Sentir el calor de las llamas por una noche era una sensación reconfortante. Al igual que reconfortante era echar cabeza en un lugar cerrado entre paredes de piedra. El calor le había hecho darse cuenta hasta qué punto estaba exhausta por el viaje. Y el nicho excavado en la pared de roca hacía del refugio casi una madriguera acogedora.
— Lo que hiciste con el ciervo el día de ayer… Lució como si hubiese dejado de sentir dolor en el momento en que lo cogiste en brazos.
— En parte fue lo que sucedió.
— ¿Cómo exactamente? — Connor le había prometido que respondería sin pelos en la lengua a cada una de sus preguntas.
— Es difícil de explicar aún después de tantos años. Diría que le arrebaté casi todo lo que podía llegar a sentir para librarlo de su dolor. Me adueñé de su sufrimiento para que viviera en paz sus últimos instantes.
— ¿Y eso no sería para ti algo tortuoso?
— Fue duro al principio, cuando era niño. No tanto ahora que tengo más experiencia. Lo que le pasó al pequeño ciervo fue desagradable. Para ambos. Fue cruel, fue triste, fue doloroso, pero así suele ser el bosque la mitad del tiempo. Solo los niños pensarían que todo en la naturaleza es alegre y hermoso. No es así. ¿Recuerdas a todos esos animales que conseguí enlazar? Si no fuera por mí, se despedazarían entre ellos, se matarían los unos a los otros. Y lo harán, una vez pase el tiempo y hayan perdido el vínculo que juntos hilamos. No hay mucho que puedas hacer para cambiar sus instintos.
Aquella tarde, cuando Connor hubo caído al suelo inconsciente, Atenea corrió en pro de él, por alguna razón, obviando el hecho de que había estado yendo en dirección contraria segundos atrás. Fuera quién fuese él, no podía haberlo dejado tirado después de llevarse a tal extremo por la causa que ambos compartían. ¿Impresionada o fuera de sí misma? No había sabido que pensar en aquel irreal momento, salvo que, Connor Bressler no podía ser alguien tan vil como había creído la noche en que perdió el conocimiento por su culpa.
¿Qué habría hecho otra persona en su lugar? Condenarlo, seguramente, por lo que hacía, echando al olvido todas sus buenas intenciones.
«No tanto ahora que tengo más experiencia.», había admitido en tono seco, inexorable, como no dándole importancia. Pero había algo en sus ojos que narraba una historia muy distinta. A todo ese sufrimiento acumulado con los años, de los animales en transitoria angustia a los que se enlazaba, decía haberse habituado. Fuera cierto o no, incluso en la costumbre más aceptada podían hallarse desdichas que hicieran sentir a alguien un completo desgraciado, hasta que sus propias lágrimas carecieran de sabor.
Atenea se rodeó las rodillas con los brazos, casi con la timidez de una niña por hacer la siguiente pregunta. La más insoportable de todas.
— Vamos, ya dilo — Él la apremió al ver que no se animaba.
— No quiero pensar lo duro que ha sido para ti vivir con ese poder. Fingiendo ser alguien que no eres por tantas personas que te colgarían o te quemarían en la hoguera por…
— Basta de eso, Atenea — interrumpió con una sonrisa plagada de complicidad. —. No soy un brujo.
De inmediato se percató de las palabras tan atrevidas que había elegido. El estrés y el cansancio de los últimos días le socavaban la mente como ninguna otra cosa. Lo observó, apenada, aguardando a que siguiera.
— Dádivas, nos llamaban los antiguos. Antes de que Dranova siquiera existiera. En tiempos mucho más simples, cuando la cultura celta regía estas tierras y el cristianismo no era más que una fruslería de ultramar.
—¿Dádivas? — repitió parar ayudarse a tragar la pena. —. De la misma manera se refirió a ti esa criatura que nos encontramos.
— En aquel momento creí que era un animal, así que me mostré ante ella como lo hago con el resto… Solo que no esperaba que pudiese hablar al igual que nosotros.
— Debe haber más personas allá afuera como tú — especuló con entusiasmo. —. Personas capaces de controlar a los animales viviendo en estos bosques. De seguro te habrás topado con más de uno.
