Histerismo se levantó de su asiento, y asestó un golpe a la mesa, hecha una furia avivada por las llamas de Sekhmet.
— ¿¡Cien!? — le escupió a Edward, quien la miraba tan tranquilo desde el otro lado del tablero. — No, mi lord. ¡Quiero a doscientos veinte!
— Tendréis solo cien, mi lady.
— Doscientos veinte — repitió.
— Cien, y ni uno más.
— Doscientos… Ni pa ti ni pa mí.
— Cien.
— ¡Dos…cientos!
El Confabulador se llevó una mano a la barbita, caviló por un momento y sonrió.
— Ciento veintidós.
— ¡Hecho! — Atizó otro manotazo a la mesa, dándose por satisfecha. En breves, se dio cuenta de su error. — No, espera… — Le había sonado a un número mayor.
Lo siguiente que escuchó fue a un montón de hombres romper en carcajadas y propinarles golpes de jolgorio a la mesa. Como de costumbre, la risotada áspera del vikingo opacó las del resto. Mary hizo sumas antes de dejarse caer sobre la silla, mustia y derrotada. Conservaba una destreza prodigiosa para la magia y aprendía con exquisita rapidez, pero los números no eran lo suyo.
— Soy más alguien de letras.
Comúnmente también olvidaba con facilidad lo que le constaran. Por un oído entraba y por otro salía casi al instante, aunque recordara a la perfección todo su repertorio de conocimientos en la hechicería.
A Edward la jugarreta lo hizo sonreír de manera campante. Mojó la pluma en tinta, y fue directo hacia el papel.
— Serán ciento veintidós espadas las que os acompañen a vos, mi lady, y a Brynjar Berzerk, quien fungirá como castellano en la ausencia del Rey.
No importaba lo que Mary hiciese o cuanto amenazase a Edward Stanford, no paraba de llamarla «mi lady» a la mínima. A aquellas alturas, ya se estaba acostumbrado a simplemente dar su brazo a torcer.
Nathan Hengist, sentado a la derecha del Confabulador, le pasaba pliegues de cartas para que su amo las leyera, las discutiese y las firmase. El comandante de la Guardia de la Ciudad las sellaba al terminar. Mary se sorprendió, sin guardarse expresión ninguna, al percatarse que era el único de los once en el consejo de guerra que no portaba brazaletes. Los tres de Edward eran plateados, mientras que los de Mary eran todos de color bronce, pero el hombre de bigotes poblados no llevaba siquiera uno.
No tardó en señalarlo.
— Mi lord — Se dirigía al Confabulador. —, este hombre no debería estar aquí. No tiene ningún brazalete. Yo soy la de menor rango y tengo tres de bronce. Y aparentemente se me es permitido el acceso solo porque soy la Maestro de Hechiceros. De cualquier otro modo...
El comandante de la Guardia de la Ciudad, quien era además el conde de la Capital y las tierras colindantes, enarcó una ceja y lo tomó como un insulto. Pero fue Edward Stanford quién salió en su defensa.
— Resulta, mi lady, que este hombre de aquí, como lo mal llamáis, es mi mano derecha. Lord Nathan me es de gran ayuda en mis preparativos. Lo ha sido desde un principio. De todos los presentes aquí, es él en quien más confío. Y, asimismo, …
Qué descaro. La gente llamaba «bocazas» a Mary gracias a nunca haber conocido a un sujeto de labia tan extensa como la de Edward Stanford. Era inaudito y cansino a partes iguales como podía parlotear y parlotear sobre cualquier vaguedad.
Mary alzó un dedo y lo detuvo en seco.
— Oh, vuestra... mano derecha. Ya entiendo, mi lord. ¿Así lo llamáis aquí? Qué discreto y qué bonito. Vuestra mano. — Nadie pareció entenderla. — Vuestra mano. — dijo más suave, cerrando un poco la mano y agitándola lentamente de arriba a abajo.
« Podrá ser un charlatán — señaló Belial en sus adentros. —, pero al menos piensa lo que dice. Tú, no, zopenca. »
El conde Nathan casi que se alza de su asiento de la indignación. Pero el agravio que su rostro no alcanzó a mostrar, su voz acabó por desprenderlo.
— He escuchado mucho sobre vos, Mary Blood. No voy a entrar a vuestro juego de insolencias. Sin embargo, tengo algo para decir y es que una joven sin formación ni experiencia que no abulta ni la mitad de mi edad no es capaz de poner en duda mi tan notable puesto.
— Sí, sí. — replicó ella con una vocecilla.
— No necesito de vuestra venia — se empecinó él, comenzando a alterarse. —. Soy Nathan Hengist. Sin mí no habrías entrado todos con tanta desenvoltura. Me debéis mucho más respeto de lo que pensáis, porque de no haber aceptado las concesiones de lord Edward no habríais tomado esta ciudad.
— Sí, sí.
El hombre con el orgullo y la paciencia irritados empujó la silla hacia atrás y se levantó.
— ¡A ver, niñata! ¡De no haber mandado lejos a mis mejores hombres y desorganizar a los que no eran leales a mi causa, yaceríais todos allá afuera como cadáveres! Alimento para los cuervos.
Pobre lord Nathan, estuvo a nada de que se le aflora el estómago cuando Brynjar, Kurt, Raster y los demás presentes se pusieron a su altura lenta pero firmemente. Más de uno echó mano al arma que llevaba a la cintura y Raster respondió algo entre dientes con un gruñido por voz. En cambio, el conde se le quedó viendo a cada uno. Tragó saliva, petrificado como una roca.
— Tampoco hacía falta ponerse tan a la defensiva, Nathan. Yo no juzgo.
— Basta de esto, Mary. — rezongó Brynjar.
— El tiempo es oro, y no sobra exactamente — indicó Edward, inmutable. —. Sentaos.
La Maestro de Hechiceros simplemente se encogió de hombros hacia el final de la pequeña riña.
— Solo digo que no hay nada de malo con que te sodomicen un poco.
Más adelante, en la Sala del Consejo se decidió cuales oficiales permanecerían en la ciudad y los números con los que contasen para impedir un levantamiento del pueblo llano, los cuales continuaban en su mayoría encadenados en las calles.
— Estaré yo a la cabeza de los celtas y guardias que se quedaran atrás para velar por el retorno del grueso de nuestras fuerzas — concluyó el vikingo, quien tenía la última palabra en ausencia de los dos peldaños más altos de la Horda de las Bestias. Cuando Brynjar yacía sobrio, se dio cuenta Mary, parlamentaba como todo un hombre sensato y sin vociferar palabrotas cada dos por tres. —. Kurt me asistirá en materia de… — Sin embargo, no siempre daba con las palabras. — Pues eso, me ayudará. Segundo al mando.
Todos se mostraron de acuerdo, excepto Mary quien se apresuró a tomar la palabra. Con más sosiego esta vez.
— ¿Serán suficientes? ¿Dos mil quinientos sujetos para retener a casi medio millón de personas? — La simple idea la hacía sentirse vulnerable, desnuda.
— Medio millón contando mujeres, niños y ancianos — apuntó el conde de la Capital. —. Contando a hombres que no poseen armas ni saben utilizarlas. Y por supuesto, quienes sí tienen habilidad no se alzarán con los grilletes puestos, las manos vacías y la moral muy baja.
