En el vasto e infinito vacío de la mente de Lilica, la desolación era absoluta. Allí estaba ella, suspendida en la nada de su propio subconsciente, atada despiadadamente por pesadas cadenas y enredaderas de rosas negras cubiertas de espinas afiladas que hacían sangrar su piel de porcelana. Sin poder hacer nada para liberarse, el dolor físico y emocional era de una intensidad desgarradora; atrapada en su propia cabeza, obligada a ser espectadora de la destrucción externa sin poder moverse. El peor castigo imaginable para un alma que solo buscaba afecto.
Soportando la tortura de los lazos místicos, ella lloró, quebrando el silencio de su mente:
—Duele... duele mucho. ¿Por qué haces esto, padre? Yo te consideré un padre para mí... No merezco todo este castigo.
Una voz distorsionada y omnipotente resonó con fuerza entre el tintineo de las cadenas, manifestándose desde la oscuridad de la infección mental. Era la voz de Tahiel, implacable y gélida, que le recordaba su cruda realidad:
—Eres una herramienta en mis manos. No eres mi hija, solo eres un individuo que tuvo el honor de conocer al gran Tahiel, Rey Demonio de la oscuridad primordial.
El dolor físico se agudizó con el rechazo divino. Resignada, Lilica simplemente desvió la vista hacia sus propias manos, que se encontraban completamente cubiertas por los tallos de las rosas que hacían sangrar sus palmas con cada parpadeo. Con la mirada fija en el suelo inexistente de su mente, murmuró con el hilo de voz que le quedaba:
—Ya lo tenía entendido desde hace tiempo... Solo me aferré a la mínima posibilidad de que algún día me aceptaras como una de tus hijas.
Reuniendo las últimas fuerzas de su voluntad rota, Lilica levantó la cabeza para mirar hacia el cielo creado por su propia psique, un firmamento que comenzaba a resquebrajarse.
—Me rindo... —sentenció con una tristeza absoluta—. Este mundo es muy cruel y ya no quiero vivir más. Quiero morir.
En respuesta a su deseo de autodestrucción, violentas llamas de maná oscuro cubrieron todo el alrededor del espacio mental, danzando de forma caótica. El fuego rodeaba la escena sin tocar directamente la piel de Lilica; era el reflejo de un alma que estaba completamente decidida a terminar con su propia vida para escapar de la esclavitud.
Mientras todo este tormento ocurría en el abismo interno de Lilica, en el plano terrenal de la iglesia destruida de Teotia, la realidad avanzaba a un ritmo frenético. Aurora y Farasya se preparaban, acumulando su energía para detener el avance de la marioneta.
Aurora envainó parcialmente su hoja plateada y miró a la princesa demonio.
—Tengo un plan, pero no sé si funcione.
Farasya, analizando las fluctuaciones de energía que conectaban el techo con el pecho de Lilica, asintió de inmediato.
—Conozco perfectamente tu plan. Necesitas la ayuda de alguien para poder ingresar a la mente de Lilica y así cortar la conexión que le implantó mi padre a Lilica, ¿verdad?
Aurora abrió los ojos de par en par, completamente sorprendida por la deducción de su aliada temporal.
—¿Acaso puedes leer mentes o algo así?
—Algo así —respondió Farasya, con una mueca de frustración—, pero no tenemos a nadie que pueda usar aquella habilidad.
Aurora apretó los dientes, pensando rápidamente en sus aliados dispersos por el reino.
—Tengo un compañero que puede usar habilidades mentales. Creo que él podría ayudarnos.
—Es imposible, él no podrá venir. Se encuentra en un duelo uno contra uno —interrumpió una voz masculina que resonó con firmeza entre los pilares derruidos de la entrada.
Al girar la vista, vieron aparecer a Kael, quien avanzaba con paso decidido junto a Nyra, dejando atrás el humo del centro urbano.
Aurora soltó un suspiro de alivio, bajando ligeramente los hombros al verlos con vida.
