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El día es eterno. Desde las once y media de la mañana no paro ni un solo segundo. El hotel está lleno, las comandos se acumulan y en la cocina la presión se siente como un calor extra, sofocante, que se pega a la piel, incluso más que el vapor de las ollas. Y, sin embargo, aquí estoy yo, funcionando casi en automático, como si el trabajo fuese lo único capaz de mantenerme en pie.
Entre órdenes, platos y voces superpuestas, encuentro pequeños momentos de respiro en las miradas cómplices con Sofía. Esa forma suya de observarlo todo, como si nada se le escapara, me desarma. Basta un gesto suyo para que me entren ganas de sonreír, aunque esté exhausta. Y eso es lo que más me aterra: lo fácil que me resulta dejarme llevar con ella. Lo natural que me parece buscar su complicidad, como si hubiéramos estado trabajando juntas toda la vida.
Me repito una y otra vez que debo mantener las distancias, que no puedo permitirme abrir otra puerta que no sepa cerrar después. Pero mi cuerpo no siempre obedece. Hay instantes, fugaces, en los que siento que Sofía me lee sin palabras. Y ahí, en esa lectura silenciosa, me descubre demasiado.
La jornada se alarga, y con ella mi cansancio. Cuando al fin dan las doce de la noche, siento que puedo respirar un poco. Sofía me alcanza al salir de la cocina, con esa media sonrisa que no sé si es burla o ternura.
—Otro día sobrevivido —dice en voz baja.
—Con esto ya deberíamos tener medallas —respondo, finciendo ligereza.
No decimos mucho más. Como siempre, las palabras entre nosotras parecen quedarse cortas, pero las miradas duran más de lo que deberían. Y justo por eso, me obliga a apartar la mía.
Nos despedimos como si nada, con esa calma engañosa que deja lo no dicho. Me pongo la chaqueta, me cuelgo el casco en la mano y salgo por la puerta trasera del hotel. El aire de la noche me golpea con un frescor que agradezco más de lo que admito. El ruido del tráfico, las risas lejanas de los turistas, todo me sabe un alivio.
Solo quiero irme a casa, ducharme, tumbarme en la cama y dejar que el sueño me arrastre lejos de pensamientos que no quiero enfrentar. Estoy bien así. Mi vida vuelve a tener cierta estabilidad. El trabajo, los amigos y mis rutinas bastan.
Pero entonces, al doblar la esquina hacia donde está aparcada mi moto, la veo.
Una figura recortada contra la luz amarillenta de la farola. El corazón me da un vuelco antes incluso de reconocerla. Y cuando escuche mi nombre, lo sé con certeza.
—Aida.
No puede ser. Es Silvia. Vestida de negro, el cabello suelto, los ojos con esa mezcla de ansiedad y miedo que siempre trae cuando sabe que está a punto de cruzar una línea.
No digo nada. No aparte la mirada. Camino hacia ella, con el casco aún en la mano, tensa, como quien se prepara para una pelea que ya está perdida.
—Necesito hablar contigo —dice Silvia, con voz baja pero firme.
— ¿Y decides esperarme aquí? ¿En mi moto?
—No sabía cómo encontrarte… No contestas mis mensajes. No me dejas otra forma.
—Quizás es porque no tengo nada más que decirte —doy un paso más, quedando a menos de medio metro de ella—. O quizás… porque no quiero seguir escuchando lo que ya sé.
Silvia baja la vista, pero no se mueve.
—La otra noche… lo que pasó…
-No. No empieces —levanto la mano, la voz me tiembla de pura contención—. No me vengas otra vez con el discurso del “no debía pasar” mientras te muerdes los labios, porque sí querías que pasara.
Un grupo de turistas pasa por la acera, riendo, arrastrando maletas. Para ellos no somos nada más que dos desconocidos hablando. Si supieran… si pudieran sentir esta guerra invisible…
—No fue solo un beso sin más, Aida —dice Silvia, con voz tensa, como si le doliera admitirlo.
—Claro que no lo fue. Por eso estoy aquí parada sintiendo que me falta el aire desde que te vi.
Apoye el casco en el asiento de la moto, liberando las manos como si no me fiara de lo que harían solas.