Sin embargo, él se mantuvo impasible frente a la posibilidad.
— Controlar a los animales no es lo que hago. En cuanto a haberlas… Podría asegurar que no. He escuchado de otros Dádivas, pero nunca conocido a ninguno.
— Entonces, si no los controlas, ¿qué es lo que haces?
Connor no respondió al momento. Vaciló, y contempló el fuego.
— Creí haberte dicho lo complicado que era de explicar — Hizo ademán de una mueca, pero al ver el interés de Atenea se dejó llevar. —. Comparto con ellos sensaciones, pensamientos, vivencias… Y de esa manera consigo persuadirlos para que hagan las cosas que deseo. Es como si estuviera conectado con la naturaleza y con todas sus formas, algunas más que con otras. Entre más arraigado esté un animal a sus instintos, me es más fácil hacerme con parte de su voluntad, sembrar una idea en su cabeza y modificar su comportamiento. Puedo llegar a forzar ciertas actitudes en ellos, pero no nos resulta nada agradable a ninguno. No son marionetas que pueda manejar a placer.
— Si al ver y escuchar a través de ellos, «creas un vínculo», como dices… ¿Podrías percibir, si algún otro Dádiva ha hecho lo mismo con esos animales?
— No todos los Dádivas somos iguales, Atenea, aunque jamás haya conocido a ningún otro. Solo he leído sobre ellos. Y lo poco que hay lo habré estudiado cientos de veces de diferentes autores — Cada palabra parecía dolerle, más por confesarlo que por cualquier otra cosa. —. Los cristianos nos hacen llamar «brujos» cada vez que pueden, pero no son hechizos ni nada que se le acerque. Por lo que sé, es un don que ciertos individuos poseen, y no me refiero solo a los humanos. La Santa Inquisición nos ha cazado uno por uno, porque a todo lo que se sale un poco de sus cánones lo llaman herejía, pecado o maldición — Volvió a escrutarla con la mirada. —. Y los pocos que restan, si es que aún los hay, se ocultan entre las mentiras para sobrevivir a un mundo que los aborrece.
En esta ocasión, fue Atenea quién evitó cruzar miradas. De pronto, abochornada por las costumbres con las que estaba tan familiarizada, ella y todos a los que conocía. La Inquisición no era nada nuevo en Dranova. Había quienes disfrutaban de ver a los obispos purificar herejes sobre el cadalso de una plaza, mientras los gritos consumidos por las llamas acompañaban a un par de jarrones de cerveza. Los había quienes se giraban con asco y otros quienes opinaban que era una excesiva sentencia, por supuesto, pero a nadie parecía quitarle el sueño que una voz sucumbiera de dolor hasta retornar al polvo ante las puertas de sus casas.
Abrió la boca solo para evitar la incomodidad del silencio y espantar la idea de que Connor la estaba juzgando en tácita protesta por ser una creyente. Como de seguro él había sentido que Atenea lo juzgaba días atrás.
— Bestias y Dagas Sagradas — suspiró. —. Aún recuerdo cuando esas dos eran los únicos estandartes de un mundo ajeno a mi vida. Ahora resulta que hay criaturas que se suponían extintas merodeando por los bosques, lunas de sangre y Dádivas. Todo esto se ha vuelto cada vez más extraño.
Connor lanzó un trozo más de madera al fuego, con lo que las llamas crepitantes se avivaron. Las chapas plateadas de su collar destellaron sobre su jubón de cuero.
— ¿Tus padres también eran Dádivas? — siguió.
Estaba observándolo, cuando Connor cerró los dedos en torno al colgante, y con cierta pereza lo guardó bajo su ropa. Había entendido por fin que no le gustaba que nadie lo viera. Era suyo. Era su pasado. Era parte de su historia. Y él era muy reservado. Todo lo que ello alberga eran malos recuerdos, pero no podía deshacerse de él.
— Murieron cuando aún era muy joven…
« Sí, y ahora te diriges al lugar de su muerte — pensó por no atreverse a decirlo. — en busca de las mismas criaturas que pusieron fin a sus vidas. »
—… Si lo fueron, jamás lo sabré — dijo, mientras colocaba una mano contra el fuego y se examinaba la palma y el dorso. —. No tengo idea si es hereditario o si simplemente naces de esta manera por casualidades de la vida. Al menos tengo la certeza de que no cambaría esto por nada en el mundo.
