Se le hizo un nudo en las entrañas al rememorar de nuevo la sangre, el gemido cortante del acero, y el huraño rostro del hombre al que llamaban el Ariete con su horrible hocico mellado. Su sonrisa demolida y demoledora, a partes iguales.
Desgraciado, cinco veces maldito fuera.
Apretó los puños hasta que estuvieron rígidos como las espadas que emplearon los celtas para arrebatárselos, y por enésima vez, deseó tener las fuerzas suficientes para destrozar la sujeción de las cuerdas. Hubiese preferido llevar unas esposas lisas de metal frío antes que las ásperas y abrasadoras sogas. La crueldad de las ataduras le estaba despellejando las muñecas.
Desde un comienzo la silla le había estado lacerando las nalgas. Y a pesar de que su captor le hubiera instruido en las posturas de montar, tenía las piernas en carne viva y la espalda le dolía como mil infiernos. En cuestión de horas había cabalgado más que en toda su vida, cosa que lamentaba. Jamás había visto necesario montar para dirigirse de un lugar a otro.
« Primero fue lo del arco — pensó, mientras Connor la ayudaba a acomodarse en la silla. —. Me enseñó a mejorar mis tiros. Y ahora esto ». Atenea no sabía qué pensar al respecto. Seguía cabalgando de una forma poco elegante, sin importar los consejos.
En cambio, él era otra historia. Lo hacía con la misma pericia de un caballero. Todo cuanto hiciera, de hecho, parecía tener un ápice de maestría impregnado, fuera esto las riendas, el arco, los cuchillos… Se preguntó entonces que tan bueno sería con la espada.
En más de una ocasión, Atenea cogió las riendas de su montura, y a regañadientes, trató de hacer que se frenará, pero por algún motivo, el animal jamás respondía a sus órdenes. Le espetó algún que otro precepto y hasta intentó ponerla en marcha en otra dirección, pero la yegua, terca como una anciana, se opuso. A la desesperada, Atenea no vio más opción que chacanear las espuelas para ver si entendía de golpes. Lo más que logró fue hacer que se enojara. Todo el rato, las quejas de Atenea habían ido acompañadas por los relinchidos del animal en un vaivén de irritación inagotable.
Tenía razones de sobra para enfurecerse. El ataque a la Capital, la muerte del hombre que había creído que era su padre y el abandono a su madre cuando ella más la necesitaba…
« Así lo quiso — Apretó la mandíbula con un esfuerzo visible, y evitó el florecimiento de una lágrima. No dejaría bajo ningún concepto que su captor la viera llorar. —. Pude haberla desobedecido como tantas otras veces, a fin de cuentas, siempre terminaba abrazándome y riendo. No recuerdo un día en que mamá no fuese feliz. Debí haberla levantado del suelo y buscado ayuda. El dolor le habría parecido insoportable, pero seguiría con vida. Juntas hubiéramos detenido el sangrado — Pero en el fondo, muy en el fondo, entendía que se estaba mintiendo. —. Tendría todas las respuestas que ahora necesito, y más importante aún la tendría a ella. »
Su cabeza era el mismísimo averno: oscuro, frío, tormentoso y plagado de dolor.
Y, sin embargo, ante sus ojos se extendía un paraíso emulado.
En Hisserwood,la vida del bosque bailaba y fluía entre las copas de los árboles. Los pajarillos volaban por encima de su cabeza o cantaban su orfeón melodioso desde sus nidos de ramitas. Las ardillas correteaban en libertad por delante de los equinos, y trepaban los troncos de hayas y fresnos con una velocidad impresionante. Un ciervo tímido se agazapó detrás de los matorrales de una pendiente, y se mantuvo allí, cabizbajo, hasta que se alejaron.
Maniatada, se vio obligada a levantar ambos brazos para deshacerse de un hilillo de sudor que brotaba de su frente. Llevaba encima su ropa, pero se sentía casi desnuda sin la armadura. Habría dado lo que fuera por al menos llevar su escudo a la espalda para protegerse. No había tenido muchas esperanzas de recuperarlo, cuando en una fugaz parada para atender a los caballos, le pidió a Connor que consintiese su capricho.
— Esto es un suplicio, Bressler — Dramatizó de más en el quejido que lanzó al aire. —. Y sin mencionar que estos bosques son peligrosos. Osos, lobos, serpientes, y demás… Con mi escudo a mi espalda me sentiré más segura.
— No.
— Es solo un escudo.
