Alrededor del mediodía se tomaron un momento para descansar de la cabalgata. Bajó de la montura, con molestias en los tobillos después de tanto chacanear. No quería ni imaginar el cansancio de su yegua, que hacía el resto del trabajo. Se sentó sobre una roca junto al río a despejar la mente del pesado viaje. Se habían detenido por fin, al cabo de varias horas de trayecto, y en un momento de calma, un mal recuerdo le dio alcance nuevamente.
— Protege a tu madre. — le recordó el fantasma de Marcus Pryce. Hubo muerto con una súplica entre los labios, que Atenea no pudo cumplir.
Las aguas del río discurrían suaves, al igual que la sangre de su padre cuando hubo sido rebanado por la mitad. No podía sacarse la imagen de la cabeza. Ninguna persona en el mundo debía de morir de manera tan cruel. Nadie en el mundo, salvo un solo desgraciado.
— Debiste prestarle tu escudo, rubiecita. — mencionó el Ariete, con su maldita risa, con su asqueroso rostro sonriente.
Fue la rabia y no su tristeza la que consiguió humedecerle los ojos. ¿Por qué? ¿Qué había ganado él con arrebatárselos?
«Yo iba a ganar ese torneo. Quería que utilizásemos ese oro para viajar, para que viésemos el mundo, todos juntos» Se dio cuenta de que tal vez, si le hubiera hecho caso a su madre, y no participaba del torneo, ella seguiría con vida. O si no se hubiera levantado de aquel golpe en la sien, el Ariete se habría ido satisfecho a casa. O tal vez no, quiso pensar, si con ello conseguía liberarse de parte de la culpa.
Un segundo más tarde, su ira se apartó de ella y no dejó atrás nada que no fuese desesperación. Sin importar cuanto se esforzase por recuperar su hogar, no los haría volver a su lado ni un solo día.
— Atenea — advirtió, con espanto, la voz de Connor.
De inmediato se quitó las lágrimas con el dorso de la mano, intentado disimular que se le había metido algo en el ojo. Sorbió por la nariz, y se aclaró la garganta antes de atreverse a hablar y mirarlo de soslayo.
— ¿Qué ocurre?
— ¿Estás bien? — quiso saber, con genuino interés.
— Sí, ¿qué ocurre?
Lo vio allí de pie, en silencio, como sin saber qué hacer.
— Come algo antes de que tengamos que partir. — dijo al final, tendiéndole un saquito de lino.
Atenea lo cogió sin girarse, sin mirarlo a la cara. Aquellos ojos enrojecidos la delatarían.
— Gracias.
— Por cierto — agregó él a último momento, volviendo un paso atrás. —, no te sientas mal. Tuviste años para complacerte de su compañía. Hay personas que no tienen la suerte de… — Y se encogió de hombres — siquiera recordarlos.
— Connor, por favor, no…
Y él la interrumpió con un gesto de mano, para después acercarse y posarle esa misma mano sobre el hombro.
— Todo llega a su final en algún momento. Tarde o temprano. Tan solo valora que lo tuviste por un tiempo. Valora lo que sea que te reste ahora.
Atenea no vio más opción que mirarlo a los ojos y asentir. La había atrapado en un momento de debilidad. No tenía caso ocultarlo más tiempo. Le sonrió a Connor, para que se marchara a gusto y la dejara a solas.
— Eres mi mayor regalo y orgullo — recordó que le había dicho su madre, de improvisto, como una brisa fresca cuando más lo necesitaba. —. Lo más maravilloso que he logrado soñar y que se ha vuelto realidad.
«Estuvo allí aquella noche.», pensó, todavía incrédula, incluso divertida, de no tener a nadie más cerca para consolarla. Su intento de salvador.
Cuando la yegua se acercó a olisquear la comida, logró distraerla con unas cuantas palmaditas al cuello, pero el animal, por algún motivo, se puso juguetón, tratando de mordisquear su mano. Atenea se sorprendió de que la risa le saliera de pronto con tanta naturalidad. Comprendió con agrado que Connor tenía algo que ver en todo ello. De manera que, por una vez se tragó su orgullo y aceptó su gentileza.
Más tarde, se acercó a Connor sin ninguna aprensión, mientras él atendía a su caballo.
— ¿Puedo preguntarte acerca de tus padres? — comenzó, diciéndole con cautela.
Él la miró, confundido. Luego se rio, negando con la cabeza.
— Mejor que no.
— Connor. — La súplica le dejó un regusto amargo.
— Es algo personal.
— ¿Cómo lidiaste con la muerte de tus padres? — insistió, caminando hacia él para evitar que escapara. La cabeza gacha, los brazos cruzados y la voz vacilante.
— No me preguntes eso. — Pero lo dijo con un extraño deje de regocijo, como si no acabara de creérselo.
— Bien, entonces, ¿cómo hiciste para superar la perdida? Sé que eras apenas un niño, pero de todas formas lo sentías.
— Nunca lo hice — aclaró por fin al cabo de un rato, borrando de sus palabras todo rastro de emoción. —. Fue injusto que murieran de esa manera. Fue injusto haberme quedado solo, siendo tan pequeño, pero este mundo suele ser así de injusto.