— ¿Ni siquiera por volver al lado de los tuyos?
— No, si con esto pudiera salvarlos. Los Maine no saben de mi condición. Nadie, además de ti, sabe de esto.
Más adelante, Atenea se descubrió imaginado cómo habría sido una vida ocultando tales habilidades, por tener la suficiente consideración de no preguntarlo. Por lo que podía ver en Connor y la indecisión que lo rodeaba, tuvo más de una ocasión para confirmar sus sospechas; estaba inquieto por lo que pudiera suceder si ambos regresaban a la Capital sanos y salvos. Palideció hasta los huesos sabiendo el destino que le depararía, si y solo si, contaba a la persona equivocada aquella confesión.
Lo siguiente que Connor declaró, mientras ella se deshacía del peto y avambrazos, para ir a descansar, versaba sobre que entre aquellos que había leído poseían el don sus poderes conservaban poca o ninguna afinidad. Le contó como algunos hombres y mujeres de leyenda de épocas lejanas fueron considerados brujos en lugar de Dádivas, por la gente de Dranova: Astoret, una especie de lobo que andaba a dos patas, y que con cada luna llena manifestaba dos enormes alas a su espalda y la ira incontrolable de un perro rabioso; Dagon Mondragón el Intocable, un caballero barmano al cual las espadas le atravesaban sin provocar daño; Ausdruck, un tal otro cuyos huesos eran más resistentes que cualquier metal conocido; y, por supuesto, Equidna. A la Doncella de Bronce fue a quién le dedicó más tiempo y detalle de su inusual habladuría.
« La admira — se percató por su sonrisa. —. ¿Quién no ha oído historias sobre la Reina Bruja? Era una belleza exótica de piel marrón y ojos dorados, todos lo saben. Connor y ella no podrían ser más distintos en apariencia, pero lo que él es capaz de hacer… Su don de Dádiva. Es el mismo. Es como si en el fondo, fueran un reflejo el uno del otro. »
Al final de su íntima velada, se dio por satisfecha y se echó a dormir con tranquilidad entre cortas fantasías sobre mitos y leyendas, y preguntándose cuanto faltaría para que los animales hallaran a la Bestia que necesitaban. En algún punto de la noche, sin embargo, tuvo la sensación de haberse despertado unos segundos. Y con la mente empantanada por el sueño, entrevió a Connor recostado a la pared, observando el fuego sin pegar ojo. No era la primera vez.
A la mañana siguiente, el olor suspendido en el aire se mostró como un indeseable heraldo de lluvia. Las nubes de tormentas se agitaban en el horizonte como una amenaza venidera.
Antes de partir, se tomó la molestia de atender a los caballos. Wyke era un devorador de comida andante, poco más que un pozo sin fondo, que lanzaba dentelladas a todo lo que pensaba podía comer. Mientras lo cepillaba, lo descubrió mordisqueando su cabello. Y los rizos suaves que le caían sobre los hombros a Atenea sufrieron unos cuantos mordiscos antes de que pudiera darle de comer de avena. En cambio, la yegua era una caja de quejidos con cuatro patas, que de vez en cuando se dejaba hacer algún cariño antes de girar el cuello hacia otro lado con un respingo.
Y finalmente dejaron atrás al condenado bosque que durante días había parecido interminable, al cabo de varias horas de viaje. Las legiones de árboles quedaron reducidas a pequeñas migajas sobre un campo de hierba alta que se extendía, azotada por el viento, hasta los confines de la vista. Cuando la lluvia los alcanzó, Connor se acercó con su montura para tenderle su capuz en gesto cordial, cosa que Atenea agradeció.
Y a pesar de que Connor no fuese ya el hueso duro de roer que antes había sido, la cabalgata no les daba tiempo a cruzar palabras. Atenea continuaba intrigada por el velo de misterio que aún lo envolvía. Connor había pasado buena parte de su vida adulta fuera de la Capital, explorando todo el reino y, en ocasiones, fuera de sus fronteras, mientras Atenea se había visto obligada a dejar pasar sus días encerrada en la cotidianidad de la taberna y poco más.