—Chicos, están bien... ¡Qué alivio!
Nyra dio un paso al frente, acomodándose el sombrero con su habitual soltura y una sonrisa pícara.
—Claro que estamos bien. ¿Acaso te preocupaste por tu rival por el amor de Lorian?
Aurora solo sonrió ante la provocación, guardando silencio para no desviar la atención de la verdadera amenaza.
Kael, con la mano apoyada en el pomo de su espada, examinó minuciosamente todo el alrededor. Observó los vitrales rotos, la destrucción masiva de la iglesia y, finalmente, clavó la mirada en Sabrina, quien permanecía de rodillas entre los escombros, con la cabeza completamente inclinada y el orgullo hecho pedazos.
Con tono desconfiado, Kael preguntó:
—¿Quién es ella?
Aurora abrió la boca para responder y explicar la situación, pero fue interrumpida abruptamente por la menor de las demonios.
—Ella es mi hermana Sabrina y yo soy Farasya, hijas de Tahiel —declaró la chica con firmeza, plantándose frente a los recién llegados.
Al escuchar el nombre del causante de la guerra, los cuerpos de los guerreros reaccionaron por puro instinto. Kael apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, mientras que Nyra desató instantáneamente una tormenta de rayos eléctricos que comenzó a chisporrotear a su alrededor, cargando el aire de ozono. Ambos estaban profundamente enfadados; la rabia los consumía tras haber presenciado la crueldad infinita de Tahiel al asesinar al líder de los caballeros y usar su cuerpo como un muerto viviente.
Al notar la inminente colisión, Aurora se interpuso rápidamente entre ambos bandos, levantando las manos para tratar de tranquilizarlos.
—¡Esperen un momento! No es momento de atacarnos entre nosotros. Sé que tenemos nuestras diferencias, pero ella no es como Tahiel y ya lo demostró.
Kael no bajó la guardia; sus ojos seguían fijos en las facciones de las recién llegadas.
—Pero pertenecen a la misma sangre de ese sádico.
Farasya dio un paso adelante, asumiendo la responsabilidad y respondiendo con una madurez que congeló el ambiente:
—Es cierto, tenemos la sangre de aquel que llaman sádico, y es cierto. No voy a negar nada de las acciones que ha tomado mi padre a lo largo de los años. El plan macabro contra el Jardín de Enit, el control mental de ese líder, de Aurora y de York, el apoderamiento de este reino y la destrucción de varios reinos en el proceso... son cosas imperdonables. Y sé que con palabras no se puede remediar todo ese mal, así que decidí que en esta batalla estaría del lado del héroe para detener a mi padre.
Justo cuando terminaba de pronunciar aquellas palabras de redención, un dolor de cabeza fulminante e intenso hizo que Farasya se llevara las manos al cráneo y cayera de rodillas sobre las piedras. De inmediato, una violenta oleada de imágenes fragmentadas del futuro empezó a aparecer en su cabeza a través de sus visiones proféticas.
Aprovechando la distracción del grupo, Lilica, consumida por la miasma de Tahiel, se movió. Sin mediar palabra, empezó a atacar ferozmente por todos lados. Una red invisible de hilos cortantes impregnados de energía oscura se expandió por el aire, rebanando las columnas y el suelo a su paso. Kael y Nyra reaccionaron con reflejos sobrehumanos y alcanzaron a saltar hacia atrás para protegerse del ataque.
Sin embargo, Aurora no corrió con la misma suerte. En lugar de esquivar, usó su propio cuerpo como escudo para proteger a Farasya, que continuaba indefensa y de rodillas por el ataque místico. Los hilos de maná impactaron en la humana, provocándole varios cortes profundos en los brazos y el torso que comenzaron a sangrar de inmediato. Por su parte, Sabrina, quien seguía con la mirada fija hacia el suelo y sumida en su propia culpa, reaccionó por instinto de supervivencia y elevó un grueso muro de piedra que la protegió de la ráfaga, manteniéndose apartada del conflicto directo debido al shock psicológico de lo ocurrido.
