Paso su mirada a ambos sin decidir a quién prestarle atención. Anhur era un desastre, lleno de lesiones y moretones sin regenerar del todo. Una anomalía que el sujeto que lo dejaba en esas mismas circunstancias de vez en cuando, por entrenamientos simples, pareciera recién salido de un combate reñido.
Cuando lo abandonaron en Buhen, estaba a punto de luchar con Mehyt ¿será posible que estos cuatro días se la paso luchando con ella sin definir el ganador? Su impresión era que Anhur debía ser muy fuerte para aguantarle a una Ojo Solar y todavía retarla a más. Dejando en alto porque era uno de los tres capitanes generales del ejercito de Kemet. Hor ni se había enfrento a una, y solo por estar cerca ya estuvo al borde de morir.
—Felicidades, mocoso—dijo Anhur con una sonrisa cansada pero llena de orgullo—. Llegaste antes que yo ¿y los demás?
Hor no compendio como Anhur en serio le preguntara eso enfrente de una de los enviados del rey ¡Por sus pellejos!
—Bueno, Mehyt—volvió a dirigirse a ella con una mirada juguetona—. Como podrás notar, el mocoso aun no esta en edad para que tu lo sentencies. Si el rey quiere su cabeza, tendrá que esperar más.
Mehyt, que hasta el momento no movía ni un musculo facial, tembló vulnerable. Sus ojos estaban consumidos por dolor y frustración. Cerro los ojos, y cuando los abrió, le hizo una seña a Hor de que se retirara. El niño se levantó de reversa, sin tocar la lanza de Anhur o perder contacto visual de Mehyt.
Anhur entendió. Retrocedió unos pasos sin mover su lanza de donde se clavó. La dejo. Mehyt le agradeció a Hor con los labios sin emitir ruido. Tampoco tomo la lanza, la evito con desaprobación.
—Ves con los demás, Hor—ordeno Anhur. El niño miro la lanza de su mentor, abandonada en su lugar como si su dueño hubiera renunciado a ella—. ¿Recuerdas que te dije que, mientras sigas enfrentando tus debilidades, más valor tendrás para superarlas? —Hor asintió—. Bueno, algo me dice que ya no puedes seguir jugando con palos de madera—sugirió.
En ese momento, Hor se sintió frustrado. Así no era como esperaban que fueran las cosas. Soñó que Anhur le daba un arma en otras circunstancias y que pelearían juntos. No que le entregaría su propia arma para sobrevivir el solo. Viajo hasta la cuarta catarata para protegerse mutuamente. Anhur debería encaminarse con el hasta Meroe, por lo menos ¿Por qué le estaba mandando solo?
—Ven conmigo—lo traiciono la voz de Hor al rogarle a Anhur.
Anhur fijo su mirada en Mehyt con pésame. Ella se mantenía dándole la espalda y evadiendo su mirada de la de Hor.
—Tengo asuntos pendientes—confeso Anhur.
Mehyt no resistió más. Giro de lado y trato de darle un zarpazo encendido. Anhur esquivo volviéndose viento y desapareciendo de la vista de ambos. Apretó sus puños con rabia y ahuyento a Hor sin mirralo.
—¡Si no te vas mientras el me retiene, los seguiré y nada me detendrá de cazar a tu familia! —advirtió decidida.
Hor ni le contesto, porque un viento la mando a volar a kilómetros del otro lado del rio. Él se cubrió la cara por la nube de arena que se alzó. El impacto de Mehyt fue como el de una bomba, lanzado ondas que casi tumban al chico en su lugar. La lanza de Anhur fue aflojada por los anteriores movimientos y salió volando a unos metros.
