El ambiente se contagio rápido: las bromas, las presentaciones cruzadas, Fabrizio soltando portuguñol cada dos frases y Marta preguntando de todo como si fuera una entrevista. Sofía se mezcla en la conversación con naturalidad, aunque cada tanto me lanza miradas de esas que parecen querer leer lo que no digo.
Mientras tanto, el móvil vuelve a vibrar en mi bolsillo. Ni siquiera lo saco. Esta noche no es para Silvia. Es para mí, para ellos, para Sofía.
Nos acomodamos todos en los escalones del hotel, con las botellas a medio vaciar y el aire fresco de la noche, dándonos un respiro después del día. Sofía se queda con nosotros, un poco sorprendida al ver que le trajo a mis amigos, pero enseguida encaja como si llevara toda la vida allí.
La conversación empieza ligera, entre bromas y tonterías, hasta que Marta propone:
—Venga, queremos anécdotas de Aida, seguro que hay unas cuantas.
Y claro, me venden todos sin pensarlo.
Adriana es la primera en clavarme la puñalada.
—Yo podría contar millas, pero… ¿os acordáis del verano de la feria?
—Adri, ni se te ocurre… —intento pararla, ya sabiendo a dónde va.
—Pues se subió al toro mecánico convencida de que iba a durar más que nadie. Dos segundos. ¡Dos! Venta volando como muñeca de trapo. Y lo peor es que se le rajan los vaqueros de arriba abajo, con medio pueblo mirando.
Todos estan en carcajadas. Marta casi se atraganta.
—¡Me muero!
—Tuve que prestarle mi chaqueta para que no enseñara el culo el resto de la noche —remata Adriana con orgullo.
Me hundo en el escalón, roja de vergüenza.
—Eres cruel, Adri.
—Soy tu mejor amiga, alguien tiene que recordarte estas cosas —me contesta con un guiño.
Fabrizio, que hasta ese momento escucha divertido, se une:
—Eh, pero Aida siempre fue así, che. Yo la conozco desde hace años y en la cocina… torpe igual. Una vez me viene toda orgullosa con una carne que había intentado marcar, pero se olvidó de encender la plancha. ¡Veinte minutos esperando al milagro!
Las risas no paran, y ya estoy preparada para contraatacar, pero entonces Sofía da la estocada final:
—Bueno, pero ninguna de esas supera lo del aceite.
—¡No, Sofía, eso no! —yo adelanto, intentando cortarla.
— ¿Cómo que no? —dice sonriendo como una niña mala—. Os pongo en situación: Aida decide mover una garrafa de aceite de girasol, pero no una normal, no… ¡de ocho litros! Claro, la pobre piensa que tiene fuerza suficiente, pero se le resbala de las manos y ¡PAM! Estalla en el suelo. El almacén entero queda convertido en una pista de patinaje.
Ya me tapo la cara con las manos, mientras todos se ríen a carcajadas.
—No os imagináis —continúa Sofía, exagerando con gestos—, había aceite en las cajas, en las paredes, en las botas de trabajo… ¡hasta en la puerta del congelador! Y Aida intentando limpiarlo con papel como si fuera un vasito de agua. Cada paso que daba, se resbalaba otra vez. Yo pensé que se iba de la cabeza allí mismo.
—¡Ya vale, Sofía! —protesto, muerta de la risa también—. Fue horrible, parecía el circo.
—Yo todavía huuelo el girasol cada vez que entra en el almacén —remata Sofía, arrancando otra carcajada general.
Fabrizio la acompaña con tono solemne y su acento marcado:
—Mujer, usted tiene prohibido acercarse al aceite, ¿eh? Es un peligro publico.
Las carcajadas son imparables. Marta llora de tanto reír, Fran le da golpecitos en la espalda para que no se ahogue, y entonces Adara levanta la voz:
—Y esto no es nuevo, ¿eh? Que Aida siempre fue la reina de los golpes tontos. ¿Os acordáis cuando se dio contra la cristalera del bar pensando que estaba abierta?
Alberto añade entre carcajadas:
—¡Yo estaba ahí! Rebotó como una pelota.
—Y encima pedí perdón a la puerta —aporta Irene, doblada de risa.
María, que hasta entonces solo escucha, se inclina hacia delante y añade con malicia:
—Lo bueno es que Aida siempre consigue salir airosa… aunque tenga que reírse de sí misma después.
