Llevaban cuenta de los días transcurridos gracias a los platos de comida fría que les traían por la mañana. Si a aquella gacha desabrida y seca podía llamársele comida.
Enterrados metros y más metros bajo las entrañas del castillo, no había rayo de sol que trasluciese a través de las paredes, pero el caballero tenía vagas nociones de cuando era de día, pues Nora, la achatada sirvienta de mediana edad, decía traerles el desayuno.
— Vuestras armaduras las robaron — le hubo susurrado a ser Ronnie la primera mañana en cautiverio. —. Escuché que las vestirán luego. No sé para qué.
Nadie al margen de Vyler tuvo plena certeza de que la tal Nora fuese una practicante de la Fe cristiana, más allá de que exhibiese en las muñecas las quemaduras donde los grilletes la habían besado y mortificado. Muchos la creían una celta. Junto a ella siempre asomaban desde la puerta dos matronas provistas con cuchillos y armaduras de cuero. Nora se mostraba vestida como se suponía debía lucir la servidumbre, y también les daba de beber caldos con una cuchara de madera que cuidadosamente les tendía. Las otras mujeres, en cambio, les lanzaban panes al pecho para que los tuviesen que comer del suelo cuando se hubiesen caído; sus miradas hoscas, sus gruñidos y sus amenazas eran más abundantes que los bocados. Solo el desayuno les ofrecían.
Las sospechas en contra de Nora se hicieron menos densas a la mañana siguiente.
— El antiguo Rey fue quién nos traicionó. — se atrevió a decirle a ser Vyler en un instante de distracción de las vigías.
— ¿Qué estáis diciendo? ¿Leonor? — La sola insinuación sonaba ridícula.
— No, no Leonor. El verdadero Rey. — alcanzó a musitar antes de que una de las matronas se acercase a zancadas y le obsequiara una bofetada recia.
Mucho después, durante la próxima comida, ser Wendell, que con apenas veinte años era el más joven de la compañía de escoltas, entre sorbo y sorbo aprovechó para sacarle más información.
— ¿Qué ha sucedido con el pueblo? — preguntó tan bajo que Vyler no fue capaz de oírlo bien pese a que el silencio inundaba la celda. — Contesta.
Hizo falta un par de ruegos para que reaccionase.
— Encadenados en centros de concentración. La mayoría. No creeréis la de cadenas que se han forjado. Hay ojos por todas partes.
Las dudas se desvanecieron cuando al salir de la habitación los gritos de Nora se hicieron oír. No volvieron a verla. Y quién bajó acompañada de las matronas al cuarto día fue otra mujer celta igual de aguerrida. Sin embargo, aquella noche, Conway, el carcelero, hubo entrado todo campante, para llevarse a ser Wendell y devolverlo magullado y con el rostro hinchado al cabo de unas horas.
— ¡Aj! — soltó, llevándose una mano a la nariz en gesto de asco, cuando atrapó el espantoso olor de la muerte. — Aquí comienza a apestar ya. — Y para sorpresa de todos, ser Ronnie se limitó a fusilarlo con la mirada, mientras el carcelero hacía dar vueltas a la cabeza de su esposa a punta de patadas. El celta cambió las antorchas otra vez, y se retiró. — No vales como rehén ni como sacrificio, ser. — Fue lo poco que le dedicó a ser Ronnie.
Eso sí, el caballero se sacó sangre de tanto luchar contra las cadenas, sin permitirse traslucir emoción que no fuera la del odio mismo que no le cabía en el cuerpo. Había llorado tanto a su Jessabelle que se había quedado seco de lágrimas.
« ¿Por qué nos mantienen aquí, si no es para otra cosa que matarnos lentamente? ». Estaba seguro, y se atormentaba día y noche con ello. Aunque esta fuera la menor de sus preocupaciones.
— Vyler, ellas están bien — dijo su hermano. Para su desgracia, lo habían sentado frente suyo al otro lado de la habitación. Seis o siete pasos los separaban. —. Eres un melancólico empedernido cautivo de lo negativo. Sabes perfectamente donde se hallan escondidas. A salvo de toda esta mierda.
No faltaba a la verdad con su discurso, aun sabiendo que eran palabras vanas provenientes de un infatuado empedernido. Qué Dios lo perdonase, pero pudiera ser que solo estuviese actuando cínicamente galante para verse bien ante desconocidos. Si no fuera por sus hombres, a quienes respeto inspiraba ser Vyler, lo habría ahogado con un torrente de palabras. De manera que, asintió y ocupó su mente en otra cosa. Se fue a dormir. ¿Qué otra cosa podía hacer sino?
— Lo voy a matar. Lo voy a matar. — escuchó decir de alguien sin darle apenas importancia, mientras se veía envuelto por la embriaguez del sueño.
En algún momento de la aparente eternidad, Vyler flotaba sumisamente por corrientes de imaginación. Nada obedecía a la paz y quietud, incluso en sueños.
— Lo lamento tanto, no estaba preparado — le confesó a la pequeña, con la voz cargada de dolencias. Rara vez se embuchaba con litros de licor, pero Grace le llenó de nuevo una frasca o algo parecido. No reconocía cómo había llegado hasta allí, y mucho menos le importaba. —. Creí en un principio que trataríamos con simples revoltosos.
Grace lo observó medio llorando, medio riendo, sentada a su lado en el suelo junto a la chimenea, que bañaba a la estancia acogedora de una luz naranja perezosa.
— No te preocupes, padre, de verdad estamos bien. Pero, dime, ¿tú lo estarás?
El caballero no tuvo la fuerza necesaria para responderle con la verdad ni para mentirle. La envolvió con un brazo, y la acomodó a ella para que sollozara en su hombro. Su cabello y su vestido estaban empapados por la tormenta que afuera castigaba a la ciudad. La abrazó, sosteniéndola con ahínco, y ahogó sus penas con la dulzura que expelía el afecto de su hija.