Tras esto, Connor se quedó en silencio. Atenea arqueó las cejas y se inclinó hacia delante, a la espera a que dijese algo más.
— Atenea. — se quejó él, con una mueca de cansancio.
La mirada se le desvió hacia sus pies por un momento.
— Por favor.
— No siempre es injusto con nosotros — accedió a decir, dejado lo que hacía, para centrarse en ella. —. Cuando Vyler volvió para darme la noticia, junto a él vino alguien: Lady Elizabeth. Ella me salvó de quedarme completamente solo. Fue una madre maravillosa, aunque yo no lo sintiera así en aquellos días. Nunca encajé del todo entre los Maine. Sin embargo, el día en que Grace nació, el día en que Elizabeth me dijo que su hija llevaría el nombre de mi primera madre, me di cuenta de que recuperaría un poco de eso que había perdido — La mirada se le iluminó, como emocionado por una tristeza de antaño —. Puedes lidiar con pérdidas como esa, pero nunca superarlas. Incluso un lobo solitario sabe que algún día necesitará de otros. No se trata de superación, sino de aceptación.
Atenea sonrió al verlo así de conmovido.
— Esperaba otra cosa. Espera algo más sencillo. Alguna filosofía exotérica sacada de uno de tus libros.
— La otra opción es confinarte hasta que pase lo peor — Se encogió de hombros. —. No vas a vivir lo suficiente encerrado en una habitación, pero puedes sobrevivir encerrándote aquí en el bosque de vez en cuando.
— ¿Y tú sigues encerrándote aquí? — tuvo que preguntar, mordaz, mordiéndose un labio para aguantar la risa. — ¿Después de tantos años?
Connor se le quedó mirando durante un rato, y luego pareció desechar la idea.
— No es así de sencillo contártelo… Pero tranquilízate, no vas a acabar así de mal como yo: Amargado e intratable — agregó luego, con media sonrisa.
— Dios, ojalá que no — le hizo saber alegremente. La mano de Atenea buscó su hombro en gesto de gratitud. —. Gracias, por… intentarlo.
— Oye, no he terminado — confesó, cogiéndola de la muñeca, cuando ya se iba. —. Sé que al principio lo parece, pero no estás sola. Todo el mundo pasará por esto. Al menos una vez. Tu…, yo, todo el mundo. Es una mierda, pero es inevitable. Es natural. Ha ocurrido desde siempre y continuará ocurriendo hasta el fin de los días. Eso me ha ayudado. No estás sola. Todavía no. Allá en la ciudad hay dos personas que se preguntan dónde estás.
Resolvió cruzarse de brazos una vez más, como un medio para que dejara de sujetarla. Ahora parecía ser él quien no quería dejarla escapar.
— Debería ir tras ellos. Pero la ciudad es enorme. Iría a sus casas… Sé que no estarán allí. No sabría que hacer a continuación.
— Confía en mi plan.
— No sé si confiar en tu plan. Pero al menos puedo confiar en ti — Y desvió la vista hacia sus pies por un momento. —. Solo un poco. Supongo que sería peor no tener nada.
Connor se acercó a ella, como pudiendo oler el rastro de tristeza detrás de sus palabras.
— Atenea, hicimos todo lo que pudimos para salvarlos. Lo diste todo. No te culpes.
— Te equivocas, pude haber sido mejor. Pero la siguiente vez…No voy a fallar en salvar lo que me queda.
Se encontraban tan adentrados en las entrañas del bosque, que ninguno de los dos se molestaba en montar guardia por las noches. Si estaba en lo seguro, eran los únicos en kilómetros a la redonda. Pero la visita de cualquier otro humano no era lo que Atenea tenía en mente, cuando se iba a dormir a la intemperie, entre sueños inquietos.
En cierta ocasión, encontró huellas recientes de osos grabadas en un barrizal. Y poco después tuvo que irse a dormir con la inquietante canción de cuna de una jauría de lobos en las altas colinas a los flancos de la luna. Con lo receloso que Connor podía llegar a ser, le sorprendía que no hiciese más que meditar. Y últimamente lo había estado haciendo en demasía. Cada vez que descansaban de una larga cabalgata, e incluso después de la cena, dedicaba bastante tiempo a sentarse con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, y limitarse a solo respirar. Resultaba algo extraño de ver, sí, pero Atenea tenía la vaga idea que aquello era una técnica de relajación común en algunas regiones del Continente del Alba.
Y no era para menos, los dos no habían dejado de estar bajo un estrés constante.
El suelo bajo sus pies era una alfombra de hojas muertas, negras bajo el amparo de la noche. Al cabo de un sinnúmero de pisadas que crujían, el cielo hacia el este se hizo de un intenso arrebol. Los colores del otoño regresaban al mundo con la aurora del amanecer. Llevaba la espada envainada a la cintura, y en las manos una modesta lanza con punta de madera de reciente fabricación. Estaba hastiada de comer de los árboles y arbustos. Tenía hambre de algo que no fuesen frutillas, avena o el extracto de flor de ámbar de gusto agrio. El pescado de hacía dos días había sido la última comida decente y antes de ello había habido poco más que nueces.
