? —susurro, avanzando hacia ella con brazadas cortas.
La sonrisa de Sofía se ensancha, segura de haber ganado. Y justo ahí, en ese instante de confianza, hago mi movimiento.
Me lanzo contra ella de golpe, el rodeo por la cintura y el empujo bajo el agua conmigo. La sorpresa le roba el aire; Siento cómo patalea un segundo antes de rendirse a la corriente. El arrastro hacia abajo, el sumerjo entero, y solo cuando nuestros pulmones empiezan a clamar por oxígeno, la suelta.
Emergemos a la vez, jadeando, el agua chorreando de nuestros rostros. Sofía se frota los ojos, aturdida, y yo aprovecho para acorralarla contra el borde, apoyando mis manos a cada lado de su cuerpo. La ropa empapada me pesa como plomo, pero tenerla atrapada me electriza.
—No soy de las que se quedan quietas cuando alguien se pasa de lista —le digo, bajando la voz hasta convertirla en un filo.
Ella me mira con los labios entreabiertos, el aliento aún agitado. Sus ojos oscuros me recorren, fijos en mi ropa pegada a la piel, y por primera vez en toda la noche noto que es ella la que pierde el control por un instante.
—Vaya… —murmura con una sonrisa torcida, aunque le tiembla un poco el pulso—. Al final me va a gustar tu manera de vengarte.
Me acerco más, tan cerca que casi rozamos.
—Y apenas estamos empezando.
El silencio se rompe solo por el chapoteo suave del agua, pero la tensión es tan densa que podría cortarse con un dedo. La tengo atrapada. Mis brazos a cada lado de su cuerpo, el agua hasta el pecho, la ropa pegada a mi piel como una segunda capa. Sofía respira rápido, y aunque suena como si sigue mandando, veo el destello de incertidumbre que tanto tiempo esperaba.
— ¿Qué pasa? —le susurro, inclinándome hasta que mi boca rosa casi su mejilla—. ¿No te gusta perder?
Ella ladea la cabeza, y sus labios quedan peligrosamente cerca de los míos.
— ¿Y quién dice que estoy perdiendo? —responde en un murmullo cargado de desafío.
Me acerco más, hasta que la distancia es una provocación en sí misma. Nuestros cuerpos se tocan apenas bajo el agua, lo justo para encenderme. Siento su respiración mezclándose con la mía. Podría besarla y sé que no se apartaría… pero no lo hago. Prefiero verla esperar.
—Lo admitas o no… —susurro contra su piel húmeda—… esta vez voy un paso adelante.
Sofía ríe bajo, con ese sonido suyo que vibra como un reto. De pronto, con un rápido giro, se zafa de mi encierro y me empuja contra el borde. Sus manos firmes me sujetan de los hombros, y ahora soy yo la que queda atrapada, con la espalda fría contra la piedra y su cuerpo semidesnudo, pegado al mío, empapado y peligroso.
—¿Un paso adelante? —repite, con el agua chorreándole del cabello y resbalando por la curva de su clavícula—. Qué ilusión eres, Aida. Tú nunca llevas las riendas conmigo.
Sus palabras me queman, pero no aparte la mirada. La camiseta mojada se me pega a la piel como un recordatorio incómodo de lo desigual que parece este juego… aunque no pienso ceder.
Sofía ladea la cabeza, y la sonrisa se le curva como si hubiera descubierto un punto débil.
—Qué fastidio… —murmura. Y antes de que pueda reaccionar, sus manos bajan, se aferran al borde de mi camiseta y tiran hacia arriba con brusquedad. El tejido empapado se resiste, pero ella no se detiene: me la arranca sin contemplaciones y la lanza fuera de la piscina, donde cae hecha un peso muerto contra la piedra.
—Mucho mejor —añade con arrogancia—. Ya no tienes dónde esconderte.
Mi piel desnuda tiembla al contacto con el agua fría, pero no bajo la cabeza. Me apoyo contra el borde, respiro hondo y sonrío con calma forzada. El agua se mueve alrededor de nosotras, rozando mi piel expuesta, chocando contra la suya desnuda. Dos mundos opuestos. Ninguno dispuesto a ceder.
Sofía me mira con esa arrogancia que siempre anuncia un golpe más.
—Mírate. Atrapada en tu propia piscina, en tu propia casa… —su voz se hunde en un susurro cargado, casi cruel—. Y aún así quieres hacerme creer que controlas.
Sus ojos brillan con esa chispa peligrosa y divertida. Y yo me sorprendo al darme cuenta de que mi sonrisa no tiembla: la sostengo, incluso cuando su cuerpo sigue pegado al mío.
El agua golpea contra el borde, como si la piscina misma notara que nos estamos empujando demasiado lejos. Y aun así, ninguna retrocede.
—Sabes qué es lo peor de ti? —murmura Sofía, rozándome la mejilla con la suya, casi como si me estuviera besando sin atreverse—. Que cada vez que crees que me provoca... eres tú la que termina perdiendo el control.
Trago saliva, porque lo que dice me arde, pero no bajo la mirada.