Y él la miró con una sonrisa taimada en su rostro.
— Quizá sea solo un escudo, pero he visto lo que haces con él. Me gustan mis dientes en su lugar.
« ¿Vio mi combate en el torneo? », inquirió, asombrada. Por lo que sabía, los rumores de la mujer que había derribado a un hombre de dos veces su peso habían estado en boca de todos. Y no tenía forma de saber si Connor había estado allí. Podía preguntárselo, sí, pero Connor era una tumba que cabalgaba. Junto a él no había más que silencio tras interrogantes.
Aquel día, habían recorrido unas cuatro leguas por cada hora que pasaban sobre sus monturas… Y llevaban una sarta de horas escuchando poco más que el repiqueteo de los cascos contra la tierra. Connor había impuesto un ritmo agotador desde antes de la primera luz del alba, y con cada zancada de los caballos se alejaban más de la Capital. Atenea pensaba constantemente en dar la vuelta y galopar hasta las altas murallas de la ciudad, pero llegado el momento, no sabía lo que hacer. Siendo lo más optimista, si llegara a deshacerse de Connor y recuperar sus armas, ¿qué ganaría con buscar la muerte dentro de la ciudad? Estaría sola en contra de los mismos hombres por los que habían muerto sus padres tratando de protegerla. Y, por último, estaba el asunto de la reliquia que era suya por herencia, o eso quería pensar.
« “No hay nada peor que saber lo que es correcto y no hacerlo”. Me arrebatas lo que me ha sido dado, escupes sobre tus juramentos en nombre de Dios y la Reina y dejas inconsciente a uno de los hombres por el cual sigues respirando. ¿Qué te habrá llevado a pensar que lo que haces es lo correcto? ».
En tiempos acaecidos, según narraban los libros, Seamus Ridpell, que por aquel entonces era el octavo hijo de un tal lord Ridpell, marqués de Rismont, asesinó a toda su familia, y dilapidó con ello, a una acaudalada estirpe que se había mantenido en el poder de sus tierras durante siglos. En aquellos días, se conservaba bajo protección señorial a, por lo menos, una Daga por cada gran ciudad del reino.
Jamás se llegó a comprobar cómo, pero Seamus tomó posesión de la Daga que resguardaba su familia. Y como hijo menor de una casa noble a quien no le correspondía otra cosa que las sobras que dejaran sus siete hermanos mayores, guardó con malsano recelo su tesoro hasta el día de su muerte.
Una gula de poder que fue ciñéndose a él como anillo al dedo acabó por quebrantar su mente y su propia vida, pues frecuente era su contacto con ella. Terminó por pensar que cualquiera de sus allegados quería arrebatarle la sagrada arma, al ver que todos en el castillo la buscaban con desesperación. Las ventanas, puertas y paredes parecían tener voz propia, porque dentro de su hogar no se hablaba de otra cosa que el sacrosanto que se había esfumado con el viento. La Daga lo transformó a tal punto, que ultimó con todo aquel promulgante de sospechas, para conservar lo poco que se había fraguado como herencia.
Y por lo que decían las malas lenguas, Seamus Ridpell había sido, antes y durante su decadencia, hombre de pocas palabras. Reservado e introvertido de tal manera que se relacionaba solo lo justo con sus familiares y criados, y pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en sus habitaciones, donde nadie lo escuchaba ni veía. Inclusive, se pensaba que la Daga solo había intensificado en él un lado que no había llegado a mostrar antes. O aquella fue la versión, en todo caso, de quienes llegaron a conocerlo de lejos y sobrevivido a su locura.
Connor y Seamus. Se le ponían los pelos de punta de solo compararlos.
Lo cierto era que había mucho en Connor, más de lo que podía contar con una mano, que le recordaba a aquella historia inmortalizada en obras. ¿Estaba él siendo consumido por una idea de potestad? Si no, ¿por qué robarla, delirando con la creencia de que la podría utilizar en contra de una Bestia? Connor no gastaba más saliva que para quejarse de sus preguntas o escupir alguna orden. Siempre en silencio, siempre sombrío e impasible bajo su capuz.
« “No hay nada peor que saber lo que es correcto y no hacerlo” », recordó una última vez. Un hombre capaz de cometer atrocidades, convencido de que su visión del mundo era la correcta, era una mayor amenaza que aquellos que sencillamente actuaban por concienzuda malicia. Cualquier loco como él, podía entremezclar dos conceptos diferentes hasta no distinguir el uno del otro, deslumbrado por la Daga.
