— ¡Ehh, Valysar! — el bramido le llegó del pescuezo de Rodrick Barmettler, uno de los tantos escuderos en la hueste. — ¡Ven aquí! ¡Deja descansar a ese caballo tuyo!
El muchacho se había levantado de la pila de escombros y troncos caídos en las que se sentaban los de su grupo, y lo llamó agitando una jarra de cerveza en el aire.
Bajo el cielo que comenzaba a teñirse de estrellas, Valysar llegó cabalgando a paso lento junto al mismo grupo de escuderos liberados con el que se reunía para cenar todas las noches. Se detuvo a lazar su caballo a lo poco que restaba de un antiguo cerco, donde se anudaban una hilera de equinos agotados. y les estrechó la mano a los compañeros con los que posiblemente se jugaría la vida alguna vez. En el crepúsculo del quinto día de su agridulce ungimiento como el Falso Caballero, las espadas nobles del ejército se acomodaban en las estructuras ruinosas de lo que alguna vez hubo sido una villa de importante población, entonces en medio de la nada.
— Salieron de los bosques — le había contado el caballero al que escudaba. — y pasaron por la espada a quien se les cruzó por delante. Se llevaron el ganado, las cosechas, el dinero de muchos buenos hombres y, peor aún, las mujeres y niños de los más desafortunados. La mayor parte del poblado consiguió escapar, pero nunca volvieron por aquí para recuperar lo que quedaba. ¿Qué otra cosa los detendría de hacerlo que no fuera el miedo, chico? Pero ese miedo acabará pronto.
Los celtas habían asolado aquel sitio diez años atrás. Una más de sus tantas e infames incursiones. No era una casualidad que los dirigentes hubieran apuntado aquella villa en su hoja de ruta. Pretendían insuflar a sus tropas con inquina y un significado claro ante la causa, al ordenar que pasaran allí la noche.
Desde tiempos inmemorables, poco después de que nacieran las armas y los suficientes motivos para batirse en duelo, las huestes habían avanzado al campo de batalla en una extensa hilera de, como mucho, cinco o seis hombres de ancho. En cambio, el cuerpo de ejército deser Logan Guiscard había pisoteado el terreno con sus corceles de guerra en una gigantesca formación de arco que les permitiera marchar con mayor premura. A algunos de los soldados les había tocado cabalgar por planicies de un mar de hierbas junto a los carros de suministros y las carretas de guerra, mientras otros tomaban la difícil tarea de perseguir sus ambiciones por florestas plagadas de ramas semienterradas y alguna que otra cuesta traicionera y pedregosa.
Los halcones iban y venían, volando por encima de Valysar, desde el alba hasta el sol poniente, llevando reportes de estado entre los capitanes de campaña. Si bien no llegó a ojear ninguna de las cartas, daba por hecho que estaban escritas a un puño y letra de manos temblorosas, puesto que nadie reducía la marcha en ningún momento.
Se encontraban en un llano tan desolado como las montañas que lo precedía. Todo animal de buenas narices huía del terreno antes de que semejante grupo de hombres lo barriera con los cascos de sus caballos. Y, en el sentido estricto de la palabra, no se podía referir a los campamentos como tales. Durante la noche, no se levantaba otra tienda que no fuera el pabellón de ser Logan ni se encendían grandes fogatas. Los lanceros, arqueros y jinetes, compartían historias, acompañados de queso duro, pescado en salazón y extracto de flor de ámbar para reponer las fuerzas, y se tumbaban sobre capas de tela acurrucados a sus armas bajo el firmamento. Todo soldado, caballero, escudero o sirviente se había alistado voluntariamente en busca de justicia, gloria o venganza personal, de modo que las caras largas de inconformidad no eran comunes, y la deserción algo impensable. Y, a decir verdad, el Ser era uno de esos hombres a los que el resto seguía más por su fama de leyenda que por intimidación.
— Ven, ven — lo apremió el chico. —. Siéntate.
Valysar se disgustó por lo que vio en los cuencos de madera de los comensales sin mesa, aunque no dejó que su rostro lo delatara. Ya estaba cansado de desayunar, almorzar y cenar lo mismo todos los días.
— Pan, queso y salazón… Qué novedad.
— Es lo que hay. — Rodrick le tendió un plato. Llevaba sobre el labio una brizna de bigote castaño que nunca se afeitaba.