El muy obstinado de Connor se hacía el tonto y bonachón cuando quería. El día anterior, una liebre de buen tamaño se apareció junto a la fogata. Connor la atrapó antes de que Atenea supiese cómo. Y en lugar de pasarle el cuchillo rápidamente, posó al animal sobre el suelo y se dedicó a curarle la herida que tenía en una oreja.
— Ya estás. Vete — le dijo con suavidad, pinchándolo con un dedo, para que la liebre se despertara y se pusiera sobre las cuatro patas. —. Vete ya. — Insistió, pronto. Y le dio un empujoncito en un costado, con lo cual el animal rodó una vez antes de ponerse derecho y alejarse dando brincos.
— ¿Qué hiciste? — espetó Atenea, alzándose de golpe. Hasta entonces había creído que el animal estaba dormido o noqueado. — Pudo haber sido nuestra cena.
— No cazaremos a ningún animal. — le había dejado en claro en su momento.
— Necesitamos comida — dijo, más desilusionada. —. Comida de verdad. Algo que nos de energía. Algo más que granos, hongos y frutos.
— Para eso tenemos la flor de ámbar. Además, he vivido durante meses comiendo solo eso. Vas a estar bien.
— Con ello no basta.
— Mientras haya opción, no mataré a ningún animal.
Y Atenea no volvió a dedicarle una palabra hasta que la cena estuvo servida. La insulsa y frugal cena.
— ¿Por cuánto tiempo has sido jinete de exploración?
— Seis años. La mitad del tiempo lo he pasado en estos bosques.
— Nunca creí que diría esto, pero extraño la taberna. Al menos allí teníamos comida. Comida de verdad.
— ¿Cuánto tiempo has sido moza de taberna? — preguntó, pareciendo interesado.
— Doce años sirviendo. Y al menos once de odiándolo — El trago amargo la hizo suspirar. —. Ahora solo me gustaría volver a esos días.
Con tantos años como jinete de exploración, se le daba muy bien sobrevivir en tierras agrestes. Conocía casi todo lo que se podía conocer al respecto. Grosellas, pasas, guindas, higos, nectarinas… Encontraba comida o agua hasta debajo de las rocas, pero aquello no era algo a lo que Atenea estuviese acostumbrada. En lugar de bayas, nueces y hojas dulzonas, no había nada como una jugosa carne de conejo asada; o más pescado, si se veía en apuros. Si el ataque a la Capital hubiese ocurrido un día después, Connor se habría guarnecido bien con los suministros de su división y ella no habría tenido que estar cazando a hurtadillas en aquel paraje de aspecto virgen.
Para sus estándares, era pésima para cazar, y pésima aún más con la lanza. Más tarde se descubrió pensando en lo bien que lo hubiese venido tener a Ross como compañero en su travesía. Quizás pecara de ser un poco tardo y casi todo lo que hiciese le salía mal, pero era muy bueno con la lanza, además de un amigo fiel como ningún otro.
No le costó mucho trabajo darse cuenta de que sus esfuerzos serían en vano. La cacería iba de mal en peor. Desde la salida del sol, había divisado a unos cuantos arbustos revolverse y el murmullo de unas patitas rápidas sobre el suelo. Mas cuando intentaba acercarse, lo que sea que hubiese estado escondiéndose se ponía en fuga en un santiamén. Solo había tenido una ocasión en la que arrojar la lanza para hacer de blanco a una ardilla, pero había fallado por poco. El arco de Connor, sin duda, le habría sido mucho más útil, y se sentiría más segura con él. Aquellos bosques también eran habitados por ciervos y jabalís, estaba segura, había visto a más de uno recorrer los senderos cuando montaban a caballo.
Atravesó el mismo tramo unas tres veces, rodeando colinas escarpadas sin aventurarse a ir más lejos. Siempre andando sobre el perímetro para no perderse. Se deshacía del musgo de las rocas para marcar el trayecto por el que ya había pisado. Cuando subió por una cuesta y se encontró en un pequeño claro dominado por un único roble de gruesas raíces, la frustración de no hallar presa ya comenzaba a aflorar. Eran vistas resplandecientes, de colores vivos, y la luz dorada del sol solamente lo embellecía aún más. Sin embargo, había algo en el ambiente que le puso los pelos de punta al notarlo. Prestos al pie del árbol yacían amontonadas un cúmulo de ramitas que no daban señales de haber caído allí por casualidad.
« Habrá sido Connor — quiso pensar. Él mismo le había asegurado que eran los únicos allí. —. ¿Para qué hacerlo? Partiremos en nada. »
— ¡Bressler! — llamó.
Pero el susurro del viento otoñal respondió por él. En el aquel punto, Atenea se encontraba a menos de doscientos pasos del campamento, de manera que debió haberla escuchado. Aguardó a oír su voz un instante, antes de bajar por la cuesta usando la lanza como punto de apoyo para no resbalar. Mientras lo hacía, sus pies liberaron un derrumbe de hojas marchitas que descendieron junto a ella hasta el final de la ladera. Cuando se acercó a echar un vistazo, se percató del cordón de ropa que las envolvía a todas, y creaba con ello, un fardo de ramas que hasta un niño podría cargar. Se inclinó para tantear la carga y, ya de paso, llevársela consigo. Otro grupo de ramas comenzaba a alzarse junto al primero; más pequeño y sin enlazar.
