Terminé de arreglarme sin mucho afán, moviéndome con la inercia pesada de quien no ha dormido un solo minuto. Mis manos temblaban de puro agotamiento mientras buscaba en los cajones unos lentes oscuros que ocultaban la hinchazón y el enrojecimiento de mis ojos; Esos delatores infalibles de una noche de espanto que todavía me daba vueltas en la cabeza. Con un chongo despeinado que enmarcaba mis demacrados rasgos y acentuaba la palidez de mi piel, salí de aquella enorme propiedad sin pensarlo más.
Avanzaba por el sendero exterior con paso firme, aparentando una calma que estaba muy lejos de sentir, revisando cuidadosamente que todo estuviera en orden. Pero los nervios se apoderaban de mí en una marea rítmica, un cosquilleo ansioso que me obligaba a revisar una y otra vez el bolso, cerciorándome de que no olvidaba mis documentos. Caminé rápidamente hasta la calle más próxima para tomar el autobús. Tenía que tranquilizarme a como diera lugar. Lo mejor sería dar una vuelta larga después de inscribirme y dedicar el día a conocer la ciudad. Tal vez así, perdiéndome entre las calles comunes y el ruido de la gente normal, podría olvidar la pésima noche que pasó o el rastro de frío que el abrazo de Léssan había dejado grabado en mi piel.
Al llegar a la universidad, el lugar me golpeó con su peso estructural. Era impresionante, masivo, un laberinto que parecía devorarse el cielo. Sus edificios góticos poseían una arquitectura extraordinaria, con muros de piedra gris que parecían absorber la poca luz del día, ventanas altos terminados en punta y pasillos exteriores que proyectaban sombras alargadas sobre los jardines. Me detuve a mitad del patio central, sintiéndome diminuta, aplastada por la solemnidad del campus.
Al ingresar al edificio, el complejo me recibió con una armonía de piedra y un equilibrio perfecto que lograba imponerse con una severidad sepulcral, a pesar del bullicio ensordecedor del estudiantado que había en los accesos. Al ver tanta opulencia en un solo lugar por mi mente cruzo que a veces, el lujo de estos muros monumentales no constituye más que un agravio directo para quienes únicamente urgimos por pasar desapercibidos, por mimetizarnos con el entorno; un recinto de cantera y mutismo que brinda una paz ficticia, una tregua artificial que mi propio espíritu había abandonado hacía ya bastante tiempo.
“Aquí estaré a salva”, decreté en los rincones de mi consciente, cobijándome en una ingenuidad absurda que muy pronto quemaría mis palabras. “Bajo este resguardo tendré la tranquilidad y el orden que no encuentro en la mansión de los Zalgorán”.
Con esa falsa certeza, comenzó a transitar por laberintos de pasillos interminables que parecían no tener un desenlace claro, galerías techadas donde la claridad del sol moría de forma prematura antes de rozar las baldosas de mármol desgastado. El ambiente en esos corredores se percibía rancio, encapsulado, como si el aire no se hubiera renovado en décadas y pesara sobre los hombros con la densidad de la humedad de un sótano. No lograba descifrar la ubicación correcta del aula de trámites, ni siquiera auxiliándome con el croquis arrugado que llevaba entre los dedos. Debí haber agregado la materia de geografía a mi carga académica para no andar tan desorientada en este mapa de penumbras y desvíos.
Iba caminando de espaldas, retrocediendo con torpeza sobre mis propios pasos en un intento desesperado por orientarme con los letreros del lugar, cuando de pronto experimenté un impacto sólido. Un encontronazo seco y rudo que me sacudió la osamenta. Ambas exclamamos un lamento al unísono, rompiendo la acústica del corredor.
—¡Auchhh! —me quejé debido a la fuerza del golpe, girando sobre mis talones de manera abrupta, con las pulsaciones disparadas en la garganta y la guardia en alto.
