Ad extirpanda
El amanecer los encontró en la tina de baño de la reina Alice envueltos por aguas perfumadas, medio centenar de velas aromáticas y una lascivia que aún no abandonaba sus cuerpos. Desde hacía horas se habían alejado ambos de todo lo que aconteciese fuera de la habitación, salvo por el arpista que tocaba en los pasillos, y cuyo tañido lento y armonioso se colaba entre las paredes.
— Mary Ann, eres más preciada para mí que agua en el desierto. — dijo Él en céltico entre susurros de su encantadora sonrisa.
— Lo sé. — respondió en ánglico.
Ramskull, nacido y criado entre los celtas de la nueva era. No existía otro nombre en labios ajenos para referirse a él. Ramsey era un mote de cariño reservado solo para Mary.
En su decimotercer onomástico, cada niño y niña que hubiera sobrevivido a las adversidades de la tribu y a sus pruebas se ganaba el derecho de considerársele un adulto y portar cualquier nombre que eligiera. Antes de esto, simplemente se les reconocía por algo, lo que fuera, que destacase de su apariencia o aptitudes.
En el caso de ella, había llegado al mundo bajo el nombre de Mary Ann. Y Ramsey solo podía llamarla de esta forma en la intimidad, cuando ningún otro oído escuchaba, cuando Él se sentía realmente feliz de estar a su lado. O al menos, cuando lo exteriorizaba.
Ensanchó más su sonrisa y soltó una risita gustosa, al percibir cómo la besaba por encima de la frente, en la raíz de sus cabellos. Mary le había apostado un tazón de frambuesas sobre el pecho, con lo que se llevaba una frutilla a la boca de vez en vez. Él la rodeaba con un brazo, aguardando a hallarse listo para el tercer acto de la noche, si bien los rayos del sol atravesaban ya las hendiduras en los refuerzos de la ventana.
— Mary Blood, Ramskull, Rex Azus… Laparc. Continúan sonando tan ridículos como en mi primer día.
— Recuerdo bien ese día. Estuvimos ideando el saqueo a la villa durante semanas. Tomamos mil y una precauciones, estudiando las idas y venidas de los lugareños, identificando los puntos ciegos de la vigía y los puntos débiles en las murallas… Inclusive, me adentré al poblado bajo la lona de un carromato, para echar un vistazo de cerca — Suspiró poco antes de sonreírse. —. En fin, todo para nada, porque apenas salté el muro, tuve que informar a todo el que me seguía que la villa había sido pasada por la espada. Fue difícil sacar el oro del convento después de que lo incendiaste. Escuché tu voz. Una sola frase seguida de una risa estrepitosa. ¿Qué fue lo que dijiste? Ah, sí…
— La única Iglesia que ilumina es la que arde. — citaron ambos, entre carcajadas de amor que demoraron en morir.
De ahí en más la conversación versó acerca de lo acontecido aquella dichosa madrugada cada vez más distante, de cómo Ramskull y sus hombres habían tenido que lidiar con los Interfectos de Mary y con el amargo viaje de regreso al campamento de la Horda, puesto que se habían atragantado con un buen botín sin cazar una sola presa. La primera mirada que compartieran los dos había sido una de enfado y desconfianza que dejase ver lo cerca que hubieran estado de matarse el uno al otro de haber tenido oportunidad. Y aunque fuesen pocos los momentos, a Ramsey le gustaba a hablar, cuando se encontraba de júbilo. En especial hablar sobre sí mismo.
La invasión a la ciudad y su posterior encierro, la preparación de los rituales, el desarme del pueblo dranovense y armamento de la Horda… El plan fluía como la más fina seda, por lo que todos se hallaba tan esperanzados como satisfechos. Excepto los cristianos, esos sí que morían chillando, bajo techo o al aire libre.
Esta vez, y para variar, Mary no había tenido necesidad de robar a hurtadillas el cráneo de carnero, sabiendo que Ramsey iría en su búsqueda. Su amantísimo había ido hasta ella por cuenta propia, con una sonrisa de oreja a oreja y los bajos instintos de un hombre muy prestos. Aun así, Él no se había olvidado de llevar consigo el yelmo a la velada. Este yacía dispuesto sobre una mesilla al lado de la tina.
« Venga, venga, pregúntaselo ya — interrumpió Balaam. »
Su propia voz la traicionó sin mucho esfuerzo.
— ¿Por qué lo llevas a todos lados? — Se acomodó, montando sobre Él a horcajadas, y le obsequió una mirada admirativa a su perfecta figura. —. Está relacionado con tu nombre, eso lo sé. Pero ¿por qué?
Ramsey chasqueó la lengua, y desvió la vista con gesto airado. Su rostro se había deformado de un instante a otro, con su ceño fruncido. Negó con el cabeza, incrédulo, de que lo estuviese interrogando una vez más.
— Por favor, hazlo por mí — Mary, inclinándose hacia él, hizo ademán de un puchero bastante risible. —. Solo una vez.
De más estaba imaginar que aquello no funcionaría. Él siguió moviendo de lado a lado su cabeza, para entonces frunciendo además los labios, como si le asquearan sus ruegos. Habría seguido enojado durante una hora, si Mary no le hubiese sujetado el mentón con una mano y obligado a observarla fijamente.
— Mírame, Ramsey — Cuando los ojos de esmeralda y los de lapislázuli al fin se encontraron, se animó a seguir. —. Soy yo. Puedes decirme lo que sea.
— Ni lo pienses. Tienes una…
— ¿Una bocaza? — terminó ella con celeridad. — ¿Una horrible memoria? Eso también. Quizás se me olvide para mañana. Pero guardaré el secreto por lo que dure. Lo juro.
Vista gorda, oídos sordos. Ramsey se recostó a la tina, clavó los ojos verdes en el techo, y guardó el más completo de los silencios.
Cuando Mary le prodigaba la amistad de sus muslos, decía él, no era dueño de sus actos. Conociendo esto, y a manera de persuasión, tarareó una cancioncilla tonta y pretendió incitarlo con sus encantos más íntimos, pero su empeño no llegó demasiado lejos. A medio camino, él firmemente la contuvo con sus manos.
— Si no puedes confiar en mí, ¿en quién esperas hacerlo? — le dejó saber, inclinándose y apoyando su frente contra la de él. — Hay algo mal en mi cabeza, es sabido. Y pese a eso, jamás podría hacer algo que te hiriese. Ni en mis peores delirios — Solo la razón de Belial y la lujuria de Naamah seguían retumbando entre sus oídos, cada que estaba junto a Él. El orgullo de Abadon se desvanecía. El resto amainaba su griterío.
