Era el cielo mismo. Toda una vida de sueños y ambiciones no habrían sido suficientes para prevenirla de aquella última noche de placer inolvidable. A una ristra de justicias y proezas le hubo precedido una siesta en sedas sobre plumas en una habitación plagada por buenos aromas y calidez. Había resultado una velada más sublime de lo que hubiera osado imaginar durante sus veintisiete años de vida. La única espina entre las rosas: su amado Ramsey no había estado allí para rodearla con sus brazos.
Saltó del garrafal lecho de la antigua Reina de Dranova, y abrió las puertas del balcón. Recibió la mañana desprovista de sus ropas, con los pechos pequeños, casi tan planos como los de una niña, y las mil y una cicatrices al aire. La frescura del viento y los olores del baluarte le azotaron el cuerpo joven pero maltratado por los resquicios del ayer. De sus heridas regodeándose y enseñándolas entonces que podía hacerlo sin preocupaciones. Hacía una mañana despejada. En el patio que colindaba con los jardines, los cuerpos de un centenar de hombres yacían cubiertos por mantas de cuervos. Mary se desperezó, respiró del aire con una gran sonrisa, y abrazó con gusto la perspectiva de un día glorioso.
— Nada como el olor a cristiano muerto por la mañana.
Sin embargo, encontrar un vestido de su talla fue una engorrosa aventura que terminó por sentarle mal. Por lo que vio en los roperos, Alice Liongborth debía ser una mujer alta y voluptuosa, porque absolutamente todas sus ropas le quedaban grandes y holgadas. Meterse dentro de ellas y lucirlas habría sido como si una vara venida a más intentase abultar lo que un obelisco. Así que no vio más opción que ataviarse con su vestidillo gastado muy habitual que le llegaba hasta las rodillas.
Beelzebubu le hizo olvidar el mal rato con su cariño, paseándose entre sus piernas ronroneando y restregándose contra ella. Pensaba que se habían vuelto buenos amigos en cuestión de nada.
Bajo la media luna de la madrugada, las paredes del castillo habían retumbado por los gritos de los hombres; bajo el sol de la mañana, las que gritaban eran las mujeres. Los hombres de la Horda de las Bestias envainaban dentro de ellas su virilidad, deshonrándolas incluso después de que algunas fallecieran; otras, las que corrieron con mejor suerte, se habían suicidado arrojándose por las troneras y los ventanales antes de entregar su honradez a monstruos con piel humana. Cada pasillo, recodo y muchas habitaciones eran una genuina bacanal, de un ambiente más bien fúnebre, que apestaba a sudor y lujuria.
A diferencia de los cristianos, los celtas de la nueva era alentaban el libertinaje y la promiscuidad, por lo que vio cómo se sucedían orgías de una decena de personas; sobre todo, entre los soldados y sus nuevas esclavas. A Mary tampoco le causó la más mínima impresión observar tantos actos de sodomía. Aunque estas costumbres de exponerse abiertos en sexualidad eran más toleradas que socialmente aprobadas.
No eran vistas para un inocente angelito, de manera que le cubrió los ojos al gato que llevaba en brazos.
« Cuando Asser vuelva con mi Orden Mendicante, me aseguraré de que vean todas y cada uno de estos sacrilegios. » Mientras tanto, otros se habían encargado de que el Arzobispo y sus más fervientes acólitos disfrutasen al vislumbrar el mismo espectáculo ante las celdas en las que se pudrían.
No se dirigía a ningún lugar en particular, solo paseaba por allí. Y en determinado momento, antes de que pudiese salir de la torre, una puerta doble se abrió delante con solemne estrépito, y se topó de bruces con Kairo.
— Te he estado buscando por una hora — le hizo saber su amigo con prontitud. Estaba sudando, y se detuvo un momento para tomar aire. —. El Rey demanda tu presencia. Ahora.
Por un instante en el que se consternó, pensó que se trataba de Leonor y no de Azus. Se encogió de hombros, y permitió que la condujera. Pero el hechicero tenía otros planes: la cogió por un brazo y la apremió.
En la Sala del Trono se libraba un panorama muy distinto al del resto del baluarte en semioscuridad. Los haces de luz dorada entraban por el juego oriental de ventanales altos. De lujosa y brillante excelsitud, lucía además inmensa para la veintena de oficiales que compartían junto a Azus las piernas de cerdo y el salmón con miel en bocanadas salvajes. Sentados, muchos de ellos, sobre barriles de bebida o baúles de tesoros volcados de lado. El sitial de ébano empedrado del Rey era enorme, pero había sido descendido de su plataforma para que brindase, hombro con hombro, junto a los perros bien amaestrados que eran sus súbditos.
Ocultos en los bosques, no se tenían derroches ni opulencias, por lo que disfrutaban del festín de la victoria con un despliegue de felicidad tan impropio de aquellos hombres que antes solían lucir caras largas todo el tiempo. Levantaban en alto los cuernos que cundían de vino rojo y entonaban la Templanza Celta rescrita de la antigua lengua, con las fauces aún repletas del banquete.
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Soy libre del yugo, como viento en el mar.
Resplandeciente, como lago en la llanura.
Soy el bramido de quién muestra su bravura,
Impetuoso con el filo a estos degollar.
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Soy parte del ejército, como ola en el océano,
Una simple gota de rocío a la luz de la diosa sol.
Soy un halcón en lo alto del monte escabroso,
Presto a dar caza a un ratoncillo cristiano.
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Soy la sed misma de tomar venganza,
Contra quienes destruyeron el antiguo pueblo.
Henos aquí y ahora, aguzando nuestras lanzas.
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Soy y seré siempre un jabalí por el valor.
A la muerte no le temo ni le temeré jamás,
Porque del caldero reencarnaré por su calor.
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Como si fuese alguna clase de heraldo, Kairo anunció la llegada de los dos. Pero ningún rostro volteó a verlos más que el del Rey de la Horda de las Bestias y Dranova. Mary también se percató de que entre el grupo fue el único que no había unido su voz a la canción de conquista. Con la espada cruzada ante su cuerpo, se dedicaba simplemente a amolarla. El entusiasmo que entre los otros se removía, a él parecía haberlo abandonado como de costumbre.
En temporadas cuando la caza y el saqueo escaseaban por cualquier motivo, el hambre pululaba en los estómagos, y los más débiles, los que caían primero, saciaban las necesidades de los que yacieran aún de pie. En más de una ocasión, todos se habían visto en la necesidad de volverse caníbales, le gustase o no la idea, por lo que no había euforia más auténtica que la de los comensales de aquel festín.
— Haced silencio — exigió Rex Azus, casi sin animarse y con cara de pocos amigos. La calma no cundió de inmediato; cada uno siguió brindando y canturreando. — ¡Silencio! — rugió, levantándose de su asiento. Brynjar se encontraba ebrio, como era de esperarse, con una copa de oro en una mano. Fue el último en ahogar sus palabras y retomar la compostura, más allá de la impericia en sus sentidos embotados por el vino y la cerveza. — Es suficiente por hoy — les anunció, mientras le arrebataba la copa al vikingo. —. Ganar una batalla, aunque sea la más grande hasta ahora, no nos garantizará la victoria. Todos a los que no les dirigí la palabra al llegar, vuelvan a las andadas; el resto, quédese donde está.
Dicho y hecho, la mitad de los hombres dejaron sus bebidas en dónde mejor les pareció. Se dirigieron a la salida sin rechistar. Jinzo Cuatro Dedos ni la volteó a ver al pasar a su lado, pero Bile y Fergus se tomaron la molestia de dedicarle cierto desprecio con una mirada. Ella se las devolvió, con el doble de desdén. Y otros tantos se esfumaron sin que fuesen dignos de mención.
« Aún les escuece que Raymond me colocase por encima de ellos, por más que fuera una sola noche. » Todos los que permanecieron sentados ostentaban los brazaletes de plata en torno a sus brazos.
— Tú también, Kairo. — siguió, desechándolo con un gesto de mano.
— En seguida, Majestad. — reverenció.
El Rey caminaba hacia Mary con la copa de vino en la mano. Y Brynjar aprovechó este descuido para robar alguna que habían dejado los demás.
« ¿Qué querrá de nosotros esta vez? », se preguntó Belial.
Al gato no le agradaba nada su presencia, de modo que Mary tuvo que ponerlo en el suelo, para que se alejase. Azus le entregó la copa. En comparación con ella, lucía como una torre de hierro de negro y plata. Debajo de aquella impasibilidad y la media tristeza oculta de sus ojos, conservaba unas bolsas grises que lo hacían ver de mayor edad. Ambos se mantuvieron la mirada por largo rato.