Kael aterrizó de pie y, al ver la sangre brotar de la ropa de su compañera, corrió hacia ella con urgencia en la voz:
—¿Por qué la protegiste? Estás herida por todos lados.
Aurora, presionando una de sus heridas mientras recuperaba el aliento, lo miró fijamente.
—Porque ahora ella está indefensa.
—¡Pero ella...! —replicó Kael, señalando a la demonio.
Nyra lo interrumpió con un grito autoritario, colocándose al lado de ellos con su magia eléctrica al límite:
—¡Basta, Kael! El único enemigo aquí no es ni ella ni la chica de cuernos... ¡Es Tahiel!
Al escuchar ese nombre específico salir de los labios de la hechicera, Farasya pareció romper el trance de sus visiones. Se incorporó rápidamente del suelo, con los ojos abiertos de par en par por la revelación, y miró fijamente a Nyra.
—¿Cómo dijiste que se llama él? —preguntó, señalando al espadachín con una mezcla de asombro y temor.
Nyra parpadeó, desconcertada por el repentino interés de la princesa.
—Eh... él se llama Kael. ¿Por qué la pregunta?
En ese preciso instante, la mente de Farasya hizo clic y lo entendió todo. Sus revelaciones pasadas eran reales y las piezas del destino encajaban: aquel humano llamado Kael era el guerrero elegido que enfrentaría directamente a su padre en un futuro definitivo, aunque su magia aún no le revelaba cuándo sucedería. Sin embargo, había un detalle perturbador que difería de la escena actual; en las imágenes de sus revelaciones, este humano llamado Kael no vestía ropas comunes, sino que estaba completamente envuelto en llamas vivas y destructivas.
Pero el campo de batalla no otorgaba tregua para charlas o profecías. Lilica, flotando levemente sobre la miasma, alzó ambas manos y lanzó una segunda oleada de hilos cortantes, esta vez mucho más densa, masiva y letal, dispuesta a rebanarlos a todos.
Viendo el peligro inminente, Farasya se plantó al frente del grupo y extendió los brazos hacia el cielo. Concentrando la pureza de su herencia real, desató la habilidad Protección, una barrera absoluta y sagrada que existía exclusivamente para los Reyes Demonios y sus linajes directos. Un gigantesco domo de energía carmesí translúcida se materializó en un parpadeo, cubriendo por completo a todo el grupo. Aunque ya habíamos presenciado esta legendaria defensa anteriormente en la historia, nunca se había manifestado a una escala tan descomunal y masiva como la que Farasya estaba sosteniendo en ese momento para salvar a los aliados del héroe.
Los ataques de Lilica se volvieron súbitamente más intensos. Lo que antes eran filamentos cortantes se transformó en ráfagas de energía carmesí pura y violenta que impactaron de lleno contra el muro de protección que había creado Farasya. El estruendo de las colisiones hacía vibrar los escombros de la iglesia. Por su parte, Farasya estaba completamente agotada; el agudo dolor de cabeza de sus visiones y el esfuerzo previo para abrir y modificar el portal interdimensional habían drenado una gran cantidad de su poder mágico.
Sosteniendo la barrera con los brazos temblorosos, Farasya sufría en su fuero interno:
No podré resistir mucho más... mi poder mágico está disminuyendo drásticamente.
Kael, con sus sentidos agudizados en pleno combate, se percató de inmediato de que el escudo de linaje se estaba destruyendo poco a poco bajo la implacable tormenta de ráfagas. La aplastante aura corrupta de Lilica estaba arrasando con todo el lugar, y las grietas doradas y carmesí de la barrera se hacían cada vez más grandes, amenazando con estallar en mil pedazos.
Farasya apretó los dientes, conteniendo el dolor físico del desgaste, y gritó hacia atrás:
—Será mejor que se den prisa con el plan de Aurora, ya no aguantaré mucho tiempo, mis fuerzas se están acabando.