— Lo que daría yo por un venado frito. — Al escudero robusto al que llamaban Matt Devan se le aguó la boca de solo mencionarlo.
El fuego lucía como un pequeño punto agonizante en el centro del grupo. Más para entibiar la cerveza y distinguirse los unos a los otros, que para entrar en calor.
— Agradeced que tenéis algo para llevaros a la boca, al menos — escuchó decir a una voz férrea, cuyo rostro no percibió. De inmediato, los siete muchachos que se sentaban en círculo en torno a la minúscula fogata asintieron uno tras otro. —. No habéis venido a divertiros.
Un par de segundos fueron suficientes para encontrarlo. No fue difícil, ya que era el único caballero entre la junta.
— Ser Braxton. — dijo Valysar a modo de saludo, antes de tomar asiento.
— Maine. — Asintió el otro con fría cortesía.
Ser Braxton Wolfhard hacía impecable honor a su apellido; era un hombre duro, como un viejo lobo, de aspecto musculoso y cabello plateado que le caía sobre un hombro a modo de una trenza solitaria. Un caballero de reconocida habilidad y profundos conocimientos, quien era, además, el mentor de Rodrick.
— ¿Cómo se encuentra vuestro padre?
— No le he visto desde hace meses, ser. La hueste salió de la Capital antes de que su barco llegase al puerto. Comandaba una escolta de un cortesano del Rey.
Su noble estirpe en realidad tenía un origen humilde, según el saber de su padre. Siglos atrás, cuando aún quedaban en pie feudos independientes en lo que hoy era Dranova, cierto señor feudal invistió a un simple plebeyo por sus valientes actos, luego de que defendiera una fortaleza de alto valor estratégico contra una de las primeras invasiones sarracenas hacia el norte del continente. El señor feudal resultó tan generoso como desvergonzado y socarrón, puesto que se tomó la libertad de nombrar por sí mismo a la casa de su nuevo caballero aludiendo a su porte y temperamento como los de un lobo duro e intratable. Y ser Braxton, al parecer, había heredado cada ápice de su ancestro.
— ¿Y vuestro tío? ¿Por qué no ha venido? — Levantó una de sus espesas cejas.
« Porque no quería perder de vista las alabanzas de los torneos y a las tontas damiselas que desvirga ». Si Konash no fuera de su familia, habría tirado la toalla con él desde hacía mucho. Valysar era un buen aspirante a caballero por cuenta de su padre. Más allá de los entrenamientos con armas, las cosas que había aprendido de su tío eran tan escasas como los días que en ser Konash no rompía sus votos.
— Tiene un deber para con la Corona, ser — explicó en su lugar. —. Hizo un juramento inquebrantable. No puede alejarse mucho de la Familia Real.
— No entiendo por qué un caballero que ha jurado servir de por vida a su Rey, posee, a su vez, la gran carga de educar a un escudero.
Valysar le echó un rápido vistazo a Rodrick, quién estaba limpiando afanosamente con un pañuelo el casco en forma de cráneo de lobo de su caballero. Poco a poco, dejó lo que estaba haciendo, para voltear a verlo con un aire confundido al escuchar que no era más que «una gran carga».
— Mi tío prestó juramento hace apenas tres años, ser. En un inicio, ser Konash no tenía tal ambición, pero no pudo negarse después de que la Reina se lo pidiese en persona. En aquel entonces, llevaba otros tres años ya como su escudero.
— ¿Por qué no le fue permitido liberarse de tu educación?
— Ser Konash aceptó al honor. Sin embargo, ya había jurado con anterioridad hacerse cargo de mí. La reina Alice fue dadivosa y comprensible, de manera que permitió que yo sirviera como su escudero hasta cumplidos los diecinueve años. Y en cuanto eso sucediera, me nombrarían caballero y mi tío sería un espadachín platinado sin ninguna otra obligación que la Familia Real. Hasta el resto de sus días.
— Vaya cosa — apuntó Matt Devan.
— Ya lo habéis dicho. — Asintió el caballero con el cuerno de cerveza en alto. —. Pero la palabra de un caballero debe significar tanto como su vida.
Finalmente le tendieron una bebida caliente, y comenzó a comer.
