NOTA: Si eres menor de edad necesitas supervisión de los padres. Contenido sensible para algunas personas.
Antes de que mis cuerdas vocales pudieran articular un solo grito que rompiera el silencio sepulcral de la mansión, su mano gélida clausuró mi boca con una precisión milimétrica; una maniobra ejecutada con una destreza tan limpia que no buscaba provocarme un daño físico inmediato, sino la anulación absoluta e instantánea de mi voluntad. El pánico inicial se transformó en un estupor biológico. Sus ojos no eran ojos comunes en medio de la penumbra; Eran brasas vivas, dos puntos de luz perturbadora que escupían con desprecio sobre cualquier lógica o anatomía humana que yo pudiera comprender. Me contemplaba desde arriba con una inmovilidad pétrea, casi estatuesca, mientras el aire en la estancia comenzaba a transformarse en un fluido denso y espeso, cargado de una gravitación sofocante que exhalaba el vapor invisible de un peligro inminente.
Sentí el peso de su presencia física aplastándome los pulmones mucho antes de que su piel rozara la mía. No había lascivia ordinaria en su postura; su mirada me desollaba por completo, abriéndome en canal en un examen minucioso y frío que ignoraba lo carnal para escarbar directamente en mis signos vitales.
—¿Por qué tenías que venir? —susurró él, y el sonido de su voz se filtró en mi oído de una manera tan sutil y letal como el veneno que corre por el torrente sanguíneo—. Te voy a soltar la boca ahora mismo, pero no se te ocurrirá gritar. No tengo la menor intención de hacerte daño.
La presión helada ocurrió de golpe. En cuanto mis labios quedaron libres, el aire frío de la recámara entró a mis pulmones como una bocanada de agujas.
— ¿De qué demonios hablas, maldito loco? —logré escupir con la voz ronca, encendida por una rabia pura que logró sobreponerse al miedo generalizado—. Quítate de encima de una buena vez, me estás triturando las costillas.
Él aligeró sutilmente el peso de su cuerpo sobre el mío, dándole un respiro a mi caja torácica, pero no se retiró ni un solo centímetro de la cama; Permaneció agazapado como un depredador que vigila a su presa a corta distancia.
—Danka, por favor, vete de aquí antes de que empiece a gritarle con todas mis fuerzas a tu hermano —le advertí, sosteniéndole la mirada de fuego con toda la firmeza que fui capaz de reunir.
Su rostro rozaba el mío a una distancia milimétrica, una cercanía tan obscena que parecía pretender fundirse en mi propia esencia biológica, reclamando con total impunidad un espacio físico y mental que no le pertenecía en lo absoluto.
—Eso es lo que quieres de verdad? ¿Qué me vaya y te deje en esta inmensidad? —inquirió Danka con una frialdad incisiva, arrastrando las palabras con una malicia que me caló hasta los huesos—. A las mujeres como tú no les gusta estar solas, Analián. Sé perfectamente que por tus venas corre el deseo reprimido de ser poseída, de ser controlado. ¿A quién estás intentando engañar? ¿Qué fue exactamente lo que pasó en tu vida antes de que llegaras huyendo a esta isla?
Sin darme el más mínimo segundo para procesar la pregunta ni articular una sola respuesta defensiva, atrapó mi rostro y me besó con la fuerza devastadora de un huracán que arrasa con todo a su paso. El impacto me robó el poco aire que me quedaba en los pulmones. Intenté rechazarlo de inmediato, empujando sus hombros macizos con la desesperación frenética de quien se sabe acorralado en un callejón sin salida, pero la brutal fricción de mi piel contra la suya y la disparidad de fuerzas me hicieron ceder terreno palmo a palmo.
No era lujuria ordinaria lo que emanaba de sus poros ni de la presión de sus labios; era un desmantelamiento en toda regla. Danka estaba hurgando en mis pánicos más profundos con una especie de lupa invisible, diseccionando mis debilidades en tiempo real y midiendo con una precisión sádica la resistencia de los últimos jirones de mi cordura, justo antes de que el tejido mental terminara de ceder y se rompiera para siempre en mil pedazos.
Su presencia física sobre mí era una fuerza bruta e incontestable que me clavaba contra el colchón con el peso de una losa, una potestad oscura que reducía todos mis reflejos y conocimientos de defensa a simples cenizas inútiles. El frío extremo de su piel sobre mi cuerpo —un hielo sepulcral, denso y casi eterno— colisionaba de frente y de forma violenta con el calor calcinante, casi volcánico, que brotaba desde lo más profundo de sus adentros. Era una temperatura prácticamente imposible para cualquier organismo vivo, una fiebre de otro mundo que devoraba el poco aliento que intentábamos compartir en mitad de la penumbra de la alcoba.
Mi corazón galopaba ya sin novias en el pecho, ejecutando un golpeteo desquiciado, un tambor frenético que embestía mis costillas con una saña tan real que me helaba la sangre en las arterias. Sentía que me hundía sin remedio en un fango espeso de pavor absoluto y, al mismo tiempo, de una fascinación ilícita y peligrosa; me había transformado en una simple limadura de hierro totalmente atraída por un imán nefasto, un magnetismo oscuro que me arrastraba con fuerza hacia el mismo filo que ya me estaba tajando la cordura.