— ¿Para qué serán? — inquirió. Para entonces ya estaba harta del aro de misterio que siempre parecía envolver a su nuevo compañero. —. ¿Una próxima fogata? Qué pérdida de tiempo.
El aire de la mañana era fresco, pero de repente se tornó más húmedo y floral sin necesidad de un soplo de viento. Hasta sus oídos llegó el ruido de hojas quebrándose bajo pisadas ajenas, seguida de una silueta que se mantuvo estática, cuando la percibió con el rabillo del ojo. Y mientras en su cabeza formulaba ya la pregunta, volteó a ver a Connor. Sin embargo, nunca llegó a saber que tan gustoso habría sido encontrarse con sus ojos pardos. En su lugar, se topó con aquellas enormes cuencas negras como el pedernal e irises de jade, que se quedaron abiertas como platos durante todo el rato que reparó en ellas. Atenea se quedó sin respiración, al tiempo que un escalofrío le recorría la espalda. Fue su instinto, y no su voz, el que habló por ella al desnudar la hoja de su espada. Y durante un momento que pareció eternizarse, no atendió a nada más que aquella mirada indescifrable que parecía escudriñar lo más profundo de su alma.
— No — le escuchó decir quedamente a lo que fuera aquello. —. No. No.
De inmediato, la criatura se sobresaltó, dejando caer la brazada de ramas que llevaba. Lucía como un animal, en parte sí y en parte no. Su piel era de un azul grisáceo; pulida como el cristal. Sin más vello que la espesa melena oscura terminada en color arena, y sobre su cabeza, un par de pequeños cuernos que caían hacia atrás. Llevaba un vestidillo de hojas variopintas que le llegaba hasta las rodillas.
Los nudillos de Atenea se tensaron en torno a la empuñadura. En la diestra mostraba el acero y en la izquierda se protegía con la lanza. Flexionó las piernas, lista para recibir una embestida que jamás llegó. Si la visión de aquel extraño ser causaba en ella más impacto que la aprensión, no tenía forma de saberlo. Era uno de esos instantes, cuando esgrimía un arma para defenderse, donde se sentía osada, su mente se nublaba y sus instintos tomaban el control. Plantó cara. Se precipitó hacia delante, y la criatura retrocedió con una expresión de temor desesperado.
— Humano — gimió casi como una plegaria. Sus rasgos eran ambiguos, aunque no habría sabido decir lo que era. —. No. Por favor. — Abrió la boca como queriendo gritar, pero de ella no salió sonido alguno. Retrocedió un paso, y luego otro, al borde de las lágrimas, hasta tropezar con una de las raíces sobresalientes del enorme árbol. Cayó de espaldas, y solo se escuchó el golpe de su cráneo contra el suelo, seguido de un chillido como el de un animal herido: agudo, sostenido y desalentador.
— ¿¡Qué eres!? — gritó Atenea, con una pasividad más bien inexistente. Se acercó un trecho sin dejar de lado sus armas. — ¡Dilo! ¡Dime qué eres!
Pero no hubo precepto que despojara a la criatura de su dolor… Y de su llanto. Un segundo después de que empezara a reflexionar acerca del animal del que pudiera tratarse, se escuchó un rumor entre los arbustos altos de alrededor. Algo se acercaba a grandísima velocidad. Vio a la maleza sacudirse con violencia y a una sombra saltar súbitamente como solo lo haría un lobo entre las gallinas. Atenea pestañeó, y lo siguiente que advirtió fue a una manaza estamparse contra la cruz de su espada, maltratando su muñeca en el intento de separarla del arma. Pero Atenea fue ágil, y se alejó saltando y rodando por el suelo antes de recibir el segundo, tercer y cuarto manotazo. Cuando se levantó del suelo, casi con la urgencia de hacer una voltereta, se percató de que había perdido la lanza. Alzó la vista y el segundo de ellos se presentó, más alto y de piernas largas y esbeltas. Y al igual el anterior, mostraba una complexión humana, con rasgos delicados y nervudos a la vez.
— ¡Humano! — Los colmillos felinos aparecieron un instante después de sus demás dientes. La masa de cabello agitado le ocultaba parte del rostro, pero no sus ojos de furia de un verde ensombrecido. — ¡Fuera! ¡Fuera de aquí!
« ¿Me habré quedado dormida? — El sobresalto le dio la bienvenida al primer pensamiento y emoción. — Esto lo deberé estar soñando ». Pero no había imaginación que concibiera tales vistas.
El más grande de ellos, pasó de encorvarse como un gato a estar erguido. Pese a la distancia, era casi seguro que medía un palmo más que Atenea. Bufaba, desvistiendo su hilera de dientes y engarfiaba las manos como si de garras se tratase. Parecía ser de la misma especie que el primero, que todavía lloraba, solo que más grande y feroz. La criatura y Atenea intercambiaron más de una mirada, cada una tan devastadora como la anterior, luego aquello fijó la vista en el arma que yacía en el suelo. Y de inmediato, supo lo que ocurriría sin usar palabras. Se hizo realidad. De un par de zancadas aquel ente alcanzó la lanza y la esgrimió mucho antes de que Atenea pudiera llegar a ella. Entonces, se vio en la necesidad de retroceder.
