No había dormido en los últimos dos días. No después de haberse enterrado las uñas en la tierna piel de sus palmas a causa de la furia, del dolor y de la desesperación.
— ¿Ella también? — desconsolada, se dijo entre susurros. — ¿Ella también me traicionó? Mi propia sangre. Mi propia prima.
— No te preocupes, pequeño Príncipe — le había confesado Diane a Elliot aquella mañana en la que hubo partido. —. Tengo el presentimiento de que esta no será la última vez.
Diane Liongborth se había marchado fortuitamente un día antes de que el asedio a la ciudad diera inicio, aun cuando Alice le insistiera que se quedase por más tiempo. Y, por si fuera poco, con aquella sonrisa ladina, se había despedido de manera tan incierta de su supuesto sobrino.
La Duquesa era su prima y no su hermana, sí, pero había crecido junto a ella como solo una hermana lo haría. Desde la infancia, desde la tragedia que le hubo arrebato la vista, habían sido como uña y carne jugando y cotilleando por los corredores del castillo que las vio florecer a ambas. Habían sido separadas al cumplir la mayoría de edad solo por el deber de una mujer en un mundo regido por los hombres. Su prima había sido siempre tan predispuesta a la bondad, a entregar su amor y su ayuda a quién más lo necesitase. Sus más allegados la veían como una «perita en dulce» y el pueblo llano de allí donde fuera la elogiaba como a una santa en toda vivencia. Habría sido impensable, incluso grotesco para algunos, insinuar que alguien del perfil de Diane pudiera haber fortalecido la conspiración que se había estado cociendo a fuego lento a sus espaldas.
Pero las personas cambiaban con el tiempo, la Reina mejor que nadie lo sabía. Alice había sido una joven de risa fácil, un ser de luz que confiaba en todo aquel que le devolviese la sonrisa, antes de descubrir que no todos eran lo que aparentaban y que la vida consistía más en amarguras que en dulces sabores.
« Y Diane y yo no nos habíamos visto las caras desde hacía un decenio. »
Tiempo más tarde, le acudió a la mente una imagen enterrada bajo una pila de recuerdos. Una repentina bilis le subió por la garganta, bañada en una espesa ira que se vio obligada a tragar en la medida de lo posible.
— Sí, tal vez mi esposo debió haber sido el Rey. — hubo dicho un día antes de su despedida. Rememoró aquello con ojos de consternación.
No quería creerlo, pero eran demasiadas casualidades puestas juntas. El Duque de Lionshire no conservaba un especial aprecio por su hermano mayor, todos los sabían, pero era un hombre honrado y justo. En toda su vida no había mostrado señales de ansiar la corona que Leonor había heredado, ni Diane habría apoyado su reclamo, más allá de que acostumbrara a desbocarse de amor por su esposo. Alice a duras penas se vio tentada a creerlo.
Pero el gusto le duró más bien poco.
La voz de su prima retumbaba en su cabeza, dando vueltas y vueltas mientras coreaban las dos frases que no la dejaban conciliar el sueño. Cuando cerraba sus ojos, podía ver el rostro delicado de la Duquesa asomándose por encima del hombro de Edward Stanford. Sin embargo, por más que aguzase sus oídos, no le llegaban las palabras que se cruzaban.
Vivía en un mar de preocupaciones en la que surcaban un millar de velas enemigas, y dónde Alice se dejaba guiar por corrientes de dolor y desconsuelo que solo servirían para hundirla todavía más. Los traidores que se hacían pasar por sus súbditos no le daban respiro, por más que hubiese esperado la bofetada de alguno de ellos, como era el caso de Connor Bressler y su moza de taberna.
En el alba gris, luego de haber encontrado a ser Covan inmerso en un profundo sueño, los demás caballeros se habían dispersado rápidamente en sus monturas como hojas arrastradas por el viento, para intentar darles caza a los responsables.
Richard fue a su encuentro, mientras ella yacía de piernas cruzadas sobre las mantas que usasen de lecho para su tosco y humilde campamento.