Con cada segundo que pasaba, cada centímetro cuadrado de mi habitación parecía encogerse a nuestro alrededor, claustrofóbico. Las sombras que se agolpaban en las esquinas del techo ya no eran simples ausencias de luz ordinarias; se habían convertido en testigos densos, en partículas vivas de una realidad que se deformaba visiblemente bajo el peso de su anatomía aberrante. Danka no solo ocupaba el espacio físico de la recámara, lo reclamaba con la autoridad de un dueño total. Su respiración, un ritmo mecánico que no seguía en lo absoluto las leyes biológicas de la fatiga o la agitación humana, vibraba en el aire estancado como la frecuencia sorda de un motor averiado que amenaza con estallar.
De súbito, rompiendo la inmovilidad que me asfixiaba, su mano descendió por mi cuerpo con una parsimonia cruelmente deliciosa, un avance lento y deliberado que me erizó cada vello de la piel. Exploró mi entrepierna sin pedir tregua, encontrando allí la humedad contradictoria del miedo más puro y el deseo más primario, disparando al instante una serie de latigazos eléctricos que ascendieron por mi columna y saturaron mis centros nerviosos hasta el borde mismo del delirio. Mi pulso retumbaba en mis oídos con tal magnitud y violencia que, por un segundo, mi mente lógica temió una ruptura real de las arterias, un estallido interno y masivo de fluido, pasión y muerte circulando sin control.
La realidad exterior se convirtió en un borrón difuso en la periferia de mi vista, reduciendo mi universo entero a este lecho maldito. ¿Qué clase de entidad biológica o sobrenatural me domina con semejante impunidad? Es un profanador, un intruso que ha violado sin remordimiento mi recinto sagrado, y sin embargo, mi espíritu pareció reconocer el peso de su tacto desde una existencia remota, como si respondiera a una memoria genética sepultada bajo los escombros de un tiempo antiguo que ya no me pertenece.
Su mano resbaló en mis adentros con una fluidez que me desgarró las defensas, permitiendo al mismo tiempo que el aire de la recámara entrara como una ráfaga de espinas ardientes hacía mis pulmones, fue un golpe seco. Perdida en el caos de los sentidos, su nombre escapó de mi garganta como la más alta y baja traición a mí misma, un sonido que era a la vez una súplica desesperada y una condena irreversible:
—Danka…
—Perdóname —musitó él contra mi oído, y su voz no fue un sonido ordinario, sino un eco vibratorio que se incrustó directamente en el tuétano de mis huesos—. Te he ansiado con una desesperación ciega desde el segundo exacto en que mis ojos te registraron por primera vez abajo en el vestíbulo. Mi esencia entera te pertenece, Analián, aunque la sola idea de este vínculo te horrorice las entrañas.
Sus besos me quemaban la boca con la precisión minuciosa y total de un hierro candente marcando al ganado en mitad de la noche. Mi capitulación en ese lecho era incondicional, una entrega plena y descarnada de la que yo era, al mismo tiempo, la única consciente testigo y la víctima simultánea. Nuestros labios se trenzaron en un vaivén desesperado, un ritmo errático que oscilaba violentamente entre el roce sutil, levemente perceptible, y un frenesí convulso que me vaciaba la mente de cualquier rastro de lógica. Danka poseía el don terrorífico de arrastrar mi juicio racional hacia lo más profundo y oscuro del precipicio, y yo me estaba dejando caer. Mis piernas se separaron por un puro impulso animal, una respuesta natural e instintiva que terminó por darle paso al vacío, fue un movimiento definitivo a su posesión invasora y dominante.
Él soltó entonces un rugido sordo desde el fondo de su garganta, una nota baja y cavernosa que pareció estremecer los muros de piedra de la alcoba como si fuera un lamento ancestral atrapado en los cimientos de la estructura. Fue justo en ese instante cuando se hundió en mí sin preámbulos ni contemplaciones, reclamando un territorio carnal que ya consideraba de su entera propiedad desde el momento en que cruzó el umbral de su casa.
Su virilidad era la llave exacta que abría, por primera vez en toda mi existencia, la puerta clausurada de mis secretos más oscuros y reprimidos. Sin embargo, en medio de la embestida, era extrañamente delicado a pesar de su innegable instinto de cazador; me sujetaba contra el colchón con una firmeza tan calculada que me trastornaba los sentidos. Era la finura sádica de un verdugo experto, alguien que sabe con precisión matemática cuánta presión ejercer sobre el cuerpo antes de que la pieza que está ejecutando se quiete por completo bajo su peso.
Sentía cada embestida suya como una descarga de alta tensión, un rayo abrasador que recorría mi espina dorsal de un extremo a otro, viajando a una velocidad vertiginosa desde el cóccix hasta la base misma del cráneo. Allí, en los pliegues de mi corteza cerebral, mi mente intentaba desesperadamente procesar la paradoja de un dolor físico tan agudo que terminaba por transformarse en una luz blanca, cegadora y absoluta. El calor húmedo de nuestros cuerpos en contacto se volvió un incendio forestal incontrolable, envolviéndonos a ambos en un remolino tenebroso donde el goce dejaba de responder a los parámetros del placer común para transformarse en un suplicio inefable; una especie de hambre primitiva y maldita que no se saciaba con el simple contacto de la carne, sino que buscaba devorar de raíz la estructura misma de nuestras almas.