Nunca llegó a mencionar que Konash se había estado jugando la cabeza con sus fechorías. Desde hacía tres años, había destinado la mitad de su tiempo libre a su propio beneficio, en lugar de instruir al escudero que estaba bajo su manto. En más de una noche, no tuvo más remedio que escucharlo revolcarse con dos o tres mujeres a la vez, mientras montaba guardia al otro lado de la puerta. En una oportunidad, lo convidó a perder la «doncellez», como solía decir para burlarse, con una de sus mujerzuelas más bellas; y en otra ocasión, Valysar se vio tentado a sucumbir ante aquellos placeres, pero hizo bien en resistirse a los encantos de una prostituta desconocida.
Al igual que su padre y que su padre antes que él, tenía que mantenerse honorable y casto hasta consumar un matrimonio ante los ojos de Dios, con una buena mujer de noble cuna.
— Jamás quise pertenecer a esa Guardia, Val — Le confesó su tío en una ocasión. —. Solo no podía negarme ante Alice Liongborth.
— ¿Y quién podría? — le repuso. Valysar no había llegado a condenar sus incontables ignominias tanto como Vyler lo hiciese.
— He escuchado del carácter de esa mujer, aunque he tenido la suerte de no verlo. No quiero ni pensar en que hubiese pasado si me niego. No fue una petición, fue una orden, pero antes de eso hubo todo tipo de elogios y artimañas. Nadie más que el Rey estuvo allí para verlo. No hay nada más peligroso que una mujer poderosa con coraje y frialdad a la que se le ha importunado.
— ¿Y cómo ha sido eso de servir a la Corona?
— ¿Te digo un secreto? — susurró. —. Más allá de que te fulmine con la mirada, cuando debo ser su guardaespaldas, cuando camino detrás de ella, a veces la entrepierna se me pone…
— Deja eso ya — Era un incorregible.
Y le había hecho ver en qué clase de hombre no quería convertirse.
A fin de cuentas, su padre una vez le confesó que había cedido su tutela a Konash sin mayor pretensión que evitar enviarlo lejos a servir a la Casa de algún señor. Ansiaba estar cerca de su hijo, cada vez que regresara de una expedición, y así ayudarlo personalmente en su formación como caballero.
« También pudo tratarse de otro de sus intentos para que Konash por fin compusiese su camino. En ese caso, graso e ingenuo error. »
— Ser, habíais venido a hablarnos de aquellos días — advirtió Rodrick a su caballero, luego de que este terminara de comer. —. Me pedisteis que os lo recordara.
— ¿Qué días? — se apresuró a preguntar un escudero al que Valysar conocía por su rostro cuadrado y no por nombre.
— Los días en que las olas del mar alcanzaron las cumbres de las montañas — sentenció ser Braxton con voz solemne. —. Los Días de Léviathan — Vació el cuerno de un largo trago, y con el dorso de la mano se limpió la barba plateada. —. Después de beber un poco, se me suelta la lengua para contar estas cosas.
— Ser — apuntó Matt Devan con cautela —, hemos escuchado esas historias, ¿cuántas?... ¿Cientos de veces?
O puede que incluso más. Cada hombre, mujer y niño de la costa este conocía la historia a fondo. Se crecía oyendo aquellas anécdotas que hablaban sobre la última Bestia que había amenazado con devastar la prosperidad del Reino. Veintiún años no era demasiado tiempo, de manera que todo aquel que llegó a verlo surgir del mar le gustaba dejárselo bien en claro a quién estuviese cerca.
— Sí, las habéis escuchado. De seguro de vuestros padres, abuelos y caballeros; de un bardo, de un herrero, de un pescador y hasta del caballo al que montáis. Sin embargo — Se le quedó viendo a Matt. —, ¿cuántas veces habéis escuchado la historia desde el punto de vista de un hombre que estuvo ante él cuando nació y estuvo también allí el día de su contención? Ehh, Matthew, ¿cuántas veces? ¿Lo habéis escuchado alguna vez de un hombre que fue como un hermano para la leyenda de ser Damon Kingsley?
El asombro e interés se hizo entre los rostros de los escuderos, quienes intercambiaron miradas y negaciones unos con otros.