— ¿Por qué me mandaste a llamar…, Majestad? — dijo finalmente. Todos acostumbraban a venerarlo como si fuese una especie de semi-dios; se inclinaban ante él a la mínima, menos Mary. — « Cree que estoy loca. Bueno, sí estoy loca a veces, pero él piensa que no soy nada cuerda. Por eso no intenta intimidarme para que le bese los pies como a los otros. »
— Quería agradecerte en persona lo que hiciste — No lo había visto hasta aquel instante, llevaba ambas Dagas Sagradas enfundadas y ceñidas a un cinturón. Él se hizo con una de ellas. —. Cumpliste a rajatabla la encomienda y lo aprecio. Hubo algunos que murieron en el intento; otros, me fallaron, pero tu cumpliste.
Se hallaba débil, no físicamente al menos, eso lo supo con tan solo una ojeada. Su tono de voz era más calmado, aunque seguía siendo hosco. Hablaba casi en susurros. Cuando le puso una mano en el hombro de forma amistosa a Mary, lo extraño se tornó ridículo.
— De nada. — respondió ella, escondiendo su asombro.
— Una cosa más. — Lo ridículo se volvió impensable, al rodearla con un brazo y apartarla de los oídos de sus hombres. Era evidente que lo que oiría a continuación debía morir con ella. —. Quiero que respondas unas cuantas preguntas.
— Dispara. — dijo, bebiendo un sorbo. Un segundo después cayó en cuenta que Brynjar había bebido de allí, y devolvió un chorrito de vino a la copa.
— ¿Qué tantos Interfectos puedes crear ahora? Antes solo eran veinte, ¿cierto?
— Cierto — asintió. Y siguieron alejándose. —. Han pasado ya años y sigo perfeccionando mi don. No sé si tendré algún límite, pero hoy en día no puedo mantener a más de treinta. Es una guardia, no un ejército.
— No quiero un ejército de Interfectos. — Cuando Mary miró hacia arriba para verlo, descubrió una mirada que ella bien conocía; trataba a toda costa de ocultar cierto dolor. — ¿Cuánto es su vida útil? Si se puede considerar vida a eso.
— Depende mucho de la salud del cuerpo y su estado de conservación. Nadie se ha mantenido más allá de los cuatro meses. — Se detuvo, y se zafó de la mano con cierta brusquedad. — ¿Por qué me estás preguntando esto…? Majestad.
Él le dedicó una mirada despreciativa. A causa de su insolencia, tal vez.
— Deseo traer de vuelta a alguien.
— No puedo traer de vuelta a nadie — Quería preguntar a quién deseaba revivir, pero no le hizo falta Belial para saber que no debía. —. Ellos son mis súbditos, un cascarón casi vacío que solo piensan en cumplir mis órdenes. Quién haya sido esa persona, no volverá a causa de mi don de Dádiva o por la magia de sangre. Eso ya entra en el terreno de la necromancia, y francamente dudo que funcione como lo esperáis.
Azus asintió con severidad. Caviló al respecto unos instantes, pero nada pudo hacer o nada quiso para encubrir su descontento.
— No hagas honor a tu fama de boca suelta esta vez. ¿Entendido, Blood?
— Sabía que diríais algo como eso. Entendido, Majestad.
— Acompáñanos. — le ordenó después, extendiendo el brazo en dirección al grupo para que ella fuese primero.
« ¿Quién lo diría? — opinó Abadon graciosamente — El perro mayor y más rabioso de la piara tiene sentimientos. »
« ¿Qué tantos sentimientos? » A Mary le picó la curiosidad. Tenía entonces que llegar a la raíz de aquel asunto. Pero a su debido tiempo.
— Necesitamos a todos los que podamos — siguió él, con la voz potente reanimada, mientras admiraba a una de las Dagas envuelta en su vaina de diamante negro. —. Ya que están muertos, no serán una baja considerable. Quiero a tu guardia en las calles día y noche. Sé que puedes advertir ciertas sensaciones que ellos experimentan aun estando muy lejos, lo cual nos vendrá bien.
— Entendido, Majestad — repitió maquinalmente. Sin embargo, se sonrió. —. Hay que tener más ojos puestos en la ciudad. — « Y menos ojos puestos en el baluarte. Qué conveniente. Para ambos. »
Tuvo que reconocérselo a Azus. Puede que sí estuviese un tanto loca. Eso, o se estaba quedando ciega, por no haber reparado antes en Él entre los comensales sin mesa.
Restaban por lo pronto diez de ellos entre los que se encontraban también Raster, Kurt, ser Agnar y uno más que lucía muy arreglado con una casaca gris y barbita en forma de pica.
Demás rostros aparte, en labios de Mary, Ramsey era excesivamente bello. Tanto que sulfuraba de sobremanera a algunos guerreros, que tenían miedo de perder a sus mujeres. Pero él le guardaba fidelidad y predilección. Todos lo sabían. Tan pronto cruzaron miradas, su amantísimo le hizo un gesto para que se acercase. Las ocasiones en las que había estado a su lado eran incontables, como las hojas en un gran árbol, y, aun así, de puro sentimiento algo dentro de ella se revolvió, agitándose como mariposas en el vientre.
Lucían corazas de cuero y cota de malla, salvo por las placas de hierro del Rey y ser Agnar, las sedas del desconocido y el pecho al aire de Ramsey. Mary era la única que poseía las cuerdas entorchadas de bronce como brazaletes.
— Un brindis — El de los ojos de esmeralda le sonrió, y levantó la copa. —. Por la hermosa mujer que trajo hasta a nosotros la llave al nuevo mundo. Por Mary. — Todos alzaron la mano de la bebida de buena manera, obviando a Raster que lo hizo con disgusto. Y aparentemente, aquella mañana era día de los imposibles, porque Ramsey la cogió de la mano en público y la atrajo hacia Él, para que se sentara en su regazo. Después, le dio a beber de su cerveza.
Alguien tomó la palabra, Mary no llegó a hacer oídos, y aquella voz forjó un nuevo brindis. Nada más Raster permaneció sin unirse. El líder de oteadores era un sujeto sacado del peor rincón del Tártaro, muy para su desgracia. Tenía la cara casi tan redonda como una moneda y el cabello cortado en forma de cuenco; unas cuantas hebras castañas que le caían por la frente intentaban ocultar sus cejas por poco unidas por un puente de vello. Llevaba la ropa de cuero de montar, ligera y resistente, pues pasaba todo el día cabalgando junto a sus hombres y avizorando los límites de cada campamento de la Horda.
— Estoy orgulloso de ti. ¿Ya te lo había dicho? — le murmuró su amado al oído antes de concederle sus labios. Y Mary finalmente lo entendió, solo quería marcar territorio y, ya de paso, hacer enojar al líder de oteadores. Mary y Raster tenían solo dos cosas en común; ambos eran Dádivas y ambos amaban a Mary con locura.
« Pobre hombre », pensaba a menudo con una astilla de dolor en el corazón. Luego, recordaba que era un cabrón indeseable como ningún otro, y se le pasaba.
El carraspeo del hombre de la barbita se convirtió pronto en una tos que intentó salvar con un poco de vino.
— ¿Y quién es este? — inquirió Mary para todo el que la escuchase.
— ¡El lord confabulador! — Brynjar se había tardado ya en soltar un grito. Borracho, sacudió al otro sujeto. Y mientras carcajeaba, entrechocó las copas con él.
Sin hacer mucho caso del vikingo, logró aclararse la garganta.
— Tengo el gusto de haber sido el consejero del antiguo Rey, mi lady, lord Edward Stanford.
Mary supo ubicarlo al instante. Ya había oído todo acerca de él. Abrió los ojos desmesuradamente de tamaña impresión.
— ¿Tú eres de quién Jensen nos habló?
— ¿Quién es Jensen?
— Una Dádiva más — zanjó el asunto el nuevo Rey. —. Una que creía conocer el destino del mundo.
— ¿Una más? ¿Cómo podéis decir eso? — Mary se consternó. Sin ella no habrían probado, y no estarían por probar una vez más, el dulce sabor de la venganza. — Nos dijo quiénes somos, quiénes fuimos y quiénes seríamos en el porvenir. Sin ella y sus profecías, no estaríamos aquí.
— Ya basta, Mary. Cierra la boca. — le advirtió Kurt.
— No, no basta. No me callaré. Ella nos dio un propósito. Somos lo que somos, gracias a que sus palabras nos trajeron aquí, para empezar. Somos los Jinetes del Apocalipsis de quienes habló, yo lo sé.
