El anciano Maestro de Hechiceros olía incluso peor de lo que un vejestorio con medio pie en la tumba debía oler. Sus manos, además de arrugadas y con uñas largas y amarillentas, temblaban sostenidas en el aire hasta tal punto que no inspiraba en lo absoluto aquellas tan divinizadas facultades druídicas de las que tantas horas Edward había despilfarrado entre tomos. Aun así, hizo lo posible para fingir que no le desagrada tenerlo cerca, cuando Laparc le apoyó una palma sobre el pecho y otra sobre el abdomen por encima de las ropas de fino corte. Después, lo vio cerrar sus ojos y desvanecerse a los adentros de sus propios conjuros.
Conocía de lleno lo que vendría a continuación. En su juventud, Edward había sumergido sus narices dentro de algún que otro texto prohibido por la Iglesia, por lo que poseía ciertos conocimientos teóricos sobre la magia de sangre y sus aplicaciones. Sentía un hormigueo, una alegría casi palpable de saber que nunca llegaría a tan viejo como para acabar en aquel decadente estado. Maldición inminente de todo hombre sano que viviese; la tortuosa vejez.
— ¿Y bien? — inquirió Kurt al Maestro de Hechiceros en un tono fragante de descaro.
Pudiera ser que el Consejero del Rey sintiese una aversión exorbitante por la apariencia y el cuestionable aseo del anciano, sin mencionar que al menos tenía la decencia de ocultarlo, pero conservaba un profundo respeto por sus dones rojos que el resto de los hombres en la oscura habitación carecía a plenitud.
— Silencio — riñó Laparc, con una voz potente impropia de su aspecto frágil. Al cabo de un rato, se retiró un paso —. Le resta medio año, cuando mucho. — concluyó.
Dentro de la pequeñísima sala de torturas del castillo, mal augurio que lo llevasen allí en primer lugar, una decena de miradas sin expresión se intercambiaron entre unas y otras espadas de la Horda. Se encontraban allí, rodeándolo por todos lados, Raymond Hailstone, Kurt, Raster y otros tantos nombres que no aguardaron a que Edward muriese para caer en el olvido.
— ¿A causa de qué exactamente? — El autoproclamado nuevo Rey de Dranova no tenía sitio en su haber para más gesto que la austeridad.
Era evidente suponer que no sentían hacia él la menor preocupación por su salud. Tanto les daba igual cómo muriese o qué lo matase si al final vieran su vida esfumarse de un segundo a otro. Querían cerciorarse de que Edward no había estado ofreciéndoles humo a cambio de sus servicios.
« Razón por la cual me han traído a este lugar — los observaba a todos desde abajo, tumbado sobre un tablero en el que se había vertido la sangre de incontables víctimas de antaño. —, para adelantarse a los acontecimientos y arrancarme la verdad por cualquier medio ». Lidiaba con sujetos peligrosos, lo había sabido desde un comienzo. Sin embargo, lo que pudiesen hacer con él no le importaba.
« Nada realmente importa, cuando se está condenado. » Nada más que disfrutar los minutos que faltasen, maquinando actos que no se harían de otra forma.
— No hay un nombre para ello — aseguró Laparc. —. No hay muchos casos que se vean. Aunque si es cierto que es una muerte lenta. Más lenta, incluso, que la de un Demogorgón que no ha llevado a cabo el Ritual de Dominio.
— Pero no igual de dolorosa.
— En efecto, no hay punto de comparación — Bajó la vista lechosa hacia el enfermo. —. Masas de tejido anormal se aglomeran en varias partes de tu hígado y pulmones. Y en adición a ello, toda tu sangre está contaminada con esta funesta enfermedad. «Qué los Dioses se apiaden», te diría de no haber posibilidad de salvación para ti, Edward Stanford.
— Transferencia de Sangre — repasó Edward por enésima vez un nombre que bien conocía, como si en él se hallase la llave a su salvación. —. ¿Resistiré a tal hechizo?
— Es incierto. La cura es aún peor que la enfermedad misma, así que podrías morir en el proceso — Carecía también de unos cuantos dientes, por lo que a veces hablaba de forma balbuciente. —. Verás, se necesitaría toda la sangre compatible, de un cuerpo joven preferentemente, para enviarla a tu cuerpo. No obstante, primero tendríamos que drenar casi por completo la que en estos momentos corre por tus venas.
