68Please respect copyright.PENANA4J2OBBV3V1
No sé explicar lo que siento. Es como vivir en un limbo. Después de cada encuentro con Silvia me quedo con esa sensación rara: culpable, sucia, arrepentida… pero, al mismo tiempo, con un calor en el pecho que me hace sentir viva otra vez. ¿Cómo puedo odiarla y necesitarla al mismo tiempo? Me odio por no saber cortar de raíz, por volver a caer como si estuviera atrapada en un círculo que se repite una y otra vez.
Esa noche discutimos más fuerte que nunca. Yo con la voz crispada, y Silvia con esa calma peligrosa que le sale cuando quiere tener el control.
—¿Sabes qué es lo peor, Aida? —me soltó de repente, mirándome a los ojos con dureza—. Que ya no eres la misma. Has cambiado. Este último año… no sé en qué momento te volviste tan distante, tan fría. Antes me buscabas, ahora parece que solo esperas que yo me arrastre.
Sus palabras me atravesaron, pero no lo demostré. Crucé los brazos, intentando que no me temblaran las manos.
—¿Y qué esperabas? —le contesté, masticando cada sílaba—. ¿Que me quedara estancada en ti, esperando a que bajaras del pedestal en el que siempre te colocaste? La que cambió fuiste tú cuando decidiste borrarme de tu vida sin una sola explicación.
Silvia apretó los labios. Su respiración sonaba densa, cargada de rabia contenida.
—No me mires así —me dijo, bajando un poco la voz, pero con la misma tensión—. Todo esto, Aida… lo nuestro… estos encuentros, no son más que nostalgia. No busques más. No va a cambiar nada. Me voy a casar. Y lo sabes.
Sentí un vuelco en el estómago. ¿Nostalgia? ¿Eso soy yo?
—¿Nostalgia? —repetí, casi escupiendo la palabra—. ¿Eso es lo que soy para ti? ¿Una excusa cutre para recordar cómo era sentir de verdad antes de meterte en una boda con alguien a quien no quieres?
—No es así… —intentó acercarse, tendiendo la mano, pero yo di un paso atrás.
—Claro que es así. Porque cuando se te pasa la culpa, cuando se apagan tus dudas, vuelves con él. Y a mí me dejas con este vacío que no sé ni cómo llenar.
El silencio cayó entre nosotras, áspero, cargado de reproches y heridas abiertas.
Silvia empezó a dar vueltas por la habitación, inquieta, como buscando algo que la librara de la discusión. Luego se giró hacia mí, con los ojos brillantes.
—Aida, no entiendes… contigo, siento cosas que ni siquiera me atrevo a nombrar. Pero mi vida… mi vida ya está hecha. No puedo romperlo todo por algo que ni siquiera sé si es real.
—Pues yo sí lo sé —respondo, con un nudo en la garganta—. Lo que siento contigo es real. —aunque con el tiempo descubriría que no—. Pero también es un veneno.
Nos miramos largo rato, como esperando que la otra diese el paso definitivo. Y, aun después de toda la rabia, de las palabras que dolieron más que cualquier golpe, acabamos cayendo otra vez en la misma trampa.
Una última vez, nos dijimos sin hablar. Pero en el fondo sabíamos que no lo sería. Porque cada vez que Silvia me tocaba, cada vez que me besaba con esa desesperación, era imposible convencerme de que aquello se había terminado.
Camino hacia el trabajo con los cascos puestos, suena Mónaco de Lagos y Danny Ocean, pero apenas escucho nada. Solo es un ruido de fondo. Una excusa para que la gente no note que voy hablando sola, peleando en silencio con lo que siento.
Mis pasos son automáticos, conozco cada esquina de memoria, pero mi cabeza está en otra parte.
Silvia. Siempre Silvia.
No importa cuánto intente apartarla, siempre vuelve a colarse en cada hueco libre de mis pensamientos. Es un eco que nunca se apaga. Y no entiendo por qué sigo permitiéndolo. Por qué sigo cayendo en sus brazos, sabiendo que después me arrastro por dentro, vacía, sin fuerzas.
Hace meses juré que no volvería a caer. Que la última vez era de verdad la última. Y, aun así, cada vez que me busca, cada vez que me mira con esos ojos que parecen pedir perdón y reclamar lo que es suyo al mismo tiempo… cedo.
—Eres idiota, Aida —me susurro, esperando el semáforo en rojo—. Una idiota, porque sabes que esto no lleva a ningún sitio.
Silvia se casa. Esa frase me golpea como un martillo en la sien. Ella va a casarse con alguien que no soy yo. Con alguien que, se supone, le da la estabilidad que yo nunca pude darle. Y aun así, me busca. Se mete en mi cama. Me roba la calma.