Aurora, sosteniendo su espada plateada, miró a su alrededor con evidente frustración.
—¡Pero no tenemos a nadie con aquella habilidad en estos momentos! Sin él no podemos concretar el plan.
Kael dio un paso al frente, colocándose en guardia por si el escudo colapsaba.
—¿Cuál es el plan? Tal vez podría ayudar en algo.
—Mi plan consistía en entrar en la mente de Lilica y cortar los hilos de Tahiel —explicó Aurora con rapidez—, pero Maito no se encuentra en este lugar. Será imposible si no tenemos a alguien con habilidades mentales.
Kael hizo una mueca de resignación, aferrando el pomo de su arma.
—Entrar en la mente es la especialidad de Maito, yo no cuento con aquellas habilidades.
Mientras el caos se desataba en el centro del domo, en un rincón apartado de la destrucción se encontraba Sabrina. La princesa demonio seguía de rodillas sobre las piedras frías, con la cabeza baja, mientras una marea de pensamientos oscuros e inéditos inundaban su mente de forma caótica.
Las crudas verdades que le había gritado Farasya, el desprecio absoluto de su padre hacia su propia estirpe... Todo encajaba de forma macabra. Que su propio padre le pidiera directamente a la "aberración" de Lilica que acabara con la vida de todos en ese lugar —incluyéndola a ella— era algo que Sabrina nunca pensó escuchar del ser al que tanto había idolatrado. Además, la epifanía la golpeó con la fuerza de un rayo: fue ella misma quien debilitó mentalmente a Lilica a lo largo de los años. Todas sus humillaciones continuas, sus insultos diarios y su desprecio sistemático habían quebrado el espíritu de la chica de los cuernos, creando exactamente el monstruo que veían ahora: un demonio desbocado con sed de sangre, una entidad lista para acabar con todos y todo por culpa de las acciones egoístas de Sabrina.
En el silencio de su psique, Sabrina se quebró:
Soy lo peor... mis acciones han sido horribles, no tengo perdón. Incluso mi padre no me quiere... para él tanto yo como Farasya y la aberración somos herramientas.
Apretó los puños contra el suelo agrietado, tragándose el orgullo que le había servido de armadura durante siglos.
Incluso... y aunque me duela decirlo, la aberración... quiero decir, Lilica, ha sido más gentil. Ella solo buscaba la aprobación de mi padre y él solamente le llenó la cabeza de ilusiones, igual que a nosotros. Pero yo... yo me comporté como un monstruo, y la llamé aberración.
Las manos de Sabrina comenzaron a temblar violentamente sobre el polvo.
—La llamé aberración... una y otra vez —murmuró para sí misma en un hilo de voz inaudible para el resto.
Recordó con dolorosa nitidez cada insulto escupido en los pasillos del castillo, cada humillación pública y cada ocasión en la que Lilica simplemente había bajado la cabeza en silencio, aguantando el dolor sin responder jamás.
—Ella solo quería ser aceptada... —reconoció, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta.
Su respiración se volvió pesada, errática.
—Y yo me aseguré de destruir cualquier esperanza que tuviera.
Por primera vez en su larga y soberbia existencia, Sabrina experimentó un sentimiento completamente nuevo, una emoción punzante que nunca antes había cruzado su frío corazón.
Culpa.
No era el miedo biológico a morir bajo las ráfagas carmesí.
No era el terror reverencial hacia la figura de Tahiel.
Era una culpa pura, devastadora y humana.
Levantó lentamente la mirada hacia la figura suspendida de Lilica. Aquella demonio que ahora arrasaba con todo a su alrededor, desatando una miasma asesina que agrietaba las columnas de la iglesia, era exactamente la misma que minutos antes se había puesto físicamente delante del filo de Aurora para protegerla de la muerte. La misma que, con los ojos llenos de lágrimas, había declarado ante su enemiga que siempre la consideró una hermana.
Sabrina apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula. Las lágrimas, pesadas y genuinas, comenzaron a acumularse en sus ojos oscuros, desbordándose por sus mejillas.