—¿Y lo peor de ti? —le devuelvo, con la voz baja, casi quebrada por la tensión—. Que disfrutas demasiado viendo cuánto aguanto.
Un segundo de silencio denso. Ninguna ríe. Las bromas se han vuelto demasiado serias. Sus ojos se clavan en los míos, y lo que antes era un juego empieza a sentirse como un abismo donde una de las dos va a caer… y la otra va detrás.
Sofía ladea la cabeza, sonriendo aún, pero su respiración se entrecorta apenas, traicionándola.
—Cuidado, Aida… —susurra, con un filo distinto, casi tembloroso—. Estamos jugando con fuego.
—Lo sé —respondo, sin apartar la frente de la suya.
Ya no se siente como un simple juego de poder: se siente como si las dos estuviéramos a punto de rendirnos a algo mucho más grande de lo que esperábamos. Mis manos, que aún la sujetan, se deslizan despacio, aferrándose a la curva de su espalda mojada hasta perderse más abajo. Ella, ligeramente más elevada que yo, queda perfecta en esa posición: su torso presionando el mío, sus caderas empujando contra mis muslos, su rostro a la altura exacta para que nuestros labios se rocen sin llegar a encontrarse.
—Mira lo que haces conmigo… —murmura Sofía, apenas audible, con una mezcla peligrosa de reproche y rendición.
—Lo mismo que tú me haces a mí —respondo al instante, con la voz ronca, clavando los dedos un poco más fuerte contra su piel para que no se aleje.
La distancia se acorta hasta un suspiro. Su respiración golpea mis labios, mi pecho sube y baja contra el suyo, y por primera vez ninguna de las dos parece querer ganar. No hay broma, no hay burla: solo ese abismo eléctrico entre nuestros labios, a punto de desaparecer.
El silencio se vuelve insoportable. Y justo cuando se rompe…
—¡Aída! —la voz firme y clara corta el aire desde la terraza.
El agua se detiene, o al menos lo parece. Nos quedamos congelados en esa posición imposible, con las manos aferradas y los labios a un segundo del desastre.
Sofía abre los ojos, los suyos aún brillando con esa chispa salvaje, y aunque se separa apenas unos centímetros, su sonrisa ladeada me confirma lo que ya sé: si no fuera por esa interrupción, nada nos habría detenido.
Me hundo un poco más en el agua, el corazón desbocado, intentando recuperar el control. Pero sus manos siguen todavía cerca, y el calor que queda entre nosotras arde más que el cloro de la piscina.
Desde la terraza, la voz de mi madre llega con toda normalidad, sin sospecha alguna:
—¿Tu amiga se queda a cenar, Aida? Ya casi son las diez, y está empezando a oscurecer.
Sofía sonríe sin apartarse, todavía encima de mí, con el agua goteándole del cabello y esa chispa insolente brillando en sus ojos. Yo no giro la cabeza, no miro a la terraza: me limito a sostener su mirada, como si pudiera preguntarle sin palabras lo mismo que acaba de decir mi madre.
¿Quieres quedarte?
Sofía arquea una ceja, divertida, y muere apenas su labio inferior. Esa respuesta mínima silenciosa es suficiente para hacerme tragar saliva.
—¡Sí, mamá! —respondo al fin, sin romper el contacto visual con Sofía. Mi voz suena más firme de lo que me esperaba, como si fuera capaz de sostener la mentira de que no pasa nada.
—Perfecto, entonces preparo algo —responde mi madre, sin asomarse más, perdiéndose hacia el interior de la casa.
El silencio vuelve, pero no se siente como antes: ahora la noche empieza a caer alrededor, la piscina se oscurece, y la única luz que me importa son los ojos de Sofía, fijos en mí, como si la cena no fuera más que una excusa para alargar esta partida que claramente no ha terminado.
—Pues parece que tengo plan para esta noche… —murmura ella, rozando con su frente la mía, todavía tan cerca que cada respiración se convierte en un desafío.
Sofía se impulsa hacia atrás, nadando unos metros como si no acabáramos de estar a punto de… lo que fuera que estábamos a punto de hacer. Se gira sobre el agua, flotando panza arriba, y me lanza una mirada descarada.
—Venga, ¿dónde está la ducha?
—Anda, ven —respondo, intentando sonar firme mientras salgo de la piscina, pero mis piernas tiemblan todavía.
Subimos hacia el interior. El contraste es brutal: del cloro y el frescor nocturno a la calidez suave del pasillo iluminado. Sofía camina detrás de mí, con el pelo empapado pegado a la piel, y siento su mirada recorrerme. Abro el armario del baño, buscando toallas, y de pronto su voz se cuela a mi espalda.
— ¿Ducha compartida o nos turnamos? —pregunta con descaro, encogiéndose de hombros.
El aire se me corta.
—¿Qué? —respondo demasiado alto, y mi propia voz rebota contra los azulejos. Me giro de golpe, tan brusca que el hombro se me choca contra el marco de la puerta. Un dolor seco me recorre el brazo.
—¡Ay, joder! —exclamo, llevándome la mano a la zona.
