— ¿Por qué? — repitió entre sollozos. — ¿Por qué lo hicieron?
Lady Elizabeth había estado durante toda la tarde junto a su cama, cogiéndolo de la mano y tratando de consolar a un niño al que nadie podía consolar. Palabras suaves, unas cuantas caricias, hasta una cancioncilla… Pero, nada en lo absoluto había funcionado para aliviar el dolor de un corazón hundido en la desesperación.
— Ella era dulce como la miel — continuó, llorando a moco tendido. —, más inocente que cualquiera. ¿Qué hizo para merecerlo?
— No debiste verlo, mi niño. No debiste estar allí. — Elizabeth extendió las manos para abrazarlo, y él se apartó de súbito cubriéndose bajo las sábanas.
— Pero lo vi. Lo vi todo. — Connor se encontraba afligido más allá del consuelo.
— No sé qué más decir, salvo que aún hay muchas cosas que no entiendes.
— Lady Eliza, ¿y tú sí lo entiendes? ¿Por qué lo hicieron?
— Ella, sus padres y sus hermanos…
— ¿Qué? — se impacientó, cuando la escuchó callar.
Mantuvo la boca abierta, y se tragó sus primeras palabras con unos ojos añiles entristecidos. Connor supo entonces que devolvería otras muy distintas.
— Sé lo que sentías por ella. Y está bien que así sea, pero debes olvidarte ya de eso. Esa niña no era quién tú crees que era.
— Yo la quería. Naiara era mi amiga — La ansiedad comenzó a aflorar en su voz. No necesitaba de palabras bonitas, ni de abrazos. Necesitaba respuestas. —, ¿cómo puedes saber quién era mejor que yo?
— El Señor sabe lo que hizo — A fuerzas le cogió la mano. —. Y ha sido juzgada por ello. Ese cabello, esa mirada, ese rostro tan lindo del que te enamoraste, Connor, no era más que una fachada. Créeme, en su interior habitaba una maldición. Satanás le susurraba cosas, y ella actuaba en su nombre.
El rubor brotó por debajo de los cauces de lágrimas que eran sus mejillas.
— Yo no estoy enamorado de ella.
— No lo estuviste, si eso quieres decir — Le dedicó una sonrisa contrariada. —. Si es así, supongo que te resultará más fácil olvidarla. Llevas todo un día encerrado en tu habitación, ¿por qué no salimos un rato? A ambos nos vendría bien el aire fresco.
« Yo no la olvidaré jamás — pensó con un rencor que bien supo ocultar. —. Tampoco olvidaré lo que le hicieron. Jamás lo haré. »
— Dijiste algo acerca de una maldición. ¿Naiara estaba maldita? — Sacudió la cabeza con incredulidad. — Si un demonio se esconde tras de la máscara de un ángel, se seguirá viendo con facilidad la malicia en sus acciones… Y toda su familia siempre fue buena conmigo.
— Por cómo piensas — dijo ella, orgullosa —, a veces paso por alto que aún eres un niño.
Connor se deshizo de las lágrimas y del moquillo con la manga de su jubón.
— Fue algo que escuché del Arzobispo Headmund, el otro día.
— ¿Y que más has escuchado en las oraciones? — Elizabeth pareció interesarse. — ¿Qué más has escuchado del Santo Padre?
— Él la quemó — La voz se le cortó de puro dolor, de un momento a otro. Siempre lloraba cuando se entristecía, cuando reía demasiado, o cuando la rabia le recorría por las venas. Usualmente lloraba por todo. —. Estuvo allí. ¿Cuántas veces he escuchado sobre la misericordia del Señor y de cómo su gracia acoge el alma de los que se arrepienten? Pero… ¡Aun así la quemó viva! ¡Cuando las llamas la alcanzaron, las demás fogatas eran ya cenizas! ¡Ella fue la última, así que…! Sus padres, sus hermanos — Se encogió en posición fetal, y su madre en adopción se abalanzó sobre él, para evitar sin éxito que cayera aún más bajo en la desesperanza. — ¡Gritaba, lloraba, suplicaba piedad, y él no quiso ayudarla! ¡El Santo Padre no quiso ayudarla! ¡Dios no quiso ayudarla! ¡Ambos no hicieron más que mirar!