Y en los tempos que corrían, ni Atenea misma estaba segura de diferenciar lo que parecía correcto de lo que no. Vengar a sus padres con el filo de la espada no se los devolvería. Ni mucho menos sería lo correcto asesinar por mero desquite, pero ¿quién dictaba las reglas? ¿Quién decidía entre lo que era bueno y lo que era malo? ¿Dios? Gracias a Dios que nunca había necesitado mucho de Él.
La sola idea de que allá afuera, en algún lugar, existiese un padre distinto con el que había crecido le provocaba náuseas. Hombre y escoria, capaz de cometer acto más ruin. Lo que había hecho con su madre no tenía nombre. Le daban ganas de matarlo, sin importar cuanto pesase eso en su consciencia; aunque despojar de vida a quien se la hubo obsequiado fuese una atrocidad comparable a la de él.
Por si fuera poco, estaba el hecho de que la única persona que continuaba viva de su familia en realidad no compartía su sangre. Como hermana de Marcus, era seguro que Moira sabía la verdad acerca de Atenea. Y a pesar de ello, siempre la amó como a una sobrina, a una hermana, a una hija. La única razón para no desfallecer en la demencia era ella… Sí, ella y el cabezota y holgazán de Ross, último amigo que conservaba. No tenía más lugar a dónde ir que con ellos. De modo que no podía doblegarse ante las circunstancias, si lo que deseaba era salvarlos.
Solo advertía entonces un pequeño punto de claridad entre aguas tan difusas: debía ir tras ellos antes de que el Ariete o el resto de la Horda de las Bestias los encontraran. El primer paso era apartarse de Connor. Sin él estaría más segura. Solo debía esperar la oportunidad.
Con el paso de las horas, el tormento de cabalgar no se volvió más llevadero. Y teniendo en cuenta las mil y una quejas que no fueron escuchadas, se aferró a las riendas con ambas manos, y tiró de ellas con fuerza. En el acto, su quejumbrosa yegua levantó la tierra bajo sus pezuñas con un relinchido, deslizándose varios metros hasta detenerse de lleno. Connor interrumpió su marcha un trecho más allá, y la observó con cara de pocos amigos.
— Necesito hacer del baño — anunció Atenea a modo de excusa. Y él la estudió con ojos duros, bajo la sombra de una barba muy corta. —. Y lo necesito ahora. — Su tono no había dejado lugar a la discusión, así que saltó del animal con cierta premura, y Connor la imitó un segundo después.
— No te alejes demasiado. — le escuchó decir a sus espaldas.
En aras de recobrar un poco de su buen humor, que hasta entonces más bien había escaseado, Atenea se giró con una sonrisa hábil.
— ¿Por qué? ¿El jinete de exploración me quiere ver mear? Qué raro eres.
No llegó a ver su reacción, pero de todas formas el gusto le duró poco. Tenía calambres en los muslos que le impedía avanzar con normalidad, y las nalgas le dolían a tal punto que hubiese preferido tirarse allí mismo donde pisaba. Sin embargo, con ello no ganaría más que unos miserables segundos de plácido descanso. Indagó con la mirada los fresnos a su entorno, y se decidió por uno en particular de tronco hendido en un lateral, como rasgado por un rayo. Volvió la vista una última vez, y le sorprendió saber que Connor no le prestaba la más mínima atención, y encima, se había adelantado unos cuantos pasos para que los corceles abrevaran en un riachuelo.
« Tiene sentido que esté tan confiado, este es su medio. Si echara a correr ahora y me ocultara en la maleza o cualquier otro lugar, ¿serviría de algo? ».
Y en lugar de encontrar el gusto en vaciar su vejiga, lo halló dentro de su cabeza, cuando una idea brotó como una flor en la primavera. La base del fresno malherido se encontraba seccionada de tal modo que se asemejaba bastante a un colmillo de madera, y al tacto de sus dedos era dura y cortante. Perfecta para emplear como sierra. Un golpe de suerte que no terminaba de creerse. Tensó las sogas de sus manos cuanto como pudo. Las cuerdas eran nervudas, como los dedos de un hombre grande. Y los nuevos nudos que Connor había practicado para aprisionarla con las manos por delante, se ceñían estrechamente a sus muñecas.
