— Admirable, mirífico, sorprendente por decir lo menos — dijo la duodécima Sombra. —, observar como la discordia entre dos pueblos tan distintos siembra la semilla del caos, para el deleite de unos pocos.
— Ahh no, pero si no son tan distintos — rebatió la sexagésima primera Sombra. —. No hay que raspar demasiado la superficie para encontrarse con la verdad oculta tras una piel curtida y acostumbrada a los golpes. En el fondo son lo mismo: temerosos, endebles, simples.
Según se contaba, los druidas de antaño habían dado origen a una doctrina basada en la inmortalidad. Para todo aquel que se llamase celta, la vida no era más que un tramo de una larga travesía donde el alma se viera encerrada en una prisión a la que denominan carne, sangre y hueso. El Inframundo era el destino último de cada hombre, de cada mujer, de cada animal por más despreciable que este fuese. Sin embargo, el mundo de los muertos era apenas un instante que se repetiría en un ciclo de eternidad. Algún día estos volverían a la vida, renaciendo en un cuerpo nuevo, tal vez en jabalí, en halcón, en lobo, en un humano otra vez, si había suerte, o sencillamente en una hormiga. Algún día regresarían al Caldero de la Muerte y sus almas se fraguarían con la Llama Eterna.
Su Cosmos se dividía en el espacio creado para los mortales, el pensado para los héroes y el guarnecido solo para los dioses.
Una trinidad no tan dispar les aguardaba a los cristianos, o aquello imaginaban. Cielo, Tierra e Infierno, era bien sabido por todos qué eran. Pero a diferencia del Inframundo celta, el fuego perenne del Infierno había nacido para castigar a los condenados, para atormentarlos con dolor desesperante hasta el fin de los tiempos, y no para forjar una nueva vida.
La voz de una extranjera grabada a fuego en el recuerdo hacía mirar al cielo al alto mando de la Horda de las Bestias con rasgos de estupor inmutable. A una hora de haber caído el sol, la enorme luna surgía entre las estrellas manchada como una sombra castaño-rojiza; similar al cabello de la mujer que aquella noche se convertiría en la Maestro de Hechiceros.
— ¿Quién es la loca ahora? — les arrojo Mary a unos pocos. — Cuando la luna se torne carmesí, como un único ojo entre las estrellas, observará como el agua de los ríos será sangre corriendo por todo el reino hasta sus océanos, mientras en la tierra, los gritos se volverán canción.
La segunda profecía de Jensen se hallaba a tiro de flecha.
— Mira eso — Iloura no bajaba la vista del cielo, donde nubes hacían espacio para la Luna de Sangre. —. La extranjera tuvo razón.
— Llegó una noche y acertó a la primera. Ya ha hecho más que los druidas en una década. — agregó Kairo.
Rhiannon bajó la mirada del cielo para dirigirla con discreción hacia Mary, quien le daba la espalda desde el otro lado de la plaza.
— Jensen tenía razón, aunque fuera una sucia Dádiva como ella. Pero esa no puede ser la razón de que acertase, ¿o sí?
Si la primera estaba relacionada a la Luna, era natural que la segunda al Sol. Y la tercera profecía a la Tierra. O al menos eso especulaban los druidas que tan entusiastas eran en el intento de presagiar el futuro.
— Cuando tengáis que dividiros — recitó Mary en voz alta —, el Destino os sonreirá con una lluvia como ninguna otra, una abrasadora, de fuego que barrera con todos vuestros miedos de desgracias.
— La Bestia estará hecha de fuego. Por tanto, también nuestro futuro Demogorgón — le aseguró Kurt a uno de sus amigos. —. A eso se refiere con barrer nuestros miedos de desgracias.
Ramskull hizo una mueca de reproche al escuchar a este último.
— La lluvia es el amanecer celta. Unas llamas del Beltaine más grandes que nunca. — Para cuando llegara la primavera, habrían ganado. Y tendrían que dividirse para gobernar el reino. Solo debían rogar a los dioses y ellos brindarían su ayuda.
Se encontraban finalmente en noviembre primero, día del Samhain.
Ramskull se quitó el yelmo y se lo presionó junto al pecho con una gran sonrisa.