El éxtasis que me invadía era un deleite perverso hecho de astillas invisibles, fragmentos cortantes que parecían desgarrarme las entrañas desde dentro con cada movimiento. Y sin embargo, en mitad de esa carnicería sensorial, no había agonía real; Era una delicia prohibida, una experiencia inalcanzable para cualquier lengua viva que pretendiera describirla con palabras ordinarias.
Justo antes de que mis labios pudieran liberar un grito definitivo de rendición, un lamento que delatara mi derrota ante los ecos de la mansión, Danka vendió mi boca una vez más con un beso brutal que me arrebató el último rastro de aire existente en mis pulmones. Intenté desesperadamente recuperar la lucidez por un instante, luchar por asirme a un solo ambiente de conciencia que me mantuviera anclada a la realidad, pero fue en vano. Justo en el umbral difuso de la vigilia, algo en mi estructura interior pasó por completo. Se agrietó bajo la presión de su anatomía. Se deshizo en mil pedazos invisibles, hundiéndome en la negra.
Mi mente terminó por desprenderse por completo de mi carne, flotando a la deriva en una neblina densa, cálida y atemporal donde ya no existía el miedo, ni el juicio racional, ni siquiera el nombre que me había dado al nacer. Ya no era Analián; era pura satisfacción abstracta, un vacío paradójicamente lleno de una luz cegadora que me hacía sentir viva y muerta a la misma vez, como si tras cruzar el océano hubiera encontrado exactamente lo que venía buscando sin saberlo en mis peores pesadillas. En mitad de esa desconexión somática, una certeza oscura, pesada y absoluta me invadió las entrañas: esto era inevitable. Esto ya estaba escrito en los cimientos invisibles de este lugar mucho antes de que yo pusiera un pie en la isla.
Fui absolutamente incapaz de gobernar los últimos espasmos de la realidad que sacudieron mi cuerpo. El espacio físico de la alcoba parecía curvarse de forma violenta a nuestro alrededor; las leyes de la física y de la biología común se regresaron maleables, casi líquidas, bajo la presión indomable de nuestro clímax compartido. Su semen entró en mí como un torrente de esquirlas líquidas recorriendo mi ser, una sustancia ardiente que desgarraba mi configuración interna con una fuerza volcánica indomable.
Era una gloria perversa y adictiva oír sus jadeos masculinos retumbar en el silencio, sentir de cerca las venas de sus sienes hinchadas al límite por el esfuerzo sobrehumano que acababa de ejecutar sobre mi cuerpo yacente. Guiada por un impulso ciego, recorrí con la yema de mis dedos las venas de sus brazos, que se sentían tensas y rígidas como cables de acero bajo una tensión letal. En ese momento de éxtasis y destrucción, él no era un hombre común jugando a la seducción; Danka era una fuerza fundamental y caótica de la naturaleza que me había elegido a mí, entre todas las mujeres del mundo, como su epicentro definitivo.
Entonces, quebrando el silencio de nuestro éxtasis, un golpe seco y masivo retumbó por doquier, haciendo vibrar los cimientos mismos de la mansión. Unos míseros instantes bastaron para que el orden carnal se volviera desorden puro y caos biológico. No fue simplemente un estrépito ordinario; Fue una auténtica onda expansiva, una mancha de sombra líquida, mucho más densa que la noche misma, que se desprendió de golpe del rincón más oscuro y sepulcral del techo. No poseía un rostro definido, solo una presencia abrumadora que irradiaba al mismo tiempo una protección absoluta hacia mí y una malevolencia salvajemente dirigida hacia mi agresor.
El aire de la alcoba se ionizó al instante; no emitió ningún tipo de olor a podredumbre o azufre cliché, sino un aroma penetrante de tierra húmeda extraída de un cementerio olvidado por siglos. Antes de que Danka pudiera siquiera procesar la naturaleza de la amenaza biológica o mística que se cernía sobre nosotros, la sombra se materializó justo detrás de su espalda con una rapidez tan aberrante que dejó una estela de negrura pura grabada en mi retina.
Sin mediar una sola palabra, esa mancha oscura y viviente lanzó un zarpazo de vacío puro. En mitad del caos, me asaltó una duda terrorífica que me heló la sangre: no sabía, en mi propia confusión, si hacia donde venía del exterior o si mi mente había cometido un error y esa fuerza acababa de brotar directamente de mis propias carnes, de los conductos de mi sistema linfático o de las profundidades de la casa misma. Pero era una deflagración real de energía gélida y roja como la sangre derramada, ejecutada con la saña destructiva de un astro estallando en mitad del vacío estelar.
Las ventanas de la recámara temblaron con violencia hasta quedar al límite absoluto del colapso; los retratos antiguos en los muros se torcieron al unísono con un crujido seco de madera vieja y resquebrajada. Finalmente, la luz lunar que entraba por el ventanal se condensaba de golpe en un rayo de plasma azulado que nos azotó a ambos en el lecho, deteniendo el flujo del tiempo en seco y congelando la escena en un plano eterno.