Se esforzó con vigor durante demasiado tiempo, tanto que su regreso tardío comenzaría a verse sospechoso en cualquier momento. Un ligero humillo trepó por la superficie del tronco hasta desaparecer, y se desató algún que otro cabo, pero sus intentos no llegaron a más. Los lazos eran impresionantes y los hilos de una fabricación inmejorable. Ya entre jadeos, descargó con ansiedad sus últimos impulsos hasta finalmente desistir. Dejó que su cabeza descansase sobre el árbol, e hizo todo lo posible por sofocar un grito desesperado entre sus dientes.
— No será hoy — admitió para sí misma. —, y no será de esta forma.
Y el colmillo de madera que jugase con sus ilusiones pagó el precio con una maldición, un manotazo impotente, y una nueva maldición. Cuando volvía sobre sus pasos, recordó que no podía seguir avanzando a lomos de la yegua, adónde fuera que lo estuviese haciendo. La falta de costumbre le estaba ocasionando horrores en el cuerpo que ni un borrego recibía. No consentiría la marcha.
— Estoy cansada — expuso a Connor, tratando de ocultar la huella que había dejado sus esfuerzos en la cuerda. Pero él ni siquiera la volteó a ver. En su lugar, apoyó un pie en el estribo, y cabalgó de un salto. Wyke dio un par de pasos hacia delante, y la yegua los siguió a ambos. — ¿Estás sordo, Bressler? Dije que estoy cansada. He tenido suficiente por hoy.
En pocos momentos, Connor hizo dar vuelta a su caballo, y le mostró el más petulante de sus gestos. La luz que se colaba entre los árboles los iluminaba a ambos como una masa corpulenta de color crema brillante bajo el mando de un jinete sombrío.
— Si no cabalgaras como de seguro te sientas al mear, tal vez no tendrías tantos problemas. — Y al momento, el corcel al que Atenea conocía por Wyke relinchó, y agitó las crines doradas, como estando de acuerdo con su jinete.
« Ambos son un dúo muy particular, cada uno tan engreído como el otro». Seguía pensando que era una conducta demasiada dispar para un caballo. A sus ojos lo era. Decidió no hacer caso de la provocación.
— ¿Hacia dónde vamos? — exigió saber por tercera vez en el día.
— ¿Ves esas sogas que rodean tus manos? — Las señaló. — Son el indicativo perfecto de que no estás en condiciones de demandar nada. De vuelta a la montura, aún faltan muchos kilómetros por recorrer, y no tenemos tiempo.
— ¿Cómo sabes exactamente hacia dónde está el lugar de tu muerte? — Atenea bien sabía que eso era lo que conseguiría estando seducido por el poder de la Daga. — No llevas brújula, y aún no he visto ningún mapa.
Él comenzó a impacientarse, haciendo uso de una mueca áspera.
— No necesito de brújulas. Conozco estos bosques mejor de lo que cualquier otro.
— Eres un ser más engreído que cualquier otro — No encontró agravio en su tez de gesto sentencioso, pero para su sorpresa, creyó ver el vestigio de un bostezo oprimido entre sus mandíbulas. Y de inmediato, se percató de las bolsas grises bajo sus ojos. ¿Cómo no las había visto antes? —. Tú también estás cansado. No has dormido mucho estos últimos días. Puede ver tus ojeras, aunque intentes ocultar el resto de señales.
— Engreído no es la palabra más acertada, pero se le acerca bastante.
Atenea sostuvo las riendas de su yegua, que vacilaba entre avanzar o estarse quieta.
— Estoy cansada y adolorida. Mi yegua también lo está, así que no avanzaremos en un buen rato.
— Aún es mediodía.
— ¿Y eso qué? — Se encogió de hombros. Y al cabo de un largo silencio, le dedicó la más retadora de sus tajantes miradas. —. Serán un par de horas, por lo menos. — De su boca debió salir un número mayor, pero más valía tener cuidado cuando se jugaba con el fuego.
Connor le sostuvo la mirada con esa costumbre suya para recelarse de todo lo que veía en ella. Echó un vistazo a la yegua, y suspiro abismalmente.
— ¿Algo más, Atenea? — Pareció haber dado su brazo a torcer.
— Sí… Cuando mueras, que tu locura no me arrastre a mí a la tumba.
Él atravesó el bosque de este a oeste con los ojos. Dibujó media sonrisa, una verdadera, más sincera de lo que Atenea hubiese osado imaginar, y descabalgó de nuevo con una elegancia envidiable.
— Una hora. Solo una hora de descanso, y con gusto te dejaré observar a distancia segura como la locura acaba con mi vida.
