El letargo me envolvía como una mortaja de plomo, densa, asfixiante, robándome la voluntad. Entre la bruma espesa que clausuraba mis pensamientos, decidí girarme hacia la cama y recostarme pero esa voz seguía resonando en la lejanía: un eco incomprensible, desfigurado por una interferencia que mis neuronas no lograban decodificar. El dolor de cabeza no era un simple malestar; Era una pulsación rítmica, un eco de tambores hostiles dentro de mi cráneo, mientras la confusión se apoderaba de mi cuerpo como un navío encallado a la deriva en aguas turbulentas.
Afuera, tras el umbral de la puerta de madera, el silencio de la propiedad se trizó. Se comenzó a escuchar voces subidas de tono; era la voz de Lessán. Su rugido cortó el aire gélido con la eficacia de una hoja afilada:
—¡Danka! ¡Vámonos de aquí! ¿Te has vuelto completamente loco? ¿Te das cuenta del daño que has provocado?
La hostilidad del entorno no era un mero conflicto de voluntades; se sintió en el ambiente como una carga física, una corriente casi eléctrica que erizaba el vello de mi cuerpo. Mi mente giraba sin control, perdiendo el eje. Los retumbos de aquellas recriminaciones mutuas se incrustaban en mis oídos mientras luchaba con las uñas por aferrarme a una realidad que parecía desmoronarse como ceniza entre los dedos.
Trataba de contenerme, obligando a mis pulmones a ralentizar su ritmo; si mi respiración seguía a mil por hora, el oxígeno colapsaría en una hiperventilación inevitable. Sentía que la cama de la habitación iba a desaparecer bajo mi propio peso, dejándome caer al vacío. ¿Qué demonios me está pasando? ¿Por qué esta debilidad me resulta tan ajena y violenta?
A través de las grietas de mi conciencia, seguía escuchando sus voces con una nitidez espantosa. El tono grave de Lessán, usualmente un monumento de estabilidad y templanza, temblaba ahora con una furia contenida, una vibración de bestia acorralada que mide a su rival antes de lanzar el zarpazo:
—¿Es que tu maldita estúpidez no te dejó ver el estado en el que ella se encuentra?
En medio de mi estupor, con los ojos entornados y el pulso galopando en las sienes, noté el veneno en el aire: ambos hombres se median, sopesando su poder como dos animales disputándose el territorio. ¿Pero por qué? ¿Qué demonios estaba pasando en realidad a mis espaldas? Había un desequilibrio tenso en el corredor, una danza de jerarquías oscuras y códigos mudos que yo, con toda mi lógica, no terminaba de comprender.
Recordé la salida de Danka antes de que la puerta se cerrara por completo, la culpa en su mirada fue inconfundible. Duró apenas un parpadeo previo antes de abandonar la habitación. Se marchó sin decir una sola palabra, pero pude jurar que, a pesar de esa maldita armadura de arrogancia que siempre portaba como un escudo, había un destello de arrepentimiento real en sus ojos. Un remordimiento sucio, pero humano. Yo me sentí como una maldita presa atrapada entre dos fuerzas opuestas, el vértice ciego donde dos tormentas colosales estaban colisionando para destruirse.
Era imposible tranquilizarme; el pecho me ardía y sentía los dientes apretados con tanta fuerza que me dolía la mandíbula. Tragando el asco y el temblor de las piernas, me levanté de las sábanas con una lentitud desesperante. Arrastré los pies por el suelo frío, me acerqué al umbral y pegué la oreja a la madera labrada en el preciso instante en que el volumen de sus voces comenzaba a decaer.
A través del sonido que se expandía afuera, percibí que el aire del pasillo estaba rancio, viciado, cargado con el rastro denso de la adrenalina de uno y la furia gélida del otro. Entonces, el trueno regresó. La voz de Lessán retumbaba por los rincones de toda la mansión, haciendo vibrar los cimientos de piedra:
— ¿Te has vuelto completamente idiota?
Las palabras de Léssan no fueron un grito, sino un susurro letal; Ese tono atroz y calibrado que se utiliza justo antes de destrozar a alguien sin inmutarse, sin perder el porte.
—Ha accionado como una bestia en celo en mitad de la noche. Has roto el equilibrio que nos sostenía.
—No quise contenerme —replicó Danka, arrastrando las palabras con un desdén tan gelido y soberbio que me heló la sangre en las venas.