Sin más opción, corrió por ella. A sus espaldas, ráfagas de vientos y explosiones de fuego combatieron. Alcanzo el arma, y se detuvo a contemplarla con respecto. Anhur mantenía la apariencia de su arma oculta para no mostrar la grandeza de ella. “La lanza del cielo”, la compañera de Anhur en sus mas peligrosas batallas y cacerías. Hecha con los huesos de su dueño y bañada en su sangre. La lanza que Meruel le entrego, era nada a lado de ella. Estaba ante una leyenda. No era digno de ella, ni de tocarla. Pero tampoco merecía estar tirada en la arena como poca cosa.
¿Por qué se la dio? El la necesitaba para derrotar a Mehyt. Era una locura ¡Ese tipo quería suicidarse! ¿Por qué abandono su lanza con el necher más inútil que jamás ha existido? ¿Por qué no le dio a Mehyt cuando bajo la guardia? La lanza la rozo, el jamás erraba un tiro.
El combate, pese a estar muy lejos y distanciarse con cada ataque, sus efectos eran lo suficientemente poderosos como para resentir a la redonda. Y conociendo los antecedentes de ambos, se estaban conteniendo.
—¡Karma! —maldijo Hor.
Se quito la capa. Con ella tomo el arma y la envolvió como la reliquia que era. Hasta que no fuera digno de usar un arma, protegería la de Anhur. Porque, aunque no acepte el reconocimiento de su mentor, debía respetar su voluntad. Usaría esa arma, en el tiempo y momento que amerite. Solo para honrarlo.
Mientras tanto, usaría la otra arma que Meruel le presto y también se la devolvería hasta que lo volviera a ver…o sepa que le paso. El peligro seguía asechando, desconocía la identidad de los demás cazadores del rey y recordando lo que Meruel le conto en el Estanque: solo tenían una Ojo Solar, es decir, que solo era Mehyt con algunos nechers masculinos que de seguro eran Sanguinarios y letales.
Se amarro el arma en la espalda. Miro a donde se perdía la batalla. Y deseo que Anhur sobreviviera.
—¿Porque ellos están peleando?
Cuestiono una quebrada y dulce voz. Hor flaqueo entre coraje y miedo. No la escuchaba así desde ayer que presencio la muerte de los infectados y el funeral del Jentilak. Creyó que la dejo lejos, a salvo. La busco con la mirada temiendo que fuera un espejismo o que su nostalgia le afectara.
El caos no era capaz de sofocar el sentimiento que emano al tenerla nuevamente cerca. Hat tenía sus manos sobre el pecho, encima del corazón. Inmóvil en su lugar, llorando como si viera una tragedia. La vio llorar por la muerte de irresponsables y por un gigante que ni conocía. Esperaría que llorara si en lugar de una batalla, encantarar muerto a uno de esos dos nechers leones. El cual no era el caso. Con los niños secuestrados clamo preocupada ¿Por qué ver a dos seres pelear por deberes y principios le debería generara tal sufrimiento?
—¡¿Qué haces aquí?! —le reclamo Hor. Hat no lo escucho—. ¡Tú no deberías estar aquí! —dio pasos firmes y duras hacia ella—. ¡Ya paso la cuarta catarata, ya no tienes porque seguirme! ¡Hat!
—Ellos no deberían pelear—negó ella y salió corriendo a donde ellos.
Confundido por su accionar, Hor corrió tras ella gritándole que regresara mientras esta lo ignoraba. No necesitaron ir muy lejos, pues los combatientes volaron cerca de la orilla del rio. Hor tomo a Hat del vestido y salto sobre ella para derrumbarla. Ambos cayeron tras una duna que los ocultaba.
Anhur cargaba con nuevas quemaduras en sus brazos y piernas, y Mehyt tenia la melena despeinada y su piel rasgada por cortes. Ambos contemplándose con desesperación. Tan perdidos en ellos mismos, que ignoraban los jóvenes que observan a unos 5 kilómetros.
Hor jalo a Hat del hombro para que girara.
—¿Qué pasa contigo? —le cuestionó en voz baja y desesperada, mientras le apretaba el hombro—. Te deje con los Jentilaks para que estuvieras a salvo de todo esto—la miro a los ojos, logrando al fin que ella le prestara atención—. Eres una tonta.