—¡Discúlpame! Lo siento de verdad, venía distraído y no me fijé en dónde pisaba. ¿Te encuentras bien?
Frente a mí, bloqueando el pasillo estrecho, una chica de mirada chispeante y una energía casi febril me observaba con fijeza. Su presencia cortó el aire rancio del pasaje; emanaba una vitalidad tan desmedida, una juventud tan rebosante y voluptuosa que resultaba asfixiante estar a menos de un metro de ella. Tenía unas mejillas encendidas en un carmín vivo, insólito, y unos labios carnosos que daban la impresión de contener una temperatura elevada, ardiente.
—¡Chica! Oye, relájate un poco, ¡todo está en orden! —añadió ella, soltando una risotada rítmica y cristalina para disipar el pánico evidente que vio reflejado en mi postura—. Eres de nuevo ingreso por estos rumbos, ¿verdad? ¿Vienes a matricularte en este ciclo?
—Sí… pero no consigo localizar la oficina de administración —balbuceé, lidiando con la opresión en el pecho, tratando de recuperar el aliento que el impacto me había arrebatado. El pasillo parecía haber vuelto más angosto de repente, aprisionándonos a las dos en un espacio mínimo.
La desconocida esbozó una sonrisa deslumbrante, revelando una hilera de dientes perfectos, demasiado blancos y pulidos, que relucieron en la penumbra del andador. Con un movimiento sumamente ágil, casi felino, estiró los dedos y dijo puedo, tomando la hoja de instrucciones que yo estrujaba con desesperación entre las manos.
—Bueno, la ubicación exacta es esta que tienes señalada aquí. La jefatura de inscripción se localiza por allá, doblando a la derecha en el siguiente módulo. —Me clavó la mirada de frente, ensanchando su sonrisa, como si sus pupilas dilatadas poseyeran el poder de traspasar el plástico negro de mis lentes oscuros y escudriñar mis ojos hinchados—. Puedo guiarte si quieres, no me cuesta nada. Soy Lucía. Estoy aquí exactamente por el mismo trámite de ingreso. Venga, no seas tímida, dime, ¿cuál es tu nombre, hermoso ángel lloroso? Un sutil temblor me recorrió la espalda. De manera casi tímida, desconfiando de mi propia voz en aquel corredor desierto, interrogué:
— ¿Cómo tienes la certeza de que he estado llorando?
—¡Ahhh! ¿Conque de verdad has estado vertiendo lágrimas? —replicó ella sobre la marcha, ladeando la cabeza con el gesto analítico y vivaz de un ave de rapiña curiosa—. Mera deducción, mi pregunta desconocida. No hay suficiente sol en este patio para justificar esas gafas oscuras, y ese tono rasposo y quebrantado no pertenece a un resfriado ordinario. Desprendes la vibración exacta de quien acaba de despertar de una pesadilla espantosa y todavía no consigue descifrar si continúa atrapada en ella.
Me revolví en mi sitio, invadida por una profunda incomodidad. Me sentí obscenamente expuesta bajo una observación tan precisa, desnudada por una extraña que apenas acababa de chocar conmigo. Lucy se percató del repliegue de mi lenguaje corporal de inmediato, suavizando las facciones sin perder un ápice de su magnetismo.
—Disculpa la audacia, de verdad. No fue mi intención resultar entrometida o impertinente.
—¡Ah, no! No hay cuidado, no te preocupes —forcé un gesto amable que me tensó dolorosamente las sienes—. Es solo que... me tomaste por sorpresa. Mi nombre es Analián.
—¡Fuera las melancolías, Analián! —exclamó ella, rompiendo toda barrera de cortesía al aferrarme del antebrazo.
Su contacto no fue adecuado; sus dedos ejercieron una presión firme, ya a través de la tela de mi ropa percibí que su piel irradiaba una temperatura inusualmente alta, un calor febril que me desconcertó.