Aún no se lo creía del todo. ¿Connor era de esa clase de personas que solía bromear? No lo sabía, como muchas otras cosas respecto a él. Sin embargo, una hora era provecho suficiente. Anduvo hacia atrás un par de pasos, observándolo mientras se regodeaba de su primer triunfo, y después dio media vuelta hacia los árboles.
— Bien, porque necesito ir de nuevo al baño.
Llegado el momento, Atenea reanudó la partida con una visión distinta, aunque inquietante en cierto modo, del hombre que la había dejado inconsciente y arrastrado a la mitad de la nada, donde perfectamente podía estar perdida sin aún saberlo. Nada más regresar de su visita al árbol, lo descubrió recostado a un tejo mientras contemplaba de lo más tranquilo una de sus manos en la que yacía una docena de mariposas aferradas. Connor se les quedó viendo por largo rato, con una sonrisa cincelada entre sus labios. Tiempo después, abrió y cerró la mano con suavidad, y los bichos emprendieron el vuelo con delicadeza.
Cuando se hubo aburrido de ojear un pequeño libro, en cuya portada se leía Crónica de Batalla Mangudai, desapareció sin musitar palabra. Y no volvió a saber de él, hasta que reapareció con un ramillo de brezos, malvas y otras flores de colores llamativas, que según afirmaba, en pasta ayudarían a sanar las magulladuras de Atenea. Todo esto, al tiempo que ella continuaba atada, siendo su prisionera.
Por un instante, mientras se encontró sola junto a los caballos, fantaseó con la idea de huir. La oportunidad estaba allí solo tenía que tomarla. No obstante, sucedió de forma tan irreal que no quiso arriesgarse a caer en una trampa. Sobre la hora, y como si no hubiese tenido ya suficiente, Connor dedicó unos cuantos minutos a corregir, una vez más, la manera tan espantosa que tenía para cabalgar.
Y por primera vez en días, el estrés y las ansias de venganza que no le dejaban sitio a la comida, dieron paso a un único pensamiento: ¿Qué diablos pretendía él?
— ¿Y ahora qué haces? — quiso saber, confundida, cuando lo vio hurgando en las patas de una paloma, que parecía mansa hasta rayar lo ridículo.
— No es de tu incumbencia — arrojó, soez, con su voz y también mirada. Luego suspiró, cerró los ojos, como intentado calmarse. —. Solo… pretendo enviar un mensaje a la hueste de ser Logan. No es que tenga muchas esperanzas, pero no pierdo nada con intentarlo. Quizá consiga que envíen un emisario o algo, si soy insistente.
Atenea lo miró con curiosidad. No era muy entendida en el tema, pero según creía, no bastaba con un ave cualquiera para que hiciera de paloma mensajera. Ni mucho menos valía mandarla a dondequiera.
— ¿Y para eso sí que usas un mapa? — le recriminó, al notar que le faltaba un cacho al que estaba enrollado en el suelo.
— ¿Tienes papel o pergamino suelto por ahí? — preguntó Connor, de pronto desenfadado. Pero lo oyó chasquear la lengua, tan rápido como Atenea se acercó un poco a curiosear entre sus cosas. — Ni te acerques a esa espada bastarda.
— Espada a mano y media. — le dijo, rechinando los dientes.
— ¿Qué?
— Se llama espada a mano y media. — repitió en tono más alto, aunque no menos irritado.
— Pues… Vale.
El resto de la tarde pareció transcurrir de manera tan familiar que hubiese jurado que ya lo había vivido antes. Mapaches, ranas, serpientes, zarigüeyas y conejos se sumaron al pueblito agreste que sus monturas atravesaban a marcha veloz, mientras el silencio entre ambos se hacía escuchar. Cuando salieron de la cobertura de los árboles, el horizonte se teñía ya de un intenso arrebol. Para su sorpresa, el dolor de las heridas se había esfumado, en gran parte gracias al empaste que Connor había improvisado. Le resultaba increíble pensar que con unos cuantos ajustes aquí y allá, su espalda y posaderas no sufriesen tanto. La noche estaba a punto de levantarse, cuando se preguntó si encima tendría que dormir sobre la incómoda silla.
— Está bien por hoy — Connor se detuvo ante un menudo escampado, y volvió por sobre las pisadas de su montura, de regreso al cobijo de árboles. —. Pasaremos la noche en el bosque.