Hat apretó sus labios para no llorar más. Llevo su mano a la falda de su vestido y lo levanto hasta el muslo. Ni tiempo tubo Hor de captar lo que hizo cuando descubrió el singular objeto que escondía ella bajo sus ropas. Amarrado a su musco con telas, estaba un extraño instrumento metálico, con un mango delgado y una cabeza curvada que tenia tres alambres de metal dentro con cuentas atravesadas. Ella se dejó acostar en la arena con la mano posando sobre el objeto. Acariciándolo con necedad contenida.
—¿Qué estas haciendo? —pregunto Hor— ¿Qué es eso?
—No debería—sollozo Hat para ella misma—. Si tan solo pudiera evitarlo—se llevo la otra mano a la cara—. Yo puedo evitarlo…pero no puedo con ellos.
—¿Qué no puedes? ¿Qué hace esa cosa? ¿Qué te importa esa pelea?
Hat se quitó la mano del rostro y lo encaro con sus frágiles ojos bicolor, ahogados de tristeza.
—¿Por qué pelean dos personas que se aman?
Hor alzo a ver a Anhur, justo en el momento en que al fin se quitó ese misterioso turbante. Mehyt se carcomía de llanto de solo verlo, como si sintiera la culpa de que Anhur ocultaba.
***
Luego de que las puertas se cerraran. Solo quedaron ellos dos, derrumbados a la entrada del templo de Mehyt como su hubieran perdido la batalla. Tardaron en asimilarlo. Maahes y Nefertum se habían ido para siempre. No volverían con ella.
El Gran Visir dio la orden, y ellos debían cumplirla. Semanas antes, notifico de su decisión a Mehyt en confidencialidad para que se prepararan. Era la orden de un Camefis y del padre de sus sobrinos ¿Quién era ella para oponerse o cuestionar? Obedeció al pie de la letra como buena seguidora de Maat.
Anhur no necesito esperar para que le contara, el al instante noto un tormento en ella. Uno que reconocía de experiencias pasadas que ella tubo y que llego a ser testigo de su lamento. Y Mehyt, ella conocía la percepción de Anhur, el ya sospechaba algo por solo juzgar el tono de voz que tuvo con ella. Sin dudarlo le conto todo. Ese león se había ganado un lugar en la vida de sus sobrinos cuando no debía…Incluso en la de ella.
Cuando finalizo la guerra, el sentido de sus vidas se esfumo. Rondaban aburridos y sin encontrar que los alentara con la misma intensidad que la masacre y la lucha. Ella había jurado no volver a permitir que entraran a su corazón, que ella se sentía llena. Pero cuando sus sobrinos requirieron una madre y todos les dieron la espalda. Bueno, fue como un llamado que no pudo negarse o que debía compensar.
—Maahes…Nefertum—quiso llamarlos en voz baja Mehyt.
Ellos invadieron su corazón, aun cuando ella luchaba por cerrarse. La conquistaron como soldados, usando estrategias de ternura y cariño. Derivaron su fortaleza con sus juegos, dañaron sus defensas con sus sonrisas y dejaron ruinas de recuerdos inolvidables.
—Mehyt—le llamo preocupado Anhur sin soltarla.
—No van a volver—corroboró destrozada.
—No.
—Se los llevo…para siempre.
Anhur la sintió temblar, casi a punto de romperse en llanto. El suspiro.
—Era lo mejor—intento convencerlos, pero ni él estaba seguro de sus palabras.
Ella detuvo su respiración con disgusto.
—¿Cómo lo sabes? —cuestiono sin mirarlo— ¿tú qué sabes de lo que es mejor para ellos?
—Mehyt—trato de buscar palabras que suavizaran la situación.
—¡¿Sabes lo que pasa cuando se van con su padre?! ¡¿Sabes porque Maahes lloraba cada vez que debía volver?! ¡¿él porque detestan ese lugar?!