Lord Edward Stanford se llevó una mano al mentón y se le quedó viendo con curiosidad.
— Fantástica primera impresión, mi lady.
— Deja de decirme así, no soy una dama. — le anunció, despectiva. No sabía por qué, no tenía razones más bien, pero se enojó también con él.
— A ojos de un hombre cordial, toda mujer es una dama.
— Ah, ¿sí? Pues… — Ramsey le cubrió la boca con una mano fugaz. De todos modos, aquello fue agradecido, porque no habría sabido cómo responder. Lo siguiente que vio fue al Rey observándola con un desprecio asesino.
— Mide tus palabras, bocaza. — le indicó Ramsey, muy suave. Aun así, dejó la mano allí.
Edward se giró hacia el Rey.
— Debo preguntar, Majestad, ¿lo que os impulsó a aceptar mi propuesta fue una profecía conferida por un tercero?
— No es mi mayor orgullo — confesó Azus al cabo de un rato más de desdén hacia Mary. —, pero esto es lo que sé: no hay espía en el mundo que pudiera conocer de cualquier forma posible las cosas que esa mujer sabía sobre nosotros.
— Y todo lo que no nos llegó a decir… — pensó Ramsey en voz alta.
— Era una Dádiva — añadió Azus. —. Su sangre me lo dejó ver. Si su poder no consistía en conocer lo irreconocible, no tengo idea de que haya sido.
— ¿Y qué fue de ella? — preguntó Edward.
— Le clavé mi espada en el corazón.
De allí en más la conversación fue por rumbos banales y desesperados para reconciliar la confianza. Un poco de esto, un poco de lo otro, pero nada tan sostenido como lo anterior. Se habló de los rehenes nobles, de los sobrevivientes de la Guardia de la Realeza en los niveles más profundos de los calabozos, de los preparativos, del ejército de un tal ser Logan y del día en que de nuevo se les soltaran los amarres a las huestes de la Horda. Mary no dijo nada más, no se atrevía a jugar con fuego. Y lord Edward mucho menos, según parecía. El hombre se dedicaba a prestar atención en silencio, mientras cavilaba y tocía ligeramente.
En medio del funeral de un tópico, Beelzebubu reunió la suficiente valentía como para acercase y saltar a las piernas de la hechicera. Raster estaba maldito en cuanto a belleza, pero el don de Dádiva le hacía tener todos los sentidos agudizados hasta límites impensables para ella. Con la mera cercanía del gato, comenzó a estornudar por culpa de los pelillos que soltaba y del tufo de su orina que había rociado en las lindes.
— Llévate a eso de aquí — le exigió, cubriéndose la nariz. — Llévatelo lejos.
Tal desprecio a su adorable amigo hizo que se ganase su mayor inquina. Sentimiento incitado, dicho fuera de paso, por el rencor de innumerables riñas de otras épocas.
— Ponte un pañuelo, si quieres. O mejor búscate un bozal, aunque tú nunca muerdas, cachorrito.
Muchos no hicieron más que reírse, menos Raster que se tomó mal el comentario. No se levantó ni se llevó la mano a la espada, pero dejó en claro sus intenciones de hacerla pagar también por las constantes negativas hacia su amor de canalla.
— Y si no te parece bien, arreglemos esto afuera — Mary no estaba de humor y le salieron las palabras sin pensar. Le había estado hirviendo la sangre desde hacía tiempo.
Pero antes de que cualquiera saliese por la puerta o siquiera se alzara, Edward carraspeó muy fuerte, de manera que llamó la atención. Posó sus ojos sobre la hechicera, pálido como si acabase de ver a un fantasma.
— Mi lady, por favor, antes de que hagáis cualquier otra cosa… Decidme, ¿cómo era esta tal Jensen vuestra?
Se extrañó de aquello desde luego, razón por la cual observó a cada uno de los oficiales y hasta al mismísimo Rey antes de pensar en abrir la boca.
— Uh… No lo sé. Soy pésima para hacerme a la idea de rostros y describirlos.
— Algo debéis recordar, seguro.
A cuentagotas se fue fraguando una pequeña imagen en su mente. Bastante difusa.
— Hablaba nuestro idioma, sí. En ánglico — inició despacio. —, aunque tenía estos ojos… Como la gente de Akerudaichi o aquella otra nación cuyo nombre es más largo y complicado.
— ¿Oriental? ¿Con cabello oscuro, rostro curtido y ropas descocidas? — Ella asintió vigorosamente, mientras Edward hablaba con cierto temor en su voz. — ¿De sonrisa abierta y acento marcado? ¿Un hombre la acompañaba?
De alguna forma, había acertado en cada uno de sus rasgos.
— ¡Es ella! — señaló, emocionada. — Quiero decir, debe ser ella. Pero… ¿Cómo sabes todo eso?
Más de un cuello tronó al girar de golpe. Derrochadores de incredulidad y alarma, cada par de ojos apuntó a un objetivo en común: a un lord Edward Stanford encogido, que al vacío se hallaba mirando sin ver. Rex Azus le repitió la pregunta casi sin aliento.
— Hay mil preguntas ahora mismo. Y la vuestra no se acerca ni por asomo al podio — Respiró a fondo, haciendo acopió de valor, tal vez. —. Sabéis porqué motivo estáis aquí, todos vosotros, sabéis qué me ha llevado a esto. Sin embargo, a día de hoy aún no se os ha pasado por la cabeza el cómo sé lo que sé acerca de mi enfermedad. Esa ha sido la cuestión de la que nadie ha querido platicar.
— Entonces, platiquemos — soltó el Rey. —. Rápido, al punto, sin rodeos.
De todas maneras, se entabló un silencio cargado de tensión. Pero afortunadamente Edward se decidió un segundo antes de que la espera se tornase en impaciencia.
— Le pregunté su nombre, en varias ocasiones, aun así, nunca me lo dijo. No mostró interés en responder mis interrogantes, sino sencillamente en hablar sobre mí y lo que me depararía el futuro. Era tal cual lady Mary afirma que lucía esta «Jensen». Para persuadirme, también habló respecto a mi pasado y acertó por completo; incluso en vivencias que yo mismo había olvidado. Antes que todo lo demás, me confesó que aquel día marcaría mi vida con tinta imborrable hasta el día de mi muerte y que yo era apenas una pieza más en un gran juego, una contienda milenaria. Y me profetizó una cosa antes de partir al Oriente.
Mary no llevaba por costumbre parpadear con regularidad, y en momentos como aquel, que requerían poner empeño en todos los sentidos, menos lo haría.
— Te habló sobre nosotros, ¿verdad? — se apresuró a decir, abstraída en sus propias fantasías. — ¿Sobre los Jinetes? ¿Verdad?
Lord Edward volteó a verla solo para negar con la cabeza.
— En lo absoluto. En mí ya estaba el conocimiento de vuestras ambiciones a futuro y la identidad de Raym… De Azus como vuestro Rey. Ella simplemente habló sobre una enfermedad que me llevaría a la ruina y los síntomas que fungirían como heraldo de una decadencia inevitable. Ella dijo: «En algún punto, no habrá más vuelta de hoja. Aunque ya esté escrito por el Destino, haz lo que tengas que hacer para obtener un final memorable en tu historia. Mi trabajo aquí ya está hecho.» — Calló para que alguien más tomase la palabra. Medio minuto después, se vio obligado a continuar. —. Como podéis ver, soy un hombre incrédulo a toda creencia. Elijo no creer. Sé lo que sé y punto. Y aquella vez, creí saber que no eran más que patrañas de una mujer loca. Pero cuando los síntomas de esta enfermedad arribaron de un día para otro, las palabras de esta Jensen sonaban en mi cabeza a cada hora.
— ¿Se fue al Oriente dijiste? — Ramsey se hallaba tan sombrío como cualquiera, y removió a Mary de encima de sus piernas para alzarse. — ¿Hace cuánto tiempo?
— Pronto serán dos años. ¿Por qué preguntáis?
Entonces, Rex Azus también se levantó con cierto pesar y un gesto caviloso.
— Porque creíamos que había venido desde el Occidente, cruzando el Mar del Ocaso en el que nadie sabe que hay más allá del horizonte.
— No, no, no — Mary no sabía bien que pensar al respecto. Un par de cortesanos le habían hecho saber acerca de un descubrimiento de un buque barmano. —. Pero si hay una isla enorme allá. Un continente, quizás. — De todas formas, nadie le prestó interés. Era tan corta de estatura a comparación, que tendría que saltar para hacerse ver entre los rostros que se miraban en suspenso entre ellos.