— No, no es así cómo dices. No lo entiendes.
« ¿Qué hay que entender? — quiso gritarle a la cara. —. ¿Qué debo entender de la clase de dios que se llama a sí mismo “misericordioso” y sin embargo asesina niños? »
Entre gritos, sollozos y el crepitar de las llamas, la estancia se fue oscureciendo, y Elizabeth se desvaneció como cenizas arrastradas por el viento. Connor se mantuvo allí, envuelto por la pena y devorado por el vacío de su tristeza, mientras farfullaba maldiciones al Santo Padre, a Dios y a todos los que creían que su piedad era innegable.
— Eres un llorón, Connor — La voz siempre en júbilo de Naiara le acarició el alma. —. Levántate y continúa con lo que empezaste.
Se estremeció, y de tal manera que palideció como la nieve. Alzó la vista: el cielo azul lo cubría todo. Entrecerró los ojos, cegado por la claridad del día, y vio como su cabello rojizo ondeaba al viento y brillaban con el sol. Ella se arrodilló ante él, y le tendió una mano.
— Te caíste del caballo, es todo. — siguió.
— Mi muñeca… Me duele. — Sus oídos atendieron sus propias palabras, pero no era él quien las ponía en su boca.
— ¿Te las has rato? Déjame ver — Cuando le tocó el dorso, el ramalazo de dolor lo hizo rechistar. —. No parece tan serio. No perderás la mano — Le dio una palmadita consoladora en el hombro y un beso en la mejilla. Connor juraba entre lamentos hallarse manirroto, pero cuando sintió sus labios, repentinamente dejó de sentir dolor.
« Otra vez este recuerdo », se enteró con la extrañeza propia de los sueños. ¿Cuánto había pasado desde la última vez? ¿Meses? ¿Años? Nunca conseguía la respuesta hasta despertar. Como por encanto, rememorar tan de cerca su inocente belleza aún viva era el perfecto y también único consuelo, tras sus gritos de agonía cada vez más lejanos en el tiempo.
Naiara lo ayudó levantarse del suelo, le sacudió la tierra de la ropa, y le acomodó el cabello. Los dos eran tan pequeños como los ponis que se agitaban a su entorno; animales con los que se imaginaban siendo adultos cabalgados hacia el horizonte de un mar de hierbas. Por último, lo cogió de la mano sana, y lo obligó a avanzar.
— ¿Por qué me miras con esa cara de atolondrado? Ven, sonríe — Se dio media vuelta justo después de echarse a reír con aquella voz suya tan gustosa. —. Tu sonrisa es única, no la pierdas.
Connor se mantuvo rígido, petrificado, de manera que la niña intentó tirar de su brazo, pero no consiguió moverlo un solo centímetro. Cuando sus miradas se encontraron nuevamente, él la observaba desde casi tres palmos más arriba. Ahora era un adulto; más alto, más sereno y con una voz mucho más grave.
— Demasiado tarde para mí, ¿no crees? La perdí hace muchos años — Le sostuvo el rostro con la punta de los dedos, mientras atesoraba cada detalle de su memoria — Y la tuya murió junto al fuego aquella tarde. Jamás lo olvidaré. — Cerró los ojos, y la silueta comenzó a desvanecerse con el viento de una llanura interminable.
— Pero encima has olvidado cómo ser feliz.