—¿Sabes lo que duele? No te vayas a casar. Lo que duele es cómo desapareciste de mi vida sin una explicación. Como si yo fuera una fase. Un error. Y después… me entero en esa cena.
El recuerdo me retuerce el estómago, me aprieta el pecho.
—Tú brindando, sonriendo, mostrando el anillo como si no supieras lo que eso me haría.
—No sabía cómo decírtelo —susurra Silvia.
—No querías decírmelo. Que no es lo mismo.
El silencio se espesa. Solo el zumbido del tráfico y un taxi que frena más abajo rompen el aire.
—La despedida de soltera… no fue planeado. Ese beso… —Silvia cierra los ojos—. Me rompí todo. Porque sentí que aún estabas ahí. Que no te habías ido del todo.
—Ese beso fue una bomba. Y tú encendiste la mecha —doy un paso más, invadiendo su espacio—. No te confundas, Silvia. Lo que pasó no fue un accidente. Fue una elección.
—Y si elijo dejar todo. Un él. La boda. La mentira. ¿Entonces qué?
El miro despacio, con rabia, con miedo, con una verdad cruda.
—Entonces tendrás que demostrar que no lo haces por culpa. Ni por nostalgia. Ni porque te da miedo casarte con alguien a quien no amas.
Me acerco aún más. El perfume me golpea, ese olor que sé reconocer a kilómetros, el mismo que aún me duele.
—Y si lo hago por amor? —pregunta, y sus ojos me buscan como si todo dependiera de mi respuesta.
Un rayo me atraviesa el pecho. Amor. No, no ahora. No después de todo. Cierro los ojos, un segundo, porque la tentación me arrastra como una corriente. Bastaría con una mano, con rendirme, y el dolor se volvería deseo, calor, un presente capaz de devorarlo todo.
Pero el precio sería insoportable.
—¿Amor? —la risa que me sale es amarga, rota—. Silvia… si hubieras amado de verdad, nunca me habrías dejado en silencio. Nunca me habrías convertido en un fantasma mientras enseñabas ese anillo delante de todos.
Levanto la mano, deteniéndola antes de que abra la boca.
—El amor no aparece cuando te conviene. No es una excusa de última hora cuando sientes que todo se derrumba. El amor… se demuestra antes. Se cuida. Se elige cada día.
Sus facciones se endurecen, como si mis palabras fueran golpes. Pero no puedo parar.
—No me digas que lo deja todo por amor, porque entonces yo tendría que creer que ese amor sigue aquí —me señalo el pecho, con rabia—. Y si sigo creyéndolo… no sé si voy a sobrevivir a otro abandono tuyo.
El silencio ahora es tan denso que casi duele. No puedo respirar. No puedo seguir aquí.
Doy un paso atrás, buscando distancia.
—Vete, Silvia —susurro, y no es súplica: es sentencia.
—Aida…
-No. Vete. Si quieres hablar de amor, demuéstralo primero contigo misma. Porque yo ya no puedo ser tu refugio a medias.
Sus labios tiemblan, sus ojos se nublan, pero no retroceden. Un paso hacia mí. Otro.
Y entonces, lo sé: no va a irse.
De pronto me acorrala contra la moto, su mano en mi cuello, su cuerpo pegado al mío, y antes de que pueda reaccionar, me besa. Brutal. Desesperada. Como si me reclamara, como si quisiera arrancarme el aire para quedarse con él.
Intento apartarla, mis manos chocan contra su pecho. No, no puedo. Sin debo. Pero sus labios, su lengua, el perfume que me envuelve como droga, me destrozan las defensas.
Un gemido se me escapó, traicionándome. Los dedos que querían empujarla se cierran en su camisa y tiro de ella hacia mí. El casco cae al suelo con un golpe sordo que ni escucha. Solo existe este beso que me devora, que me rompe y me enciende a la vez.
La agarro por la cintura con fuerza, con rabia, con deseo, respondiendo a su locura con la mía. Beso contra beso, mordisco contra mordisco, como si quisiéramos borrar con furia todo lo no dicho.