— Los Intelectuales llaman a los bultos en mis órganos «excrecencias internas» o «tumores», aunque desconocen a que se debe. — Nadie habría sido capaz de explicarle que padecía a ciencia cierta, pero se había formado varias ideas examinando cuerpos diseccionados en experimentos clandestinos de la universidad.
— Estos académicos y su ciencia. — Laparc arrugó la cara en gesto de asco.
Edward le sonrió como solo un hombre de jactancia nacida de la cultura lo haría.
— Puede que vuestra magia y todas las demás sean ciencia que aún no comprendemos. ¿No lo habéis pensado? Puede que también lo que llamamos Dioses no sean más que historias que brotaron de nuestra imaginación como entretenimiento, o bien, por ignorancia en tratar de explicar fenómenos que…
— Bueno, bueno, ya basta — Kurt lo interrumpió bruscamente. —. No te pongas pesado con tu cháchara.
— Lo sabré tan pronto esté muerto. — suspiró. A decir verdad, se lo había preguntado toda su vida, y sin temores ansiaba toparse con una contestación final.
— Por desgracia, aún queda mucho para ello, lord Edward. — le aseguró Raymond dándole unas palmaditas en la pierna y dejando entrever una sonrisa seca.
« ¿Una desgracia para vos o para mí? », habría querido preguntarle.
— Buscad al donador idóneo — ordenó Su Majestad al más rancio de sus siervos. —. Preparad todo lo necesario para el tratamiento de este hombre y lo que venga después. Lord Stanford nos ha dejado en bandeja de plata la llave al nuevo mundo, es lo menos que podemos hacer por él — Detrás, se alzó una perezosa barahúnda de quienes apoyaban la moción. —. Que no se diga que no recompenso debidamente a quienes me han servido bien. La Transferencia de Sangre y lo demás enseres serán inmediatos al Ritual de Dominio, cuando ya nos hallamos hecho con la Bestia.
Su tono no admitía discusión, y Laparc había estado asintiendo al compás de las palabras una y otra vez. Aquello, al menos, hasta que hubo oído…
— ¿Inmediatos a? De ninguna manera. — Raymond le lanzó una mirada de muerte inconmensurable, con lo que el anciano se estremeció. —. Rex Azus. Majestad. Es imperativo que se lleve a cabo el Ritual de Inmolación, mi Ritual de Inmolación, bajo la distinción única de la Luna de Sangre. Majestad, os lo suplico, por toda una vida de dedicación a la Horda.
— Si fuera ese el caso — respondió, amenazante, acercándose un paso. —, ¿quién efectuaría mi ritual? ¿Quién convalecería también a lord Edward?
— No quién, Majestad. — la voz le temblaba ya, casi tanto como las piernas. —. Quienes. Mis excelentes alumnos. Tanto hechiceros como druidas trabajarían en conjunto para vuestro beneficio. Rhiannon, o Mebdh si lo queréis, se haría cargo de vos y vuestra Bestia. En cuanto a los hechizos para lord Edward, Kairo seguro que no, pero Mary Blood por supuesto, sin lugar a duda.
— No confío por completo en esa hechicera. Además, tengo mejores planes para ella.
Y sin más, todo acabó allí mismo, como si se hubiese increpado a un simple niño. Laparc, en otros tiempos, habría sido un rival poderoso, tanto como un Maestro de Hechiceros podía serlo, pero sus días de gloría habían acabado. Mucha agua había corrido bajo el río, y el poder de su magia se había ido con los años, arrastrados por la anemia y el agotamiento.
De cualquier modo, Edward estaba decido a romper una lanza a su favor, aunque no pensó en mencionarlo. No habría rituales que valieran. Le incomodaba la idea de que su vida dependiese de alguien de las peculiaridades de Mary Blood.
Y no era para menos. «El Confabulador», como ella gustaba llamarlo, la había visto un día antes intentar sacarse un trozo de comida de entre los dientes con un cuchillo tan largo como su antebrazo. Todo habría acabado mal, de no haber sido por sus dones rojos que detuvieron el sangrado cuando se hubo abierto medio paladar. Y no contenta con este curioso espectáculo, dejó en pelotas al Arzobispo Headmund en media Sala del Trono, y se vistió con sus ropas, que le quedaban ridículamente holgadas, para viviseccionar a un monje.