Todo el paraje se deshizo con una orden silenciosa, y trozo a trozo, no tardó en estar a solas en la inmensa oscuridad. A sus oídos llegó el piar de los pájaros, el discurrir alegre de un arroyo y el sonido del viento al rozar los árboles. Al despertar, el perfume de los matorrales lo inundó. El mundo yacía en paz y la luz clara de la mañana entraba entre las hojas de los robles torcidos. Permaneció tal y como estaba, echado sobre un manto de hierba, volviendo un poco más en sí mismo con cada segundo, antes de decidirse a luchar contra la somnolencia y despabilar sus ánimos.
Cada noche en la que conciliaba el sueño era una orquesta más de fantasías y pesadillas en donde realmente nunca descansaba, y cada mañana un círculo de reflexiones sobre todo lo imaginado. Soñando, incluso después de despertar.
Notó en sus huesos el rastro de una noche breve e inquieta, una vez se hubo enderezado. La misma dolencia inexplicable y habitual en él, después de un mal rato de sueño. Se tambaleó un poco, y se llevó una mano a la boca para ocular un bostezo. No había dormido bien en semanas y la última madrugada no había sido la excepción. Abrigaba la idea de que el mundo daba vueltas, y fueron estas las que lo llevaron a echar un vistazo a su alrededor. Y casi con un desaliento súbito, dejó de soñar despierto mientras el recuerdo lo invadía, surgido de la nada.
— Me quedé dormido… Atenea, no.
Si ella hubiese estado cerca, se habría reído del sonido tan patético que había dejado escapar. El asombro que le recorrió el cuerpo acabó por despedir toda la pereza a la que se había rendido. Recorrió todo el bosque con la mirada, y la buscó casi con desesperación. Pero no había señales de Atenea ni de ninguna de sus cosas.
— ¿Cómo pude haberla perdido tan rápido?
La rubia nívea también se había desvanecido con el viento, y con el viento se había llevado lo poco que Connor tenía para su viaje: la comida, los mapas, las armas… Inclusive, Wyke y la yegua parda no eran más que un recuerdo cercano.
Se enfureció de tal manera que se le cruzó la idea de gritarle al bosque y darle patadas a un árbol hasta que la madera o una de sus piernas cediese. No se tanteó el cinturón, ya sabía que la Daga no estaría allí. Atenea se había ido, y junto con ella las esperanzas que había albergado en salvar la vida de quienes más quería. Eran pocas, sí, pero era lo mejor que había tenido. Sin embargo, en lugar de encogerse de pesadumbre o maldecir a los cuatro vientos a todo lo que valía la pena maldecir, escudriñó y dio vueltas por el espeso panorama de sauces y robles en un intento por encontrar un vestigio de su huida. Y en menos de lo que hubiese osado pensar, se dio cuenta de que resultaría inútil.
— ¡Atenea! — gritó por mero resentimiento. Colocó ambas manos en torno a la boca a modo de bocina — ¡Wyke! ¡Wyke! ¡Wyyykeeeeeee!
El piar lejano de los pajarillos fue la única respuesta a sus bramidos.
« No puede estar sucediéndome esto. No a mí. En este punto podrían estar a kilómetros de aquí » Se llevó las manos a la cabeza. El bosque seguía dando vueltas y de un momento a otro se sintió débil. Nunca había desfallecido ante la zozobra, pero entonces solo quería recostarse sobre una roca y limitarse a respirar con normalidad. Un instante antes de que el agobio nublara su mente, el chillido de un halcón sobre su cabeza se convirtió en música para sus oídos, la más maravillosa que había escuchado en mucho tiempo. El ave dibujaba círculos en el cielo como una pequeña mancha que discurriera lenta bajo las nubes, agitando las alas y dominándolo todo.
Connor mantuvo la calma, y cerró los ojos para llegar a hasta él.
— Muéstrame.