Habían retomado la tradición. Eran fiestas que desde hacía siglos no podían celebrarse, solo hablar de ellas, ya que estaban obligados a yacer ocultos entre cuevas y bosques. El Samhain era en esencia una fiesta para los muertos, donde se honraban a los antepasados guardándoles un lugar en la mesa. Se encendían hogueras que ayudasen a frenar la decadencia y la oscuridad, y se sacrificaba al ganado, para solicitar la protección de los dioses. El Samhain marcaba el comienzo del invierno y al mismo tiempo el período de apertura donde la frontera entre los mundos se diluía, permitiendo que los Aes Sidhe pudieran entrar con mayor facilidad en el mundo de los mortales.
Desde el adarve del Baluarte del Rey hasta el techo de la Antecámara a la Sala del Trono pendían en el aire devotos irreconocibles con sus tripas envueltas en torno al cuello; sus cuerpos yacían bien adentrados en la podredumbre. En las plazas principales los ciudadanos eran flagelados porque sí, para el vigoroso regocijo de sus captores. De vez en vez, un soldado raso, un prosélito o cualquier otro que caminase libre bajo la luz de los dioses celtas, tomaba sin discriminación a un cristiano y lo liberaba de sus cadenas, para hacerlo arrastrarse mostrando al viento sus miserias. En cadenas día y noche ante las ruinas de lo que había sido un hogar, un mercado, una taberna o un establo, cada ciudadano encontraba, más allá de los límites del dolor, una razón para querer desfallecer y reunirse con quien los hubiera creado. Llevados de la mano por el miedo, todo el pueblo llano padecía las de Caín; algunos, incluso, sucumbían en el camino con las rodillas enterradas entre el reguero de una orgía de sangre y vísceras.
La rebelión de unos pocos no se hizo esperar desde el primer día, pero se libraron tan fugaces y endebles que ahogarlas en la resignación que cundía en aquellos con los que se juntaban no fue trabajo arduo. Algunos moribundos aquí y allá se debatían de desasosiego para ahuyentar a la muerte de alas negras y graznidos que sobrevolaba sus cabezas, a la paciente espera de que se quedasen sin fuerzas con la que evitar que les sacasen los ojos y les desgarrasen la piel a picotazos. La poca moral que restaba entre a quienes se les trataba como ganado cayó en desgracia, cuando sus más profundos temores se vieron socavados.
Ramskull se colocó de nuevo el yelmo sobre la cabeza. Y el Carnero observó como la sangre de los corderos era derramada en abundancia. Sus oídos se colmaban y se complacían del griterío incesante que diera vida a la ciudad durante el festival celta.
En los albores rojizos de la Luna de Sangre, los celtas comenzaron a llevar pinturas macabras en escarlata y negro sobre el rostro; los cascos de enorme cornamenta los asemejaba terriblemente a los demonios que querían personificar en aquella madrugada de expiación. Con ello, la templanza de los más fuertes se hizo añicos. A la luz de luna atroz y mortecina que teñía el mundo con el tinte del Infierno, el pueblo cristiano fue presa del horror. Paralizados, tanto daba igual si llevasen grilletes o no, en la debacle de sus esperanzas. Del naciente al poniente habían estado lanzando plegarias, observando el cielo con ojos ansiosos, pese al sol que deslumbraba y la insolación de su martirio, pero nada ni nadie había acudido en su ayuda. No se había visto a alguien que no derramase lágrimas ante la tortura corpórea y espiritual.
La Diosa Danu, de cuyo vientre divino brotase la legendaria casta de los Tuatha Dé Danann, y de estos, a su vez, la Humanidad, misericordiosa y justa como una madre ante hijos descarriados, les había ordenado a los corazones druídicos que difundieran el mensaje.
— Qué no se culpe a un hijo por los crimines de sus mayores. — Así había declarado el druida Isen ante Su Majestad. Y los prosélitos se habían mostrado a su favor por centenares.
Pero fue Mebdh quién había sabido dar en el clavo para disipar las dudas de las masas.