— ¿No lo sabíais, mi lady? — le preguntó Edward, casi entre risas. — Después de vuestro espectáculo del fin del mundo, los rituales y la luna de sangre, los ciudadanos piensan, en su infinita ignorancia, que están en un Infierno en la tierra. Os aseguro que nadie se alzará en armas mientras crean estar bajo una maldición.
« Qué gente más supersticiosa », rumió Abadon.
En los últimos días no había tenido oportunidad de encontrarse cerca de aquel grupo de Interfectos que yacía fuera, para saciarse así de sus más recientes vivencias. La retención de armas se decía todo un éxito, pero Mary no estaba aún al tanto de si los intentos de insurrección continuaban.
— Es una cloaca moral en estos momentos. — Aquella voz provino de un hombre en una esquina de la mesa con un brazalete de plata y dos de bronce en torno al brazo. De ojos claros, cabello rubio batido desaliñado y nariz respingona. Su rostro a Mary no le recordaba a nadie en lo absoluto, pero a decir verdad no conocía ni a la mitad de los oficiales.
— Rebeliones no, pero ¿qué hay del aislamiento por tierra, mar y aire de la ciudad? — comentó otra voz cuyo semblante tampoco le decía nada.
Vaya cosa. Brotó un pensamiento no nacido por el susurro de uno de sus fieles amigos. « No los conozco a todos. Debería preocuparme, si alguna vez quiero estar por encima de ellos. O si alguna vez Ramsey se convierte en Rey de la Horda. Eso me haría a mí su Reina, ¿no? »
Francamente aquellos hombres hacían planes para enfrentarse y capturar a una Bestia, por lo que muchísimos no volverían a poner pie en la ciudad, incluidos Rex Azus o Ramsey. En el mejor de los casos, en el más maravilloso de todos, Raymond podría morir y Ramsey regresar con todo el ejército a su espalda, listo para llevar a cabo el Ritual de Dominio. Soñar no costaba nada, y ello lo convertiría en un Rey indiscutible. Y, por si fuera poco, en un Demogorgón poderosísimo.
A Nathan Hengist se le infló el pecho de orgullo. O al menos, eso pareció.
— Los animales de mensajería están todos muertos. ¿Y el puerto? Cerrado. Galeones vigilan la costa y ordenan retroceder a todo mercante que se aproxima. No lo quería mencionar, pero me di la libertad de comunicarles una buena cuartada para no dar sospechas.
— ¿Y por tierra? ¿Qué sucederá si algún entrometido llega a nuestras puertas? O peor aún, ¿y si se percata de que los campesinos han desaparecido y las granjas están todas desocupadas?
Raster tomó la palabra y en el mismo segundo empezó a hurgarse la nariz.
— Algunos de mis hombres ocupan estas granjas para otear las cercanías. Los que se han acercado demasiado han sido pasados por la espada — Consiguió sacarse lo que sea que buscaba allí, y lo arrojó al suelo con un capirotazo. —. Ja, ja. Nadie ha escapado con vida de la Capital. Todo el reino desconoce lo que está ocurriendo, inclusive la hueste de ser Logan Guiscard.
Antes de oírlo todo, Mary observó casi por casualidad que Edward se tensaba como un arco, recto como una flecha. Pero no le prestó mayor atención. En aquellas circunstancias de tanta palabrería, comenzaba ya a perder el interés.
— Necesitaremos más caballos — Kurt cambió de tema con brusquedad. —. Además de la caballería y las carretas de guerra para los soldados de a pie, contaremos con algunas balistas de gran calibre y una que otra catapulta. Las desempolvaremos de los talleres de maquinaria de asedio.
— ¿Cuántos caballos? — El Confabulador cogió la pluma. — ¿Para tirar de cuantas catapultas y balistas para ser exactos? Dadme números. Sin aproximaciones.
— No tengo idea. Unas cuantas.
— ¿Has pensado en las implicaciones que esto tiene para nuestros planes? — dijo perdiendo un tanto la calma. — ¿Cómo altera las posiciones de toda la hueste?
De ahí en más, Mary hizo oídos sordos. De pronto, todo le parecía tan aburrido que se concentró en comerse las uñas y navegar libremente por corrientes de vagos pensamientos. Tiempo después, cuando Brynjar la hubo despojado de su mundillo con una sacudida de hombro, la mitad de los hombres se hallaban ya encaminándose a una esquina de la habitación donde descansaba un enorme mapa en un tablón sobre caballetes.
— Estrategia y reconocimiento del campo de batalla — le hizo saber con cierta cortesía. —. Eso y un par de cosas más. Nada de tu incumbencia, ¿o sí? Puedes irte.
— Gracias a los Dioses — se alegró. Al levantarse, se desperezó con una sonrisa en los labios, como una yegua que corriese por el campo después de semanas de cautiverio. —. Eres un hombre muy distinto cuando no estás ebrio. Me agrada.
— No completamente ebrio. — corrigió con una tenue y corta carcajada.
Feliz como una perdiz, salió por la puerta doble de manera triunfante, apenas olvidando por un segundo que el supuesto Rey de la Horda de las Bestias no se había presentado al consejo de guerra. Corrían unas cuantas horas antes de la partida del ejército hacia la batalla más crucial en la vida de un hombre que se había pasado décadas guerreando y plantando cara a la muerte. Su ausencia parecía cuanto menos curiosa. ¿Dónde podría haberse metido?
Encontró a ser Agnar Ramsey montando guardia junto a la puerta, aunque con cierta desatención, recostado a la pared. No dudó en preguntárselo.
— El Rey tenía asuntos más apremiantes — le dijo, devolviéndole la mirada. —. Unos que no podía dejar pasar.
— Con dos cojones. Qué irresponsable es. Un pajarito muy parlanchín me dijo que el antiguo Rey solía hacer esa clase de cosas. Y por eso fue destronado — La idea no resultaba tan desagradable, a fin de cuentas. — ¿Qué puede ser más importante que lo que sucede allí adentro ahora mismo?
— Una venganza por la que ha esperado muchos años.
— Ahhhh — Mary sabía perfectamente a lo que se refería. —. Ahora caigo.
Ser Agnar era un sujeto muy atractivo y esbelto; joven a simple vista, aunque afirmase tener más de cincuenta años. Algunos se aventuraban a pensar que era debido a un elixir legendario que le otorgaba tales virtudes; otros iban más allá y especulaban que el caballero en realidad era en parte un elfo, y por ello tal apostura y longevidad sin necesidad de tener las orejas puntiagudas. Mary no lo sabía y, por lo pronto, no le interesaba mucho.
Cierto era que la magia de sangre tenía sus propias maneras de otorgar vitalidad y fuerza.
Ser Agnar no decía nada al respecto. Lo mantenía todo en un tajante secretismo, como si estuviese ocultando el paradero de la mismísima Fuente de la Juventud.
« A lo mejor eso es », pensó Mary ante la revelación.
« O a lo mejor nada más es un jovenzuelo arrogante y charlatán », supuso Abadon.
De cualquier modo, lo que se robó la atención de Mary no fue su apariencia ni su historia, sino el apellido que conservaba. «Ramsey», ni más ni menos que el mote de cariño que la había puesto al amor de su vida. Un espeso revoltijo de tristeza se cocía a fuego lento en su interior, pero puso todo su empeño en tratar de sacárselo de la cabeza. De más estaba decir que no lo logró a la primera.
