Bajo la calidez del mediodía, resguardaba su piel de los rayos del sol con una capucha y una túnica de tela negra que le llegaba hasta las rodillas. Era una costumbre que lo había protegido desde que se hiciera con el cargo de jinete de exploración.
Se había habituado también a guardar silencio durante horas, ya que se inclinaba por misiones que le permitían estar solo y lejos de la Capital, sin compañeros con los cuales conversar durante largas cabalgatas. Por consiguiente, se sentía extrañado y fatigado de viajar con alguien que no fuese la proyección de su sombra y obligarse a hablarle a cada rato.
Se habían despertado a primera luz del alba un día más, desayunando ligero y espantando el sueño en las sillas de sus monturas al retomar la marcha. Forzaban el trote durante un buen tramo, después bajaban el ritmo hasta casi avanzar al paso de un hombre, y recuperaban la premura al poco rato. Así, una y otra vez, para que los caballos no sufriesen demasiado los rigores de su travesía.
El Camino de los Peregrinos surcaba el reino de norte a sur y era quizás la ruta más corta a su destino. Pero no estaba en Connor lanzar los dados a la suerte. Se decantaba por los senderos más seguro. Siempre el más alejado de cualquier poblado. Nunca en la vida había sobresalido por confiar en los extraños y mucho menos comenzaría aquel día, dadas las circunstancias. Sus expediciones en casi todo bosque de Dranova eran la experiencia perfecta para trazar la ruta sobre el terreno menos insufrible.
Llevaba días durmiendo poco y usando sus habilidades a toda hora y a tal escala que el estrés le estaba ocasionando atrocidades en la mente. Notaba como un ejército de pequeñas manos le presionaban la cabeza. Le costaba ordenar ideas que tiempo atrás nacerían sin mayor esfuerzo. Pero de todos modos cerró sus ojos para concentrarse nuevamente. Llegado a aquel punto, no veía la hora de hacer su movimiento y librar sus hombros de tanta carga.
Wyke y la yegua de Atenea anduvieron por debajo de pinos altos de un terreno escarpado, se salpicaron de agua por delgados riachuelos y apretaron el paso en el sendero rocoso que se formaba entre dos montañas aplastadas. Sus cascos no dejaban de repiquetear, o al menos así ocurrió hasta que la testarudez del caballo crema hizo acto de presencia finalmente. A las cinco o seis horas de trayecto, Wyke se agitó y comenzó a renegar la marcha.
« Se está cansando — comprendió. —. Le he estado exigiendo menos que cualquier jinete, pero no deja de ser un arduo recorrido. »
Más adelante, la yegua se unió a la rebelión, con resoplidos de disgusto. Connor percibía lo hastiada y, sobre todo, lo hambrienta que estaba, pero no había podido hacer que comiera de las bayas que recolectaban de los sotos en los que pasaban la noche, y los granos que llevaba consigo no eran suficientes para todos. Podía haberla obligado a comer cualquier otra cosa: higos, hoja dulce, algún hongo, pero no llegaría hasta aquel punto con ella. Connor se encontraba ya al límite de sus capacidades. Si se imponía sobre la yegua con su don de Dádiva, posiblemente sería la gota que lo rebosara todo.
Ambas monturas fueron aminorando el paso. Desde luego, habría querido continuar, pero se vio pronto enfrentado a la indecisión. Volvió la vista a atrás, y observó cómo Atenea picaba espuelas, con aquel gesto amargado que los unía en un vínculo de mutuas y eternas discusiones. Aun con todo, la yegua hizo caso omiso de sus órdenes.
« La actitud terca de Wyke es contagiosa ».
Y en pocos momentos, la rubia nívea se rindió.
— Está…
— Cansada, ya lo sé. — Le había parecido que su compañera se encontraba especialmente callada aquella tarde. Demasiado tiempo sin espetar alguna maldición, quejarse por la silla o formular una pregunta vaga. Su silencio le era ajeno y se había vuelto casi tan chocante como que abriera la boca cada veinte segundos.