Cuando por fin nos separamos, quedamos con las frentes pegadas, jadeando como si hubiéramos peleado por sobrevivir. Sus labios están hinchados, húmedos, sus ojos brillan de lágrimas contenidas.
—Lo sientes? —me susurra, acariciándome el rostro con manos temblorosas—. Esto no es culpa, no es miedo… es lo que nunca dejamos de ser.
Cierro los ojos fuertes. No. No lo llames así. No después de todo.
Odio que me bese así después de todo lo que hizo. Odio que sepa exactamente cómo romperme.
Y lo peor… lo peor es que aún el deseo con la misma desesperación con la que intento odiarla.
Sus labios siguen ardiendo sobre los míos cuando me doy cuenta de que ya no hay vuelta atrás. Todo lo que me prometí no sentir, todo lo que quise enterrar, está aquí, desatado, rugiendo en mi pecho como si nunca se hubiera ido.
—Silvia… —murmuro contra su boca, sin fuerzas para apartarla.
Ella no responde. Me besa otra vez, más suave esta vez, como si quisiera grabar cada segundo en mi piel. Una caricia temblorosa baja por mi mejilla hasta mi cuello, y un escalofrío me atraviesa entera. Cierro los ojos. No puedo pelear contra esto. No esta noche.
No sé cómo terminamos en su casa. Recuerdo el trayecto en moto, mi respiración acelerada bajo el casco, sus brazos rodeando mi cintura con tanta fuerza que parece temer que me desvanezca si me suelta. Y luego… esa sensación extraña al subir las escaleras, al entrar en su piso, donde todo huele a ella. Un espacio íntimo, cerrado, lleno de recuerdos que no son míos, pero que me envuelven como si lo fueran.
Apenas cierra la puerta, el aire se espesa. Se lanza sobre mí con una urgencia que me desarme por completo. Su boca, sus manos, mi espalda contra la madera. El sonido de nuestras respiraciones se mezcla con el golpe seco del casco al caer en el suelo.
Esto no debería estar pasando. Pero el deseo. El deseo como si todos estos años no hubieran existido.
Sus dedos se deslizan bajo mi chaqueta, recorren mi piel como si buscaran prender fuego a cada rincón de mí. El agarro de la nuca y el beso con furia, con hambre, con esa rabia contenida que se confunde con el deseo. Siento su gemido contra mi boca y me quieto un poco más.
Ella me empujó contra la pared del pasillo, y retrocedo sin pensar, sin resistirme. Ya no puedo detener esto. No quiero detenerlo. Los cascos caen al suelo sin cuidado. Me dirige suavemente hacia el sofá, yo le arranco la chaqueta casi de un tirón, y cada beso es un choque, un incendio que nos consume.
No hay calma, no al principio. Es hambre, pura necesidad. Las risas nerviosas se mezclan con los suspiros, mis manos se enredan en su cabello, las suyas recorren mi piel como si intentara memorizar cada rincón de mí.
Cuando llegamos a su habitación, siento que el tiempo retrocede. Como si esta fuera la primera vez. La cama se convierte en un mar de sábanas revueltas, donde cada movimiento tiene la intensidad de lo prohibido, de lo inevitable. Nos buscamos sin miedo, con la desesperación de dos que saben que no deberían, pero no pueden dejar de hacerlo.
Me mira a los ojos en medio del caos, y ahí está. Esa mezcla de miedo y amor, de culpa y necesidad. Y aun así, el beso. El beso como si fuera la última vez en mi vida.
La noche se vuelve infinita. Entre caricias largas, silencios densos y gemidos que parecen arrancar la verdad de nuestras entrañas. Todo lo que no decimos, todo lo que habíamos enterrado, se dice con el cuerpo. Con la piel. Con la respiración temblando al unísono.
Al amanecer, la luz entra tímida por la ventana de su cuarto. Silvia duerme a mi lado, con el cabello desordenado y la respiración tranquila, como si por unas horas hubiera encontrado paz. Yo, en cambio, permanezco despierta, mirando el techo, con el corazón apretado.
La noche fue un torbellino. Un ir y venir de besos, de manos que buscan, de piel que arde como si todo fuera urgente. Con Silvia siempre ha sido así: la chispa, la intensidad, esa manera de hacerme perder el control en cuestión de segundos. Y sí, lo ha vuelto a conseguir.