Había tomado distancia de él desde hacía un día, pero ya lo extrañaba con implacable locura. Era una idiota enamorada sin remedio. Y sin importar que hubiese vendido su propia felicidad para comprar la de Ramsey junto a sus sueños, no miraría atrás. Aun así, gritarle al mundo que le dolía a horrores la puñalada que ella misma se había propinado en el corazón no haría de aquella calamidad una justicia.
Podía esforzarse con empeño, ilusión e incluso con mentiras, para mantenerlo a su lado cuanto quisiese, que nada en el mundo devolvería el don que otras mujeres poseían. Nada en el mundo conocido la haría merecedora de por fin tener una familia y engendrar hijos que solo fueran de los dos.
Quizá en algún futuro cercano las cosas irían a mejor… Soñar no costaba nada, sí, pero vaya que las fantasías salían muy caras cuando no se volvían realidad.
En una pequeña habitación contigua a los aposentos de la Reina descansaban los cadáveres reanimados de su Guardia de Interfectos en reserva; un puñado bastante disparejo conformado por antiguos guardias de la ciudad, celtas caídos en batalla y un mastín de gran tamaño que había pertenecido a un cazador. Los mantenía en secreto. El resto de sus súbditos se encontraban patrullando las calles, tal y como el Rey se lo había pedido. Despertó de su letargo a cada despojo con una orden silente apenas hubo cruzado la puerta, y estos se irguieron veloces, colocados en fila y forzados a cumplir cada precepto que les diese un motivo en vida después de muerto.
Si se detenía a divagar, a no hacer nada, el ocio la llevaría a pensar en su dolor. Y de esta manera y como distracción, dio rienda suelta a la poca voluntad que restaba en sus obedientes soldados.
Al poco rato, sus Interfectos derramaron su marcado aroma de azufre y amoniaco por los pasillos del ala este del baluarte, donde Mary sospechaba que debía encontrarse Raymond Hailstone. Sin embargo, fue el siniestro perro con tres patas, una oreja y sin cola quien halló el olor del Rey entre las habitaciones.
Se sorprendió con creces de lo sencillo que resultó todo. El enlace que preservaba con sus marchitos súbditos actuaba solo si se hallaban cerca, pero por fortuna el mastín la había encontrado a ella a medio trayecto y la encaminó hasta el lugar dando saltitos.
— Lo bueno de que estés muerto ya — le explicó entres susurros al canino de impasible semblante. — es que no tengo porque recompensarte. Aun así, buen chico — Y le rascó enérgicamente tras la única oreja que le restaba. Mary se manchó los dedos con el negruzco miasma que desprendía las heridas sin curar del animal. —. Ay, pobrecito, te queda poco tiempo a mi lado.
Puesto que iban perdiendo la integridad en pocas semanas, a medida que la rigidez se acrecentaba y la putrefacción dejase paso al hueso limpio, hasta que por desgracia el cuerpo se les fuera desmoronando a grandes trozos. Y en efecto, hacían falta ingentes cantidades de sangre y preparativos que llamaban demasiado la atención para que recobrasen parte de su integridad.
El Rey de la Horda de las Bestias y Dranova se ocultaba tras aquella puerta sin tallar en el corredor más penumbroso y desolado que había visto en todo el castillo. No se oía ni un alma, ni una voz, salvo por la que pensaba era la de Raymond, que le llegaba muy tenue. A continuación, apoyó una oreja en la madera, y luego, trató de entrever algo a través de la rendija.
« Demonios — se quejó. —, no consigo ver nada. »
« Tocar la puerta sería — le advirtió Belial — una soberana estupidez, Mary. »
— Shhhh. Cállate, geniecito, eso ya lo sé.
« Puede que solo esté durmiendo. Vayamos a hacer lo mismo, ¿sí? », Belfegor sugirió su actividad favorita casi como un imploro somnoliento.
« ¡Maldito perro! — Sekhmet, podía llegar a enfurecerse con un simple roce. — ¡Nos engañó! ¡El muy cabrón no está aquí! ¡Mátalo! »
« Pero si ya está muerto… », replicó quién siempre tenía la razón.
— Silencio.
Cuando sus voces usaban su cabeza como campo de interminables batallas, sofocaban su atención, y la mayoría de los sonidos de su entorno pasaban a segundo plano. Aún con todo ello, Mary escuchó el golpazo que vino con gran estrépito detrás de la puerta; un mazazo seco, sonoro, como aquel que se daba contra la carne blanda. El corazón se le desencajó de súbito en el pecho, pero enseguida hubo un segundo estruendo todavía más fuerte y un rugido de cólera que la hizo dar un paso atrás al imaginar que el siguiente vendría contra la puerta. Pero la realidad resultó muy distinta.
— ¿Cuántos años han pasado? — Más tarde caería en cuenta que era la voz de Azus — ¿Cuántas noches en vela pensado en ellos? — Y de nuevo, se oyó un gran golpe. Esta vez de lleno contra la pared. — ¡Contesta!
« Una venganza por la que ha esperado muchísimos años », recordó que le había dicho ser Agnar.
Fue entonces cuando le llegó la otra voz, lastimera y débil.
— Todas… — tosió. — Todas las noches desde hace años… — A partir de allí, por más que aguzó los oídos, las palabras no fueron más que un murmullo lejano e incomprensible.
Mary rechistó y chasqueó la lengua de fastidio. Se preguntaba con insistencia qué ocultaba Raymond. ¿Cuál era la historia que arrastraba con lord Tiquis Miquis desde hacía un millón de años? Habría formado una rabieta en sus adentros, si una repentina astucia no la hubiese atacado. La tortura muchas veces traía consigo la sangre, y esta sangre atraía a su vez a la magia más poderosa conocida.
Se precipitó de puntillas lejos de la puerta, rodeando toda la habitación hasta otro pasillo, donde no podrían atraparla con tanta facilidad.
« Uno no toma venganza por que sí, ¿verdad? — Y todas las voces en su cabeza, curtidas en el tema, le dieron la razón. — No es nada justo. La Horda me obligó a contar mi pasado antes de dejarlo atrás, pero tú, Raymond, mataste a los pocos que sabían toda la verdad sobre ti. Aquellos que te aceptaron. »
Aprisa se acomodó con las piernas cruzadas entre una mesilla y una estatua, e hizo valer las habilidades que hasta un simple aprendiz podría emplear. Cerró sus ojos para concentrarse. Para lo siguiente no hacía falta la menor runa. Y al momento se despertó y fue desperezándose para ella un sentido más. Del Sentimiento Compartido surgieron sensaciones del espacio por medio de las vibraciones del sonido y la luz que interactuaba con la sangre. Si era cierto que, de algún modo un ciego podía ver con sus oídos, debía parecer algo muy cercano a aquello.
La vida de lord Thomas se desparramaba a cuentagotas bajo sus pies y por sobre sus ropas. No había colores, únicamente siluetas oscuras y un medio en todas las paletas del gris. La presencia de Azus era imponente sin importar que se comparase o no con el aspecto delicado del cortesano, que tenía fama, además, de ser un sujeto amanerado.
— Ni siquiera en tu estado. Ni siquiera ante la perspectiva de continuar con vida — escuchó decir a Raymond. —. No me esperaba eso de ti.
— No sé nada sobre ellos.