—Vamos a resolver este tedioso trámite de las matrículas de una buena vez y, en cuanto terminemos, te invitamos a recorrer los alrededores. Supongo que no guardas la menor familiaridad con esta urbe de lobos hambrientos. Buscaremos una cafetería para que comiences a adaptarte al entorno, ¿te parece bien? Yo me hago cargo de la cuenta. Y te advierto que no tolerará una negativa por respuesta.
Cedí ante su insistencia, asintiendo con la cabeza mientras experimentaba, por primera vez en muchas jornadas de aislamiento, la reconfortante sensación de que alguien me percibía como un ser humano común y corriente, y no como una pieza en un tablero ajeno. Sin embargo, mi alivio bloqueó un suspiro.
—¡Pues no se hable más del asunto! —Lucy extendió su palma y estrechó la mía.
El agarre fue un espasmo de fuerza, una presión compacta que me dejó una sensación ardiente en la piel, casi como una quemadura leve. Sostuvo mi mano sin soltarla, fijando sus pupilas dilatadas en mí con una solemnidad arrepentida que me heló el pecho:
—A partir de este preciso instante, quedamos ligadas como amigas por siempre, para siempre y por toda la eternidad. Juro solemnemente una lealtad inquebrantable ante estos muros de piedra como testigos de nuestro encuentro. ¿Qué me dices al respecto, guapa? ¿Aceptas el trato?
El eco de sus palabras rebotó en la cantera del pasillo, adquiriendo un peso lúgubre que desmentía por completa la supuesta ligereza de su invitación.
Lucy suena de una manera tan vibrante, tan cargada de una vitalidad incandescente, que terminó por contagiarme un poco de su temperatura. Sin embargo, en ese preciso instante, mientras su risa se disipaba entre las sombras del corredor, una premonición oscura y nítida me susurró directo al oído: esta alianza será, en efecto, para toda la eternidad. Un presentimiento helado que no logré justificar con la lógica de mi mente.
Realizamos las gestiones burocráticas de la matrícula bajo su tutela; ella se movía por las ventanillas con una familiaridad pasmosa, dictando órdenes mudas con la mirada y abriéndose paso sin el menor esfuerzo. Finalmente, tras concluir los registros, salimos al exterior del complejo arquitectónico, buscando el respiro precario de las bancas de piedra que descansaban bajo la sombra densa de los robles centenarios. El clima de la tarde era caluroso, el sol caía a plomo sobre los jardines del campus, pero yo continuaba experimentando un frío interno, una rigidez celular en las entrañas que se negaba rotundamente a marchar.
—Lucy —le preguntó, acomodándome las lentes oscuras y observando el desfile monótono de rostros desconocidos que cruzaban las áreas verdes—, ¿tú eres originaria de aquí, de esta urbe?
—Oh, por supuesto —respondió ella, y el tono de su voz abandonó por un segundo la ligereza juvenil, adquiriendo un matiz profundo, denso, casi ancestral—. Mi familia es una de las más antiguas que han echado raíces en estas tierras. Conocemos al derecho y al revés a todos los que habitan en la comarca; cada apellido noble, cada fortuna, cada secreto vergonzoso que permanece enterrado bajo el pavimento de la zona. Por eso mismo supe enseguida, desde que te vi de espaldas, que tú constituías una flor extranjera. Desprendes ese aroma a mundo exterior, a aire limpio y asfalto fresco que los que vivimos aquí ya hemos olvidado hace mucho tiempo. ¿De dónde proviene exactamente, Analián?
—De muy lejos… —mi respuesta se hundió en un pozo de amargura seca, evocando la imagen de la urbe de donde había huido tras el entierro de mis padres—. De un paraje que, simplemente, ya no existe para mí. No queda nada allá.
Lucy se acercó todavía más a mi costado, deslizándose sobre el banco de piedra sin hacer el menor ruido, invadiendo mi espacio vital con una curiosidad casi magnética, voraz. El calor que emanaba de su cuerpo se sintió de golpe, sofocante, contrastando de forma violenta con mi propio invierno interno. Su mirada se fijó en la línea de mi cuello, como si estuviera midiendo la pulsación de mi sangre antes de que yo pudiera apartar la vista.