A causa de la altura, le costó trabajo hacerse con el animal, pero una vez junto a él, terminó por persuadirlo sin imponer mayor esfuerzo. Escuchó de nuevo su afilado canto, cuando hurgaba dentro de sus memorias. El ave recogió sus alas, y descendió en picado a una velocidad en la que el viento ahogaba su audición. Era, de alguna manera, el oído del halcón y el de Connor a la vez. La delgada línea entre sus propios sentidos y los de los animales resultaba difusa. Y en esencia, su humanidad quedó relegada a un segundo plano al volverse uno con el ave, mientras los recuerdos de esta se dilucidaban en la mente de Connor como propios. Una ojeada fue suficiente para conocer lo último que había vivido el halcón, y se exaltó del gusto al descubrir que el ave había visto andar a una enorme masa color crema tiempo atrás. Saber cuándo exactamente era más complicado que solo verlo.
A escasos metros de estamparse contra el suelo, el animal pasó silbando como una flecha a su lado, y recuperó el vuelo para después amenazar con desaparecer entre los árboles. Connor se precipitó a seguirlo como solo un cazador perseguiría a su presa: fluyendo con sus instintos y sin pensamiento alguno. Pronto se encontró luchando para abrirse paso entre los arbustos y los ramales de los sauces más bajos. Vislumbró, impresas en la tierra húmeda, huellas de cascos que descendían la colina. Era una pendiente poco pronunciada; la misma por la que habían subido la noche anterior. Más abajo, el bosque y su frondosidad le cerraban el camino, pero cuando estuvo a punto de detenerse, alcanzó a escuchar el fragor del halcón. Intrépido, apretó aún más el paso, y recortó por entre los matorrales. Después de haber pagado el precio con media docena de espinazos, el azul cerúleo del cielo apareció delante. Y a través de los ojos del halcón, percibió a los caballos pastando junto al río, mientras pasaba sobre sus crines y ascendía a las nubes con un último chillido.
— ¿Wyke, eres tú? — jadeó, incrédulo hasta la médula, con apenas una brizna de aliento.
— ¿Y quién más sería sino él? — La voz le recorrió el cuerpo a modo de un escalofrío. — No hay muchos caballos color crema por aquí.
Quiso, por un momento, volverse súbitamente hacia ella, pero dejarle ver su desasosiego no era algo que estuviese en discusión. Aunque por dentro se desencajó de tamaño asombro. Atenea le había robado todo lo que tuviese, el mismo arco que le había ensañado a usar incluido. Bajó la mirada, y trató de aplacar sus ánimos.
— Atenea.
— Bressler. — espetó ella.
— Si intentará girarme, ¿debería preocuparme del filo de una flecha o una espada?
No recibió respuesta.
— ¿Por qué no escapaste? — siguió Connor.
— ¿Acaso debí haberlo hecho?
Respiró profundo, después suspiró, y finalmente se dispuso a girarse.
— Quisiera pensar que no. — Cuando abrió los ojos a la realidad, de semejante confusión casi que hubiera preferido ver sobre sus manos cualquiera arma. Atenea, en cambio, yacía sentada varios metros más allá junto a una fogata, con un espetón de pescado a medio hacer sobre el fuego moribundo y otro entre sus manos.
— Has dormido más de lo que creí, haragán. Comenzaba a impacientarme.
De su abundante cabello caían gotas de agua. Sus altas botas de cuero se encontraban a un lado, de manera que llevaba desnudos los pies sobre la hierba. En el tronco superior, lucía abotonada hasta el cuello la túnica oscura de Connor. Y revueltas en torno al fuego, permanecían las cosas de ambos.
« ¿Impacientarte? »
— ¿Me estuviste esperando? — dijo en su lugar. — ¿Por cuánto tiempo?
— Unas cuantas horas, no lo sé. Tres a lo mucho — Clavó en la tierra la pesca ensartada en una rama, y lo observó a los ojos con una expresión de tranquilidad que poco había presenciado en ella. —. Como puedes ver, me tomé la libertad de… Pues… liberarme.
