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La música nos recibe como una ola en cuanto cruzamos la puerta del bar. Es uno de esos sitios pequeños, con luces de colores que van y vienen como destellos sobre las mesas, y un espacio apenas suficiente para bailar. El grupo se dispersa enseguida: Alberto y Adara riéndose en la barra, Irene saludando a medio mundo, María buscando canciones en la pantalla del DJ.
Yo me quedo algo atrás, todavía con el peso del día sobre los hombros. Pero Sofía no me da tregua.
—Vamos, Aida —dice alzando la voz por encima de la música—. Hoy no se vale quedarse sentada.
Y sin esperarme, me agarro de la muñeca y me arrastro a la pista.
Al principio me resisto, torpe, con esa rigidez de quien no sabe dónde meter el cuerpo. Pero Sofía se mueve con tanta naturalidad, tan segura, que al poco ya no me importa el resto. Solo verla sonreír, sentir cómo se acerca más de la cuenta, cómo sus manos a veces rozan mi brazo o mi cintura como si fuera casualidad
Los demás bailan cerca, pero es como si nosotras estuviéramos en otra parte.
—¿Lo ves? —me grita al oído, inclinándose hacia mí. Tiene el cabello suelto y el perfume que siempre me desarma—. Esto es lo que necesitabas.
Sentado, riendo, sintiendo el calor del alcohol que ya me recorre. No recuerdo cuántos tragos llevo, pero cada uno me afloja un poco más, me arranca capas de ese coraza que me empeño en sostener.
Y entonces pasa: la busco. No me doy cuenta de cuándo empieza, pero lo cierto es que, cada vez que giro, la miro. Cada vez que suena un estribillo fuerte, es a ella a quien busca. Ella también. Es un juego silencioso, un hilo invisible que nos mantiene unidos aunque el grupo entero esté alrededor.
En un momento, María nos interrumpe riendo para arrastrar a Sofía hacia el centro, pero ella se suelta rápido y vuelve hacia mí, como si nada
—No me pierdo —me dice bajito, con esa complicidad que me enciende las mejillas.
La noche se desborda en carcajadas, canciones mal cantadas, fotos que luego nadie querrá ver. Pero siempre nosotras, cerca. Yo me apoyo demasiado en su hombro cuando río, o ella me pasa un vaso antes de que yo lo pida.
Entre trago y trago, siento la cabeza más ligera, las defensas cayendo como piezas mal apiladas. En la última canción, estamos otra vez bailando solas, separadas del grupo. Sofía me sostiene de la cintura, firme, y yo dejo caer mi frente en su hombro un instante más de lo permitido. Cierro los ojos. El mundo gira, sí, pero en ese segundo es solo ella.
No cruzo la línea. No lo hago. Pero es lo más cerca que he estado de hacerlo
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La calle está casi vacía cuando salimos del pub. El aire fresco me golpea en las mejillas y siento el contraste con el calor sofocante que ha quedado adentro, entre la música y los cuerpos apretados. Río, todavía mareada, mientras Sofía me sostiene del brazo para que no tropiece en el borde.
—Cuidado —dice, entre divertida y protectora.
—No estoy tan mal —protesto, aunque mis pasos desmienten mis palabras
Avanzamos despacio, detrás del grupo que ya se dispersa en direcciones distintas. Las voces de los demás se van apagando poco a poco hasta que quedamos casi solas, acompañadas solo por la luz anaranjada de las farolas. Siento entonces que la noche se recoge, que lo que queda es solo para nosotras.
—¿Llegas bien a casa? —me pregunta Sofía. Tiene la chaqueta de medio hombro caído, y su cabello enredado brilla con los reflejos de las luces.
Asiento, aunque no estoy del todo segura de lo que quiero responder. Sí sí, sí no… sí en realidad espero otra cosa.
Nos detenemos en la esquina, donde debo tomar otra calle. Y es ahí cuando el silencio se vuelve demasiado denso. Un silencio cargado, como si hubiera palabras suspendidas que ninguna se atrevería a pronunciar.
Bajo la mirada al suelo, luego la levanto y la encuentro de frente. Está tan cerca que podría contar las pecas en su nariz. El alcohol me ha borrado parte de las dudas, pero no todas; lo suficiente, eso sí, como para no apartarme
—Bueno… —murmuro, aunque no sé cómo terminar la frase.
Sofía me sostiene la mirada, fija, intensa. Su media sonrisa se borra por un segundo, como si dudara de si debe seguir ese impulso que flota entre nosotras.
La respiración se me acelera. Podría echarme atrás, decir buenas noches y dar la vuelta. Pero no lo hago. Y ella tampoco. Nos quedamos ahí, quietas, como si el mundo se hubiera detenido en ese pedazo de acera.
