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Cuando llegamos al bar, la mesa ya está en pleno bullicio. Marta gesticula mientras cuenta algo que le ha pasado en el trabajo, Fran se ríe con la boca llena y Fabrizio tiene esa energía suya de siempre, saludando a medio local como si fuera su territorio.
Adriana y yo nos sentamos juntas, enseguida nos pasan vasos, raciones, y el ambiente me envuelve. Después de tantas horas de cocina y platos, lo que más agradezco es no pensar en ollas ni en comandos, solo déjame llevar por el ruido de las risas.
—Venga, Aida, cuéntanos —salta Marta de golpe, con una sonrisa pícara—. Adri dice que últimamente estás mucho mejor, que te brillan hasta los ojos.
Le lanza una mirada asesina a Adriana, que finge inocencia mientras se lleva una aceituna a la boca.
—Exageraciones suyas —respondo con calma, levantando mi vaso para brindar—. Será el café del hotel, que es más fuerte que el de casa.
Fabrizio no tarda en metro baza.
—Sí, claro, y yo creo que es el café el que te tiene con esa sonrisa. Vamos, Aida, ¿cómo se llama?
— ¿Cómo se llama qué? —pregunto, aunque sé por dónde van los tiros.
—La persona que te tiene así —ríe Fran, dándome un empujón con el hombro.
Me encojo de hombros y bebo un trago largo de cerveza.
—No hay persona. Solo trabajo, dormir y volver a trabajar.
Marta chasquea la lengua.
—Pues qué aburrido, con lo bien que estás. Te pega otra cosa, no sé… un poquito de emoción.
—Tengo suficiente emoción con que no se me queme el pescado cada mediodía —digo, ganándome una carcajada general.
Fabrizio, teatrero como siempre, se lleva una mano al pecho.
—Mentira. Esa cara no es de pescado, esa cara es de alguien con un secreto.
Ruedo los ojos.
—El único secreto es que me estáis quitando las croquetas.
Entre risas y bromas, la conversación gira hacia recuerdos antiguos: viajes improvisados, aquella vez que casi nos quedamos tirados en mitad de la carretera porque Fran se olvidó de echar gasolina, los líos en los que Fabrizio siempre acaba metiéndose. Es como volver a un lugar seguro, uno donde no tengo que medir tanto las palabras.
Aun así, cada vez que Adriana me lanza esas miradas de “te pillé”, desvío la vista hacia el grupo, agarrándome a las historias de los demás. No es el momento de hablar de lo que realmente me remueve por dentro… y ella lo sabe. Pero eso no le impide disfrutar de cómo los demás me pinchan.
Al final, terminamos todos riendo a carcajadas, brindando una y otra vez, como si quisiéramos atrapar el tiempo entre vasos y bromas. Y, por un rato, funciona: me olvido de todo lo que me ronda la cabeza.
En algún momento de la noche, entre brindis y anécdotas, Fabrizio se inclina hacia mí con esa media sonrisa suya y el acento brasileño más marcado que nunca.
—Ô, Aida… tengo que preguntarte, menina. ¿Cómo sobrevivir con ese ritmo de cocina en el hotel? ¿Porque yo, con las brasas, ya salgo molido, viu?
Me río, porque sé que lo dice con toda la seriedad del mundo.
—Pues igual que tú: a base de café y paciencia. Aunque te diré algo… la parrilla tiene su arte, sí, pero la presión de los tickets seguidos en una cocina grande no se compara.
Él chasquea la lengua y se acomoda en la silla, como si me estuviera lanzando un reto.
—La parrilla es puro instinto. No tienes un reloj que te diga cuándo girar la carne… lo llevas en la piel, en el cheiro, en el sonido. Eso no lo hace cualquiera.
—Touché —asiento—. Pero prueba a tener quince comandos entrando a la vez, con tres guarniciones distintas y un cliente que pide cambiar la salsa a última hora. Ahí es donde de verdad se mide quién aguanta el calor.
Fabrizio suelta una carcajada sonora y levanta el vaso.
—Tá bom, tá bom… te lo compro. Pero sigo diciendo que si me metes en tu cocina, aguanto el ritmo, facinho.
—Y yo en tu parrilla —le respondo al instante, divertida.
Estamos tan metidos en la conversación que no me doy cuenta de que el resto nos observa. Marta es la primera en cortar.
—¡Por favor! —exclama con un suspiro dramático—. ¿En serio os ponéis a hablar de carnes y salsas en mitad de una noche de amigos?
—Dejadlos, dejadlos —interviene Fran, riendo—. Que están ligando en su idioma: chuletón, brasa, comanda…
Me tapo la cara con una mano mientras Fabrizio estalla en carcajadas.