A luz de las velas sus ojos como esmeraldas reflejaron que en Ramsey aún perduraban dudas. Le apartó los cabellos empapados a Mary, desvelando la delgadez de su rostro y las mejillas hundidas. Y sin más, sin decir nada en lo absoluto, se estiró para alcanzar su yelmo de hueso.
— ¿Ves esta pequeña hendidura aquí? — inquirió, señalando entre ambas cuencas vacías del carnero. Era apenas perceptible. Una cavidad poco profunda del ancho de un diente de leche. — Me salvó la vida a los doce. ¿Quieres saber la historia?
Mary asintió repetidas veces, entusiasmada.
— No te perdonaré nunca que cuentes esto a alguien más, ¿entendido? Nunca.
— ¿Por qué?
— Porque es mi mayor vergüenza — Tragó saliva de sobremanera. —. Fui un niño débil y enfermizo. Eso en nuestra tribu es inaceptable. Fue un golpe de suerte no haber sido dado en sacrificio a Dagda o a Brigit, cuando nací. Aun no entiendo cómo fue posible. Pero sobreviví. Estuve a un paso de la muerte durante años. Superé cada prueba impuesta por los druidas agonizando. Siempre en último lugar. Siempre a un paso de que me sacrificaran por mi falta de habilidad en todo lo que pudieras imaginarte — Mary lo observaba sin parpadear, con los ojos bien abiertos, como si temiese perderse cualquier detalle. —. Un día, mi padre me llevó lejos, muy lejos del campamento, y me dijo que el último desafío a vencer para convertirme en un adulto sería matar a un animal que doblara o triplicara mi tamaño.
» No era cierto. No existía tal prueba, pero yo aún no lo sabía. Así que, ya en las montañas, me dio un arco, flechas y dos espadas cortas de bronce y señaló en la ladera a mi objetivo — Pasó los dedos por los cuernos retorcidos y amarillentos del yelmo. —. « Lucha o muere. Si huyes, no te molestes en volver a la Horda. Para los dioses, no serás más que un paria », me espetó. Estoy aquí, por lo que ya sabes qué sucedió. Pero al igual que siempre, sobreviví por un pelo. Corté la cabeza del carnero mastodonte y volví con mi padre. Cuando vio que aún seguía con vida, débil, con mil heridas y las piernas temblorosas, en lugar de decir algo, me atacó. Esta hendidura en el yelmo es una flecha suya. No pude esquivarla, por lo que coloqué mi trofeo justo ante mi cara. Otro golpe de suerte, quizás.
» Mi padre siempre me repudió. En la tribu no solemos ser muy paternales, pero él me trataba más como escoria que como sangre de su sangre. Porque mi debilidad era una degradación para toda su progenie. Los Dioses y los hombres lo habrían exiliado de sus favores por haber matado a uno de sus hijos, así que me envió a morir con una mentira vendándome los ojos. Solo cuando no vio más alternativa, decidió tomar finalmente el asunto en sus propias manos.
Ramsey se había confesado sin la mínima pizca de tristeza o añoranza, de modo que no hubo sentimiento que encogiera el corazón tan voluble de Mary.
— Estabas débil y eras casi un niño, tú mismo lo dijiste. ¿Cómo fue posible que pudieras asesinar a tu padre?
— Me odió, me engañó y trató de matarme. Si los druidas habían concluido que no era apto como sacrificio, significaba entonces que debía vivir. Aun así, contradijo el deseo de los dioses, y ellos lo maldijeron. A mí, en cambio, el dios guerrero Lugh, para hacerlo pagar por todas sus faltas me concedió la destreza y la fuerza. Y todo mi rencor no hizo más que intensificarlas. — Se pasó una mano sobre la sombra rubia que era su cabeza. —. Cuando era pequeño me llamaron Finehair, ya te imaginarás por qué. Pero el apodo murió en compañía del niño en las montañas. Al regresar a la Horda, me deshice de las trenzas doradas y me rapé. Usé este yelmo queriendo ocultar mi rostro durante muchos años, hasta que todos olvidaran quién había sido en el pasado. Y así fue.
— Yo no lo olvidaré — prometió, rodeándole el cuello con ambos brazos. —. Y para mí, no sería nunca motivo de vergüenza. Salías herido, mas no derrotado — « Yo, por otro lado, sí que he salido derrotada. » — Y aunque así hubiese sido…
Él siseó, y apresuró a cubrirle los labios con la palma de la mano, pidiendo su silencio.
— Aún hay más de donde vino eso, bocazas — El hecho de que se le estuviese endureciendo el miembro delataba que sus deseos estaban yendo por fin a más. —. Con la ayuda de ese malnacido que me quiso muerto desde el día que me vieron nacer, me hice una promesa que le escupí en sus últimos respiros… A partir de aquel instante en que su vida se desvaneció entre mis manos. Una veintena, una treintena… No importaba el número, pero tendría un montón y medio de hijos que conquistarían y poblarían la tierra para el recuerdo de su padre. Y que diferencia de él, me agradecerían todo lo que luché por ellos. Los amaría como a ningún otro padre que conozco ama a sus hijos, pero también más implacable que cualquiera. Así no solo sobrevivirían. Ellos gobernarían este mundo por encima de la mirada de todos los demás mortales.
» Débiles o fuertes, sanos o enfermizos, los entrenaría a todos y los convertiría en hijos e hijas dignos de respeto — De un segundo a otro, dominado por las ansias se apresuró a sentarla sobre su regazo —. Jamás me rendiría con ellos, costara lo que me costara. Esa es mi promesa y ese es mi sueño. Los dioses saben que me concederán esto. Ahora eres la única en este mundo que me conoce realmente.
El tazón de frambuesas salió despedido fuera de la tina de un manotazo conjunto de los dos, para apartarlo del camino de sus cuerpos. Ramsey aventuró una mano hacia su miembro y otra entre las piernas de Mary para acomodarla y hacer que se humedeciera. Y ella montó a horcajadas sobre Él, rodeándole el cuello con sus brazos.
Ramsey le hundió la nariz y los labios en el cuello y su hombría incluso más profunda en el vientre. Mary oprimió unos labios que no fueron capaces de impedir que se escuchasen sus gemidos. Carcajeó de un infinito gusto otra vez al recibirlo dentro, tan caluroso, tan enérgico y tan enorme.