— Ser Covan ya ha despertado — le dijo. Su rostro lucía rígido, como tallado en piedra. —. Aún está mareado, pero lo suficientemente consciente para hablar. Fue Connor quién lo hizo.
Alice ni siquiera volteó. Si se hubiera dirigido a él con el calor del momento, lo habría querido fulminar con la mirada. En cambio, escudriñó el horizonte con sumo desdén.
— Madre — siguió. —. Daremos con ellos, te lo aseguro.
— No, no lo harán — le indicó, sin emociones. —. Él es un jinete de exploración. Conoce estos bosques como la palma de su mano. Aun así, el muy imbécil debe haber regresado a la Capital junto a esa moza. Querrán salvar a sus familias, lo entiendo, pero morirán como los perros traicioneros que son.
— Creí que me serían fieles. Se arrodillaron y pronunciaron los juramentos.
Cuando Alice hubo aplacado todo su rencor, le dedicó un vistazo. Su hijo se encontraba más triste que enfurecido, mirando hacia el suelo, ensimismado en sus remordimientos.
— Para hombres sin honor los juramentos son solo palabras que se escupen — le recordó. —. Y las mujeres tampoco se salvan de esa cruda verdad.
— Pude ver que Connor era un indigno, un indómito, por la manera en la que respondió ante ser Paul. Pero me sorprende que haya osado romper sus votos, aún después de haberse arrodillado. — Suspiró. —. Y Atenea…
— Él no se arrodilló ante ti — Al respirar de su incipiente mediocridad, Alice se apoyó en una pierna para alzarse. —. Cayó al suelo después de que su descaro fuese pagado con la misma moneda. ¿Es que no estabas allí? — El enfado no le permitió aguardar a una respuesta. — Y en cuanto a Atenea, no te resultó nada difícil tomar una decisión, ¿verdad? Le pediste su lealtad y palabra incluso antes de conocer su historia. También se arrodilló, pero lo hizo porque no tenía otra opción. Todo el mundo te será agradecido, te besará los pies y dirá palabras bonitas en tu honor, si con ello conservan su cabeza. Pero eso no significa que hayas obtenido su lealtad, sino su miedo. Y para personas tan indómitas el miedo no es más que algo pasajero.
Si su hijo indulgente no había soportado la idea de exigir la ejecución de dos hombres, lejos habría estado de pretender la cabeza de una mujer que de rostro era tan encantadora. Su bella figura, aun cuando vistiese como varón, había obstruido sus sentidos desde el primer momento. Y en el transcurso del día posterior a que la recibiese entre sus filas, Alice lo había sorprendido observando de soslayo a aquella vulgar moza de taberna más de una vez.
Y, si bien aquel indeseable par gozaba de fuego y osadía en el corazón, lo supo con solo conocerlos por una noche, era Connor el que pecaba de insolente. Que escapara y se saliese con la suya al final era algo cuanto menos engorroso para Alice, cual sal en sus heridas recién hechas. Por lo demás, podía dar por sentado que el muy cabrón no era un detractor más a los servicios de la Horda; puesto que, si hubiera sido el caso, se habría cobrado la vida de ser Covan en su huida.
Incluso así, habría preferido ver cómo era ajusticiado por la espada.
— No sé qué más decir que esto — Richard corrigió su postura. Se enderezó, recto como una flecha. —; no volverá a ocurrir.
— Así es, estoy bastante segura de eso. Porque desde ahora serás depuesto como líder. Déjame a mí manejar esto, ya que así debió ser desde un principio. No estás listo todavía, hijo, ahora lo sé.
Le hubiera complacido ver cómo a regañadientes se rehusaba, cómo se aferraba al poder con todo lo que tenía, en lugar de solo verlo reflexionar un segundo antes de asentir.
« ¿Has sido sabio al reconocer tus errores o simplemente dócil? » No sabría decir si lo uno o lo otro.