— Que así sea. Lamento ahora no tener a tu esposa e hijo aquí conmigo para amenazarte. Es lo único que lamento. No conseguiré sacarte nada, ruinseñor, sobre los Birdwhistle — habló presionándole el pecho con un dedo en gesto acusador. —. Ellos están muertos gracias a ti. No me dejaste otra opción.
— Vos tampoco. Yo os lo advertí — El anciano gemía de vez en vez. Sin embargo, inaudito era que consiguiese hablar con tanta claridad pesa a las heridas. —. Cometí la osadía al decíroslo a vos primero antes que al Rey Darren. Os pedí, os rogué, que os alejarais de esa mujer, que mantuvierais intacto vuestro voto de obediencia y castidad.
A Mary le llegaron las visiones de la aguja que sostenía Raymond entre el índice y el pulgar. Un momento más tarde, vino la sangre y el dolor bajo las uñas del cortesano.
— Vaya acto de bondad y honor os marcasteis. ¿Qué tan orgulloso de vuestra rectitud os sentisteis cuando quedasteis sin nadie que os amara? Os separé de ellos, así como vos me separasteis de Aloy. Ojo por ojo, diente por diente.
Lord Tiquis Miquis yacía ceñido a la pared con ayuda del arnés y correas de un instrumento de tortura. ¿De dónde sacaba las fuerzas para seguir consciente?
— Ojo por ojo — repitió. Hablaba ya casi sin vida. —. Si así funcionasen las cosas, el mundo estaría morado únicamente por ciegos. Sí, ciegos, como vos. No sabéis de lo que habláis. Mi esposa y mi hijo me amaban. En cambio, vos violasteis a Aloy. Fue raptada, cuando se rehusó a estar con vos. A punta de golpes, quisisteis ganarte su aprecio, pero fue su miedo y desprecio lo que obtuvisteis.
— No. — Aquello sacó de quicio al Rey, que se precipitó con la fuerza de un toro y le asestó un golpe en la costilla. — ¡Ella me amaba, lo sé, podía verlo! — Y después, se llevó una mano a la cabeza y por poco rompe en alaridos. —. Me lo hacía saber con cada mirada, con cada sonrisa. ¡Vos ni nadie estuvo allí para verlo! ¡Me incriminaron! ¡Me atacaron por la espalda por romper un maldito juramento!
« Qué patético espectáculo, Raymond » De la mano un hombre venido a menos que por fuera aparentaba ser nada más seco, áspero y malhumorado. La Dádiva no recordaba haberlo visto quebrarse ni desesperarse a tal magnitud por ninguna cosa. Lo más sorprendente le resultaba que sufriese por una mujer de una manera tan histérica.
Era sabido que, no cedía a los encantos del sexo contrario sin importar que fuesen madres, doncellas o esclavas. Y cuando los hombres se reunían a hablar de ellas, él no mostraba el mínimo interés. « Y qué decepción ». La misma Mary había hecho correr el rumor de que a Azus le gustaba en realidad tragar espadas y que lo envainasen con ellas en secreto.
Aunque lord Thomas Worthington había demostrado ser un cobarde hasta la médula, soportaba bien los puñetazos y las cortadas. El ímpetu brutal del Rey le había estampado el cráneo contra la pared y le había abierto una brecha.
— ¿¡Por qué!? — le gritó en la cara. — ¿¡Por qué no te quedaste fuera de esto!? Si no fuera por ti, no me habrían exiliado. Nunca nos habrían separado.
— Porque no podía dejar que cayeras en un pozo sin fondo, negro y sin futuro, sobrino — Le tomó mucho contar aquello debido a las toses de sangre y a los estertores incipientes y débiles que anunciaba su fin. —. Porque ella estaba orgullosa de ti. Aprecié tanto a tu santa madre que no soporté la idea de que el dolor de ver al monstruo tras la máscara que era su único hijo le arrebatase la vida estando en cama, tan delicada. Y pese a todo, le mentí en su último día. Murió creyendo que su hijo aún era un caballero de brillante armadura.
Raymond Hailstone se dio la vuelta y fue hasta la repisa donde descansaba la Espada Infalible.
— Monstruo — saboreo con amargura. —. Monstruos, salvajes, demonios… Así nos hacen llamar, porque en ello nos hemos convertido. Soy el monstruo que ven a causa de sus creencias. ¿Por qué? ¿Por qué mató a sangre fría? ¿Por qué lucho por lo que creo y quiero? ¿Por qué hago a un lado a quién se interponga? — Pasó un pañuelo por la hoja del arma antes de encarar a su víctima. — Con tantos cadáveres a la espalda de la Iglesia y de aquellos que construyeron este reino, ¿yo soy el monstruo? Mientras culturas caían en desgracia, otros se lavaban las manos manchadas de sangre con oro y con las páginas corruptibles de un libro repleto de mentiras.
» Desde antes ya os tenía en baja estima a vosotros, pero fue después de pronunciar esas palabras cuando me inicié en este viaje en picada de irreverencias. No hice más que desear estar con una doncella, pero me tildaron de traidor, de perjuro y desleal, porque un imbécil al que llaman Patriarca dictaminó hace siglos que así sería. ¿Qué más daba unos malditos juramentos? ¿No podíais dejarnos en paz solo por unas cuantas palabras pronunciadas cuando era más joven?
» Señaláis a la Horda sin daros cuenta de que vosotros sois la misma clase de carroña. Los celtas son unos monstruos ahora, porque no les disteis más opción que crecer en sufrimiento. Soy el monstruo que creéis, porque me hicisteis así, forjado en el dolor a vuestra imagen y semejanza.
El viejo estaba ya en las últimas. Tenía el rostro salpicado por un río de sangre que discurría por todo su desdichado cuerpo y desembocaba en un lago espeso bajo sus pies.
— Si os arrepentís de corazón, sé que el Señor os perdonará por vuestros pecados. Por todos — Obstinado como solo ellos podían serlo, hacía oídos sordos. —. Podréis tomar venganza contra nosotros, pero eso no la traerá de vuelta. Ella murió y vos fallasteis. Gracias a Dios no estuvo allí para que la maltrataseis otra vez.
Su risa áspera fue casi el ronroneo de un gran león. Raymond le colocó una mano detrás de la cerviz a su moribundo tío y le presionó sin agujerar la punta de la espada contra el pellejo. Los rostros de la desgracia y la dicha intercambiaron una mirada más.
— Fue algo maravilloso, ¿no lo sabías? Sin importar que su cuerpo se endureciera y se pusiese tan pálida como la luna, seguía siendo la más hermosa mujer que alguien verá. Cuando el calor escapó de debajo de su piel, le di el mío en consecuencia. Y aún sin aliento y sin vida, podía ver en sus ojos grises que me amaba. Perdí la razón y las veces en las que imaginé que gritaba de placer.
« ¡Puaj! ¿En serio? », fue lo poco que tamaño golpe de asco le permitió pensar.
— No fallé, viejo Thomas. Creí hacerlo — siguió. —. Cuando viole la santidad del cuerpo de su hija, la tendré a ella de vuelta. Atenea me amará tanto o más que Aloy. El poder es solo el medio con el que quemaré bosques, secaré mares y derribaré montañas con tal de encontrarla. ¿Quién me perdonará después de eso?