Por la forma en la que se abrazaba a ella, parecía pretender que no se separasen ni un instante de aquel sofoco agradable que compartían. Un ardor entre sus cuerpos que cegaba al fuego de velas a su alrededor. Como entusiasmo en las entrañas que los hacía sudar. Su carne y su calor lo atesoraba dentro, a la impaciente espera que Ramsey la llenase con algo más.
Un segundo gemido no tardó en rasgar el aire, sostenido y alto, regocijándose en el placer que recibía, mientras él le revolvía cada rincón de sus adentros.
— Me gusta cuando me hablas. — confesó Ramsey, ora riendo, ora resoplando.
Mary no dijo nada. Colocó una mano sobre el pecho amplio de su amado para apoyarse. Y sintió como el corazón embravecido le presionaba el pecho a Ramsey y a la vez palpitaba dentro de ella.
En pocos momentos, el hormigueo que comenzó brotando en su vientre se fue extendiendo un poco más con cada embestida. Piernas, brazos, pecho, hasta que todo su cuerpo se agitaba con temblor incontenible y sudores.
— Mary — dijo con una carcajada de gusto, cuando todo su empuje comenzaba ya a moderarse.
Ella le cerró la boca con sus labios. Le dio de beber de su aliento. Ardores que luego a Ramsey se le escapaban en forma de suspiros. Y se mantuvo sin decir palabra por primera vez desde hacía incontable tiempo.
Una de sus manos bajó por la espalda de ella como una caricia inocente. Cuando el roce llegó hasta sus nalgas y uno de los dedos de su amado se aventuró a ir más adentro de lo que debía, ella le lanzó un manotazo leve pero firme. Ramsey rio. No era la primera vez y de seguro no la última que lo intentase.
Él se inclinó, con la boca entreabierta y hecha agua, restregando su rostro contra los pechos de Mary. Las adoraba, decía él, aunque no fueran tan grandes como las de otras mujeres. Pasó también sus manos por ellas y vio en sus ojos que jugaba con la tonta idea de pellizcárselas. En su lugar, se contentó con besarla y pasar la lengua sobre sus pezones. Y de ahí en adelante, se detuvo, para que Mary retozara sobre él tanto como quisiese.
Sus caderas las adoraba por igual, decía él, incluso si no fueran anchas como las de otras. Posó sus manos sobre ellas para pedirle que se moviese como a él más le gustaba.
— Mejor que cualquier otro día. — jadeó con apenas un hilo de aliento.
Todo en ella decía adorar, aun cuando Mary no se sintiera cada día cómoda ni hermosa con su propio cuerpo.
Hizo caso de lo que le pedía, y comenzó a menearse como haciendo círculos con su pelvis. Él la acariciaba más abajo del pubis, buscando humedecerla en abundancia y que sus aguas fueran resbalando entre sus piernas y sobre las de él. Entre resuellos, Mary continuó así, con la vista y la mente más nublada con cada movimiento de sus caderas.
— Quiero hacer esto mil veces — lo escuchó a él decir, recostado sobre un hombro de Mary. —. Quiero tenerte mil veces.
— Cállate. — respondió sin más, a medio gimoteo.
Tardaron unos minutos para que todo el deleite de los dos fuera apaciguándose, para que fuera además volviéndose monótono y demasiado lento. De tal manera que, Mary estiró los brazos en toda su extensión, para apartarlo y hacer que se reclinara en la tina.
Descansó un segundo en el que se le quedó viendo, recobrando por fin la cordura. De pies a cabeza Ramsey era hermoso, y hermosos podrían verse sus hijos, si solo Mary fuera capaz de dárselos. Sin embargo, no permitió que este pensamiento fuera más allá, y lo alejó de pronto con dureza y los ánimos a rabiar.
— No tan rápido — Ramsey inclinó la cabeza hacia atrás. Abrió la boca y dejó escapar un quejido de gusto por primera vez. —. No me culpes si...
— Cállate. — repitió, pero él no atendía a razones. Murmuraba algo en voz baja.
Lo montaba con frenesí y brusquedad, de arriba abajo en movimientos convulsos, con la intención de mantenerse de esta manera, mientras mayor fuera el placer que le ofreciera Ramsey que el dolor, la culpa o cualquier otra cosa. Dio por centésima vez un brinco, usando su arrebato de ira para impulsarse. No pudo resistirlo. Mary acabó por arañarle la espalda y el tatuaje que llevaba grabado en ella, viciada a Él y a lo ávida que la hacía sentir al encontrarse sobre Él y que simplemente se rindiese a ella.
Más tarde, sus manos de nuevo inquietas intentaron hacerla cambiar de posición, pero Mary le cogió una mano, y se metió el pulgar de Ramsey en la boca, para mirarlo a los ojos mientras lo chupaba, para distraer sus deseos de moverla a una postura menos placentera para ambos.
— Como quieras... Haz conmigo lo que quieras.
Y eso hizo, pero tanto daba lo mismo si la follaba mil veces o si lo rompiera a Él a base de sentarse en su cintura. Y sin importarle esto, siguió adelante, seducida por la fantasía en un momento de credulidad y desenfrenado de sus ansias. Se encontró de pronto cerca, a escasos intentos, con el cabello empapado de sudor sobre la frente, exhausta y con la piel enrojecida. No aplacó su ímpetu, ni siquiera cuando su sexo escurría aguas a raudales. No fue hasta entonces que se dio cuenta de que gemía a voces y de manera entrecortada, divirtiéndose de lo mucho que clamaba a Dios como en los viejos tiempos.
— Eres hermosa. — Su voz fue apenas un susurro. Y de su bello rostro perlado de cansancio solo alcanzó a rescatar un ojo abierto y una sonrisa encantadora en los labios.
Mientras con palpitaciones su miembro la colmaba, Mary se vio obligada a cerrar los ojos, con el cuerpo entero hirviéndole y vibrándole con picor a causa del orgasmo. Se quedó sin aliento e incapaz de tomar aire unos segundos en los que pensó que se desvanecería inconsciente. Enarcó la espalda hacia atrás y extendió los brazos, como quien se desperezaba y poco a poco iba despertando, abriendo los ojos a la realidad.
Y el resto de sus sentidos retornó a ella.
Sintió cómo Ramsey le pasaba los dedos por su desgraciado vientre.
— Y más hermosa incluso te verás embarazada de mi... Tantas veces como sea posible.