Pero las visiones que hablaban de calidez se desvanecieron, y el poco consuelo que había conseguido a su lado se fue a pique. A las afueras de la ciudad, cargaba una tropa de caballería hacia los rastrillos de entrada, dispuestos a recobrar la Capital y a dejarse la vida en el intento. A Valysar y a miles de otros hombres las flechas les pasaban silbando e hileras incontables de piqueros los esperaban prestos a pie de las murallas.
« Morirá al igual que su abuelo — pensó, sin emociones, estudiando todo el panorama desde el cielo. —. Es tan arrojado en la batalla y ansioso de gloria que morirá al igual que Vyken. Ese afán desmesurado por decirse a sí mismos que son valerosos es el terrible mal que persigue a los Maine.»
Tan incomprensibles podían ser los azares del pensamiento, que conforme tenía lugar la colisión de la caballería, gracias a un recoveco en su memoria le acudió la remota remembranza de un encuentro que sin duda tuviera lugar alguna vez. Ajeno a su propia voluntad, de pronto se encontró de nuevo ante las lindes del fuerte del lago Halfmoon, donde entre caballeros de la Guardia de la Realeza y hombres de la Compañía Caballeresca, ser Marcus Brandfort era el único que ocultaba segundas intenciones.
Los recuerdos del ayer procedieron en toda vivencia, mostrándole fragmentos de fuego, sangre y acero entremezclados por el miedo y exaltación que había sentido. Había tenido entonces la edad de Connor, cuando ser Vyken, de buena fe hubo jurado prestar su espada y la de los caballeros de su compañía que de todo corazón deseasen acompañarlo, para urdir que se hiciese justicia. Nadie le había dicho que se arriesgase, pero así de audaz había sido él.
— ¡Ser Raymond! ¡Salid y dad la cara, infeliz! — evocó de la voz casi sin aliento de ser Covan Thompson, a quien el Rey había puesto al mando en aquel entonces.
« Lo salvé — se recordó en un instante de deliberación. —. Salvé a ese buen hombre de caer sin remedio por un precipicio. — El derrumbamiento había tenido lugar en el adarve de la fortaleza que daba hacia el lago. Una porción de la muralla se desprendió por el accionar de una explosión que buscaba enterrarlos vivos mientras todavía ascendían por las escaleras. De alguna manera que escapaba a su comprensión, fue tan rápido como para sujetar al caballero antes de que se desplomase al vacío. — Ayudé a rescatar a una doncella desamparada, pero tomé la vida de cinco sujetos en el camino. Y ni siquiera fui capaz de acabar con el condenado Raymond Hailstone. »
De la noche a la mañana, el renegado había comprado esbirros a base de falsas promesas y del oro restante de su familia. Después de escapar de la ciudad, se refugió en un antiguo y en desuso asentamiento de un Hailstone caído en desgracia un siglo atrás. Sin embargo, alguien había hablado, alguien de quién Vyler jamás oyó su nombre hubo delatado su paradero. Y lo hallaron escondiéndose en toda su ignominia tras muros altos y una guarnición de varias decenas de mercenarios de poca monta.
— ¡Lo quiero vivo! — Su amigo de la infancia lo miraba envuelto en hierro platinado. Lo volteó a ver a él, a su padre y a todos los demás, con ojos encendidos y la rabia corriéndole por las venas. No recordaría alguna vez haber visto a ser Marcus la mitad de enojado. — ¡Desmembrado, si os apetece, pero vivo y consciente, para que pague el precio de la monstruosidad que ha cometido!
No hubo conseguido comprender la raíz de toda su cólera hasta cierto tiempo después.
Al final del día, ser Raymond había escapado por una puerta trasera mientras la última tropa de mercenarios le brindaba fuego de cobertura con sus ballestas. Pero no sin antes mandar a la tumba a dos más de sus congéneres de la Guardia de la Realeza y deshacerse de tres jóvenes con los que Vyler había crecido entrenándose.
Enamorarse de aquella hermosa y desafortunada mujer había sido como jugar con fuego o con un fruto prohibido, tanto que dejase una marca sumamente profunda en dos amigos y compañeros. Uno conquistaría la buena fortuna manteniéndose a su lado, mientras que el otro no encontraría más que su amarga perdición.
Más adelante, darían por perdido al traidor, dando así pie al fracaso y a la inmensa vergüenza que se les había venido encima. Para los espadachines platinados del Rey, para la Compañía Caballeresca de Escoltas, para todos fue un duro golpe, salvo por un hombre y una mujer cuya felicidad no cabía en ellos. La imagen de ser Marcus llevando en brazos hasta su montura a la dama que en años posteriores se convertiría en su esposa, le erizaba la piel aún en sueños. Aloy, quién había iniciado sin quererlo el descenso a la locura de un caballero, se aferraba, recia, a su salvador, hecha un mar de lágrimas y sin ver a izquierda o a derecha.
Pese a todo, el actuar de Dios en ocasiones resultaba confuso y hasta despiadado para más de uno, y más sabiendo que Raymond habría seguramente violado tantas veces a la mujer de sus delirios como vientos surcaban los cielos. Aquel desgraciado perjuro le había puesto una hija bastarda en las entrañas, pero Él bien sabía por qué hacía las cosas en primer lugar.
La mañana del bautizo de Atenea, Vyler entendió que la niña no podía ser menos que una bendición. Las manos del Arzobispo sumergieron a la pequeña en el agua cristalina de aquel estanque y sus cabellos se quedaron flotando en la superficie mientras reflejaban la luz del sol con un cándido fulgor dorado. Su Excelencia la había elevado sobre su cabeza, nombrándola ante todos como «Atenea Pryce».
Pero antes incluso, ser Marcus había sido despojado de todos sus votos y obligaciones gracias a un indulto real y la bendición de la Iglesia en una ceremonia que se había celebrado con notable secretismo. Fuera de los ojos de la ciudad y del Baluarte del Rey, se había adentrado en el agua como un caballero de la Guardia de la Realeza, levantándose luego como un hombre rebautizado con una nueva vida por delante.
Ser Vyler había acudido junto a su padre como únicos representantes permitidos de la Compañía Caballeresca. Aunque nunca fue del todo consciente de lo que hubo sucedido detrás de las apariencias del trono para que de manera extraordinaria a ser Marcus se le concediese la venia para tomar una esposa y colgar la espada.