—Esses não entendem nada, Aida —dice dándome un codazo—. Mejor que no sepan los secretos de cocina, ¿né?
—Ni falta que hace —contesto, mirándolos a todos con una sonrisa—. Que sigan con sus historias, que la cocina es terreno sagrado.
El grupo estalla en carcajadas, y entre las bromas noto que Adriana me observa de reojo con una de esas miradas que dicen “ya te pillaré para sacarte más cosas”. Yo me limito a encogerme de hombros, esconder la sonrisa en mi v aso y dejar que la noche siga fluyendo.
Estamos en plena risa, Adriana imita el acento de Fabrizio cuando pide caipirinha y Marta casi se atraganta con la cerveza. Tengo la barriga doliéndome de tanto reír cuando el móvil vibra en la mesa. Lo miro sin mucha intención, y al ver el nombre de Sofía, el gesto se me suaviza sin poder evitarlo.
"¿Cómo vas, superviviente? :)"
Me río sola y concurso rápido, todavía apoyada en el respaldo de la silla.
"Bien, mejor que tú seguro. Aquí rodeado de locos, ¿quieres foto de prueba?"
Adriana, que está a mi lado, nota la sonrisa tonta en mi cara.
—¿Quién es? —pregunta con esa mirada traviesa.
—Nadie, déjate —respondo, ocultando un poco la pantalla.
El móvil vuelve a vibrar, otra vez Sofía.
"Me imagino… disfrútalo, yo sigo recogiendo platos como una condenada. Pero mañana me cuentas, ¿eh?"
Me quedo unos segundos más en la conversación, hasta que otra vibración, distinta, me hiela la sangre. El nombre que aparece esta vez en la pantalla hace que se me encoja el estómago. Silvia.
El contraste es tan brusco que dejo el móvil boca abajo en la mesa, como si con eso pudiera apagar el eco que me deja ver su nombre.
Adriana arquea una ceja.
—¿Y esa cara? ¿Qué pasó?
Sacudo la cabeza con una sonrisa finida.
—Nada, cosas mías.
Pero no es "nada". Es todo lo contrario. Sofía me saca una sonrisa sin esfuerzo, con esa ligereza que tanto agradezco últimamente. Y justo después, Silvia aparece como una sombra que me recuerda que mi historia con ella sigue sin estar cerrada del todo.
El murmullo de mis amigos vuelve a llenar el aire, pero yo ya no estoy tan presente. Tengo el móvil escondido en la palma, latiendo cada vez que una de las dos escribe. Entre esas notificaciones está la diferencia entre lo que quiero dejar atrás y lo que, de alguna forma, sigo arrastrando.
Después de un buen rato charlando con Adriana, Marta, Fran y Fabrizio, me entran ganas de enseñarles un pedacito de mi rutina.
—¿Y si vamos a los escalones del hotel? —propongo de golpe, como quien no quiere la cosa—. Allí solemos sentarnos al acabar los turnos, a tomar algo, hablar… Está guay.
—¡Eso, eso! —salta Fabrizio, entusiasmado—. Bora, bora, eu quero conhecer esse lugar.
—Y a esa Sofía de la que hablas sin darte cuenta —añade Adriana, burlona.
Ruedo los ojos, finciendo indiferencia, aunque sé que lleva razón.
—Anda, calla y camina.
Nos ponemos en marcha y, mientras cruzamos las calles, el móvil vibra en mi bolsillo. No es Sofía, como hubiera esperado, sino Silvia:
"Aída, ¿hasta cuándo vas a evitarme?"
Trago saliva y guardo el móvil sin responder. Apenas unos pasos más tarde, otra notificación:
"No puedo dejar de pensarte, aunque me caso."
Me hierve la sangre. Lo meto en el fondo del bolsillo y decidí ignorarlo. No voy a permitir que me arruine la noche.
Cuando giramos la última esquina, allí están. Sofía, Irene, María y Adara, sentadas en los escalones del hotel, riendo y compartiendo un cigarro. Parece una de esas postales que ves todos los días y que, de repente, brillan diferentes.
Sofía es la primera en percatarse de nosotros. Se levanta de golpe, con los ojos como platos.
—¡¿Pero qué…?! —exclama, sorprendida.
Me cruzo de brazos con una sonrisa traviesa.
—Pues nada, que os traigo refuerzos. Estos son mis amigos: Adriana, Marta, Fran y Fabrizio.
Ellos saludan con soltura, y la sorpresa inicial de Sofía se transforma en risa nerviosa.
—Vaya… menuda emboscada —dice, mirándome con esa mezcla de curiosidad yc omplicidad que siempre me desarma
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