Corrió por casi cuatro horas, atravesando el valle abierto y las dunas. Sobre él, la luna brillaba de forma diferente. Su luz se sentía como un velo tenebroso. Hor trato de ignorarlo, creyendo que se trataba de un cambio de humor de Meruel por haber dejado a Hat. Sin saber que, a esas horas, Baba remplazo al joven Soberano lunar y los jóvenes nechers ya estaban atrapados.
Su meta estaba cerca, y pudo estarlo desde antes de no haberse distraído por tantos prejuicios en el camino. No festejaría, ni descasaría, hasta asegurarse de que los suyos estén a salvo. Sin importar cuantos tropiezos tubo en el camino, y de cuantas caídas tubo que levantarse. Hor seguía terco en llegar lo más pronto posible.
Imagino la bienvenida que recibiría de su madre. Ella se sorprenderá de verlo en ese lugar, y solo. Su tía lo interrogaría sobre donde estaba Anpu, si es que su primo aun no volvía. Si él era el primero en llegar, podría presumirlo en la cara de sus nanas y del mismo Anhur.
—Ya casi llego—se animó a sí mismo, esperanzado.
Un kilómetro después, pudo divisar a lo lejos la selva de la cuarta catarata y sintió un éxtasis que le hizo acelerar. Su sueño parecía más real con cada paso que se acercaba. Sin darse cuenta, bajo sus pies ya volaban sobre los primeros pastos.
Entro al manto verde que daba la bienvenida como alfombra a la entrada de una casa. La vegetación en esa zona era viva y exótica, superior a las de las demás regiones. Los árboles crecían fuertes y colindantes, habitados por animales que descansaban en paz y arrullados por el sonido de la catarata.
—¡Ya estoy cerca! —exclamo alegre.
Cruzo torpemente entre los árboles. Salto por encima de rocas y animales dormidos. Asusto a un grupo de gacelas que merodeaban. Se colgó de troncos y ramas bajas para desviar su camino. Cuando al fin salió a campo abierto, freno frente al rio. Estaba en la cima de la catarata, la caída estaba a un par de metros. Respiro sin cesar, lleno de emoción.
—¡Mama! —llamo sin contención.
Siguió el camino del agua en trotes, hasta llegar al borde. La cuarta catarata era un poco más pequeña que la de la primera catarata. Al ser una región dedicada a la naturaleza y refugio de animales, no existían hogares o construcciones humanas. Solo había un templo al pie de la catarata, que era refugio para aquellos que se sometían al peregrinaje.
Hor estuvo a punto de bajar de un clavado. Pero lo descarto por precaución de si algún Necher del agua habría venido con los demás que los cazaban. Vio un árbol más alto que la cima junto al muro de piedra y se subió para bajar por su tronco. En el camino amarro la lanza de Meruel sobre su espalda para no estorbarles. Se lanzo cerca del suelo y retomo su destino.
El templo, hecho de troncos y palmas, realzaba por su estilo rústico y ventilado. Sus muros externos contaban con tallados de los diversos animales que representaban a sus soberanos: leones, halcones, corderos y vacas. Los peregrinos viajaban para vivir un acercamiento místico con la creación y sus dioses, una reconexión. Traían ofrendas que lanzaban al rio, como muestra de entrega absoluta de su devoción. Y regresaban a sus hogares cargados de bendiciones y satisfacciones. Su mama y su tía solo iban por mostrar sumisión a la Kandake y que no se enojara porque las Ojos Solares la opacaran.
—¡Mama! —volvió a llamar corriendo al templo.
Para su sorpresa, el interior contenía estatuas realistas de como lucían los Soberanos de Kush, restos de incienso olvidado desde hace meses, utilería ceremonial intacta y un agujero con bordes ardientes como si fuera la boca de un volcán en medio del templo. Pero no había señales de su madre y tía.
Pestañeo perplejo mientras examinaba confundido el lugar. Entro lentamente, fijo en el agujero que aun emitía calor. Paro a uno paso, y asomo su cabeza al interior. Las paredes del hoyo parecían estar mojadas en lava y no se alcanzaba a ver el fondo ¿Qué fue lo que paso en ese lugar?
Volvió a llamar a su madre, sin recibir respuestas.
—¡Mama! —salió del templo— ¡Tía Nebet-Het! —grito a todos lados— ¡Nanas! ¡Tasenet! ¡Serket! ¡Merseguer! ¡Anpu! —llamo desesperado— ¡Anhur!
Nadie le respondía.
—¿En dónde están?
Se derrumbo sobre el suelo. Habría llegado tarde, se las habían llevado junto con los otros ¿Qué otra explicación había del porque no había nadie? ¿o es que nunca llegaron? El fue le último en llegar, como siempre. Fue un estúpido en distraerse durante todo el camino por irresponsabilidades de otros. De haber llegado antes…también estaría capturado.
