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La cocina está en silencio, rota solo por el zumbido de la nevera y algún plato olvidado en el fregadero. Me dejo caer contra la encimera, aun arrastrando la resaca y el cansancio del turno. Justo cuando creo que voy a tener unos minutos de paz, escucho la puerta batiente.
—Sigues aquí? —dice Sofía, apareciendo con las manos vacías.
—Ya me iba —respondo rápido, recogiendo un cuchillo que ni siquiera necesito.
—Ajá… —se cruza de brazos, con esa sonrisa torcida que nunca anuncia nada bueno—. Qué raro. Siempre dices que te vas, pero nunca lo haces.
Me río por lo bajo, intentando cortar la tensión antes de que me ahogue.
—Pues mira que eres insistente, Sofía.
— ¿Y tu mira que eres fácil de provocar? —su contraataque es inmediato.
—Fácil núm. Te dejo ganar para que no llores.
—Ah, claro… —inclina la cabeza, divertida—. Lo tuyo es pura caridad.
—Exacto. Soy generosa.
La carcajada nos rompe al mismo tiempo. Parecemos dos niñas en un recreo, pero debajo de esa risa tardía un pulso más serio.
Sofía da un paso más hacia mí, apoyándose en la barra.
—¿Sabes qué eres?
—Un encanto —respondo antes que ella, con ironía.
—Una pesada.
—Una pesada que te gusta.
—Que me saca de quicio.
Intento rodar los ojos como si nada, pero la sonrisa se me escapa. Y lo peor es que ella lo ve, siempre lo ve.
Me enderezo un poco, como si buscara recuperar el terreno.
—Si sigues así, Sofía, voy a tener que cobrarte tarifa, por tanto vacil.
— ¿Tarifa? Entonces dame un pack completo, que pienso quedarme a largo plazo.
—¿A largo plazo? Qué confianza…
—Sabes ¿qué es lo peor? —baja la voz y sus ojos se clavan en los míos—. Que no me mandas a la mierda. Nunca.
Trago saliva, pero finjo ligereza.
—Lo mismo es porque estoy esperando el momento perfecto.
—Ya… —susurra ella, con una media sonrisa—. Ese momento nunca llega.
La cocina queda en silencio. Nuestras risas se apagan despacio, como si alguien bajara el volumen de golpe. Sofía no se aparta, y yo tampoco me muevo. Su proximidad me quita por dentro más que la resaca.
En un intento de escapar, me giro hacia la pila para enjuagar el cuchillo inútil que sigo agarrando. Pero Sofía se acerca a lo suficiente para que, al pasar, su hombro roce el mío. Un contacto leve, casual para cualquiera… salvo que no lo es.
Me sobresalto apenas, y ella lo nota. Claro que lo nota.
—Tranquila —murmura con una calma que me desconcierta—. No muerdo… si no me dejan.
La miro de reojo, intentando parecer firmeza.
—Eres insoportable.
—Y aun así no me echas. —Su sonrisa se amplía apenas un centímetro, pero me golpea en el estómago como un puño.
El roce se alarga cuando apoya la mano sobre la encimera, tan cerca de la mía que con un gesto torpe podría confundir los dedos. No lo hace, no me toca del todo, pero deja la insinuación flotando entre nosotras.
Me obliga a reír, a devolverle la broma.
— Debería cobrarte doble tarifa por esto.
—Entonces págame tú cuando quieras. —Su respuesta me desarma, y antes de que pueda reaccionar se separa, como si nada hubiera pasado.
Me quedé con la sensación de que el aire pesa más que antes, como si la cocina hubiera guardado el secreto.
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Una semana después el hotel sigue funcionando, los turnos corren como siempre, el ruido no baja ni un segundo. Y, sin embargo, noto un hueco. El comedor suena distinto sin la voz de Sofía, atravesando las sobremesas o sus comentarios, colándose entre las bromas del grupo. Es como si se hubiera apagado un foco que no me daba cuenta de que estaba encendido.