— Sí, qué no se les culpe. Seamos generosos y no pensemos con un arma en la mano para variar, gente. A los que estén sanos, a los fuertes de espíritu y aún manipulables, démosles una oportunidad, como hemos hecho en el pasado con aquellos que raptamos y destetamos del pecho de sus madres. Vos no nacisteis entre nosotros, Majestad, pero os dimos acogida. ¡Qué así se vuelva a hacer, y que nuestros números den para equipararse al pueblo que antes fuimos!
De ese modo, a aquellos niños que no hubiesen vivido más de una década se les había apelotonado en pocilgas con paredes de piedra. Sin agua, sin comida ni cobijas, estaba claro, pero al menos lejos del pandemónium que se cernía en las afueras. Se les podía sacar provecho, sostenían los celtas, mientras aún no pensasen por ellos mismos. Llevaban los ojos vendados y las manos atadas, hecho así para que incluso el más curioso se mantuviese ignorante. Sin embargo, nada se podía hacer para que no aguzasen los oídos al inmundo coro de mil gritos. El corazón de cada uno latía como si les fuese a estallar y los labios de algunos chorreaban de tanto mordisquearse en un intento por aguantar el llanto.
En algún lugar de la Calle de las Secuoyas, un riachuelo discurría lánguido y cristalino, con árboles del mismo nombre a medio deshojar custodiándole el paso. El silencio y la paz reinaban por escasos momentos, ajeno a lo que sucedía al otro lado de la ciudad. Pese a esto, las aguas se sacudieron y formaron ondas, cuando un par de piernas se adentraron en ellas.
— Nos estamos alejando — le indicó él en un susurro, sin ánimos de adentrarse también en la fría agua. —. Vayamos a las murallas, salgamos de la ciudad.
— ¿Viste a todos esos vigías en las murallas? ¿Viste sus antorchas rondar por ahí? Ni hablar. No creo que haya salida. Ni siquiera por mar.
— ¿Entonces qué? — inquirió él.
— Continuemos.
Atravesaron juntos el pequeño río, chapoteando a cada paso, manteniendo la distancia de las calles que calzaban a ambos lados, ladera arriba.
Un Ánima Sola clamaba voces de auxilio debajo de unos escombros, pero en última instancia ignoraban a casi todo el que escuchaban. A las malas habían aprendido a hacerlo. La mayoría era un peligro. Ya no había amigos. Poner a los cristianos unos en contra de otros a causa de la necesidad era para los celtas una buena manera de mantener el control.
Más temprano que tarde se encontraron cansados y cruzando bajo un puente de ladrillo. Y sin debatirlo antes, el hombre se echó a descansar sobre la orilla.
— Ross — le reprochó la mujer en un murmullo. Conservaba el cabello castaño y perfilado, muy corto para una dama.
Sofocado e inquieto, se llevó una mano al pecho con la boca abierta.
— Dame un respiro.
— Ey.
— Si los ayudamos, estamos muertos. Si no lo hacemos, igual estamos muertos... ¿Qué nos queda más que respirar? Todo lo hemos perdido.
Moira se acercó más calmada. Salió del agua para ponerle una mano en el hombro.
— ¿Tan rápido perdiste la esperanza?
— Lo ahorcaron, maldita sea. Puse mis esperanzas en ese cabrón de un solo ojo. Y lo ahorcaron.
— Era solo un hombre. Birdwhistle es más grande que un único hombre.
— ¿Tan rápido te convencieron?
— ¿Convencida? — chistó con cierta gracia. — Si no podemos escapar, ¿qué nos queda que no sea ir con quien esté al mando ahora?
— Vale, pero dame un respiro. — terminó diciendo, exhalando aires de resignación.
— Continúan teniendo armas. Y todavía hay gente con ellos — Se sentó a su lado, dispuesta a esperar unos minutos. Y cual mal presagio, un cuerpo hinchado pasaba flotando lentamente y en silencio por el río. —. Estaremos más seguros que por nuestra cuenta.
— Y tendrán comida — Soltó una sonrisa que vivió por un dulce instante. —. Extraño la taberna.
— Ross, tenemos que buscarlos de algún modo — dijo Moira en voz baja, con los dientes castañeteando y frotándose los brazos para generar calor. —. Necesito saber si siguen con vida.