Aquella confesión me toca el vientre como un puño de hierro. Retrocedí en silencio, descalza sobre el piso frío, alejándome del umbral con el estómago revuelto. Ya no quise escuchar más. No podía. La verdad era un parásito infectando mi memoria borrosa.
El tiempo se estiró como una cuerda a punto de romperse, y de golpe, el presente se desfondó hacia lo que vendría:
El eco de la disputa se alejó del pasillo principal, perdiéndose en las entradas de la residencia. De pronto, el impacto violento de un portazo en alguna de las estancias inferiores hizo retumbar los muros de piedra de la edificación. Lessán había arrastrado a su hermano menor hasta el interior del confinamiento, clausurando el mundo exterior.
— ¿Acaso ha perdido toda clase de juicio? —bramó Lessán, con los puños apretados, balanceándose en el borde exacto donde la prudencia se extingue.
—La deseaba tanto que nada de este maldito juego me importó… ni siquiera su dolor —confesó Danka, limpiándose un rastro de desprecio de los labios—. Tenía la imperiosa necesidad de comprobarlo por mí mismo. De tocar ese fuego del que tanto hablabas. Y ahora, hermano, podemos estar seguros; no queda el menor beneficio de la duda. De hecho, verla romperse bajo mi peso lo hizo todo mucho más real.
La provocación vendió el aire. Lessán se movió con velocidad casi imperceptible, convirtiéndose en un borrón de furia contenido. Tomó a Danka por el cuello de las ropas y lo estampó contra el muro con la fuerza y el cálculo de un verdugo que ejecuta una sentencia. El crujido del impacto resonó en la habitación.
—Seguros de qué? —gruñó Lessán, con las mandíbulas trabadas, el rostro pegado a milímetros de su hermano, conteniendo las ganas de triturarle la laringe—. ¿De que eres un salvaje incapaz de seguir una maldita línea? Ella no es una de tus conquistas desechables de la urbe. Es diferente. Y lo sabes perfectamente. —Lo sé mejor muchísimo que tú ahora —articuló Danka entre dientes, soltando una risotada ahogada a pesar de la opresión asfixiante en su tráquea—. Tú la contempla como si fuera una reliquia sacrosanta en una vitrina, con el pavor absurdo de rozarla y que se convertirá en ceniza. Yo la toqué, hermano. La sometí, escuché el galope desbocado de su torrente sanguíneo bajo mi piel. Disfruté esa fragancia dulzona que emana cuando el pavor la invade por completo… es un elixir perturbador. Para dominar la estructura de un templo, primero debes fracturar el cimiento. ¿O vas a seguir fingiendo que esa fachada de "caballero protector" es genuina y no tu retorcida manera de marcar propiedad?
El yugo sobre su cuello se volvió encarnizado; los nudillos de Lessán perdieron el color, transformándose en protuberancias de mármol pálido. Sus pupilas llamaron con una codicia milenaria, un instinto primitivo que devoraba su compostura habitual.
—Cállate. —El mandato fue un latigazo—. ¿Qué demonios habrían pasado si la ahuyentas definitivamente? ¿Si su mente colapsa y decide que el suicidio es preferible a nuestra presencia? Te prohíbo terminantemente aproximarte a ella de ese modo. Si vuelves a profanar sus aposentos o le pones un solo dedo encima sin su consentimiento explícito, te juro por mi vida que te haré ansiar el vacío de la no existencia. Espero, por tu propia integridad, que esta vez acate la orden.
Danka liberó una carcajada estridente que rebotó contra los estantes de madera del estudio, quebrando la solemnidad del recinto:
—"Sin su consentimiento"... Qué noble, qué pulcro de tu parte. Estás esperando pacientemente a que se rinda ante tu juego, que corra a tus brazos implorando amparo contra el "engendro" que soy yo o antes de que Celián termine por desahuciarla. Es una estrategia brillante, hay que admitirlo: el villano, el verdugo y el salvador, todos bajo el mismo techo. Pero ten especial cuidado, Lessán: a veces, las mujeres con el temperamento de Analián prefieren arrojarse al peligro implacable que ya conocen, antes de abrazar la sutil mentira que las asfixia por la espalda.
Lo liberó de su yugo con un empellón cargado de repugnancia, arrojándolo contra la opacidad del mobiliario. Lessán se alisó los puños de la prenda superior con parsimonia, restaurando ese blindaje de severidad que lo caracterizaba, como si el altercado físico no hubiera sido más que un trámite molesto.