A mi alrededor la gente camina con prisa, ajena a mi tormenta. Yo, en cambio, siento que llevo un cartel enorme en la frente: confundida, culpable, atrapada.
Y lo peor es que en medio de ese caos aparece otra persona. Sofía. No sé en qué momento se me coló dentro, ni por qué cada vez que termino con Silvia pienso en ella. Me da rabia. Me da miedo. Y, sobre todo, no lo entiendo. Sofía está ahí, siempre con esa sonrisa astuta, esa forma de observarlo todo como si pudiera leerme, incluso sin abrir la boca. Y yo, que nunca me dejo descubrir del todo, siento que con ella no me queda escondite.
¿Será por eso que me aterra? ¿Por qué con Silvia todo es dolor, nostalgia y culpa… pero con Sofía lo que siento es diferente? Más limpio. Más… verdadero.
Sacudo la cabeza, como si pudiera espantarla de un plumazo. No debo pensar en Sofía. Bastante tengo ya con sobrevivir a Silvia.
Cruzo la calle y el aire frío de la mañana me despeja un poco. El hotel aparece a lo lejos, ese lugar que en los últimos meses se ha convertido en refugio y también en huida. Allí me esperan los de siempre: Adriana, que me conoce de memoria; Fabrizio, con sus bromas; Alberto, empeñado en sacarnos de la rutina; María y Marta, siempre con planes disparatados. Y Sofía… que sin proponérselo me desarma con cada mirada.
Pero en cuanto Silvia vuelve, todo se desmorona. El mundo gira de nuevo alrededor de ella. Y yo me convierto otra vez en esa Aida de antes, la que habría dejado todo con tal de no perderla.
Me muerdo el labio con rabia, sintiendo cómo se me quema el estómago. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Cómo permito que, meses después de dejarme tirada, siga siendo capaz de manejarme entera?
Lo más jodido no es que aún la desee.
Lo más jodido es que sigo dejándola hacerlo.
68Please respect copyright.PENANAhu9jpEOV6A
Respiro hondo, ajusto la mochila sobre mi hombro y trato de enderezarme. Sé que hoy, cuando la rutina me envuelva, cuando la cocina esté a mil por hora y todos estén riendo o quejándose del trabajo, voy a volver a poner mi sonrisa automática. Esa máscara que tanto practiqué. Nadie notará nada. Nadie sabrá que por dentro me siento dividida entre dos mundos: el que debería vivir y el que me sigue arrastrando al pasado.
Silvia me dijo una vez que lo nuestro era pura nostalgia. Quizá tiene razón. Quizá yo solo me aferro a lo que fuimos porque me da miedo mirar hacia adelante. Pero si es nostalgia… ¿por qué sigue doliendo como si fuera presente?
El hotel ya está frente a mí. Me detengo un segundo antes de entrar, mirando las puertas como quien se prepara para dejar sus demonios fuera. Inspiro profundo y me obligo a soltar el aire despacio, como si eso fuera suficiente para soltar también el peso que llevo dentro.
No funciona. El peso sigue ahí. Silvia sigue ahí. Sofía también. Y yo sigo perdida.
Con un último impulso, empujo la puerta del hotel y dejo que el ruido de la cocina, las voces de mis compañeros y el calor del trabajo me arranquen, al menos por unas horas, de mi propia cabeza.
El bullicio de la cocina es como un torbellino constante: platos que se apilan, sartenes que silban con aceite caliente, el rumor de las voces cruzándose una encima de otra. A veces ese ruido me ayuda a perderme, a no pensar demasiado. Pero hoy no. Hoy estoy metida en mis pensamientos como si estuviera atrapada en una pecera sin aire.
Silvia sigue aquí. No físicamente, pero en mi cabeza no se va. Cada movimiento que hago, cada orden que repito, cada bandeja que paso… la recuerdo. Sus manos. Su voz. Y me arde el pecho de rabia por seguir dándole espacio después de todo.
Intento concentrarme en lo que tengo delante.
—Aida, ¿me pasas las pinzas? —me pide Adara desde el otro lado de la mesa.
Se las paso casi en automático, sin mirarla apenas. Ella sigue con lo suyo, aunque me lanza una mirada rápida, de esas que pesan, como si notara mi distancia. Todos lo notan, estoy segura.
Me muevo por la cocina como una sombra. Ordeno, coloco, limpio, pero por dentro estoy en otro sitio. Me repito que tengo que dejar de ver a Silvia, que no puedo seguir cayendo en lo mismo. Pero entonces la recuerdo cerca, con ese perfume y esa manera de mirarme, y se me desarma todo el discurso.