— ¡La atacaste! — le espetó tomando el palo con ambas manos azul grisáceo.
El pensamiento de cómo era posible que pudiera hablar su idioma pasó fugaz por su cabeza. Cuando la amenaza dio un paso al frente, ella dio dos, y en menos de lo que hubiese creído ya se enzarzaban en combate. Su rival blandía el arma con torpeza y lentitud, pero el alcance que tenía con sus largos brazos era superior, de modo que Atenea se movía cautelosamente.
Aunque de forma más fiera, aquello gruñía al igual que ella con cada estocada que intentaba acertar. Y por momentos, Atenea perdía la partida, viéndose obligada a esquivar o bloquear con habilidad, pero pronto todo dio un vuelco cuando de un único tajo, la lanza de madera se quebró con un chasquido y desató una lluvia de astillas que hizo encoger a ambos contrincantes. Cuando Atenea hubo devuelto la vista, después de protegerse con el antebrazo, la criatura se encontraba con un pequeño fragmento de lanza en cada mano y una expresión de desmayo en su incierto semblante.
Un grito desesperado rasgó el aire y una distinta voz se le sumó.
Atenea blandió su filo, soltando un bramido de cólera, y la hoja resplandeció en las alturas. Se impulsó para darle fin a todo y… Sin un ápice de ligereza, un tercero se le abalanzó encima. El porrazo fue repentino, doloroso y desequilibrante, tanto que la postró al suelo a un metro de distancia más allá, y la hizo caer de bruces. ¿O había sido de espaldas? No lo sabía a ciencia cierta; se encontraba desorientada. Sin reparar en el peso que yacía sobre ella, se revolvió bruscamente para levantarse. Pero todo fue en balde. Y más que alegrase, la sangre se le heló a notar la respiración acelerada de Connor tan cerca de su rostro. Su mirada estaba teñida de pura desesperación. No le dio tiempo a hablar, escupir o sonrojarse. Él se alzó, recogiendo la espada, y se giró hacia la criatura.
Lo siguiente que sus ojos vieron ocurrió en cámara ridículamente lenta. Connor Bressler empuñó el arma a modo de mandoble, mientras aquello aún voceaba y preparaba un ataque con los puños. Extravió la palabra, esperando la sangre y el lamento de la bestia. Sin embargo, Connor en un instante, hincó la rodilla, hundió la hoja en la tierra y prestó su rendición. Y lo que sea que fuese con lo que estuviesen luchando, detuvo la ofensiva a medio camino. El silencio se hizo con las riendas del enfrentamiento. Entretanto ninguno de los tres se movió un centímetro. Su compañero jadeaba y conservaba los ojos cerrados, casi como si estuviese orando. La criatura sostuvo la mano en el aire, petrificada como una estatua anormal.
Y en cuanto a Atenea, no podía siquiera imaginar qué estaba sucediendo.
Al cabo de no supo cuánto, Connor la volteó a ver con un rostro congestionado entre el desdén y el desconcierto. Los colmillos que sobresalían de la boca de su enemigo se retrajeron, y dieron paso a un rostro más semejante a una persona de lo que antes había sido. Bajó la guardia, y comenzó a recular sin desviar la atención de ellos.
— ¿Qué intentabas hacer? — preguntó Connor remarcando cada palabra con aspereza gélida.
— Yo estaba… — « Intentando cazar ». — ¿Qué está sucediendo?
Connor se enderezó, ahogado entre suspiros, y arrojó la espada a un lado, muy lejos.
— Quisiera también saberlo.
Nada pareció tener pies ni cabeza durante los momentos que vinieron después. Tendida sobre la hierba, observó como… Ni siquiera tenía idea de por dónde comenzar para darles un nombre. Nunca había concebido tales particularidades en un ser vivo. Sí, había oído historias como todo mundo sobre animales extraordinarios, fantásticos, pero no había visto nada que se le pareciera. Aquello tenía escote como los de una mujer, más que ella incluso, brazos casi tan robustos como los de un leñador y piel tan tersa a la vista como la de un bebé.
Comparaciones era todo lo que tenía para definirlos.
Observó como aquello se arrodilló ante el más pequeño, el primero que la había asustado, y lo rodeaba con los brazos, contemplándolo con devoción, al tiempo que lo mecía. Mas cuando volteó a ver a Atenea, le lanzó una mirada de resentimiento inefable… Sus ojos eran unas cuencas que bebían de la belleza y el espanto.
— Ella la hirió, Dádiva — espetó. —. Tú amiga hirió a mi hija.
« ¿Hija? »
Connor también se tomó su tiempo para digerir el hecho de que Aquello hablaba la misma lengua que ambos, y además de forma muy bien lograda.
— ¿Eso hiciste?
— No… Yo no… — Casi parecía que le hubiesen robado el habla. —. No lo hice.
— ¡Lo hiciste! — Aquello no la volteó a ver una segunda vez. En seguida, le susurró unas extrañas palabras a su hija que no llegó a entender.