Alberto se ríe de mí:
—Mira, Aida, ya puedes descansar tranquila. Una semana entera sin que Sofía te moleste.
Asiento, hago como si lo agradeciera, pero sé que no es cierto. No es descanso. Es silencio.
La noto en cada esquina donde solía estar. En la barra, donde siempre improvisaba ocurrencias. En el comedor, donde reía demasiado fuerte. Hasta en la cocina, porque cuando el turno se calma, ya no aparece su sombra con ninguna excusa. Nadie más lo nota, solo yo.
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El WhatsApp se convierte en nuestro cable invisible. Ella manda fotos desde la playa: pies hundidos en la arena, un vaso de cerveza con espuma derramándose, un atardecer naranja. Y siempre algún mensaje que me descoloca:
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"Aida, hoy escuché una carcajada que me recordó a ti."
"No estabas, y me asusté."
"Te extraño un poco."
"Vale, muchísimo. ¿Contenta?"
"Hoy me tomé un café y pensé en ti."
"En realidad pensé: contigo sería mucho mejor".
Intento mantenerme neutral, pero al final caigo. No puedo evitar responder.
"Normal, sin ti me falta ambiente."
"Mentira, me falta otra cosa, pero no lo digo porque luego te creces".
"Seguro que el café estaba dulce... lo amargo lo puse yo al pensarte."
"Lo peor es que tienes razón."
Las conversaciones nunca se quedan frías. A veces empiezan en broma y terminan en confesiones camufladas que ninguna de las dos se atreve a nombrar del todo.
Me descubro riendo sola, esperando el siguiente mensaje, mirando la pantalla como si fuera una extensión de ella. Cada palabra suya me llega como si aún estuviera al lado.
Los días se hacen largos, pero no por agotadores, sino porque la rutina perdió algo. Sin su risa, los turnos pesan un poco más. Y cada vez que el móvil vibra, el hueco se encoge un poco.
Al final, me doy cuenta de que no dramatizo, solo lo noto: la falta de Sofía se siente como un eco en mi día a día. No es que no pueda vivir sin ella, claro que puedo. Pero todo es más plano. Y aunque no lo confiese en voz alta, cuento los días para que regrese.
La primera mañana que no tengo que correr al hotel me levanto tarde, con la sensación extraña de no saber qué hacer con tanto tiempo. El cuerpo me pide calma, dormir más, cocinar sin prisas. Y aún así, por dentro, todo parece torcido.
Intento convencerme de que la semana será un descanso. Dormir, pasear, quedar con Adriana y el resto… pero no pasa ni un par de días cuando Silvia empieza a aparecer en mi casa. No vivimos juntas, nunca lo hicimos, pero entra como si lo fuera. Mis madres la reciben con entusiasmo, porque son ellas las que la ayudan a organizar la boda: flores, menús, música, invitaciones. Yo me cruzo con ella en el pasillo, en la cocina, en el salón. La escucha reír, opinar, acomodarse como si todo le perteneciera.
Y cada vez que lo hace, siento que me roba un poco de aire. No porque quiera volver a estar con ella —esa parte se rompió hace tiempo—, sino porque es mi casa, mi espacio, y verla instalada en él con tanta naturalidad me incomoda. Es un desorden silencioso, una invasión que nadie más parece notar.
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En medio de eso, está Sofía. Lejos, de vacaciones, pero más presente de lo que quiero admitir. Sus mensajes me llegan entre reuniones de boda improvisadas y me sacan de ese ahogo.
—“Me he quemado con el sol, voy a necesitar que me cure cuando vuelva.”
—“Igual exagera un poco.”
—“No, de verdad. Voy a enseñarte las marcas. Vas a reírte”.
—“Prometo reírme, pero no mucho”.
—“Mentirosa, tú no sabes contenerte.”
Me río sola leyendo la pantalla, mientras en la mesa del comedor Silvia y mis madres discuten sobre si las flores de la iglesia blancas deben ser o color marfil. Nadie entiende qué me hace sonreír. Mejor así.