Algo se movió en el espacio con una velocidad tan aberrante que el ojo humano apenas logró percibirlo como una exhalación, una mancha fugaz de sombra líquida cruzando el cuarto. Un simple parpadeo, y el cuerpo de Danka salió proyectado por los aires con la fuerza bruta e incontestable de un proyecto de gran calibre. Chocó de lleno contra el muro de piedra opuesto con un estrépito espantoso de osamenta rota y caliza pulverizada que se desprendió del revoque. El impacto habría deshecho a cualquier hombre común, pero a él no lo mató; sus reflejos biológicos eran inhumanos.
Clavé mis dedos con desesperación en las sábanas de la cama, apretando la tela como si quisiera desintegrar la seda con las uñas, mientras mi propio cuerpo continuaba vibrando violentamente por la descarga residual de poder que acababa de emanar de alguna parte de este lugar. Él se encontraba aturdido, semi arrodillado entre los escombros de piedra y polvo del suelo. En sus facciones, habitualmente cargadas de una malicia sádica, se asomó por primera vez un pasmo absoluto que rozaba la fascinación más pura, mezclada con un desconcierto primitivo y animal. En ese instante de claridad sangrienta, lo comprendí todo con una certeza estructural: yo no era la presa indefensa en este ecosistema maldito. Yo era el detonante.
Eso fue lo último que mi maltrecha cordura logró asimilar antes de que el mundo entero se tiñera de un negro absoluto y espeso. En mitad de ese vacío arrepentido, mi mente se fracturó bajo el peso de la sobrecarga. La descarga energética borró de golpe cualquier rastro residual de la realidad física de la recámara. El silencio subsiguiente no era vacío, sino una masa sólida y asfixiante de susurros inaudibles que golpeaban contra el interior de mi cráneo con la insistencia frenética e insufrible de mil hormigas de metal marchando por mis nervios.
Desperté, o al menos creí hacerlo en mitad de la negra, pero mis párpados ni siquiera se abrieron: el entorno entero y las formas de la habitación comenzaron a proyectarse de manera directa en mi corteza visual, un fenómeno sináptico que se saltaba por completo el filtro genético de las pupilas y la retina.
Primero fue el sonido. Un chirrido sordo y agudo de alta frecuencia que comenzó a borrar mi propio nombre en un idioma arcaico; un dialecto que mis terminaciones nerviosas reconocían con un escalofrío gélido, pero que mi lógica racional rechazaba con horror. No se trataba de una voz externa que viajara por el aire húmedo del cuarto; era un inquilino parásito, una entidad intrusa instalada directamente en los pliegues de mi lóbulo temporal que movía mis recuerdos y traumas pasados como si fueran muebles viejos en una casa abandonada.
—Danka está muerta —sentenció una voz rasposa que sonaba exactamente como el roce seco de dos lijas gruesas tallando la piedra.
—Danka nunca existió —respondió de inmediato otra voz, una réplica exacta e idéntica a la mía, pero cargada de una malicia insoportable—. Danka te golpeó, pobrecita huérfana indefensa. Mira cómo se ríe de ti en este momento, míralo bien; le das un asco profundo.
Intenté mover la mano derecha para taparme los oídos, pero mi brazo ya no me pertenecía, la conexión sináptica se había roto. Lo vi a la distancia de mi propio eje, flotando suspendido en medio de una geometría imposible que desafiaba las tres dimensiones del espacio. Las paredes de la recámara empezaron a respirar con un ritmo asmático, agónico y pesado; la pared de diseño elegante se convirtió ante mis ojos desorbitados en una piel ulcerada y viva que supuraba un líquido denso, una sustancia invisible que inundó mi boca con un insoportable sabor a cobre, sangre y ceniza estancada.
De repente, la habitación entera se multiplicó en un parpadeo infinito. Había exactamente diez versiones idénticas de mí mismas clavadas en el muro opuesto, alineadas como mariposas de colección en una pesadilla anatómica. Cada una de mis “yo” sufría una variante de muerte distinta y atroz: una se desintegraba capa por capa hasta mostrar los músculos vivos, otra se asfixiaba con el rostro amoratado buscando un aire inexistente, y una tercera reía de forma desquiciada, con una mandíbula completamente desencajada y rota que le colgaba de forma grotesca hasta la altura del pecho.
El aire denso de la alcoba se transformó de pronto en una roja tridimensional de hilos de acero invisibles que me aprisionaban la piel. A través de esa extraña visión extrasensorial, mi mente podía percibir la vibración de los átomos de las cosas y el flujo continuo de la energía eléctrica corriendo por los cables ocultos detrás de los muros, moviéndose como serpientes luminosas en la oscuridad. El sistema nervioso entero del mundo estaba expuesto ante mí, desollado, y yo no era más que el nervio óptico siendo aplastado con saña por una bota inexistente. La inconsistencia geométrica de la realidad se volvió una carga insoportable para mi cerebro. Para colmo de mi horror, la silueta de mi madre estaba ahí, de pie en la esquina de la habitación, con el rostro completamente convertido en un agujero negro y denso que absorbía la poca luz lunar que lograba filtrarse por el ventanal.
—Duérmete de una vez, pequeña zorra —susurró la aparición, y su voz distorsionada no venía del exterior, sino que emergía directamente del latido rítmico de mi propio corazón acelerado.
