Capítulo 12 - Entre Dos Miradas
Han pasado tres días.
Tres malditos días con esta caja frente a mí. No la abro. No puedo. No quiero. Sí quiero. Nariz.
No duermo. O duermo y me despierto empapada en sudor, con la boca seca y el corazón golpeándome el pecho como si quisiera salirse. Camino en círculos por la casa como una loca. A veces me sorprendo hablando sola. A veces grito. A veces lloro sin darme cuenta.
La caja está ahí. Siempre ahí. Como si me observara. Como si supiera.
Dentro está la posibilidad de empezar de nuevo. De volver al momento justo antes de arruinarlo todo. De volver con Silvia. De salvar lo que fuimos.
Y, sin embargo…
Silvia ya no es esa imagen perfecta que guardaba en la cabeza. Está distorsionada. Duelo. Me confundo. Me abandono una y otra vez, incluso en mis recuerdos. La quiero, la odio. La necesito, pero no sé si es real o solo una costumbre. Un castigo.
Y luego está Sofía.
Sofía, joder. ¿Por qué aparece ahora? ¿Por qué cuando todo está tan roto?
Su risa me calma. Sus ojos me ven, me atraviesan. Y al mismo tiempo, me dejan desnuda, vulnerable. Me siento sucia por pensar en ella. Por desearla. Por imaginarme quedándome aquí, con ella, como si el pasado no me estuviera gritando que regrese.
¿Y si lo hago? ¿Y si vuelves?
Si. Recupero a Silvia. Evita la boda. La diferencia de edad desaparece. Reescribe la historia.
Perfecto, ¿no?
No.
Nada es perfecto. Nada me asegura que funcione. Que Silvia me elija otra vez. Que yo no me canse otra vez. Que no me rompa otra vez.
Y lo peor…
Lo peor es que ya rompí dos líneas temporales.
Dos.
Dos historias que dejo colgando. Dos mundos que se reescriben por mi culpa. Por querer arreglar lo que ni siquiera sabía que estaba roto.
Y ahora estoy aquí, planteándome romper una tercera.
¿Hasta cuándo? ¿Cuántas veces más voy a destruir lo que toco?
Estoy atrapada.
Atrapada entre lo que fui, lo que quise, y lo que podría ser.
Quiero que alguien me diga qué hacer. Que alguien me grite: “Aida, haz esto”. Pero no hay nadie. Solo yo. Solo este caos dentro de mi cabeza que no se calla nunca.
Silvia.
Sofía.
Silvia.
Sofía.
El tiempo.
La culpa.
El miedo.
Y el eco de dos líneas temporales que ya no existen como deberían.
Estoy agotada. Asqueada de sentir. De pensar. De estar tan partida en dos que ya no sé cuál de las dos partes soy yo.
Tres días.
Y ni siquiera abro la maldita caja. No sé qué hora es. No sé si es de noche o de día. Solo sé que no puedo más.
Estoy sentada frente a la caja.
He estado así por… ¿minutos? ¿horas? ¿Otra noche entera?
El miro tanto que ya no sé si es real. Si alguna vez lo fue. Si esto es una pesadilla o un bucle más dentro de mi cabeza rota. El teléfono vibra cada tanto. Mensajes, llamadas perdidas, notificaciones.
Todos me hablan.
Sofía me escribe, me manda audios, intenta quedar. Mis amigos preguntan si estoy bien, si voy a pasarme por el bar, si al final iré al viaje.
Yo respondo con frases cortas.
Con emojis.
Con excusas.
Y a veces ni eso.
Estoy haciendo un esfuerzo ridículo por fingir que sigo con mi vida. Que todo está en orden. Que solo estoy un poco desconectado, nada grave. Una parte de mí incluso se vuelve experta en sonreír por inercia. En no delatar que me estoy deshaciendo por dentro.
Porque… ¿cómo explico esto?
¿Cómo digo: “Estoy pensando en reconstruir una máquina del tiempo para volver con una mujer que ya no me recuerda igual, mientras otra empieza a importarme demasiado y no sé qué hacer con eso”?
65Please respect copyright.PENANA23jJrUIczG
65Please respect copyright.PENANA8j8Me7iY28
¿Cómo se dice eso sin que te encierren?
Así que sigo sola.
Por elección.
O tal vez por miedo.
El mundo sigue girando allá afuera, sí. Pero no porque sea indiferente. Es porque yo me encierro. Porque yo no dejo entrar a nadie. Porque yo me deshago en mil pedazos frente a una caja cerrada… sin que nadie lo sepa.
La caja está frente a mí, esperando desde hace días, como un secreto que sé que debo descubrir, pero que me aterra a partes iguales.
Respiro hondo, cuento hasta tres y levanto la tapa.
Dentro, el olor a papel viejo ya tinta me golpea como una ráfaga inesperada. Hay planos meticulosamente doblados, hojas con fórmulas que apenas recuerdo, fotografías arrugadas y varios discos duros con etiquetas borrosas.
Me siento en el suelo, rodeado de ese caos organizado, y empiezo a sacar cada papel con cuidado. Los extiendo sobre la mesa y el suelo, intentando encontrar sentido entre tantos datos dispersos.
Entre los documentos, encuentro un sobre sellado, diferente a todo lo demás. Tiene mi nombre escrito con la letra característica de Marcos, esa mezcla de precisión y cariño.
Mis manos tiemblan al abrirlo. Dentro, una carta. La leo despacio:
“Aida,
Si lees esto, significa que he partido, pero también que tienes en tus manos la llave para seguir adelante.