Discreto, Connor buscó de soslayo un arma o cualquier objeto que pudiera usarse en su contra en el montón de cosas que se explayaban sobre el suelo. Entre ellas estaban su arco, aljaba a rebosar de flechas, unos cuantos mapas desplegados que también le pertenecían, la espada de Atenea en su vaina y las cuerdas destrozadas que antes la apresaban. Pero no había ni rastro de la Daga Sagrada.
— Dormiste como un bebé, debo decir — siguió Atenea con una sonrisa. —. Parecía que no lo hubieras hecho en días — A decir verdad, cierta razón tenía. —. Hice suficiente ruido como para despertar a un muerto, pero tú apenas te moviste.
Aún no le daba total crédito a sus ojos. Estaba desconcertado. Se mantuvo de pie y en silencio, mientras intentaba razonar que sucedía. El juego había cambiado completamente de la noche a la mañana y él se encontraba ahora en mala posición.
— Ya deja esa cara de atolondrado, ven y siéntate.
— ¿Cuál es el truco? — « ¿Atolondrado? », era lo que Naiara siempre le decía.
— No hay ningún truco. Es el desayuno.
Vaciló más de una vez, pero acabó por sentarse junto a la fogata.
Atenea le tendió un espetón de pescado, y él la miró con gesto desconfiado por largo rato sin siquiera pensar en cogerlo. Ella puso los ojos en blanco en respuesta, y le dio un mordisco.
— ¿Ya ves? Lo puedes comer.
Solo entonces lo aceptó, aunque no se lo llevó a la boca de inmediato. « Si me quisiera muerto o atado a un árbol, ya lo habría hecho. »
— ¿Qué estás haciendo?
— Comiendo. — Y vaya que comía con ferocidad.
La suspicacia se endureció en su gesto. Según veía, a Atenea le había dado tiempo a bañarse en el río y lavar su ropa. La saya aún empapada colgaba de la rama de un árbol, razón por la que llevaba puesta su túnica para cubrirse. También lucía más despreocupada, como si la actitud del día anterior se la hubiese lavado con la corriente de agua. Connor hasta entonces no había escatimado en sus observaciones: Atenea había sido tosca, adusta y de temperamento difícil.
— Está bien — Ella cedió a la presión, dejando de lado su manjar. —. Si gustas, acéptalo como una prueba de buena voluntad. Cuando me liberé con uno de tus cuchillos, puedes imaginar que tenía solo dos opciones: escapar o escarmentarte. De tal manera que ideé una tercera.
Connor asintió, y le dio el primer bocado a su desayuno. « A causa de mi descuido, has cambiado todo a tu favor. Ahora soy yo el que está sediento de respuestas. »
— Seré directo contigo. ¿Qué te hizo no matarme mientras dormía?
Ella paró de comer. Por la forma en que lo hacía, o no había comido bien en días o sin más era una moza de pocos modales.
— No creo que hubiese podido hacerlo, aun cuando no te considero alguien de confianza — Se cubrió la boca con el dorso de la mano para poder hablar debidamente. —. Al igual que tú, nunca le he quitado la vida a una persona. No a una que no haya intentado matarme, al menos.
— ¿Y por qué quedarte? Si hubiese estado en tus zapatos, habría huido.
— Iba hacerlo — Se limpió la grasa de los labios con los dedos. Sus ojos eran como dos enormes lunas que observaban el cielo. —. Pero había cambiado de parecer horas atrás. Si tú hubieses estado en mis zapatos, ¿no te habrías preguntado qué hubiera pasado si eliges quedarte?
— Solo en eso hubiese pensado.
— ¿Y luego?
— Habría seguido cabalgando sin mirar atrás.
— Mírame a los ojos — Connor obedeció. Su mirada, plateada, antes reñidora se había vuelto amigable. —. Lo que intentas hacer es una locura, pero siempre perdemos la cabeza por las personas a las que amamos. Grace, acerca de ella… — Sacudió la cabeza. —. No mentirías acerca de ella. No creo que sepas mentir así de bien. Por la forma en la que hablaste, me dejaste pensando. Te creía un muerto en vida.