¿Cuántas cosas había llegado a ver del mundo que ella todavía no? Continuaba seducida por lo que tuviera para contar, aunque pecara a veces de tener una opinión bastante elevada de sí mismo.
Se había prometido que lo seguiría como una sombra hasta el final.
Black Mountains, aquel espantoso lugar digno de ningún elogio se encontraba a pocos días a caballo. Con tantas historias y canciones de valientes e imbéciles que se adentraban a sus fauces y que nunca más se volvía a saber de ellos, tendría que sentir un poco más de miedo. Pero no era momento para dar marcha atrás. La buena compañía y el rocío que caía del cielo y dotaba de mayor encanto a la pradera, la habían hecho olvidar su labor.
El recuerdo alzó la voz de repente y ella lo atendió: el deseo de venganza la atormentaba cada día un poco más. Aquel era el sendero que había elegido para saldar cuentas con la muerte, con todo aquel que le hubiera hecho daño a ella y a los suyos. Solo que le habría gustado reunir la suficiente fe para convencerse de que no se había equivocado.
Transcurrieron horas antes de que la lluvia se volviera torrencial y el viento comenzara a fustigarles la cara con vigor. Cuando el repiqueteo de las gotas ahogó el sonido de los cascos y se encontraron cabalgando sobre charcas, ambos decidieron que habían tenido suficiente. No podían seguir de aquella manera. De lo contrario, uno de los caballos resbalaría y se rompería una pata, o algo peor.
Les tomó tiempo hallar un sitio para pasar la noche. Divisaron una cueva al pie de un cerro que señalaba el final de las planicies. Y entre la pobreza del follaje, reunir madera seca en suficiente cantidad resultó una odisea mayor que haber llegado hasta allí. Connor se dejó caer junto a las llamas nacientes de la fogata que habían armado para entrar en calor. Estaba empapado, de pies a cabeza, con las manos arrugadas como las de un anciano. Su rostro, semiceñudo, no quería desaprovechar un minuto más de viaje.
— Está lluvia nos ha estropeado el día. Mañana saldremos un par de horas más temprano para recuperar algo de tiempo.
— Descansemos ahora — propuso Atenea, que había hecho de una piedra un banco en el que sentarse. Bastante más seca en comparación. — y salgamos de nuevo cuando la tormenta amaine sin importar la hora.
Él no pudo mostrarse más de acuerdo.
Aunque, a decir verdad, habían recorrido tantos kilómetros como en días anteriores. A medida que se acercaban al pozo de muerte que era Black Mountains, a Connor se le notaba más y más impaciente por llegar, pues según había dejado saber, el ejército que había partido de la Capital hacía caso omiso de sus mensajes de auxilio. No habían dado la vuelta o, como mínimo, enviado algunos hombres a la ciudad.
— Veo que ya no meditas.
Al cansancio no presentarse mientras caía la noche, Atenea se descubrió haciendo uso de una plática banal solo para escuchar el eco de su voz chocarse con las paredes. Se trenzaba el cabello después de haber empleado sus manos a modo de peine.
— Meditaba para enfocar mis fuerzas y enlazarme con tantos animales como pudiese — Connor observaba contemplativo el techo de la cueva. Había estado intentado conciliar el sueño. Sin embargo, no paraba de removerse, intranquilo. —. Ya está hecho. ¿Cuál sería el punto?
— Habías estado tan tenso desde… Bueno, desde siempre. Pensé que era una forma de relajación.
La caverna amortiguaba el estruendo de los relámpagos. En la entrada, se formaba una caída que chorreaba como con hilos de agua y le daba el aspecto de la solapa de una tienda.
— Ya no funciona. Estar tranquilo es algo que ya me es imposible — exhaló, airado. —. Estamos varados aquí, cuando podríamos seguir con nuestro camino. Cada segundo es…
—… valioso, lo sé — concluyó ella. —. Ni lo menciones. También siento una enorme impotencia y un apuro aún mayor.
— ¿Y cómo es que te ves tan tranquila? ¿Cómo logras dormir por las noches sabiendo lo que está en riesgo?
Atenea se encogió de hombros. Lo que estaba por decir no se lo creía del todo.