— No suelo hacer esto en casa, créeme — le dijo ella que era toda sonrisas y sangre, cuando se encontraba a mitad del proceso. —. ¡Pero es que me siento tan feliz! Tan feliz por lo que nos has regalado. Gracias, Eddie.
Qué espécimen. Mary era, a lo sumo, siete palmos lamidos de locura y una ternura infantil sobreactuada.
Definitivamente no. Ni en mil años, si fuera posible. No dejaría que alguien como ella que se comportaba de manera tan impredecible, excéntrica y temeraria se hiciera cargo de su cuerpo. Solo con verla reír a carcajadas y hurgar dentro de aquel acólito mientras aún seguía vivo, se le revolvía el estómago. Y de pensar en la clase de cirugía que podría practicar en él, inmutaba el gesto en repugnancia. Ya tenía suficiente con sobrellevar el tormento de su enfermedad invisible, como para irse de este mundo en medio de gritos y desesperación a causa de un error.
Casi podía adelantarse a las circunstancias e imaginar a Mary con las manos dentro de su torso abierto a la mitad como un jamón.
— Ups, me equivoqué. Lo siento. Probemos con este otro pulmón. No te vayas morir aún. — Y con la suerte de miserable que Edward padecía, se volvería realidad.
Más tarde aquella noche, el Rey de la Horda de las Bestias y Dranova destrozó el silencio de sus aposentos e irrumpió en el lugar sin siquiera anunciarse. Edward paladeaba una copa de hidromiel, con la que disfrazaba el ácido sabor de los somníferos de hierbas de cada noche. Por fortuna, únicamente había dado un par de sorbos de Dulce Sueño, cuando Raymond acomodó una silla a su lado, frente a la crepitante chimenea.
— ¿Vivat Rex Azus? — comentó Edward por encima.
— La última batalla que habré perdido — le confesó mientras tomaba asiento. —. Han abandonado alguna que otra costumbre bárbara. A algunos se les ha enseñado a escribir y a leer. Los druidas han hecho lo posible por instruirlos sobre historia y política, lo básico, pero no enseñan todo lo que saben y mucho menos se animan a hacerlo con cualquiera. Al final, se llegó a un acuerdo para que solo fuera obligatorio enseñarles a mis comandantes. Aun así, es una realidad que no echaran de lado su idioma ni sus más arraigados hábitos.
Naturalmente ya estaba en su poder el conocimiento de sus enseñanzas tanto ánglico como en latín. Estos druidas no pretendían más que mantener el monopolio del conocimiento que era de transmisión oral.
— Es un idioma demasiado ilustre para los celtas —. Entre ambos se hallaba una mesita alta en la que Raymond colocó un jarrón con cerveza, y se sirvió. —. Instruirlos en el arte sería como si vistiésemos con seda a un jabalí: risible.
El muy insaciable buscaba iluminarlos con el latín, puesto que Azus siempre había jugado con la idea de crear una nación que rivalizara en gloria con el Imperio Inconquistado. Y según parecía, esta idea no ambicionó en convertirse en sueño hasta cierta época, cuando en pocos días coincidió la propuesta de un traidor, el descubrimiento de una Bestia y la llegada de un profeta.
— Solo conocen ciertas palabras, ciertas frases — Y vació su vaso de cobre de un largo trago. —. Lord Edward…
Él, casi siempre un par de pasos por delante sabía muy bien a dónde se dirigía todo.
— No habéis venido a hablar sobre letras, lo imaginaba — Le concedió al Rey el suficiente tiempo como para que diese el paso siguiente, sin embargo, no lo hizo. Quizá no sabía cómo. — ¿Sería prudente para mí pronunciar su nombre en voz alta?
— Solo si quieres que sea lo último que pronuncies en vida… Tuvo una hija. Lo sabías, ¿no es así?
« Y vos también la tuviste. Si tan solo lo supierais » Se llevó la copa a los labios para ocultar su sonrisa y no para beber.
— Por supuesto. — respondió en su lugar.
— Supongo que de habérmelo informado no habría cambiado mis ambiciones. — le dijo con pesadumbre, después de un largo rato de mutismo y otro vaso drenado hasta el fondo. — ¿Cómo es ella? ¿La visteis alguna vez?