Desmontó de un salto, y le obsequió a su caballo un tanto de avena junto a unas caricias en el carrillo. Todo ello mientras vigilaba de soslayo a su silenciosa compañía. Wyke devoraba casi todo lo que le pusieran en frente con ansias.
« ¿En que estará pensado? — quiso saber, si bien se había cuestionado lo mismo desde el principio. — ¿En escapar? ¿En atacarme cuando baje la guardia? No tendría por qué, pero… Ya hice mi jugada hace horas. Ella debería haber hecho ya la suya. Aún nos siguen, y de momento otros se les suman. ¿Cuándo perderá la paciencia? ». Y por lo que descubrió en su mirada plateada tan cortante como el acero, no faltaba mucho.
Atenea descabalgó con poca gracia, y le tanteó las crines pardas a su alazana. Recorría con la vista y gesto receloso el paraje desolado en el que se habían detenido. Connor imaginó que también lo estaría vigilando a él. La yegua resopló quejumbrosamente a su lado.
— No le agradas — Tuvo que ser el primero en abrir la boca una vez más. —. Coges con mucha fuerza las riendas. Y las correas le molestan.
— Que vas a saber. ¿Acaso te lo dijo? — espetó con amargura sin desviar la mirada.
— Tampoco le gusta que le toques las crines — Se apartó de su caballo, y este fue a abrevar en un arroyo junto al camino. —. La pone nerviosa.
Y el silencio mutuo se hizo nuevamente. La yegua se apartó con brusquedad, cuando la mano se acercó a su cabeza. Con un respingo altanero, fue hacia el arroyo sin hacer caso de Atenea.
Ante sus pies se extendía un sendero embellecido por una colina a un costado, dominada por una tropa de árboles con pinceladas vistosas de los colores del otoño. En el cielo azul no había ni una sola nube de algodón. Era sin duda el lugar con menos cobertura en el que hubieran tomado un respiro. Quizá esta era la razón por la que Atenea se mostraba tan inquieta.
Connor sonrió descaradamente. El ardor en el rostro al afeitarse con el filo de sus flechas era un viejo amigo al que había echado de menos. No le quedaba de otra más que romper el hielo por su cuenta. Lo necesitaba.
— Aquí no hay nadie más que nosotros cuatro — Ella se volteó lentamente mientras Connor hablaba. —. Nadie vive cerca de estos bosques. Lo sé, ya he estado en este lugar más veces de las que puedo contar con una mano.
— ¿Por qué?
— Porque es mi trabajo.
— No… — Lo miró con gesto incierto. —. No preguntaba eso. ¿Por qué de un momento a otro estás escupiendo más palabras que en los últimos días? ¿Qué sucede? — La agitación comenzó a ensombrecerle el rostro. — ¿Por qué has estado actuado de manera tan extraña desde… desde el eclipse?
« Eso, comienza a hacer preguntas. Ya viene siendo hora. » A lo largo del día anterior había concebido a Atenea explotando de curiosidad, ansiosa de conocer por fin cómo pretendía él cumplir con su propósito. Con todo lo que había sucedido, le resultaba insólito que siguiera detrás de él, casi de buena gana. Incluso durante la luna de sangre y el himno de los lobos, no vio en ella vestigio de querer marcharse junto a la Daga Sagrada. Sospechaba algo, estaba seguro. Pero ¿qué creía saber exactamente?
— Has estado tan callada... ¿Por qué de un momento a otro estás haciendo tantas preguntas?
Había sido ágil en su respuesta, no así con su espada. Al darse media vuelta y descuidar su retaguardia, Atenea dio un paso al frente y desenvainó. Sin embargo, Connor se quedó quieto, con el rostro impávido. Ni siquiera llegó a pestañear, al igual que los caballos que se refrescaban a la vera. Se encontraba todavía embelesado y algo mareado por los restos de su previo estado meditativo.
Sabía que en algún punto se cuestionaría sus métodos, negándose a seguir.
« Hablar de más, eso era. Por los dioses… Si tan solo hubiese sabido lo fácil que sería, lo habría hecho hace horas. »
— ¿Y bien? — repuso ella.