— ¡Vyler! — gritó una voz amortiguada a lo lejos. Al girarse se dio cuenta que ser Marcus Brandfort lo llamaba. No, era Marcus Pryce quien lo hacía.
No había sido su mejor amigo con exactitud, pero sí uno muy bueno.
— Casi perdisteis la cabeza — recordaba haberle dicho. —, pero creo que la vida os sonrió finalmente.
— Podéis apostar a que sí.
— ¿Seguís con eso de las apuestas? — Ser Marcus había sido entrenado por su padre, quién fuera miembro de la compañía de ser Vyken. Medio pie había tenido dentro de la Compañía Caballeresca antes de que el rey Darren IV lo pusiese bajo su manto. Habían crecido entrenándose juntos en el cuartel. — Si hago memoria, os derroté una docena de veces.
— Las primeras ocasiones, sí — dijo Marcus riendo. — Yo luego os derroté otra docena. Y una docena de veces, tuvisteis que cumplir mis penitencias. Qué cosas hacíamos entonces, cuando éramos más jóvenes.
— ¡Ser! ¡Ser Vyler! — Aquel molesto alarido se volvió a levantar. Esta vez, acompañado por otras voces inentendibles que se debatían entre sí.
— Habrá que quitarnos ese amargo empate de encima. Algún día.
— ¡Vaya que sí!
Fueron una de las últimas palabras que cruzó con su amigo de la infancia, antes de congratularlo y desearle lo mejor.
— ¡Despertad! — le gritaron.
Se preguntó que habría sido de él.
A medida que dejaba atrás el sueño y la pronta pesadez, los sonidos que no atendían razones cobraron vida y se engrandecieron en un griterío.
— ¡Suéltala! — clamó la voz grave de una de las matronas. — ¡Ahora!
— ¡Qué se muera la maldita! — Ser Lance sostenía las cadenas de sus grilletes en torno al cuello de una mujer celta, cuyo rostro morado y estreñido se abría en una inmensa boca en el incapaz intento por rescatar un poco de aire.
— ¡Qué se muera! — repitió uno de los prisioneros.
Al otro lado de la habitación, su hermano sostenía a una matrona en una posición similar, presionándola a la altura de los pechos con la cadena y paralizándole los brazos. Con un rápido movimiento, ser Konash la despojó del cuchillo que llevaba en la cintura, y se lo pasó por el cuello desnudo.
— ¡Suelta! — insistió ella, pero el filo le robó las palabras, mientras las lágrimas rojas salían a chorros. — Sin dar tiempo a otra cosa, ser Konash le robó también la llave, en busca de su propia libertad, cuando la mujer todavía se desplomaba al suelo, dejando atrás sus últimos atisbos de vida.
El resto sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Todo caballero yacía de pie, presto e impaciente a que lo desencadenasen para tirársele al cuello al enemigo, con la excepción de ser Vyler, quién todavía se debatía por entender la situación. Ser Alfred lo animaba a que se levantase. Ser Lance Crowley le arrancó la vida a su víctima. Y ser Konash, le tendió a ser Louis, le pareció, la llave para que se liberase por sí mismo. En medio de todo, estaba Nora, la sirvienta, chillando sin palabras, con un hoyo negro dentro de la boca, como si dejase al descubierto que le habían arrancado la lengua.
Pronto su hermano se halló fuera de su encierro, armado con un cuchillo largo en mal estado, y apoyando el peso de su cuerpo sobre la pierna sana.
— Venga, a mí. — ser Wendell le mostró las cadenas a ser Louis, quien era apenas un año mayor que él, y las agitó con desesperación, pero la mayoría de los hombres pedía verse desasido en primer lugar.
— A tu comandante. — le exigió ser Konash, señalando a su hermano mayor.
El caballero no titubeó, y corrió al encuentro con Vyler, en vez de liberar a quien tuviera a su lado. Cuando los eslabones de acero cayeron al suelo junto a los grilletes, aún no se lo creía del todo. Sentía las manos tan livianas, como si tuviese en ellas solo un par de muñones. En breves, tuvo la misma sensación irreal en los pies.
Una voz le susurraba al oído que no morirían en cautiverio como animales.
Y mientras su mano diestra se estiraba hacia el arma corta del segundo cadáver con el mero impulso de un reflejo instintivo, ser Louis se adelantaba ya a soltar a alguien más. Para aquel entonces, Nora, hacía mucho desde que saliese gritando despavorida fuera de la celda.
« Conway. Conway », no dejaba de pensar en el carcelero y en sus hombres, escrutando la portezuela abierta de la mazmorra y temiendo que algún rostro se asomara demasiado pronto, en tiempos en los que cundía el vigor y la esperanza entre los camaradas de Vyler.
Y así fue como, muy a su pesar, el destino se tardó pocos instantes en ser de nuevo infame y miserable. Como una mala jugarreta maquinada por la vida, Conway apareció en escena pertrechándose con peto de cuero y una espada en manos. Su semblanza era un hervidero indigesto de crueldad. Detrás de este brotaron otras cabezas y armas, que se les quedaron viendo, tan atónitos como ser Vyler. Puso un pie dentro de la habitación, y en gesto de dicha, les dirigió a todos una sonrisa sombría. Tras su paso, los bárbaros fueron irrumpiendo a raudales, cada uno más tosco y feroz que el anterior. No tuvo tiempo de contarlos. Unas cuantas piezas aquí y allá, unos cuantos movimientos, y a cal y canto los celtas los habían puesto en jaque.
De todos modos, ser Konash no era hombre que se dejase intimidar, así como tampoco uno de grandes ideas. Apoyado en una pierna, casi con equilibrio espléndido, rehuyó la derrota lanzando un fugaz golpe que acertó a un soldado en el pecho. Otros enemigos se le abalanzaron, pero sus tajos siguieron cayendo desde todas direcciones, haciendo gala magistral de su destreza hasta que la hoja corta se encontró con la espada larga de Conway, quien la detuvo en seco.