El pelirrojo también tiritaba. Colocó en el suelo su lanza de latón, para abrazarse a sí mismo.
— ¿Crees que yo no? Les debo mucho a ese par. Y a Atenea, claro que sí, aunque no me preocuparía mucho por ella. Pero estaremos muertos, si nos acercamos, ¿sabes? Ya se nos ocurrirá algo.
— Vayamos con esa Ladybird. Escuchemos lo que tiene para decir, por favor. Ella podría ayudarnos.
— Mira, primero llevemos el mensaje. Nos relajamos un rato y luego decidimos si seguir con ellos.
En su punto máximo de gloria, el plenilunio carmesí deslucía a todo astro en el cielo nocturno. Imponente y regia, la luna se alzaba como un ojo brumoso sobre una cúpula en tinieblas, donde las estrellas habían estado desapareciendo una a una. El manto que tendía sobre la ciudad de medio millón de almas era de luz taciturna.
La magia de sangre se regocijaba de un brío poderoso en las entrañas.
Iloura, Kairo y Mary Blood dieron vida una vez más a las llamas del Fatuo. Con un juego de manos, el hechizo nació trazando las runas correspondientes en el aire y lanzándolas sobre el Mejunje de las Mil y Una Sustancias esparcido por la Plaza de la Expiación. Más allá, gran parte del pueblo yacía sobre sus rodillas, expectante. Y en breves, el fuego más grande que cualquier humano hubiese conocido se extendió por todos lados sin forma definida. En algunos lugares, los dedos ardorosos rozaban los cinco metros de altura, como mismísimas paredes de fuego. La plaza, la ciudad, el mundo entero había degenerado rápidamente en el más tórrido y radiante de los Infiernos.
— Rojo. — Aseguró a modo de una carcajada, Iloura, la piroamante.
— El matiz del miedo. — según contaba Kairo y la sangre de los esclavos sacrificados.
La menor de los hechiceros suspiró, satisfecha por el fuego que habían creado. Uno cuya fuerza no debía extinguirse hasta haber ganado la guerra.
A través de la visión de algunos Interfectos que en vigilia marchaban por la ciudad, Mary se enteró de las pequeñas rebeliones que se habían estado sofocando, donde liberaban a dranovenses de su cautiverio y a otros se les guarnecía con armas y pecheras. Apenas había conseguido alcanzar a oír rumores de insurrección entre los esclavos y los silbidos con los que se comunicaban aquellos que organizaban una presunta resistencia.
Como cadáveres andantes sus sentidos no eran los más agudos y su memoria algo difusa. Sin dejar de mencionar que Mary solo podía vincularse con ellos cuando yacían a menos de cien metros.
Laparc había pasado de verse como una ruina encorvada a dos patas a ser un hombre vivaracho y un tanto corpulento. Se ataviaba con unos calzoncillos blancos. Todo lo demás era piel joven, que ya no colgaba de sus brazos y pellejo como otrora. El hechizo denominado Régimen de Vitalidad Temporal le había compuesto el rostro decaído y deshecho las manchas y la fragilidad de la vejez, aunque fuese por unas cuantas horas. El Maestro de Hechiceros marchaba en soledad a su encuentro con la muerte entre una miríada de bárbaros con vestimentas de la índole más ruin.
Erguía la cabeza con orgullo. Una decena de druidas le rindieron tributo, y otros tantos guerreros lo alentaron con gritos a la distancia. Se había abierto un trecho para él. Y a pesar de que el ritual de fuego girara alrededor de la diosa Brigit, nadie en su sano juicio se atrevía a hacer sonar instrumento musical alguno, danzar o siquiera repiquetear el suelo con sus pies; lo tenían prohibido aquella madrugada.
Rex Azus y sus oficiales se mantenían atentos a que se hiciese honor al estricto cumplimiento de sus órdenes. Los celtas debían lucir en aquella ocasión como bestias con piel de demonio, en lugar de los últimos eslabones de una rica cultura.