«¿Por qué? — le cruzó la mente como una flecha que destrozase el hechizo que su cuerpo había creado. —¿Por qué yo? »
— ¿Por qué? ¡Cállate! — escuchó a su voz proferir en gritos. — ¡Para ya! ¡Para!
Jamás podría tener a sus hijos. Ni el mejor de sus intentos cambiarían lo que era ella. En lo que la habían convertido. Una mujer rota por dentro.
Un par de manos recias la atenazaron, y de inmediato la azotó un escalofrío que nubló su mente y la transportó a un lugar lleno de dolor y pesadillas. Habrían sido nada más parte de una alucinación, si alguna vez estos fantasmas del pasado no hubiesen existido.
— ¿Por qué sencillamente no me matas? — le había suplicado entre lágrimas miles de veces.
La abadesa Elinor había objetado en todo momento con una cortada y las palabras que despedía perversas con desprecio singular.
— ¿Por qué tendría qué? Si mueres ahora, irás al Infierno. Y allí, bruja, danzarías con los demonios de mil y un maneras. Es tu naturaleza, la sola razón de tu existencia. Alguien con una sangre tan maldita como la tuya es el mayor deleite para Lucifer. Si murieras en tu estado, engendrarías al próximo anticristo.
— Y pensar que hemos comido de la misma mesa todos estos años, Mary Ann — Añadía de vez en cuando una de las monjas que asistían en el manejo de los instrumentos de tortura. —. Qué Dios nos perdone por haber compartido el pan con tan vil criatura.
« Mis amigas. Mis hermanas. Las primeras en traicionarme », repitió palabras que nunca olvidaría.
Las oraciones que había recitado durante sus años en el convento, desde que tuviera uso de razón, el coro de monjas las entonaba una y otra y otra y otra vez hasta que lograsen retumbar en sus oídos. Bajo las capas de piedra del calabozo, era esta su única forma de discernir el día de la noche, pues en semanas no consiguió verse con la luz del sol o luna.
— ¡Suéltenme, por favor! ¡Yo no he hecho nada! — rogaba a gritos a todo el que veía durante las primeras secciones. — Dios, sabes que así es — comenzó a decir tiempo después. —. Te he servido, te he amado, te he dedicado mi vida. ¿Por qué me haces esto? No soy una bruja.
Una noche todo llegó a su fin, cuando Elinor, cansada y avergonzada por sus propias atrocidades, decidió arrebatarle lo que la hacía a Mary ser una mujer. Le desgarró el vientre desde fuera con una cuchilla serrada.
— Sin esto — escuchó que le decía antes de sucumbir agonizante al inconmensurable dolor. Entrecerró los ojos, pero no consiguió reconocer el amasijo rojo que la abadesa sostenía entre sus manos. La vista se le iba oscureciendo con cada exhalación. —. Sin esto no podrás, jamás de los jamases concebir a tu demonio. Esto es algo que Dios te otorgó mientras fuiste buena, y ahora a su mismísima orden tuve que quitarte.
— ¡Para! — chilló. — ¡Para! ¡Para ya!
Sin darse cuenta descubrió que estaba derramando lágrimas y dando de sopapos a su amado Ramsey. Uno, dos, tres… Los frágiles golpes siguieron cayendo sin control al rostro y al pecho. Y habrían seguido así, si él no le hubiese sujetado firmemente las muñecas con sus manos. Mary continuó forcejeando, aun después de enterarse que había estado soñando despierta. Pero no había mucho que hacer contra la fuerza de Ramsey.
— Mary, ey — masculló preocupado de sobremanera. — ¿Qué te ocurre?
— Suéltame — dijo, más calmada y con miedo de mirarlo a la cara. Él obedeció. Y sin más, Mary se derrumbó. El nudo en la garganta se deshizo, y se echó a llorar sobre su hombro. —. Perdóname. Perdóname por esto.
— ¿Qué estás diciendo? — dijo, con una sonrisa de complacencia. — Joder, ¿otra vez tus visiones? No pasa nada. Estás conmigo. — terminó, al poco tiempo.
Con el cuerpo cicatrizado por todos lados, se hizo un ovillo en torno a Ramsey.
— Soy terreno yermo. Nada crecerá dentro de mí. No hay nada que podamos hacer para cambiarlo. — Intercalaba entre el llanto y las palabras. —. No puedo tener hijos.
— Eso no lo sabes — se empecinó. Y le dio un tirón de orejas burlesco, ajeno a todo lo que había sucedido. —. Aunque fueses infértil como piensas… Sé que los dioses nos darán su favor con este próximo sacrificio.
— Elinor — musitó tan leve como un sollozo. Era el tono más alto al que llegaría su confesión.
— ¿Quién?
— No puedo por culpa de ella.
— Vamos, Mary Ann — dijo divertido, como intentado quitarle peso a lo que sucedía. —, me creen un semental. Y ahora qué sabes lo que quiero, lo lograremos juntos. — No solo tenía fama de semental, sino también de obstinado.
No era la primera vez. Con Mary llevaba un año probando suerte, lo sabía.
Lo compartían todo. Ideas, gustos, pasiones y a partir de entonces también el pasado que tanta agonía les causaba. Mary no había tenido oportunidad ni la valentía para contarle al completo su historia. La vida celta era cruel con las mujeres que no fueran prolíferas de vientre. Se las apartaba, puesto que no valían tanto como otras que sí atendiesen las necesidades de engrosar los números de la Horda. Incluso más crueles podían mostrarse con aquellos que hubieran nacidos con alguna discapacidad o caído enfermos. Quien fuera una carga para el pueblo que luchase por sobrevivir debía verse desterrado.
Mary se aferró a sus brazos, a su olor y a la tibieza de su aliento.
— Te amo muchísimo, Ramsey. De verdad. En serio.
— Lo sé — dijo, apartándole con una caricia los mechones sudados del rostro. —. Yo también, Mary Ann.
Cuando las velas se consumieron y los rayos del sol se deslizaron por las ventanas cerradas, siguió aferrada a él temblando y sufriendo por los suplicios del pasado.
A horas del mediodía, las nubes grises aún ensombrecían el cielo tras su paso. Se sentía como a la deriva con el agua al cuello en un mar de pesadumbre. Beelzebubu descansando de su almuerzo sobre una manta relumbraba como el único resquicio de felicidad en tan largo día. Mary le rascaba con vigor la parte anterior de las orejas, y el gato gordo se retorcía de gusto. Pero donde antes Mary había tenido el corazón entonces solo anidaba un gran vacío.