Los días se repiten con esa mezcla rara: el ruido de la boda en casa y los silencios llenos de Sofía en el móvil. Para escapar, yo junto con Adriana, con Fran y Fabrizio. Una tarde vamos a tomar cañas; otra, al cine. Entre risas y conversaciones, noto que ellos perciben algo en mí, aunque no lo digan del todo. Adriana, que siempre fue la más directa, me suelta de repente:
—Tú últimamente sonríes sola, y no me digas que es por las series.
—Exageras —respondió, esquivando con una carcajada.
—No, no exagera —interrumpe Fran—. Hasta Fabrizio se dio cuenta el otro día.
—Debe de ser el descanso —digo, dándole un sorbo a la cerveza, como si eso bastara para cerrar el tema.
Pero sé que no cuela. Y aunque intenten sacarme más, prefiero dejarlo en el aire.
Las quedadas me hacen bien: una pizza en el piso de Adriana, una tarde de juegos tontos con Fran, un paseo improvisado que acaba en el banco del parque hablando de todo y de nada. Son momentos en los que el peso de Silvia desaparece. Pero ni siquiera así dejo de esperar el sonido del móvil.
Porque Sofía está lejos, sí, pero me escribe como si estuviera aquí.
—“¿Qué haces?”
—“Con Adriana y los demás.”
—“Te dejo entonces, no quiero competir”.
—“Tú ganas siempre, aunque no lo quieras”.
—“Ahora la que sonríe sola soy yo.”
Leo sus palabras y siento que ese hueco se llena un poco, aunque sé que es solo temporal. Ella no sabe nada de Silvia, ni de los días raros que paso en casa, y yo prefiero no contarlo. No quiero que piense mal, ni que crea que todo esto me confunde más de lo que ya lo hace.
Cada noche me voy a la cama con la misma mezcla: el ruido de Silvia que se queda pegado en el aire, y la calma de Sofía a través de la pantalla. Y aunque intento convencerme de que es solo una semana, me repito que pronto todo volverá a la normalidad.
Los días avanzan despacio, como si la semana estuviera hecha de horas más largas de lo normal. Entre turnos más suaves en el hotel y escapadas con Adriana y los chicos, trato de convencerme de que estoy descansando. Pero en realidad solo lleno de huecos, busco distracciones que no duran lo suficiente.
El hotel se siente raro sin Sofía. El bar funciona igual, las bandejas siguen pesando lo mismo, los clientes piden las mismas tonterías de siempre… pero falta algo en cada turno. Es como si el aire se hubiera quedado plano. Me descubro varias veces girando la cabeza hacia la barra para hacer un comentario, solo para recordar que no está. Y cuando me doy cuenta, me muerdo el labio con fastidio. No quiero ser la que se queda esperando.
Adara lo nota. Al salir del trabajo un par de tardes, me arrastra sin preguntarme demasiado.
—Vamos, necesitas distraerte. Si no, vas a empezar a hablarle a las paredes del hotel —bromea.
Y así terminamos en aviones improvisados. Una tarde, en casa de Adriana: Fran se empeña en preparar pasta como si fuera un chef italiano, Fabrizio llega con una botella de vino barata que presume como si fuera de colección, y entre todos montamos un desorden delicioso. Reímos recordando viajes absurdos, fiestas que terminaron en catástrofe, y juegos que hacíamos de adolescentes. Por un momento siento que todo está en calma, que la vida puede seguir con esa ligereza.
Pero incluso entre risas, en mi bolsillo vibra el teléfono y sé que espero un solo nombre en la pantalla.
Los mensajes de Sofía siguen llegando. Y me salvan.
—“Hoy me reí de una tontería y pensé que contigo habría sido el doble.”
—“Eso suena a que me echas de menos.”
—“Te lo digo sin rodeos: sí”.
Al leer este mensaje de Sofía me siento bien.
—“No te acostumbres, que en el hotel sigo sobreviviendo sin ti.”
—“Mentira, hasta los cubiertos preguntan por mí.”
Sonrío sola leyendo eso, con un calor extraño en el pecho. Me escondo un poco porque Adriana intenta fisgonear desde el sofá.