— ¿Qué os había dicho antes? — Laparc sonrió a la terna de hechiceros, cuando hubo subido al cadalso de la plaza principal. Lucía casi irreconocible. El cabello le había vuelto a crecer castaño y llenaba los hoyos de calvicie del pasado. — ¿Lo recordáis, mis discípulos?
Los tres intercambiaron una mirada de extrañeza. Al lado de su maestro lucían más pequeños que nunca, en especial Mary. Laparc había ganado medio palmo de altura tras enderezársele la columna. No dijeron nada.
— Aquella vez — siguió. —. Sí, en el anterior Ritual de Inmolación. «Estos tres son la lluvia de fuego que la tierra quemará», os anuncié. Pero claro, no me refería a algo como esto. Aún tienen trabajo por hacer. Muchísimo trabajo y décadas por delante, espero.
A Iloura fue la primera en hacerla llamar para que se acercase.
— Maestro — le dijo ella. —. Qué galante. Luces como si tuvieses encima apenas medio siglo.
— Te cuesta aprender. Más que a ellos. Pero lo haces, al fin y al cabo. Has pasado media vida bajo mi protección y tutela, desde que eras una chiquilla estúpida. Ahora viene siendo hora de que alguien más te enseñe lo que no tuvimos oportunidad, para que salga a relucir todo tu potencial. — Le propinó un beso en la frente.
De haberla tocado con sus labios quebradizos de anciano y aliento a podrido, Iloura se habría muerto del asco, pero entonces no estaba segura de que pensar. Incluso el olor añejo de su maestro había desaparecido.
— Ese hechizo hace maravillas.
— Ya tendrás tiempo de aprenderlo, Iloura. Ya tendrán tiempo todos de descubrir mejores que este.
Kairo fue el siguiente.
— El más disciplinado. El más fiel a sus dioses. El que por sus venas discurre la sangre celta de mayor pureza — A través de los siglos, el antiguo pueblo no había evitado mezclarse con otras culturas como los dranovenses, los barmanos o la gente de Rheinosten. No solo porque raptasen niños de pecho que crecían en la Horda sin conocer su herencia verdadera, también se abrían de brazos a extranjeros que compartiesen sus ideologías. Más de una vez, incluso, un esclavo se había convertido en un amigo, un amante o un hermano después de muchos años. La ascendencia de Kairo era una de las pocas que jamás se habían cruzado. La razón de que su piel fuese más cobriza que la de otros era porque le encantaba sentir el calor del sol y no porque sus ancestros hubiesen procreados con gente de otras etnias. —. No me corresponderá a mí ungirte Maestro de Hechiceros. Aún te hacen falta algunos años. Aunque tienes el conocimiento y la fuerza, careces de agilidad mental e imaginación para tus hechizos. No me canso de decirlo.
— Solo restamos tres. ¿En unos años quién me ungirá? Solo un Maestro o Archimaestro puede nombrar a sus iguales. — Semejante pregunta ociosa. Él lo sabía, y por ello volteó a ver a Mary.
« Seré yo la que haga que seas polvo en la tierra, viejo. Y después… — pensó ella, conteniendo la emoción —. Todo está saliendo a pedir de boca. » Mas al cabo de un instante una idea distinta surgió, una venida por las primeras palabras de su Maestro. «Estos tres son la lluvia de fuego que la tierra quemará», repasó con asombro. Todo parecía encajar maravillosamente con las profecías de Jensen, ¿no? « La Luna de Sangre está sobre nuestras cabezas »
« Y hemos sido todos nosotros los que tomamos las riendas del Apocalipsis. », le indicó Abadon a Mary.
« Y vosotros tres sois la lluvia de fuego. », rio con estrépito Balaam entre sus sienes, codicioso como de costumbre.
Después de otorgarle su pagana bendición a Kairo, Laparc se adelantó unos pasos para coger a Mary por los hombros y observarla con aprobación.
— Llegaste a nuestras líneas convertida en mujer adulta. Rápido te acostumbraste a nuestro estilo de vida y rápido has aprendido todo lo que tuve para enseñarte. Tengo mis dudas al respecto, aunque no me sorprendería que llegases a convertirte en algo más que una Maestro de Hechiceros. Eres la de mayor edad, Mary. La de mayor potestad, también. Además, deben de existir pocos especímenes cómo tú.