—¡Basta ya! —grité con todas las fuerzas de mi alma. Sin embargo, el grito no salió por mi garganta ni hizo vibrar mis cuerdas vocales; brotó como una caída física a través de cada uno de mis poros, trizando el aire.
En ese instante de quietud, una pesadilla nítida se instaló con violencia en el hueco de mi memoria: recordé a un hombre denigrándome en el pasado, echándome a patadas de su casa como si yo fuera un perro sarnoso. Entre las brumas densas de mi confusión actual y el instinto primitivo de supervivencia, creí haber estirado el brazo en la oscuridad y haberle estrellado la pesada lámpara de noche en mitad de la cabeza. La luz del cuarto se volvió de golpe nítida, cruda y dolorosa para mis pupilas. Desperté finalmente del trance alucinatorio viendo la silueta real de Danka tirada en el suelo, aturdido entre los escombros, limpiándose con el dorso de la mano un hilo de sangre fresca que le surcaba el frente como una víbora roja y brillante.
Me quedé completamente petrificada sobre el colchón. Estoy convencida, bajo todo el rigor vívido, de haber visto un tajo hondo y sangriento en su piel, una herida profunda que se esfumó y se cerró por completo ante mis propios ojos en un abrir y cerrar, sin dejar el menor rastro de cicatriz.
Con los pulmones ardiéndome por el esfuerzo y el sabor acre de la ofensa quemándome la lengua como ácido, giré el cuerpo con desesperación hacia el otro borde de la cama, arrastrando las pesadas mantas con unas manos trémulas que no dejaban de sacudirse por el shock neuroquímico. Fue justo en ese instante de silencio sepulcral cuando oí el crujido nítido de los vidrios de la lámpara rota bajo los zapatos de alguien más; un tercero que acababa de salir de la penumbra del fondo del cuarto. Los cristales se rompían bajo su peso con una precisión armoniosa, rítmica y profundamente aterradora.
Lessán estaba allí, de pie exactamente en el umbral que dividía la penumbra del desastre. Me observaba fijamente con unos ojos de hielo en perfecto estado de shock. En su mirada analítica ya no se reflejaba la contemplación de una mujer indefensa en paños menores; miraba, en cambio, una amenaza latente que acababa de derribar a su propio hermano de un golpe prácticamente imposible. Sucumbí por unos instantes ante el peso bruto de la humillación. Mis lágrimas brotaron calientes, sin mi permiso, mientras el pecho me quemaba de una forma tan real como si una brasa encendida se hubiera alojado de golpe justo debajo del esternón. Él comenzó a acercarse con un tiento meticuloso, casi felino, y se puso a mi altura en el borde del lecho tratando de rozarme la piel con los dedos, pero retrocedió de inmediato con un espasmo de puro asco visceral, queriendo huir de su contacto directo como si su sola cercanía fuera de lepra contagiosa.
—Todo estará bien —susurró Lessán, pero el tono de su voz no transmitía calidez alguna; era el filo limpio de una navaja barbera cortando el aire húmedo.
Sin darme tiempo a reaccionar, me cargó entre sus brazos con una facilidad pasmosa, como si mi cuerpo no fuera más que una brizna seca, una mota de polvo errante en mitad de su propiedad, un objeto frágil y por completo desprovisto de alma. Me depositó de vuelta en el colchón con una cautela insultante, casi médica, cubriéndome con las pesadas mantas mediante una finura gélida que se sintió en mis adentros como un ultraje directo a mi integridad. En ese vaivén de sombras, sus brazos se volvieron temporalmente mi único parapeto físico contra la oscuridad exterior que yo misma parecía haber generado en mi mente caótica.
—Estarás bien —repitió Lessán cerca de mi rostro, rodeándome con una firmeza que amenazaba con paralizarme la sangre en las venas.
Fue en ese transcurso de reclusión cuando la furia despertó finalmente en mí, una rabia volcánica y destructiva que se habituó con violencia el lugar del miedo visceral. Manoteé con saña salvaje contra mi cabeza quería que esas voces desaparecieran soltando toda la cólera que había guardado desde que pisé esta ciudad maldita. Grité con un rencor puro sosteniendo mis sienes, parí en lo más hondo de las entrañas, un alarido desgarrador que buscaba herir el orgullo de ambos hombres tanto como ellos me habían lacerado a mí la dignidad en esta noche.
—¡Maldito imbécil! —le espeté con rabia contenía a Danka, quien apenas comenzaba a incorporarse pesadamente de entre los escombros y el polvo de caliza del suelo—. ¿Cómo te atreviste a hacer algo así? ¡Me insultaste, me atacaste en mi propia cama! ¡Te odio con cada maldita fibra de mi ser!
Danka se puso en pie con una soltura fantasmal, casi flotando de forma antinatural sobre los restos de madera astillada y vidrios rotos de la lámpara. Su rostro era una careta rígida de confusión absoluta que revelaba, muy a su pesar, la conciencia de un error imperdonable de su parte. Al oírme gritar con semejante vehemencia sobre ofensas y odio rotundo, sus facciones aristocráticas se crisparon de golpe. Fingía con cinismo no entiende nada de la magnitud de lo que ocurría, pero su mutismo inicial se erigía como un muro de piedra maciza que desesperaba cada neurona de mi ser.