Pero cuando todo se calma, cuando los suspiros se apagan y su cuerpo queda enredado al mío, yo ya no estoy aquí del todo. Ella se duerme rápido, con esa paz engañosa que siempre le aparece después de la tormenta. Yo, en cambio, no puedo cerrar los ojos.
Me giro en la cama, miro el techo, siento el calor de sus brazos sobre mi cintura, su respiración acompañada… y un vacío enorme en el pecho. Porque lo último que esperaba era que, en este instante en que se supone que debería sentirme plena o, al menos, confundida por ella… aparece Sofía en mi cabeza.
¿Por qué Sofía?
No lo sé. No sé en qué momento su risa, sus miradas, la complicidad que tenemos, empezaron a colarse tan hondo. Solo sé que, en medio de la oscuridad, mientras Silvia duerme a mi lado, es el rostro de Sofía el que viene a mí. Su forma de fruncir el ceño cuando se concentra, la manera en que me lanza esas pullas suaves que solo yo sé responder, la energía tranquila que me da cuando me mira.
Y me odio un poco por ello. Porque no debería. Porque no es justo. Sofía no tiene nada que ver con este desastre mío con Silvia, y, sin embargo… está aquí, clavada en mi pensamiento como una espina dulce e incómoda.
Doy vueltas en la cama. Cierro los ojos y los abre de inmediato. No hay forma de descansar. Siento el peso del error reciente, el calor de la piel de Silvia todavía en la mía, ya la vez la punzada inexplicable de querer estar en otro lugar, con otra persona.
Es un laberinto del que no encuentro salida.
Al final, resignada, me quedo quieta, finyendo dormir para no despertarla, mientras en mi mente se repite una sola pregunta que no me deja en paz:
¿Por qué Sofía?
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No puedo respirar. Estoy tumbada junto a Silvia, con el cuerpo todavía caliente después de todo lo que acaba de pasar. Ella duerme tranquila, con la respiración tranquila, como si no existiera ningún mundo más allá de esta cama. Y yo… yo solo siento un nudo en el estómago.
Miro el techo, la penumbra apenas gira por la luz que se filtra de la calle, y sé que no voy a poder dormir. Cada vez que cierra los ojos, aparece Sofía. ¿Por qué ahora? ¿Por qué ella, justo después de rendirme otra vez a Silvia? La contradicción me desgarra por dentro.
Me incorporo con cuidado, aparte las sábanas que todavía huelen a ella. El roce de su piel contra la mía sigue en mi memoria como un tatuaje reciente. Me vi a tientas, sin encender la luz, con los dedos torpes y el corazón latiendo demasiado rápido. Si se despierta y me mira a los ojos, no voy a poder irme. Y necesito irme.
Cojo mi chaqueta, las llaves, y me quedo un segundo en el marco de la puerta del dormitorio. La observa, dormida, con ese gesto suave que tantas veces me ha hecho bajar la guardia. Una parte de mí quiere volver, deslizarme bajo las sábanas y fingir que nada está mal. Pero no puedo. No después de todo.
El aire frio de la madrugada me golpea cuando cruzo la calle. Subo a la moto y arranco. El ruido del motor retumba en la soledad de la avenida, y durante unos segundos es lo único que escucho, como un latido metálico que me obliga a mantenerme despierto. No hay tráfico, solo las farolas encendidas iluminando una ciudad que parece dormida mientras yo me desmorono.
La ducha se vuelve mi refugio. Abro el agua caliente al máximo, hasta que el vapor empaña el espejo y me envuelve en una nube que casi me ahoga. Dejo que el agua resbale por mi piel, como si pudiera limpiar lo que he hecho, como si cada gota pudiera arrancarme la culpa.
Apoye la frente contra los azulejos, fríos, mientras el vapor calienta el resto. Cierro los ojos. Y ahí está ella otra vez. Sofía. Su risa, su manera de observar cada detalle, la forma en que siempre parece saber lo que callo. No es Silvia lo que me impide dormir. Es Sofía. El pensamiento me atraviesa como un cuchillo.