— No lo harás — anunció entre lágrimas con voz vaporosa. —. No te dejarán hacerlo. Ay, diste un mal paso y te desviaste todo un trecho inimaginable. Pobre hombre resentido. Pero aún hay tiempo para que te perdones a ti mismo por lo que has hecho. Y a pesar de todo, yo te perdono, sobrino.
No se oyó nada más que un rugido de cólera y el silbido cortante de la espada que le seccionase la vida. Raymond Hailstone, en toda una tempestad de furia, le había clavado la espada en el pecho y tirado hacia arriba, rasgando todo lo que había para rasgar. Tras esto, una lluvia roja bañó el semblante contrariado de un hombre que ni muerto descasaría en paz.
Y Mary Blood sació finalmente el morbo de su curiosidad.
Una vez puso fin a sus visiones de sangre, se quedó allí inmóvil, ensimismada en vagos pensamientos que nada debían envidiarle a una mente vacía, con ojos cerrados y abrazándose las piernas junto al pecho. En la oscuridad de sus adentros, un hedor vaporoso pero fétido tocó a la puerta de sus sentidos, y un instante después, una voz afilada lo acompañó.
— ¿Qué piensas que haces? — alguien le dijo.
Cuando abrió los ojos como platos y aquel rostro, a apenas cinco o seis dedos de distancia, anegó su vista, se llevó un susto de muerte. Un sobresalto tal como si el corazón le hubiese dado un tirón. Se estremeció, pataleó, y se cubrió la boca con ambas manos para evitar que un grito escapase, pues Azus seguía detrás, a la vuelta de la esquina.
— ¿Me tienes miedo, hechicera? — siguió la druidesa acuclillada ante ella, rebosante de malicia. Los rasgos de Rhiannon eran toscos y grotescos; sus cicatrices faciales se asemejaban demasiado a pequeños gusanitos abultados que se estremecían con cada expresión, y no hacían más que horrorizar a una sonrisa de dientes picados. — Haces bien.
Tan pronto como Mary la reconoció, todo el despliegue de pánico que pudo llegar a sentir abrió paso a la ira y luego a un rencor renovado. Se llevó una mano al pecho, como intentando encajar en su sitio a su corazón que había dado un vuelco.
— ¿Y cómo no hacerlo, hija de…? — Hizo una pausa para recuperar el aliento. —. Si ni la mierda que caga un muerto es tan fea como tú.
Rhiannon se irguió en toda su altura, como una gigante a ojos de Mary. De pronto, ya no se hallaba tan risueña. Cambió su gesto a una mirada imperiosa de desprecio mal disimulado.
— ¿Qué haces aquí completamente sola? No me hagas preguntarlo una tercera vez.
« Tienes sueño — La de Belfegor fue una mentira ágil. Era lo más ágil que un demonio perezoso podía aspirar. —. Mucho, mucho sueño. » Y Mary acabó por bostezar de verdad.
— Quería dormir un poco donde no hubiera tanta bulla — declaró mientras se desperezaba como un gatito, estirando brazos y piernas trémulas. —. En los últimos días son pocos los que concilian el sueño por aquí.
— Mientes — espetó rápidamente. —. Tú habitación en la Torre de Aguamiel es la más aislada del castillo. Espiabas a nuestro Rey en sus asuntos. ¿Y con qué derecho? ¿Con qué motivos?
« Haber si piensas algo mejor la próxima — le dijo Mary a Belfegor. —, descerebrado. » Puso los ojos en blanco.
— Si ya sabias lo que hacía, ¿pa qué preguntas?
Rhiannon hubiera enarcado las cejas de tener alguna. En cambio, entrecerró los ojos.
— Ten mucho cuidado de meterte en donde no te llaman, Blood. Te faltan sesos y te sobrara la cabeza, si piensas en traicionarnos.
— ¿Quién ha dicho algo sobre traiciones, druidesa? — Se enfrentó a ella, acercándose un paso, aunque tuviera que alzar la vista para verla a la cara. Había tiempo para bromas y otro para sacar las uñas. — Solo tú. Espera un momento, ¿cómo diste conmigo? ¿Me espiabas desde la penumbra? ¿Con qué derecho? ¿Con qué motivos?
— Eso, saca las garras — Con una prenda plomiza que recordaba bastante a una capucha monástica y un talante espiritual, la druidesa hacía gala de un misticismo que no poseía, y que en realidad sus antepasados nunca tuvieron. —. Tu coraje es muy grande para ser tan pequeña. Un banco en el que subirte te vendría bien ahora.
Mary solo dejó pasar el comentario, aun cuando ella se le hubo reído en la cara.
— ¿Espiabas a nuestro Rey o me espiabas a mí? — Le borró la grotesca sonrisa, sosteniéndole una mirada gélida de ojos azules. — Sea como sea, eso es alta traición, ¿no? O media. O baja traición. No lo sé, pero es traición y punto.
Rhiannon frunció la boca y el ceño a la vez.
— Él viejo ya se ha ido — susurró. —. Siempre fue más de vosotros, hechiceros, que de nosotros. Me enfermaba tener que oírlo hablar sobre su magia de sangre. La Horda insistía que era el puente que nos conectaba, pero a decir verdad solo nos mantenía al margen los unos de los otros.
— Nos odian. A Kairo, a Iloura y a mí. A eso se resume todo.
— En especial a ti, que ensucias mi pueblo con tu magia — El odio y el hedor de su boca le llegaba pútrido con cada sílaba. —. En especial a ti, que naciste bajo el manto de un falso dios y te rehúsas a creer en los nuestros, Mary Ann. Asquerosa monja.
La Maestro de Hechiceros no dijo, no pensó nada en absoluto. Simplemente aguardaba el momento.
— No los necesitamos en el pasado — siguió. —, cuando la Horda Dorada de Brenno marchaba sobre sangre y cenizas, así como no los necesitaremos pronto, cuando la historia se repita con nuestro gran Rex Azus como Bestia.
— Habrá que esperar. No me cabe en el cuerpo las ganas de ver lo que sucederá después. — Mary le sonrió con cínico candor, juntado las palmas de las manos y ladeando la cabeza. —. Porque soy demasiado pequeña, ¿no? — Antes de ensanchar la sonrisa de oreja a oreja, cerró los ojos.
— Mediocre hechicera — escuchó de ella como un deleznable hálito de desprecio máximo. —, a otro perro con ese hueso.
Con la vista aún cegada, el roce de la ropa le hizo escuchar como la druidesa introducía lentamente una mano bajo una manga de la túnica.
— Hazlo — le dijo sin ver. —, pero a menos que tengas otros veinte más escondidos debajo de esa bata de anciana, no pasará nada. — Borró su gesto pueril y le dedicó una mirada solo para curiosear el tamaño del cuchillo y disfrutar, además, de cómo Rhiannon se atragantaba con su propio espanto. — Una herida para mí no es gran cosa. Soy una hechicera de sangre, ¿lo recuerdas?
La druidesa sostenía el arma de un palmo en hoja punzante y bien afilada con el brazo extendido hacia el suelo. La misma mano le temblaba a causa de la rabia y la impotencia que dejaba ver a kilómetros.
— Pero no solo eso — se apresuró a seguir Mary, quien anunciaba con severidad intimidante, aunque se sintiese contenta como pez en el agua. —, también soy de la sangre de lo que ya casi no hay en el mundo; soy un Dádiva. Maestro de Hechiceros y cabecilla de mi propia guardia.