—Ella acudirá al recinto universitario al amanecer —sentenció, con la frialdad de un juez dictando un veredicto ineludible—. Y tú permanecerás en el ostracismo absoluto. No toleraré que perciba tu rastro en su cercanía. Permite que concilie el aliento… para que, cuando el oxígeno se escape en sus pulmones, comprenda con exactitud hacia dónde debe dirigir la mirada.
Danka se despegó de la mampostería, sacudiéndose una suciedad invisible del hombro con indolencia aristocrática.
—Lo que dispongas, patriarca —masculló, dibujando una sonrisa torcida—. Pero no dejes en el olvido que ella ya experimentó mi veneno en las venas. Y ese vestigio de inmundicia no se disuelve con condescendencias ni ósculos piadosos en el entrecejo.
Lessán contempló la silueta de su consanguíneo desvanecerse en las sombras del deambulatorio. Se quedó inmóvil, en el epicentro de un vacío sepulcral, interrogándose a sí mismo cuánto tiempo más conseguiría contener sus propios apetitos. Aquel sosiego no era más que una simulación precaria, la rigidez estéril que antecede al desplome inminente de un andamiaje podrido.
Sin embargo, el instinto le advirtió que el aislamiento era una quimera. Desde el corredor superior, una silueta permanente estática, mimetizada con los pliegues de los tapices pesados. Celián había atestiguado la reyerta completa en absoluto mutismo. Y a diferencia de la cólera volcánica de uno o la lascivia desbocada del otro, este tercer hermano irradiaba una indiferencia gélida, una pasividad que resultaba mucho más espeluznante que cualquier estallido de violencia.
—Semejan alimañas disputando una pieza que todavía ignora su condición de cautiva. —La réplica de Celián descendió desde la penumbra superior, desprovista de cualquier atisbo de premura o agitación.
Lessán alzó la mirada, aguantando las facciones.
—No tenía constancia de tu retorno.
—Regresé con el tiempo justo para testificar cómo este techo comienza a cuartearse —manifestó el segundo de los consanguíneos, descolgándose desde la marquesina con la ingravidez felina de quien no desplaza un solo átomo de aire—. Danka es un atolondrado imprudente, pero tú, Lessán… tú eres el verdadero riesgo en esta ecuación. Pretende domesticar una tempestad cuya naturaleza ni siquiera alcanzas a desentrañar.
Un filamento de luz lunar se filtró por el ventanal, desnudando sus rasgos: una simetría facial tan perfecta que resultaba antinatural, casi estatuaria. Avanzó hacia el primogénito, interrumpiendo su marcha a la distancia exacta para que sus respectivas hostilidades no colisionaran en el espacio.
—Ella no representa una pieza simple en tu tablero de ajedrez; constituye una encrucijada —susurró, entornando las pupilas—. Es un espejo nítido. Y lo que atisbaste esta noche en la mirada de nuestro hermano no es más que el vestigio de lo que tú mismo ocultos detrás de esa vestidura de etiqueta. Si la fracturan antes de que ella descubra su verdadera naturaleza, no quedará herencia ni blasón que rescatar de las cenizas.
¿Y cuál será tu postura? —desafió el mayor, sosteniendo el pulso visual—. ¿Te limitarás a contemplar el desastre desde tu rincón de siempre?
—Yo no segundo su permanencia en este recinto; cuanto antes se desvanezca de nuestra proximidad, mejor para todos. —Celián le dio la espalda con una indiferencia soberbia—. Solo espero que, cuando el cataclismo que ustedes estén sembrando terminar por privarla de aire, ella ya haya aprendido a respirar bajo el agua.
Sin añadir un solo sonido, Celián pasó de largo, disolviéndose en los corredores como un espectro y dejando a su paso un rastro persistente a resina rancia y maderas viejas. La trinidad del abismo quedó así al descubierto bajo el mismo techo. Tres fuerzas perfectamente calibradas: el instinto salvaje, la voluntad posesiva y la observación indiferente. Mientras tanto, en la planta superior, Analián batallaba contra el cansancio para no clausurar los párpados, ignorando por completo que esas tres siluetas masculinas ya habían dictaminado el curso de su existencia en la oscuridad.
El llanto me consumió hasta que los primeros hilos de un amanecer grisáceo y enfermo filtraron la neblina a través de los cristales. Lloré con un desconsuelo sordo, con las manos apretadas contra la boca para no despertar a los demonios del pasillo, sintiendo en lo más profundo de mi ser que un engranaje vital se había fracturado sin remedio. Ya no quedaba nada de la joven ingenua que cruzó ese umbral horas atrás en busca de una oportunidad laboral; Esa mujer había muerto en algún punto de la noche.