—Padre Atum ¿Por qué se olvidaron de mí?
¿Dónde estaban los cazadores que venían por ellos? ¿tuvieron suficiente con los demás? A lo mejor, pensaban que daba igual preocuparse por él. Sin la protección de sus nanas, Anhur y familia ¿Qué posibilidades tenia de defenderse el mismo?
Lo comprobó en su viaje. Estuviera muerto de no ser por la intervención de Meruel y la ayuda de Hat. Por su propia resistencia, no sobreviviría a los Negoogunogumbars. Por su propia fuerza, no detuvo a los infectados. Por su propio poder, no bendijo a los Jentilaks. Por su propia vida, jamás salvaría a nadie.
—Deben pensar, que morí en el desierto—supuso desmotivado—. No se molestarán, ni en buscar mi cadáver.
Se sintió derrotado. Hizo su viaje en vano ¿Por qué seguir si sus esperanzas eran mentira? No existían señales que lo hicieran recobrarlas. Su destino era perder en soledad. Tal como le advirtió a Hat, estaba más segura lejos de él. Y por lo menos, estuvo a tiempo de salvarla del mismo destino que condena a todos.
—Oye, ese niño se parece a esas dos—dijo una voz diminuta.
—Si, pero este se ve muy bofo—respondió otra.
—Deben ser de otro mundo, igual que los espíritus extranjeros que llegan.
—Grito unos nombres raros, seguro que si es extranjero.
Hor se giró al origen de la peculiar charla. Se trataba de dos milanos sentados en una palmera datilera a unos metros del templo. Eran animales normales.
—Ups. Creo que ya nos descubrió—se sobresaltó uno de los milanos y el otro asintió.
Tomaron impulso para salir volando, hasta que Hor los detuvo.
—¡Hey! ¡Ustedes dos! —les llamo parándose de un salto y corriendo a donde estaban— ¡Los ordeno que se detengan!
—¡¿Detenernos?! ¿Qué te crees? ¿un Soberano? —grazno un milano con las alas extendidas, lista para alzarlo.
—¡Lo soy! —afirmo deteniéndose con las manos sobre el tronco de la palmera—. Soy un Sangre de Atum, Soberano de Kemet.
—¡Ah! Eso explica tu especto tan singular—entendió el otro milano cerrando sus alas y su compañero lo imito. Luego ambos dieron una reverencia—. Disculpe, my lord.
—Necesito que me expliquen lo de las dos que mencionaron antes—ordeno Hor con urgencia.
—En seguida—obedeció el mismo milano—. Seguido vienen unas gemelas que lucen un rostro como el suyo…Ahora que lo pensamos bien, deben ser de su mismo mundo.
—Son mi familia.
—Eso explica mucho—dijo el otro milano.
—¿Las vieron en estos días? ¿vieron también a dos Diosas Lejanas, una niña o un guerrero?
Los milanos pensaron y después negaron.
—Hace tres días—empezó a contar un milano—, una nube de vapor salió del templo. Solo las vimos a ellas que ya llevaban días aquí sin salir de ese lugar.
—Ese día, todos los animales nos alejamos de esta zona porque el calor era insoportable—añadió el otro—. Me parece que ambas salieron moribundas. Lo digo porque al día siguiente que estaba más agradable para volar cerca, ellas lucían fatal.
—Y ayer por la tarde ya no estaban. Supongo que se fueron.
—¡¿Se fueron?! ¡¿A dónde?! —exigió Hor.
Los milanos se miraron apenados.
—Ya se, las ranas han estado merodeando la zona desde ayer—insinuó uno.
—Buena idea—reconoció el otro y guiaron a Hor por el lugar hasta un grupo de ranas.
Los halcones presentaron a Hor como lo que era y ellas agacharon la cabeza en reverencia. Les explicaron sus dudas y ellas afirmaron saber la verdad.
—Las escuchamos charlar mientras se iban—explico una rana—. Llevaban algo envuelto de tela, y se quejaban de que era muy caliente. Mencionaron que debían ir con la Kandake, algo que jamás hacían en sus anteriores visitas. O no sabemos, yo apenas tengo tres años y ustedes quien sabe cuántos millones.
—Entonces se fueron a Meroe, la capital—reflexionó Hor—. Es allí donde está la Kandake.
—Así es, para haya dijeron que irían. Y como estaban muy débiles, imagino que les debió tardar el viaje.
Hor no podía creerlo. Su madre y tía tomaron otra ruta sin saber que todos venían a donde ellas. Si hubiera llegado desde antes, las hubiera alcanzado. Al menos, ellas estaban bien dentro de lo que cabía.
—¡Muchas gracias a todos! —les agradeció a los animales, contento— ¡Le diré a Meruel que los recompense!