A unos metros, Farasya observó a su hermana mayor en absoluto silencio a través del fulgor del escudo. Por primera vez en sus vidas, Sabrina no estaba buscando excusas para justificarse. No estaba culpando a otros por el desastre, ni intentaba racionalizar las atrocidades que había cometido. Simplemente estaba parada allí, desnuda de orgullo, enfrentando la cruda y espantosa verdad de sus propios actos. Y esa verdad moral era mucho más dolorosa y lacerante que cualquier herida física que pudiera recibir en el campo de batalla.
Fue en ese preciso instante de quiebre cuando las voces de los guerreros mortales cruzaron el estruendo y Sabrina escuchó las desesperadas palabras que Aurora le dirigía a Kael:
—Mi plan consistía en entrar en la mente de Lilica y cortar los hilos de Tahiel, pero Maito no se encuentra en este lugar. Será imposible si no tenemos a alguien con habilidades mentales.
Al escuchar la naturaleza del plan, una chispa se encendió en el cerebro de la princesa demonio. Mirando sus manos trémulas, pensó con desesperación:
¿Acaso quieren la ayuda de un mentalista? Yo podría ayudar con eso... pero he causado tanto daño a Lilica que ahora me encuentro privada, no puedo moverme... es imposible hacer algo.
Atrapada entre el deseo de enmendar su monstruoso pasado y el peso paralizante de sus propios pecados, Sabrina miraba el escudo agrietarse, sabiendo que el tiempo de todos se estaba agotando.
Pero algo sorprendente ocurrió en medio del caos. Como si el tiempo mismo se hubiera congelado en el campo de batalla, de repente Lilica dejó de atacar y se quedó completamente inmóvil.
Los mortíferos hilos carmesí que amenazaban con rebanarlos desaparecieron en el aire, disolviéndose en cenizas mágicas. El aura asesina y sofocante que cubría la iglesia se volvió inestable, parpadeando como una llama a punto de extinguirse. Lilica permaneció inmóvil, suspendida en un silencio sepulcral, con la mirada perdida en el vacío.
El asombro se reflejó de inmediato en los rostros de todos los presentes.
—¿Qué está pasando? —preguntó Kael, sin bajar la guardia, pero visiblemente confundido.
Farasya observó con atención a través del escudo, analizando las fluctuaciones de energía en el cuerpo de la chica de los cuernos.
—No lo sé... pero algo está ocurriendo dentro de ella.
A unos metros de distancia, Sabrina sintió que su corazón se aceleraba descontroladamente en su pecho. Observó la escena con los ojos muy abiertos.
—¿Todavía sigue luchando...? —pensó.
Miró fijamente a Lilica. Aquella figura estática e inmóvil ya no parecía una máquina de destrucción vacía. A través de la densa miasma, parecía alguien que estaba sufriendo una agonía silenciosa, atrapada en su propia prisión mental.
—¿Acaso todavía vive? —se preguntó Sabrina, sintiendo un nudo en la garganta.
Una pequeña y cálida esperanza nació dentro de su pecho, abriéndose paso entre la oscuridad de su culpa.
—¿Todavía mi padre no la ha destruido por completo?
Apretó los dientes con fuerza, decidida.
—Todavía hay una posibilidad de salvarla.
Impulsada por ese destello de redención, intentó mover una mano. Nada. Intentó levantarse apoyándose en las piedras. Nada. Su cuerpo, bloqueado por el peso psicológico de sus propios pecados, seguía sin responder.
—¡Muévete! —se gritó a sí misma en un susurro desesperado.
Las lágrimas comenzaron a caer libremente por sus mejillas, manchando el polvo en su rostro.
—¡Muévete de una vez!
Pero sus piernas continuaban inmóviles, ancladas al suelo. Entonces, en medio de su frustración, un torrente de recuerdos golpeó su mente. Una escena de años atrás se reprodujo con claridad.