« Así que eso era — pensó Valysar, con la misma expresión que los demás. —. Ya se me hacía raro que pasara tiempo entre escuderos, en lugar de platicar con sus semejantes ». Decenas de generaciones después, los miembros de la nobleza militar Wolfhard solían ser tratados más como ovejas negras que como lobos plateados, debido al modesto albor de su linaje. Había llegado a creer en un primer momento que a esto se debía su presencia entre hombres de mucho menor rango.
El caballero dedicó una rápida mirada inquisitiva a todos los presentes.
— Cuando se es joven y se tiene toda una vida por delante, solo se piensa en el porvenir. Cuando se está envejeciendo, te gusta recordar el pasado en busca de días mejores. — suspiró por la nariz, con gesto áspero. —. El orgullo de la mayoría de los caballeros les impulsa a que solo quieran contar sus propias anécdotas de guerra mientras hacen oídos sordos a las de los demás.
— ¿No es el orgullo parte de todo caballero, ser? — inquirió Conrad, medio confundido, medio temeroso y totalmente inseguro de lo que decía. — ¿No es parte de todos los hombres?
— Lo es. — agregó otro escudero, para empeorar el ceño fruncido de ser Braxton.
— Pese a lo que he logrado, mi orgullo no es mayor que el de un vendedor de panes o un mozo de cuadras. ¿Creéis que eso es lo que significa ser caballero? ¿Qué se te infle el pecho de arrogancia, cuando veas a la gente desde tu caballo con tu armadura puesta? Si estáis intentando volveros caballeros para que se canten canciones sobre vuestras hazañas, para haceros rico con el premio de un torneo, y para que las mujeres os miren con avidez, os tengo malas noticias. — Orgullo no, afirmaba él, pero ser Braxton hablaba con la arrogancia de un hombre mayor que creía haberlo visto todo y que nada más podía aprender, pues todo lo sabía. Aunque no era tan viejo, a decir verdad, su cabello gris plateado le daba un aspecto avejentado. — ¿Creéis que os valdrá de algo ese orgullo en el campo de batalla?
«¿Y de que iba a valer la humildad, en cambio?»
— Tal vez no sea importante en el campo de batalla — La voz de Valysar se coló en medio del silencio que se había formado. —, pero es algo inevitable, ser Braxton. No creo que venga con la armadura — Todos lo miraban con la estupefacción típica de quién veía a otro cuestionar lo que decía el Libro Sagrado, como si tuviera que quedarse callado por el simple hecho de que aquel hombre fuese de mayor rango y edad. No consentía aquellas costumbres. Cuestionar a los que estaban por encima de él no tendría que considerarse una falta de respeto. —. Hablo de orgullo, no de arrogancia. Creo que viene dentro de nosotros. Cada hombre y mujer tiene su balanza y cada uno su justa medida de orgullo. Pero no hay que irse nunca por los extremos.
Afortunadamente todo acabó allí. Ser Braxton Wolfhard asintió con gesto de fría cortesía como bien acostumbraba a hacer. Pareció satisfecho con la respuesta, aunque no perdonó con sus ojos color menta la pequeña contradicción. El tema cambió con brusquedad, y el caballero procedió a contar la historia entre sorbos de bebida.
— Comencemos por lo que todos sabéis — Carraspeó para aclararse la voz. —. No viene mal tenerlo en cuenta. Hace veintiún años ni siquiera habíais nacido, pero yo era ya un caballero desde hacía tiempo. Todo lo que se conoció como los Días de Léviathan comenzó a mitad del verano, cuando los días más frescos se posaban sobre la costa. Por aquel entonces, traté de alejarme algunos meses de las batallas y los torneos, y me refugié del mundo de la caballería en un pueblito norteño llamado Illingtown. El caso es que un buen o mal día, según se vea, mientras cabalgaba a orillas del mar, la tranquilidad con la que vivía se desvaneció con la llegada de una tormenta. Una repentina. El cielo había estado despejado aquella tarde, pero unas nubes brotaron desde mi cenit y no tardaron en cubrirlo todo. Se presentó un vendaval que amenazó con destechar la cabaña en la que pasaba mis noches. La tempestad trajo consigo un único rayo. Uno tan negro como el carbón, que cayó al mar sin hacer ruido. ¿Podéis creerlo? Durante todo lo que duró aquel extraño suceso no hubo más sonido que el viento que se estampaba contra mí. Para cuando llegó el crepúsculo, las nubes habían desaparecido sin mayor teatro.