Anhur no podía responder. Entendía a lo que se refería Mehyt. Los niños jamás compartían lo que pasaba en la casa de su padre, como si desearan olvidar ese lugar. Era cuestión de ver como disfrutaban el tiempo con ellos. Su entusiasmo por ir a cazar. La emoción con la que volvían con ellos. La energía que emitían ante su presencia. Cuando estaba con ellos, Anhur solo quería que vivieran esos momentos y disfrutarlos juntos.
—No podíamos hacer nada—confeso.
—Porque no me lo permitiste—estallo entre dientes y forcejeo hasta soltarse. Aunque Anhur ya desde hace rato había suavizado su abrazo— ¡FUE TU CULPA!
Mehyt se giró sobre el para agarrarlo del cuello y fulminarlo con su mirada flameante.
—¿Mi culpa? —se ofendió él.
—¡Me impediste defenderlos!
—¿De quién? ¿de su verdadero padre? —se defendió parándose sin zafarse de ella, retándola con la tormenta de su mirada. Mehyt apaciguó sus llamas como si le hubieran echado una jarra de agua. Pero Anhur no se inmuto y le tomo los brazos con suavidad—. Mehyt, sabíamos que tarde o temprano esto pasaría. Tu misma me dijiste que me preparara—dijo luchando por mantenerse estable—, que fuera olvidándome de ellos. Que no eran mis hijos…al igual que tampoco son los tuyos.
Mehyt no dijo nada. No se movía. Respiraba en su lugar atenta a las palabras que alguna vez ella misma le dijo a Anhur. Y le dolían más que todas las heridas de batalla que recibió en su existencia. Retrocedió lentamente alejándose de la compañía de Anhur.
—Mehyt—lo llamo Anhur.
—Vete de mí templo.
—Mehyt.
—¡Lárgate! —grito, furiosa, liberando una ola de llamas a su alrededor. Anhur retrocedió en el aire para evitar quemarse— ¡Déjame sola!
—Mehyt—la llamo preocupado.
—¡TE DIJE QUE ME DEJES! ¡NO QUIERO VOLVER A VERTE! —exclamo prendiéndose en sus propias llamas como amenaza.
Anhur reconoció el peligro que simbolizaba Mehyt en esa forma. Y con el pesar de su corazón, se alejó con cuidado, sin dejar de mirar atrás, mientras ella comenzaba a volver un infierno su propio templo.
Pasaron los días, y las llamas no se apagaban. Los seguidores de Mehyt y su sacerdocio se refugiaron en el de las demás nechers. Esperando el momento en el que su deidad apaciguara su ira o los llamara. Esperaron un milenio entre generaciones. Durante ese tiempo, Anhur permaneció en la ciudad hospedado en la morada de su hermana Satet y su familia, vigilando a Mehyt a la distancia.
Y es que no solo era la preocupación por ella. La ciudad de Iunet era regida en su mayoría por Ojos Solares como Mehyt. Si una de sus hermanas se acercara para consolarla o encararla, acabaría contagiándose de un sentimiento tan compartido entre ellas como el dolor maternal. Por eso Jnum acepto sin inconveniente la presencia de su cuñado. Hasta que llegaron noticias de las demás ciudades y saber que la de Anhur estaba presentando rivalidades entre cultos.
Anhur tuvo que regresar, no sin antes rogar para que lo notificaran de lo que pasara. Para tranquilizarlo, acordaron que enviarían a su sobrina de vez en cuando a visitar a Mehyt. Pues al ser una niña, Mehyt no la lastimaría y hasta le sería un consuelo mucho mejor que el de sus hermanas.
Cuando volvió a Abdyu, su ciudad, su presencia se sentido como el viento de un huracán que anticipaba una catástrofe. Los nechers que antes se aprovecharon de su ausencia para hacer de las suyas, se distanciaron aterrados. Anhur, que siempre lidiaba sus asuntos con calma y seguridad, les infundía temor con solo sentir su brisa.