— No, nunca. Pero mis informantes hablaban maravillas sobre ellas dos. Y con lo ocurrido con el Ariete en la arena de combate, se dice que Atenea es la furia y la belleza hecha carne. — Vio de reojo como Raymond lo observaba, estupefacto, incrédulo. — Ah, ¿no lo sabíais? Fue ella quién le deformó el rostro a vuestro soldado.
— ¿Qué tan bella es? — No parecía muy interesado en irse con cuidado ante las garras de la rubia nívea. Después de todo, la figura del Ariete y la del Rex Azus podían confundirse bajo cierta luz. Y de igual forma, podían caer de tan alto. El pobre diablo no era tan inteligente como quería hacerse creer.
— Es idéntica a su madre, casi como si fuesen hermanas gemelas, excepto claro, que Atenea es más joven.
Y de nuevo, se hizo el silencio interrumpido por el crepitar de los leños de la chimenea.
— Sin embargo — tuvo que seguir. —, ¿no es más propicio, imperativo incluso, que discutamos el hecho que la chica haya podido escapar de la ciudad? Con la Daga Sagrada que le fue conferida a su familia, he de recalcaros. — No pudo evitar pensar una vez más en los Birdwhistle. El recuerdo de aquel fracaso le agrió un poco la noche.
— Dos es mejor que nada — escupió Raymond, moviéndose intranquilo en su asiento. —. Dos Dagas es más de lo que necesito para capturar a una Bestia. Por lo demás, estoy libre de preocupaciones. Atenea es simplemente una plebeya sin ninguna importancia para nadie más que yo. Unos comerciantes o viajeros no le darán crédito a sus palabras y un ejército entero no dará la vuelta solo por ella.
« No por una plebeya, pero… ¿qué hay de una Reina? » A Edward lo hubo dominado un arrebato momentáneo aquella velada en la que amenazó de muerte a su amada para que escapase, echando por la borda un año de meticulosa conspiración. A fin de cuentas, preferiría desollarse a sí mismo antes que ser testigo de cómo un salvaje la violaba en vejatoria situación, para luego torturarla. Los ojos llorosos de angustia y desesperación. La piel roja de un rubor conferido solo por la ira. La boca abierta deformada en grito y llanto. Observándolo, a sabiendas de que Edward era el culpable, mientras todo lo que uno amaba del otro se corrompía. ¿No había provocado en ella el mismo daño con enviarla lejos y destruir su vida?
Y la misma debilidad que le había hecho consumar una locura, pasó volando esta vez como una ligera brisa, pues resultaba ardua la tarea para un hombre caer rendido a los pies de una mujer cuando esta no se encontraba delante, sonriente, cálida y hermosa.
Había cometido la estupidez de enamorarse. Y por más que le pesara, no se arrepentía.
La amaba, desde luego, pero más aún anhelaba sus propias ambiciones.
Por lo que auguraba, Alice podría caer encima de la ciudad en cualquier momento junto al enorme peso de la hueste de ser Logan. No obstante, en lugar de echar por tierra todo por lo que había trabajado, Edward seguiría adelante con sus planes. En última instancia qué se librase una regia y ominosa guerra a las puertas de la ciudad era un premio de consolación bastante decente.
Cuando volvió a prestar atención a Su Majestad, este se hallaba de pie rondando de aquí para allá ahogando solo la mitad de sus penas con otro trago.
— En un reino con millones de mujeres en él, será difícil, casi imposible, encontrarla. — confesó Azus.
— Si conseguís vuestro cometido y os volvéis un Rey no solo de nombre, no resultará muy dificultoso hallarla sabiendo cómo es y teniendo poder y ojos en cada esquina.
— En un principio creí que estabais loco por querer venderme el trono, y aunque nadie comprenda por completo la extraña fascinación que sentís por destruirlo todo, siempre he pensado que sois un hombre sabio.
Edward optó por callar. Se sentía rebosante de contento.
Insólito, inesperado, atroz, todo ello y más resultaba que aquel hombre tildara de «extraña fascinación» su naturaleza, cuando él a otrora, con todo el descaro del mundo, había renegado sus votos, raptado a una mujer a la que decía amar violándola incontables veces en el proceso, pasado dos décadas en el exilio y retornado en compañía de una Horda. En parte, para recuperar el enfermizo amor que había hecho que mancillara el cuerpo de Aloy incluso después de que su corazón dejase de latir.