Un rostro que no esperaba ver allí se cruzó con su mirada. Lord Nathan Hengist descollaba con su cota de malla plateada entre los salvajes. Con el asta de una lanza, le aporreó desde una prudente distancia la rodilla al espadachín platinado, y ser Konash se tambaleó antes de caer sin remedio al suelo.
De no haber escuchado los rumores de traición, a ser Vyler le habría hecho falta el aire en los pulmones.
En el segundo que advirtió que Conway se tiraba encima de su hermano con la espada en ristre, quiso correr y desgarrarlo, pero comprendía bien que todo paso sería en falso ante diez o más contendientes. Tal vez fuese mejor que no hubiese vuelta de hoja para Konash al que poco le importaba su propia vida…
En seguida, una sombra pasó corriendo a su lado, rápida y decidida.
— ¡Ser! ¡Cuidado!
… O la de alguien más.
Ser Louis alcanzó la espada de Conway antes de que se encontrase con Konash. Pero estando desarmado todo acabó sin gloria para él. La muerte le llegó con la segunda estocada, después de poco haber forcejeado y evitado el primer tajo que iba en dirección al suelo, dejándose una mano en el camino. El joven caballero cayó muerto de rodillas, abatido por un canalla, para salvar a otro que valía tanto o menos. Ser Louis había conservado en un pedestal demasiado alto a su hermano durante lo que duró el respiro de su corta vida, y que al igual que Connor, apenas rozaba los veintidós años.
— «Dejad con vida a cuánto caballero podáis», ¡os ordenó vuestro Rey! — Lord Hengist cogió por el hombro a Conway, y lo sacudió.
— ¡También es tu Rey ahora, cristiano! — El carcelero se volvió, y se apartó la mano con un guantazo. — Uno más, uno menos. No notará la diferencia.
No hacían falta muchos sesos para reconocer que se las verían negras.
— ¡Te voy a destripar, canalla! — Ser Ronnie explotó de ira en medio de un instantáneo silencio de sepulcro. — ¡Conway! — Con los ojos fuera de sus órbitas y una muñeca ensangrentada, el caballero tiraba frenéticamente del único grillete que todavía lo mantenía sujeto a la pared. Ser Louis, que en paz descansase, se había quedado a medias de su liberación.
En los tiempos de paz de los Liongborth, la Justicia del Rey los habrían ejecutado justo allí sobre la piedra que pisaban, para mandar un mensaje claro a todo prisionero que quisiera pasarse de atrevido. En vez de esto, los celtas y un traidor que se hacía llamar conde de los territorios de la Capital, los cogieron por la fuerza y los llevaron a punta de espada hacia los pasillos a él y a su hermano; a ser Ronnie lo pusieron a dormir con unos cuantos golpes, y luego, le concedieron el grillete que había perdido. A lo que ser Louis respectaba, abandonaron su cadáver para que se pudriese a la vista de los demás caballeros.
« ¿Para qué nos querrá Raymond? — repasó en su mente. — ¿Qué gana con mantenernos con vida? » Conforme los guiaban por pasillos estrechos y penumbrosos, formuló las mismas preguntas en voz alta, pero no obtuvo más respuesta que gruñidos y empujones. A ambos lados, se levantaban puerta de hierro de las que en ocasiones le llegaban quejas, maldiciones y lamentos desde detrás. Debía haber muchos más rehenes allí abajo.
— Silencio y camina. — apuntó, sucinto, el cabrón con bigotes de morsa. Cuando sus ojos se posaron en él, Nathan Hengist le devolvió una mirada hosca.
Durante el trayecto, cada vez que aquel sujeto despertaba en él sentimientos no propios de su naturaleza, pensaba primero en su hija y en su esposa, para no ceder completamente al rencor. No era la primera vez que lo hacía. Las conocía mejor de lo que ellas se conocían. Grace y Elizabeth no iban a soportar que no se encontrase más entre los vivos. Sus dos hijos varones, en cambio, eran historia aparte.
No fue hasta que un súbdito de Conway apremió a Konash con insultos que recordó que su hermano estaba junto a él, apretando los dientes para no caer rendido ante el dolor de su rodilla. Le habían proporcionado un báculo de madera para que se apoyase al caminar, pero aún ello no aliviaba su calvario.
— ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras con esos ojos? — le dijo de pronto su hermano al salvaje que se le había quedado viendo, malhumorado, con sus ojos bizcos. Se había girado mientras seguía dando saltos con una pierna. — ¿Era tu pareja la mujer a la que le corté el cuello allá? — Ora reía entre dientes; ora dejaba escapar descontento mientras caminaba, infatuado. — Ahh, no lo creo. Eres más feo que la mierda pisoteada.
— Ya basta. — le advirtió Vyler en un susurro mascullado.
Pero el Arrogante no detuvo sus palabras, sino sus pasos. Y se giró para encarar al enemigo, alzando la cabeza con desmedido orgullo.
— También derramé la sangre de algunos hombres. Un par eran más grotesco que tú. A lo mejor te arrebaté a quien te calentaba la entrepierna por las noches, ¿es eso? — Hizo ademán de amagar un escupitajo, pero el gesto que vino después fue genuino asco. —. Claro, he visto a una mujer celta por cada cuatro hombres. Sé que estáis necesitados, pero aun así... No te engañes, también me gusta entrechocar espadas, sí, pero de acero.
Con el ceño y la boca fruncida, el bizco apuntó con un ojo al carcelero en jefe; y con otro, al comandante de la Guardia de la Ciudad. Sabría Dios a cuál de ellos le dedicó una súplica muda para desenvainar el arma.
— Venga, intenta golpearme. — lo apremió, desafiante, ser Konash. —. Inténtalo, y este báculo te entrará por donde nunca te ha dado el sol… Ah, será mejor que no, se me olvidaba. Que eso te complacería.
Konash era capaz de decir cualquier cosa, con tal de fastidiar a otro. Aunque esto fuera vender sus propias palabras al Diablo.
A kilómetros se veía que Conway comenzaba a perder los estribos que Vyler había echado al olvido tiempo atrás. El celta se acercó a su hermano con la punta del cuchillo en dirección a su mentón.