—Aida… —susurra. Mi nombre en su voz suena distinto, más íntimo, más cercano.
Trago saliva. Quiero responder, pero las palabras se me deshacen en la boca. Lo único que hago es dar un paso mínimo hacia ella, casi imperceptible, pero suficiente para acortar la distancia.
Sofía alza una mano y, con la yema de los dedos, me roza la mejilla. Es apenas un instante, un gesto tan suave que podría pasar por accidente… pero no lo es. Ese toque me recorre entero, como un chispazo
Me atrevo a cerrar los ojos, solo un momento. Bastaría con inclinarme un poco más. Bastaría con que ella lo hiciera. El mundo entero cabe en esos centímetros que nos separan.
Pero no pasa. Ella retira la mano lentamente, con un suspiro que no sé si es alivio o frustración. Y entonces vuelve la sonrisa, esa que esconde más de lo que dice.
—Descansa, Aida —murmura, como si la noche no hubiera estado a punto de romperse.
Me quedo quieta, clavada en el suelo, con la piel ardiendo donde me ha tocado. La veo alejarse, sus pasos firmes en la acera, mientras yo todavía tiemblo. No hemos cruzado la línea… pero hemos estado peligrosamente cerca, demasiado cerca
Me quedé en la esquina unos segundos más, riendo nervioso y con un nudo en el estómago. Y mientras emprendo el camino a casa, entiendo que lo que me asusta no es lo que ha pasado, sino lo que puede pasar la próxima vez
El olor a sofrito y pan recién horneado impregna la cocina del hotel. Es la una del mediodía y ya estoy hundida entre comandos, sartenes y ollas que escupen vapor como si no hubiera tregua. La resaca de la noche anterior me golpea la sien con cada golpe de sartén, pero lo peor no es el cansancio: lo peor es saber que en cualquier momento Sofía va a cruzar esa puerta.
Y, como si lo hubiera presentado, entra.
—Vaya, vaya… —su voz cantarina se impone entre el bullicio, con la bandeja en alto—. Nuestra cocinera estrella sobrevive hasta los afters. Quién lo diría.
Ruedo los ojos, intentando que no se me escape la sonrisa.
—Buenos días, Sofía.
Ella deja la bandeja en la barra y me escanea con descaro, con esa sonrisa torcida que llevo grabada desde anoche.
—Buenos, dice… yo diría regulares. —Se inclina un poco hacia mí, bajando la voz—. ¿Mal despertar… o exceso de copas?
El calor me sube de golpe al rostro. Me escondo tras la sartén, removiendo la carne con más fuerza de la necesaria.
—Haz tu trabajo y no te preocupes del mío.
—¿Trabajo? —repite, con falsa inocencia—. Sí, te estoy ayudando, Aida. Mira qué rápido puedo animarte. —Alza las cejas y añade sin pudor—. Dime… ¿Te gustan más poco hechos o bien duras?
El cucharón casi se me cae de la mano.
—¿Qué?
Sofía sonríe como una gata, disfrutando cada segundo.
—Las carnes, mujer. ¿En qué estabas pensando?
Una carcajada suya explota en la cocina, contagiando incluso a María, otra de las camareras, que ni siquiera sabe de qué va la broma. Giro la cara para que no se note cómo me arden las mejillas.
—Estás fatal —mascullo, aunque se me escapa la risa.
Sofía se inclina lo suficiente para rozarme el brazo con el hombro
—No lo niegues, Aida. Te encanta que te haga esto.
Me quedo muda, moviendo la sartén por inercia. Sí, me encanta. Pero no pienso admitirlo. Ella lo sabe. Y juega.
El turno avanza a toda velocidad. El comedor está lleno, la cocina arde. Pero cada vez que Sofía cruza esa puerta encuentra la manera de provocarme: un roce al pasar detrás de mí, un “permiso” susurrado al oído, un guiño cuando deja una orden.
—Mesa siete pide ensalada… con aliño suave. Aunque a ti yo te pondría algo más picante —dice en un momento, dejándome la nota con total descaro.
Levanto la mirada con el cierre fruncido, pero no consigo sostenerla mucho tiempo.
—Sofía…
Ella arquea la ceja, triunfante.
—¿Qué? Solo hablo de comida.
La muy descarada se da la vuelta riendo, dejando su perfume flotando conmigo entre ollas y vapores
En una de esas idas y venidas, se me pega demasiado al pasar por detrás y casi me tira el plato de guarnición de patatas que llevo en la mano.
—Perdona —murmura, aunque la sonrisa la delata.
—¿De verdad no sabes pasar sin empujarme? —le digo, intentando sonar seria.
—Es la cocina la que es pequeña. Yo no tengo la culpa de que siempre estés en medio —contesta, dándome un toque suave en la espalda con la bandeja.