Hacía tiempo que el mastín de tres patas había regresado, dando cómicos saltitos, de llamar a los Interfectos que estaban lejos del alcance de Mary Blood. Se había posado detrás de Rhiannon sin hacer apenas ruido y los demás muertos andantes daban la vuelta al recodo para encontrarse frente a ellas dos.
— Haré que él te monte hasta que uno de los dos se rompa — le advirtió, señalando hacia al final del pasillo donde los Interfectos marchaban marcialmente codo con codo. —. Luego, si te quedas con ganas, les seguirán mis otros perros de cola más larga.
Según se veía, la druidesa aún no era del todo consciente de que tenía más opción que morir. Con la poca estima que le conservaban a Mary, le cortarían la cabeza, si se enterasen de las ideas perversas que le venían a la mente en aquel momento donde la potestad le subía los humos. Tantas eran las formas que se le ocurrían para jugar con ella y todas dejaban en ridículo a los métodos de tortura de Rex Azus.
— Vete de aquí, Rhiannon, antes de que me arrepienta.
El color volvió a su rostro, cuando los Interfectos se detuvieron a medio camino. Tragó saliva antes de dar el primer paso lejos de la muerte andante.
— Qué mis palabras resuenen en tu cabeza más fuerte que las de esos amigos imaginarios tuyos. Todas y cada una de mis palabras.
Se giró, cargando en brazos con el poco orgullo que aún guardaba, pero Mary no había terminado de cincelarle el alma tan podrida que tenía. La cogió con fuerza por la muñeca.
— Si le haces algo a mis amigos, a mis discípulos, lloverá sangre y magia sobre la cabeza de los druidas y todo el que se interponga.
No hubo réplica alguna. Encima la druidesa hizo como si no la hubiese escuchado. La siguió sin pestañar mientras Rhiannon se alejaba hasta desaparecer en un recodo.
En tiempos de Brenno el Azote de Dios y la Horda Dorada, a los druidas se les había reverenciado con fervor y llegado a temer incluso. Se les había dado un lugar en cada asunto político, espiritual o militar del Antiguo Pueblo. Aún mantenían vivas algunas de las leyendas y falsas hazañas sobre su gente, pero ya no eran ni una pizca de lo que solían. No después de demostrar en siglos posteriores que no eran más que hombres y mujeres empequeñecidos por un mundo donde moraban Bestias, Dragones, Dádivas, Hadas, fomorianos, semi-dioses y tres tipos distintos de genuina magia.
Ni siquiera se les era permitido ingresar en el consejo de guerra.
En otro pasillo se oyó el azote de una puerta al cerrar y Mary supo que debía salir huyendo de allí. « Vaya, Raymond se folló a una muerta. Me pregunto, ¿qué gracia le harían mis Interfectos si… No, no, olvida eso, qué horror. »
Aquel día, cuando el sol se había ocultado ya, el grueso de las fuerzas de la Horda se preparaba para salir a dar caza a una Bestia en el algún lugar del noreste de Dranova.
Mary recordaba claramente la mañana de hacía un año y medio en la que los oteadores habían encontrado a una Bestia contenida en la prisión de sus runas. Aquellas marcas luminosas y vibrantes que se abrían paso por el suelo, sobre las aguas de un río y la pendiente de una ladera le dejaron una sensación desagradable. Le entraron picores en la piel, sus huesos le dolieron y se sintió fría durante un par de días, como si fuera una advertencia lanzada a gritos de su instinto para que se mantuviera lejos. Sin embargo, no compartió esto con nadie y ninguno de sus más cercanos dejó ver indicio alguno de preocupación. Aquella mañana distante, la Horda había celebrado un ritual repleto de esperanzas, pero entonces tenían en sus manos la llave a las puertas del Infierno.
La noche, aunque llena de grandeza y del encanto antes de la guerra para todos los soldados que marchaban a las afueras del baluarte, era fría y pálida para una desolada Mary. No había tenido tiempo para sanar el corazón roto, fruto infecto de lo que alguna vez fuese tan maravilloso vínculo. Si había buscado un dolor insufrible, lo había conseguido.
Iloura lucía hermosa para la ocasión, con su vestido de brocado sinople de corte elegante y cabello castaño que le caía en una sola trenza empedrada sobre un hombro. Quería verse bien para el padre del niño que llevaba en las entrañas, por lo que había dejado en claro. Y resultaba que, a fin de cuentas, Ramskull y ella habían copulado hasta al amanecer hacía dos noches, probado suerte un par de veces al día siguiente, y después, en tres o cuatro ocasiones a solas aquel día. De manera que, bastante probable era que estuviese encinta. Solo el tiempo lo diría.
En cuanto a Mary, se ataviaba simple y llanamente con una réplica recién elaborada de su vestidillo blanco. Sus pies descalzos, como llevaba por costumbre, y el cabello perfumado suelto y aún húmedo de la tina. Aunque las esclavas las hubiesen bañado y aderezado a ambas a la vez, Mary se había negado firmemente a llevar el atuendo que Lydia le hubo presentado. Atuendo que pretendía competir con el de su amiga, pero Mary no estaba de humor para tales sandeces que nada más iban destinadas a descubrir quién impresionaba más a Ramskull. No quería, o tal vez no podía, competir contra alguien como ella. Iloura era de caderas más anchas, lo que le vendría bien al momento del parto; de talante más robusto y sinuoso, también; su busto, más prominente, para dar de mamar a muchos hijos.
Su piel era casi perfecta, suave y sin mácula. Mary, en cambio, estaba repleta de cicatrices del cuello hasta los pies.
Y encima, la muy perra era más alta.
Muy a su pesar, sí, pero había elegido a Iloura para que se encargase de lo que ella jamás podría; darle finalmente el heredero que su amantísimo tanto deseaba. Y justo por todo ello comenzaba a desdeñarla con afán.
La chica llevaba corriendo por sus venas el don de la magia de sangre, y con un poco de suerte, Lugh llegaría a un mundo de libertades y abundancia entre las virtudes de la hechicería y la destreza guerrera de su padre que nadie más en la Horda habría conciliado.
Ramskull e Iloura tardaron unos minutos en concluir su despedida, mientras Mary no podía hacer más que encogerse de la pena en una esquina, abrazar el cráneo de carnero contra su pecho y morderse un labio con angustia. En su cabeza, Sekhmet jugaba con ideas de venganza y Belial la consolaba sin éxito. Cuando su amantísimo le dio un beso en cada mejilla, Belfegor la alentó a que fuese a la cama a pasar el mal trago o que, al menos, se tirase por un precipicio. Lo que viniese primero. Se sacó sangre del labio inferior de tanto mordérselo. Bajó la mirada, agachó la cabeza, y se dio media vuelta en un largo suspiro, dejando al yelmo de su amado atrás, abandonado junto a la pared. Se alejó de los recuerdos tanto como pudo y de cada ojo del patio que la estuviese observando.
En breves, se encontró sentada a la orilla de un gran estanque haciendo círculos y ondas en el agua con el dedo gordo del pie.
— Ha sido tu culpa — le espetó a su reflejo. — Tú y tu estupidez, Mary. Tú y tu bocota. ¿Por qué lo hiciste?