A causa de la caída, los rizos de Atenea se habían vuelto casi una maraña dorada nívea revuelta con hojas. Mientras intentaba arreglárselos con apuro, Connor la cogió del brazo, y la levantó del suelo. Sus miradas se cruzaron con el mismo gesto de ansiedad cincelado.
— ¿Estás bien? — le preguntó.
Ella solo asintió con la boca abierta.
— ¿Qué hacías aquí? — siguió. La voz fue apenas un murmullo.
— Buscaba comida. Estaba cazando, cuando me encontré con eso.
De vez en vez, ambos habían estado volteando a ver que sucedía a píe del gran árbol, por suspicacia o simple desconcierto. Las circunstancias no habían cambiado de sobremanera.
— ¿Cazando? — Connor se estremeció. La cogió por el brazo casi como si la estuviese reprendiendo, cosa que no le hizo gracia. — ¿Intentaste darle caza?
Atenea se sacudió la sujeción con un manotazo.
— ¡No! No hice nada más que desenvainar la espada, cuando… Cuando eso cayó al suelo por miedo y comenzó a gritar.
— Ella — corrigió Aquello. —. Es «Ella». No «Eso».
Connor se acercó a paso lánguido al árbol. A Atenea no le quedó más remedio que seguirlo, aunque se tomó su tiempo.
— ¿Y ella tiene algún nombre?
— Lo tiene. Pero no creo que puedas pronunciarlo, Dádiva.
Poco hizo falta para descubrir que en cada ocasión en la que miraba a Connor, se refería a él como «Dádiva». Cuando echaba un ligero vistazo hacia ella, solo había un silencioso odio.
— Ya no se acerquen. — siguió.
— Solo quiero ayudarla. — anunció Connor al hincar una rodilla para ver a Ella más de cerca.
En cambio, Atenea se detuvo allí donde se encontraba. Hizo oídos sordos y se concentró de nuevo en la apariencia de aquellos seres. La pequeña tenía copiosas lágrimas que aún chorreaban de sus ojos de jade y ónice. Tanto Ella como Aquello no llevaban calzado alguno, y en sus pies y manos azul gris se mostraban uñas de tono violáceo. También observó que parecían llevar tatuajes más claros que se confundían un poco con su piel en torno al cuello, hombros y sienes.
— Eres su madre, ¿verdad?
— Sí.
En pocos momentos, Ella se recuperó del golpe, y confirmó tímidamente la versión que Atenea había dado sobre lo ocurrido. La caída no había provocado más que un cruel moretón en la parte trasera de su cabeza. Los sollozos cesaron al tiempo, pero no quiso volver a mirar a Atenea al rostro. Cuando se apoyó en su madre para erguirse, descubrieron que la pequeña en realidad le llegaba a la altura del pecho a Aquello, de manera que era casi tan alta como Connor o Atenea.
— Mi pequeña solo tiene ocho años — apuntó la madre, que se le notó un tanto más amable habiendo pasado el susto. —. Vivimos tanto como vosotros, Humanos. Pero crecemos más rápido.
— ¿Qué son exactamente? — se interesó Connor. —. Lo lamento, pero dudo que haya otra forma de decirlo.
— Lo mejor será que nos vayamos. — le cogió la mano a su hija, y tiró de ella.
« Sigue tensa, aún después de que todo se haya puesto en paz. »
— Esperen — se descubrió diciendo. —. ¿No creen que hay cosas por aclarar aún?
— Hay mucho que decir, pero poco que podemos — le mantuvo a Connor unos ojos de interés. Hizo ademán de un gesto de reverencia a medias. —. Gracias por lo que has hecho, Dádiva. Mucho me temo que la situación se habría complicado, si no hubieras estado aquí. Y lamento no poder decir nada más, pero esto ha sido un error.
« De nuevo esa palabra. ¿Qué significa? ». Lo cierto era que a él le prestaba mucha más atención cuando Atenea era de quién se había resentido y amenazado desde un principio. De un instante a otro, las circunstancias se habían visto más suavizadas, como si Atenea se hubiera perdido buena parte de la conversación.
Connor pareció hacer un esfuerzo desmesurado para morderse la lengua y ahogar otra pregunta.
— No darán nombres ni nada más. Entiendo, quieren permanecer al margen — Suspiró. —. Esto jamás ha ocurrido. Y jamás se hablará de esto con nadie.
Una vez dicho todo, la madre se despidió con presteza, mientras apremiaba a su no tan pequeño retoño y se hacía con el bulto de ramas al hombro.
— Nuestro próximo hogar está muy lejos y hay mucho por recorrer. Lamento lo ocurrido, Hu…
— Atenea — se apresuró a corregir. —. Mi nombre es Atenea.
— Lamentó lo ocurrido, Atenea.
Para entonces la culpa la carcomía viva, así que dio un paso al frente, bajando la mirada por un momento. Se sonrió con ironía.
— Esto no tiene sentido alguno, pero… Entiendo lo que es tener a una madre protectora. — Observó a la pequeña hasta que ella le devolvió la mirada. —. Yo la tuve y la perdí. Y hoy casi hago que pierdas a la tuya. Si te hiciste daño, fue mi error; no debí haberte asustado. Lo siento. ¿Entiendes una palabra de lo que digo?