— Nos mintió en ello, pero ¿qué hay de lo demás? — arrojó Brynjar, otra gigante de casi dos metros.
— Buen punto — Kurt se sumó a la conspiración. — ¿Qué hay de las profecías? La de la Luna de la Sangre, la de La Lluvia de Fuego y la tercera que nadie entendió bien.
— La de los Jinetes del Apocalipsis. Esa. — le intentó recordar Mary.
Por lo menos, Edward Stanford no eran tal alto. Ocho palmos, más o menos.
— No, estáis viendo todo el panorama. Con todo lo que nos ha dicho, ¿por qué mentiría en algo como eso? Quizás no hemos sido los únicos a los que visitó.
— Hablemos esto en mayor confidencia. — cortó Rex Azus, observando a Mary de soslayo.
Y de ese modo se apresuraron a retirarse con caras largas y miradas sagaces de la gigantesca Sala del Trono. La hechicera cogió a su amado por la muñeca, y lo zarandeó para detenerlo.
— Pero Ramsey, espera.
— Luego, luego — Se zafó de ella rápidamente. —. Tú quédate.
Se encontraba emocionada porque la Horda, y no solo ella, comenzase a creer de pleno en lo que había augurado Jensen. Existía algo en toda la extraordinaria idea de que fuesen parte de una importante profecía que le resultaba exquisita y atrapante.
Por otro lado, no disfrutó ni un poco que fingiesen que no estaba allí.
— ¡Pero alguien que lo diga! — gritó a todo dios, mientras los hombres se iban yendo de un lugar en el que cada palabra surgía amplificada — ¿¡De esto ha salido algo bueno o mi bocaza lo arruinó otra vez!?
Nadie respondió. No pasó mucho tiempo hasta que las enormes puertas de cobre se cerraron con estrépito y solemne choque; sentencia que dictase que a nadie le importaba en lo más mínimo. Luego de que los ecos fuesen rebotando de aquí para allá y terminasen por morir, hubo un gran silencio cargado de vergüenza.
— Qué groseros — musitó. A manera de consolación, Beelzebubu se pasó entre sus piernas y maulló de manera tan gustosa que pareció casi un ronroneo. —. Tú sí que me das toda tu atención, gato. — Lo alzó en brazos con una sonrisa de oreja a oreja. Antes de partir, rozó su naricilla con la suya una y otra vez en un besito esquimal.
A medida que dejaba atrás la habitación desértica, un extraño hormigueo en el cuello la fue haciendo presa de sus dedos. Y en seguida, un escalofrío le recorrió toda la columna vertebral, sacudiéndola y dejándola aturdida un momento. Se quedó de piedra, y unos segundos más tarde el resonar de sus pasos se detuvo con ella. Juró con una mano en el corazón que había alguien detrás. Podía sentir como dos ojos que no paraban de observarla desde un lugar remoto, que, sin embargo, podían llegar hasta ella de un plumazo.
Pero cuando se giró, vio que no había nada más que un trono de ébano y unos cuantos cofres y toneles de vino.
— ¿Jensen? — preguntó.
El eco producto de su voz le respondió de vuelta.
« Creo que los vivos y los muertos se baten en duelo para ver a quién le importo menos. », se dijo con cierta gracia.
Naturalmente pudo haberse tratado de una simple y fugaz alucinación. Todo el mundo las tenía de vez en cuando.
« Algunos más que otros », arrojó Abadon, en tono punzante.
— ¿Qué insinúas?
« No sentí nada », confesó Belfegor, el de la eterna pereza.
— Tu nunca sientes, oyes ni ves nada.
« No sé si eso fue muy normal, chica », mencionó Belial.
« Normal que piensen que estás loca », apuntó Haborym, como intentado echar sal a una herida ya cerrada.
— Silencio
Todo el mundo tenía alucinaciones o delirios de vez en cuando. Inusual era que alguien no tuviese una historia sobre cómo había escuchado o visto algo que en realidad no estaba allí. Al menos una vez en vida.
A horas de la tarde pasaba a caballo sobre un monumento a la carnicería sin precedentes. La lluvia inmensurable de dolor que había caído durante la noche convertía a las calles en un sembradío de putrefacción en sangre y vísceras. Había desagües todavía atascados por restos mortales de un rojo tinto que iba tornándose en miasma y podredumbre negra. Algunos cadáveres se hallaban hinchados y otros tantos devorados por los cuervos. Los edificios de piedra se alzaban por encima de los montículos de madera quemada, pero en su interior aún ardían llamas comunes.
Las habilidades de equitación de Mary dejaban mucho que desear, de manera que Kairo, aunque tampoco muy capaz, conducía al equino en medio de la multitud de guerreros. A sus flancos, retaguardia y delantera, a donde fuera que mirase, un hombre o una mujer montaba a caballo o marchaba a pie, con arma presta en manos y una pieza musical bailándole en los labios; una sinfonía suicida acompañada por millares de voces en coro y, a la vez, una encomia a la desesperanza para el pueblo al que a partir de entonces gobernarían.
Dos de cada tres celtas se encontraban pintados en verde o azul sobre tinte blanco, con diseños de espirales y nudos en torno al tronco superior. Los nudos representaban la conexión con la naturaleza, de la cual el humano era parte; mientras las espirales la vida eterna. Pero, al fin y al cabo, no lucían como otra cosa que no fueran demonios de la luz del día para el buen y temeroso cristiano.
La Plaza de la Expiación encontraba sus cimientos asediados por construcciones reducidas a escombros y una ciudad inerme despojada de toda su antigua gloria. La plataforma de madera que se mantenía todo el año elevada para ejecuciones había sido trabajada en abedul, cosa interesante, ya que los celtas pensaban que el abedul preparaba a los humanos para encarar el futuro con esperanza.
Los campesinos de las afueras habían sido los primeros cuyas vidas fuesen saqueadas de sus cuerpos, pero aquella masa de gente a la que se había violentado para congregarse allí se mostraba más zarrapastrosa y doliente como el más humilde.
— Hasta los muertos gritarían, si no estuviesen, ya sabes, muertos — señaló Brynjar una vez sobre el cadalso, tambaleándose de camino a la sobriedad.
— ¡Lo que veis es lo que somos, supervivientes! ¡Soy las ganas de vivir, pero también me he convertido en la frustración encarnada de quien alguna vez anheló y acabó por perderlo todo por culpa de otros! ¿¡Qué me ha dado esta ciudad que no sea rechazo y una vida de aislamiento!? ¡Bienaventurados seáis los que me habéis ayudado tomarla!
Raymond Hailstone no se iba nunca por las ramas. De mirada imperiosa y voz más potente aún, se hinchaba de ira y orgullo en pro de continuar clamando en un paraje a reventar por una población ya adoctrinada a guardar absoluto y denigrante silencio. Un rostro huraño que según el ángulo en que se mirase podría considerarse regular o poco agraciado, mostrando de alguna forma la faceta más hierática de un conquistador. El odio con el que se había educado, lo precedía.
— ¡La mayor parte de vosotros, inhábiles, imbéciles, deleznables y desvergonzados, habéis ido por allí actuando sin reparo con una venda puesta y los ojos ansiando solo ver falacias! ¡Los demonios a los que tanto temíais os sitiaron finalmente, como veis, desolando todo lo que su revivida voluntad alcanza! ¿¡Pero por qué los odiáis, si vosotros, vuestros antepasados y los ideales que todavía perseguís han cometido las mismas atrocidades durante siglos!? ¡Miraos los unos a los otros, hipócritas, y sentid vergüenza, cuando lloréis a los que han caído y a los que seguirán cayendo hasta que el sol alguna vez se apague! ¡Sentid vergüenza por haber lanzado la primera piedra! ¡Yo os lanzaré la última, con todo el peso de un puñado de culturas a las que devastasteis y los cientos de miles de vidas masacradas!
Mary desvió la mirada hacia arriba, justo a tiempo para presenciar como una estrella aparecía en el crepúsculo y recorría un tramo del cielo hasta desaparecer. Luego otra, y después otra, y así hasta sobrepasar una docena. Cada una dejaba una estela que sobrevivía un segundo luego de que la estrella se esfumara para siempre.
Pestañeó repetidas veces de semejante y grata sorpresa.
« Pidan un deseo — arrojó el Orgullo. — Lo que yo quiero ya se viene esta noche»
« Deseo brazaletes de oro », pidió la Codicia, con mucho anhelo.