— ¿A qué te refieres exactamen…?
— Tu sangre — le cortó la palabra, con voz firme. —. No eres solo magia roja y poderes dádivicos. No… He visto algo más en ti.
Mary quiso retirarse un tanto, pero Laparc la tenía bien sujeta. Con gesto de repulsión y las arcadas asomándose ya por la garganta, quiso apartar el rostro y mirar hacia otro lado.
— Espera, viejo. ¿No será que de mi te has enamo…?
— Silencio — Suspiró él, para recuperar la compostura. —. Cuando te convertiste en novicia llevabas toda una vida con magia en las venas. Pero no supiste sacarle provecho hasta que me decidí a ser tu mentor. Y de la misma forma, has pasado veintitantos años ignorando tu don para la Nigromancia.
Aquello no la tomó desprevenida. Seguía teniendo mil preguntas, pero mantuvo la boca cerrada por extraño que fuese.
— No puedo enseñarte lo que desconozco — reconoció, pesaroso, el anciano rejuvenecido. —. En un principio, pensé que tu magia estaba corrompida, pero estuve equivocado. Recuerdo que un hermano que nos abandonó hace mucho, cuando yo apenas tenía la edad de Iloura, conservaba esa misma esencia. Sin embargo, la tuya es todavía débil. Debes encontrar cómo fortalecerla.
— Vale. Vale. — dijo Mary, no muy convencida y creyendo que el viejoven comenzaba ya a adentrarse en delirios seniles. Observó con ojos inquietos a sus compañeros y se echó un tanto para atrás, cuando su maestro se inclinó para besarle la frente.
— Debes ser tú mi sucesora.
— Vale.
— Los tuyos son los mejores hombros en los que puedo dejar mi herencia, a pesar de todo lo que conllevas. Pese a ser demasiado boca abierta. Pese a tus arranques de histeria y que eres muy volátil. Y pese a… Bueno, ehh… ¿Qué te dicen tus voces ahora mismo?
— Qué ya no me caes tan bien ahora.
— Eres inteligente y disciplinada, cuando te lo propones — le dijo al final —. Y una líder bastante razonable, cuando prestas atención a Belial. Tienes los dones y una pericia magnífica. No permitas que todos mis conocimientos mueran contigo — Y le sonrió por primera vez en años. —. Lo que sucedió con Ergo fue mera culpa mía y de la terquedad de ese muchacho. No tuya.
Agachó la cabeza para no cruzar miradas con nadie. Libre de la culpa, no así del mal recuerdo que casi la separa de su hogar y sus amigos.
— Gracias, maestro.
— Quemen el mundo entero con el Fuego Fatuo, de ser menester — aquello iba dirigido a los tres. —, si con ello consiguen que nos recuerden a los celtas.
De la mano de su mentor Mary Blood fue proclamada como único Maestro de Hechiceros de la Horda de las Bestias. Le fueron otorgados a su elección dos de los tres accesorios ceremoniales de su predecesor, al igual que Laparc lo había hecho en su día. La esencia de lo antiguo, era bien sabido, debía fusionarse con lo nuevo. La Maestro de Hechiceros escogió portar los avambrazos de piel humana endurecida y el collar de cráneos de Dragón bebé, permitiendo así que Laparc fuese enterrado junto con el penacho de plumas de cuervo. Ya tendría tiempo Mary para escoger un tercer artículo con el que ataviarse en cada ritual, uno que fuese parte de ella.
Y sin mayores menudencias que unas cuantas palabras y runas descritas con la sangre del rejuvenecido viejo en brazos, pecho y cabeza, concluyeron la ceremonia para Mary. No había tiempo que perder, el eclipse duraba menos que una alborada y los demás sacrificados emprendían ya la marcha hacia el cadalso.
— Potestad, coraje e inteligencia. — Fue lo último que de él se oyó al escribirlas.
Enseguida dieron inicio al rito sacro de inmolación; ceremonia que valiese para pagar tributo a los dioses con sangre de fieles dispuestos a morir por el bienestar de la tribu y sus generaciones más nuevas.