Tengo que morderme la lengua para no reír demasiado alto
Ya al final del servicio, cuando el salón empieza a vaciarse y el cansancio me vence, Sofía aparece otra vez en la cocina con un vaso de agua en la mano. No dice nada al principio: solo se apoya en la barra y me mira. Yo finjo estar concentrada cortando unas limas, pero el silencio me pone más nerviosa que cualquier broma.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, Aida? —pregunta al fin.
Levanto la vista con cuidado.
—¿Ahora qué inventas?
Ella se acerca despacio, acortando la distancia hasta que puedo oler otra vez su perfume.
—Que cuando intento provocarte… nunca falla. Siempre te pone nerviosa. —Sonríe despacio, disfrutando de mi desconcierto—. Y te queda tan bien.
Quiero responder, devolverle la broma, pero la voz no me sale. Solo bajo los ojos, hacia la tabla, como si las limas fueran lo más importante del mundo.
Sofía ríe bajito, satisfecha, como si hubiera marcado otro punto en un juego que solo ella domina
—No te preocupes, Aida. No pienso dejar de hacerlo. Me divierte demasiado.
Da un paso atrás, ligera, y desaparece de la cocina con el vaso en la mano. Me quedo quieta, con las manos temblando y el pecho ardiendo, sabiendo que la partida apenas empieza.
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El comedor del personal está lleno de ruido, olor a guiso y platos calientes. El bullicio del servicio todavía flota en el aire, pero ahora todos se han sentado a comer. Me dejo caer en una silla con mi bandeja delante, deseando solo un poco de silencio. La resaca aún me late en la sien y, entre tanto, jaleo, lo último que quiero es que alguien mencione la noche anterior.
Pero claro, es pedir demasiado.
—No puedo con vosotras, de verdad… —dice María entre carcajadas, con la boca medio llena—. ¿Os acordáis de la cara del camarero cuando Alberto se estampó contra la pared en pleno perreo?
La mesa entera se desploma en risas. Sofía casi se atraganta, golpeando la mesa con la mano
—¡Y con el cubata en la mano! —añade, llorando de risa—. Medio local empapado, y el tío todavía intentando seguir bailando como si nada.
—Yo creo que aún huele a ron en esa pared —apunta uno de los de barra, provocando una nueva ronda de carcajadas.
Sonrío, mordiéndome el labio, pero sin levantar mucho la vista del plato. No quiero llamar la atención. No quiero que nadie note nada. Aunque es inútil.
—Y tú, Aida… —salta María, señalándome con el tenedor—. Tampoco te escapas, ¿eh? Menuda carita traías cuando Sofía te arrastró a bailar.
Levanto la mirada con calma, aunque siento cómo me arden las mejillas.
—No estaba tan mal…
—¿Qué no? —me corta Sofía, apoyando el codo en la mesa, con los ojos fijos en los míos—. Bailabas demasiado bien para “no estar tan mal”. —Hace una pausa con esa sonrisa torcida suya—. Y demasiado pegada, diría yo.
Las risas recorren la mesa, pero el corazón me da un vuelco.
—Eso sí… —continúa, inclinándose un poco hacia mí, con voz más grave—. La próxima vez que te agarre de la cintura… mejor me avisas si quieres que no te suelte
Un par de compañeros silban como si fuera otra broma más, y alguien suelta un “¡Qué fuego en esa pista!”. Yo, en cambio, me atraganto con el agua y dejo el vaso sobre la mesa con torpeza.
—Sofía… —murmuro, medio seria, medio suplicante.
Ella sonríe como si nada, girando el tenedor entre los dedos.
—¿Qué? Si solo te estaba cuidando. —Hace una pausa y baja la voz, sin apartar los ojos de mí—. Aunque confieso que me gustaba demasiado hacerlo.
Me remuevo en la silla, con las orejas ardiendo. ¿Por qué siempre consigue desarmarme? Intento clavar la vista en el plato, pero siento que la mesa entera se da cuenta de algo. El resto sigue riéndose, pero ella sabe perfectamente que conmigo es distinto.
—Pues más vale que la sigas cuidando —bromea María, pellizcando un trozo de ensalada—, que necesitamos a Aida entera en la cocina.
Sofía ladea la cabeza, con una sonrisa lenta, peligrosa
—No te preocupes, María. Si hace falta, la cuido yo. —Me recorre de arriba abajo con descaro—. Conmigo no se quema nada… aunque se caliente.
El tenedor se me resbaló de la mano y golpeó contra el plato de guarnición con un ruido seco. Toda la mesa se estalla en risas, como si fuera una torpeza cualquiera. Yo, en cambio, siento cómo se me corta la respiración.
Sofía, sin perder la compostura, se inclina apenas hacia mí.