« Porque querías hacerlo feliz, ¿recuerdas?» Era muy rara la oportunidad en la que hablase la Naamah del corazón y no la de la lujuria. Podría ver, incluso estando ciega, que ella tampoco soportaba el agujero sin fondo que crecía hora tras hora en su pecho. El ahogo empeoraba cuando rompía en llanto y debía esforzarse una barbaridad para respirar, por ello trataba a capa y espada de aguantarse cada una de las lágrimas.
« ¿Y eso de que nos sirve? — inquirió Haborym — Lo perdiste para siempre. »
— No lo perdí, yo… — arrugó la cara, al borde del abismo del llanto. — Tienes razón, sí lo perdí.
« ¡Maldita sea esa mujerzuela! », Sekhmet, siempre enérgica y volátil, la colmó del odio más puro hacia Iloura. Mary se levantó del borde del estanque, y se giró como un rayo con la intención de coger a su amiga por las greñas, pero la avidez de sus celos llegó hasta allí, cuando se encontró de bruces con Ramsey. Él y sus ojos de esmeralda, con una sonrisa a medio camino de la tristeza, supieron desarmarla en lo que duraba un jadeo. Mary se quedó en silencio con la boca abierta y los labios que le temblaban.
Él no dijo nada hasta que el silencio fue demasiado para ambos.
— ¿No pensabas despedirte de mí?
Intentó por todos los medios responderle de inmediato, pero las palabras se le quedaron trabadas en el paladar con mal sabor. Con solo mirarlo, se hallaba incluso más nerviosa que la noche en la que le entregó su doncellez.
— Aquella persona que se va es la que debe despedirse, no la que se queda.
— Y por eso he venido — Llevaba el torso cubierto por una armadura hermosa de cota de mallas revestida con algunas piezas de cuero superpuestas. No recordaba la última vez que lo viera vestido de cintura para arriba. En la mano menos hábil sujetaba su yelmo amarillento de hueso. — ¿Qué te ocurre?
— Nada en especial. — dijo con voz queda. Se cruzó de brazos, haciendo de cuenta de que estaba enojada con Él.
— Fue tu idea. — dijo, y con una mano le cogió las mejillas hundidas a Mary y la obligó a hacer un puchero.
« Esa es la peor parte. Yo sola me arrojé a este abismo. »
— Eres más encantadora que cualquier otra mujer cuando sonríes — siguió, centrado solamente en ella. —. Tan adorable como un cachorrito al estar triste. Y si enloqueces por alguna razón, te conviertes en la más hermosa al fruncir el ceño. Entonces, Mary Ann, dime, ¿de qué manera debo verte ahora?
— Adorable y hermosa — le confesó. —, una imagen distinta con cada ojo... Hice esto pensando en ti, pero aun así me duele. Tanto que me cuesta soportarlo. No es nada agradable cuando te dejan de lado.
— Creí que bromeabas aquella vez. Me tomaste por sorpresa.
— ¿Eso es todo lo que dirás? — le preguntó al cabo de un rato de silencio incomodo, con la vaga esperanza de lograr algo que le levantase el ánimo. Un abrazo, un beso en la mejilla; el mínimo gesto de cariño, si era que todavía sentía algo por ella.
— Ahora solo piensas en ti.
Al atisbar un destello de pena en las joyas verdes de su amado, bajó la vista, llena de vergüenza. « Se acabó, Mary — le hizo saber Belial con voz calmada. —. No cometas una locura. No estás sola. Te ayudaremos. » Le escocían los ojos de tanto que los había oprimido para no romper en llanto. Su garganta se volvió un nudo enorme que no la dejaba siquiera tragar saliva.
— Tu mayor virtud y, a la vez, el más grande de tus defectos es que eso no dura demasiado. — Y le levantó el mentón gentilmente para que compartiesen una mirada, como había hecho incontables veces en un pasado ya lejano. —. Nadie, ni tú misma, conocen en realidad lo que sucede en este vendaval de pensamientos — Le apuntó a la cabeza con el índice, y luego bajó el dedo hasta su pecho. —. Pero sé muy bien lo que ocurre aquí dentro. Me amas y darías todo por mí, incluso tu propia felicidad para que yo lograse la mía.
Mary derramó una lágrima sin saberlo, pasando del llanto a la sonrisa a conciencia.
— Todo. Incluso mi propia vida, Ramsey. Ya te había dicho que estaba loca por ti.
— Lo has demostrado no solo con palabras. Y eso no tiene precio para mí, de modo que he de obsequiarte algo invaluable para que entiendas lo agradecido estoy.
De pronto, la noche dejó de ser tan fría a su lado. Una calidez absurda seducía al nuevo invierno que estaba a punto de nacer, arrastrada por la suave brisa que acariciaba sus cuerpos. Se olía un aroma fresco a rosas y lavanda, aunque las flores de primavera que envejecían junto al estanque no fuesen ni por asomo parecidas.
Ramsey depositó su cráneo de carnero mastodonte, el amuleto que lo acompañaba a todos lados, en la corona de piedra de la fuente y lo hizo a un lado para centrarse en ella y sola en ella. Mary no llegaría a saber de dónde había sacado el envoltorio blanco que entonces llevaba en manos, pues no había querido perder de vista su rostro y la riqueza que brotaba de sus gestos en ningún momento.
No había luces que brillaran más que Él bajo la luz de luna llena, bajo el manto de una diosa lunar que lo había glorificado con tal extravagante belleza más allá de la imaginación humana. A parte del zumbido de las abejas y el lloviznar del agua sobre el estanque, reinaba el silencio. Un silencio donde solo la naturaleza hablaba y le hacía pensar a Mary que ambos eran los únicos en el mundo.
Del envoltorio sacó un collar reluciente con un gran círculo de plata decorado con algún emblema celta. La piedra engastada en el centro no era una perla verde como le había parecido al principio, sino una esmeralda a la que se le había dado la perfecta figura de una esfera. Mary inclinó la cabeza, cuando vio que Él alzaba los brazos para ceñírsela al cuello.
— ¿Y esto? ¿Qué es? — preguntó, examinando más de cerca la joya que le quedaba a la altura del corazón.
— Encantadora y bella despistada de mierda — le anunció dulcemente en forma de una carcajada. Ensanchó su sonrisa, para darle un capirotazo más en la frente. —, tantos años a nuestro lado y aún no lo sabes.
— ¡Augh! Muy bonito, pero sabes que no me gustan esta clase de lujos — Un instante después, se condenó por nunca pensar lo que decía. Se mordió la lengua. —. Quiero decir, gracias. Muchas gracias. — declaró con una risa nerviosa.
Le cogió el rostro a dos manos como si estuviera a punto de besarla.
— Los celtas no tenemos anillos para intercambiar. Tenemos esto.
— Espera, ¿qué? ¿Anillos? — Se le desencajó el rostro de la impresión.
— Tengo uno idéntico bajo la armadura. Esto, hermosa Mary Ann, es un nudo perenne. Un nudo que nunca se deshace y simboliza la unión eterna entre dos enamorados a través del tiempo y del espacio.
« ¿Qué? », inquirió Belial.
« ¿Qué? », repitió Naamah.
« ¿¡Qué diablos… », agregó Sekhmet.
«… está…», musitó Belfegor.
«… pasando aquí!? », gritaron con estridencia todos a la vez.