« ¿Para que brazaletes? — chistó la Envidia. — Deseo una corona »
Los cinco restantes se hallaban demasiados ocupados en otros temas como para importales aquellas vistas tan raras y maravillosas.
Y a ella no podría importarle menos toda aquella obra teatral de Azus. Su anciano Maestro de Hechiceros y su amantísimo le habían pedido que asistiese. Ramsey se hallaba entre Kurt y Bile en la hilera de oficiales que se erigía a la derecha del cadalso; Laparc, en cambio, a un costado de ella, tan cerca que desgraciadamente su hedor rancio le llegaba sin dificultad.
El viejo se ataviaba con una bata de lino gris, cosa que lo hacía lucir aún más frágil e inofensivo. Al resto de los druidas se les había hecho un hueco también, Mary no se explicaba cómo, al lado de su mentor, en una fila de trece zopencos tallados a partir de la misma madera.
« Madera de carroña, madera podrida », pensó, inclinándose hacia delante y echando un ojo despreciativo a los tres que más tirria le provocaban: Rhiannon, Isen y Mebdh. Habían sido ellos los que sin mucha razón la odiaron desde su primer día en la Horda. Era sabido que Laparc había pretendido ser el nexo que por fin uniese en armonía a ambas facciones, la de los druidas y la de los hechiceros de sangre, pero su mayor ambición en vida no había cosechado grandes frutos.
El careto de Isen volteó a ver hacia donde se hallaba Mary, y este con el codo le advirtió a Rhiannon que los estaba observando de mala manera una vez más. Y como era de esperarse, la druidesa le devolvió la mirada, triplicada en menosprecio y desconfianza.
En tiempos en los que los celtas habitaban aldeas amuralladas, los druidas habían sido respetados con tal nivel de temor que podían frenar una batalla, si se paraban entre ejércitos de tribus rivales. Sin necesidad de alzar la voz. Su mera presencia había sido suficiente. Pero a sol de hoy, solo les restaba para mantenerse útiles algunos procedimientos judiciales, cierto grado de filosofía y una que otra nimiedad.
— Muerta la deseo — susurró, a la espera de que pudiera leer sus labios.
Rhiannon llevaba una torques tradicional a la altura del cuello. Era una especie de collar de cobre abierto en la parte delantera, como una herradura. Vestía collar como la perra que era. La muy puta. Maldita fuera.
Todos los demás debían levantar la cabeza hacia la plataforma, para observar como presidían el acto.
— ¡Sobre este cadalso, sobre el empedrado de esta vieja plaza y el suelo en el que estáis parados se ha derramado mucha más sangre y cenizas! ¡Cruces y clavos para los apóstatas! ¡Hogueras para los herejes y brujos! ¡Horcas para los que se levantasen en contra de vuestras prácticas! ¡Y pedradas por la menor falta cometida! Juzgando a diestra y siniestra, sin mirar a izquierda ni derecha, a quienes no piensan como vosotros. Hasta ahora. Ya no habrá más crimines impunes.
El Rey de la Horda de las Bestias y Dranova no faltaba a la verdad. Si lo que había llegado a sus oídos fue lo que Raymond en verdad escupió de su boca. Se encontraba inquieta, sudando a mares, por más que solo moviese sus manos en gesto nervioso. Su cabeza se iba convirtiendo de a poco en una tempestad de voces que revolvían sus propios pensamientos. Intentaba ahogar en la medida de lo posible los juicios de sus amigos, a fin de aparentar buena cordura. Sus expectativas en cuanto a la noche próxima a caer rozaban ya las nubes, y tanto Mary como sus más íntimos empezaban a impacientarse.
Hubo tiempos no muy distantes en el que no podía siquiera mantenerlos al margen.
El panorama era excepcional, sin importar que el sol poniente le estuviese fastidiando la vista. Los soldados rasos y otros tantos que alcanzaban a exhibir apenas un brazalete marchaban entre las centurias de ciudadanos que se habían dispuestos en toda la extensión de la calle y los escombros de incontables edificios. Debía haber, por lo menos, cien centurias hasta donde conseguía verse, y las custodiaban todas a punta de lanza y espada. Los Ossisquamas rondaban más tensos que la cuerda de un arco, gruñéndoles y babeando como enormes perros, a los pies del cadalso.
Encerrados como corderitos. Sin embargo, eran otros los corderitos que la hacían tiritar de la emoción y no los allí presentes.
— ¡Herejes, apóstatas y nacidos con el don de la hechicería, venid a mí, venid a nosotros! ¡Y aquellos mal llamados «brujos», que os denomináis en realidad Dádivas, y cuya sangre se torna blanca con el aire, ¡venid! ¡No le debéis nada a este pueblo malagradecido! ¡Escupidles de vuelta, como yo lo he sabido hacer! ¡Uníos a mí y barred a quienes os mitigaron desde el principio de los días!
De poco valía la legitimidad frente al poder.
Los celtas, y en cierta forma también Mary y Azus, yacían en aquella ciudad de mil delitos, para recuperar su libertad, sus tierras ancestrales y un futuro arrebatado generaciones atrás. Pero antes de que todo eso sucediese, antes de siquiera fundar ciudades, familias y una vida próspera, estaban obligados a quebrar la Cruz. Apisonarla, rebajarla a astillas y finalmente a polvo. De lo contrario, ningún celta estaría por completo seguro, siguiendo las tradiciones que eligiese, hablando una lengua diferente y creyendo en sus propios dioses.
Tan pronto el número de dranovenses audaces que renegaron su hogar para pedir favores a la Horda rebasó la quincena, se alzó una marejada de consternación, desembocando en poco más que tímidos abucheos e injurias que los soldados supieron evaporar a golpes. Durante la siguiente media hora, estuvieron reclutando herejes y apóstatas como moscas que arribasen por cuenta propia al festín de los grandes señores. No estuvo ni cerca de llevar la cuenta.
Pero ocho fueron los que se acercaron haciéndose llamar «Dádivas». De ellos no quitó ojo. A la hechicera de ojos de lapislázuli le sorprendió para bien que fuesen tantos; tres eran mujeres jóvenes; otros cuatro hombres ya adentrados un poco en la vejez; y el último era un muchacho con ciertos rasgos orientales, al igual que Jensen, que no conocía bien la lengua local y no tendría más edad que Iloura. A todos se les veía fuertes para guerrear. Sin embargo, probablemente iban a formar a la vanguardia de cada batalla, con lo que irían muriendo sin que a nadie les importase. Los encaminaron hasta Laparc, y este derramó su sangre rasgándoles la palma con un cuchillo. Después, se enteró de que serían los druidas quienes oficiarían la iniciación de los reclutas.
— A nuestro lado, aprovecharás el don que Mathgen te ha otorgado — le decía el anciano a cada uno. Mathgen era una especie de diosa mágica para los celtas, que se decía, era el origen de cada Dádiva en el mundo. O algo así. No estaba muy enterada al respecto. —. Lo usarás con libertad, sin miedo a que te juzguen o quemen por ello.
La más deseada y grandiosa noticia vino, cuando notó que había dos muchachos, más niños que adultos en realidad, que tenían aptitudes para los hechizos rojos, por lo que en el futuro no serían nada más Kairo, Iloura y ella. Solo con verlos supieron cómo arrancarle una sonrisa a Mary y a los suyos.
Presenció además un innúmero de pequeñas riñas entre las centurias de cristianos. A medida que los Dádivas o simples apóstatas iban dando un paso al frente, abrazando la herejía por propia voluntad, había quienes a su alrededor les rogaban para que se quedasen. Así pues, fue testigo de mujeres que imploraban a gritos, de muchachos de sangre caliente que a los golpes pretendían hacerlos regresar y padres de familia, supuso Mary, que en igual proporción escupían maldiciones o se llevaban una mano al rostro de semejante pena.
Si le importase lo más mínimo aquellas personas, se habría mantenido atenta a sus palabras.
Raster, quién con ojo avizor había estado llevado cuenta de cada detalle, salió a paso apresurado en dirección a la columna que subía los peldaños de la plataforma para recibir una fría y hosca bienvenida. Y sin perder tiempo, derribó a un hombre alto y consumido que comenzaba a aproximarse a Azus en un momento de descuido. El Dádiva más cabrón que Mary había conocido se echó encima de él y le colocó una daga en el pescuezo. El escándalo que montó luego el dranovense, provocó que lo requisaran entre varios soldados.