« Birdwhistle. No es un nombre de familia, sino un nombre clave. »
— ¿Qué os puedo decir? Cuando se está a punto de morir es cuando uno más vivo se siente.
Que un déspota y sanguinario como Raymond persiguiese con el delirio desenfrenado de un animal a su mismísima hija para desposarla y saciar todos sus bajos instintos, sonaba a oídos del Confabulador más abominable que ninguna otra cosa concebida por el hombre y, al mismo tiempo, tan jocosa como la mayor de las burlas de un malicioso bufón.
Pero su regocijo iba todavía a más. Notaba que el pecho le dolía a causa de aguantarse las ganas de romper en carcajadas. Con ojos chispeantes, dibujó en su rostro iluminado por las llamas una media sonrisa en la mejilla que el Rey no alcanzaba a ver.
— ¿Os habéis preguntado alguna vez, y esto es mera palabrería, del misterio detrás de rasgos tan magníficos y únicos? ¿No os escuece la curiosidad por saber de dónde habrán venido ellas dos? — Ambos intercambiaron y sostuvieron una mirada. — Quiero decir, su estirpe.
— ¿Qué decís, mi lord? ¿Si hubiera más como ellas?
Para alguien taimado y manipulador como Edward, esa sensación de ver, con apenas esfuerzo, más allá de lo que otros lograrían en toda su vida, era lo más cercano que sentiría jamás a un cielo repleto de himnos.
— Simplemente imagináoslo. De estar en vuestros zapatos, recorrería y haría cenizas el mundo con tal de averiguarlo. Pero, claro, solo hablo por hablar.
La conversación versó durante un rato acerca de los viejos días del monarca Darren IV en los que Raymond era un caballero inmaculado que vestía el platino y Edward un simple cortesano más en una corte no tan vasta como la del hijo incompetente que nunca debió haber sido Rey de Dranova.
— Ahora henos aquí, triunfantes — anunció, grandilocuente, lord Stanford. —, veinticuatro años después de que ambos pisáramos este castillo por primera vez. En el albor de una nueva era.
Raymond pareció ensombrecerse de un segundo a otro. Frunció el ceño y los labios.
— Solo porque una extraña mujer colocó las piezas en su lugar. He manejado a conciencia a la Horda de las Bestias para mi ávido beneficio. Y vos a habéis hecho lo propio con Leonor y su séquito de lamebotas, pero Jensen, si acaso se llamó así alguna vez… Esto era justo lo que ella quería.
— Nada de eso — le corrigió. —. Nada pueden hacer los hombres o los dioses contra el Destino que se ha escrito para ellos. Estaba escrito que esto sucedería y ella no escapa de esa ley. Aunque se le fuese la vida en ello.
Su Majestad hizo ademán de una mueca exacerbada. La cicatriz serpenteante se agitaba con el mínimo gesto al igual que una serpiente de verdad que dejase ver que estaba a punto de atacarlo.
— ¿Un hombre tan sabio como vos hablando sobre el destino?
— Me declaro culpable — Se encogió de hombros. —. Tengo mis razones, mis hipótesis, pero no pienso aburriros con las reflexiones de una cabeza que no hace más que pensar. — Azus no era tan listo como para siquiera empezar a comprenderlo.
— Digas lo que digas — Si bien su tono de voz no lo demostrara, su semblante adusto comenzaba a verse abarrotado como el de todo hombre que ahogase sus penas en alcohol. —, ambos creímos durante años estar siempre por encima de todos. Estuvimos tan ocupados, zarandeando los hilos de nuestros títeres, que no vimos a quién o a qué teníamos detrás, observándonos, dándonos un impulso y marcando la pauta para hacer lo que surgiera de su voluntad. Esto es lo que Jensen quería. Pero ¿por qué?
— Lo una vez muerto, muerto siempre queda.
Las cabecillas de la Horda junto con Edward habían llegado rápidamente a la conclusión de que sería un despilfarro inútil de tiempo especular en todo lo que giraba alrededor de Jensen y lo que desconocían sobre ella, pero Raymond continuaba hundiendo el pie en el mismo hoyo.
Más tarde, continuaron hablando sobre estrategias de guerra y lo que pudiera salir mal en el transcurso de los próximos días. Raymond fue el único en adentrarse por senderos tortuosos del pasado y actos de redención muy costosos en el porvenir.
