Capítulo 18 – La máquina del tiempo
El mareo se me pasa de golpe en cuanto la luz blanca se disuelve. El aire huele distinto, más limpio, cargado de nervios jóvenes y de futuro sin estrenar. Estoy de pie en el patio de la universidad, en esa explanada llena de bancos de piedra y árboles que dan sombra en las horas muertas entre clases.
Lo reconozco al instante. No solo por los muros ni por el suelo lleno de hojas secas. Lo reconozco porque ese es el lugar exacto. El día exacto. El inicio de todo.
Y ahí estoy.
Mi yo más joven, con la mochila colgando de un hombro, un cuaderno apretado contra el pecho. Parezco tan insegura que me da hasta ternura. No dejo de morderme el labio, como si tuviera miedo de existir demasiado.
Y entonces la veo a ella.
Silvia.
Está a unos metros, caminando con dos amigas, el sol, pegándole en el pelo castaño, haciéndola brillar como si todo alrededor hubiera sido puesto solo para enmarcarla a ella. Y no está sola. A su lado, riendo igual de fuerte, están Paula y Susana, versiones jóvenes de las mujeres que llevo viendo toda mi vida. Me estremezco.
Están las tres juntas, inseparables, con esa complicidad que parece imposible de romper. Hablan rápido, se señalan cosas en el aire, se empujan entre carcajadas.
Mi yo del pasado levanta la vista y se queda clavada. Ese segundo en que mis ojos y los de Silvia se cruzan por primera vez. Un choque eléctrico, como si el universo hubiera decidido darme un destino.
Ahora, desde aquí, lo veo diferente. Lo veo con el peso de lo que sé. Con la claridad cruel de los años que siguen.
Aprieto los dientes.
Quiero correr hacia mí misma y agarrarme por los hombros, gritarme: no confundas esa chispa con amor, no confundas ese brillo con salvación. Porque lo que viene después no es entrega, es consumo. Lo que yo llamo destino es una trampa disfrazada de promesa.
Silvia sonríe, inclinando la cabeza hacia mis madres jóvenes, que ríen con ella. Y ahí lo comprendo: desde el principio está todo enredado. No solo Silvia y yo, sino también ellas, las tres juntas, como un lazo que me ata mucho antes de poder elegir.
Trago saliva.
—Siempre estuvo decidido, ¿no? —murmuro, sabiendo que nadie me escucha—. Desde ese mismo instante quedo atrapada.
Me duele. Me duele verla tan viva, tan radiante, cuando sé que esa luz me ciega durante años. Que me entrego a ella sin reservas y lo único que recibo son migajas, momentos clandestinos y la eterna promesa de algo que nunca se cumple.
Un nudo me aprieta el estómago.
Ahora lo sé: esa obsesión, esa máquina que me empeño en reparar, no es para recuperar amor. Es para recuperar una mentira.
Y mientras miro, una punzada me atraviesa el pecho. Porque al aferrarme a Silvia y a lo que creo que es, estoy matando lo único real, lo único puro que tengo en años: Sofía.
Me tapo la boca con la mano.
El corazón me late con furia, entre rabia y miedo.
No es amor ya. No lo es. Y tengo que dejar de fingir que lo es.
El vértigo me sacude otra vez. La luz me arrastra y cuando puedo abrir los ojos ya no estoy en el patio. Estoy en mi habitación de entonces.
El escritorio lleno de papeles, la ventana abierta dejando entrar la brisa del verano, la colcha desordenada. Y en esa cama estoy yo… con Silvia.
Me quedo helada.
No puedo moverme hacia ellas, no puedo hablar, soy solo un fantasma observando desde un rincón. Pero lo veo todo con una claridad insoportable.
Ella, más joven, preciosa, con esa sonrisa que parece borrar todo lo malo. Yo, torpe, nerviosa, escondida bajo las sábanas como si reír y callar, bastara para sostener un mundo que ya está condenado.
Silvia me acaricia el brazo, me dice algo en susurros que no alcanzo a oír desde aquí, pero lo recuerdo. Recuerdo cómo lo siento. Recuerdo creer, con cada fibra de mi cuerpo, que aquello es real, que ahí empieza algo verdadero.
Y me duele.
Porque desde este lado, desde esta distancia cruel, veo la mentira.
Lo que guardo como prueba de amor es también el inicio de mi silencio. Ahí empiezo a encogerme, a no pedir, a esconder lo que siento para no incomodarla.
Me tapo la boca con la mano.
—Dios… —susurro—. Ahí empieza todo. El miedo. La trampa. La forma en que me convenzo de que con callar basta.
El corazón me estalla de rabia y tristeza.
En esa cama me oculto de Silvia, igual que ahora me oculto de Sofía. Repito el mismo patrón, arruino lo único puro que tengo, enterrándolo bajo las mismas excusas.
Me doblo sobre mí misma.