Se detuvo allí para pedir un poco más de cerveza a su escudero, quien lo había estado observando en silencio sepulcral, al igual que el resto. Según había leído y escuchado Valysar, no había nada nuevo en su relato hasta entonces.
— Fui a dormir con aquella pavorosa imagen del rayo de sombras — siguió. —. Jamás había sabido que tal cosa existiera, pero no fue motivo suficiente para quitarme el sueño. Sin embargo, lo que vino después de la medianoche no me permitió echar cabeza debidamente durante semanas enteras. — Adrede hizo un instante de dilación, mientras miraba a los ojos a cada uno de sus oyentes.
— ¿Y luego qué? — se impacientó Matt Devan, haciendo como si no lo supiera ya.
— Hoy en día hubiese deseado que esos perros del demonio no me despertasen con sus ladridos. Mi caballo también estaba como loco, así que salté de la cama, y salí de la cabaña medio desnudo con mi espada en mano, en busca de algún maleante. — No apartaba la vista de los remanentes de la fogata bajo sus pies, como si reviviera sus temores en las llamas. Su rostro se encontraba bañado por un tenue tono naranja, ensombrecido alrededor de sus ojos. —. Dios, ojalá hubiese sido un maleante. Fue lo más espantoso que he visto en mi vida. Medio firmamento parecía haber perdido sus constelaciones. Agucé la vista y traté de comprender lo que sucedía, pero no llegue a hacerlo hasta que sentí su aliento en mi rostro. Una brisa momentánea seguida de un sonido no articulado que ni siquiera puedo imitar. Un abismal ronroneo, casi un susurro sin palabras. Léviathan estaba justo delante de mí. Debía de estar a cien metros, no lo sé, allí donde nacía el mar. A pesar de eso, era tan inmenso que creí que estaba en aquel momento a pie de una montaña capaz de resollar. Solo podía ver su silueta tallada en el horizonte, inamovible, aterradora. No sé cuánto tiempo pasó hasta que comenzó a moverse. Se arrastraba, y parecía llevarse el mar junto con él. Acababa de presenciar el nacimiento de una Bestia sin saberlo.
» Más tarde me enteré de que Léviathan había ignorado por completo el pequeño pueblo a la ribera y se dirigía al sur. No sé quién me lo dijo, tampoco sé por qué decidí creerle. No era yo mismo. Estuve mudo de la impresión, así que no dije nada. Cogí mi caballo, y me dispuse a galopar situando el Heron Sea a mi izquierda. Desde Illingtown se enviaron halcones, cuervos, lechuzas, toda ave que supiera entregar un mensaje, pero nunca llegué a saber con exactitud si alguien más había presenciado lo que yo. Así que seguí urgiendo a mi montura con la fusta. Aunque hubiera criado a ese pobre corcel, ni siquiera me interesé en él por haberle sacado sangre. Solo quería ver de nuevo lo que creí haber visto. Ansiaba que fuese real, pero a la vez no. El amanecer llegó a mí, y aun con ello no pude avistar como lucía. La Bestia marchaba por debajo del mar, provocando un gigantesco bulto, como si de una cresta de agua se tratase. Como una ola que, sin elevarse, sin caer ni romper contra la costa, avanzaba en cabotaje. Tuve una corazonada, pues pensé que se dirigía hacia la Capital, y estuve en lo cierto. Era la única gran ciudad en toda la costa este. Léviathan, de alguna forma, a conciencia estaba yendo a por el pez más gordo de toda la región.
» No estoy orgulloso de haber abandonado a mi caballo por otro más descansado. Tampoco estoy seguro de cuántas veces divisé al sol salir del océano y ser tragado por las montañas y los bosques, pero conseguí llegar a la Capital. Le saqué cierta ventaja a la Bestia, que, por lo que parecía, se tomaba las cosas con más calma. Por supuesto que, cuando las murallas brotaron en el horizonte, el anuncio ya había llegado a los oídos de todos. Al norte de la ciudad se aglutinaba una hueste aún mayor que la nuestra. Veinte mil hombres, si no me quedo corto en estimaciones.
Se tomó su tiempo para pasar unos cuantos tragos de bebida.
