Capítulo 13 – La oportunidad
Cierro la puerta tras nosotras con más suavidad de la que siento. Todo en mí va rápido. El cuerpo me arrastra antes de que pueda pensarlo bien. Antes de que pueda arrepentirme.
Sofía se queda en el centro de mi cuarto, quieta, con esa forma suya de estar que nunca es del todo seria ni del todo ligero.
— ¿Siempre haces esto? —pregunta, con una curiosidad suave, sin ironía—. ¿Llevarte a la gente en medio de una merienda organizada por tu madre?
Sus ojos brillan. Juega, pero quiere entender.
—No —respondo, sin girarme todavía—. Hoy es diferente.
—Ya lo noto. Ni siquiera logré coger un pastelito. Estoy considerando exigirte.
Mi río bajito. Cuando me vuelvo, ella no se ha movido, pero observa mi cuarto como si pudiera leer algo en las paredes.
—Te debo uno —murmuro.
—Sí, y una explicación —añade—. Pero el pastelito es prioritario.
Se sienta en el borde de mi cama, sin invadir, pero sin miedo. Esa seguridad suya me desconcierta. Me gusta, pero me descoloca.
—Silvia vive aquí? —pregunta, como si no quisiera decirlo en voz alta.
Yo tenso. Lo noto. Demasiado evidente.
-No. Viene mucho. Es… amiga de la familia.
—Mmm. Se mueve como si tuviera un GPS integrado.
No hay competencia. Sofía no insiste. Se recuesta un poco sobre las manos, mirando al techo como si no preguntara nada, aunque la pregunta flota.
—Pasa algo entre vosotras?
—No —respondo demasiado rápido. Demasiado mal.
Ella gira la cabeza hacia mí. Me observa un segundo, sin hablar.
—Perdón —dice al fin—. No es mi asunto. Pero fue raro. Tú, agarrándome así, saliendo sin mirar atrás. Parecía que alguien iba a explotar.
—No quería compartirte —digo. Venta demasiado íntima. Demasiado cierto.
Sofía se queda inmóvil. No sonríe, pero sus ojos brillan, como si lo que acabo de soltar hubiera encontrado un lugar al que no tengo acceso. Da un paso hacia mí, directo, y yo me pongo nervioso. Su proximidad me obliga a apartarme de la puerta para dejarla salir.
Ella sonríe apenas, como si hubiera ganado otra pequeña batalla.
—Igual… me gusta un poco que no me quieras compartir.
Lo suelto sin esperar respuesta.
Yo me quedo clavada, con el eco de su voz, golpeándome justo en el lugar donde no sé defenderme.
La sigo fuera.
El tour empieza. Recorremos el pasillo, el comedor, la cocina. Sofía se detiene a cada tanto, observando las fotos colgadas en las paredes: yo de pequeña en la playa, con los dientes torcidos; mi familia reunida en navidades; mi grupo de amigas en el instituto, con sonrisas torpes y uniformes arrugados.
—Esta me encanta —dice, señalando una donde tengo dieciséis años y estoy rodeada de mis amigos—. Ya se te ve peligroso.
—¿Peligrosa yo?
—Sí —responde, acercando la foto a su cara como si fuera una pista secreta—. Esa sonrisa tuya de… te arrastro a lo que sea.
Intento arrebatársela, pero Sofía se aparta un paso, disfrutando del juego. Yo me lanzo a por la foto y acabamos chocando en el pasillo, hombro contra hombro. La risa nos estalla sin querer, pero el roce nos deja demasiado cerca.
El silencio llega de golpe. Ella no se aparta. Yo tampoco.
Sofía baja la foto, seria ahora, y me mira con esa intensidad que no sé cómo sostener.
—Me gusta más esta versión de ti —susurra.
El aire se vuelve más denso. Por un instante, todo lo demás en la casa desaparece. Solo quedan sus ojos sobre mí, su respiración tan cerca que casi la siento en la piel, y esa certeza peligrosa de que estoy al borde de dejarme llevar.