Y un minuto más tarde, lo arrojaron a las fauces de las bestias de hueso, que recibieron la ofrenda con incontenible entusiasmo. A los ojos de la ciudad, lo revolvieron, lo elevaron por los aires, y finalmente lo dividieron en dos en medio de una contienda juguetona para hacerse con el trozo más grande. Enviando así, un mensaje claro y embotando el filo de cualquier venidera rebelión.
Como recompensa, Raster recibió con una sonrisa pícara el estilete que el desconocido había portado en una de sus botas.
— Olí su buen acero — alardeó. —, pero fue su miedo y sus intenciones las que se podían percibir a diez kilómetros. — Y absorbió por la nariz. —. Aquí hay otros que huelen de forma similar.
Mary no supo si condenar su diligencia. Si Raymond terminaba muriendo, Ramsey era el que más posibilidades tenía para convertirse en líder de la Horda. Por el contrario, un magnicidio ante los ojos de una ciudad recién capturada solo habría servido para encumbrar la moral y los deseos de insurrección. Y aún con ello, le sostuvo la mirada a Raster, sin que buscase ocultar ni una brizna de resentimiento. Sin necesidad de acudir a otra cosa que no fuese al baúl de sus recuerdos. ¿Qué había peor que un acosador que te podía oler, escuchar y ver desde la otra punta del campamento a cada instante?
— Hay más Dádivas y hechiceros entre vosotros — señaló Azus al final, más calmado, a pesar de su vigorosa voz. — Y en especial, más quienes en silencio reniegan las ordenes de una catedral ahora hecha pedazos. Las puertas de mis dominios están abiertas. A mi lado hay un lugar seguro y en abundante riqueza. Tenéis hasta mañana para pensarlo.
Al caer la noche, se detuvo a jugar con el gato en los peldaños de la Antecámara a la Sala del Trono. Se sorprendía de que el tiempo transcurriese con tal lentitud, cuando lo que buscaba era distraerse y olvidar la espera. Mary agitaba una cuerda de cáñamo de un lado para otro, y Beelzebubu saltaba o correteaba para tirarle un zarpazo o mordisquearlo. Rodaba sobre sí mismo, una que otra vez, sobre la hermosa bola de grasa y pelos que era su vientre. Había estado aguardando por Asser Wellington durante tanto que hasta se tomó la libertad de confeccionarse una corona de rosas blancas. Los grandes pétalos de flor le iban a juego con su vestido inmaculado.
En un rincón, la servidumbre recién guillotinada y abierta de pies a cabeza de maneras inhumanas descansaba en eterno letargo sobre pilas de escombros y cadáveres ya incinerados para no apestar. Algunos incluso habían sido desollados y su sangre teñía el montículo con gotas que iban formando un charco de perezoso avance. El gato volteaba a ver a Mary, siempre que ojeaba aquel lugar, nervioso y alerta.
— Ay, Beelzebubu, no me mires así. No fui yo. No tenía nada contra ellos. ¿Conocías a alguno?
Por supuesto él no respondió. Continuó intentando atrapar la punta de la cuerda.
Una muy lenta y cruel sonrisa se dibujó en ella, cuando por fin vio a Asser pasar la puerta principal. El rostro enrojecido del acólito era una maraña de expresiones comprimidas por la magia de sangre que controlaba su endeble determinación. Al hombre no le quedó de otra que doblar una rodilla, y dejarse caer suavemente a los pies de Mary.
Azus tenía a sus perros. ¿Por qué tenía ella que ser menos capaz? ¿Por qué no podía tener a los suyos?
— Mi secuaz, mi compinche, mi perra mayor — le dijo, toda sonrisas, mientras le acariciaba la cabeza. —. Lo hiciste, calvo de mierda. Lo hiciste muy bien — Asser apretaba a horrores la mandíbula y gruñía con rabia inadmisible, pero por lo pronto no le era posible emitir ladrido alguno. —. Te has ganado un buen descanso. Ve a los calabozos y enciérrate allí. Dile a Conway que vienes de parte de mí. ¿Entiendes?
Él asintió rígidamente sin inmutar su gesto. La marca teñida en carmesí que le había trazado en la cara reaparecía cada vez que luchase en contra del hechizo como un tatuaje de tormento. Con total seguridad, Asser sentía que por dentro se quemaba con su estúpida intentona de recobrar el dominio de su cuerpo, pero esto parecía no detenerlo, aunque fuese en vano. El hombrecillo sería suyo, por lo que durara el hechizo.
« Ja, ja… Y cuando pase, lo someteré de nuevo. Luego, una y otra y otra vez. »
Dos de sus Interfectos dejaron caer el botín: cofrecillos, que desparramaron monedas de plata al estrellarse contra el suelo. Pero a juzgar por lo que sus ojos le contaban, el auténtico triunfo del pillaje se componía por una treintena de monigotes cubiertos con hábitos monásticos de color boñiga y capuchas amplias. Otros tantos no pertenecían a una Orden Mendicante, sino al antiguo clero de la reducida a ruinas catedral de Saint Agora; eran estos los más rezagados, quienes todavía cruzaban la entrada.
Mary se quedó quieta, meciéndose sobre los talones, derrochando regocijo en abundancia. Por una vez, sus voces guardaron silencio y se mantuvieron a la expectativa.
— ¡Hola! — les gritó alegremente a todos los corderitos — No conocen mi nombre, pero… ¿cómo decirlo? Ya haré que se les grabe.
Y nunca mejor dicho. De las ascuas de un brasero, cogió el fierro de marcar que el herrero en jefe le había dejado preparado. Vio, además, con desbordante gusto que había seis monjas tímidas y desgreñadas entre el rebaño.
— Pueden empezar. Dense el gusto con ellas. — ordenó a los soldados que los habían escoltado a todos hasta allí. Y afortunadamente, las doblaban en número.
— ¿Más? — Uno de ellos, Drauser, se llevó una mano a la cabeza para rascarse. — No sé, hechicera, me temo que restan varias horas para volver a estar en condiciones. Ya nos duele hasta caminar a nosotros, así que imagínate.
De los labios de los soldados, se enteraría después que cada una de las devotas mujeres había sido desvirgada una veintena de veces durante la tarde. Fuera posible esto o no, no le dio crédito a su fanfarronería.
« Nos hicieron esperar de más, Mary. Hazles pagar su insolencia », explotó Sekhmet en su cabeza.
— Claro que no, Sekhmet. No me interesa ahora — susurró, cubriéndose la boca, como si los demás no pudiesen hacer oídos. Se volvió hacia los soldados. —. Creo que es mejor así, no habría sido tampoco un espectáculo tan deleitable. Déjennos a solas — Al retirarse, le hizo gracia notar que más de uno caminaba lento, muy lento, y otros dos cojeaban. —. Drauser, un último favor, ¿sí? Ve a por el bardo leproso ese, me da igual su nombre. Lo necesito.
— Encantado, hechicera.
Pronto los únicos vivos que quedaron en la sala fueron ella y sus corderitos. El resto lo constituían un puñado de Interfectos, que harían las veces de cómplices.
Respiró profundamente. Levantó las manos, para examinarse bien los brazos. Y apreció a la vez el momento y las cicatrices que llevaba encima. El vestidillo blanco como de costumbre sin mangas, para que todos pudiesen verlas.
Dicho de la boca del prejuicioso y del inculto, la forma más rápida de identificar a las brujas era buscar «marcas del Maligno», como cicatrices o verrugas. Por tal motivo, después de la tortura recibida, Mary se había llenado con orgullo de cicatrices, declarándose bruja a ojos de todos. A partir de entonces, cualquier cristiano la podía reconocer sin necesidad de desvestirla.
O aquel fue al menos uno de sus motivos. Después de todo, ya la habían colmado de dolor y heridas desde antes.
Pasó rápido a la acción, sin mayor demora ni vacilaciones.
De no encontrarse encadenados por los tobillos y maniatados, el clero habría desaparecido como cucarachas en todas direcciones, cuando marcó a la primera presa del ganado con el fierro al rojo vivo.
— Uff, cómo lo siento.
Por su puesto, la presencia de los Interfectos, en especial aquellos que tenían la nariz y los pómulos consumidos, escurriendo un líquido negro al que llamaba miasma, componían un recordatorio de la propia muerte, que les helaba la sangre y les impedía moverse a muchos.
Se apresuró con el siguiente. Lo que tuvieron para espetarle, a Mary sencillamente no le interesó. Estaba demasiado ocupada haciendo gala de toda su victoria, canturreando con una sonrisa de oreja a oreja, saltando de aquí para allá y dando vueltas, mientras el clero no osaba defenderse. O no se atrevía. A decir verdad, de aspecto acobardado, solo se encogían, pataleaban y gritaban al recibir el beso del fuego en su piel. No eran más que un hatajo mentalmente débil, temeroso, justo lo que la Iglesia habría querido hacer de ellos.