Mientras tanto, Mary flotaba a la deriva en un mar de voces sin deliberar nada en concreto. Se mantuvo con la boca abierta todo el rato con gesto aturdido.
— He caído en la trampa — siguió Ramsey, al ver que ella no daba con las palabras. — y no hay nada en este mundo que me salve. No me resta más que dejarme llevar por este curso, mientras estoy unido a ti para siempre. No habido mejor ocasión para que un hombre le diga a una mujer que la ama.
— No comprendo bien. — Algo dentro de Mary había sumado dos más dos. Lo entendía perfectamente, pero no quería gritar por temor a despertarse de un sueño.
— Quiero que seas mi prometida. Te tomaré como esposa sobre los escombros del reino agonizante que nos hizo sufrir a ambos… Si así lo deseas, claro.
Aguantó la respiración antes de pellizcarse un brazo. El pánico monstruoso por despertar de la ilusión le aceleró las pulsaciones. Pero acabó por descubrir que todo había estado sucediendo en el mundo real y no en sueños.
— Esto no… No… — Negó con la cabeza, todavía helada, y retrocedió un paso.
Su amantísimo se apresuró a cogerla por un brazo, pues Mary había estado a punto de caer al agua sin quererlo. Lo vio a Él por un instante, muriendo del horror.
— Esto no… ¡Esto no puede ser! — siguió ella, gritando a los cuatro vientos en una explosión de alegría incontenible.
Ramsey respiró aliviado por fin, cuando Mary se le lanzó en brazos, riendo y llorando a mares, ora lo uno, ora lo otro. Pronto se descubrió abrazándola con ella atenazada en torno a su cuello y colgado con las piernas yendo de aquí para allá.
— ¿¡Lo dices en serio!? — se oyó preguntado. — No te juegues con estas cosas.
— Lo juro, Mary Ann — prometió, alzándola en brazos y situando el beso a pedir de boca. —. Pero necesitó escuchártelo decir.
— Sí, sí, sí y sí.
A mitad del largo instante en que sus labios se fundían con regocijo y el ardor nacido del delirio que sintiesen el uno por el otro, la burbuja, el escudo perfecto que habían creado para ellos se rasgó. En el acto, respiraron de aires de guerra con el rugir estridente de los cuernos que se iban sobreponiendo cada uno al estruendo del anterior. La caballería ligera debía estar atravesando ya las puertas del Baluarte del Rey y la infantería y la maquinaria se encontrarían apisonando las calles de los muertos.
— Te amo muchísimo, Ramsey. De verdad. En serio.
— Yo aún más, hermosa Mary Ann.
— ¿Y ahora es cuando debo dejarte ir? — Había perdido el contacto con la realidad, haciéndose a la idea de que todo fluiría siempre dulce como la seda, pero los sonidos de la ofensiva de las legiones contra una auténtica Bestia le infundieron miedos otrora inexistentes después de un momento tan hermoso.
— Aún no — La dejó caer al suelo con la suavidad que descendía una pluma. —. Unos minutos más, unos menos, no verán la diferencia.
— ¿Y si algo sale mal, Ramsey? ¿Y si no vuelves? Tengo que ir contigo.
— Nada saldrá mal, ya te lo digo — Tuvo que rodearla para hacerse con el cráneo de carnero. —. Estaremos juntos otra vez. ¿Conoces el plan de contingencia?
— Sí, pero si dices que todo saldrá bien, ¿por qué preguntas?
— Porque tengo que irme sabiendo que tú también estarás a salvo aquí.
« ¿Hablamos de una sublevación del pueblo o de esos druidas? », preguntó su voz de la razón, pero Mary no alcanzó a escucharlo, perdida en sus propios asuntos, tanteando el nudo perenne en su pecho.
— Debo suponer que le has dado uno como este a Iloura, ¿verdad?
Leyó en el rostro de su amantísimo el desentendimiento más puro. Ramsey se le quedó viendo por un segundo, y luego le propinó otro capirotazo en la frente; esta vez, uno más fuerte.
— ¡Ay! ¡Ya para con eso! — le exigió ella, llevándose una mano a la frente.
— Acabo de pedirte matrimonio. Esto de aquí — Apuntaba al nudo perenne. — es algo único, algo que solo le puedes entregar a… ¿Qué te hace pensar que…? Mary — Chasqueó la lengua, exasperado, aunque no tardó demasiado en acercase y hacer como si quisiera besarla otra vez. —. No lo pierdas jamás, ¿comprendes? Este corazón solo tiene dos partes y la mitad que nos complementa es difícil de conseguir.
— ¿Qué hay de las costumbres celtas? Iloura será la madre de tus hijos.
Las viejas costumbres dictaban que hombre quién pretendiera tomar una segunda mujer y procrear con ella debía desposarla con el beneplácito de su primera esposa. Y por supuesto, el mismo caso sucedía para acoger a una simple concubina.
— A la mierda con ellas. Nuestros hijos vendrán a un mundo, en donde tú y yo seremos hacedores de reglas. Los únicos regentes de todo — Y le dio un beso allí donde le había dejado una roncha con su golpecito. —. Junto a Iloura cumplo nada más con mi deber y con nuestro sueño. Ella bien lo sabe.
— Guardaré en mi corazón — Cuando cerró los dedos en torno al collar, unas cuantas lágrimas le cayeron sobre el dorso de la mano y se enteró de que seguía llorando. — cada una de esas palabras, pero no sé qué decir para que guardes en el tuyo. No soy buena para esto.
Vio la dicha más pura reflejada en sus ojos de esmeralda.
— Qué los dioses te salven Mary, llena eres de gracia. Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito sea el fruto de — dijo esto último mientras apuntaba hacia atrás, al lugar donde se encontraría Iloura. — su vientre, Lugh. Santa Mary, Madre de Dioses, vela por nosotros, pecadores.
No hicieron más que sonreírse mientras atesoraban para el recuerdo cada detalle del semblante del otro. Los segundos de silencio se estiraron hasta prologarse de manera irreal y cundir entre suspiros de amor. Una felicidad radiante de esperanza, una buena e inmaculada, no como cualquiera que hubiera sentido antes, brotó entonces que sabía que la amaba con locura y que todo su mundo giraba en torno a ella y solo ella.
— Ya va siendo hora — anunció Ramsey al oír los ecos moribundos de la última llamada del cuerno. Le tendió a Mary su cráneo de carnero. —. Cuídalo para mí, y no lo pierdas.
— Pero es tu yelmo. Que tienes que llevarlo contigo.
— Es de hueso. ¿Cuánto podría servir contra una bestia gigantesca?
— Es tu amuleto — le recordó a la desesperada. —. No puedes dejarlo.
— No, Mary Ann, ahora veo que solo es un casco al que le tengo cariño. Mi verdadero amuleto de la suerte eres tú y no te llevaré conmigo. Así que piensa en mí todo lo que puedas, para darme suerte.
— No lo perderé, lo juro.
— Más te vale, porque lo haré añicos el día de nuestra boda — Y se alejó caminando envuelto en el aura solemne de una promesa. —. Ya es tiempo de que vea hacia el futuro. Pero hasta entonces, serás mi prometida.
Ella se precipitó en no dejarlo ir tan fácilmente y cogerlo de la mano.
— ¿Podría, Ramsey, al menos acompañarte hasta las puertas de la ciudad?
— Creí que nunca me lo pedirías.
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