— Vamos hacia el noroeste, madre, pero ¿hacia dónde nos dirigimos exactamente?
Aún no lo había decidido. El Príncipe había metido la pata, pero en ella estaba echarse o no la soga al cuello con su elección.
— Aquellos que te siguen — se apresuró a señalarle, como un medio para disuadirlo de sus actitudes. — más temprano que tarde comenzarán a verte como han visto a tu padre por muchos años: endeble, voluble e indolente, de no…
— De no ordenar mis ideas y decidir — se le adelantó, zanjando allí el asunto. No era la primera vez que Alice se lo recordara. —. Con acciones, no solo con palabras.
La Reina lo dejó a solas con sus pensamientos, esperanzada de que terminase de aclarar sus dilemas algún día en un futuro cercano.
— Reza para que no volvamos a verlos en vida. — arrojó sin girarse.
— ¿Por qué?
— Porque si lo hacemos, deberás cortar sus cabezas tú mismo.
Más tarde aquel mismo día, para fortuna de su hijo, no se habían encontrado con las caras de los perjuros. Y mucho menos esperaba que lo hicieran a partir de entonces.
Alice Liongborth, con gesto solemne y la frente en alto, cabalgaba a horcajadas a la cabeza de la escolta. Miraba sin ver, con ojos de furia apagados, al horizonte del mundo, hacia el porvenir. Elliot montaba a lomos del mismo palafrén castaño, con ambas piernas orientadas a un lado. Su pequeño mantenía todo el rato una ligera sonrisa en el rostro perfecto, maravillado de visitar un bosque otoñal tan hermoso. Antes de aquella ocasión, solo había salido de la ciudad dos o tres veces en las que no llegó a bajar del carruaje. Le había contado que todo era parte de una excursión, en aras de escudar su contento. Y él comenzaba, recién al segundo día, a hallar encanto en el exterior.
— ¡Es un jardín inmenso! — le confesó a Alice, con una expresión de asombro. — ¡Tan inmenso como el mar!
Ladeó la cabeza. Fue un placer para ella devolverle la sonrisa.
« Es feliz, porque aún es un cascarón medio vacío. Qué preciosos son — Alguna que otra vez, caía en la irremediable tentación de ser una niña nuevamente. —, él y su inocencia. » Elliot cumpliría once años en primavera, y aunque irradiaba la bella candidez de un chiquillo de la mitad de su edad, era tan listo y perspicaz como se esperaba de él. « En la ignorancia se haya una felicidad como ninguna otra. » ¿Cuánto faltaría para que ambas se le escaparan de las manos? Lo cierto era que nada duraba para siempre. Qué su tiempo de sonrisas sin ningún motivo durase lo que tuviese que durar.
El séquito trotaba fuera del camino allanado, por rumbos en los que probablemente el mayor de sus enemigos había pisoteado alguna vez para vilipendiar su castillo, su ciudad y su reino. Aquellos paganos que no respetaban más leyes que las suyas adoraban a dioses de la naturaleza. Algunos eran duendecillos o monstruos ciclópeos. Sin embargo, el panteón al que los celtas pedían favores se conformaba por deidades de la luna, del sol, de los ríos, de las montañas…y solo ellos sabrían de que más; los Tuatha Dé Danann. Le parecía a Alice una broma de mal gusto que salvajes de la caterva más despreciable tuvieran sus moradas y sus templos de plegarias en lugares tan hermosos.
Del naciente al poniente, se había dedicado a maquinar un destino al cual dirigirse. Los caballeros platinados la habían estado siguiendo sin cuestionarla ni poner peros de por medio, pues les había demostrado en el pasado ser una mujer autoritaria. Se morderían la lengua, a menos que les ordenara lo contrario. Y eligiese lo que eligiese, la escoltarían hasta el fin de los tiempos.