Antes, los ojos de la pequeña habían brillado con miedo desalentador.
Ahora, las lágrimas de su exótica y lustrosa mirada surgieron, gracias a una emoción muy distinta. Ella asintió con una ligera sonrisa, y sin más, se arrojó hacia Atenea para abrazarla.
« ¿Qué está ocurriendo? », pensó al recibirla. El cariño repentino fue más de lo que esperaba, y la rareza del momento encontró el camino para grabarse en su rostro en forma de una sonrisa dentada.
Cinco minutos atrás, había vacilado con la idea de atravesarla o no con su lanza, pero en aquel instante casi se alegraba de apreciar el olor a flores de su cabello, como si fuera la hermanita con cuernos que jamás hubo tenido, por extraño que le pareciese. Por lo que veía en sus rostros, Connor y Aquello estaban igual de sorprendidos de que el abrazo hubiese sido correspondido.
Un rato más tarde, la pequeña se despegó de su cuerpo, y la cogió de las manos para hacer de ellas un cuenco.
— ¿Y ahora qué haces?
— Yo también lo lamento — dejó saber con un tono no tan bien logrado. Colocó sus manos por encima de las suyas. —. Te asusté, y por eso sacaste tu espalda.
— Tu espada. — corrigió la madre, cuya voz también se había dulcificado.
— Espada. — Se rio.
Aún con su chocante apariencia, diabólica incluso para algunos creyentes, daba la impresión de que era tan inocente y buena como cualquier niña normal. Apenada se sintió, pues casi toda persona a la que Atenea conocía se habría dado el gusto de arrojar a aquellos dos seres a la hoguera y recitar alguna plegaria en nombre del Señor. Su propia madre y padre, temía pensar. ¿Pero Ross y Moira también lo harían?
Un ligero hormigueó le besó las palmas. Estuvo prestas a retirarlas, pero resolvió no hacerlo. Y al final, un peso surgió y descansó sobre ellas con una tibieza alentadora. Cuando descubrió lo que tenía entre manos, se inmutó de puro asombro. De la nada había emergido una piedrecita cristalina tres veces más grande que su pulgar: un crisoberilo que relucía al sol con un aura de cien colores. Y en su centro, cuando se la miraba muy de cerca, parecía albergar sus propias estrellas.
— Es un regalo. Dará suerte.
Cuando madre e hija volvieron la vista atrás una última vez antes de perderse en la arbolada, Atenea encontró en su espíritu una sensación de serenidad como no había sentido en días. Atesoraría el regalo entre sus pertenencias, aun sabiendo que había sido producto de la magia de un ser al que no conocía, y que probablemente jamás vería otra vez. Sonrió con la impresión irreal propia de un sueño, como si no acabara de creérselo. Y ya que se encontraba de humor, le propinó un empujoncito con el codo a Connor.
— ¿Qué? ¿No dirás nada?
Connor miraba hacia el horizonte de árboles, con rostro semiceñudo. Ya había estado lo suficiente junto a él como para saber que era el aspecto que tenía cuando cavilaba. Porque lo hacía todo el tiempo.
— Conozco estos bosques. Sé de todas las especies de gran tamaño que viven aquí… Solo puede haber una razón para no saber lo que son, o porque no quisieron decirlo. Esas criaturas se suponían extintas.
— Y ahora viven queriendo que eso pensemos. — « Pero hay más; ¿Cómo es que saben nuestra lengua? ».
Varias horas más tarde, respiró angustiada del aire del crepúsculo, como si el resto de su día se hubiese reducido a vagos pensamientos de lo que podría estar ocurriendo en la ciudad, mientras cabalgaban entre un mar de árboles que parecía no tener fin. Era incapaz de centrar sus ideas en el objetivo. Tan profundo se tornó su quebradero de cabeza, que no volvió a saber de Connor, pese a que lo había estado siguiendo desde la mañana, hasta que él alzo la voz en primer lugar.
— Me disculpo por lo que hice una vez más.
Lo observó con extrañeza, sin saber a qué se refería. Y de inmediato, se percató de que ella se estaba frotando la parte interna de las muñecas, allí donde las sogas le habían provocado una dolorosa irritación. Aceptó las disculpas con un gesto de asentimiento que Connor no llegó a ver, pues se giró al momento.
El terreno que pisaban los caballos se había vuelto pedregoso y apretado, de manera que no hacían menos que trotar. Connor, a lomos de Wyke, se detuvo poco a poco y comenzó a andar en círculos cerrados, alerta a su entorno. Atenea, supuso lo peor, así que dio media vuelta a su yegua, y se llevó la mano al pomo de la espada.
— ¿Viste algo?
Hizo ademán de frotarse la barba incipiente que llevaba. Se lamentó de pronto, dejando saber que algo dentro de él dolía, y suspiró.
— Sígueme.