Los siguientes años, Anhur se sumió de lleno a sus labores y reafirmo su rol como uno de los capitanes generales del ejército de Kemet. Su sacerdocio fue sometido a exigencias que sobrepasaban sus límites humanos. Su deidad se volvió una figura autoritaria y distante. Las siguientes generaciones no conocieron la fase liviana de su viento, pero tampoco sabían que fue lo que desvió el rumbo de sus brisas.
Ellos no sabían, que cuando supervisaba a los sacerdotes en formación, se imaginaba a un Maahes y a un Nefertum en su juventud. Cuando le presentaban los hijos de sus seguidores, recordaba a esos pequeños que cazaban con él. Y cuando atestiguaba el matrimonio de sus sacerdotes con el fin de proseguir con el legado de su culto, extrañaba a Mehyt. Alentando un sueño frustrado que creyó imposible.
Ansiaba ir a ver a Mehyt en persona. Sentir su fuego de cerca y escuchar su rugido. Ansiaba recibir la noticia de que ya era seguro que volviera, aunque sea para comprobar su bienestar.
Cada año le llegaban noticias de Iunet. Eran cartas de su sobrinita, contándole sus visitas a Mehyt y como anualmente fue abriéndose con ella. Ambas seguían lamentándose la partida de los mocosos. Comentando cosas como que pensaban que Maahes si era un desastre andante o que Nefertum era más quisquilloso que ellas. Anqet, su sobrina, siempre se quejaba de que no le avisaron de que sus primos se irían y sin despedirse. También le contaba los gestos que hacía y que cosas pensaba.
“Tío Anhur ¿sabes algo sobre mis primos?” le escribía Anqet en las cartas “Nefertum me prometió que me daría una flor y Maahes me debe el arco que rompió la última vez que jugamos”.
Anhur sonreía con las palabras de su sobrina. Aunque podía seguir sabiendo de Mehyt a pesar de la distancia, no tenía como saber de sus sobrinos ¿Cómo estarán? ¿su padre los tratara bien? ¿Qué forma animal asumirán cuando crezcan?
Todo cambio cuando recibió un ultimátum del rey. Una orden que exigía su presencia urgentemente en la capital. La primera reunión de alto rango militar desde la muerte del rey del Bajo Kemet a manos del actual. Anhur se presentó sin ánimos, ya sospechando el mal que se avecinaba, sin esperar el secreto que se les revelo bajo suma confidencialidad: los restos del cadáver del rey muerto fueron robados ante sus narices. Las explicaciones sobraban, lo latente era que existía el riesgo de que se alzara una rebelión contra el actual gobernante.
Tanto Anhur como sus hermanos juraron a los nuevos reyes al inicio de sus reinos, lealtad y protección. Sin anticipar el caos político y civil que surgiría después. Ahora tenían que mantener su juramento hasta la llegada de un nuevo rey y obedecer ciegamente.
El rey les ordeno que intensificaran la vigilancia sobre los demás nechers, ningún necher de rango por debajo del de los capitanes generales debía saber lo que pasaba. Pues el rey sospechaba que hubiera traidores que ayudaron a robarse el cuerpo y debían ser sentenciados.
Anhur obedeció. Puso Aj-Sa suyos vigilando los cultos de los nechers de su cargo correspondiente. Observando sus movimientos y detectando indicios sospechosos. Al mismo tiempo, uso eso como excusa para merodear por Iunet y ver como estaba Mehyt. No se acercaba a su templo para evitar mal entendidos, pero antes de irse le dejaba alguna nota con sus sacerdotisas (que recientemente comenzaban a volver a integrarse con seguridad). En ellas le preguntaba cómo estaba o si deseaba algo. Y si lo permitía, poder hablar en privado. Mehyt nunca le regresaba una respuesta.