—¿Quién es? —me pregunta, con esa ceja arqueada de detective.
—Nadie… —respondo rápido, y bebe un trago de vino para disimular.
Pero sé que el brillo en mis ojos me delata.
La noche es interminable. Afuera, ni un ruido; solo el viento golpeando las ventanas como si quisiera entrar. Dentro, la casa parece suspendida en un silencio que asfixia.
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El hotel sigue siendo extraño sin Sofía. Ligero, sí, pero vacío. Sus mensajes me sostienen, aunque nada llena el hueco que dejó. Y en casa, cada noche, el mismo fantasma vuelve a aparecer.
Siempre Silvia.
El encuentro en la cocina, otra vez con mi madre, riendo, revisando papeles de la boda. Subo a mi habitación sin detenerme, con el estómago revuelto. Pero no pasa mucho antes de que la puerta se abra.
— ¿Podemos hablar? —pregunta desde el marco.
—Depende.
Entra igual. Se sienta en la cama, demasiado cerca. Me mira, y yo reconozco esa chispa que nunca pierde: una mezcla de rabia y deseo.
—Sé que no debería estar aquí, pero contigo… —su voz baja, casi un gruñido— no puedo controlarme.
Quiero gritarle que no, que lo que desapareció fue ella, que me dejó sin una sola palabra cuando más la necesitaba. Pero no lo hago. Porque algo en su mirada me quiebra.
El silencio se convierte en imán. Su mano busca la mía y yo la dejo. Sus labios se acercan, me rozan, y cedo. El beso es lento al principio, casi tembloroso, pero pronto se vuelve una marea que nos arrastra a las dos.
Caemos sobre el colchón. El peso de su cuerpo se mezcla con el mío, su respiración arde contra mi piel. Sus dedos recorre mi cuello, bajan por mi hombro, se enredan en mi cintura. El corazón me late en las sienes. Cada caricia me recuerda lo que conozco de memoria, lo que juré no volver a repetir.
Mis manos, sin querer, buscan también. La agarro fuerte, la acerco más, hasta que casi no hay aire entre nosotras. La pasión tiene filo, es urgente, tóxica. Y lo sé. Pero me siento incapaz de detenerla.
Silvia baja sus besos hacia mi clavícula, hacia el hueco de mi pecho. Su mano se desliza por mi vientre, lenta, segura del camino. Y ahí, justo antes de que toque lo que nunca debería volver a tocar, el grito en mi cabeza se impone.
—¡Basta!
Silvia me mira como si la hubiera traicionado. Y su voz ya no tiembla: ataca.
—Siempre igual. No me niegues que lo quieres. Tu cuerpo me lo grita.
—¿Y de qué sirve, Silvia? —le devuelvo con la voz firme, casi cortante—. ¿De qué sirve si fuiste tú la que me dejó tirada?
Ella aprieta la mandíbula.
—Sin dramatismos. Yo tomo una decisión, la mejor para todos.
-No. —la interrumpo con rabia—. Lo que haces es elegir. Y no me eliges a mí. Eliges casarte, tu vida perfecta, tu futuro seguro. ¡No me vengas ahora con que no puedes controlarte!
Silvia me clava la mirada, fría, con el filo de la culpa convertida en furia.
El silencio se tensa, denso, como un hilo a punto de romperse. Silvia respira fuerte, contenida. Después se levanta bruscamente.
—Algún día vas a arrepentirte de esto.
—Puede ser. —la miro sin pestañear—. Pero al menos no voy a seguir siendo tu segunda opción.
Se queda quieta un segundo, como si pensara en devolver el golpe, pero no dice más. Sale y cierra de un portazo que retumba en toda la casa.
Me dejo caer en la cama, el corazón todavía desbocado. El cuerpo arde, no de deseo, sino de rabia. Porque lo tóxico siempre engancha, pero esta vez no me arrastra del todo.
El móvil vibra. Sofía.
—“Ya falta menos para volver. Te pienso mucho”.
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