Dos druidas, Rhiannon e Isen, subieron velozmente los peldaños y cogieron firmes a Laparc por los brazos. Lo hicieron arrodillarse sobre el tablero, y Mary le clavó un cuchillo en toda la médula espinal, allí donde conservaba el tatuaje, como cada hombre y mujer en la Horda. Descendió con toda la fuerza que albergaba hasta llegar a la parte baja de la espalda, donde la marca ficticia del Demogorgón desaparecía. Le había desgarrado la carne y el hueso. Su espinazo lloraba sangre, pero de él no se oyó más que un tenue quejido. Tampoco se le vio contorsionarse de dolor, tan solo apretó la boca y aguantó la respiración hasta desfallecer de la forma más honorable. Antes de cerrar los ojos e irse al Inframundo, su vista se fue desvaneciendo mientras observaba sin perder detalle al enorme ojo rojo que había presidido su ritual.
No había existido posibilidad de que el acto hubiese sido menos prolijo y cruel, al igual que el sacrificio que él mismo practicase a su madre alguna vez. Pero a cualquier celta en edad le bastaría con terminar su vida observando la majestuosa belleza de una diosa lunar vestida de carmesí.
Cuando retiraron el cuerpo del tablero, cesaron los respetos hacia el anciano. En un momento, con el orgasmo incontenible de las emociones, se fraguó un griterío grueso y sostenido de los demonios encarnados de la Horda que rodeaban por millares a la Plaza de la Expiación, pues en aquella madrugada se le haría honor a su nombre nuevamente. Aunque no como se tenía por costumbre. El maremoto de voces se alzó, engullendo a un Rey reducido a un despojo humano, con el rostro mugriento y cubierto con harapos, y a un arzobispo gordo, cuya sangre se le helaba en las venas; misma sangre que estaría a nada de arder. Detrás de estos dos, los acompañaban algunos de los borregos más fieles quienes los habían lisonjeado a ciegas desde tiempo de la coronación de Leonor.
— Un Rey debería morir con más dignidad — le había declarado el Señor del Caos a Azus, tiempo atrás. —, pero…
— Él nunca fue un verdadero Rey. — repuso este.
— Me quitasteis las palabras de la boca. — El Ritual de Iniciación para lord Edward fue un acto honorífico, puesto que poco le restaba de vida. Aun así, se le insistió para que adoptase un nuevo nombre a oídos de la Horda de las Bestias y que se le grabara a tinta la marca del Demogorgón en su espalda; el apodo vino por parte de alguien más.
A las puertas de la muerte, cada paso pesaba más que el anterior. Y no era para menos. Las vistas encogían el alma y arrugaban el corazón. Los habían cebado a ellos, quienes serían sacrificados a los dioses, para después ser repartidos como cerdos para el banquete de conquista, o eso ansiaba Raymond. Cuando Leonor y Alexander en compañía de otros cortesanos y clérigos descubrieron lo que les depararía su suerte, se doblegaron y cayeron de rodillas sobre el reguero de sangre del anciano Maestro de Hechiceros. La evocación de las cruces de madera tendidas sobre el suelo, prestas para verse elevadas a toda su altura fue avasalladora y embotó el poco filo de sus hombrías. Los devotos que habían actuado alguna vez bajo el nombre del arzobispo en aquella plaza lo acompañaban vestidos como su dios los había traído al mundo.
Gracias a Mary, Asser Wellington no era uno de ellos.
Rex Azus se le quedó viendo a la Maestro de Hechiceros por largo rato hasta que esta le devolvió la mirada.
— Vuestra jauría de perros se cuenta por centenas — le había rogado de buena manera. —, Majestad. Dejadme a mí, al menos, conservar a uno de los míos. Por favor.
Él asintió. Luego rugió una orden, con lo que Mary se dispuso a tender el manto de la Bruma de Sangre, mientras sonreía con aquellas mejillas hundidas. Extendió las manos, para dibujar las runas con el tinte cruento de un pellejo en su cintura, y tiñó deprisa a un aire que exhibía ya un dejo carmesí. Con dedos hábiles daba vida, dirigía y moldeaba un nubarrón de minúsculas gotas de sangre que envolvían toda la plaza y la colina alta donde se asentaba esta.