De pronto, un golpeteo seco y rítmico fracturó el silencio de mis divagaciones. No hubo tiempo para reaccionar. Sin guardar un permiso que jamás habría concedido, la puerta cedió y la entrada se abrió de par en par.
El pánico se ramificó por mi columna vertebral como una descarga helada. Presa de un reflejo primitivo, me sepulté bajo el peso de las cobijas, encogiéndome sobre mí misma, conteniendo el aliento mientras suplicaba en el absoluto secreto de mi mente a cualquier entidad divina que detuviera esa pesadilla. ¡No, por favor, otra vez no!, imploraba, con el corazón golpeándome las costillas con la violencia de un pájaro enjaulado.
Sentí el peso del colchón ceder. Una palma ajena, pesada y cálida se posó sobre el contorno de mi hombro. Me ovillé de inmediato, adoptando la postura de una criatura acorralada dispuesta a recibir el golpe de gracia. Sin embargo, al apartar el embozo de las sábanas con dedos temblorosos, el rostro que emergió de la penumbra matutina no fue el de mi agresor, sino el de Lessán.
Su mirada destilaba una pesadumbre ensayada, casi perfecta.
—Lamento profundamente las hostilidades de la madrugada —pronunció, modulando la voz para impregnarla de una calidez reconfortante—. Supongo, por el semblante de tu rostro, que fuiste testigo de los gritos en el corredor.
—Escuché un tumulto de voces distorsionadas, pero resultaba imposible descifrar las palabras... y la verdad, prefiero mantenerme al margen de los asuntos de esta familia —mentí, impostando un tono grave, rasposo por el llanto, intentando desesperadamente que no percibiera el temblor de mi mandíbula.
Lessán exhaló un largo suspiro, inclinándose ligeramente hacia mí, invadiendo ese mínimo espacio que me quedaba como trinchera.
—Jamás cruzó por mi mente la posibilidad de que mi hermano fuera capaz de conducirse de una manera tan vil contigo —declaró, soportando las facciones para simular una indignación legítima—. Danka siempre se ha caracterizado por un temperamento implacable y despectivo con las mujeres que orbitan en su entorno, pero contigo... contigo ha pulverizado cualquier frontera de la sensatez y la decencia. No voy a tolerar que vuelvas a quedar expuesto a sus caprichos.
Sinceramente, no tengo la menor idea de qué es lo que está pasando en este lugar. Mi mente solo registra un temblor difuso, un vacío negro que no puedo llenar con lógica. Intenté concentrarme en su mirada para medir el terreno.
—No eres responsable de los actos de tu hermano —le respondí, y la tristeza me enturbió la voz, haciéndola sonar pequeña, arrastrada—. Él es un adulto. Él es quien debería estar aquí pidiendo una disculpa, por lo menos. Cuando entré a mi habitación a mitad de la noche, lo hizo con el afán de echarme, de obligarme a que me fuera por la mañana. Se puso violento. Al negarme a cumplir su capricho, me tomó de la mano... empezó a jalonearme con fuerza para sacarme del cuarto, o de su propiedad, ya ni siquiera lo sé. En ese momento creo que empezó el terremoto. Los focos parpadearon, la tierra se movió... y después, la nada. Ya no sé qué pasó.
Encogí el hombro instintivamente, como una criatura indefensa que busca hacerse invisible en su propia cama. A Lessán pareció contraérsele el rostro; Parecía que de verdad le dolía verme en ese estado de vulnerabilidad absoluta. Se inclina un poco más, reduciendo la distancia entre nosotros a nada.
—Todo lo que sucede bajo este techo es responsabilidad mía, Analián. Absolutamente todo —su voz bajó un octavo, volviéndose densa, casi un murmullo confidencial—. Debí preverlo. Debí saber que un tipo como él no se resistiría... Eres demasiado... tentación para cualquiera que tenga ojos.
Me quedé completamente congelada. El aire de la habitación se volvió pesado, espeso. Esa frase flotó entre los dos, cargada de una implicación siniestra que me revolvió el estómago: ¿me estaba diciendo que el ataque de Danka era culpa mía por el simple hecho de existir?
Lessán carraspeó ligeramente, rompiendo el hechizo antes de que yo pudiera procesar el golpe o exigir una explicación. Su tono recuperó esa madurez fría y controlada de siempre.
—Danka es impulsiva, siempre lo ha sido. Ese temperamento estúpido lo mete en problemas constantemente. No debes tocarte.