Veía enemigos por todas partes. Cada vez que cerraba los ojos la silueta de Diane surgía de la oscuridad con aquellos ojos cegados que parecían estudiarla a través del alma; siempre que los abría, recordaba a Edward, a Atenea y a Connor, quienes habían jurado servir a su Reina en nombre de Dios. Rememoró sin sorprenderse que lo poco que el plebeyo había hecho por ella, no había valido de gran cosa.
« Lo sugirió, como si nos tomase por idiotas. » Por supuesto que el regimiento al mando de ser Logan contaba con un número de hombres suficientes para mantener un asedio a la ciudad hasta que llegasen los refuerzos de grandes señores, pero… Toda idea llevaba a Edward, porque el muy desgraciado estaba en medio de todo. A aquellas alturas, Richard y los caballeros de su guardia, se habían enterado por sus labios acerca de la traición del consejero a la Corona y de cómo había conspirado a favor de la Horda de las Bestias. Cabía la posibilidad de que su estratagema no hubiera acabado únicamente al enviar lejos a diez mil espadas que serían fieles a la causa de la Reina, quizás el Ser y algunos de sus oficiales no eran más que títeres de quién había estado moviendo los hilos aquí y allá en el reino durante años. Por más absurdo que pudiese sonar a oídos de ser Lancelot Slaugther y ser Garrett Lancaster, lo cierto era que bien Edward podría haberlos puesto en jaque desde un inicio. Al reformar buena parte de la administración, el traidor podría haber situado en cada casilla la pieza que más le conviniese.
De vez en cuando, Alice ponía en dudas si estaba siendo presa de la paranoia. Pero cuando sus conjeturas recibieron el visto bueno de algunos de sus hombres, incluido el mayor de sus hijos, no hubo necesidad de obsequiarle más tiempo a aquel mal hábito adquirido con los años.
En cuanto a Jerome, que se había convertido en una especie de rehén sin ataduras, opinaba todo lo contrario. Aunque él era un simple populachero sin voz ni voto.
Las teorías y las alianzas cuestionables no acababan allí. Devan Arnholt, el joven Barón, era otro quién cuyas acciones atraían la desconfianza. Cientos de soldados había puesto Edward a su orden para socavar una aparente incursión demoníaca de Lucifersons en la villa de Ilaryan; setecientos hombres que bien podrían estar rastreándole el paso, hasta dónde le alcanzaba el juicio. Tanto si hubiera marcado una diferencia como si no, cierto era que aquel gesto de solidaridad con Ilaryan había reducido a la ya de por sí mermada Guardia de la Ciudad.
No eran caballeros ni hombres de fiar, solo un gentío de monos entrenados que se venderían sin el más mínimo recato por unas cuantas monedas. Y encima, existía la posibilidad de que el traidor en persona los hubiera seleccionado, razón por la cual ir en su búsqueda era como lanzar una moneda más.
De repente y de nueva instancia, le sobrevino el recuerdo como caído del cielo por un rayo. Fue un latigazo de dolor y desprecio que le dejó el rostro hecho una mueca de rabia mal disimulada. No pudo evitar coger las riendas con una fuerza tal que le despedazaría las manos a cualquiera. No había derramado lágrimas por la ciudad ni por su esposo, pero sí por el único hombre con el que había osado encariñarse, aquel al que también tanto deseaba estrangular hasta la muerte. Reconoció con amargura que harían falta demasiadas lunas para que su amor por fin se desvaneciese, pero el dolor sería siempre una cicatriz en su memoria. Cargaba con un horrible llanto y un grito trabados en la garganta, cuando su pequeño príncipe la sustrajo de su angustia.
— Observa, madre — Señaló delante del camino, donde una tropa de abedules se enfilaba a los flancos. Un soplido del viento había arrastrado a un centenar de hojas amarillentas de otros árboles al encuentro con la comitiva. Elliot se estiró con una risita para alcanzar una, pero no lo consiguió a la primera, ni tampoco con los intentos que vinieron después, de modo que Alice cogió una para él con rapidez. Y Elliot se la quedó observando por un instante. —. Tiene forma de corazón, ¿ya la viste?