La búsqueda duro un siglo, y no encontraron a los culpables. Ocasionando que el rey se enfadara con ellos y dudara de su lealtad. Presionados por la paranoia del rey, tuvieron que forzar interrogatorios a todos los nechers. Algunos se mostraron insultados, otros aterrados del miedo que imponían pese a su inocencia y otros confesaban lo que sospechaban. Pronto, la figura de los capitanes se tornó aterradora y letal. Símbolos de la dictadura del rey.
Anhur ya no se sentía honroso de caminar por las ciudades con la mirada en alto. Aquellas miradas que lo buscaban con respecto y esperanzas de protección, lo evitaban con miedo y terror. Un guardián vuelto un verdugo.
Su punto de quiebre, fue cuando el rey expuso sus sospechas e inquietudes: las Ojos Solares. Su naturaleza maternal y emocional se prestaba para ser traidoras. Sus antecedentes estaban llenos de actos de rebeldía ante disgustos aun contra los Camefis. Si se revelaban ante un Camefis ¿que evitaría que lo hicieran sobre el rey?
Usando su poder sobre ellas otorgado por el Gran Soberano (el Camefis del que venía la autoridad suprema) promulgo la orden de que todas las Ojos Solares fueran confinadas en la capital bajo la vista del rey. Sin importar si estas estaban casadas o criaban.
Por primera vez, los capitanes repelaron su orden señalándole su extremismo. El rey lo vio como una señal de posible traición y decreto que el que no cumpliera, seria castigado junto con la Ojo solar. Les dio un límite de tiempo y los dejo libres para tomar su decisión.
Anhur sin dudar corrió a Iunet. No para obedecer al rey, sino para buscar un último consuelo antes de perderse.
Para Mehyt, la historia pasaba diferente. En ese milenio que se aisló de todos, hasta de sus seguidores y deberes, quemo todo lo que fue simbólico en el pasado hasta dejar ruinas y cenizas. Durante los primeros siglos, su sobrina Anqet fue la única que permitió entrar por ser solo una niña inocente que compartía su dolor.
La pequeña no era como Maahes y Nefertum, pero al menos empatizaba con su sentir de hembra. Después de todo, esa niña nació con la marca solar al igual que ella y sus hermanas, quizás no tan autentica, pero seguía siéndolo. Y un Ojo Solar es el ser más emocional y maternal que existe en Kemet.
La niña le conto que Anhur estuvo un tiempo en su casa hasta que se vio forzado a volver a su ciudad, pero que le prometió escribirle cartas sobre lo que pasara. Mehyt supervisaba cuando escribía las cartas, diciéndole que poner y que quitar. Algunas cosas que prohibía eran sus pequeñas charlas sobre Anhur, los suspiros que daba cuando escuchaba su nombre y lo sola que sentía sin la presencia de esos tres idiotas.
Aún estaba enfadad con él, pero al mismo tiempo su juicio azotaba su corazón recordándole que no tenía poder para cambiar el destino impuesto por los Camefis. ¡Era una Ojo Solar! Por supuesto que se dejaría llevar por sus emociones incluso si era irse en contra del juicio y las autoridades.
Por eso rechazaba a Anhur desde que puso su mira en ella. Se formaron a la par durante su crianza para ser guerreros, con el mismo propósito de defender a Maat contra los seguidores de Isefet. Mientras ella se volvía una masacradora en batalla, Anhur escalaba rangos por su liderazgo y capacidad. Sobrepaso a muchos hasta ganarse el puesto que ocupa actualmente, y Mehit lo admiraba en secreto.
Aquella vez que lo golpeo, fue por decepción. Porque Anhur la defraudo con su decisión y ella no iba a permitirle corromperse de esa manera. Jamás se esperó que el maldito león se picara con ella. Ni que se volviera su “presa”. Ni que la acechara con tanta devoción hasta el punto de formar parte de su vida con los niños. Se forzaba a creer que solo estaba aburrido por el fin de la guerra y encontró diversión en sus vidas. Pero Anhur fue tan constante, tan presente, tan atento y tan respetuoso. Incluso después de que los niños no estaban.
Y ella era tan fiera.