—Sabes… mis padres murieron hace apenas seis semanas —le confesé de golpe. No sé por qué lo solté, tal vez buscaba desesperadamente una conexión humana, algo real a lo que aferrarme en medio de esta mentira—. Me estaba trastornando de dolor en la ciudad. Estaba sola. Cuando vi la vacante para este empleo, vi una bendita luz en mitad de mi oscuridad. La voz que me respondió al teléfono aquella tarde era juvenil, me pareció un alivio, un refugio… Ahora que lo pienso, creo que no era tu padre quien habló conmigo, pero no me importó. Solo quería huir de mi trágica existencia. Quería desaparecer de mi propia vida.
Las lágrimas me ahogaron la última palabra, rompiendome la garganta. El llanto acumulado de las últimas semanas se me desbordó en el pecho de forma patética.
Lessán no retrocedió. Con una suavidad que me descolocó por completo, extendiendo las manos, tomó mi cara entre sus palmas y depositó un beso lento, tibio, en mi mejilla humedecida. El contacto conmigo me hizo temblar, pero la necesidad de consuelo pudo más que la sospecha. Me abracé a él, escondiendo el rostro en su pecho, buscando un refugio que no existía. Por primera vez sentí su ternura, pero mi intuición, esa parte de mí que no lograban anestesiar, me lanzó una alerta roja en el cerebro: aquello no era el afecto limpio de un protector. Era algo mucho más denso, más oscuro, extrañamente posesivo. No se sintió como un rescate; se sintió como una mudanza hacia mi propia destrucción. Era como una aniquilación en proceso a la que yo misma le estaba abriendo la puerta.
Él me presionó contra su cuerpo, acariciándome el cabello con un ritmo monótono, casi hipnótico.
—Analián, mírame —susurró, obligándome a levantar la vista—. Olvida el pasado. Ahora estoy aquí para protegerte de todo y de todos. No tienes que volver a tener miedo en esta casa. Y respecto a la llamada... no te preocupes. Quien te respondió aquella vez debió ser Zack. Nuestro hermano mayor. Pero él no está disponible para estas cosas; él siempre está, atendiendo los asuntos del Padre.
Me aparté de su pecho con una delicadeza ensayada, una maniobra lenta para no despertar su susceptibilidad, y me limpió el rastro de las lágrimas en la mejilla con la manga de mi pijama. Lo miré fijamente, sosteniendo el temblor de mis pupilas.
—Tú apenas me conoces, Lessán —solté, y mi propia voz me pareció un eco extraño en la inmensidad del cuarto—. ¿Por qué demonios deberías confiar en ti? ¿Por qué habrías de ser mi escudo?
Él no se inmutó. Se puso en pie con esa elegancia monolítica, estirando el cuerpo sabiendo que el espacio le pertenece por derecho de sangre.
—Desde el día de hoy habita bajo nuestro amparo, y soy el único garante de lo que acontezca con tu integridad —declaró, y por un segundo su acento arrastró una rigidez antigua, casi feudal—. Prepare sus pertenencias para acudir al recinto universitario; Ese fue el dictamen indispensable que mi progenitor impuso desde el primer instante: que no abandones tus estudios bajo ninguna circunstancia.
Se dio la vuelta y cruzó el umbral sin esperar una sola réplica de mi parte, clausurando la puerta tras de sí. Su ausencia no trajo alivio; dejó un vacío abrumador, un silencio espeso que apestaba a encierro ya secretos mal enterrados.
¿Mi progenitor? ¿Un viejo tal vez enfermo al que jamás he visto en persona se tomaba la molestia de ordenar sobre mi educación académica? Nada de esto tenía sentido común. Sentía las entrañas calcinadas por la desconfianza, un ardor amargo subiéndome por la garganta.
Me despojé de las ropas de dormir con una pesadez que me calaba hasta los huesos; cada prenda que elegí para el día —los jeans rígidos, la chamarra gruesa, las sandalias de tacón— se sentían como una pieza de armadura medieval. Me vestí para ir a la facultad como quien se prepara para marchar hacia una línea de fuego en territorio enemigo. Me acomodé el cabello con dedos torpes frente al espejo, contemplando las ojeras oscuras que me surcaban el rostro, dispuesta a confrontar lo desconocido afuera de esa extraña propiedad, aunque en lo más profundo de mi alma ya no me quedaran fuerzas para tolerar más sorpresas.
¿Qué clase de juego macabro estaba ejecutando realmente esta familia a mi costa?
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