Lydia, la mujer rubia a la que habían tomado como esclava y doncella después de haber sido violada, le atusaba el pelo castaño cobrizo con un peine.
— ¿Eras virgen antes de eso? — le preguntó Mary.
El rostro de Lydia era pálido e inexpresivo a raíz del miedo a que la enviasen de nuevo al agujero nauseabundo de dónde la habían sacado.
— Soy… — Se mordió la lengua. —. Era la doncella de la reina Alice, así que, sí. Debía de mantenerme virgen, mi lady.
— No me llames así. No soy ninguna dama. Tengo lo de noble lo que tú tienes de casta ahora.
— Disculpadme.
— ¿Quiénes lo hicieron? Habla con total libertad. Pero no me llames «mi lady».
— No lo sé, ni deseo saberlo. Era un caos aquel sitio… ¿Puedo preguntar por qué os interesa?
— Porque si tienes un niño, sea quien sea el que lo haya hecho, haré que responda por él o ella.
Lydia calló. Bajó el peine y la mirada. Hizo todo esto sin dejar de lado la expresión neutra.
— ¿Qué harías si tienes un niño fruto de una violación, Lydia? — siguió Mary, con tosquedad.
El gato bostezó dejando ver sus colmillos. Después, se enroscó, y se desvaneció al sueño profundo.
— No lo querría ni ver, aunque me costase el Paraíso — se dispuso a decir al final, entristeciéndose y reanudando sus labores. —. Sería un constante recuerdo de ese sufrimiento. No podría vivir con eso.
— Sí que existe el Paraíso, pero solo en tu cabeza. Cuando sufras de verdad, descubrirás el significado tras esas palabras.
Y la atosigó sin sorprenderla otro pinchazo acompañado por frío entumecimiento. Aquel dolor molesto e incomprensible en una parte de ella que ya no existía.
Cinco años atrás, por lo que contaban algunos, diez buenos soldados habían caído para contener a una mujer desconocida. Pero a cambio la Horda había terminado ganándose un valioso aliado.
« Una trastornada y cruenta Dádiva-hechicera, con el rencor más profundo hacia la cristiandad », mencionó Ramsey a su favor la mañana siguiente como un primer paso a que la aceptaran en sus filas.
Aquella incursión hubo concluido sin siquiera surgir. Pronto la encontraron desnuda en la fuente de la plaza, lavándose la sangre de sus enemigos, mientras canturreaba el Ave María torpemente. Aun moribunda, había danzado dando vueltas en el agua, llorado a ratos por el dolor de las heridas y desternillándose sin razón al cabo de unas cuantas lágrimas. Balaam, Abadon, Haborym, Sekhmet, Gula, Naamah, Belfegor y Belial, las ocho voces en su cabeza le gritaban preceptos a la vez. Cada una contradecía a la anterior y luchaba por hacer callar a las demás. Los sesos le habían hervido como gambas que estuviesen dentro de una olla a rebosar. Y desde aquella madrugada, hacía mucho tiempo, fueron ellos lo último en escuchar todas las noches y lo primero cada mañana.
La abadesa Elinor, las monjas con las que había servido en el convento y los hombres y mujeres a los que había conocido mientras crecía en la villa, se hallaban inermes en el suelo como simples cadáveres, o bien, estaban de pie siendo parte de su primera Guardia de Interfectos. El recuerdo era divertido y el regusto de la venganza aún permanecía dulce a su paladar. Sin embargo, lo sucedido durante las semanas previas a aquella madrugada de liberación eran vivencias horrorosas que levantaban escalofríos con cada recuerdo.
Los instrumentos de tortura se habían apilado en bandejas y, a cuentagotas, su sangre hubo rebosado baldes. Sus hermanas de profesión, las que se atrevían y guardaban un estómago de acero, se turnaban para atormentarla. Las demás se limitaban a escuchar sus alaridos durante el día y curaban sus heridas llegada la noche.
La abadesa Elinor, diez mil veces maldita fuera, la había tildado de bruja al sorprenderla practicando magia con su sangre blanquecina por primera vez. Veintidós años había tardado en descubrir que era una Dádiva y una hechicera de sangre, pues había mantenido un miedo irracional a cualquier tipo de lesión. Veintidós años para provocarse por error la primera herida que recordara. Antes de que la antigua Mary muriese en la sala de torturas, se estremecía y le entraban arcadas a la menor gota escarlata que atisba en otros.
Se había quedado absorta y petrificada, cuando la sangre caliente comenzó a bajar por su nariz sin el menor aviso. Torpe en toda su inocencia, Mary se había llevado un susto agónico, ignorando que sangre como aquella vería correr con desesperación a cántaros los próximos días de su martirio.
Elinor… A menudo Mary fantaseaba con la existencia del Infierno, para que una vez se reencontrasen contemplar como aquella escoria malnacida era empalada, ahogada y quemada durante mil años por los mismos demonios que decía repudiar, pero a los que realmente pertenecía. Había sido ella quien recibiese a Mary, cuando de bebé fuera dejada a su suerte a las puertas del convento. Había sido ella quien le otorgó su nombre. Había sido ella su principal criadora y después tutora.
« Tuve que huir de todo el tormento. Amarrada de brazos y piernas a una cruz, el único lugar al que podía ir estaba dentro. Así fue como comencé a escuchar a estas voces en mi cabeza. »
— ¿Y si vos hubieseis estado en mi lugar? — escuchó de Lydia, mientras volvía a la realidad. — ¿Qué haríais?
Hacía un día nublado bajo los Jardines Reales. El suelo en el que se sentaba yacía cubierto de sedas y terciopelo. En los rincones del picnic había cojines color bermellón, en uno de los cuales Iloura se repantigaba con toda comodidad. Su mejor amiga, sino la única que atesoraba en la Horda, jugaba a unos trucos baratos de magia con una niña celta que Mary no conocía. La sangre levitaba en torno a sus dedos y bailaban con cada movimiento de estos. La risueña chiquilla aplaudía, mientras Iloura se regocijaba de su emoción.
Mary llevó una de sus manos hasta el vientre, y se sonrió.
— Lo amaría. Lo conservaría a mi lado. Sería una parte de mí, pese a todo.
Se vio tentada a imaginar en aquel momento algo que habría creído impensable. Pero sacudió la cabeza de inmediato, pretendiendo desvanecer sus pensamientos.