Connor se giró. Estudió su rostro durante largo rato sin decir nada.
— Tres días… — dijo al final. — ¿Tanto has tardado en perder la paciencia?
El acero recién forjado se extendía entre ambos, inmóvil, casi como una lanza.
— No solo la paciencia. Estoy cansada de seguirte a ciegas. Hace falta más que simpatizar con tu causa y con los tuyos para olvidarme de lo estúpido que parece esto. Tú plan no es vagar por el reino hasta toparte por casualidad con una maldita Bestia y después probar suerte, ¿verdad?
— Sé que no ves con buenos ojos nada de esto, aunque en el fondo eres consciente de que no tienes otro lugar a dónde ir.
— Justo eso era a lo que iba. ¿Hacia dónde estamos yendo, Bressler?
Llevaba el arco compuesto ceñido a cuestas; sus cuchillos y la espada a la cintura. No obstante, se mantuvo quieto y frío como el hielo, a pesar de la amenaza del filo tan real. Sabía mejor que nadie que lo siguiente podría condenarlo.
— A Black Mountains. — El tiempo pareció estirarse como un hilo. Aguardó en silencio hasta que se rompiera por la tensión, atento al próximo movimiento de Atenea.
Ni bien las palabras llegaron a sus oídos, su hermoso rostro se desfiguró en una parodia de horror, para fundirse después en una absurda amalgama de expresiones: decepción, ira, desconcierto, miedo. Todo ello y más. Atenea se llevó a su cabeza la mano que no sostenía la espada. Saltaba a la vista lo mucho que odiaba la perspectiva que encerraba aquella idea.
— Debí saberlo — Su tono, abatido; su mirada, desengañada —. Debí saber que estabas loco desde un primer momento. Todo este tiempo… Pude hacer algo por los míos, pero lo he desperdiciado.
« ¿Conseguirás pasar esta prueba y yo conservar mi cabeza?» Ella se lo había tomado peor de lo que imaginase. Dio un paso al frente, queriendo consolarla.
— Atenea, yo…
— ¡Detente! — gritó con una voz tan iracunda que fue casi un rugido. Lo amenazó de nuevo con la espada. — ¡Pude haberte matado! ¡Pude haber huido! ¡Pero decidí darte una oportunidad en gratitud a lo que hiciste por mi familia! Aun cuando insistes en adueñarte del último deseo de mi madre. — Sus ojos de luna relampagueaban de furia, pero la mano de la espada tiritaba.
Se enfrentaron, observándose mutuamente. Los gestos que Connor revelaba eran tranquilos e inexpresivos. Por dentro, estaba más nervioso que en toda su vida. Había llegado la hora y ningún resultado le favorecía, vivo o muerto. Se echó la capucha hacia atrás con una mano, y al tiempo desenvainó la espada con la otra. Un respiro más tarde arrojó el arma al suelo en el espacio que existía entre ambos.
— Admito el dolor que te he provocado, pero antes deberías escuchar mis razones. Hazlo si así lo deseas.
— ¿De que serviría? Morirás de todas formas en Black Mountains. Morirás como lo hicieron tus padres: incinerado por fuego de Dragón. Si es que en eso no mentiste.
— No te mentí. Aaron, Grace y muchos otros han muerto en el lugar hacia dónde vamos, lo sé. Sin embargo, ninguno de ellos ha sido como yo — Suspiró, sacudiendo la cabeza. Para entonces creyó ver algo de duda reflejado en su compañera. —. Lo siento, por hacerte creer que todo estaba perdido. Pero llevarte hasta este punto era la única forma para que esto funcionase para ambos.
— Lo que hice por ti… No he tenido mayor declaración de confianza. Estoy harta de que seas así, un maldito libro cerrado. Contesta a todas mis preguntas y no me hagas perder más mi tiempo o de lo contrario no seguiré con esta farsa.
Connor asintió. Había ganado una ronda sin usar la fuerza, pero no se sentía vencedor. La hoja de acero de Atenea se mantuvo por largo rato entre los dos. A lo último, si bien la rabia de sus gestos persistió, bajó la guardia.