—¿Qué demonios me hiciste? Te odio con toda mi alma —volví a arremeter, con la voz rota por la adrenalina.
—¡Cállate de una buena vez! —rugió Danka de pronto, elevando la voz con una frecuencia tan baja y potente que hizo vibrar de forma audible los fragmentos de cristal esparcidos por el suelo—. Yo no hice absolutamente nada que tú no hubieras implorado previamente con cada poro de tu piel… Antes de que mi hermano cruzara ese bendito umbral, gemías mi nombre con una sed que… —Cortó la frase de tajo, apretando la mandíbula con tal violencia que alcancé a escuchar el crujido seco de sus propios dientes.
—¡Mientes! —mi grito, agudo y cargado de asco, cortó su excusa barata en el aire como una guadaña afilada.
—¡Te lo juro por mi vida, Pulguita! —exclamó él, y por un microsegundo su voz flaqueó por completo, sonando genuinamente dudosa, extrañamente humana en medio del caos—. Jamás me habría atrevido a tocarte si tú misma no lo hubieras deseado con esa misma intensidad con la que gritas ahora maldiciones.
Danka dio un paso decidido al frente, arrastrando las botas sobre la caliza, mientras sus ojos encendidos escudriñaban meticulosamente la anomalía mental que yo representaba en ese lecho. Presa del pánico, me encogí instintivamente hacia atrás, buscando el apoyo físico del pecho texturizado de Lessán; Terminé refugiándome de forma voluntaria en un hombre que no conocía con tal de huir del que, en ese instante de la noche, consideró el animal más peligroso para mi integridad.
—¡Mientes, mar maldita! ¡Solo entra a esta habitación para violentarme, para usarme como a un objeto! —le grité, ocultando el rostro.
Lessán expandió sus brazos y me apretó con firmeza contra sí, resguardando mi cuerpo trémulo bajo las mantas, pero sus ojos gélidos no dejaban de vigilar de cerca cada movimiento de su hermano menor, adoptando la postura tensa de quien acecha en la sombra a una bestia salvaje que está lista para lanzar el zarpazo letal.—
—¡Danka! —la voz de Lessán cortó la penumbra sonando con la violencia seca de un fustazo en el aire, una orden militar que no admitía réplica—. ¡Fuera de aquí ahora mismo! ¿Acaso tu limitado juicio no te permite ver la magnitud de lo que has provocado con tu maldita imprudencia? ¡Lárgate de esta recámara!
— ¿Vas a jugar a ser el héroe de esta farsa, hermanito? —se mofó Danka con una sonrisa torcida, aunque sus manos, habitualmente firmes, temblaban visiblemente debido a la densa carga estática residual que aún flotaba en el ambiente de la alcoba.
En ese instante, mi cabeza empezó a dar tumbos violentos, víctima de una sobrecarga sensorial extrema. Sentí de golpe que el suelo desaparecía por completo bajo mi percepción anatómica; el techo de un blanco absoluto giraba a una velocidad vertiginosa y los muros de la mansión se me echaban encima con la pesadez de diez lápidas de concreto sepulcral. Al notar mi colapso inminente, el gesto habitualmente rígido de Lessán mudó hacia una preocupación meticulosa, casi desesperada. Sus palmas daban pequeño golpecitos sobre mis mejillas encendidas por la fiebre, tratando de rescatarme con firmeza del vacío abisal en el que me estaba hundiendo.
—Analián… —rogó, y por primera vez escuché una nota de auténtica urgencia en su tono—. Despierta, no te duermas por lo que más quieras. Abre los ojos de una vez. ¡Mar maldita! Soy el único culpable de todo esto; Debí prever tu reacción ante la presencia de este imbécil.
Apreté su mano por puro reflejo, la misma mano que ahora me golpeaba el rostro con una suavidad desesperada para devolverme la conciencia. Mi vista era un borrón caótico de manchas negras y púrpuras que bailaban en la periferia.
—¡Danka! —susurré con un hilo de voz ronca, completamente perdida en la mitad de ese laberinto de espejos rotos que era mi propia mente.
—Analián, mírame, soy Léssan. Mírame fijamente a los ojos. Soy yo, estás a salvo —insistió él, cercándome con su aliento.
La realidad volvió de golpe a mi corteza cerebral, impactando con la crudeza y la violencia de un proyecto de plomo. Al recobrar el juicio, me zafé de su agarre con un asco profundo y destructivo; un desprecio dirigido tanto hacia ellos dos como hacia mi propia debilidad física. Me volví apretar las sienes con la punta de los dedos, intentando frenar el latido punzante y rítmico que amenazaba con partirme el cráneo en dos mitades exactas. Clavé mi mirada en las pupilas de Lessán y le escupí mi veredicto con una frialdad tajante:
—Me largo de tu maldita casa hoy mismo. No soy tan poca cosa ni estoy tan necesitada como para tolerar sus agravios y sus putos juegos de poder aristocráticos. ¡Quédense solos en su propio infierno!
Mi vista continuaba siendo un borrón púrpura y denso, una neblina neuroquímica que me distorsionaba las formas de la alcoba. Guiada por un instinto ciego de supervivencia, salté de la cama dispuesta a huir hacia la noche exterior sin importar el frío de la ciudad, pero Lessán se interpuso en mi trayectoria con esa velocidad aberrante que desafiaba cualquier lógica, aferrándome con firmeza por los hombros para frenar mi avance.