Respiro hondo y me obliga a mameluco el momento.
—Ven… aún falta lo más serio de la casa.
Salimos al pasillo. Yo voy delante, Sofía un paso detrás, tan cerca que siento su calor a mi espalda.
Al pasar frente al comedor, no nos detenemos. No nos damos cuenta de que dentro están mi madre, Susana y Paula, charlando entre risas con Silvia. Ellas parecen divertidas en su conversación, pero Silvia no.
Ella se queda rígida, con la copa entre las manos. La levanta apenas, finciendo que bebe, aunque el cristal no llega a sus labios. Su mirada se clava en nosotras, de la manera en que Sofía me sigue tan de cerca, en cómo mi cuerpo parece inclinarse instintivamente hacia el suyo.
Susana dice algo y Paula ríe, pero Silvia no se suma. Apenas curva los labios en un gesto falso, mientras los nudillos se le tensan alrededor de la copa. Desvía la vista un instante, como si buscara refugio en cualquier otra cosa, pero vuelve enseguida al pasillo. No puede evitarlo.
No dice nada. No hace nada. Pero me encanta todo. Y lo siento.
Nosotras seguimos, sin saberlo, hasta llegar al salón.
Es un espacio que casi nunca usamos, salvo en navidades o reuniones familiares. La mesa enorme ocupa el centro, solemne, como si hubiera sido diseñada para juicios o pactos importantes. La luz que entra por los ventanales la hace parecer aún más seria.
—Vaya —dice Sofía, avanzando despacio—. Aquí sí que parece que van a pasar cosas importantes.
Camina alrededor de la mesa y, de pronto, desliza la yema de los dedos por la madera pulida. Ese gesto suyo convierte lo solemne en otra cosa. Me mira de reojo, con esa sonrisa que mezcla juego y desafío.
—¿Sabes? —dice acariciando despacio el borde—. Una mesa así seguro que ha visto de todo… no solo cenas familiares. Es perfecto para… otras cosas.
— ¿Otras cosas? —repito, arqueando una ceja—. Suena a que hablas con experiencia.
Sofía sonríe, cargando la cabeza.
—No lo sé… quizás me lo estoy imaginando.
—O quizás no —respondo, dejando que mi voz baje un tono.
El silencio entre nosotras se vuelve casi físico. Nuestras manos reposan sobre la misma superficie, tan cerca que un simple movimiento bastaría para rozarnos. Ella no aparta la mirada. Yo tampoco.
La mesa, solemne y enorme, deja de ser un mueble de reuniones familiares: ahora parece un cómplice silencioso de un juego al que ninguno quiere poner fin.
—Al final, todo se reduce a eso, ¿no? —dice Sofía, de pronto, su voz baja, como si pensara en voz alta.
—¿A qué?
—A la magia. —Sus dedos siguen jugando con la madera, trazando círculos lentos—. Esa chispa que hace que lo normal deje de ser normal… y se convertirá en algo que recuerdas para siempre.
Río bajo.
—Vaya, qué profunda. No sabía que hablabas de magia en mesas familiares.
—¿Y por qué no? —responde, inclinándose apenas hacia mí—. Quizás las mesas también merecen su parte de magia.
—¿Y qué es para ti una experiencia mágica, entonces? —la provoco, convencida de que la he llevado justo donde quiero.
El silencio se estira. Por un momento pienso que he ganado. Ella se muerde apenas el labio, como si meditara su respuesta. Y entonces, sin apartar la mirada, deja escapar la frase que me arranca el suelo bajo los pies:
—Quizá la magia está en fundir nuestras almas hasta que tu nombre se me escape entre gemidos.
Me quedé helada. ¿Ha dicho eso? ¿En serio? Soy yo la que parpadea, incrédula, la que siente que el aire de golpe pesa demasiado. Creía que tenía el control, pero lo acaba de girar todo con una sola frase.