¿Qué estoy haciendo conmigo? ¿Cómo puedo dejarme arrastrar por el pasado cuando en realidad lo único que ocupa mi mente es alguien más? Me muerdo los labios con rabia. Silvia ha sido mi refugio y mi tormenta, todo en uno. Pero Sofía... Sofía es diferente. Ella me da miedo, porque la siento demasiado cerca, porque ve lo que ni yo misma me atrevo a decir en voz alta.
Cuando salgo de la ducha, con la toalla enredada al cuerpo y el cabello empapado goteando sobre el suelo, el móvil vibra.
Lo cojo. Silvia. "Me desperté y ya no estabas. ¿Por qué te fuiste así? Necesito hablar contigo, Aida. Anoche... no puedo fingir que no pasó nada".71Please respect copyright.PENANAYKPNfUVX64
Siento un vuelo en el pecho. Leo el mensaje tres veces. Su voz resuena en mi cabeza como si me hablara en persona, con esa mezcla de urgencia y dulzura que siempre me ha hecho caer.
Me dejo caer sobre la cama, aún húmeda, con el teléfono en la mano. Una parte de mí quiere responder, quiere decirle que no puedo seguir así, que no soy su segunda opción ni su escape. Pero otra parte… otra parte quiere leer entre esas palabras una verdad diferente, algo que justifica todo lo que acaba de pasar.
Me quedo mirando la pantalla, esperando a que aparezca otro mensaje. Nada. Solo silencio. Y en ese silencio, lo único que escucha es mi respiración acelerada y el latido descompasado de mi corazón.
La culpa me deja muda.
Sigo viéndome con Silvia. En secreto. No es algo que yo planee —o al menos eso me repito para engañarme—, pero al final siempre termina pasando. Silvia aparece, me escribe, insiste con esa mezcla de dulzura y desesperación que me conoce demasiado bien. Yo intento ignorarla, intento alejarme, pero es inútil: en cuanto la tengo delante, en cuanto pronuncia mi nombre con esa voz que todavía me atraviesa, mis defensas se caen.71Please respect copyright.PENANAyCIasw1xNW
Es como estar atrapada en un círculo vicioso. Salgo de su casa a medianoche, con el corazón encogido y la piel todavía temblando, y me odio a mí misma. Te prometiste que no volverías a caer. ¿Qué haces aquí otra vez, Aída? Me lo digo una y otra vez, me juro que no voy a permitir que me arrastre, pero al poco tiempo vuelve a suceder. Ella lo busca... y yo lo permito.
Lo peor es que Silvia sabe lo que hace. No es ingenua. Me susurra promesas que nunca cumple del todo. Me habla de dejarlo todo, de que tiene miedo de casarse con alguien a quien no ama, de lo que todavía es significativo para ella. Me agarra con fuerza, me besa como si en ese instante se acabará el mundo, como si yo fuera lo único real que le queda. Y yo, débil, le creo.
Pero sé la verdad. Silvia no ha cambiado. Ella me rompió antes, y puede volver a hacerlo. Es mi ex. La mujer que me borró de su vida de un plumazo, sin darme una explicación, y que después apareció con un anillo en la mano. Ahora está a punto de casarse. Y aún así, el dejo entrar una y otra vez.
Cada encuentro me deja hecho pedazos. No solo porque sé que es un error, sino porque hay un nombre que no se va de mi cabeza cuando me quedo en silencio: Sofía. No tienes derecho a pensar en ella. Y lo haces igual. En medio de la culpa, de los besos que me ahogan y del deseo que me consume, aparece su presencia. Y me siento todavía peor.
La paradoja me desgasta. Con Silvia, aunque me destroce, al menos conozco el terreno: la herida es vieja, el veneno familiar. Con Sofía… es distinto. Hay algo limpio, algo nuevo, que me da un miedo insoportable porque puede ser real. ¿Y si lo es? ¿Y si no estás lista para eso, Aida?
Por eso, corro hacia Silvia, aunque sepa que es autodestrucción. Me refugio en lo que más daño me hace, porque en el fondo me resulta más fácil hundirme en lo que conozco, que abrir los ojos y aceptar lo que empieza a crecer en mí.
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