Todos estan de nuevo. Yo ya no sé dónde meterme.
—Sois una panda de traidores —digo resignada, mientras veo cómo uno tras otro sacan recuerdos de mis mayores medidas de pata.
El grupo entero se ha unido como si hubiera firmado una alianza contra mí, y yo, aunque refunfuño y protesto, no puedo evitar reírme también. Sofía, sentada un poco más cerca de mí de lo que esperaba, me mira con esa sonrisa traviesa, disfrutando demasiado de verme en apuros.
Las risas siguen rodando por los escalones como si fuéramos un grupo de críticos despreocupados. Fabrizio aún bromea con su “caída de culo directo” y Adara lo imita tan mal que todos vuelven a estallar en carcajadas. Yo intento seguirles el ritmo, pero por dentro estoy a kilómetros.
El móvil vibra otra vez en mi bolsillo. Lo ignoro, riéndome como si nada, pero Sofía gira apenas la cabeza hacia mí. No dice nada, solo me mira de reojo, como quien se fija en un detalle que los demás pasan por alto.
—¡Venga, Aida, ríete! —dice Marta entre carcajadas, empujándome con el hombro.
Sonrío, levante la botella que tengo en la mano para brindar al aire, como si estuviera completamente dentro del juego. Pero Sofía no se traga esa actuación. La noto atenta, con esa expresión suya de media sonrisa y ojos que observan demasiado.
El móvil vuelve a vibrar. Lo saco rápido, dándole un vistazo bajo la mesa improvisada de piernas y botellas en los escalones. Silvia otra vez:
"No quiero confundirte, Aida. Solo necesitaba sacarlo. Te extraño, aunque no deba".
Me muerdo el labio, sintiendo el nudo en el estómago. ¿Por qué justo ahora? ¿Por qué no puede dejarme respirar? Guardo el teléfono de inmediato, pero cuando levante la vista, Sofía está mirándome. No de frente, no llamando la atención, solo con esa sutileza suya, como quien se hace la despistada, pero en realidad no pierde un solo detalle.
Los demás siguen hablando entre risas, lanzando anécdotas de uno y otro, pero yo siento su mirada fija en mí, preguntándome sin palabras. Una presión silenciosa, casi peor que si me hubieran interrogado en voz alta.
Las conversaciones siguen vivas, cada cual lanzando una ocurrencia distinta, solapándose entre risas. Fabrizio gesticula como un loco imitando cómo se le escapa un trozo de carne de la parrilla en plena faena, y Adara ya está llorando de la risa.
Yo río con ellos, pero lo hago a medias. Siento el móvil en el bolsillo como si pesara toneladas. A ratos lo ignoro, a ratos me pica la curiosidad por volver a mirarlo. Y cada vez que dudo, noto los ojos de Sofía sobre mí.
No son miradas largas ni descaradas. Apenas un par de segundos, fugaces, pero suficientes para hacerme sentir desnuda, como si pudiera leerme por dentro. Ella se ríe con los demás, incluso lanza bromas, pero entre cada carcajada hay ese instante de silencio que me regala solo a mí.
Cruzo la vista con la suya un par de veces y tengo que apartarla enseguida, finciendo que me interesa lo que Marta cuenta. Pero Sofía no baja la guardia. Tiene esa sonrisa tranquila, ladeada, que no muestra nada y lo dice todo.
El móvil vibra de nuevo, y esta vez no lo saco. Ni falta hace: Sofía ha notado el gesto de mi mano, el leve movimiento. Cuando levanto los ojos…
Ahí está ella otra vez, observándome con calma, con esa paciencia que a veces me resulta más intensa que cualquier palabra.
Es una tira y afloja silenciosa. Yo finjo que todo está bien, ella finge que se traga el teatro. Nadie más se da cuenta.
Adriana y Alberto, en cambio, están a lo suyo, ya confabulando una salida conjunta. Entre bromas y discusiones lanzan ideas: playa, montaña, barbacoa, incluso un viaje rápido a Portugal. Lo dicen con tanto entusiasmo que es imposible no notar que de verdad hemos hecho una buena piña. María y Marta se suman, aportando planos cada vez más disparatados, y Fabrizio ya propone encargarse de la comida “como Dios manda, con fogo e carne de verdade”.