A decir verdad, así era. Frágil, más incluso que el papel, se había estropeado un poco en el proceso apasionado de Alice por intentar conseguirla. Tuvo el gesto de indicárselo a su hijo y disculparse.
— No importa — respondió, optimista. Le arrebató la hoja de las manos, y con sumo cuidado y paciencia redobló los pliegues. La embelleció al dejarla sin ningún rastro de heridas. — ¿Quedó bien?
— Así es.
— Entonces, ten. Es para ti — Y se la tendió. Alice no acabó de creerse del todo lo que sucedió a continuación: — Una más para la Reina de Corazones.
Se le escapó, aliviada, un trocito de todo ese dolor que le presionaba el pecho en forma de una exhalación de incredulidad.
« Así solía llamarme. » Si bien había sido su niño quién en toda su ocurrencia después de jugar a las cartas ideó el nombre, a Edward le hizo gracia y simplemente lo adoptó para sus escapadas de medianoche. El pequeño acabó por olvidarlo. O eso había creído Alice. Al ver a Elliot, se le reflejó en los ojos todo el afecto, toda la dulzura que les daba su color de miel. Le agradeció el regalo y que la alejase por un momento del calvario de sus remordimientos. Y con lo poco que restaba de su buen espíritu, a cambio le dio un profundo beso entre las cejas.
Aunque no se permitió que le quitase más tiempo de lo debido, muy en el fondo había ansiado y necesitado un instante de alegría. Demasiados ratos de angustias y desazón podían extraviar hasta la mente más austera.
— ¿Dónde está mi padre? — quiso saber. — ¿Por qué no ha venido?
— Tú padre es un Rey. Debe estar muy ocupado en sus asuntos. — Estaba decidida en ocultarle la verdad hasta que descubriese por cuenta propia que Leonor, a quién veía como un héroe, no había sido más que un hombre perezoso y un soberano únicamente de título.
— ¿Y hacia dónde vamos?
Había oído de los labios del Paladín ser James la misma interrogante tiempo atrás, antes de que partiesen. Cuando Alice se vio acorralada, sin saber bien que decir, ser Robert salió en su defensa sugiriendo que deberían encaminarse al sur y un tanto al oeste, hacia Namiera; a veintenas de leguas, sí, pero al fin y al cabo la ciudad más cercana que tenían a disposición.
— Murallas altas y resistentes, Alteza — trató de explicarle. —. Un castillo bien guarnecido en la cima de una montaña arbolada y tan empinada que aun disponiendo de un ejército de veinte mil hombres resultaría complicado tomarla por las armas. Me atrevería a asegurar, incluso, que más inexpugnable que vuestro hogar.
« Mi hogar se encuentra más al norte. Galmest es mi hogar, no la Capital. » Alice no había pedido su consejo, pero aceptó la sugerencia, hizo como si la sopesara y declinó cortésmente. Era lo que se esperaba de ella, en teoría.
— Mantendremos el rumbo que llevamos, caballeros — fue lo poco que les concedió. —. Tan pronto estemos todos reunidos nuevamente.
Pasó una hora de tortuosa espera antes de que sucediese. Ser Darnell había sido el primero en partir y el último en volver por sobre las pisadas de su caballo. Ser Bowen Threagold interpretó las señas de los gemelos sin voz, y anunció que, al igual que todos los demás, no habían visto gran cosa; nada más que árboles, rocas, hierba y animales.
Y lo que respectaba a ser Covan, el hombre se había puesto en pie, tambaleante, ante ella tan pronto la hubo divisado. No trató de esconder su demérito, todo lo contrario, fue en su búsqueda. Con las comisuras de los labios caídas y los ojos que irradiaban más vergüenza que cualquier otra emoción, se había inclinado ante su Reina.
— Como lo siento, Alteza. Confié en él y me cogió desprevenido. La palabra de un caballero debe valer más que todo el oro que pudiese recibir. Aseguré que respondería por Connor y así será, de manera que aceptaré toda represalia que impongáis.