— Camina. No lo ordenaré una segunda vez.
— De querer matarnos ya lo habríais hecho en cien oportunidades. — Por lo menos era un imbécil vanidoso y no un mentecato sin cerebro. — Nadie en su sano juicio negociaría con calaña como vosotros. Tampoco haréis de nuestros cuerpos un sacrificio, he oído cosas. ¿Para qué nos quiere Su Bastardísima Majestad?
— Carne de cañón. — señaló a secas el hombre de los ojos en continuo conflicto.
— Vyler, ahora supongo que — Fue su única contestación, a la vez que asentía. — no ves con tan malos ojos que tu hijo esté fuera del alcance de esta pardilla de cerdos, ¿verdad?
Nathan Hengist inició, raudo, un movimiento con la porra, pero fue ser Vyler el que le asestó un golpe intempestivo a su hermano, estrellándose contra él con un hombro. Una insensatez exasperada lo había tomado por sorpresa, y de pronto se encontró con sus manos encadenadas en torno al cuello y rostro de Konash.
Sus captores respondieron con mera conmoción. Sin tener mucha idea, se movieron agitados.
Konash no pudo hacer más que dejar caer el báculo y llevarse las manos a la cara. Y en un arranque tan precipitado como demencial, Vyler lo arrojó a la pared y allí lo golpeó otra vez, extendiendo el brazo en toda su longitud. El imbécil sin remedio de su hermano vio llegar el segundo puñetazo antes de que iniciase, pero ello no evitó que lo descargara sobre él con rabia en la sangre.
— Cállate de una buena vez — le salieron las palabras sin pensar. —. Lo único que vas a conseguir es que nos maten — Con aquella horrible sensación en el pecho, dicho fuera, tiró por tierra todo el perdón de Dios, y continuó golpeándolo como pudo, con una imprudencia y un furor que rayaba el desquicio. Apenas presentó batalla, hasta el punto en que el verdadero enemigo se vio obligado a separarlos. —. Deja de regodearte en tus miserias y malos actos. Deja de pensar que la vida es un puto chiste del que te puedes descojonar siempre que quieras. ¡Un buen hombre murió por ti hoy!
Los llevaron a una habitación, la última al fondo de las mazmorras, y en ella se toparon con una serie de celdas de metal que más bien parecían jaulas de buen tamaño excavadas en un nicho en la pared. Se trataba de un espacio infernal compuesto de pies a cabeza por láminas de acero. Las portezuelas dejaban entrar aire por una pequeña hendidura con barrotes, pero no había volumen suficiente como para estirar las piernas, mucho menos para dormir más o menos cómodo.
Había media docena de aquellas jaulas, por lo que logró avistar, pero tuvo la mala suerte de que a Konash lo echaron de bruces en la más cercana. El único consuelo que le quedaba era que había una pared gruesa de acero que detuviese los siguientes golpes entre ellos dos.
Los dejaron a solas con sus desgracias. Por un instante, a Vyler le pareció que se maquinaba una dilación silente, ruin e injuriosa, la cual no le resultó tarea ardua a su hermano quebrantar con una risa que se convirtió pronto en carcajada.
— Nada más mirad a esta jauría de caballeros reducidos a escoria mediocre y derrotista… Algunos más venidos a menos que otros. — Incluso antes de que los ecos de su voz se perdiesen, volvió a cargar con tono soberbio. — ¿Tanto así deseas la muerte de tu propia sangre?
Al caballero no se le cruzó ni por un instante la idea dar respuesta a algo como aquello.
— Vyler — continuó ser Konash desde la otra celda. —. Te quedaste allí parado, observando. A la expectativa de… ¿De qué?
— De que obtuvieses finalmente lo que tanto has estado buscando.
— ¿Y eso es?
— Tu libertad. Tu último respiro. Tu muerte, o llámalo como quieras.
— Entonces es verdad — suspiró él, dejando componer en su voz un tono más abatido. —. Llegamos a un punto sin retorno… Pero esa no era una forma bonita de irse. Ibas a permitir que me mataran cual perro mugriento.
« Hazme una lista, Konash, y me la apunto. ».
— ¿Desde cuándo te ha atormentado el cómo y el cuándo de tu propia muerte?
Dejó una larga pausa de por medio, y, aun así, no llegó a confesarlo.
— Me desilusiona pensar que no llorarías mí — dijo de repente a modo de guasa. —. Me desilusiona e ingratamente me sorprende que haya sido una cría de caballero que ni conozco el que dio su vida por mí en lugar del beato y honorable de mi hermano —. Luego hizo como si se asqueara de algo. —. Por favor, que enfrentamiento de mierda y más indigno. En mi defensa, han sido días duros.
— Se llamaba ser Louis Greathouse — «Se enlistó con doce años en las filas de la compañía, deseoso de servir, deseoso de obtener gloria algún día » —, te admiraba. Como muchos, solo conocía la armadura reluciente y las habilidades, y no lo podrido que estás por dentro. Fue un buen muchacho.
— Greathouse, ¿eh? Persuade a un celta de estos de que nos traiga vino o cerveza, y brindaré en su nombre.
— Siempre has sido de tener más cara que espalda. — habló sin emoción, con el espíritu cayéndosele a pedazos.
— Pobre de mí. Vuestras palabras resultan más hirientes que vuestras acciones, ser. Calan más hondo que cualquier arma, que pudierais o… no… blandir.
Momentos después, dio su brazo a torcer para que sus palabras dijesen por fin lo que su cabeza tanto había estado dándole vueltas.
— Konash, se acabó. Lo he estado pensado y que Dios me perdone, pero a partir de ahora renegaré de ti como hermano. Aun cuando no moriste allá afuera, te has ido para mí y para mi familia.
Se encontraban presos en celdas contiguas, pero muy dentro de él sintió como se había distanciado de Konash y volado lejos. Echó la cabeza atrás y cerró los ojos. Dormitó por no supo cuánto; tal vez fueron solo unos segundos o incluso horas. Los sueños intranquilos no consiguieron esta vez despertarlo, pero sí la voz del hombre al otro lado del muro de metal.