— A veces es mejor tener un poco de Fe en que todo saldrá bien, supongo.
— ¿Fe? — chistó con una risa corta, pero aun así áspera y cruel. — La fe se escribe en la misma línea que la suerte. No es más que un espejismo. Un reflejo de las mentiras que se dicen para…
— No estoy hablando de eso. — le espetó.
— Pero yo sí, Atenea — Se levantó del suelo de pronto, y se le quedó viendo con gesto acusador. —. Tú, todos vosotros, cristianos, y su... fe. Se levantan cada mañana pensando en que les espera algo mejor al girar la esquina, porque su dios tiene un maldito plan para todos nosotros. Dime, ¿qué ha hecho esa misma fe, cualquier fe, por este mundo miserable más que cegarlo y hacerlo sangrar?
Sus palabras fueron un puñal, pero no para ella, sino para sus padres, o al menos para Aloy, quién con tanto ahínco había tratado de inculcarle esos valores. Los ojos colmados de desprecio de Connor la obligaron a encogerse de la pena y mirar hacia otro lado. Se mordió un labio para evitar que el desánimo se le formara en su semblante.
— Lo siento — siguió Connor, avergonzado un tanto. —. Estoy muy estresado. He dormido poco.
— Siento compasión por ti, Connor, ¿lo sabías? Por todo lo que de seguro has tenido que pasar al ser un Dádiva.
Él no respondió, pero sus labios se encontraban separados como si estuviera a punto de decir algo.
— Tal vez piensas que no debería — siguió. —. Si eres como yo, la pena ajena no haría más que alimentar tu ira, pero lo que siento por ti es compasión y no lástima. Ahora entiendo porque desde un principio fuiste tan evasivo y frío conmigo, y porque lo sigues siendo a día de hoy. Siempre has temido que los demás descubran lo que eres en realidad. Y ahora te inquieta que yo lo sepa… Una razón más para no poder dormir. ¿Crees que te incriminaré con la Iglesia, si llegamos a tener éxito? — No le llegó la respuesta. Connor jadeaba como si necesitase cada vez una bocana más grande de aire. — Vivas o mueras, tu secreto permanecerá a salvo conmigo.
No se escuchó más que su aliento y el sisear del fuego. Al cabo de un rato, Connor cogió sus botas, su arco, el carcaj con las flechas, y se dirigió a la noche sin decir palabra, desprotegido para lo que era una feroz tormenta.
— ¿A dónde vas? — inquirió Atenea —. Está diluviando allá afuera.
— La lluvia no es problema. — Al instante, le llegó un recuerdo de aquella misma tarde: cabalgado en las llanuras bajo la lluvia, lo vio mirar al cielo y sonreír abiertamente por primera vez. Supo, entonces, que era cierto lo que decía.
Se quedó sola, junto al fuego y los caballos, tratando de no sentirse culpable por las atrocidades que los más fanáticos de su religión habían sido capaces de cometer.
Con cada estruendo caído del cielo, los animales se estremecían de espanto al no tenerlo cerca. Pasó media hora, y no lo vio regresar. Atenea no consiguió cerrar los ojos, a sabiendas de que estaba allá afuera tragándose su ira y su dolor en soledad. Había conocido a Connor en las peores circunstancias. El recuerdo de la pérdida le hacía entender su dolor. Había querido estar alejada de todos en las horas posteriores a la muerte de sus padres.
Atenea se había llenado en odio, pero el de Connor quizás desbordara.
Pretendió al inicio darle su tiempo para que estuviese en contacto con nada más que sus pensamientos, pero Connor ya había estado solo más de lo necesario.
No tenía palabras que decirle. Y su mayor miedo era que no aceptase ayuda que viniera de la mano de una creyente, aunque Atenea no tuviese por costumbre rezar. Las acciones valían más que las palabras, eso lo había tenido claro desde niña. Y fue esto último lo que le dio una idea. Así que se salió de la cueva, llevándose consigo algo que siempre lograba evadirla de la realidad, y que probablemente haría lo mismo por él. En el transcurso de los próximos días necesitarían más que Fe y suerte; algo más que odio que los impulsara. Necesitaban confiar el uno al otro, si pretendían que sus esfuerzos no fueran en vano.