La Sala del Trono era por mucho el recinto más grandioso y solemne del baluarte, de forma que era de esperar que fuese el lugar idóneo para los sagrados ritos funerarios de los celtas. Los cuerpos incinerados de aquellos caídos en batalla descasaban en pequeñas urnas individuales situadas de tal modo que el conjunto de los más de doscientos recipientes daba origen a un grandísimo trisquel que ocupaba el corazón de toda la ceremonia. Trísqueles además colgaban del altísimo techo y las paredes como pendones insignia de la Horda de las Bestias. Mismo símbolo que en épocas pasadas era utilizado únicamente por los druidas.
Que poco les angustiaba alcanzar el sacrificio de gran parte de su pueblo, si con ello conseguían por fin su ansiada venganza.
Y si bien Mary tenía el poder, en cierta forma, de reanimar a los muertos, para algunos celtas esta práctica estaba mal vista, ya que sus resurrecciones les parecían impuras. El individuo regresaba a la vida de manera parcial y por poco tiempo, no como en el supuesto Caldero de Dagda, donde sus espíritus eran limpiados antes de entregársele otro cuerpo que habitar. En manos de Mary regresaban solo en cuerpo y con un trozo de alma, pero no así en mente. No se les veía como seres conscientes ni llegaban a actuar por sí mismos. Tenía estrictamente prohibido resucitar a celtas, y solo podía hacerlo con enemigos caídos o animales. Se pensaba que sus actos ocasionarían problemas en el Ciclo de Reencarnaciones.
Los rayos del sol se pintaban de incontables colores al cruzar por los ventanales altos en forma de arco. Cualquiera que fuese un druida, un prosélito o que llevase al menos un brazalete ceñido al antebrazo entonaba un cántico solemne en un idioma que Mary jamás se había molestado en aprender. Todos, con excepción del rey Azus sentado derecho y silente sobre su trono y Mary Blood tumbada perezosa sobre lo poco que restaba de una grada a un costado del salón.
Lo que llevase lugar allí o lo que creyeran los celtas no podría importarle menos. No tenía ganas fingir que le interesaba. No tenía ganas de jugar ni de gastarle bromas a nadie. No tenía ganas de nada, solo de que la tierra se la tragase.
Las personas creían fielmente que enterrando junto a las cenizas del guerrero armas preciosamente trabajadas, vasijas rebosantes de cerveza y tajadas de carne para saciar sus necesidades, los ayudarían en su largo viaje hacia la vida de ultratumba. Cosa que ella más bien ponía en duda. También se contaba que podía verse al espíritu abandonar el cuerpo de un celta en forma de una mariposa o un pájaro que revoloteaba cerca del moribundo.
Tanto druida como hechicero de sangre, Laparc presidía su última honra fúnebre. Con la espalda encorvada llevaba a cabo los actos de la ceremonia como le era posible. Y su débil lentitud no era algo de buen ver. El perro más viejo de Azus, ataviado con capas blancas hasta los tobillos y el rostro pintado, era el frágil puente entre los hombres y mujeres que se apostaban a sus flancos. A la derecha, Rhiannon, Isen y Mebdh eran los más cercanos, entre la decena de druidas vestidos de manera idéntica. A la izquierda, Kairo e Iloura. Cada uno llevando el cráneo cercenado y bien conservado de un enemigo caído en batalla hasta los pies del trono, donde serían venerados como trofeos de guerra.
Hasta cierto punto, las cabezas mutiladas simbolizaban la religión celta como la cruz lo hacía para los cristianos.
Brynjar Berzerk, por su parte, bien sabía hasta donde llegar cuando se trataba de su propia fe, pues el vikingo se hallaba ausente a conciencia. Al igual que Edward Stanford, al cual no se le había permitido la entrada, siendo él todavía un cristiano sin excomulgar. Su ritual de iniciación vendría después, acompañado de la inmolación del ganado más grande que se hubiese visto hasta la fecha.
Ramsey, recto como un pilar y de pie junto al Rey, de un momento a otro, reparó en que Mary lo estaba observando, y a cambio le regaló una pequeña sonrisa. Ella se encontraba inconsolable hasta tal punto que aquel gesto no evitó que se encogiera y desviase la mirada a otras personas.
Los druidas y los hechiceros se mantenían quietos sobre los peldaños de la escalera al trono cargando también con brazadas de laureles. Desde tan lejos Mary pudo percibir el desprecio mutuo que rezumaban al encontrarse cara a cara. No había ocasión en la que el rencor añejo entre ambas facciones buscase el cielo sin alcanzar límites. Laparc los había mantenido al margen por decenios, pero nunca había sido capaz de socavar un odio tan enterrado entre sus corazones. Con su muerte, Mary sabía que cundiría la enemistad, aunque el anciano en su inocencia casi senil se aventuraba a opinar lo contrario.
Pero ¿qué daño podrían hacer esos pobres diablos?
Sí, Mary, Iloura y Kairo serían solo tres contra trece de ellos, pero la magia de sangre era un poder que cualquiera con dos dedos de frente temería. Los druidas en cambio, con nada más el cuerpo deformado por las heridas rituales, eran una autoridad en decadencia. Nunca habían logrado recuperarse por completo de los porrazos del pasado que representó la caza de la herejía. Después de aquello, terminaron reducidos en números. Y por más que hubiesen perpetuado y transmitido el conocimiento del antiguo pueblo a las futuras generaciones, sus habilidades no iban más allá de pertrechar rituales, servir de sacerdotes a unos cuantos y ser los desdichados protagonistas de un opacado misticismo. A día de hoy, ya el Rey no tenía por qué siquiera cavilar sus opiniones.
« No del todo cierto — apuntó Belial. —. Han transmitido las descripciones de las batallas que la Horda ha librado contra las Bestias. Es conocimiento muy valioso.»
« ¿Y quién te preguntó, eh? », rebatió Abadon.
Ser Agnar, Raster, Kurt, Fergus y muchos otros no hicieron más que mirar como los rituales fúnebres se desarrollaban como de costumbre. Cuando finalmente concluyó, una hora más tarde, la sala comenzó a vaciarse. Los encargados de enterrar las cenizas y las pertenencias de los muertos salieron al patio trasero en dirección a los Jardines Reales; el resto, volvió a sus mil y un asuntos.
La contención de la ciudad, donde no debía salir ni un alma y todo hombre cristiano capaz de levantar una revuelta permanecer encadenado era la prioridad. Todo método utilizable era válido si callaba bocas, ataba de manos y sofocaba las esperanzas.