Cuando las estrellas se habían posado sobre sus cabezas, de la penumbra surgió un silbido profundo. Lucía como si brotase de todas direcciones, como si un millar de pequeñas bocas demandaran silencio con incesantes siseos.
— Hissers — apuntó Atenea con el disgusto dibujado en su rostro. Trató de cubrirse los oídos, pero maniatada fue imposible. —. Perfecto, lo que faltaba.
— Pronto se callarán. — Connor se llevó a la boca un fruto seco.
Frutos secos era todo lo que tenían para la cena. Eso y la avena de la que también comían los caballos. A Atenea la tripa le rugía como nunca y no había mucho que pudiese hacer para aliviarse. Observó con ingratitud las nueces y las uvas secas que llenaban el cuenco a sus pies.
— ¿A cuántos animales vimos corretear a lo largo del día? ¿Cincuenta? Pudiste haber cazado alguno. Esto no es más que comida para ardillas.
— Luego hallaré qué comer — Le echó los dientes a otra. —, pero no cazaremos.
— Ya lo veré. No sobrevives meses en el bosque a base de estas cosas — No vio más remedio que ahogar su hambre con la comidilla. —. Qué asco.
Entre muecas y mordiscos, el tiempo pasó volando. Los Hissers no cesaron su ruidosa tonadilla hasta pasada una hora. Aquellas horrorosas aves se hinchaban como ampollas con cada luna y envolvían a todo el bosque con sus canciones. Una vez el silencio hubo regresado a su vida, Atenea intentó cerrar los ojos y dormitar, tragándose su amargura. Una cena decente le habría dado ánimos para continuar llegado el alba. El sueño era duro sin una fogata para calentarse, y desde luego, el pasto no era lugar para cobijarse de la intemperie. Y, como si no bastara, las ataduras le impidieron acomodarse como le hubiese gustado. No resultó una sorpresa descubrir que se estaba desvelando, enfurecida, preocupada y a la espera de una oportunidad que aprovechar.
Mientras aguardaba a que Connor cayera preso del cansancio, le vino a la memoria el torneo de arquería del otoño pasado, en el cual Marcus había conseguido perder más dinero que en toda su vida a causa de una flecha. No recordaba la cantidad con exactitud, pero jamás olvidaría el duro regaño que su madre le había procurado al regresar a casa. Nunca vio a Aloy más enojada que aquella vez. Le había gritado sin reservas, fuera de sus casillas, y se negó a recibirlo en casa durante dos días. Aunque al tercero, su ilimitada bondad lo perdonó y las sonrisas volvieron a la mesa. Ni antes ni después, llegaron a tener más dinero que el suficiente para mantenerse a flote, de manera que rara era la ocasión en que Aloy no se inquietaba por las apuestas que su padre solía perder.
Le resultó agradable recordar la manera tan apasionada con la que abrazaban su matrimonio. Sin embargo, el gusto le duró poco. Entendió con asombro que, incluso antes de conocerlo, Connor le había hecho pasar un mal rato.
A Marcus había parecido simpatizarle, si bien perdiese otra condenada apuesta.
— Es muy joven a comparación con los Cadzow — Hubo dejado en claro de camino a su hogar. —. Casi logró alcanzar a Jerome, y poco faltó para que también venciera a Dareon. Algo extraordinario. No tiene importancia, ya llegará su año. — terminó, con una sonrisa. Seguramente esperanzado por una futura apuesta, con la que ganar el doble de lo malgastado. ¿Habría llegado a saber Marcus que la misma flecha que le hizo perder casi una fortuna, intentó salvarle la vida un año más tarde?
A la altura de las botas, una soga le ataba los pies, de modo que no pudiera salir galopando y perderse entre la maleza. Seis veces malditas fueran. Debía cortarlas si quería tener alguna posibilidad. Connor no era ningún idiota, aquello lo tenía más que claro. Y cuando creyó que se encontraría ya entre sueños, se dio la vuelta para asegurarse de verlo dormir y con la vaga expectativa de escapar de alguna manera. Él estaba recostado a un árbol con las piernas cruzadas y la espalda recta. Y al mínimo sonido, lo vio girar la cabeza en dirección hacia Atenea.
— Supongo que la conciencia no te deja dormir. — señaló ella, austera.
— Hay más de una razón por la que no concilio el sueño por las noches. El remordimiento no es una de ellas.
— Con todo lo que has hecho y piensas hacer… Hasta la mente más extraviada debe tener al menos una pizca de remordimiento en su interior.