—¿Ves, Aida? —susurra entre risas, rozándome con el pie bajo la mesa, rápido, disimulado—. No falla nunca. Siempre reaccionas.
Me quedé helada, con la piel erizada, forzando una sonrisa para no delatarme frente a los demás. No puedo dejar que noten nada. No puedo. Pero por dentro, el pecho me late como si hubiera corrido
Ella se reclina en la silla, satisfecha, y cambia de tema con total naturalidad, como si no hubiera dejado caer una bomba. El resto sigue bromeando sobre la fiesta, entre carcajadas. Yo, en cambio, apenas pruebo bocado. No puedo. Toda mi atención está en Sofía, en cómo juega conmigo incluso delante de todos, en cómo convierte cualquier detalle en un arma peligrosa.
El comedor bulle de risas y platos a medio terminar. El turno de comida ya debería haberse dispersado, pero nadie parece con ganas de moverse. La mesa está llena de vasos, migas y el rumor de la noche anterior que todos van sacando a la luz.
—Yo solo digo una cosa —empieza Alberto, con gesto solemne y un trozo de pan en la mano—: nadie en esta mesa volverá a ver esa pared igual después de mi baile.
Las carcajadas se instalan. María golpea la mesa con la palma, casi atragantada de risa.
—¡Eso no fue un baile, hermano, eso fue un atentado! Si llegas a empujar un poco más, tira la pared abajo
—Por lo menos alguien se atrevió —réplica Alberto, fingiendo ofendido
María, con la sonrisa maliciosa, no tarda en rematarlo:
—Sí, sí… atrevido. Como cuando derramaste el cubata en la mesa de aquel grupo y saliste corriendo.
La mesa vibra de carcajadas otra vez. Yo río también, aunque me duele un poco, la sien todavía. Pero es imposible no dejarse arrastrar
—Eh, eh —salta Alberto, señalándome de repente—. Si vamos a contar todo, que alguien hable de Aida.
Levanto las manos, negando de inmediato.
—No, no, a mí no me metáis en esto.
—¡Claro que sí! —dice María—. ¿O nadie se acuerda de cómo te caías de la risa cada dos minutos… siempre encima de Sofía?
Y ahí está. El grupo ruge entre silbidos y aplausos. Me tapo la cara con una mano, deseando desaparecer.
Sofía, en cambio, sonríe como una depredadora.
—Es verdad… —dice despacio, mirándome de reojo—. No podía dar un paso sin tenerla colgada del hombro.
Para rematar, lo actúa: se echa hacia mí de golpe, ladeando la cabeza con exageración, como si me usara de almohada. Todos revientan de risa. Yo me aparto como puedo, aunque la piel se me incendia
¡Para ya! —protesto, intentando sonar divertida y no nerviosa.
¿Qué? —finge inocencia—. Es que me lo pedías tú, Aida. Cada vez que te apoyabas así, parecías decirme “no me sueltes”.
El murmullo sube de nuevo. Unos se burlan, otros aplauden. Quiero hundirme bajo la mesa. Que se acaba ya. Sofía, en cambio, se reclina tranquila, con esa sonrisa de quien sabe que ha ganado la partida.
—Pues nada, pareja de baile oficial —suelta, Alberto, levantando su vaso—. Brindis por Sofía y Aida.
El coro no tarda en unirse, todos levantando vasos. Yo río con ellos, aunque el corazón me golpea fuerte en el pecho.
Sofía no brinda. Solo me mira.
Y antes de dar un sorbo, murmura lo bastante bajo para que solo yo lo oiga:
—Ya ves, Aida… hasta tus amigos lo notan
Me quedé helada. Sé muy bien a quién se refiere: a Adriana, a Fabricio, a Fran… los de siempre, los que me conocen más que nadie. Si ellos también lo ven… ¿Qué me queda por disimular?
Antes de que pueda reaccionar, Sofía choca su vaso contra el mío con un gesto ligero, triunfal, y da un sorbo lento. Río con el grupo, fingiendo normalidad, pero el temblor en las manos me delata.
El ruido continúa alrededor, las bromas, las carcajadas. Nadie parece darse cuenta de nada. Nadie excepto ella.
Sofía se inclina apenas hacia mí, con esa calma peligrosa suya.
—Relájate, Aida… —susurra, sus labios apenas curvados—. Si no quieres que se note… deberías disimular mejor.
Trago saliva, apartando la vista de inmediato, como si me hubiera pillado desprevenida. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo puede detenerme con una sola frase?
Me obligo a hablar con los demás, a sonreír, a contestar alguna broma sobre la fiesta. Pero la siento ahí, al lado, presente en cada fibra de mi cuerpo. Como si todo mi alrededor estuviera en segundo plano y solo existiera ella.
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