He dejado todo lo necesario para que reconstruyas la máquina. No solo los planos y los cálculos, sino también las correcciones que aprendí con el tiempo. Sé que la idea de volver al pasado es tentadora, pero esta vez te pido que lo hagas con el corazón y la mente abiertos. En esta carta encontrarás una dirección. Es el lugar donde guardé una pieza fundamental, algo que nunca quise que cayera en las manos equivocadas.
Sigue las indicaciones al pie de la letra. No te presiones, no te rindas. Esta es tu misión ahora, y sé que estás preparado.
Con todo mi respeto y admiración,
Marcos.”
65Please respect copyright.PENANAMedVpWZm5u
Me quedo inmovil con la carta entre las manos, con un nudo en la garganta.
Es como si, aunque ya no esté, Marcos me sigue guiando una vez más. No solo con palabras, sino con la esperanza de que esta vez yo pueda hacer algo distinto. Algo mejor.
Leo y releo cada línea, como si así pudiera absorber la serenidad de Marcos, como si su fe en mí pudiera arrastrarme hacia adelante.
Pero no.
El corazón se me encoge.
El pecho se me cierra.
La cabeza me da vueltas.
Todo es demasiado.
Las fórmulas.
La dirección.
Las instrucciones.
La responsabilidad.
El eco de sus palabras.
Mi propio miedo.
Guardo la carta con manos temblorosas y, una a una, devuelvo las piezas del rompecabezas a la caja. La cerro con torpeza, casi con rabia, como si pudiera contener ahí todo lo que no sé manejar.
No lloro.
No grito.
Solo me quedo en silencio. Bloqueada. Vacía.
Entonces miro el teléfono.
Diez mensajes de Sofía.
Cinco llamadas perdidas.
Audios sin abrir.
Todos de las últimas horas.
¿Estás bien?
"Te noto rara."
"Solo diez centavos si necesitas algo."
"Aida..."
No los abras. No puedo. No tengo fuerzas.
Pero ahora… ya no quiero estar sola.
Necesito salir de esta niebla.
Necesito a ella.
Abro el chat y escribo sin pensar, sin suavizarlo:
—Sofía, por favor. ¿Puedes venir? Ahora.
Segundos después, otro mensaje:
—Dime dónde estás.
Me arde el estómago.Nunca la he dejado entrar. No del todo.
Dudo un instante, pero envío la dirección.
—Estoy en casa. Te paso la ubicación.
Su respuesta llega al minuto:
—Voy. No te muevas.
Cierro los ojos. Exhalo por primera vez en horas. No porque todo esté bien, sino porque, al menos por un momento, no voy a estar sola con esto.
No se lo contaré. No aún.
Pero ella es mi refugio. Mi única pausa en esta tormenta. Y al fin… la estoy dejando entrar.
El móvil vibra otra vez:
—Ya voy en camino.
Dejo el teléfono boca abajo y me siento en el borde del sofá, con el corazón golpeándome fuerte. No sé qué le voy a decir. Solo sé que la necesito cerca.
Entonces suena el timbre.
Me sorprende lo rápido que ha llegado. Me levanto, respiro hondo y abre la puerta sin pensarlo demasiado.
Pero no es Sofía.
Son mis madres. Y Silvia.
—¡Hola, cariño! —dice una de ellas, dándome un beso rápido—. Nos dejamos las llaves y por eso llamamos al timbre. Estábamos en casa de la madre de Silvia y pensamos venir a verte, ya que sabíamos que hoy estabas sola. ¡Trajimos pasteles!
Silvia sonríe con naturalidad, con una calidez que me desarma un poco.
—Hola, Aída. ¿Te molestamos? —pregunta con esa voz tranquila, amable, que antes era refugio y ahora solo me confunde.
—No, claro que no… —respondió, tragando saliva—. Pasado.
Entra como si nada. Como si no hubiera historia. Como si todo estuviera en orden.
El timbre suena de nuevo.
Un presentimiento me atraviesa el pecho.
Abro. Esta vez sí es Sofía.
Lleva una chaqueta fina, el pelo alborotado por el viento y una expresión de alivio al verme.
—Hola —dice, con una pequeña sonrisa.
—Buenas —respondo, apartándome para dejarla pasar. Solo con tu presencia ya respiro mejor.
Sofía entra y se cruza con la mirada de Silvia, que aparece desde la cocina con una bandeja en las manos.
—Hola, soy Silvia —dice con amabilidad—. Amiga de la familia desde hace siglos.
—Encantada. Soy Sofía —responde ella, algo tímida.
Mi madre asoma radiante, como si todo fuera una comida familiar planeada:
—¡Estupendo! Pues ya que estáis las dos, venid a mendar. Hemos traído pasteles. ¿No es genial, Aída?
Sin respuesta. Mi cuerpo ya actúa por mí: tomo a Sofía suavemente de la muñeca y tiro de ella, con una urgencia que ni yo misma entiendo del todo.
Oh sí.
No quiero compartirla.
No quiero verlas a las dos en la misma mesa.
No quiero que esos mundos se mezclen.
—Vamos a mi cuarto —digo sin mirar a nadie.
Sofía me sigue, sorprendida. Antes de entrar en el pasillo, se gira y suena tímida:
—Encantada de conocerlas.
Silvia no contesta al instante. Yo observa. Sujeta la bandeja con fuerza, como si pesara más de lo que debería. Después sonríe también, pero su voz suena distinta. Más baja. Más rígido.
—Igualmente.
Lo siento en la espalda mientras me alejo: su mirada, fija, punzante. Sé que algo en mi gesto ha sido d
65Please respect copyright.PENANAHwZRCQJAha
emasiado claro. Demasiado sincero. Y aunque aún no somos nada, sé que acabo de poner a Sofía bajo una luz que Silvia no va a apartar fácilmente.65Please respect copyright.PENANAodpYq0yrFE