Y eso hizo, aunque a regañadientes, como con cada orden. Se vieron cabalgando entre los matorrales y sus asperezas. Su yegua resopló de melindrosa, como tenía por costumbre, pero la guio hasta donde Connor había descabalgado. Y tan pronto como se acercó al lugar, un berrido lastimero llamó su atención; era un sonido leve y agonizante. Supo que era una cría de ciervo en cuanto lo vio. El pobre animal se arrastraba débil y luchaba por ponerse sobre las cuatro patas, pero dos de ella, las traseras, no le obedecían. Atenea observó que sus astas recién salían de su cabeza, comenzaba a ser un adulto. Pero por desgracia no llegaría a conseguirlo. Sus negros ojos estaban bañados en dolor, y los pardos de Connor en un sentimiento similar.
— No vivirá mucho. — apuntó él.
Cuánta razón tenía. El animalito conservaba a duras penas la piel de ambas patas y en ellas se percibía una podredumbre oscura trepar. La herida se le había infectado, de manera que debía llevar así un par de días.
— Fue un oso, un lobo — especuló Atenea cuando desmontó. —. O quizás se cayó de un lugar alto. — Advirtió también que los huesillos se le veían entre la carne.
— ¿Qué importancia tiene ahora?
« Le duele — supo al instante acerca de Connor. —. Le duele mucho, más de lo que demuestra. Y demuestra demasiado. » Mentiría ella si dijera que no se le hacía un nudo en el corazón al ver el sufrimiento del animal.
— Ninguna, supongo.
Connor hincó una rodilla en el suelo, y el ciervo gimiendo intentó acercársele como pudo, pero lo alzó en brazos antes de que pudiera arrastrar de nuevo las patitas. Se sentó allí mismo, y lo depositó en su regazo muy cuidadosamente, como una madre lo haría con su bebé. El ciervo no paró de chillar hasta que Connor le tapó los ojos con una mano, se concentró en esa zona, y entonces el animal guardó un silencio indoloro. Tras esto, intentó consolarlo con voz suave.
— Pobre, ¿cuánto tiempo llevarás así? Sufriendo… Te han dejado solo y tú sigues como puedes. — Discreto, se hizo con uno de sus cuchillos y lo acercó al animal. — Eres un luchador, pero ya has tenido suficiente de este mundo.
— Deja al menos que le dé un último sorbo de agua — pidió Atenea. Cuando él lo consintió, se apresuró para hacerse con el pellejo. Durante sus últimos momentos, el ciervo lengüeteó sus manos alegremente en busca de más. Lucía como si ya no sintiera nada más que dicha. « “Mientras haya opción, no mataré a un animal de estos bosques” —, rememoró en el instante en que Connor le cortó el cuello. Él se mantuvo en silencio con la vista baja, mientras Atenea lo observaba absorta a un palmo de distancia. —. Su corazón es noble, ahora lo sé » Creyó ver en su mirada asomarse un indicio vidrioso de tristeza.
— Felicidades, Atenea — Mas su tono resentido de voz decía todo lo contrario. Hizo una mueca agraviada. —. Al final del día, conseguiste lo que querías. Conseguiste tu cena.
Juntos habían sentido lastima por el desdichado ciervo, pero necesitaban comida más que cualquier otra cosa. Atenea se había visto tan sumida en sus pensamientos, que poco lugar había dejado para el hambre que hasta entonces sentía. Sin embargo, no disfrutó tanto de la carne como hubiese pensado al inicio del día. Y ni hablar de Connor, quién comió con disgusto, aunque sin ninguna palabra al respecto, mientras no paraba de observar al fuego con ojos inquietos.
Cuando los aullidos se escucharon nuevamente al salir la luna, dejaron lo que quedaba para los lobos, y cabalgaron hasta encontrarse lejos del lugar.
A media noche, o puede que antes, Connor la despertó de sus breves sueños y la apremió para que se levantara con voz en alza.
— ¡Apresúrate, tienes que ver esto! — exclamó a la distancia.
« ¿Qué sucede ahora? », habría preguntado si no hubiese notado primero que el mundo estaba sumergido en una penumbra más intensa de lo que debería. Un manto escarlata ennegrecido cubría todo el bosque, que había cobrado vida con el rumor de los animales. El aullido de los lobos era diferente, melancólico incluso, y lo dominaba todo. Cuando salió de la cobertura, la vio suspendida en el firmamento como un gigantesco charco de sangre sobre un campo de sable: regia, impecable y atroz.
— Un eclipse. — La jauría ahogó sus palabras. Aunque hermoso a su macabra manera, ello no era lo que más le sorprendía.
Cuando Connor Bressler la volteó a ver, inmóvil sobre una cumbre rocosa, la luna de sangre se situaba justo sobre su cabeza. Y a cuentagotas, todo comenzó a tener sentido a base de un vago presentimiento… Las cosas que él había hecho, cómo había luchado en sintonía junto una piara de caballos en la Capital, cómo había puesto en paz a aquel extraño ser sin decir palabra y cómo era que se veía tan confiado con poder lograr su cometido.
— Hay algo de lobo en él, algo de lobo solitario. Puede que tenga buen corazón, pero es… es un brujo. — Se llevó una mano al bolsillo, y sostuvo el crisoberilo. Y del mismo modo en el que no se podía acusar a un asesino teniendo las manos manchadas, Atenea no podía culparlo de su naturaleza teniendo ella magia entre sus dedos.70Please respect copyright.PENANAYKnPEsYMzv