—Me largo de este maldito lugar, he dicho —apenas pude gesticular con los labios secos, arrastrando las palabras.
Lo empujé con toda la fuerza que me quedaba para abrirme paso, zafándome de su agarre; Inmediatamente me sostuve inclinada contra mis propias rodillas, tratando de atrapar bocanadas del aire estancado y recuperando el aliento con una lentitud agónica que me quemaba los bronquios.
—Juro por lo que sea que esto me lo pagarán con creces —espeté, clavando la vista en el suelo de madera.
Mis propias palabras resonaron en el silencio y me sorprendieron por su frío laconismo. No estaba dispuesta a claudicar ni a asumir el papel de la víctima rota. Al escuchar la amenaza, la mirada de Lessán se endureció de golpe; Hubo un destello extraño e inmediato en sus pupilas, un fulgor ancestral y sombrío que me advirtió que estaba dispuesto a luchar con todos sus recursos para borrar lo ocurrido de la existencia. ¿Acaso este hombre iba a desatar una guerra contra su propia sangre, contra su propio hermano menor, solo por retenerme?
—Escúchame bien, Analián —insistió él, dando un paso al frente e invadiendo mi espacio personal con su imponente anatomía. Me levanté de la postura rígida con una delicadeza tan calculada y firme que, muy a mi pesar, hizo que mi agitación pulmonar cediera un poco—. No soy tu enemigo en esta casa. A partir de este preciso momento, mi único deseo es asegurar tu bienestar absoluto.
Una mueca casi burlona y cargada de desprecio torció mis labios, y mis palabras salieron de la boca como dagas afiladas, bañadas en el veneno puro de mi humillación:
—Basta de discursos, Léssan. No pienso quedarme en esta mansión a ver cómo se agarran a golpes tú y tu hermano cada vez que sus hormonas se vuelven frenéticas en mitad de la noche. ¿Pero qué vas a saber tú de cómo me siento en este momento? Seguramente ambos creen que el honor y el trauma de una persona se compran con dinero y contratos, pero te seguro que no pienso callarme lo que pasó aquí.
Vi con perfecta claridad cómo el impacto de mis palabras lo alcanzaba de lleno en el pecho, hiriendo una fibra de su orgullo dinástico que quizás la prudencia me habría dictado no tocar; pero la compasión en este punto de la noche era un lujo que mi rabia volcánica no podía permitirse.
—Contéstame una sola cosa —dije con la garganta ardiéndome por el esfuerzo y el desprecio—: si un delincuente ordinario entrara en mitad de la noche a la habitación de tu propia hermana solo por pura diversión… esa sabandija ya estaría muerta a estas horas, ¿verdad? Su cadáver ya estaría pudriéndose en algún rincón. Pero claro, como yo no soy nadie en tu escala social, como soy una simple empleada huyendo de..…
Él no dejó que terminara de hablar. Presionó con firmeza uno de sus dedos largos sobre mis labios secos, silenciando mi ira volcánica con un contacto álgido, imperioso y dominante que me cortó la réplica.
—Eres muchísimo más valiosa de lo que tú misma crees o eres capaz de procesar —susurró Léssan con una intensidad vibratoria que me erizó la piel por completo—. Por lo que más quieras, quédate en la mansión. Yo mismo te protegeré de cualquier amenaza carnal; te lo prometo por mi honor.
Su rostro, habitualmente inexpresivo y rígido, se mantenía firme como una máscara de mármol esculpida para el engaño. Pero en las profundidades de sus ojos grises parpadean claros destellos de perturbación, como chispas eléctricas saltando en mitad de la oscuridad de un abismo insondable. De repente, antes de que pudiera zafarme, sus manos se cerraron sobre las mías con una fuerza contenida, obligándome a sentarme junto a él en el borde del colchón desarreglado. El contacto somático fue eléctrico, un disparo directo a mi sistema nervioso.
—Quédate, por favor —su voz, siempre monocorde, era ahora un susurro entrecortado, infectado de un desconcierto impropio de su rango. La desesperación contenida lo envolvía por completo; sus pupilas buscaban las mías con una necesidad que parecía casi anti natural, un ruego primitivo—. Analián… mi hermano menor es un sujeto sumamente difícil de controlar cuando sus impulsos se desatan. Su temperamento ha provocado que todas las instituciones anteriores se marchen de la casa sin siquiera haber comenzado el programa; es una situación administrativa fastidiosa… Eira te necesita desesperadamente.
Aquel nombre, pronunciado en mitad de la carnicería psicológica de la alcoba, actuó como un ancla de hierro en mitad de mi tempestad mental. Volteé la cabeza buscando el horrendo peluche maltratado que yacía tirado en el suelo, ese objeto inanimado y grotesco que parecía observar fijamente nuestra desgracia desde su rincón de polvo. Me levanté del lecho arrastrando mis piernas, lo tomé entre mis manos temblorosas y lo miré con detenimiento.