—Todos somos el residuo de un naufragio, querida. Absolutamente todos —articuló Lucy, suavizando las palabras con una cadencia arrulladora que no lograba ocultar el filo de su curiosidad—. Pero dime con franqueza, ¿qué fue lo que te arrastró de golpe a este nido de cuervos? ¿Y en qué rincón de la comarca te estás hospedando? Esta urbe se ensaña con los que carecen de un techo sólido; Existen sombras merodeando por estos rumbos que guardan un apetito voraz por la gente nueva, por la sangre fresca que ignora las reglas del juego.
Solté una pequeña risa, un sonido desarticulado y nervioso que delataba mi incomodidad ante su extravagante y lúgubre manera de expresarse.
—Agradezco profundamente tu interés, Lucy, pero afortunadamente conseguí un empleo como asistente residencial con una familia establecida en la periferia —le revelé, buscando normalizar la conversación—. El acuerdo incluye el alojamiento completo y me otorga las facilidades necesarias para continuar con mis estudios de investigación en la facultad. Ha sido un verdadero salvavidas, dadas mis actuales y lamentables circunstancias.
—Eso suena demasiado idílico para ser real —comentó ella de inmediato.
Su respuesta fue instantánea, pero su gesticulación sufrió una transmutación sutil; esa sonrisa encendida y carnal se tornó rígida, estrecha, como si una densa nube de tormenta hubiera eclipsado la luminosidad de sus facciones. Sus pupilas se contrajeron levemente mientras procesaba mis palabras, midiendo el alcance de mi declaración.
—Aprovéchalo al máximo mientras puedas —añadió, entornando los ojos con una seriedad que me descoloco la mente por un instante —, porque te aseguro que casi nadie en esta región se muestra tan… esplendido o benevolente sin exigir un tributo a cambio. Los favores aquí se pagan caros. Pero prométeme una cosa ahora misma, Analián: prométeme que saldremos sin falta cada uno de los días que tengas libres para despejar la mente. ¡Tienes que jurármelo! Necesito con urgencia una aliada de fiestas en mi bando en medio de este cementerio de lujos y apariencias.
Al escuchar la vehemencia de su petición, el recuerdo de la madrugada se me materializó en el pensamiento con una nitidez espantosa. La severidad de Lessán dictando órdenes en mi habitación y la perturbadora confesión de Danka aparecieron como fantasmas en mi mente, recordándome las cadenas invisibles que me ataban a esa mansión.
—Espero que mis obstáculos no se pongan demasiado estrictos con el control de los horarios —añadí en voz baja, manifestando una duda legítima que me contrajo el estómago—. Son personas de costumbres muy fijas y bastante herméticas.
—¿De qué apellidos se trata? ¿Quién hijo? —insistió Lucy, inclinando el torso hacia mí con una premura casi agresiva, clavando sus pupilas dilatadas directo en mis lentes oscuros—. Te aseguro que guarda constancia de cada familia en esta comarca. ¡Te puedo anticipar con absoluta exactitud tu futuro bajo su techo si tan solo me proporcionas el nombre!
—Es la familia Zalgorán —solté, deseando que la simple mención del apellido le restara misterio a mi situación.
El efecto de esas ocho letras fue inmediato, violento y aterrador.
Lucy palideció por completo; el rubor encarnado y febril que antes encendía sus mejillas se extinguió en un parpadeo, como si una fuerza invisible hubiera succionado hasta la última gota de su torrente sanguíneo. La risa estridente se le congeló en los labios, transformándose en una mueca desfigurada por el espanto, como si el mismísimo demonio se hubiera materializado en el banco de piedra, justo en medio de las dos. Su soltura se desvaneció, mutando en una agitación física y descarnada. Giró la cabeza de manera frenética hacia todas las direcciones, escudriñando con desespero las sombras alargadas que se proyectaban entre los arcos góticos del patio, y con una mano temblorosa se barrió un sudor repentino y gelido que le brotó de la frente.