— No hay ser más imprudente que un hombre enamorado — le recordó lord Edward, aunque lo dijo más para sí que para él. —. Desearía, Majestad, tener vuestro rigor y templanza, pero mucho me temo que vivimos en orillas distintas de un mar de oasis y tormenta — El Rey se le quedó viendo con grandes aires de duda. —. Sí, un mar de oasis y tormenta en el que ya me he rendido ante la calma de la muerte y vos seguís peleando y sufriendo las batallas de la vida.
No era hombre al que le agradara aferrarse a un pequeño resquicio de esperanza. Dio rienda suelta a la bebida con Dulce Sueño, y se arrebujó en su asiento observando al fuego crepitar. Su vida pasó ante sus ojos, fugaz y muy lúcida. Había crecido robando panes, para comer, y libros de una biblioteca, para vender a un académico que terminó por enseñarle a descifrar los mil y un secretos guardados entre páginas dejadas allí por hombres muy sabios. El legado plasmado en tinta y papel de estos gigantes de la cultura, le permitieron escalar alto y ver mucho más allá del mundillo que la mayoría de los cerebros conservaban como su realidad de ensueño.
Una sonrisa en él fue abriéndose camino, cuando hizo memoria y observó a la mujer más bella que había visto, con ojos que lloraban miel dulce de felicidad y una piel que al tacto de sus dedos era tan suave y tibia que la misma seda. Aunque su futuro juntos fuese más negro que la oscuridad entre los parpados, nadie le arrebataría los momentos que compartió con ella y solo con ella.
— Mi lord, estoy seguro de que el Maestro de Hechiceros hará un gran trabajo con vos. Todo por lo que valga la pena pelear llevaba consigo un precio a cambio. ¿Qué es más valioso para vos que vuestra propia vida?
— Morir en el punto álgido del éxtasis — Sus ojos negros chispeaban de admiración contra la chimenea. —. No querría seguir viviendo después de algo como ello, ¿sabéis? Elijo pasar mis últimos días sin dolor, sí, y vuestros siervos se encargarán, pero me gustaría ver cómo las llamas consumen todo lo que he construido antes de cerrar mis ojos para siempre. — Carcajeó ante aquella perspectiva tan maravillosa. El somnífero comenzaba a hacer efecto, aunque no conseguía aplacar las fuerzas que lo incitaban a arrojarse al abismo.
— Habéis perdido la cabeza.
— No, yo no. Mary Blood, en cambio, sí lo ha hecho. La guerra es un arte muy preciso, Majestad. Y si estuviese en vuestro lugar, haría de lado a alguien tan impredecible.
— No creáis que no lo sé. Ya lo he pensado antes. Lidiar con la magia de sangre es como jugar con fuego.
— ¿Y qué estáis esperando? ¿A qué Mary Blood se vuelva más poderosa?
— No es tan sencillo — reflexionó con austeridad. —. Ramskull nació y se forjó en la Horda, es de sangre celta y yo no. El antiguo pueblo me sigue por la autoridad y el temor que puedo llegar a inspirarles, pero más de uno lo admira a él. Hemos estado en paz hasta el sol de hoy, porque es un hombre leal y nunca ha mostrado intenciones de querer gobernar. Sin embargo, si me deshiciese de Mary, el amor que siente hacia ella fragmentaría al ejército en dos. No mientras la verdadera guerra sin cuartel esté por comenzar.
— Toda vida está ligada a una sentencia de muerte — Edward se levantó de su asiento en un esfuerzo desmesurado, con una pesadez y una somnolencia horribles. —. Y al igual que como os señalé ya una vez, estoy a unos cuantos pasos más allá.
El Rey se irguió en toda su altura, aún vivaz y cuerdo, y arrojó la cerveza que restaba en el jarrón para apagar el fuego. Sus resonantes pasos se dirigieron hacia la puerta.
— Doy por sentado que tenéis un plan que proponer, y cómo mi consejero es vuestra obligación aconsejarme.
— Raymond, por favor — le dijo alegremente en dirección a su cama. —, yo solo pretendo consumar un caos duradero. Uno en el que los sobrevivientes al desastre miren con añoranza hacia el pasado e imploren por los días en los que fui un confabulador.76Please respect copyright.PENANA3gcFKmn30u