Sofía sonríe, triunfante. Se mantiene erguida, segura… aunque en sus ojos noto un brillo extraño, como si incluso a ella le sorprendiera haber ido tan lejos.
El silencio pesa entre nosotras. Yo me agarro a la mesa, buscando sostenerme, y justo cuando creo que el momento va a estallar, Sofía se aparta lentamente. Retira la mano de la madera como si nada, como si no acabara de dinamitarlo todo.
—Bueno —dice, con esa calma suya que me desconcierta—, ¿qué más maravillas escondes en esta casa?
Me mira de reojo, cargando la cabeza, y la curva de su sonrisa es puro veneno. Vacila al salir del salón, dejándome la opción de seguirla o quedarme anclada en el torbellino que me ha dejado dentro.
—Vienes, ¿o me pierdo el resto del tour?
No me da tiempo a pensar. Mis pies se mueven solos, siguiéndola.
Atravesamos otro pasillo, las paredes llenas de fotos familiares que ni siquiera distingo bien, porque mi atención está clavada en su espalda, de esa manera de caminar ligera, como si llevara siempre la ventaja. Bajamos unos escalones y cruzamos hasta la puerta trasera.
El aire cálido de la tarde nos envuelve en cuanto salimos al jardín. Son casi las ocho, el sol todavía cuelga bajo en el cielo y tiñe el espacio de un dorado suave. La piscina refleja esa luz como un espejo tembloroso, salpicando destellos en las paredes blancas. Todo parece demasiado perfecto, demasiado expuesto.
Sofía se detiene junto al borde, inclinándose un poco sobre el agua.
—Vaya… esto sí que no me lo esperaba. Tienes un pequeño paraíso aquí.
Me acerco, todavía arrastrando la tormenta del salón.
—Sí… aunque en invierno apenas lo usamos.
Ella gira la cabeza hacia mí con esa sonrisa peligrosa que ya me conozco.
—Qué desperdicio. Una piscina así no está hecha para que la dejen sola.
Su voz suena ligera, como si hablara de algo inofensivo. Pero no lo es. Nada lo es cuando sale de su boca.
Sofía no espera respuesta. Sonríe de lado, da un paso hacia atrás y, sin apartar los ojos de mí, se lleva las manos al dobladillo de la blusa.
—¿Sabes? —dice con calma, como si lo que estuviera a punto de hacer no tuviera ninguna importancia—. El calor aquí fuera de mí está matando.
Antes de que pueda procesarlo, ya se ha quitado la blusa y la deja caer sobre una silla de jardín. El movimiento es lento, deliberado. Sus dedos juegan con el cierre del pantalón y, sin prisa, también lo deslizan hacia abajo.
Cuando levanta la mirada, Sofía está de pie frente a mí, en ropa interior. La luz dorada acaricia su piel y la convierte en un desafío viviente.
—Mucho mejor —murmura, echando hacia atrás el cabello con una mano. Después se agacha y moja la punta de los dedos en la piscina, salpicando unas gotas contra su propio brazo, contra su clavícula.
Trago saliva, sin poder apartar los ojos de ella. El descaro con que se mueve es casi insoportable.
Y entonces, sin más, da un paso hacia atrás y se lanza de cabeza al agua. El chapoteo rompe el silencio, brillando con los últimos tonos del atardecer.
Sale a la superficie con el cabello pegado a la cara, riendo con esa risa libre y provocadora que me enciende la piel. Se lo aparta hacia atrás con ambas manos, y por fin la veo: esa mirada que me atraviesa, que me retiene en el sitio.
—Y bien? —pregunta, inclinándose hacia mí desde el agua, como si midiera mi reacción—. ¿Qué me dices? ¿Se usa mucho esta piscina?
Río, aunque la voz me sale un poco más áspera de lo que esperaba.
—Más de lo que debería.
Sofía arquea una ceja, nadando despacio hacia el borde.
—¿Ah, sí?
Doy un paso hacia adelante, dejándome atrapar por el juego, por esa fuerza que me arrastra siempre que estoy con ella.