La lluvia se había atemperado desde que encontraran refugio, pero el cielo continuaba siendo una cúpula negra que trazaba rayos en la oscuridad. El mundo se reducía a tonos oscuros de grises que se iluminaban cada tanto por destellos de relámpagos. Al sur, las praderas eran un mar de sombras donde el horizonte perfectamente podría haber estado a cien pasos de distancia. De pronto, todo se alumbró por un instante con un restallido, y a sus ojos llegó el brillo de una flecha que rasgaba el aire. Mientras la vista se le acostumbraba a la penumbra, la silueta negra de Connor tensó el arco y se mantuvo allí, quieto, apuntando. El objetivo estaba tan lejos y la noche era tan sombría que Atenea no consiguió verlo, pese al esfuerzo.
Su amuleto de la suerte era el crisoberilo que llevaba a todos lados. Lo tanteaba de vez en cuando para sentirse segura. Él no creía en la suerte, pero Atenea sí y con eso le bastaba. Se acercó a Connor, llevándose las manos hacia atrás, ocultando la espada. Lo vio disparar: la flecha se perdió en la noche entre la oscuridad y la lluvia. Y antes de que se dispusiera a tensar de nuevo el arco Atenea ya estaba ante él.
— Mi lord — inició con una reverencia y un sarcástico tono de noble. —, ¿es esto lo que hacéis cuando no podéis dormir?
Connor, sin hacer caso de la chanza, arqueó una ceja. El cielo se había iluminado en el aquel preciso instante.
— Sí.
— ¿Sabíais que cuando no puedo dormir, cuando tengo demasiadas energías, e incluso cuando quiero liberar estrés, me gusta bailar para despejar la mente?
— ¿Bailar?
— Sí, mi lord. Bailar — Hizo ademán de mostrarle la espada que le pertenecía a él, todavía en su vaina. Atenea cargaba con la suya a la cintura. Le sonrió con calidez, esperando que pudiera verla en la pobre luz. —. Si me permitierais esta pieza, sería todo un honor.
Hicieron falta unos cuantos momentos para que se decidiera a coger el arma. Las sombras no dejaban distinguir sus expresiones. ¿Enfadado? ¿Decaído? No tenía idea hasta que creyó entrever una ligera sonrisa.
— Mi lady… — comenzó.
« Está hecho. »
—…, debo advertiros que estoy algo oxidado. Me temo que ha pasado tiempo desde la última vez.
— No os preocupéis — Dio un par de pasos hacia atrás y desenvainó el arma —, yo os guío.
Y así sucedió.
En los momentos en los que Connor cedía terreno, Atenea llevaba el compás de la tonada de sus espadas. Danzaban con pisadas rápidas sobre el lodazal que se había formado en torno a ellos. Y, como si adrede hubiese estado yendo de menos a más, no hubo pasado demasiado rato hasta que él comenzó a sacar partido de sus destrezas más ocultas. Sí, pudiera ser que fuese más diestro con el arco que con la espada, pero el filo de su acero hacía brotar chispas cada vez que sus armas chocaban, cada vez que respondía. Connor era gallardo en sus movimientos, como un caballero que hubiese aprendido a luchar con elegancia. En cuanto a Atenea, los suyos eran más toscos, deliberados en excesiva fuerza, pero igual de efectivos.
Elegante y honorable… como todo un caballero, creía que de esa manera combatía Connor hasta que demostró todo lo contrario. De un segundo a otro, se acercó tanto que las armas se volvieron inútiles. Y en lo que quizás fueron verdaderos pasos de baile, aunque demasiados rudos, colocó una mano sobre el hombro de Atenea, y describió una media luna con uno de sus pies hasta posarlo detrás de las piernas de ella. Todo su mundo dio un vuelco, cuando la empujó al suelo. Cayó de espaldas, inerme. Pero antes de que pudiera maldecirlo, Connor bajó su espada, y le tendió una mano, inclinándose hacia ella.