Mantuvieron el silencio unos instantes, sin perder la vista el uno del otro, cosa que a Connor siempre le había incomodado con todo mundo.
— Tengo poco tiempo. Necesito saber qué sucederá ahora.
— Eso depende de ti — Se deshizo del último trozo de pescado, y se levantó del suelo. Caminó con pisadas cuidadosas entre el montón de objetos desperdigados sobre la hierba, para después recoger un mapa. —. Admiro tus intenciones, pero aún desconozco tu plan. ¿Quién sabe? Tal vez hasta podríamos hacer causa común.
— ¿Y si piensas que es demasiado descabellado?
— Entonces montaré a mi yegua, y me iré tan lejos de ti como pueda — Colocó el mapa en el suelo, a sus pies. —. Llevando conmigo todo lo que me pertenece.
« La Daga Sagrada incluida ». Una voz en su cabeza, su conciencia, le decía que ser delatado con la Reina y sus guardias, al menos, ya no era una posibilidad.
Connor se apresuró con su espetón de pescado. Cuando hubo terminado, se sentía listo para contar la verdad. Una verdad a medias. Al igual que solo debía depositar a medias su confianza y esperar lo mejor. Si por cosas de la vida su plan se viera comprometido en un futuro, ella solo podría contar una parte de él.
— Nos encontramos en este punto —. Aquello era cierto. El río ancho de aguas tranquilas que fluía a sus espaldas era justo el punto que señalaba en el mapa. —. La Horda de las Bestias solo podría mantener una ciudad grande por algunos días en el mejor de los casos, supongo que eso ya lo sabes.
— Sí.
— No son idiotas, saben que tarde o temprano los condados vecinos se darán cuenta de lo que sucede y puede que logren alertar al cuerpo de ejército que partió de la Capital. De manera que la Bestia a la que buscan estará en la costa este de Dranova. A una semana o dos, cuando mucho, de la ciudad.
Atenea hincó una rodilla ante el mapa. Suspiró.
— Por ello querían la Daga. Ya lo sabía. En este punto, es posible que hayan tomado posición de las que restan en la ciudad.
— Saber cuándo las usarán es incierto. — reconoció Connor.
— ¿Y en qué dirección podrían ir…?
— Al norte o noreste de Dranova.
— Pareces muy seguro de lo que hablas.
— ¿Cuántas Bestias habitan actualmente en el país?
Ella se encogió de hombros.
— Tres — siguió, sin quitar ojo del mapa. —. Una de ellas en el cautiverio de sus runas; otras dos libres con cientos de kilómetros entre la ciudad o poblado más cercano. Ninguna en la costa este. Ninguna cerca de la Capital. El sur y el corazón fueron terminados de explorar hace meses y no se encontró nada nuevo. En el norte la cosa cambia, la última vez que se sondeó por completo fue hace décadas. Hacia allí debía dirigirme antes de que el asalto a la ciudad se nos viniera encima y hacia allí es a donde me dirijo ahora mismo.
Era bien sabido por todos que cada Bestia llegaba al mundo de manera distinta. Unas descendían de los cielos con el bajar de un rayo y surgían de las profundidades del mar como había sido el caso de Léviathan; algunas nacían del estallido de un volcán o del poderío de una tormenta. Aquellas eran las Bestias que vagaban por la tierra y acaban por toparse con los humanos. Algunas otras, sin embargo, yacían a la espera de su libertad, confinadas entre runas con luz propia que se extendían decenas de metros en todas direcciones y sobre cualquier superficie.
Connor continuó hablando, y señalando los puntos entre los bosques y montañas del norte a dónde podrían dirigirse, concentrado, mientras Atenea observaba sin mediar palabra. No tardó mucho antes de que diera a conocer cada posible blanco y la manera más rápida de llegar hasta él.