Connor se levantó del suelo, y rondó por el lugar, mientras ojeaba su entorno con inquietud. En completo silencio como una sombra entre las sombras, le dio la espalda, volteando a ver hacia las estrellas.
— Dime, ¿qué tanto he hecho? Si a decir verdad no puedo dormir por lo poco que he logrado.
— ¿Qué que tanto has hecho? — La sola pregunta resultaba divertida y ofensiva a partes iguales de lo descarada que era. — Veamos, creo que podría empezar por todo el daño que me has provocado este último día, tratándome como tu borrego. Sin mencionar que robaste algo que es mío, y poco después me secuestraste para ocultar tus huellas. O tal vez, lo más conmovedor de todo sea el hecho de que perjuraste delante de tu Reina. ¿Cuántos delitos has cometido ya, Bressler? Tú palabra no es más que la de un traidor. Eres un hombre miserable sin hogar, sin lealtad, o el más mínimo aprecio.
Había descargado una vez más su ira contra él, pero su respuesta fue tan impasible como bien podía esperarse.
— Tres de cuatro, no está mal.
« El insomnio le ha aflojado la lengua. ».
Connor caminó de vuelta hacia ella, hasta que la débil luz del cuarto de luna que se colaba entre los árboles le iluminó el rostro mustio y seco.
— Tienes toda la razón… Soy un hombre miserable, con eso no conseguirás nada de mí. También soy un hombre sin hogar, porque realmente jamás conseguí uno, aunque lo busqué — Se acuclilló ante ella. —. Soy un hombre desleal, porque confiar es lo que más me cuesta. Sin embargo, no digas que soy incapaz de sentir afecto por alguien más, porque no es así.
— Si quisiste que me compadeciera de ti — negó con la cabeza, inconmovible. —, no lo lograste.
A Connor se le escapó una risa, pequeña y muy breve.
— Créeme, tu lastima es lo último que quiero —. Hizo una pausa antes de retirarse. —. Lamento hacerte sufrir, pero no lamento nada más. — Se sentó sobre una roca lisa y se dedicó a observarla hasta que el contacto visual se volvió incómodo. — ¿Qué hay respecto a ti? ¿Qué te mantiene despierta?
No confesó de inmediato. Todo el día había estado desafiándolo con la mirada y, cuando no, se dedicaba a hacerle preguntas. Pero presentía que aquel no era el mejor momento para demostrar de nuevo su coraje.
— No será el miedo, te lo aseguro. Ahora veo que la luna te hace más locuaz, o puede que estés comenzando a aburrirte.
— Cuando hablas poco, tienes demasiado tiempo para pensar.
Atenea suspiró, decidida a ocultar todo indicio de debilidad ante su captor, aunque una enorme presión en el pecho la ahogara por momentos.
— La imagen del hombre que asesinó a mis padres me atormenta. El filo de su mandoble, su asquerosa sonrisa y la forma en la que rio cuando la sangre de mi padre le salpicó el rostro. No descansaré hasta poner una daga en su corazón, para que así sienta lo que yo sentí cuando sus esbirros se llevaron también la vida de mi madre.
— La venganza te dará fuerzas para sobrevivir, pero te matará un poco más cada día, si solo por ella respiras. A diferencia de ti, yo aún peleo por los vivos.
— ¿Lo haces en verdad? — Todo estaba muy oscuro, pero su cercanía la hizo entrever que él asentía. — Entonces, tú que dices ser un hombre de afecto, ¿por quién peleas? — Connor no respondió. — Venga, dilo. ¿Qué es hacer lo correcto, según tú?
— Poner nuestras vidas en riesgo por aquellos a los que amamos, e incluso por aquellos a los que odiamos, siempre que puedas hacer algo al respecto. La razón como mediador y el bienestar de aquellos menos culpables como único fin.
— Hablas como si de verdad supieras de lo que estás hablando. ¿Por qué salvar la vida de alguien al que odias? — Aquella sabiduría ilusoria consiguió irritarla. —. Después de lo que ha hecho la Horda, no los perdonaré jamás. Y tú eres más tonto si piensas que…
Connor la interrumpió, con un tono de voz casi de indignación.
— ¿Fue todo lo que alcanzaste a escuchar? — suspiró, como repentinamente agotado. — No tiene importancia. Lo que había querido decir, en primer lugar, era… ¿La venganza es lo único que hay en tu vida ahora?
Con el rostro marchito por la pena, negó con la cabeza.