— Usualmente no le haría esto a una dama — le hizo saber. —, pero conozco vuestro estilo. Además, podríais romperme el brazo si quisierais. No sería…
Le había ofrecido la mano, y Atenea lo cogió del brazo. Se apresuró a impulsarse hacia arriba, pero en el último instante, le dio un tirón tal que lo hizo caer de bruces contra el fango. Ahora era él quién había caía rendido a sus pies.
—… justo, si os tratara con delicadeza. — terminó, al quitarse el barro de una mejilla con el dorso de la mano.
La lluvia se encargó de borrar el resto de sus dolencias tanto como duró el combate.
— No exigiría menos — Atenea había aguardado a que recuperara la compostura, para reanudar la pieza. —. Veréis, no soy una dama cualquiera.
No hubo palabras al respecto, pero ella bien sabía que todo iba a terminar como si se tratara de un torneo. De modo que fue en busca de su cuello. Un simple toque con la espada bastaría. Y al cabo de incontables esfuerzos, le resultó imposible conseguirlo. Uno al otro, se robaban minutos de su tiempo y toda su atención, tratando de llegar hasta el pellejo de su oponente. Le desconcertaba que alguien que se estuviese tan tranquilo la mayor parte del tiempo se desenvolviese de la forma tan rápida y suelta en la que Connor lo hacía. En más de una ocasión, sus tajos estuvieron muy cerca de acariciar la piel sin vello de Atenea, pero pronto él se vio obligado a desviar uno de sus contraataques con la espada. Salió airoso de un segundo asalto, esquivando hacia un lado, y finalmente, al borde de la extenuación, no hubo nada que pudiera hacer frente al tercero.
— Se terminó el juego, Connor Bressler — Esbozó la más grande de sus sonrisas, pese al jadeo incontrolable, extasiada por lo que había sido el mejor combate que recordaba en mucho tiempo. —. Perdiste.
El acero reposaba sobre su hombro y le besaba el cuello con su filo. Connor bajó su mentón y la mirada lentamente, hasta encontrarse con los ojos de Atenea. Su rostro humedecido y plagado de lunares se mantuvo impávido, pero sus ojos reflejaban cierta pedantería que se negaba a reconocer el resultado.
— ¿Qué tan segura estás?
— Tan segura como que amanece una vez al día.
Y él se le quedó observando, analizándola, como tenía por costumbre. En cuestión de un pestañeo, arqueó una ceja, mientras una sonrisa se le asomaba en los labios. Atenea sintió un roce en su garganta: ligero, apenas perceptible.
« ¿Qué tan segura estás? ».
Al instante, un destello cegador cayó del cielo solo para ellos. Y cuando la penumbra retornó a sus dominios, la luz se desvaneció junto a su certeza. Siguió el contorno del brazo de su compañero con la vista hasta que su alegría se tornó en desengaño. Connor empuñaba con su mano menos diestra uno de sus muchos cuchillos, apuntando al cuello de Atenea. No había logrado apreciarlo hasta demasiado tarde.
La tempestad que se cernía sobre sus cabezas fue como un balde de agua fría para su orgullo, cuando se retractó de la victoria apresurada. No llegó a saber con exactitud la expresión que su rostro adoptó al retroceder y bajar la espada, pero estuvo segura que debió haberse deformado en un gesto conmovedor, jocoso y patético a partes iguales, puesto que Connor lanzó una enorme risotada que por poco enmudeció a la tormenta. Rebuscó una explicación en su cabeza y a su alrededor, aunque la respuesta estuviese justo frente a ella. Avergonzada, se ruborizó, mientras él, con el dorso de la mano sobre su gran sonrisa, se esforzaba por no reír más. Y de esta manera, muy poco le duró el bochorno a Atenea.
— Basta ya. — le espetó con disgusto al propinarle un no tan suave empujón.
Connor se hizo para atrás. Bajó la cabeza, pero no paró de carcajear entre dientes con una risa grave y placentera.
— Oh vaya, debiste haber visto tu cara. — creyó haberle escuchado decir.
No recordaba día en el que hubiera empatado o perdido en combate singular. Ni siquiera el Ariete había estado tan cerca de ganarle. El hombre al que observaba aturdida ya no lucía como aquel extraño al que intentaba conocer. De alguna u otra forma aquella encantadora sonrisa con hoyuelos no podía ser la de Connor. Brotaba de sus labios con tanta reciedumbre que ni el más jovial de los recuerdos de su padre se le comparaba. Fue una tontería tan encantadora en aquel momento insólito, que de golpe supo allanar toda su burlesca impertinencia.