Hasta los niños que no se les permitía aún portar un nombre consagraban algo de respecto al acto con su atenta mirada. En cambio, Mary guardaba un vacío tan grande que la consumía como ponzoña a la carne y le empantanaba reunir el suficiente ánimo para ponerse en pie o siquiera moverse de la grada a medio derruir.
« ¿Un buen hechicero jamás revela sus mejores trucos? ¿Aunque sea un maestro? » Laparc había sido un hechicero extraordinario en su juventud ya tan distante. Las fuerzas pudiera que no, pero aún conservaba los conocimientos y una cierta aura de leyenda. ¿Podía él conocer el hechizo correcto para dar a luz a un niño? Nunca lo sabría, puesto que a aquellas alturas ya se estaban preparando sus ritos de inmolación.
En los días en el que el vejestorio no estaba plagado de manchas y posiblemente la entrepierna le servía para algo más que mear, pululaban la magia de sangre entre los bosques de Dranova. Así como los druidas, los hechiceros décadas atrás se contaban por puñados. Y mucho antes incluso por veintenas, en tiempos en los que la riqueza de un hombre se contabilizaba por el tamaño de su ganado. Y al igual que los druidas, los muy imbéciles se habían negado a perpetuar sus hechizos en papel. Todo lo que entonces se conocía sobre la Horda, sobre los celtas de antaño y sobre los hechiceros rojos, se había transmitido de boca en boca.
Se encontraba en un callejón sin salida, pero apartó los ojos de aquel pensamiento una segunda vez.
Se pasó la tarde matando el tiempo con ideas vagas. En un momento dado, se cansó, y no le hizo falta levantarse para encontrar con qué entretenerse. Cogió un largo cuchillo y una mano mutilada con la piel oscura oriunda de ultramar. Había pertenecido a un comerciante, según le dijo el mismo hombre antes de cortárselas.
— Me quiere — El dedo pulgar salió volando con un beso de la hoja finamente grabada. —. No me quiere — Un dedo más. Esta vez el índice. —. Me quiere. No me quiere. Me quiere. — Lanzó la mano ensangrentada por encima de un hombro, y recogió la segunda. —. No me quiere. Me quiere… — Sin prisa se hicieron cinco más y el último dedillo arrojó un horrible resultado. —. No me quiere.
Dejó caer con desilusión la extremidad que simulase el cuerpo cercenado de una flor, y se echó de espaldas en el banco. Un segundo más tarde resonó en sus sienes que ella misma poseía un par de manos. Una voz le dijo que lo hiciera. Otra vociferaba que no. No importaba quienes, así que se llevó el arma hasta la primera falange de su meñique, y lo meditó. Era la mano pocha, la mano izquierda que no le servía para conjurar hechizos.
« ¿Me querrá después de esto? ». Cogió impulsó para cortarlo de un tajo.
— ¡Mary! — le gritó, mientras subía los escalones. La exclamación ahuyentó su locura, más no su tristeza. Iloura se acercó.
Permitió que le arrebatara el chuchillo, casi sin oposición.
— Estás peor de lo que pensé — siguió. —. Mira que cortarte de esa manera.
Nada más verla el pensamiento amargo retornó. No supo decir si se trataba de un ataque de estupidez o la mejor idea desde la invención de la rueda. Aún con absoluto divorcio entre sus voces, le contó todo lo que estaba pasando. Y se lamentó a su lado durante lo que vivió el ocaso. Iloura trató de consolarla de ahí en adelante. Pero no era su pena lo que quería de ella.
Para bien o para mal, a cierta hora se encaminó al encuentro de cada noche, aunque la Razón le gritase lo contrario. Estiró una mano temblorosa, y giró la perilla de la puerta conteniendo el aliento y las ganas de salir corriendo. Dentro reinaba la media luz. Si no hubiese sido por dos velas débiles y una ventana de cortinas recogidas, la habitación habría estado a oscuras.
— Llegas tarde — le dijo Ramsey, echándose a reír apostado sobre el alfeizar. —. Estaba a punto de empezar sin ti. — Los haces de luz lunar no bastaban para iluminarlo por completo.
Mary se quedó allí, petrificada como una roca al verlo. No se atrevió a mover un solo dedo, por más que él le indicó que se acercase. No tenía la voluntad para hacerlo, como si caminar en cualquier dirección supusiera un grandísimo error. Qué sensación tan espantosa la que no le permitía respirar. En un momento dado, Ramsey tuvo que tomar la iniciativa, bajando del alfeizar y recorriendo toda la sala para llegar junto a ella. Se ataviaba tan solo con un pantalón de lino.
— ¿Qué sucede ahora, hermosa Mary Ann? — Le posó una mano en la cintura y otra sobre un pecho. Fue en busca de sus labios, pero ella lo rechazó apartándose del camino.
— Hoy no. No estoy de humor para eso.
Por lo que veía, Ramsey sí lo estaba. Impaciente, además, porque no se dio por vencido al primer ni segundo intento de besarla.
— ¿Acaso estás en esos días donde eres más… alterable que de costumbre? Está bien, pero eso no significa que no podamos intentarlo de todas formas.
— Ya dime de una vez, ¿cuál es el punto? — quiso saber con la voz tan desolada como el corazón. Para aquel entonces, había esquivado ya un tercer esfuerzo de su amado y conseguido que le quitase las manos de encima con la ayuda de uno que otro manotazo. — ¿Por qué eres tan persistente con todo esto? ¿Cómo aún no lo comprendes?
Él no dijo nada. Se dedicó a observarla con desconcierto.
— No importa cuánto lo intentes — siguió, rompiendo en llanto. —. Estoy rota. Ella me despedazó hace años. No puedo hacerlo, entiéndelo. No puedo tener hijos. — Con la vista casi eclipsada por las lágrimas, extendió ambos brazos para hacerse espacio. Resultó en vano conservar el poco orgullo que le quedaba, puesto que Ramsey la cogió en brazos, oprimiéndola contra él a modo de consuelo.
— Debe haber alguna forma. Tal vez, al igual que tus voces, esté todo en tu cabeza. Pero si es así como dices, algún hechizo habrá para solucionar esto.
— Es más complicado que eso. Ninguno de nosotros conoce tal hechizo. Ni si resultase bien. En el mejor de los casos, podría dar a luz a una aberración peor de lo que puedes llegar a imaginar.