Sofía aparece a mi lado, como siempre, con esa presencia que me revuelve de otra forma.
—¿Puedes revisar estas comandas? —me dice, entregándome una libreta.
Sus dedos rozan los míos y siento un vuelco. Ella no parece notarlo, o tal vez sí. Porque sus ojos se clavan en los míos un segundo de más, como si intentara leer lo que no digo. Y yo, en lugar de responder, bajo la mirada al papel y asiento.
Soy una experta en fingir. En sonreír cuando toca. En decir “todo bien” aunque por dentro me esté rompiendo. Pero Sofía… Sofía es distinta. Es lista, demasiado lista. No necesito abrir la boca para que sospeche que algo anda mal.
—Estás rara hoy —me suelta en voz baja, sin apartar la vista de los platos.
—Solo cansada —respondo rápido, demasiado rápido, casi ensayado.
Ella no replica, pero tampoco se lo cree. Lo sé por cómo me observa de reojo, por esos silencios que alargan más de lo necesario. Y ese juego me enloquece. Porque mientras Silvia me enreda en un pasado que no cicatriza, Sofía me confronta con un presente que no sé si puedo asumir.
El turno avanza entre órdenes, bandejas y bandejas. Irene grita desde la plancha que falta un plato, María hace un comentario que arranca risas, Alberto bromea con que esta noche invita a cervezas. Yo apenas participo. Mi risa sale ahogada, forzada, como si no me perteneciera.
Me siento distante de todos. De ellos, que han sido mi salvavidas desde que entré aquí. Y de mí misma, porque ya no me reconozco.
El sonido de la campana, las órdenes que vuelan de un extremo a otro de la cocina, los pasos rápidos, el choque metálico de los cuchillos sobre las tablas… todo me llega como si estuviera detrás de un cristal. Escucho, pero no escucho. Veo, pero no veo. Estoy dentro y fuera a la vez.
Mi cuerpo se mueve solo, como en piloto automático: corto, preparo, reviso, comandas. Nadie diría que estoy ausente. Pero por dentro soy un caos. Una parte de mí sigue enredada en los recuerdos con Silvia, otra intenta huir de eso y no lo consigue, y entre medias aparece Sofía, con su manera de mirarme, de descubrirme, como si supiera que hay algo que no me atrevo a decir.
—Aida, pásame la bandeja de postres —dice María.
Se la paso, pero mis manos tiemblan apenas. Nadie lo nota, o eso quiero creer. A veces pienso que me he vuelto una experta en esconder las grietas.
Sofía, en cambio, parece verlo todo. Está a dos metros de mí y, aun así, siento el peso de su mirada. No dice nada, no me obliga a hablar, pero sus silencios me resuenan más fuerte que cualquier grito.
Cuando llega la hora de comer juntos, me siento con ellos, como siempre. La mesa está llena de voces, bromas, risas que se cruzan. Alberto hace un comentario sobre lo torpe que estuvo ayer cargando cajas y todos se ríen; Adara le sigue la broma, Irene cuenta algo del proveedor que se retrasó otra vez. Yo los escucho, asiento, sonrío de manera automática… pero no estoy allí.
Mi cabeza repite lo mismo una y otra vez: Silvia y sus palabras, Silvia y sus manos, Silvia y esa promesa de que todo era “nostalgia”. Y luego, como un eco que se superpone, aparece la imagen de Sofía, inclinada hacia mí en la mesa, rozándome sin querer, con esos ojos que parecen buscar la verdad detrás de mis excusas.
68Please respect copyright.PENANAmjGzpZ1zzs
La comida avanza y apenas pruebo bocado. Alberto lo nota:
—Tía, no has comido nada.
—No tengo mucha hambre —respondo rápido.
Es mentira. Tengo hambre, sí, pero no de comida. Hambre de calma. Hambre de respuestas que no llegan.
Sofía no dice nada, pero me observa. Lo sé. No necesito levantar la vista para comprobarlo. Siento esa presión suave y constante, como si me rodeara en silencio. Y me aterra pensar que, sin decir una palabra, pueda verme más de lo que yo quiero mostrar.
Las voces siguen, las bromas continúan, pero para mí solo quedan ecos. Ecos que me devuelven la certeza de que estoy atrapada en algo que no sé cómo soltar.
El móvil vibra en el bolsillo del pantalón mientras estoy recogiendo platos. Pienso en ignorarlo, pero vibra otra vez. Y otra. Ya sé quién es antes, incluso de mirarlo.
Silvia.
Cuando por fin lo saco, la pantalla está llena de notificaciones, como si quisiera ocupar cada espacio de mi vida, incluso ese que me esfuerzo tanto en mantener cerrado.