— Cinco minutos más y habría muerto de verdad — anunció Konash, lánguido, melancólico, como si hablase para sí. —. Cinco minutos más antes del asedio a la ciudad y habría ido a pedir audiencia inmediata con el Rey. Habría reunido a toda la Corte, a mis dizques hermanos juramentados, a los veinte tres, y me habría quitado la vida ante la mirada despavorida del público, sin importarme absolutamente nada más que a mí mismo.
Ser Vyler no hizo más que escuchar. No tenía manera de saber si hablaba en serio.
— La salida fácil — dijo el otro. —. Te confieso mis pecados, Vyler. Espero y me juzgues en silencio. — Tosió para aclararse la voz que salía despiadada de una boca seca y agrietada. —. Cuando era apenas un bicho feo, uno de eso a lo que la gente acostumbra a llamar «niño», tú ya eras un caballero recién nombrado. Y, además, eras el favorito de nuestro padre. ¿Qué puedo decir? Tenía que hacerme notar, así que comencé a ser cada día un poco del hombre que soy hoy… Aunque ya no sea de mi agrado. No del todo. La vanagloria, los aplausos, las miradas era lo poco que me caía como anillo al dedo.
» Siempre me he querido follar a la reina Alice. Creo incluso que ella lo sabe. Creo que se divierte insinuándoseme con discreción y luego reculando tan galantemente. Tiene un culo y unas caderas que quitan el aliento, que te hacen llorar, como si vieras en ellas el mismísimo rostro de Dios. Pero al mismo tiempo, espero que ya esté muerta la muy puta. Fue Alice la que a bases de artimañas me metió en todo este asunto de la Guardia de la Realeza.
Se escuchó el golpazo de una puerta que se cerraba a la distancia. El sonido llegó hasta ellos, los hizo inmutarse y acalló a Konash por un momento. «No puedo retractarme de lo que dije — pensó. —. Así como no se puede borrar un recuerdo, así como lo que está muerto no vuelve a la vida. »
— Valysar tiene más valores y escrúpulos que yo, lo reconozco — continuó Konash. — Felicidades, pero de él he aprendido más de lo que él ha podido aprender mí, ¿sabes? Vyler, lo siento, pero ya concebí tres bastardos — Aquello lo asustó más que el portazo reciente. De haber tenido algo en el estómago, lo habría vomitado de seguro. —. Te adelanto que fueron niñas todas ellas. A la primera la intenté nombrar como nuestra madre, Melissa. No tengo idea de por qué, pero aquella mujer se negó. Solo la vi un par de veces; las otras dos desgraciadamente fallecieron a los pocos días de nacer, antes de que incluso alguien pensara en un nombre para ellas.
Sufrió un ramalazo de curiosidad y ternura, y por un instante se animó a preguntar sobre la niña, sangre de su sangre a la que no conocía. Pero se mordió la lengua, firme en su convicción de reniego.
— Solo me importan las cosas a las que me puedo follar, con las que puedo combatir o las que me hacen reír — Hablaba ya con entonación neutra. —. Fornico, batallo y me regocijo sin mirar a quien. Soy un cabrón, ¿crees que no lo sé? A veces me lamento por ello, Vyler. Y otras veces no. De corazón, no me afecta lo que hayas dicho o lo que puedas decir. Solo miro siempre por mi propio interés.
« No sé qué haya de verdad en todo eso », caviló al oírse morir su confesión. Y se tragó sus dudas, sus emociones, sus palabras y remordimientos lo mejor que pudo.
Y cuando todo el enorme despliegue de Konash hubo tocado a su fin, se dejó dominar por el sueño. Hubo tiempos en los que caer rendido requería para él de un lecho de plumas, ropas limpias y una alcoba entibiada, pero aquellas opulencias habían quedado atrás. Aún con la incomodidad que generaba el reducido espacio y la pésima posición que le era impuesta, lograba desvanecerse a ratos. El calor se volvía sofocante incluso estando quieto y lo despertaba sediento y empapado de sudor. Pero por momentos las ensoñaciones traían consigo cosas que le eran preciadas.
Una vez, hacía años, a ruegos quejumbrosos del vástago más pequeño de la Casa Maine, Vyler había conseguido llevar casi a rastras a Connor y Valysar a los adentros del Baluarte del Rey, sin otra cosa en mente para Grace que no fuese pasar tiempo de calidad en familia y, ya de paso, merodear por los pasillos repletos de soberbias pinturas.
Pronto, Dante y su Doncella de Bronce se encontraron ante sus ojos. Tan vastas eran sus siluetas encerradas entre marcos de plata que nada más un pequeño fragmento de su vista no estaba zambullido en el océano de colores que eran sus retratos.
— ¿No les parece que son maravillosas? — inquirió su niña sentada e inquieta sobre los hombros del caballero a todo el que pudiese oírla, mientras daba brinquitos de emoción.
— Sí que lo son, Grace. — «Es decir, lo fueron. Durante las primeras cincuenta mil veces en las que vinimos.»
De cualquier modo y con casi total seguridad, habría cientos de miles de visitas más al castillo, si solo con ello conseguía avistar un pequeño atisbo de felicidad en el rostro de su reluciente hija. No podía ser menos que el velador de sus sonrisas.
— Mira las sombras — continuó diciendo. —. La paleta de colores. El trazado de cada pincelada. Lucen tan reales. Hay incluso detalles hasta en los más mínimos detalles.
Valysar le colocó una mano en un hombro.
— ¿Que estos no eran brujos que…, ya sabes — dijo con sumo cuidado entre susurros —, que fueron condenados a morir en la hoguera? ¿Por qué los exhiben aquí, como si estuviesen glorificando su recuerdo?
Vyler no tuvo de otra que encogerse de hombros.
— Todo Rey tiene sus excentricidades. Y más importante, todo Rey al final del día hace lo que le venga en gana. La Corona solo está por debajo de la mano de Dios, y a esta última poco o nada le van a interesar un par de pinturas.
— Creo que mi hermana aún no sabe lo que ocurrió con ellos.