— Sus nombres son Moira y Ross — « Escapar a la primera es una entre muchas opciones, recuérdalo. No pierdo nada con intentar ganarme su confianza » —. Puede que sean lo único que me queda en este mundo.
— Lo único que realmente te importa. Puedo imaginármelo.
— Algo te preocupa — Supo por el tono de su voz. —. Estás hablando más de lo normal. No eres el mismo huraño y silencioso hombre que me ha estado atormentando este último día.
— Hasta el más intratable de los hombres, necesita ser tratado de vez en vez.
Se interesó por lo que Connor pudiera ocultar. Tuvo que luchar para sentarse sobre sus posaderas y estirar las piernas. « Existen más armas que las espadas. », se dijo para sí, animándose a sacar provecho de su único vestigio de debilidad hasta el momento.
— Te dije sus nombres. Ellos son lo último de mi familia, aunque no lleven mi sangre — No llegaría a creerse por completo la voz dulce que pondría a continuación. —. Connor, sé que comenzamos con el pie izquierdo y puede que todo lo que esté pasando entre nosotros no sea más que un malentendido. ¿No es mejor para ambos, incluso mejor para nuestros fines, que aprendamos a confiar el uno en el otro siquiera un poco? Podríamos cabalgar hasta el fin del mundo, pero nada avanzará, si mantenemos este sinsentido.
Le prestó su tiempo para que respondiera. Sin embargo, él se mantuvo callado.
— ¿Qué puedes perder? — siguió Atenea, encogiéndose de hombros.
— Menos de lo que podría ganar. — reconoció, sin energías.
« Lo tengo donde quería. »
— No espero que me digas tus planes, sean cuales sean. Solo quiero saber si tus motivos son virtuosos — « Y así saber que tan demente estás. »
— Ellos también son lo último de mi familia, aunque no lleven mi sangre — Connor se irguió de nuevo. En su voz sentenciosa se percibía cierto deje de inquietud. —. Lady Elizabeth y ser Vyler Maine son lo más parecido a unos padres que logro recordar. Y al igual que los tuyos, están en mitad del infierno que la Horda de las Bestias desató. Creo que los quiero, en cierta forma, pero no hago esto por ellos; no tanto como tú lo haces por los tuyos, he de admitir.
— Entonces ¿por qué haces…? — Realmente se vio atraída a la idea.
— Fue llamada de la misma forma que la mujer que me trajo al mundo y cuyo rostro ya olvidé — Connor la interrumpió como si ella no existiera. —. Y pese a que no lo es, me gusta la idea de que ella sea mi hermana pequeña a la que debo proteger. Su nombre es Grace Maine.
— De seguro se encuentra bien. — dijo sin pensar. ¿Fue empatía lo que sentió? ¿Fue tristeza lo que descubrió en él?
— No vivo de falsas expectativas, Atenea Pryce.
Ni siquiera le importó que fuera desconsiderado. Algo en ella hizo que se encogiera de puro sentimiento.
— Háblame sobre ella.
— Tan amable, compasiva y risueña. Más inocente que ninguna. Ella es un ángel retenido en ese infierno, porque no fui lo bastante fuerte como para salvarla — Sus nudillos tronaron al cerrar su puño de robusto enfado — Cuando la miro a los ojos veo mi niñez reflejada. La lejana parte de mi vida a la que añoro y que muy en lo profundo de mi, desearía que no hubiese muerto a causa de… — Se cortó allí, y cogió aire. —. De estos tiempos repletos de caníbales. De fanáticos que no hacen más que destruirse los unos a los otros. Quiero protegerla de todo aquello que alguna vez me hizo daño, para que el día de mañana Grace no sea como el yo de ahora.
« Infeliz, ¿no es así? », estuvo a punto de preguntarle. Pero eso lo lastimaría aún más y ya no se encontraba tan segura de querer hacerlo. Nadie era capaz de mentir de aquella forma, mientras gruñía para estancar sollozos en el fondo de su garganta. Horas atrás habría jurado que aquel hueso duro de roer no era un más que un desalmado; entonces sentía algo de compasión por él.
Quizás, si el muy osado no se hubiera detenido a ayudar a Marcus y Aloy, habría conseguido llegar hasta sus seres queridos. Y en cuanto a Atenea, descansaría muerta en las calles de la ciudad. O algo incluso peor.
— Como verás — siguió. —, tengo tantas razones como tú para mantenerme despierto.88Please respect copyright.PENANA170hcgxW71