Cambio de planes. Su nuevo destino era Meroe, al sur. Esta vez no se detendría por nada ni nadie. Mientras aun conservara vitalidad de haber consumido los frutos de Hat, podría correr las próximas horas sin flaquear. Ellas debieran estar a medio camino o ya en la ciudad, dependiendo que tan graves se encontraran o infortunios tuvieran.
Camino al límite del oasis. Nuevamente, emprendería solo su travesía por el desierto.
—Que Atum me guarde—se animó a si mismo—. Y que traigan con bien a los demás.
Hablo muy pronto, cuando el rugido hizo eco desde el desierto. Se le erizo la piel de solo recordar lo que paso la última vez que escucho el rugido de un león. Los animales gritaron asustados en la selva y se escondieron en sus árboles o malezas. Una ola de viento caliente azoto el lugar.
Nuevamente, un rugido acompañado de una ola de calor.
No se quedaría a averiguar que era. Tomo carrera con el corazón latiendo a mil por hora y maldijo su mala suerte. No se repitió el rugido en un buen rato. Y llegando a los veintiséis kilómetros por una hora, cuando ya no veía la selva de la catarata, volvió el rugido seguido de la ola de calor. Esta vez, con una fuerza que lo tumbo sobre la arena.
Seguida de esto, azoto otra ola de aire nada caliente, con un ángulo ligeramente diferente. Un temblor acompañado de un estruendo. Parvadas de aves volando con terror por los cielos. Incluso serpientes de arena intentando enterrase en ella, cosa que hizo sobresaltar a Hor y evitar caer cerca de estos reptiles con repulsión.
Contra el agua del rio, detrás de él, se estrelló una masa de fuego. El choque creo una neblina de vapor densa que invadió la tierra hasta donde estaba Hor y más delante. La mejor forma de describir como se sentía estar atrapado dentro de ella, era compararla con una olla de vapor. Capaz de cocer la piel al mínimo tacto y derrumbar a Hor del dolor. Los animales que tuvieron la desgracia de no escapar, murieron hervidos.
El pequeño necher gritaba afónico contra el comal que se sentía la arena bajo el. Trago parte del vapor por accidente y lastimo su garganta. Intento pararse y correr, por desgracia, sus pies ya estaban chamuscados.
Una silueta emergió al fondo, volviéndose más grande con su cercanía. Hor se acostó boca arriba con los ojos cerrados y sin percatarse del merodeador. Temía que, si los abría, salieron derretidos o quedara ciego. La silueta acarreaba aire caliente, que incrementaba el bochorno cual ningún verano pudo antes. El merodeador se lanzó sobre él, listo para azotarlo con su garra, de no ser porque freno su mano en el aire y soltó un susto.
—¡Todavía eres un niño! —exclamo Mehyt perpleja de la locura que estuvo a punto de ejecutar.
Su remordimiento aplasto su coraje al igual que se apaga el fuego con agua. Se agacho y tanteo sus manos sobre Hor, buscando donde tocarlo sin lastimarlo.
—No. No. No—negó desesperada—. Tu no deberías estar aquí ¿Dónde está tu mama?
Hor no podía ni oírla, su oído estaba sangrando y se cuerpo se enroscaba por la cocción.
—¡Karma! —maldijo.
Aunque su Ka solía ser ámbar, por el Heka de fuego que dominaba. Uso uno teñido de zafiro que correspondía al Heka lunar, un Heka que casi no usaba más que en casos de emergencia. Alzo sus manos y su Ka recorrió el cuerpo de Hor. Las quemaduras y daños fueron desapareciendo, restaurando la condición del niño.
Hor comenzó a recuperar su movilidad y serenidad. Aun se sentía caliente, pero no lastimado. Abrió a duras penas los ojos, y ensancho cuando distinguió a la Ojo Solar.
—Perdóname, fue un accidente—lamentó Mehyt avergonzada—. Te confundí con alguien más. Hor, no buscaba lastimarte. E desviado mi deber para evitar perjudicarte directamente.
Fueron interrumpidos, por una lanza que atravesó la neblina ardiente y se clavó a escasos centímetros de sus costados, lo suficiente para rozar el hombro de Mehyt e incrustarse a lado de la cabeza de Hor sin dañar a ambos. La potencia del impacto fue capaz de crear corrientes de aire, y dispersar la neblina a su desaparición.
El dueño del arma apareció tan sigilosamente como el aire, y tan liviano como la brisa. Recargado sobre la espalda de Mehyt sin tocarla y con la mano puesta sobre el largo de la lanza. Esta, fue llena de un Ka celeste que la modifico a un arma dorada con punta plateada, geroglifos en su mango que decían “Lanza del cielo” y la cabeza de un león tallada al pie de la cuchilla.
—¿Me buscabas, amor? —insinuó Anhur al oído de una pálida Mehyt.