— Detente — dijo ella en algún punto. Se alzó sin perderlo de vista, y dio un paso atrás. —. Sabemos lo que harán, eso es indudable — Lo apuntó con un dedo. —. Y tú dices creer a donde irán. Pero llegado el momento, ¿qué piensas que haremos? Seremos dos contra un ejército.
— ¿Demasiado descabellado para ti? — dijo temiendo a la respuesta.
El rostro de Atenea era un hermoso horror de indignación.
— No puedo creer que haya puesto mis esperanzas en ti.
« Nuestra dicha — pensó mientras se levantaba. — fue un sentimiento pasajero ». La visión de tener que arrebatarle la Daga de sus manos otra vez era simplemente exasperante.
— ¿Cómo planeas detenerlos? — siguió la mujer de ojos como dos lunas.
— ¿Tú qué crees? Iba de camino a resolver ese insignificante problema.
— Esto es una misión suicida. Si de por sí ya es imposible que un hombre sobreviva al imperio de una Bestia… Ahora resulta que también quieres enfrentarte a un ejército.
— No tenemos por qué enfrentarnos a ninguno. Solo acecharlos, esperando una brecha, una ocasión para mermar su fuerza, y acabar con su mejor oportunidad.
Atenea observó a su alrededor con gesto torvo, como buscando una respuesta en el horizonte, o quizás una salida.
— Es suficiente, no quiero escuchar nada más. Moriremos en el intento.
— No, solo yo tendré que hacerlo — Las palabras le supieron amargas en la boca. Dio un paso al frente, y después otro. — ¿Lo recuerdas, Atenea? Cuando la locura me consuma, no te arrastraré a ti a la tumba. Sé que todo esto parece inverosímil, pero es la única forma para…
Su tregua pendía de un hilo, se mecía débilmente sobre un precipicio.
— ¿Serías capaz de dar tu vida en sacrificio por esa niña? ¿De verdad significa tanto para ti?
— Esto nunca fue solo acerca de Grace. La ciudad en la que vivimos se está desangrando, pero si la Horda se hace con el poder de alguna Bestia, medio país sangrará antes de que puedan detenerlos. Estoy hablando de cientos de miles de personas masacradas, como ya se ha visto en el pasado. Y aunque existiera una pequeña posibilidad de evitarlo, la aprovecharía por más mínima que esta fuera. Daría mi vida de ser necesario por una causa como esa — Y como había dicho en su momento el primer Rey de Dranova poco antes de hallarse quemado en la hoguera: —. Francamente, ¿qué tanto pueden valer nuestras vidas ante la paz de todo un reino?
Recibió sus palabras con desengaño. No la veía segura de otra cosa que no fuera salir corriendo.
« La encontré demasiado rápido, luego de llamarla », supuso Connor, lamentándose en silencio. Esperaba que Atenea no se hubiera dado cuenta.
— Escucha — continuó, con cuidado de no sonar como el lunático que Atenea pensaba que era —, tengo el hábito de pensar en el peor de los escenarios posibles. Siempre. No veas esto como una locura. La mitad sobrevive a la contención… Quizás…
— Podríamos también no usarla — lo interrumpió de pronto, iluminada por la idea. —. Podríamos evitar que la Horda use las suyas. De algún modo.
— Ahora esto está funcionando. Esa es una opción más.
La rubia nívea atenuó de un momento a otro todo su repentino entusiasmo. Mantuvo la compostura y el mutismo, sopesando la situación con los ojos cerrados. Si acoger entre sus manos la llave a la salvación de incontables almas significaba algo para ella, no lo hacía ver. Más tarde, apartó el faldón de la túnica, dejando entrever la piel de su vientre desnudo, y retiró de su cinturón una empuñadura envuelta en sedas blancas.
« Necesito de la Daga, no de ella ». Connor habría dado casi cualquier cosa por saber lo que pensaba.