No era de extrañar en lo absoluto que todas las mujeres huyen aterrorizadas ante el recibimiento sádico de Danka; él no era un simple niño consentido, era una amenaza absoluta y latente para este mundo. Abracé el juguete contra mi pecho con una fuerza desesperada. ¿Volver a casa? ¿Regresar al continente con las manos vacías? No. No estaba dispuesta a claudicar para acabar muerta en vida bajo los escombros de mi pasado. Me quedaría a jugar su juego.
—Me quedaré en esta casa —confirmé al fin con un hilo de voz ronca, entregando mi veredicto en la penumbra.
Él me giró hacia sí con un movimiento lento, tomó mi rostro entre sus manos gélidas y me miró fijamente con una mezcla extraña de gratitud calculada y un alivio somático que parecía casi doloroso para sus facciones desprovistas de residuos afectuosos.
—Gracias por darme una nueva oportunidad para enmendar esto —susurró Lessán con un fervor contenido, casi místico—. Prometo solemnemente vigilar cada uno de sus pasos de cerca y me aseguraré, bajo mi propio esquema, de que Danka no vuelva a molestarte nunca más en tu vida.
—¡Lessán! Quiero que esto funcione de verdad; Necesito imperiosamente que funcionar —exclamé con una especie de desesperación, aferrándome a esa promesa verbal como el náufrago que se sujeta a un salvavidas de plomo en mitad de la tormenta.
Él extendió los dedos y secó el rastro húmedo de mi llanto con una ternura meticulosa, casi paternal, que me desconcertó los sentidos.
—Analián, a mi hermano menor le fascina sembrar el miedo en las personas más débiles, es su naturaleza, pero te puedo jurar algo con total certeza: antes de atreverse a hacerte un daño real e irreversible, ese imbécil mataría por ti… o por cualquier miembro de su propia familia. Te lo aseguro.
Justo en ese instante de la madrugada, sentí que él se acercaba demasiado a mi eje, rompiendo cualquier distancia prudente. Su cuerpo entero comenzó a irradiar una calma absoluta, una frecuencia sorda que envolvió mis centros nerviosos como un sedante denso. Susurró palabras ininteligibles muy cerca de mis oídos; mis párpados caían pesadamente bajo el efecto de un suspiro profundo que me invadió los pulmones de golpe. Me pregunté, en un reducto de mi lógica moribunda, si estaba demasiado sensible debido al shock de alguna escena anterior mientras terminaba por recargar mi cabeza exhausta contra su torso rígido. Su sola presencia me otorgaba una tranquilidad artificial que desafiaba todo raciocinio humano.
En esos segundos suspendidos en el aire, las lágrimas volvieron a invadirme los ojos y terminaron por vencer la última resistencia de mi alma. La mirada de Lessán se convirtió ante mí en un espasmo difuso de confusión y mi mente comenzó a saturarse rápidamente de sombras densas y parásitas. De pronto, ya no comprendes de qué peligro exacto estaba hablando este hombre. Intenté apartarme de él con un movimiento torpe, pero su presión física alcanzó como una descarga estática que me empujó de espaldas contra la pared de la alcoba. Lo miré fijamente a los ojos en mitad de la penumbra y comencé a experimentar una paz interna, una anestesia cerebral que no alcanzaba a entender. Cerré y abrí los ojos varias veces de forma consecutiva, incapaz de procesar el sonido de lo que estaba escuchando o el orden cronológico de los hechos.
—¿De qué demonios estás hablando, Lessán? —pregunté, arrastrando la lengua en un balbuceo errático—. ¿A dónde se supone que podría irme yo a esta hora de la noche? ¿Qué es exactamente lo que está pasando en esta habitación? ¿El temblor de los muros ya pasó? ¿Están todos bien abajo en la casa?
—Analián, ¿te sientes verdaderamente bien, pequeña? —preguntó Lessán, reduciendo la distancia y observándome con una mezcla de extrañeza clínica y fijeza rara—. Ven, no pienses más en esto. Mañana a primera hora nos encargaremos de recoger todo el desastre de esta habitación. Ahora solo descansa.
Él me guio de vuelta hacia la cama con una firmeza sutil pero incuestionable. Yo me dejé llevar por la inercia de mis músculos caídos y le respondí apenas con una sonrisa pesada, ausente de cualquier rastro de calidez. Mientras concentraba mis esfuerzos en descifrar los verdaderos engranajes del hombre calculador que tenía justo enfrente de mí.
Lessán se inclinó levemente y besó mi frente con un toque tan extraño que me congeló los pensamientos. Ese día, en mitad de la penumbra y sin tener plena conciencia de lo sucedido, fui sellada definitivamente ante las leyes invisibles de esta mansión como un objeto de propiedad y una promesa desconocida.
Se dio la vuelta con elegancia y salió de la habitación. Al cerrar la pesada puerta de madera detrás de sí, el silencio sepulcral de la habitación fue devorado de inmediato por el eco de dos voces masculinas que se elevaron con furia en mitad del pasillo exterior; un estruendo sordo y violento que hacía vibrar las molduras antiguas del techo en el instante preciso en que ambos hermanos se encontraron de frente en la penumbra. Mientras tanto, atrapada en el lecho, mi propia cabeza intentaba inútilmente procesar los fragmentos dispersos de algo terrible que parecía haber vivido apenas unos segundos atrás, pero que mi memoria, fracturada por la sobrecarga, ya no alcanzaba a recordar en absoluto.
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