En medio de aquel ruido, entre todas esas voces que planean futuros encuentros, solo existe ese hilo invisible entre Sofía y yo. Su mirada dice: Ya hablaremos. La mía intenta escapar, pero sé que tarde o temprano no podrá evitarlo.
La noche se apaga poco a poco entre carcajadas, promesas de futuros aviones y las típicas discusiones sobre quién va a organizar qué. Al final, cada uno empieza a marcharse. Fabrizio se despide con un abrazo de oso que casi me deja sin aire. Adara y Marta siguen discutiendo qué música llevar para la salida, y Adriana y Alberto van enfrascados en su lista mental de cosas que preparar.
Yo respiro aliviada, estamos solas. Es de esas noches que me llenan y me agotan al mismo tiempo. Cuando por fin el grupo se dispersa del todo, me quedo en los escalones del hotel, disfrutando de unos segundos de calma. Me inclino hacia atrás, y en ese preciso instante:
—Estoy viendo que no me cuentas nada.
La tensión me aprieta el pecho. Siento cómo las palabras se amontonan en mi garganta, pidiendo salir, pero también sé que abrirme a Sofía es entrar en un terreno del que no estoy segura de poder regresar.
El móvil vibra en mi bolsillo. No lo saco, pero Sofía se da cuenta, claro que sí. Una ceja suya se arquea apenas un segundo, suficiente para que entienda que ha leído la situación.
—Quiero que hablemos, Aida —murmura entonces, más seria.
—¿De qué? —pregunto, intentando ganar tiempo.
—De lo que sea que llevas guardándote todo este tiempo.
Sus palabras quedan suspendidas entre nosotras. El murmullo lejano de la ciudad es lo único que llena el silencio.
Trago saliva. Sé que, en el fondo, la noche no va a acabar hasta que Sofía consiga lo que quiere.
Me remuevo en los escalones, incómodo bajo su mirada. Siento sus ojos fijos en mí, como si intentaran arrancarme las palabras de dentro.
—No tengo nada que contarte, Sofía —digo al fin, seca, más fría de lo que pretendo.
Ella carga la cabeza, con esa paciencia que desespera.
—Claro, y yo me lo creo —responde con ironía.
Vuelvo la vista hacia la calle, impidiendo encontrarme con sus ojos. Un coche pasa despacio, las luces iluminan por un instante el reflejo de su rostro. Hay algo en su expresión, entre firmeza y ternura, que me obliga a querer mirarla otra vez. Pero no lo hago.
El móvil vuelve a vibrar en mi bolsillo. Otra vez. Un nudo se me forma en el estómago. Sofía lo nota, y aunque no dice nada, sé que lo registra todo: el gesto, el silencio, mi incomodidad.
—Aida… —su voz se suaviza, casi como si me pidiera permiso para entrar en un terreno prohibido—. Tú sabes que conmigo no hace falta fingir.
Clavo los codos en las rodillas y me cubro la cara con las manos, respirando hondo. Tengo tantas cosas encima… pero no, no puedo soltar nada. No aún.
—Estoy cansada, Sofía. Eso es todo —murmuro, como quien da por cerrada una conversación.
Ella guarda silencio unos segundos. Luego, hacia el espacio.
-Vale. Pero recuerda una cosa —dice, inclinándose un poco hacia mí—: cuando decidas hablar, yo voy a estar aquí. Te guste o no.
Un escalofrío me recorre, aunque me limito a encogerme de hombros, finciendo indiferencia. El silencio vuelve a instalarse entre nosotras, pero no es incómodo del todo. Es de esos silencios cargados, llenos de lo que ninguna de las dos quiere decir en voz alta.
Sofía suspira, apoyando la espalda contra la barandilla de hierro.
—Bueno, se acabó la reunión de hoy. Tus amigos son un show, ¿eh?
—Ya ves —respondo con media sonrisa—. Te tocó aguantarlos, aunque creo que ha encajado mejor de lo que esperaba.
Ella me mira de reojo, esa mirada suya que mezcla picardía y calma a la vez.
— ¿Encajar? Si hasta pareciera que llevo toda la vida con ustedes.
—Tampoco exageres —digo riendo—. Si no llega a ser por mí, seguro que Alberto y Fabrizio te abruman con sus historias de cocina.
—Por ti o gracias a ti… —réplica con tono juguetón, como si la diferencia fuera más grande de lo que realmente es.