—Yo… me tengo que marchar de inmediato. Discúlpame, Analián —su voz, antes melodiosa, quedó reducida a un hilillo de voz, un susurro que goteaba un pánico animal—. Se me pasó por completa una… una gestión de absoluta urgencia familiar. Qué tonta soy, qué descuido. Dejemos el recorrido por las calles para otra ocasión, de verdad. Nos vemos el lunes en las aulas. ¡Adiós!
La contemplé alejarse casi a zancadas, perdiendo por completa la gracia flotante de sus movimientos, tropezando de forma patética con sus propios pies en su afán por poner distancia de por medio. Me quedé estática en la banca de piedra, completamente aturdida. ¿Qué clase de pavor reverencial posee el poder de hacer que alguien huya despavorido ante la simple vibración de un nombre?
El campus universitario, antes abarrotado y ruidoso, se sentía desértico e inhóspito de súbito. El aire del mediodía se volvió pesado, rancio, difícil de digerir. Cerré mis ojos y un rayo de pánico nítido me atravesó las entrañas al reconstruir las advertencias previas: ellos estudian aquí. El patriarca Zalgorán lo había dejado estipulado de forma clara e inapelable en nuestra primera llamada. La universidad no constituía un refugio, ni una tregua, ni una iglesia donde esconderme; era su terreno de tortura secundaria. Me acecharían en los pasillos, me vigilarían en las aulas, bajo la luz del día y el amparo de la multitud, recordándome a cada segundo que mi libertad no era más que una ilusión bien calculada.
“Espero que Lessán tome cartas en el asunto si su hermano pretende pasarse de gracioso nuevamente”, deseé en mitad de un desespero ciego que me estrujaba el pecho. Pero de inmediato, la fría y cortante lógica me tocó la frente: ¿Con qué derecho pretendía exigirle protección a él? Danka es su propia sangre, comparte su historia familiar y su árbol genealógico, mientras que yo… yo no representa más que una intrusa desechable. Una simple pieza de carne y relleno arrojada en mitad de una madriguera de aristócratas perversos.
Exhalé un suspiro cargado con una pesadumbre tan honda que habría sido capaz de conmover a los muertos que habitaban bajo el pavimento de la comarca. Permanecer en esa residencia no había sido una decisión audaz; Había sido una equivocación monumental. Alcé la mirada hacia el firmamento grisáceo, buscando de manera desesperada una ruta de escape entre las masas densas de vapor.
Fue en ese preciso instante cuando lo experimenté: una punzada eléctrica y gélida justo en la nuca. La certeza absoluta de una presencia hostil acechándome desde algún ángulo muerto del complejo de piedra. Una mirada invisible pero tangible que pulverizaba cualquier ilusión de albedrío. Fijé los ojos en lo alto, presa del delirio, y me pareció que las nubes cobraban formas humanas; poseían ojos propios, pupilas grises y congeladas que me escudriñaban desde el cenit con un desprecio soberbio.
Comenzó a invadirme una extrañeza aberrante. Un ardor insano, denso y febril comenzó a recorrer el laberinto de mis vasos sanguíneos, y en mitad de aquel pavor que me paralizaba las piernas, germinó un apetito prohibido, una pulsación enferma: deseaba con desesperación a ese ser que mi mente intentaba catalogar como un protector, pero que mi instinto reconocía como mi verdugo. ¿Cómo resultaba posible semejante monstruosidad psicológica? Una sección de mi cerebro ya no respondía a mi propia voluntad. Algo me dominaba desde las profundidades de la conciencia; una fractura celular que me saboteaba la dignidad, obligándome a amar ya buscar refugio en la mismísima mano que me mantenía cautiva en el abismo.
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