Poco a poco permitió que las nuevas generaciones de su clero se acercaran y la conocieran. Reinicio su culto junto con su templo, intentando distraerse del recuerdo de esos “tontos”. Hasta que los rumores sobre la dictadura del rey llegaron a ella, junto con las cartas de Anhur.
Anqet había dejado de visitarla desde que las tensiones sobre los nechers fueron notorias. Mehyt entendió la decisión de su hermana Satet por el bienestar de su hija. Aunque extrañaba la compañía de su sobrina, también fue un momento de terror para ella. Si Anqet ya no mantenía comunicación con Anhur, entonces ella tendría que hacerlo. Pero ¿cómo?
Ella fue quien lo corrió y por poco lo quema. No esperaba que el retomara, y menos cuando ella censuraba sus sentimientos.
Entonces sus sacerdotisas le entregaron la primera carta de parte de Anhur y la llama surgió nuevamente. Un poco desilusionada de que no se la haya dado en persona y a la vez consiente de la inseguridad de Anhur. Se lo merecía luego de como lo alejo. Las cartas siguieron llegando como leña para su fogata. Sus llamas se estaban alzando tanto, que sentía que estaba a punto de provocar un incendio.
Muchas veces quiso responder a las cartas. Tomaba un pergamino y al momento de escribir se paralizaba. Olvidaba las palabras y le temblaba la mano de impotencia ¿Cómo empezar? ¿Qué le decía? Anhur le pidió permiso para verse ¿Cómo verlo a la cara después de aquella vez? ¿Por qué le costaba tanto expresarse con palabras?
¿A quién quería engañar? Ella jamás fue de palabras, su idioma era el combate.
Se paso un siglo así, hasta que sus llamas rebasaron sus fronteras. Sentía que si no enfrentaba a Anhur no podría seguir con su vida. Sus mismas sacerdotisas se preocupaban por su rendimiento sin saber el incendio de su deidad y como apaciguarla.
Ese día ordeno a sus sacerdotisas que la dejaran sola y no volvieran hasta el siguiente día, mientras se preparaba para salir a buscarlo…dondequiera que estuviera. Estaba al tanto de como Anhur era tachado de tirano por perseguir a los demás nechers por buscar rebeldes.
En su última visita, había acosado a Serket hasta hartarla. Su hermana dijo que tenía una actitud muy forzada. Cumpliendo su deber con una actitud de fastidio y hasta culpa. Serket estuvo a poco de envenenarlo para acabar con su mártir y el de ella, pero se contuvo porque le traería más problemas.
—Tendré que darle otro golpe—bromeo para si ella—. Quizás hasta se vuelva a enamorar de mí.
Esa noche tomo valor a la entrada de su templo y antes de cruzar el arco, hay estaba él. En el patio de la entrada se encontraba el necher león que tanto divagaba en su mente. Estaba herido, pero no con armas ni golpes, sino de flacidez y vergüenza. Sus ojos eran una tempestad que añoraba desvanecerse. Se detuvo bajo la mirada de ella, como si no supiera si debía acercarse o no.
—Discúlpame—dijo el contemplándola con sumo respecto y anhelo, luchando por no actuar por impulso. Mehyt avanzó a él poniéndolo nervioso—. No debí presentarme sin tu permiso, y antes no venía para no incomodarte. No creas que vengo por protocolo. Tu no figuras para…—antes de que pudiera terminar, Mehyt se lanzó a abrazarlo sin previo aviso.
No reacciono. Estaba perplejo…y contento.
—¿Mehyt? —le llamo y ella respondió con un apretón—¿podrías golpearme? Por favor.
Ni ellos supieron que paso después. Terminaron abrazados en el patio trasero, contemplando el cielo como aquella noche que despidieron a los niños. Mehyt se acurrucaba en el pecho de Anhur de la misma forma que Maahes en su último abrazo. Y Anhur la sujetaba de la misma forma que aquella vez que la consoló. Su familia estaba incompleta, pero sus recuerdos permanecían enteros.