« Le reventará la tripa antes de embriagarse ». Ser Logan no era ningún idiota. Había accedido a que sus hombres se dieran el placer de acompañar las comidas con cerveza, aunque esta era tan suave que harían falta un cuarto de tonel para marear a un hombre.
Lo siguiente que ser Braxton comentó comprendía todo lo relacionado a planes de guerra y al estatus en la hueste de sus más allegados. Se explayó en ello demasiado, y poco a poco comenzó a perder el interés de los presentes. Valysar jugaba con la idea de abandonar al grupo e irse a dormir, cuando el relato dio un giro interesante.
— En cualquier caso, muchachos. Sé que todos habéis escuchado hablar de cómo ser Logan cogió el mando del ejército en mitad del campo en aquellas circunstancias… Sí, hubo algunos otros héroes más… Pero, dejadme deciros que la sombra que opacó todo el valor del hoy castellano y general de las huestes ser Logan, fue un hombre al que conocí muy bien. Ser Damon Kingsley, aunque haya partido, será siempre un hermano para mí. Crecimos juntos como escuderos al servicio de la misma Casa — A medida que hablaba, el ceño fruncido se le iba transformando en una sonrisa triste. —. Nunca fue excepcional con la espada, pero sabía cómo usarla al menos. Su verdadero punto fuerte estaba en la defensa. Nadie podía golpearlo debidamente, cuando llevaba el escudo en mano izquierda. Sus reflejos eran casi inhumanos. Perdió algún combate, pero no fui capaz de verlos. Resultaba victorioso en gran medida... Debo confesar que terminaba ganando más por resistencia que por mera habilidad. Ahh, eso también lo definía bastante bien: sus batallas cansaban la vista en ocasiones, porque se extendían por no teneis idea cuánto. Le gustaba cansar al rival; doblegarlo a punta de esquives y bloqueos; hacerlo sudar, jadear y ponerse rojo hasta que sus movimientos repudiaran toda gracia y rapidez. Entonces, Kingsley atacaba.
A oídos de Valysar aquello sonaba demasiado extraño. ¿Un caballero que prefería que lo atacaran, en lugar de ir a la ofensiva? Toda Dranova conocía el nombre de ser Damon, y al mismo tiempo, todos parecían conocer de él nada más su último acto y no el resto de su vida.
— ¿Se dedicaba al desgaste de su adversario, aun llevando la armadura puesta?
Ser Braxton Wolfhard le clavó los duros ojos de menta.
— En especial con la armadura puesta. Le resultaba más desafiante. Sin embargo, no tenía la cabeza hueca y solo la hacía de lado en los entrenamientos. En duelos verdaderos usaba la mayor parte — Volvió la vista hacia las llamas agonizantes. —. A causa de su condición tan peculiar, no ganó torneos. Y las justas no llamaban mucho su atención. Desde luego que tomó lugar en batallas. Ganó todas y cada una. Pero, no se hizo con semejante nombradía hasta que empuñó una Daga Sagrada y cerró con un broche inigualable los Días de Léviathan. — Suspiró. —. Aquel día pasó a la posteridad en el instante en que perdió la vida, y se llevó consigo medio cuerpo de la Bestia. Aún era joven, apenas unos años mayor a vosotros.
» En lo que más invirtió sus veintidós años de vida fue en cantar, en escalar y en desesperarme mientras detenía todos mis intentos por vencerlo con su escudo Muro de la Desesperanza. Gracias a Dios por ser Damon.
Otros repitieron en voz alta sus últimas palabras, casi como si fuera una plegaria.
— En ningún momento me contasteis que supiera escalar, ser. — Rodrick se vio con la boca abierta por primera vez. Luego soltó una exhalación como vacilando una carcajada.