— A todas. ¿Me escuchaste? — siguió.
— A todas — repitió. Wyke regresó resonando los cascos, y se detuvo a su lado. —. A todas ellas en tanto tú solo respondas una — No aguardó a la respuesta. —. Sé que piensas que hay algo raro en mí, algo que no puedes explicar sin recurrir a vaguedades de tu religión. No eres idiota, sabes que es así. A día de hoy, supongo, ya te habrás hecho a una idea. Entonces dime, ¿qué crees que soy?
Muy por encima de ellos, un águila dorada dibujaba círculos en el cielo. El animal presto su voz al mundo poco antes de que Atenea también lo hiciera sin tapujos.
— Eres un brujo.
Por la razón que fuese, la palabra fue más un beso de dulces labios que una bofetada para Connor, que rio entre dientes. De pronto lo dominó una osadía y plena certidumbre propias de un demente, y se entregó al resultado de una de las tantas situaciones que había previsto y ensayado con antelación. Cualquiera que esta fuese.
— Respuesta equivocada, Ojos de Luna — Se giró hacia su caballo y cogió de la guarnición la Daga Sagrada envuelta en sedas. —. En todo caso, nunca dejo las cosas a la suerte del azar. Ni mucho menos vivo de falsas expectativas, como ya te había dicho — Sin aviso o el menor escrúpulo, lanzó la reliquia hacia Atenea, quién dejó caer la espada para atraparla con ambas manos. A juzgar por lo que vio, no cabía en ella la idea de tal desinterés. —. Dos preguntas, dos respuestas. Al tercer deseo concedido la dama podrá escoger si abandona o sigue junto a este genio.
— ¿Y si decido irme?
Connor hizo una mueca petulante. Una imitación bastante decente de los gestos de ser Konash que le había tocado ver.
— Nunca dejo las cosas a la suerte del azar — repitió. —. Ni mucho menos vivo de falsas expectativas. Al igual que yo, tienes demasiado en riesgo con este convenio. — « Si eres la mujer devota que pienso que eres, tu siguiente pregunta debería ser… ».
Pero hubo más de una.
— ¿Cómo piensas encontrar a la Bestia? O mejor aún, ¿por qué crees que podrás hacerle frente? — Más que sentir miedo o desprecio por lo que creía que era Connor, en sus ojos y boca se advertía un sentimiento madurado de curiosidad. — Y ya que estamos, ¿qué hay en Black Mountains que sea de tu interés?
Sentía que la cabeza le daba vueltas y que sus órganos tomaban turno para revolverse en su interior. Y a la vez, se descubrió encantado, en cierto modo, por el interés que Atenea desvelaba acerca de los fines de su misión y no en el hecho de que se llevarían a cabo con «brujería». Se preguntó hasta qué grado sus creencias provocarían que lo juzgase mal.
— Lo que tus oídos temen escuchar. Un Dragón, aunque no uno cualquiera. Quiero al fuego que se ha convertido en metal — El leve tacto de una mariposa le acarició el cuello y un azulejo se posó en su hombro mientras piaba. En el cielo, el águila dorada planeaba en dirección a él. Y de momento, Atenea parecía no hacer oídos a los lobos que se acercaban a su espalda. —. Por tal motivo pienso tener posibilidad ante la Bestia que la Horda persigue — Carcajeó con levedad, elevando los brazos con las palmas hacia arriba antes de recular, borracho de grandeza. —. En cuanto a cómo podré encontrarla… Bueno, eso es algo que no puedo expresar con palabras. — Se alejó más.
Conmovida, aunque no atónita, Atenea pareció albergar la idea de ir tras él. Pero echó raíces en el suelo con la primera zancada, cuando la jauría de lobos pasó trotando a su lado.
Eran una docena un tanto dispar; de pelajes castaños, grises y blancos.
Se quedó con el rostro desencajado y los ojos saltones mientras dedicaba una mirada rápida a cada uno. Y como acto de reflejo, apretó los dedos en torno a la espada que había recuperado tiempo atrás. Pese a esto, no era miedo lo que Connor olía a través de las narices de los lobos.