Me encojo de hombros, disfrutando de la complicidad que tenemos desde hace tiempo. Esa conexión que no hace falta forzar, que simplemente fluye.
—Bueno, cuéntame —digo inclinándome un poco hacia ella—, ¿cómo te ha ido el día? Que todavía no me has soltado ni una queja.
Sofía suelta una carcajada suave, divertida.
— ¿Quieres de verdad que empiece? Porque entre clientes pesados, bandejas que parecen tener vida propia y el dichoso cubo de agua que casi me hace volar en el pasillo… te juro que merezco una medalla.
—Eso es lo tuyo, Sofi: un drama detrás de otro —sonrío, aprovechando para vacilarla un poco—. Si hasta parece que el hotel no funcionaría sin tus tropiezos.
Ella me empuja suavemente con el hombro, finciendo molestia.
—¡Eh! No me vaciles tanto, que tú tampoco eres ninguna santa.
—No lo niego —admito con una risa contenida—, pero la diferencia es que yo tengo estilo hasta cuando meto la pata.
—Sí, claro… —bufa, arqueando una ceja con ironía—. Lo tuyo es “arte torpe”.
Ambas nos reímos, y por unos segundos todo es ligero, sencillo. Solo nosotras, en medio de la madrugada, riéndonos de lo absurdo del día.
El silencio que viene después es distinto. No incómodo, sino lleno de algo que no se dice. El miro de reojo, intentando descifrar si piensa lo mismo que yo: que en realidad ninguna quiere moverse de aquí. Ella juega con las llaves en la mano, girándolas entre los dedos, como si retrasara el momento de levantarse.
—Mierda… entro temprano mañana —murmura al final, mirando la hora en su móvil—. Me voy a tener que ir ya, aunque… me quedaría un rato más.
Noto cómo mi estómago se encoge, y aún así sonrío con ironía.
—Vete, que luego me toca a mí cargar con tu mal humor por no dormir.
—Eso nunca —responde, aunque su risa la delata.
Se levanta despacio, sacudiendo los pantalones, pero sin moverse todavía. Se queda de pie frente a mí, como esperando algo. Yo también me quedo quieta, observándola, con esa sensación extraña de que hay una frase en el aire que ninguna de las dos se atreve a pronunciar.
—Anda, descansa —dice finalmente, con voz más suave, casi un susurro.
—Tú también —contesto, aunque no hago ni el más mínimo gesto de levantarme.
Nos miramos unos segundos más, de esos que parecen eternos. Ni un abrazo, ni una palabra de más. Solo un intercambio de miradas cargadas de todo lo que callamos. Al final, es ella quien se gira y comienza a caminar hacia su coche.
Me quedo allí sentado, viendo cómo se aleja hasta desaparecer al doblar la esquina. Y siento que con ella también se me va un pedazo de calma que no sé cuándo volverá.
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Pasan los días, luego las semanas, y la rutina del hotel vuelve a envolverme. Cocinar, ordenar, bromear con los compañeros… todo parece en orden. Pero la verdad es que, aunque no lo diga en voz alta, cada vez que me siento un momento a respirar, mi cabeza me devuelve a esa noche en los escalones.
La imagen de Sofía jugando con sus llaves, retrasando el instante de irse, regresa una y otra vez como si fuera una película repetida. Esa mirada suya, cargada de algo que ni ella ni yo nos atrevemos a poner en palabras, se queda grabada en mí. Y lo más curioso es que, aunque nunca lo hablemos, esa tensión está ahí, presente, en cada turno compartido.
Nos cruzamos en los pasillos del hotel, yo desde la cocina y ella desde la sala, y siempre hay un instante fugaz donde nuestros ojos se encuentran. Basta con eso: un par de segundos, una sonrisa casi imperceptible, para que la memoria de aquella despedida me atraviese como un recordatorio.
Lo extraño es que ninguna de las dos cambia el guion. Yo sigo vacilándola con cualquier excusa: si se le cae un vaso, si se equivoca con una orden, ahí estoy para soltarle un comentario con sorna. Y ella devuelve la jugada, con la misma facilidad y con esa risa que tanto me descoloca. De cara al resto, parece lo de siempre, pero en el fondo ambas sabemos que hay algo distinto.
Es como si todo siguiera igual… pero nada lo estuviera.
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