Recordó el día en que Lilica había llegado al oscuro castillo de Tahiel. En ese entonces, cuando la vio, la repudió con un odio visceral. La escena que presenció aquel día —ver que su padre se interesaba en esa demonio con cuernos, el afecto superficial que Tahiel le dio a la recién llegada— desencadenó un ataque de celos devastador para Sabrina. Nunca, jamás en la vida, su padre le había mostrado verdadero afecto de padre, ni a ella ni a Farasya. Que alguien recién llegado recibiera el trato que ella anheló y nunca obtuvo, simplemente la enojó bastante.
En ese entonces, cegada por la envidia, juró que le haría la vida imposible a la chica demonio de cuernos. Desde ese día la empezó a llamar "aberración". Cada vez que la veía, la insultaba, la humillaba frente a la corte; su única intención era quebrarla para que se fuera del castillo. Pasaron los años y Sabrina siguió con la misma rutina tóxica, hasta que un día Lilica se fue del Inframundo. Tahiel la envió al mundo humano, a un reino que había tomado recientemente por la fuerza.
Poco después, Tahiel también abandonó el Inframundo y se dirigió al mundo humano. Sabrina pensó en ese entonces que su padre se había ido solo para seguir con el plan de su tía Quizza, quien había decidido destruir el Jardín de Enit en un lapso de ocho años, un plan a largo plazo. Tiempo después, se enteró de que su padre ahora era el rey de ese reino llamado Teotia. No le tomó importancia, pues sabía que su padre era así; su mentalidad de Rey Demonio se basaba en destruir, conquistar, volver a destruir y volver a conquistar. Era el pan de cada día de los más fuertes.
Sabía que a lo largo de esos años en Teotia, Tahiel usó y manipuló a los humanos. Sus víctimas fueron Aurora, York y el líder de los caballeros mágicos, los más fuertes entre sus filas. Pero su principal objetivo siempre fue asesinar al héroe de la profecía. Así que utilizó a la humana para que lo guiara hacia una trampa. Sin embargo, hace unos días, el vínculo de su padre con esa humana fue cortado. Resultó que el héroe ya sabía del engaño de Aurora y entonces le declaró la guerra a Tahiel, anunciando que vendría a Teotia.
Su padre entonces mandó a llamar a todos los humanos que había sometido con su poder para que lucharan contra el héroe, y también mandó a llamar a Lilica. A ella también la mandó a llamar, dándole la misión de separar al grupo del héroe y dejarlo solo. Cuando la llamó, Sabrina pensó que por fin la elogiaría, que reconocería su valía como primogénita; pero cuando hizo lo que le pidió, no recibió absolutamente nada. Frustrada y herida, vio a Lilica y derramó todo su odio contenido contra ella. Entonces su padre la reprendió. Fueron las primeras palabras que Tahiel le dirigió en mucho tiempo, pero no eran buenas. Se retiró en silencio, tragándose el dolor, y como siempre, culpó a Lilica de todo esto.
Poco después, otro conflicto estalló a nivel cósmico en el Inframundo: su tío Monsfil se estaba enfrentando contra su tía Quizza. Su hermana Farasya le pidió que abriera un portal hacia Teotia para hablar con su padre y pedir ayuda. Entonces abrió el portal y la acompañó, aunque en el fondo Sabrina ya sabía que Tahiel no iba a intervenir en esa guerra entre Reyes Demonios. Farasya solo recibió el enojo y la indiferencia de su padre. Se retiraron del palco, y al ver todo el caos que había empezado por todos lados en Teotia, Sabrina decidió entrar en el conflicto... y solo Lilica era su blanco.
El recuento de su vida la golpeó con la fuerza de un martillo. Después de todo este tiempo, siempre sintió celos de Lilica por tener la supuesta atención de su padre, pero la realidad era otra muy distinta, oscura y cruel: para su padre, todos ellos eran simples herramientas. Incluso sus propias hijas. Se dio cuenta de esa macabra verdad en este preciso momento, al ver cómo Tahiel usó el corazón frágil y roto de Lilica, cómo la consumió con su poder y la convirtió en un cascarón solo para que los asesinara a todos los presentes.