—Sí —respondo despacio, sosteniéndole la mirada—. Esta piscina ha visto demasiado.
Su sonrisa se curva un poco más, como si acabaría de obtener justo lo que buscaba.
—Ahora sí que me muero de curiosidad.
El aire entre nosotras se espesa. Sé que acabo de abrir una puerta peligrosa, y ella está más dispuesta a cruzarla.
En lugar de contestar, me siento en el borde y empiezo a desatarme los cordones con calma, disfrutando de cómo sus ojos siguen cada movimiento. Me quito un zapato, luego el otro, y finalmente los calcetines, que dejo caer al suelo como si fueran migas en un camino que sé que ella quiere seguir.
Alargo las piernas y sumerjo los pies en el agua. El frescor me sacude, pero lo que de verdad me incendia es tenerla tan cerca, expectante.
—Oh… —murmura, bajando el tono y saboreando cada silla—. Aquí es donde las traes, ¿no? Tu pequeño picadero con cloro y estrellas.
Suelto una risa leve, cargando la cabeza.
—No me gusta cómo suena eso. Prefiero decir que es un lugar con… recuerdos.
—Recuerdos peligrosos, seguro. —Sus brazos se apoyan en el borde justo debajo de mis rodillas. El agua resbala por su piel, goteando sobre mis tobillos.
Me inclino hacia adelante, acercándome lo justo para que note que juego con ella.
—Imagínalo: noches largas, demasiadas copas, alguien que se olvida de la ropa… y la piscina se convierte en cómplice.
Sofía sonríe como si hubiera ganado algo, aunque lo que acabo de darle es apenas una migaja.
—Entonces es verdad. Tu piscina ha visto demasiado.
—Demasiado para contarlo todo —respondo, dibujando una sonrisa lenta, disfrutando del efecto—. O quizás demasiado para que tú quieras oírlo.
Ella se muere el labio, fascinada y frustrada a la vez.
— ¿Qué fue lo más salvaje que pasó aquí?
Cruzo los brazos detrás del cuerpo, recostándome con fingida calma, como si de verdad pudiera manejar el fuego que tengo en el pecho.
—Mmm… —dejo escapar el sonido lento, casi perezoso—. Si te lo contara, Sofía, ya no querrás salir nunca de esta piscina.
La veo parpadear, como si por un segundo hubiera perdido el equilibrio del juego. Sofía, la que siempre lleva la voz cantante, la que me arrastra sin remedio, ahora está esperando mi próxima palabra como quien espera un golpe de suerte. Y yo… disfruto.
—Así que esa es tu estrategia —dice al fin, con un suspiro fingido—. Hacerme suplicar.
—No —respondo inclinándome hacia ella, hasta que mi voz se convierte en un roce contra su oído—. Hacerte desesperar.
Sus ojos se clavan en los míos, oscuros, cargados. El agua le brilla en la piel y puedo sentir cómo la tensión se estira entre nosotras, tirante, eléctrica. Por primera vez me siento con ventaja, saboreando cada segundo, cada pequeño temblor en su expresión.
Y es justo eso lo que no soportó.
Su sonrisa se ladea, arrogante.
—Sabes qué pasa con las que se creen demasiado listas? —murmullo.
Antes de que pueda reaccionar, sus manos se clavan en mis piernas. Tira con fuerza y me arrastra dentro. El agua me envuelve de golpe, fría, cortándome la respiración. Salgo a la superficie tosiendo, el pelo pegado a la cara, mientras su risa explota, vibrante, triunfal.
—Te lo advertí —dice, nadando hacia mí con esa sonrisa de depredadora satisfecha—. Conmigo no se juega.
Me aparto el cabello con un manotazo, jadeando entre risas, aunque por de
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ntro me hierve la rabia deliciosa de haber caído en su trampa. El espejo directo, desafiante.
—Esto no se va a quedar así.57Please respect copyright.PENANAJyAuFvwqPA