Sofía suelta una carcajada, inclinándose hacia adelante, con esa mezcla de burla y ternura que solo ella puede tener.
—No puedo creerlo, Aida… ¿En serio te das un golpe solo porque te propongo una ducha? —se acerca un poco más, bajando la voz—. Si te pones así solo de escucharlo… no sé qué harías viviéndolo.
Me arde la cara, más que el hombro.
—Deja de hablar tonterías y dúchate tú primero —murmuro, dándole una toalla a toda prisa.
Ella me la arrebata, aún sonriendo, pero se detiene lo justo para clavarme los ojos.
—Como quieras. Pero no finjas que no te lo imaginaste.
Su descaro me desarma. Me giro rápido hacia el armario, buscando ropa seca, y le saco un conjunto sencillo que sé que le queda.
—Toma, te dejo esto.
—Perfecto. Aunque, sinceramente… —dice mientras se encamina hacia la ducha con paso lento, juguetón—, prefiero cuando me miras empapada.
Cierra la mampara de cristal con un golpe suave. Yo me dejo caer en el borde del lavabo, respirando hondo, con el hombro aún doliendo y la mente mucho peor que el cuerpo.
La escucha reír entre el sonido del agua, y aunque intento no pensar, cada gota que cae solo me recuerda que lo que acaba de pasar en la piscina… está lejos de haber terminado.
Me quedo un instante apoyado en el borde del lavabo, aún sobándome el hombro. El agua cae al otro lado de la mampara y, sin querer, mis ojos se clavan en el vaho que ya empaña el cristal. Intento apartar la vista, pero la risa de Sofía me llega como un disparo.
—¿Sigues ahí fuera, roja? —pregunta entre carcajadas, su voz amortiguada por el agua.
Trago saliva, incapaz de responder al instante. El corazón me golpea con fuerza y me sorprende escuchando demasiado, atenta al sonido de sus movimientos dentro de la ducha. Cada gota que resbala sobre los azulejos suena demasiado clara, demasiado cercana.
— N-no te flipes… — me obliga a decir con un hilo de voz que apenas reconozco como mío.
Ella se ríe otra vez, esa risa suya tan fácil y tan peligrosa.
—Ya… claro que no.
Ese ya se me queda clavado, y sé que si me quedo un minuto más voy a perder la batalla. Respiro hondo, recojo otra toalla para mí y salgo casi a la carrera hacia el lavabo del pasillo.
La ducha fría me devuelve un poco de control, o eso me repito mientras me veo deprisa con ropa cómoda. Pero al volver a mi cuarto, el vacío de la cama me parece insoportable. Sofía aún no ha llegado.
Me dejo caer sobre las sábanas, con el pelo aún húmedo y el cuerpo agotado, cuando escucho pasos en el pasillo. Me incorpora de golpe… y lo que veo me tensa al instante.
Sofía aparece en la puerta, por fin, con la camiseta que le dejo puesta de cualquier manera, todavía húmeda del pelo y esa sonrisa suya cargada de chulería. Pero no está sola.
A su lado, como si fuera lo más normal del mundo, camina Silvia.
Se me hiela la sangre. Creía que se había ido hacía rato. Y en cuanto sus ojos se cruzan con los míos, ese pasado que tanto me costó frenar tarde otra vez en la habitación.
Me levanto de la cama en un segundo, instintiva, casi en modo protector, colocándome inconscientemente un poco por delante de Sofía. Ella me mira de reojo, arqueando una ceja como si no entendiera por qué de pronto me pongo tan seria.
Silvia suena con esa calma venenosa de siempre.
—Tranquila, Aída. Solo la acompañaba. Se había perdido.
La habitación queda helada, no por lo que dice, sino por cómo lo dice. Yo no respondo. Solo la miro fijamente, intentando descifrar qué busca exactamente apareciendo aquí, ahora.
El silencio se alarga. Sofía mira de una a otra, confusa, como si intentara leer un idioma al que aún no tiene acceso.
—Gracias por traerme, supongo —dice, finalmente, con una educación que contrasta con la tensión en el aire.
Silvia gira la cabeza hacia ella, la observa un segundo más de la cuenta, y luego asiente con una media sonrisa. No dice nada más, pero antes de marcharse sus ojos se cerró otra vez en mí. Es apenas un segundo, pero suficiente para que toda mi piel se tense.
La puerta se cierra con un clic suave.
Me quedo inmóvil, los puños cerrados, intentando que la respiración me vuelva al cuerpo.
Sofía se apoya contra el marco de la cama, con el pelo húmedo todavía chorreando sobre la camiseta que le presté. Me observa en silencio. Sus ojos no llevan burla esta vez, ni chispa juguetona. Solo hay calma, atención, como si hubiera comprendido de golpe que acabamos de atravesar un terreno minado del que no pienso hablar.
No dice nada. Y en ese silencio compartido, más pesado que cualquier palabra, entiendo que de alguna manera y
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a lo sabe: que lo que acaba de pasar no es cosa suya… pero sí va a marcar lo que venga después.70Please respect copyright.PENANACbtBICPbPI