Su padre era lo peor de este mundo. Y apenas ahora se daba cuenta.
Sabrina parpadeó, volviendo al presente, y vio los ojos vacíos de Lilica, que seguía parada ahí, inmóvil en medio de la iglesia. Entonces, la memoria de aquellas cálidas palabras resonó en sus oídos con total claridad:
—Aunque ella nunca me considere una hermana... yo siempre la vi como una.
Sabrina abrió los ojos de golpe. Aquellas palabras atravesaron todas sus defensas, destrozando el muro de hielo que había construido alrededor de su corazón durante siglos.
—¿Por qué...? —Su voz se quebró, sonando frágil y humana.
Las lágrimas empaparon su rostro.
—¿Por qué seguiste llamándome hermana después de todo lo que te hice?
Por primera vez en toda su vida, dejó de pensar en sí misma. Ya no le importaba su orgullo demoníaco. Ya no le importaba el rechazo de Tahiel. Ya no importaba el miedo a morir. Solo importaba una cosa.
Salvar a Lilica.
—No te atrevas a rendirte ahora.
Con esa resolución, una pequeña chispa de energía pura y renovada recorrió su cuerpo entumecido. Sus dedos se movieron. Sabrina se quedó inmóvil unos segundos, asimilando la sensación. Luego, volvió a intentarlo. Esta vez logró cerrar el puño con firmeza, aferrándose al polvo y a la piedra.
—No...
La energía demoníaca en su interior, liberada de las ataduras de la culpa paralizante, comenzó a responder a su voluntad.
—No dejaré que desaparezcas.
Con un esfuerzo sobrehumano, apoyó una rodilla en el suelo agrietado, forzando a sus músculos a obedecer.
—Esta vez...
Temblando, pero con una determinación que nunca antes había poseído, logró ponerse completamente de pie, alzando la mirada hacia la tormenta.
—Esta vez seré yo quien te ayude.
De un momento a otro, la tregua silenciosa se rompió de forma violenta. Lilica volvió a desatar todo su poder maldito de golpe, expandiendo una onda expansiva de maná corrupto que hacía retumbar los cimientos de toda la iglesia y resquebrajaba el suelo bajo los pies de los guerreros.
La presión gravitatoria en el ambiente era tanta que Farasya estuvo a punto de perder por completo el equilibrio y la concentración del escudo de linaje. Cayendo de rodillas con los brazos trémulos mientras la miasma golpeaba la barrera, exclamó con desesperación:
—No resistiré más, ya no me queda mucha fuerza... lo siento.
El domo protector se empezó a agrietar aceleradamente por todos lados, amenazando con estallar en mil pedazos y dejarlos a merced de la tormenta. Fue exactamente en ese instante crítico cuando Sabrina, con paso firme y la mirada encendida en resolución, pasó por un lado de Farasya y se puso valientemente en frente de todos, saliendo de la zona segura.
Todos los presentes se sorprendieron enormemente ante la inesperada acción de la primogénita. Farasya, abriendo los ojos de par en par, le gritó con angustia:
—¡¿Qué haces, Sabrina?! ¡Te aplastará la presión!
Sabrina, sin girar la cabeza y manteniendo la vista fija en la tormenta, solo hizo un gesto sutil con sus manos para indicarle que todo estaba bien.
Al ver la señal, Farasya quedó aún más confundida en su fuero interno. No lograba procesar la escena: ¿por qué su hermana mayor, la misma mujer arrogante, fría y sádica de siempre, le estaba transmitiendo que todo estaba bajo control? ¿Qué clase de locura planeaba hacer ahora?
Sabrina rompió el tenso silencio y habló con una voz firme que cortó el estruendo del viento:
—Humana llamada Aurora... te ayudaré a entrar en la mente de ella.