—Quizá el problema nunca fue Silvia… —escupo, con los ojos clavados en esas dos figuras jóvenes—. Quizá siempre fui yo. Yo, que no sé mostrarme entera. Yo, que me escondo. Yo, que me conformo con migajas y llamo a eso, amor.
Silvia, joven se gira hacia mi yo del pasado y sonríe, como si lo que tuviera delante fuera suficiente. Como si todo estuviera bien.
Y yo… yo no puedo más.
La habitación empieza a deshacerse en destellos otra vez, la máquina arrancándome de allí. Me aferro a esa imagen, aunque me destroce, porque necesito no olvidarla: no fue amor, fue miedo. Y si sigo escondiéndome, voy a repetir la historia con Sofía. Voy a perderla.
La luz me traga de nuevo y siento como si mi cuerpo se rompiera en mil fragmentos. Cada fragmento, un recuerdo. Cada recuerdo, Silvia.
La universidad.
El bar.
Mi cama.
Los pasillos de su casa.
Las noches de huida, de silencios, de besos que saben a prohibido.
Revivo todo a la fuerza, como si alguien abriera de golpe todos los cajones que juré mantener cerrados. Y lo siento: la ilusión, el deseo, el vértigo. Pero también la mentira, el miedo, el vacío.
Y entonces lo noto.
Una punzada en el pecho. Un eco que no pertenece a esos recuerdos.
No es Silvia quien ocupa mi mente.
Es Sofía.
Cada vez que la máquina me arrastra a un instante con Silvia, aparece ella. Su risa torpe en mi memoria, su manera de mirar como si pudiera atravesarme, su calor distinto, limpio, sin condiciones.
Me golpea la verdad, brutal, incuestionable: mientras revivo cada caricia de Silvia, lo único que pienso es en cómo sería con Sofía. Mientras escucho las palabras que entonces me parecían dulces, solo escucho en mi cabeza su voz llamándome “Aida” de esa forma suya que me desarma.
Cierro los ojos, los aprieto con fuerza, pero la máquina no me suelta. La contradicción me desgarra.
—Dios… —susurro, temblando—. Todo este veneno... y lo único que siento es que quiero estar con ella.
Me miro a mí misma, a mi yo joven, aferrada a Silvia como si me fuera la vida en ello.
La máquina me sacude otra vez. El aire cambia. El tiempo me arrastra sin preguntar, y cuando abro los ojos estoy en la calle donde vive Silvia. Frente al portal donde tantas veces me quedo esperándola con miedo a que no baje.
Y ahí estoy: yo, más joven, con los ojos hinchados de llorar, golpeando la puerta como si de eso dependiera mi vida.
—Silvia, por favor… —me escucho suplicar, la voz quebrada, el cuerpo encogido de desesperación.
El recuerdo me atravesó como un cuchillo. Esa es la primera vez que la pierdo. La primera vez que mis miedos me hacen desaparecer de su vida sin explicación. Y la primera vez que me arrastro para que me deje volver.
La veo bajar las escaleras, seria, agotada. Ni siquiera habla al principio. Me mira con esa mezcla de fastidio y ternura que tanto me confundía. Y yo, mi yo del pasado, me doblo frente a ella, como si no tuviera dignidad.
—No lo volveré a hacer, lo juro. Solo dame otra oportunidad.
Me duele mirarlo. Porque sé lo que viene después: esa no es la última vez que desaparezco. Silvia me perdona, pero nunca me da del todo su vida. Lo nuestro es siempre ese ciclo: perderme, arrastrarme, volver a empezar.
La máquina me obliga a contemplarlo, a quedarme ahí como una espectadora incapaz de intervenir. Y siento una rabia profunda hacia esa versión de mí que no supo decir “basta”.
Suspiro, con un peso en el pecho.
—Ese es el principio del final —murmuro—. Ahí quedo enganchada a algo que nunca va a ser mío.
Y es extraño, porque en lugar de dolor, siento un cierre. Como si al ver esa escena desde fuera, por fin pudiera aceptar que Silvia no es mi historia, sino mi herida. Que lo que compartimos no es amor, sino un reflejo de mis propias carencias.
La máquina vibra. La imagen tiembla. Silvia y yo, más jóvenes, se desdibujan ante mis ojos como arena que se escapa de las manos. Y lo sé: me está devolviendo al presente.
Pero antes de que todo desaparezca, un último pensamiento me golpea con fuerza:
¿Cuánto más voy a tardar en dejar de huir? Porque si no despierto, voy a perder a Sofía, igual que me perdí a mí misma con Silvia.
Sonrío, agotada, con el pecho todavía encendido por la máquina y por todo lo que me quema dentro. Dos días. Solo dos días para dejar de pensar en todo esto y vivir algo que de verdad merece la pena.55Please respect copyright.PENANArgPRxpnQD5