—Siento…perdóname por no hacer nada—se disculpó Anhur arrepentido.
—Perdóname por ser tan…salvaje—confeso ella.
—¿De qué hablas? Tu ¿salvaje? —bromeo y ella le pego en el pecho—. Oye, si tú eres salvaje, yo soy un suicida.
—Masoquista.
—¿Ves lo que provocas en mí?
Mehyt sonrió y se acomodó para sentarse en su regazo pese a la sorpresa de Anhur.
—Temo que si te golpeo rompa con tu cordura—teorizo ella. Anhur le regreso la sonrisa.
—Tu eres quien me regresa mi cordura.
Anhur paso una mano por la mejilla de Mehyt, ella se recargo en ella y puso la suya encima. Sus ojos estaban sobre él, pero los de él estaban sobre sus labios. Aquellas puertas que siempre estuvieron selladas y que, si las abría, le quemaría más que el sol. Suplicaba una señal. Un permiso. Un sí.
—Anhur.
Esa fue la afirmación que necesito para lanzarse a las llamas. Inicio como una braza y se intensifico como higuera. Si el fuego se sentía así de placentero, entonces Anhur mataría a quien intentara apagarlo. Y si el aire era capaz de alzar su fuego con tanta pasión, entonces Mehyt se dejaría arrastrar por el viento.
—Mehyt, alto—se contuvo Anhur alejándola un poco mientras trataba de mantener su respiración—. Espere mucho para esto.
—¿Y porque te detienes? —replico ella.
—Porque no quiero que sea algo pasajero. Mehyt, quiero que esto vaya más allá de una noche—confeso con el corazón expuesto a ella. Dejándola a la expectativa—. Mehyt—la tomo de las manos con amor y la miro a los ojos—. Quiero que seas mi esposa.
—Anhur—respondió perpleja— ¿sabes lo que me estás diciendo?
—Perfectamente—dijo seguro.
—Soy un Ojo Solar—señalo—. Mi mano tiene un precio muy alto.
—Exacto.
—Nuestro padre exige un lote inigualable para tener derecho a desposarnos.
—Lo se.
—¿Qué tienes tu para recibir mi mano?
—Nada—contesto sin miedo—. Nada por ahora.
—¡¿Estas jugando conmigo?! —reclamo, desesperada— ¡Interrumpes nuestro momento para recordarme el porqué las Ojos Solares evitamos apegarnos a nuestros amantes!
—¡Interrumpí nuestro momento para jurarte que te hare mi esposa!
Ya no supo que responderle. A su juicio decía puras tonterías. Acetarlo como su amante era una cosa, pero soñar con tener algo legitimo era casi imposible. Si las Ojos Solares valieran lo mismo que sus hermanos, se cazaran con quien quisieran libremente. Ellas estaban marcadas por el poder femenino del sol, valían lo mismo que en creador. Pocas lograron casarse a un costo que sus esposos pagaron con sacrificio. Como la madre de Maahes y Nefertum, el Gran Visir casi pierde toda su autoridad por hacerla suya. O Satet, la madre de Anqet, su esposo pago con su más valiosa creación.
¿Qué podría ofrecer Anhur que este a la altura del lote de sus cuñados?
—Escucha, Mehyt. Escúchame bien—le exigió—. Dije que cazaría a la más fiera de las nechers y lo logre. No abandonare mi presa como si no valiera nada. La tendré conmigo como el mayor premio que jamás tendré. Y si algún ladrón trata de quitármela, yo mismo lo cazare hasta recuperarla—Mehyt se sonrojo—. Cazare al monstruo más peligroso del Duat si hace falta, conquistare una dimensión si es necesario ¡pero tú serás mi esposa!
Esa noche, sellaron su promesa en una batalla entre viento y fuego. Y a la mañana siguiente, Anhur escolto personalmente a Mehyt hasta la capital. Planeando en el camino sus encuentros furtivos sin alzar falsas sospechas de traición.