Él se apartó un tanto, y le alzó el mentón con un movimiento de mano grácil para que lo viese justo a los ojos. Mary no recordaba día o noche en que lo viese tan desesperado.
— Si creyeras y honraras a los dioses… Airmid, Diancecht, Brigit, alguno de ellos podría sanarte. He visto a mujeres parir hijos como si fuesen camadas y a otras tantas que se creían infértiles, después de hacer un sacrificio.
Mary no les dio cabida a tales ideas entre sus esperanzas. De nada valdría ofrecerles diez, cincuenta o cien vírgenes a los dioses celtas, inmolar bueyes, jabalíes… o lo que los druidas considerasen propicio para provocar su gracia. Todas sus creencias no eran más que un cargamento ingente de pura mierda.
— Lo siento con toda el alma. De verdad. Nunca te daré eso que con tanto afán intentas. No es posible. Al menos, no conmigo, Ramsey.
— ¿Qué? ¿No contigo? — Se asqueó. — Si no es contigo, lo haré con cualquiera. ¿Eso quieres decirme?
— No con cualquiera — Se secó las lágrimas, y respiró profundamente antes de continuar, dirigiendo la voz hacia la puerta entreabierta. —. Ya, ven aquí.
Iloura se mostró casi de inmediato. Cuando cruzó el umbral, se debatía entre la picardía y la timidez, sonriendo y mirándose los pies.
— La Horda… — siguió Mary, atragantándose con el sollozo. — Los demás…
— Yo no soy como los demás — soltó Ramsey, soberbio. —. No tomaré a una mujer solo porque pueda hacerlo — A continuación, remarcó cada palabra rodeándole el rostro con ambas manos. —. No tomaré a otra que nos seas tú.
Aquello la habría hecho llorar del sentimiento en cualquier otra situación.
— ¿Incluso si yo te lo pidiera?
— Estás más loca de lo que pensaba — Por su tono, aún no se lo creía. —. Mary, me estás matando.
— Entonces resiste. Es absurdo, ¿no te parece? Te jactas de ser un semental, pero a tu edad no has concebido ni un solo hijo. Aun cuando lo has estado esperando.
Él le quitó los ojos de encima por un instante, y observó a Iloura de cabo a rabo con contrariedad.
— ¿Estás segura de esto?
« No. — comentó Belial en sus adentros. »
« Claro que no. — dijo Abadon. »
« Absolutamente no. — Haborym unió también su voz.»
— Sí, estoy segura de esto. Quisiera que nuestros hijos fuesen como yo. Y ella es la única mujer en toda la Horda, además de mí, capaz de conjurar hechizos.
— ¿Nuestros hijos?
— Yo los alimentaré. Los criaré y protegeré junto a ti. Les enseñaré todo lo que sé acerca de la magia. Podré ser una madre para ellos en todos los sentidos, salvo en uno. En este.
De improviso la habitación cayó en una penumbra más espesa. Iloura se acercó a ambos junto al aroma de una vela recién apagada y con un poco más de confianza en sí misma.
— De lo demás me encargaré yo. O ambos. Si gustas de mí.
— Es joven — dijo, dedicándole también una mirada contrariada a la hechicera. —. Ya más de uno de esos perros con los que tienes que rodearte han intentado deshonrarla y han tenido que salir corriendo con el rabo entre las piernas.
— Y alguno sin rabo que esconder — comentó Iloura entre risitas, a manera de destensar el momento con una broma. —. Me las ingenié para que reventasen con un hechizo. Pero tranquilo. Antes quemada viva que hacerlo con uno de esos de los que más se hablan.
— Así que fiereza no les faltará a nuestros hijos.
Ramsey estaba en las últimas, lo veía brillando en sus preciosos ojos verdes.
— ¿Qué clase de mujer alienta a su pareja a que se acueste con otra?
— Aquella que no lo puede hacer realmente feliz cumpliendo sus sueños.
« Aquella que lo que más teme es la traición... Y que la dejen sola nuevamente », confesó a las voces de su cabeza.
Más valía temprano y a sabiendas que tarde y a expensas. De ese modo, era mejor, más tolerante incluso, que su amantísimo comprobase la fertilidad mientras aún la amase, que dejarse la juventud y la lujuria tratando de que el olmo le diese manzanas. Porque algún día se cansaría de ella e iba a dejar de intentarlo, Mary lo sabía mejor que Él mismo.
Él dudó. Se debatió en completo silencio, y abrió la boca unos segundos después.
Medio día había estado esperando el golpe y todo en vano. Iloura ya no pudo más, y se adelantó robándole un beso y las palabras. Ramsey no la detuvo. No al instante.
— ¿Es esto lo que quieres? Tienes tiempo para reconsiderarlo.
« No es lo que quiera. Es lo que tengo que hacer — habría dicho si pudiera. —. Solo no te olvides de mí, por favor. » Acabó por nada más asentir débilmente.
Cuando él la rodeó y respondió a sus labios con mayor ardor e Iloura metió una mano bajo sus pantalones, Mary dejó escapar un trocito de su alma con una patética exhalación. Se había apuñalado así misma por la espalda. Ojalá sostuviese las fuerzas para hacer con Iloura lo que sus voces más feroces tanto le ordenaban.
« Estoy rota. Si lo amo de verdad, ¿qué más puedo hacer? » Se tapó la boca con una mano para que no la escuchasen lloriquear. No supo por qué, pero no se dio la vuelta de inmediato. En cambio, caminó de espaldas hacia la puerta, hacia algún lugar, el que fuese, donde no la escuchasen gritar y maldecir a la abadesa Elinor. La mujer le había vendido el futuro en un mes lleno de torturas, pero ninguna de sus heridas de antaño había dolido tanto. Lo último que vio fue a Ramsey cogiendo las faldas del vestido de Iloura y quitándoselo por la cabeza con un único movimiento, dejando ver su completa y bella desnudez. Tersa, sin ninguna cicatriz sobre su piel.
— ¿A dónde vas, Mary Ann? — oyó ya junto a la puerta.
— No pienso quedarme aquí a verlos — dijo con la voz entrecortada. —. No puedo.
— ¿Y por qué te limitarías nada más a ver?
Se volvió con aires de confusión, pero con el temor de verlos juntos nuevamente.
— Dos es compañía — siguió, envolviendo a Iloura con un brazo que cubría sus pechos. —. Tres no es multitud88Please respect copyright.PENANAOp4dMLkJFY