Alice decidió no encararlo al instante. Pasó de largo con gesto hosco hacia su caballo, haciendo como si no existiese. Subió a su cabalgadura, y regresó hasta él. Se le quedó viendo con malos ojos, aunque de soslayo y desde arriba.
— ¿Todavía os parece que es el digno protegido de vuestro amigo ser Vyler? — le arrojó toscamente.
— En lo absoluto, Alteza. Ser Vyler Maine ha de tener una opinión muy elevada acerca de él. Todo lo que Connor nos dijo tan solo fue una sarta de viles mentiras.
— Eso tenéis en común casi todos los hombres, ¿no es así? — Y picó espuelas sin represalia alguna o advertencia, sin siquiera aguardar a que la custodiasen sus demás guardias. Los caballeros y su hijo mayor no vieron más opción que seguirla.
Al humor de la Reina le hubiese venido de perlas hacer mella en la añosa e inmaculada reputación de ser Covan Thompson, degradándolo unos cuantos puestos en la guardia de espadachines platinados para empezar, pero más le valía enterrar todo el asunto bajo una fachada de indulto. De todas maneras, si el caballero no se hubiera inmiscuido en el fugaz juicio a Connor, Alice ponía en serias dudas de que Richard hubiese tenido el coraje necesario para exigir la cabeza del plebeyo, o sin más hacerlo prisionero en aquellas circunstancias. El fracaso como resultado no era de pleno su culpa.
En la silla de montar su hijo pequeño le tiró del brazo una y otra vez.
— No viviremos en el bosque para siempre, ¿o sí? En todas las historias, siempre hay Hadas, fantasmas y demás bichos feos en el bosque.
— No te preocupes por eso, Elliot. No estaremos por mucho tiempo aquí.
— Entonces, ¿a dónde iremos? — insistió. — ¿De vuelta a casa?
Ningún pueblucho era una opción viable; pedir apoyo con ser Logan Guiscard era arriesgado cuanto menos, sin mencionar que no le agradaba la idea de fragmentar a su ya mermada escolta para probar suerte; y en los tiempos que corrían, alojar a su familia bajo el techo de un Gran Conde al que no conocía bien, como el de Namiera, lo consideraba un acto desesperado de locura.
Alice guardó silencio en un instante más de reflexión. Atisbó con el rabillo del ojo como algunos de los caballeros la voltearon a ver con curiosidad voraz por saber la respuesta. Volvió la vista hacia los caminos que habían dejado atrás. Las sombras que el atardecer proyectaba de sus cuerpos eran luengas y los perseguían sin dar tregua. Uno de los pocos hombres que habría supuesto que aquello se trataba de los errores del pasado era su señor padre Baron Marshall. Observó, con los ojos puestos en el cielo, el lugar en el que el sol poniente acariciaba ya los árboles del horizonte, y se percató que en el fondo siempre había sabido a donde dirigirse. Hacia el noroeste, hacia el hogar ancestral de su Casa.
Y por fin, dejó de sentir miedo por la oscuridad que aguardaba más adelante. Y rompió el silencio de su indecisión.
— Iremos a Galmest, con mi padre y lady Lorraine. Visitarás a tus abuelos.
El crepúsculo se había tornado ya en oscuridad, cuando dieron inicio a los preparativos para levantar un campamento rudimentario a mitad de un claro que hallaron a las faldas de la montaña.
Ser James se aproximó a Alice con sumo garbo y disimulo.
—… Connor nos ha demostrado cual es la genuina naturaleza de cada uno de esos plebeyos — comenzó en voz baja al cabo de un tratamiento modesto. —, y en aras de velar por vuestra seguridad, mi Reina, creo que es el momento de ajusticiar al otro. Son propensos a la deslealtad y sus juramentos no valen ni para escupir. Malgastamos un par de ojos en vigilarlo, cuando a decir verdad deberíamos estar alerta a nuestro entorno.