— Y no tiene por qué descubrirlo. — « Si tiene la vida que pretendo para ella, no tendrá tampoco que descubrir lo horrible que puede llegar a ser el mundo y cuántas criaturas viles como estos brujos alberga » — ¿Para qué susurras, hijo? Solo mírala, no te escucharía, aunque le gritases al oído.
Entretanto, Grace había seguido platicando consigo misma en voz alta.
—… Esas vibras místicas que emana. No me puedo creer que tenga cientos de años y siga perfecta. Dios, por favor, quisiera pronto la maestría para crear algo como esta obra de arte. — Verse testigo de inocentadas como aquella resultaba en un espectáculo que le llenaba el pecho de alegría.
En breves se fijó en su alguna vez protegido, muchacho convertido ya en hombre, quien no quitaba los ojos de encima de la pintura de Su Alteza de antaño ni para parpadear. Ojos en lo que pudo distinguir un raro brillo acuoso. Aquella había sido la primera vez que se le presentaba la oportunidad de deleitarse de ella.
— Connor. — lo llamó, pero él no lo volteó a ver. Con la boca entreabierta, lucía como un niño embelesado por algo nuevo que lo pasmaba. — ¿Te encuentras bien?
Y durante todo el rato en el que estuvo observando a Connor, fascinado en la Doncella de Bronce y sus animales, su hija no paró de hablar sola. Su voz era como ruido inentendible de fondo al que ya estaba acostumbrado. Al menos así fue hasta que Valysar tiró la de la muñeca de su hermana para que volviese en sí misma.
— Y a todo esto, Grace, ¿quién las pintó? — le preguntó luego.
— Y yo que voy a saber.
Por lo general, retomaba las fantasías estando despierto.
Se despabiló el sueño al oír la cerradura moverse y la puerta de su celda abrir. Creyó entonces que le traían misericordia sobre un plato en forma de comida, pero lo que consiguió fue un balde de agua sobre el rostro. No opuso demasiada resistencia cuando dos hombretones lo sacaron de aquel agujero cogiéndolo por los hombros. Si fuera posible, no se habría resistido ni aun teniendo la tripa llena.
— Desvístete. — le dijo uno, tomando distancias y poniendo su arma entre ambos.
Le propinaron un baño arrojándole otros dos cubos de agua fría encima. Le dejaron un tercero para que se lavara como era propicio, y le tiraron unas prendas simples, similares a las que llevaba, pero limpias. A causa de días enteros sin bañarse, conservaba un olor acerbo y sobre él una ingente cantidad de mugre con ropajes viejos que no le pertenecían.
— Vístete. — ordenó el segundo, casi entre amenazas.
En el reflejo difuso de la plancha de metal de la celda consiguió ver que la barba entrecana le cubría las mejillas y el mentón, bajo la cara más marcada por las preocupaciones que pudiese imaginar. Todo esto, a pesar del poco brillo que expelía el hierro. No era de extrañar que se sintiese dos décadas más viejo.
Mientras se arropaba con la camisa gris, atestiguó como a Konash se lo llevaban fuera de la habitación. Cuando le preguntó a la mujer que ayudaba a cargarlo bajo un brazo qué harían con él, sorprendentemente consiguió una aclaratoria. Tratarían su herida antes de que empeorase más, según le dijeron, lo cual no hacía mucho sentido. Y en seguida, lo encaminaron a un sitio dos pisos por encima de las mazmorras. Las piernas le ardían como mil fuegos, una vez se encontró subiendo por las escaleras, pero Vyler siguió encerrado en sus pensamientos, comiéndose la cabeza con ellos. La cortina de humo que se había alzado sobre él con la llegada de la Horda de las Bestias se desvaneció al final del camino.
A la puerta cerrar, sus ojos se posaron en el rostro fino y campante del cerebro maquinador detrás de todo el caos que recaía sobre el reino.
— Vos — soltó a secas con sumo desprecio. —. Traidor.
Y en un gesto genuino de júbilo, lord Edward Stanford lo recibió con los brazos abiertos y una sonrisa taimada.
— Me declaro culpable.
— Ya habían llegado a mis oídos los rumores. — Fue empujado por un guardia y obligado a entrar en la habitación. « Maldito de mí que me negué a creerlos. » — Pero ¿por qué?
— ¿Y por qué no? — La puerta se cerró de golpe tras su paso. Mientras una mujer cuarentona le desempolvaba el elegante atuendo al Confabulador, otra incluso con más edad se encargaba de poner la mesa; celtas de rostro duro, saltaba a la vista, que portaban espadas cortas en la cintura. — Se trata de una gloriosa historia, si me es permitida tal vanidad. No obstante, temo que peca de ser demasiado larga. Haceros un favor y tomad asiento. La cena ya está por servirse, y hay pocas cosas en estos días que extrañe más que una plática con un ser civilizado.
— Estoy famélico, pero veros el rostro y cómo osáis divertiros con el Infierno que desatasteis me hace un nudo en el estómago.
— Os aconsejo que comáis hasta el hartazgo mientras podáis, porque esta será, si la aceptáis, la última de vuestras comidas que valgan la pena. Luego de esta humilde tertulia, iréis de vuelta al hoyo donde estabais confinado. Allí os mantendremos a la expectativa.
— ¿A la expectativa de…?
— De que es lo que los celtas harán con vos y con vuestra caterva de honrados caballeros. — Lord Edward hizo ademán de sentarse, y una vez arrellanado le indicó con la mano a la mujer que fuese ayudar con el trasiego de los alimentos. — ¿Sabíais que, de no ser por vuestro padre y compañía, quizás ser Raymond habría tenido éxito en su cometido dos décadas atrás?
— Lo tengo muy presente. Inclusive se podría decir que me enorgullezco de ello.
A pesar de que delgada había sido la línea aquella vez entre encarnar una compañía de escoltas y convertirse en unos mercenarios a sueldo de un Rey.
— Qué el motivo de la muerte de un caballero sea aquello que tanto orgullo le otorga, no es otra cosa menos que… elegíaco. — afirmó, revolviendo la copa de vino.