«Amo a MB», les imprimía, donde «Amo» era en realidad el dibujo de un corazón. Pero no hizo esto con más de diez u once.
— A la mierda. Qué aburrido. — anunció, lanzando el fierro a algún lugar.
Más que complacida, se hallaba impaciente, esperando por el Leproso. La idea maravillosa del bardo y de los músicos había brotado sin previo aviso. Mientras tanto, debía contentarse con algo más. Cogió un cuchillo de tamaño y filo considerable. La crudeza del juego entre el acero, la carne y la calidez del sangrado fue una alternativa encantadora, apenas un aperitivo, como un preludio antes del verdadero concierto.
«Mary estuvo aquí», les tatuó a algunos hombres en zonas bastantes intimas, forcejando a tal punto que sus Interfectos tuvieron que implicarse para que se quedasen quietos. «Propiedad de Mary, no mancillar más», les garabateó a las monjas, que fueron más permisivas y al mismo tiempo más estridentes en sus súplicas.
El bardo celta arribó a la Antecámara no por la puerta principal, sino por la única galería balaustrada que se había conservado intacta. Irrumpió con su voz ahogada tras la máscara de metal y con las cuerdas de su lira acariciadas por dedos enguantados, mientras algunos rostros conocidos ingresaban de igual manera en la que los cristianos lo habían hecho.
— ¿Y estos quiénes son? — le preguntó al bardo. Por más que reconociese a la Corte Cebada del Rey, habría otras caras entre los cuarenta prisioneros que no había visto antes.
— Son el público. — Fue todo lo que le dijo el Leproso. Cosa extraña que nadie más que Mary le llamase así.
Al tiempo que afinaba sus instrumentos, tanto su finísima garganta como aquel otro que portaba en manos, se acomodaron en lo ancho de la galería arpistas y violinistas profesionales que habían pertenecido la semana pasada al rey Leonor II. También surgieron hombres que eran celtas hechos y derechos, con flautas, tejoletas y darbukas, una especie de tambores al parecer.
Mary había tenido el honor de conocer a la Corte en la madrugada, con lo que sus rostros y nombres aún se conservaban frescos en su mente. Vio con agrado como el Canciller de Dranova y el Almirante hacían bulto entre los presentes. Lord Ashton Lyall, erguía la cabeza con orgullo, actuando de manera tal que ocultaba todas sus inquietudes, o casi todas. Sin lugar a duda, un hombre con un bigote tan poblado como el suyo, provocaba risas más que inspirar respeto. Lord Dorian Stockwell también le resultaba un tanto atractivo, pero el rostro muy cuadrado y el torso de barril no lo dejaban bien parado a ojos exigentes.
« Si al otro lo afeitara de cabo a rabo, hasta sería un placer echarle una mirada. »
« Solo una mirada », le advirtió Naamah que se acostumbraba lujuriosa nada más con Ramsey.
De igual forma advirtió al temeroso y encantador Leann «Shel…algo», un muchacho de pocas pecas con trece años a lo mucho. Se hallaba por alguna razón oprimiendo el llanto, pero la tembladera de sus labios y lo acuoso de sus ojos lo delataban. Mary le concedió su compasión y pena. Era un ser de luz, adorable y cándido, o al menos daba esa impresión, por lo que fue hasta él para consolarlo de algún modo.
Sin embargo, de camino se cruzó con un rostro que le resultó familiar, demasiado familiar. Aquellos ojos verdes azulados de grandes y perfectas cejas captaron su atención y le devolvieron la mirada, entre las pocas mojas que se atrevían a alzar el mentón. La muchacha retiró los ojos de inmediato.
— ¿Te conozco? — se detuvo a preguntarle con aires de incredulidad. Como respuesta, la mujer negó enérgicamente con la cabeza, muerta de miedo. Mary con suma facilidad olvidaba rostros, pero había algo en ella que la perturbaba y pensaba saber qué era. — Creo que sí te conozco. Te he visto antes, hace mucho tiempo.
— No, no. Le juro que no.
Su voz la delató. Ni en mil años recordaría su nombre, pero nunca iba a olvidar una de aquellas voces que se negaron a ayudarla mientras sufría el peor de los castigos de una Abadesa desquiciada y obediente hasta el enamoramiento a su Señor.
— Yo creo que sí — insistió, divertidísima, mostrándole los dientes en una sonrisa tan abierta como difícil de replicar —. Te vi unas cuantas veces en cierta villa. ¿Recuerdas aquel verano donde el calor se hizo insoportable por la noche? Tanto que los edificios comenzaron a arder — El trago amargo del recuerdo le cambió el gesto a uno más sombrío. —. Te hiciste llamar mi Hermana alguna vez.
— No — chilló, aflorando lágrimas. —. Yo no os conozco.
Mujeres como ella salían del convento únicamente para visitar a sus familias, recaudar fondos de gente pobre con el diezmo o viajar a la Corte del Rey para recaudar incluso más fondos. Por suerte, eso se había acabado.
Con uñas barnizadas en negro y una mano acerada con todo el odio acumulado por los años, Mary le cerró los dedos alrededor del cuello, mientras con la otra la rasgaba de hombro a hombro, dibujándole una línea curva sobre el pecho. Y antes de que alguien más se echara a llorar, bebió de ella propinándole un lametón al nacimiento de sus senos, donde la sangre discurría como una llovizna. La Dádiva se echó para atrás e inhaló del aire a fondo.
— En el convento no te enseñaban a hacer esto — añadió antes de abrirle la boca con un mano. Se echó sobre ella y con un profundo beso la obligó a tragarse su sentencia. El cuerpo convulso de la monja cayó de rodillas, luego su espalda se arqueó hacia atrás y sus ojos se pusieron en blanco, como si se tratara de uno de esos exorcismos que los cristianos se inventaban, cuando el humo rojinegro en lugar de convertirla le robaba la vida de manera lenta y atroz. —. Si es que hay otro lado, dile a la abadesa Elinor que aquí en la Tierra todo está de perlas. — Al final, cuando por fin paró de zarandearse como pescado fuera del agua, Mary entrecerró los ojos. — Mirándola mejor ahora… Ay, no lo sé. ¿Me confundí de persona?
Tuvo sus dudas al respecto, pero todo el asunto se le olvidó tan pronto le llegó el lloriqueo de Leann «Shel…algo». Yacía a gatas, como inhábil ante la desesperación. Fue rápidamente hacia él, y preocupada, se inclinó para ponerse a su altura.
— ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? — Mary lo sabía de sobra. Era el rostro de la muerte lo que veía en ella.
— No estoy llorando. — mintió, sorbiendo por la nariz.
— ¿Sabes por qué hice eso? — Se sintió avergonzada de golpe.
— No, mi lady.
«Se lo dejaré pasar». Sentía debilidad por el chico.
— No porque esté mal de la cabeza. — Aun así, carcajeó cruelmente. Pasando de lado a lado el cuchillo. — ¿Sabes que dicen de los pelirrojos? Qué nacimos de las llamas como el Ave Fénix y a que a las llamas volveremos para morir… Como el Ave Fénix. Este cabello es castaño cobrizo, pero da lo mismo. Es casi rojizo. ¿Te parece?
Por desgracia, Leann rompió en un mar de lágrimas que apagaría cualquier hoguera.
— No quiero morir así, mi lady. Por favor. No quiero.
— No, no, no — se apresuró a decir, asustadísima. — ¿Qué hablas, tonto? ¿Por qué piensas que voy a matarte?
— Ah, ¿no?
— Mierda no. — Y le cogió las manos, acercándose todavía más. — Vine a confortarte, Leann Cualseatuapellido. Y también a pedirte un favorcito.
— No intentes jugar conmigo. No es gracioso.
— No bromeo. Nos agradas. Pero no te emociones mucho, eh, solo como amigos.
— El favor… — prosiguió él con timidez.
— No quiero verte llorar, cuando esto de inicio, así que vete a llorar a otro lado. ¿Te gustaría hacerlo sobre una taza de sopa caliente y una tarta en las cocinas?
— Suena bien.
— Mejor que bien — Y lo ayudó a ponerse en pie. No estaba muy segura de lo que sucedía alrededor. Tenía sus sentidos concentrados en el chico. —. Pero tendrás que regresar a la celda al terminar. Lo siento. Dime, ¿te tratan bien? — Mientras tanto, uno de los Interfectos menos consumidos, y por tanto menos terroríficos, se deshacía de sus cadenas.