— Yo… — se dispuso a seguir Connor, aún ebrio de gusto. —. Disculpadme, mi lady. Por mis modales.
« Todos tenemos un lado que no mostramos fácilmente a los que nos rodean — pensó ella. —. El mío es el afecto. Ahora veo cual es el tuyo »
— No, está bien — dijo en su lugar, vacilando una sonrisa. La estridente tonadilla de la tormenta renegaba el silencio con la lluvia y los relámpagos que también iluminaban de pronto los cielos. —. ¿Qué clase de jinete de exploración eres?
Él cerró los ojos y se encogió de hombros, en una mueca muy simpática de su rostro.
— Uno muy bueno.
De inmediato, su sonrisa se le contagió a Atenea. Rieron juntos… Y ojalá su momento de éxtasis no hubiera sido tan breve. Cuando se llevó una mano al rostro para remover un mechón de su mal trenzado cabello, reparó en la sangre que manchaba sus dedos. Lo siguiente que supo fue que de su mano caían gotas rojizas que se deshacían con el agua de lluvia. ¿En qué momento se había cortado? No sentía dolor alguno.
« Lo empujé — comprendió rápidamente. —. Lo toqué al empujarlo ». Dio un paso adelante, y después otro, hasta arrojarse sin reserva sobre él. Escudriñó su ropa, y vio el desgarro sobre su torso, en la zona entre el hombro y el pecho. De la herida aún afloraba sangre cuando intentó hacerle presión.
— Como lo siento. De verdad — dijo con una voz a medio camino entre el nerviosismo y la vergüenza. —. Estás sangrando. Te herí. Como lo siento.
— Es superficial — afirmó, mientras colocaba una mano sobre las de ella para tranquilizarla. — Perderé algo de sangre, pero estaré bien.
— No, no te vas a poner bien.
— Estaré bien — insistió. —. Creo que estás exagerando.
¿Lo hacía? No pudo evitar sentirse como su madre. Al igual que Aloy en aquellos días que parecían ahora tan lejanos, se estaba alarmando por un poco de sangre como si estuviera a punto de perder la vida. Con ambas palmas apoyadas sobre su pecho, se le quedó viendo, petrificada, incapaz de retroceder. Regia, abstraída y hermosa, o eso creía. O, al menos, eso quería que Connor descubriese en ella. De rasgos delicados como un pétalo y mirada que cortaba el aliento como el acero gris más amolado.
Connor permaneció inerte en su mirada haciendo uso de ese silencio contemplativo por el que tanto se inclinaba.
Sobre el campo vapuleado por la lluvia, un rugido espantoso, atronador, casi infernal, brotó con un estampido sónico. Y luego, otro relámpago rompió el aire en la forma de un árbol de luz de un millar de ramales que treparon por los cielos hasta el infinito. El mundo entero se bañó de un blanco resplandeciente, pero ninguno de ellos se inmutó.
En aquella noche turbia la luna había sido empobrecida por las nubes negras de tormenta, pero pareció brillar llena en aquellos enormes ojos grises con fulgor incomparable. Connor se lo había hecho saber, maravillado de su belleza.
Había llegado la hora de usar las palabras.
— Dádiva, brujo o lo que sea, para mí no tiene importancia. Si vivo lo suficiente para regresar a la Capital, prometo que jamás diré nada acerca de lo que sé sobre ti. Jamás — Ahora sabía quién era y lo que sabía le lastimaba el corazón. Intentó que sus brazos subieran hasta su cuello para abrazarlo, pero se detuvieron a poca distancia, como si intuyesen que el roce sería mal recibido. —. Connor, quisiera que confiaras en mí.
Connor Bressler separó los labios, mientras titubeaba. Finalmente, después de un buen rato meditabundo la miró a los ojos. Cogió una de las manos de Atenea, y le besó el dorso con delicadeza.
— Os lo juro, mi lady, os confiaré la vida desde ahora en adelante. 20Please respect copyright.PENANAyySuMFDuFx