La espalda y las rodillas le dolían a horrores a causa de las malas posturas del cautiverio, con lo que habría hecho bien con sentarse de inmediato, pero la animadversión que le profesaba a aquel hombre no le permitía ceder.
— Mi padre hizo lo que debía cuando decidió prestar su ayuda a la Corona. E igualmente hicimos lo correcto al salvar a Aloy de las garras de la barbarie de Raymond Hailstone.
— Más os valdría no pronunciar esos dos nombres en presencia de vuestro Rey.
— Mi Rey ha caído, traicionado por el mierdecilla insidioso que se regodea en esta mesa mientras los cadáveres se cuentan por millares y los lamentos se vuelven incontables.
— Azus desconoce que los caballeros que ayudaron a frustrar sus más trastornados deseos luchaban bajo el estandarte de una compañía de escoltas, cuyos restos ahora se encuentran a su merced — Su tono de voz era el de un hombre ebrio; ebrio de placidez y delicia. —. No puedo hablar en nombre de Su Majestad, pero creo que veré rodar con extrema furia un gran número de cabezas. En concreto, un centenar de ellas. ¿Os imagináis a un semi-dios batallando contra cien simples mortales? Sería un espectáculo digno de canciones, para el deleite de las masas.
« De modo que es cierto » Había oído sobre las fantasías que la Horda se había imaginado de labios de Conway y sus esbirros. No había tenido otro remedio que prestar atención, aunque no diera crédito a lo que decían.
— No sabe siquiera que estáis aquí — continuó él, entre sorbo y sorbo. —, ser Vyler, ni que seguís vivo. Tras haber regresado de nuestra primera campaña, me gustaría estar allí para contemplar su furia irremediable.
— Y entonces, serán ciento una las cabezas que rodarán, cuando descubra que se lo habéis estado ocultando para vuestro propio deleite.
— Improbable. Y ya soy hombre muerto, de todos modos. — Se encogió de hombros. — Dejadme que os lo cuente todo. — Y durante el cuarto de hora que aconteció, Edward Stanford habló hasta por los codos sobre su vida, su enfermedad; sobre una tal Jensen que le hubo confesado lo que le deparaba para el futuro y el porqué de su traición.
A ser Vyler el hambre lo hizo engullir platillo tras platillo, tragándose la rabia lo mejor que podía acompañada por trozos de comida y hartazgos de cerveza tibia. El caballero no era hombre que se encolerizase fácilmente, pero sí uno que se llevase un indigesto rencor hasta la tumba.
— Vendisteis el bienestar de un reino próspero — lo interrumpió a él en uno de sus derroches de verbosidad. —. ¿Y a cambio de qué? Tirasteis por tierra el trabajo y vida de incontables con tal de ver cómo todo se consume por las llamas mientras os…
— Mientras disfruto cómo el mundo se va a la mierda en mi descenso a la ruina, en mi decadencia — se adelantó Edward. —. Con mi ingenio he ayudado a construir esta nación, y en mi derecho estoy para con mi ingenio destruirla. Siendo breve e impreciso. Son las personas que hacen del mundo un lugar peor las que más se les recuerda. Las que nunca caen en el olvido y tampoco las que mueren con el paso de los siglos. Nombres hay a raudales.
Solo necesitó de tiempo para que la rabia le comenzase a revolver el estómago. En un momento de descuido para Edward, ser Vyler cerró los dedos en torno a un cuchillo, y miró a su comensal al otro lado de la mesa con ojos que, inyectados en sangre, lo aborrecían. Su paciencia acababa de tocar techo. A tan corta distancia, tan solo bastaría con saltarle al cuello. Sería más rápido que las dos mujeres que también hacían las veces de coperas.
— Vuestra señora esposa — dijo el Confabulador, tajante para las intenciones del caballero. Luego se sonrió de forma serena y lo observó de soslayo. — Elizabeth. ¿Aún hacíais vida en la Calle del Caudal? ¿En esa mansión que os fue dada en herencia? No tuve nunca el placer de conocerla en persona. El único consuelo que me queda es la imagen de su retoño yendo de aquí para allá en las galerías de arte del castillo. Qué niña más carialegre y bonachona.
Llegado el momento, se preguntó si debía temer, si alguien además de aquel ingrato sabría dar con ellas. Su ira se desmoronó a pedazos y se llevó con ella sus intenciones. Aflojó los dedos del cuchillo, y los alejó tanto como le fue naturalmente posible.
— Veréis, caballero, no tengo por costumbre ir a la guerra, sin antes planear con recelo cada movimiento del enemigo — Se había levantado de su asiento, para rodear la mesa y colocarse del mismo lado que ser Vyler. Cogió unas uvas de un cuenco, y se las llevó a la boca mientras miraba pensativo la pared a escasos pasos del arma. —. Ser padre en estos tiempos debe sentirse como un camino realmente tortuoso.
Y con un tono no exento de repudio, el caballero se hizo oír.
— Y pensar que estuve lidiando todos estos años con un ateo sin escrúpulos, honor o al menos una pizca de conciencia.
— Vuestras creencias son como un muro inquebrantable que no os deja ver lo que hay más allá del pequeño mundo en que os encerrasteis — Se sentó sobre la mesa, todavía absorto en el descuido. —. Tantos hombres y mujeres que me precedieron… Me valí de ellos para escalar. De pie sobre sus hombros de tantos gigantes, sé lo que hay más allá. Por lo menos hasta donde el horizonte me deja ver. Y el panorama es fascinante. Sin embargo — dijo para dar paso a su retiro de la sala. —, no gastaría mayor saliva con vos. Sería como hablar con ese mismísimo muro.
Observó una vez más el arma sobre la mesa, y por consiguiente con sobrada mesura miró de soslayo a las guardianas del «Señor del Caos». De cualquier forma, si su muerte fuera en vano no tomaría el riesgo.
— Solo os diré una única cosa: los tiempos que preceden al amanecer son los más oscuros.
— Ser, por favor, creer en algo no lo convierte en realidad.82Please respect copyright.PENANAEj2ZbL4Kbd