— Toma una decisión, Atenea. Y no me maldigas por ser un Dádiva. Recuerda todo lo que está en juego para nosotros.
No retrasaría más lo inevitable. Y aunque su plan lo estuviese arrastrando más allá de sus límites, tampoco podía dar vuelta atrás.
Y repentina como un soplo de viento, la carga se tornó insoportable en su cabeza. Por la gracia de su don, poseyó de golpe un millar de ojos en todas partes, un millar de voces e innumerables sensaciones. Mientras caminaba sin rumbo, un gran peso lo hizo tambalear; el águila dorada se había posado sobre su hombro, desplegando sus regías alas que arrancaban destellos del sol. Y bajo la influencia de Connor, la manada inició un canto solemne que lo envolvió en un círculo de reverencias. A sus voces se les sumó una multitud de osos, conejos, zorros, venados, jabalíes y una ristra de otros animales que asomaron desde la colina, prestos a su orden.
Estaba muriendo a causa de un esfuerzo atroz, pero se sentía más vivo y decidido que nunca. Con un propósito claro.
Sin pausa ni vacilación y con observancia impropia de su naturaleza, se hicieron centenares las criaturas que iban irrumpiendo en aquel paraje, descendiendo la ladera para acercase a la formación en derredor al Dádiva.
Si la majestad de aquella perspectiva horrorizó a Atenea, no llegó a saberlo. No podía darse el gusto de observarla todavía. A pesar de que en el fondo continuara siendo Connor Bressler, era a la vez todos y cada uno de los animales con los que forjase un vínculo. Por fin la labor de varios días de concentración estaba dando sus frutos, si bien estos eran como un trago ponzoñoso para sus entrañas.
« Aunque te esté matando. Termina con lo que empezaste »
Se oyó la voz de una mujer. Fue un ruido incompresible en realidad. El aliento de lo salvaje ahogaba sus palabras. Connor se apresuró a cumplir con su cometido, abandonándose a la esperanza de que Atenea no escapara o lo matase por lo que hacía.
El tiempo se disolvió al igual que sus pensamientos. Apretó los dientes para soportar el dolor. En sus labios se degustaba el sabor férreo de la sangre al caer de su nariz, pero hacía ya tiempo que le anegaba la boca. Su mundo se encontraba abarrotado por la voluntad y los corazones de su hueste.
El humano colocó sus brazos lentamente en alza. Las aves a sus hombros hicieron lo propio. Y al unísono, los seres cuadrúpedos a su disposición elevaron sus morros en pausada coreografía y cerraron sus párpados con plena tranquilidad, pues no existía daño en actuar con devoción al Dádiva.
El cielo se transformó en una sombra cambiante, cuando una bandada de cien aves se precipitó para formar un torbellino de alas y graznidos a su entorno. Su humanidad se fundió junto a la naturaleza para respirar como nunca de la algarabía de su talento como Dádiva. Y en un instante de potestad, toda su existencia se tornó silenciosa y colmada por un intelecto superior. Ya no era dueño de sus propias decisiones, pues era una tropa y no un individuo. Pero gracias al hombre juicioso que antes hubo sido y a las ideas que implantase en ellos, todas sus almas alojaban un único deseo.
Salivaba hilillos de sangre por las comisuras de su parte humana.
— Encontrad a la Bestia. — dijo maquinalmente, con un chasquido de sus dedos.
Y todos atendieron el susurro, dado que aquel enjambre compartía aún una sola mente. El mar de aves: cuervos, águilas, halcones, ruiseñores y búhos, levantó el vuelo en desbandada y cubrió todo el aire con sus plumas. Y del mismo precepto, aquellos animales cuyas patas jamás abandonaban la tierra salieron despedidos de súbito en todas direcciones. Con esto, la entidad que hubieron sido juntos se rompió en pedazos.
Connor se desvaneció mientras caía al suelo, deseando creer que ella vendría en su ayuda.
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