— Léviathan era un monstruo de más de cien metros cuando se erguía — explicó el caballero. —. Capaz de respirar bajo el agua y por encima de ella. Era escamoso como un lagarto y, al mismo tiempo, como un pez. También baboso como un pulpo, con todo y tentáculos. Las runas que resplandecen en cada Bestia, en él estaban en lo que pareció ser un hombro, donde nacía una extremidad atroz. Todo eso lo sabéis de sobra… ¿De qué otra manera habría llegado hasta allí para incrustarle la Daga y contenerlo? Ser Damon escaló por la cresta de su espalda, con el arma entre los dientes como ningún otro hombre lo hará jamás, mientras Léviathan arrasaba la costa aplastando a los soldados como si fuesen hormigas con sus tentáculos y elevando a voluntad el nivel del mar, que lo protegía de los arpones y flechas incendiarias. En el puerto lo vimos surgir del agua, y se mostró ante nosotros con aquellos… Tenía el cráneo como el de un Dragón, pero ni siquiera había ojos a los que temer. Cuando estás ante una Bestia, dejas de ser tú. No hay pensamientos, ni sensaciones. El simple hecho de respirar o contener el aliento se vuelve un reto por sí solo. Un solo error y se era comida para los peces.
Así como no pudo evitar imaginárselo, Valysar no pudo evadir el escalofrío que lo sacudió poco después. El solo pensamiento le quitó de un ramalazo la pesadez del sueño que venía arrastrando. Le costó bastante trabajo admitir, aunque se guardó para sí mismo, que de haber estado en el lugar de ser Braxton, se habría hecho en los pantalones ante semejante monstruosidad.
— Nunca lo he sabido, ser — dijo una voz aguda del grupo, Conrad, cuyo rostro era más aniñado que cualquier otro de los escuderos. —. ¿Cómo hizo ser Damon para hacerse con una de las Dagas de la ciudad?
— Es verdad — confesó Matt Devan. —. Por lo que se dice, era un caballero de media monta, de una Casa sin ninguna Daga. Y encima, había otros a los que se les creía más capaces.
El caballero tardo en responder. De un instante a otro, su rostro se había tornado más cansado y marchito que antes. Dejó a un lado el cuerno de cerveza y bostezó.
— Los había mejores, pero ser Damon Kingsley fue afortunado. O quizás yo lo fui más aún. Verán, estuve junto a él cuando recibió la Daga en sus propias manos. Estuve junto él cuando retiró la vaina de diamante negro y el fulgor de aquella arma nos inspiró un valor que colmaba nuestros cuerpos, casi como si nos tentara a utilizarla. A partir de ese momento, no existió nada más en el mundo para nosotros que una terna forjada en la divinidad. No existía nada más allá de una Daga, un Contenedor y una Bestia. — Hizo una pausa, y se levantó. — ¿Recordáis que os dije que ambos fuimos escuderos de la misma Casa? Bien, no preguntasteis a quién servíamos.
— ¿A quién servíais? — preguntó más de uno al unísono, pero todos se irguieron un segundo después por temor a que se marchara sin acabar.
— Lord Baron Marshall, el señor padre de la Reina — Carcajeó, como quién miraba hacia el pasado con dulzura. —. Su segunda esposa fue la tía y única pariente de ser Damon con vida. Así que nos escogió como escuderos a los dos, ya que éramos inseparables. Era un hombre intrépido y testarudo, creo que aún lo sigue siendo. Le dijeron que valía más como marqués que como guerrero, para arriesgar su vida de aquella manera, pero no escuchó a nadie. La boda de su hija, con el todavía príncipe Leonor, se llevaría a cabo en pocas semanas, y aún con eso, tomó cartas en el asunto. Cuando se enteró de que ambos estábamos en la ciudad, nos exigió, como tantas veces en el pasado, que lo acompañásemos a la batalla. Y eso hicimos.
» La Caja de Pandora se cerró aquel día, pero antes nos arrojó todos los trucos que llevaba dentro. Entre los rugidos y el caos de astillas, las olas que se estrellaban contra el puerto, las rocas y los azotes del viento que provocaba la Bestia, lord Baron resultó herido en la espalda y cayó al suelo. Si hubiese estado más cerca de mi lord que ser Damon en el instante en que nos confió la Daga, probablemente él estaría aquí contando esta historia y yo habría muerto al contener a Léviathan. O eso me gusta pensar.
» Por último — Tragó saliva. —, solo os diré que esta tierra es generosa y despiadada a la par. Y su gente lo es aún más. Si caes muerto durante el acto de contención, serás considerado todo un héroe por las masas. Y si sobrevives al infierno de una Bestia en tu interior, esas mismas personas te llamarán «Demonio». En cualquier caso, para bien o para mal, todos conocerán tu nombre. Y yo doy gracias al Cielo, porque a mi amigo se le recuerda como a un héroe.
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