Aquella noche, mientras la Guardia de la Realeza ya preparaba turnos para patrullar y los más afortunados dormían, se reunió con el soldado que yacía sentado junto a un pequeño fuego. En efecto, para andarse con cuidado, a Jerome se le había destinado un lugar a las lindes del asentamiento, retirado, en donde nadie se le acercaba y más de uno lo observaba a la distancia con cierto resquemor, como si fuese alguna clase de perro sarnoso. Qué desgraciado debía sentirse aquel hombre, aunque Alice se limitó a no dejarse ablandar el corazón por la menor lástima. Ser Robert, su preferido y de porte galante, la escoltó.
— ¿Cómo se encuentra vuestra herida, soldado?
Jerome Callaghan se sobresaltó, atragantándose con una pata de conejo cocida.
— ¡Majestad! Es decir, Alteza. — Trató de levantase, pero incluso un movimiento tan básico costaba de más si se hacía con una sola mano y las piernas adoloridas.
— No es necesario, manteneos allí. ¿Vuestra mano?
— Temo que no demasiado bien — Entre las vendas comenzaba a formarse una secreción amarillenta. —. Al parecer el vino no ha funcionado como se esperaba.
— ¿Ya probasteis con fuego? Quemad la herida.
Sin la capucha de cota de malla sobre la cabeza, la piel del rostro, en especial las mejillas, se le veía rosada a la luz de la fogata. Su cabello era tan blanco como la lluvia de nieve que le caía sobre la barba, y escaseaba un tanto por aquí y por allá. Se cubrió la mano atada por las tiras de sus ropas deshilachadas.
— De cualquier forma, no funcionará, Alteza. Estoy seguro.
Alice aguzó la vista con inquisición, sin decir nada en lo absoluto. La mano hábil de Jerome era su izquierda. Y según se decía, a un espadachín zurdo se le consideraba poco honorable.
— Veréis — siguió él. —, creo que el filo del arma que engendró esta herida debió haber estado muy oxidado. Sin mencionar que, ya han pasado varios días desde que caló profundo en mí.
— ¿Corrupción? — inquirió el caballero platinado. La Reina simplemente arqueó una ceja.
— No voy a perder esta mano. O el brazo. Sin nada más que saber hacer y sin dinero. ¡Dios, y a mi edad! No puedo permitírmelo.
Rememoró con interés que Richard lo había nombrado como «el Que Nunca Miente». Y si a su nombre hiciese honor, los próximos días de Jerome resolverían una de las tantas preocupaciones de Alice. El regalo de la misericordia sería de nuevo el pretexto perfecto para librarse de una alimaña más. Rezaría por ello, si era menester. No iba a tirar por tierra semejante ocasión. Pero, en todo caso, si prevalecía la remota posibilidad de que sobreviviese a la infección, al beso de la muerte de aquella espada olvidada, tenía preparado para él las horas de vigilia más largas, para que, con un poco de fortuna, no estuviera muy alerta durante las cabalgatas y simplemente cayese «por accidente». De resto, solo quedaba aguardar hasta atraparlo mientras entretejiese algún complot contra la Corona y que así no hubiese dudas de su culpabilidad.
Alice era aficionada a la creencia de que todo buen soberano, fuera este monarca, Emperador, o apenas un simple conde, debía inspirar más devoción que terror a su propio pueblo. Aquel que fuera amado por quienes lo seguían tenía en sus manos un escudo invaluable. Y aunque Alice no los amase de vuelta, se sentía siempre obligada a ocultar sus verdaderas intenciones por los medios que fuesen necesarios, hasta el punto de mentir e impartir sus propias ideas de justicia cuando nadie más estuviese viendo, con tal de mantener la fachada.
Aquel no era un camino nuevo para ella, pero sí uno en el que aún tenía mucho por descubrir.74Please respect copyright.PENANAhvp6TRMgCq