— Un decorado más — le susurró Kairo a Iloura, en un momento más en el que se suponía debían hacer silencio. —. Para un plagio bastante pasable del Infierno.
Con el aire denso y hechizado, las llamas inigualables del Fuego Fatuo, el himno de muerte y la Luna de Sangre dominándolo todo, la ensañada distopía se presentaba monstruosa desde una colina, para pulverizar de manera irrevocable los ánimos de un pueblo que veía a su ciudad alejada de los favores de Dios.
— Crímenes pasados no justifican crímenes actuales — consiguió decir Leonor, hundido en la resignación, con la espalda encorvada y el rostro mugriento y ojeroso.
Le resultó una delicia a Azus poder verlo en aquel estado. Gente como él no se merecía menos.
— ¿Que no había esclavitud en la cristiandad, Leonor? La hay, incluso en el Cielo.
— Maldito seas. Ten por seguro que te harán pagar por esto. — Fue lo último que de él escuchó, cuando los guardias lo empujaron ante las vigas gruesas de madera.
— La lluvia de fuego — se dijo en voz baja. « ¿Significará incendiar esta ciudad de ser necesario?. »
Crucificados serían al igual que las costumbres del Imperio Inconquistado en épocas previas al cristianismo. Y del mismo modo, triple muerte recibirían como la tradición celta decretaba, donde el condenado era herido, quemado y después ahogado. Para así no solo matarlos, sino para que los cuerpos de los criminales fuesen también deshonrados.
Iloura avanzó lo bastante lejos como para no quemarse entre las hogueras rituales que imitaban la luz del sol. Estas, se narraba, servían para quemar las influencias nocivas que aquejaban el alma. Aguardó con entusiasmo la orden de su Rey.
— ¿Cuántos apóstatas habrán muerto crucificados por vosotros? — comenzó Raymond, con una alegría inmensa que supo desbaratar su ceño antes fruncido, al tiempo que los clavos se encontraban con el martillo del ejecutor y la carne tierna de los sentenciados. — ¿Cuántos dizques herejes habrán sido quemados en la hoguera por vuestra orden o mano? Ojo por ojo. Diente por diente…Y así, una vez más la historia se repite. ¡El pueblo antes perseguido se convierte ahora en el perseguidor!
Sin la menor gota de humanidad, pues la de los celtas había sido drenada a fuerza por la interminable guerra con los cristianos y su ideología, elevaron por los aires a aquel monumento a la Capital de los Infiernos, con la salvedad de que sus caídos saborearían también la venganza después de haber renacido del caldero de Dagda.
— ¡A este tercio lo meteré en el fuego — vociferó entre carcajadas Rex Azus, señalando a las tres cruces invertidas del frente. —, lo fundiré como se funde la plata, lo probaré como se prueba el oro! ¡Él invocará mi nombre, y yo lo oiré! Yo diré: «Pueblo mío». Él dirá: «Azus es mi Dios».
— ¡Pongan toda la carne al asador! — se escuchó decir a Raster. Si habían practicado el canibalismo más de una vez, y algunos acostumbrado a ello, era porque no les habían dejado de otra.
El odio pudiente de hombres y mujeres había sido desenterrado, sacando a relucir su verdadera naturaleza.
Mientras el eclipse lunar tocaba a su fin, la noche se avivó con gritos sórdidos, semejantes a berridos bajo la misma luz. El Fuego Fatuo había hecho encender las piras apostadas en la base de cada cruz de proporciones gigantescas. Eran nueve los hombres convertidos en antorchas vivientes, pues el demonio rojo los devoraba a placer. Eran sus almas y no sus cuerpos los que hervían de dolor, condenados a sufrir la sed y el calor espantoso de las llamas.
— ¿Cuánta belleza podrá albergar esta ironía? — lanzó Raymond, con risa estrepitosa que ni Mary Blood alcanzaría a igualar. — Pero la gloria de un Imperio no se construye sin antes derribar a su paso.
Las notas disonantes de tormento cesaron. Se habían ido a otro lugar mientras morían gritando.
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