— ¿Tanto por algo que cabe en la palma de la mano? — inició Atenea, conmovida por lo que ello representaba. — Juramentos y promesas rotas, exterminios masivos, ciudades en llamas, hombres y mujeres convertidos en genocidas... Tantas muertes y todo por anhelar el poder de un dios. La violencia ha marcado el curso de la historia. ¿Cuántas guerras se habrán librado por estas cosas?
— No tantas de las que se pudieron haber evitado de estar en las manos correctas.
Desarmó el arreglo de telas, y dejó al descubierto la vaina de diamante negro. Todo ello sin atreverse a observarlo, absorta en el arma.
— ¿Y tú eres una de esas?
— Quiero pensar que somos mejores que la Horda.
Sus miradas se cruzaron, tras el suspiro de Atenea. Los suyos eran unos ojos derrotados, con dudas y de belleza desencantada por una tristeza sincera.
— ¿Qué no quieres como yo volver a la ciudad?
— Eventualmente, sí. Grace y Elizabeth van a estar bien. Quiero pensar. Durante unas semanas. Tienen los medios para esconderse bien. Y Vyler… Pues… Él tiene a su mando a un grupo de caballeros.
— Moira y Ross no tienen lugar donde esconderse ni caballeros que los resguarden. Siento que debería ir a por ellos. Sacarlos de allí de algún modo.
— ¿Vas a travesar las murallas y luego la ciudad con todos esos celtas allí?
— Sé que es una estupidez. Pero… ¿No tienes tú también esa sensación de correr hacia los tuyos? Mi madre me pidió que escapara. Que mantuviera lejos esta Daga de la ciudad.
— Sobre los tuyos… — Sintió el impulso de ir hacia ella, pero se contuvo. — ¿Crees que van a estar bien sin nosotros?
— ¿Nosotros? — preguntó, despreciado su buena voluntad con un bufido.
— Atenea, necesitamos hacer que esto funcione. De lo contrario, acabaremos muertos o algo peor. Eso incluye a Grace, a Elizabeth, a Vyler, a Moira y a Ross.
— Dudo que puedan estar bien. Conmigo o sin mí.
Ella concedió un paso al frente, antes de titubear con dar el próximo. Así, hasta caminar hacia Connor a ritmo inseguro. Desenvainó la Santa Reliquia y el descomunal filo bebió de la luz de la mañana, reluciente, impoluto y magnífico.
— Sé que no puedes escucharme, pero lo siento — ¿Le estaba hablando a él? Atenea no lo vía, a decir verdad, no parecía estar viendo a nada en concreto. —. En serio lo siento, madre. Me he equivocado más de lo debido, solo quiero que esta vez sea diferente.
Sin mayor propósito que mantenerse al margen, Connor amenazó con apartarse en gesto súbito. Sin embargo, Atenea le dio vuelta al arma, y se la tendió con la empuñadura envuelta por delante. Cuando ella asintió, curvando los labios en una pequeña sonrisa, dejó de pensar, ver o escuchar nada que no fuera ella. Sus otros sentidos lo abandonaron. Cogió la Daga sin saber cómo era posible.
— ¿Así de sencillo?
— No, no será así de sencillo. — le advirtió, ahora en tono firme. —. Bajo el sol, bajo la luna, sin importar a donde, te seguiré como una sombra, en tanto yo decida que esto es lo más conveniente. — Hizo una pausa en la que no desvió su vista. —. Creo que no existe virtud más noble que dar la vida por un ser querido, salvo hacerlo por incontables nombres que nunca llegarás a conocer.
Connor sonrió, esta vez una sonrisa de verdad, y le ofreció una mano.
— Entonces, estaré a prueba.
— Grace, Vyler, Elizabeth, Ross, Moira y… los otros cientos de miles serán nuestra única razón para estar juntos — Ella echó al olvido su mano y fue a por su antebrazo. El sello de tan endeble alianza terminó con un saludo firme. —. Y esta Reliquia, nuestro nexo.85Please respect copyright.PENANAMbw7UeB7Jh