“Aida, necesito verte.”
“Esta noche, por favor.”
“No quiero que pienses mal de mí, no fue lo que quise decir.”
“Lo nuestro no fue solo un error, no puedo dejarlo así.”
“Respóndeme, aunque sea dime que no.”
Cierro el móvil de golpe, lo dejo en la mesa de acero y respiro hondo. No quiero leer más. No ahora. Pero apenas pasan unos segundos y vuelve a vibrar.
“Sé que estás enfadada, pero entiéndeme… yo me siento perdida sin ti.”
“Una última vez, solo hablar.”
“Te lo prometo, no voy a hacerte daño otra vez.”
Me río por dentro, un gesto amargo que me sabe a hierro. No voy a hacerte daño otra vez. Pero lo hiciste. Una y otra vez. Y aquí estoy yo, todavía enganchada, todavía respondiendo a tu gravedad, aunque sé que debería huir.
Me sorprendo mirando hacia Sofía, como si su mera presencia pudiera darme fuerza para no caer otra vez en ese ciclo con Silvia. Ella está hablando con María y riéndose de algo, ajena a mi tormenta, aunque siento que lo intuye, que me descifra más de lo que yo misma quiero.
68Please respect copyright.PENANAhVC3T2gEiG
El móvil vibra de nuevo.
“No puedo dormir si no hablamos hoy.”
“No quiero casarme sintiendo que tú sigues aquí, en mi cabeza.”
“Dime dónde y voy.”
Lo dejo boca abajo sobre la mesa. Quiero silencio. Quiero que el mundo deje de empujarme. Y, sin embargo, sé que parte de mí va a terminar leyendo cada uno de esos mensajes, como quien se hiere a propósito para ver si todavía sangra.
El problema no son los mensajes. El problema es lo que despiertan en mí.
Salgo a los escalones del hotel para respirar. La noche está templada, con ese murmullo de coches en la avenida que casi arrulla. Me siento con el móvil aún en la mano, la pantalla iluminándome los dedos como un recordatorio constante de aquello que quiero enterrar.
Vibra otra vez. Silvia. Siempre Silvia. Mensajes y más mensajes que no quiero abrir, pero que me tiran como un imán al que no sé resistirme. Me inclino hacia adelante, codos en las rodillas, y pienso que tal vez, solo tal vez, terminaré cediendo.
Entonces escucho su voz.
— ¿Otra vez en tu mundo paralelo? —Sofía se deja caer a mi lado, sin avisar, con esa seguridad de quien no necesita pedir permiso.
Guarda el móvil rápido, como si pudiera esconder lo evidente. Pero ella me mira de reojo, y en esa mirada hay demasiado. Sabe. No del todo, pero lo suficiente.
—Estaba… despejándome un poco —mi respuesta suena hueca hasta para mí.
Ella no dice nada al principio. Solo se queda ahí, balanceando una pierna, mirando hacia la calle como si pudiera leerme en los reflejos de los faroles. Luego gira la cabeza, sonriendo levemente.
—Pues despejarse sola es aburrido. ¿Sabes que Alberto y los demás quieren salir? Unas copas, música… Nada del otro mundo, pero mejor que quedarte aquí mirando el suelo.
Niego, casi por inercia.
—No estoy para fiestas, Sofía.
—Precisamente. —Alza una ceja, divertida y firme al mismo tiempo—. Cuando no estás para fiestas es cuando más las necesitas.
Se me escapa una risa corta, cansada.
—Eres muy convincente, ¿sabes?
—No es convicción. Es que no pienso dejarte aquí tragándote sola lo que sea que estés masticando por dentro. —Me sostiene la mirada un par de segundos de más. Esos silencios que me desarman, porque dicen más que cualquier discurso.
Siento que el móvil vibra de nuevo en mi bolsillo, como un recordatorio punzante. Silvia insistiendo. Siempre Silvia, clavándose como una espina, incluso cuando no la nombro. Pero Sofía está ahí, cerca, mirándome como si esperara mi respuesta y, sin saberlo, me tendiera una salida.
Saliva trago. Miro de reojo las luces del hotel y luego a ella.
—Vale… vamos —digo por fin, y lo siento como un pequeño respiro después de semanas de asfixia.
68Please respect copyright.PENANAcSN7M9SKO4
Sofía sonríe, esa sonrisa tranquila que siempre parece guardada para mí, y se levanta dándome la mano para impulsarme. Y mientras caminamos hacia el grupo, con el móvil todavía vibrando en mi bolsillo, sé que esa noche no voy a responderle a silvia...No porque sea fuerte. Si no porque Sofía me ha salvado sin siquiera proponérselo.
ns216.73.216.86da2