— Bueno…, lo mejor que se podría decir. Es una celda, mi lady. Pero, no lo entiendo. Eso no es un favor. Es un regalo.
— Ahí te equivocas, ruborcito. Quiero que te lleves a este gato de aquí — Señaló a Beelzebubu, que olisqueaba el humo y sangre que asomaba del rostro de la recién perecida. —, para asegurarme de que no vea… ¡No, gato! ¡No te comas eso! — Cuando se lo trajeron, lo depositó en los brazos de Leann, y despidió al muchacho con un beso en una mejilla. Ya se había limpiado la boca para entonces. — Qué no lo toque nadie más que tú, ¿comprendes? — le explicó mientras lo acompañaba a la puerta. — En especial, ese Brynjar tocapelotas. Dale de todo lo que comas y qué se cebe tanto como quiera. Cuando termines, entrégaselo al cocinero, ya debes conocerlo, él era parte de la servidumbre de Leonor. ¡Hasta luego! — les gritó, azotando las puertas de un golpe.
Una vez dicho todo, se giró con gesto bufonesco.
« Creen que estoy loca, pero no. Solo me divierto. »
En las paredes repuntaba su canturreo risueño y también el eco de los pasos en su camino de regreso, en instantes en los que su público y su banda musical aguardaba en silencio.
Y a su señal, la noche triste cobró vida con el sonoro tañido de la lira, el violín y los tambores, nacidos de una excepcional demostración de pericia. Después vinieron la melodía del arpa y la flauta para unirse a la alegre y movida tonada. Con el sentido de la vista obstruida por el abismo de sus parpados, inundó sus pulmones de aires de armonía; sus voces por fin aplacadas y complacidas por lo que estaba por suceder. Cuando el Leproso prestó su voz, Mary Blood se abrió camino entre los congregados como una danzarina, dejándose llevar por los vientos gloriosos de la composición, haciendo un uso fantástico de sus pies y repartiendo cortes y punzadas en consonancia con la música que anegaba sus oídos. Pronto, los alaridos de las víctimas se alzaron como un coro altisonante por encima de los instrumentos.
Los Aún-no-muertos participaban meramente para apresar al borrego más cercano o hacer que aquellos inquietos que buscasen escapar retrocedieran a punta de armas.
Todo su baile iba presidido por movimientos floridos conforme los cuchillos chispeaban a luz de las antorchas. A medida que saltaba y daba giros al son de la pieza improvisada, repartía dolor con cada caricia del acero. Los cuerpos de sus víctimas derramaban lágrimas de sangre. El rastro que iba dejando tras su paso donairoso convertía al suelo en un regadío sangriento de cien charcas y la estela vaporosa de gotas carmesí que la acompañaba allí donde fuera centellaba como si de gemas se tratasen. El primor de este rocío era solo comparable quizás con aquella llovizna majestuosa que un Hada engendraba con su mera presencia.
Pero la magia de sangre distaba mucho de conservar aquella pureza y bondad.
No habría podido aunar su voz, aun cuando dominase la letra y el idioma en la que la habían traído al mundo. Al poco aliento que le restaba, su alma le había encomendado que liberase una carcajada musical a los cuatro vientos. Su enorme y blando corazón, en lo que respectaba a él, centraba su empeño en que cada beso de los cuchillos lograse conquistar los mil deleites de una justicia digna de poemas y alabanzas. Sin embargo, el acto de escarmiento, aún con todo lo que representaba, resultó menos apasionante de lo que habría supuesto alguna vez; sino más bien pacífico.
Buscó un orgasmo, una explosión repentina de sensaciones, sin algún éxito. Le arrebató la vida al primer hombre, insertándole ambas hojas en el pecho y calando tan profundo, como si aspirase a que no le fuera posible retirarlas. Pero, de todas maneras, obtuvo la satisfacción que ansiaba por otros medios. Mary sentía que flotaba por los aires, como aquella vez que, por curiosidad, ingirió las setas alucinógenas de Brynjar.
Su corona de rosas y su vestido seguían a juego, pintorreadas de rojo carmesí. Manos, pies y rostro también se bañaban en sangre, una vez fue consciente de ello. Y sin dar tregua a sus ambiciones, con su don para la hechicería necesitó de nada más el vestigio de un pensamiento y un par de dedos, para que toda la sangre recorriese su cuerpo al roce con su piel, cual riachuelos que renegasen la naturaleza común de las cosas. El vestidillo pasó de mostrarse calado en rojo a quedar seco como un hueso, al igual que el resto de ella.
Toda la sangre se había acumulado en sus palmas. Lanzó el arma de su mano diestra al aire, para que esta quedara libre dos segundos en los que ejecutar el sello:
Solidificación
» Mary remató el hechizo dándole a la sangre forma de espadas cortas que recubrían sus cuchillos y haciendo que se condensaran, tanto o más fuertes que el cobre mismo.
Como estrellas fugaces, algunos sonidos más allá de la música pasaban volando en un santiamén sin conseguir atenderlos. Vociferó una risotada descomunal, abriendo las puertas al segundo acto. Las espadas de magia roja relampaguearon, veloces, cercenando algunos brazos y cabezas de aquellas pobres almas corrompidas. Las liberaba de su prisión carnal con una, dos o tres estocadas, enclaustrando el triunfo de todo lo que se supiera para ella fuese celestial.
Mandó a algún Infierno a cinco de ellos, con su proeza de fábula, antes de hundirse irremediablemente al abismo de su propia estupidez. En un momento dado, al tiempo que danzaba, se le cruzaron los pies, y cayó de bruces sobre el suelo. Ya se había encontrado mareada desde antes de tanto dar giros. Sin embargo, se dio la vuelta, y de espaldas al suelo, no le quedó de otra que reírse, como si fuese alguna clase de lunática. Rio, rio y rio, hasta que el estómago y los pulmones comenzaron a dolerle, mientras de fondo solo escuchaba el tañido de los instrumentos y la voz del bardo, tenues y ahogados.
Más tarde, una sensación muy familiar la atravesó como un rayo. Se levantó con dificultad, y entonces la barahúnda del público y el griterío de un hombre iracundo reventaron su burbuja de felicidad. Un Interfecto sujetaba maquinalmente por un brazo al Canciller de Dranova, quién aún con las manos atadas, daba todo de sí para liberarse.
— ¡Para con esto de una buena vez, sucia bruja! ¡Ya basta de esta carnicería!
Mientras Mary se acercaba a él, con rencor y sangre hirviéndoles en las venas, un segundo Interfecto lo cogió por un hombro y lo sujetó bien.
— Lo arruinaste — le reprochó Mary a rabiar. —. Habrá que comenzar de nuevo todo el condenado espectáculo. — Y dio la orden para que lo golpeasen en el estómago. El hombre enarcó la espalda hacia delante.
— ¿Acaso no tienes…? — comenzó diciendo lentamente, sin apenas aliento. — No, como podría un monstruo como tu tener conciencia. No hace falta maldecirte, bruja, ya estás maldita desde el día en que naciste.
Se mantuvo en silencio sin cavilar, algo mareada todavía. Al cabo de un rato, volvió por completo en sí misma. Cuando Ashton le escupió a la cara, sus voces le susurraron qué hacer. Pero se limitó al limpiarse rápidamente con una mano.
— ¡Dios te castigará! — arrojó el Canciller de pronto, enrojecido por la cólera.
— ¿Dios?
— ¡Si no paráis con esto ahora, el suplicio que recibirás aún peor será!
Ella suspiró, decepcionada.
— Qué pena. Me llegaste a parecer a atractivo, sabes. Incluso con esa bola de pelos sobre el labio y los kilos de grasa de más. Ya que… ¡Perros míos! — Y les dictó los preceptos a sus súbditos con medio pie en la tumba. Dos de ellos lo mantuvieron quieto; otro llevó hasta ella una antorcha; y un cuarto le vació un tonel de ron al Canciller desde arriba.
Y sin más, y con el rostro inmutable, dejó caer la antorcha sobre él.
— ¿Hace calor aquí, Ashton, o eres solo tú? — quiso saber, cuando él gritaba y rodaba por el suelo, colmado de desesperación e irrefrenable dolor. Mismas sensaciones que cientos de miles como el Canciller, le habrían hecho sufrir a cientos como Mary.
El fuego se extinguió mucho después de que su vida lo hubiese hecho.86Please respect copyright.PENANAkriigDvQCC