Al pronunciar la frase, extendió su brazo y señaló directamente con el dedo la figura suspendida de Lilica.
Al escuchar la propuesta desde el suelo, Farasya se quedó estupefacta, pensando con incredulidad:
¿Qué acaba de decir mi hermana?
Detrás de ella, Aurora, Kael y Nyra se miraron entre sí, completamente estupefactos ante las palabras de la princesa demonio. La desconfianza era palpable en sus rostros.
—¿Acaso crees que necesito de tu ayuda? —cuestionó Aurora con hostilidad, aferrando el mango de su espada—. Después de todo, ¡tú fuiste quien hirió a Lilica!
Sabrina asimiló el reclamo con madurez, sin una pizca de la soberbia que solía caracterizarla. Bajó levemente el tono de su voz y respondió:
—Es cierto, yo soy la culpable de todo esto. No tengo perdón por todas las acciones que he cometido... pero esta vez confía en mí. Ya después, si quieres, puedes asesinarme, pero acepta mi ayuda por esta vez.
Aurora guardó silencio por unos microsegundos, dudando seriamente en su interior de si en realidad era cierto que Sabrina quería ayudar de forma legítima o si solo se trataba de una nueva y cruel artimaña para seguir burlándose de la miseria de Lilica. Pero fue Farasya quien intervino desde atrás, utilizando sus sentidos mágicos para confirmar que las palabras de su hermana mayor brotaban desde lo más profundo de su alma y que, por primera vez en siglos, no eran palabras egoístas.
—¡Aurora, acepta la ayuda de Sabrina! —le suplicó la demonio menor—. Esta vez no está mintiendo... Por favor, no dudes de ella por ahora.
Al escuchar el respaldo de su hermana, Sabrina se conmovió internamente. Miró de reojo a la menor y le dijo:
—Gracias, hermana... También te debo una disculpa. He sido egoísta y te he tratado mal muchas veces.
Farasya esbozó una sonrisa cansada y asombrada ante la confesión.
—Es la primera vez que escucho palabras honestas de tu parte... Algo dentro de ti cambió, ¿verdad?
Sabrina asintió levemente, con un semblante de paz que nunca antes había mostrado.
—Se podría decir que sí.
No dijo más. Rompiendo cualquier rastro de duda, Sabrina corrió hacia el frente, saliendo por completo de los límites del escudo protector, y se plantó de cara a la tempestad de hilos oscuros. Elevando su voz por encima del estruendo místico, le gritó con el alma a la marioneta suspendida:
—¡Lilica, esta vez remediaré todo! ¡Te salvaré! Y aunque nunca me perdones por todo lo que te hice... ¡¡te salvaré, me oíste, Lilicaaaaaa...!!
Viendo el inminente avance de su hermana mayor hacia la tormenta de maná, Farasya gritó con desesperación, tratando de detenerla:
—¡¿Qué vas a hacer, hermana?! El poder de Lilica es tan grande que ahora no podemos acercarnos a ella. ¡¿Qué piensas hacer?!
Sabrina no respondió. Manteniendo un silencio sepulcral, continuó su implacable camino en línea recta hacia la figura corrupta de Lilica. Cada paso que daba hacia el epicentro de la miasma era una lucha contra la muerte; las ondas de choque carmesí impactaban contra su cuerpo, destruyendo en un parpadeo el escudo mágico que ella creaba para protegerse. Sin embargo, con una fuerza de voluntad inédita, Sabrina volvía a crear inmediatamente otro, y otro, y otro más.
Cuando finalmente logró quedar cara a cara con Lilica, el precio físico de su avance era evidente: su ropaje real estaba completamente rasgado por partes y tenía heridas sangrientas distribuidas por todo su cuerpo. Fue entonces cuando hizo lo impensable para todos los presentes: extendió sus brazos heridos y abrazó con fuerza a Lilica.
Concentrando todo el flujo de su maná mental, Sabrina exclamó el conjuro prohibido:
—¡Réquiem del Libro de los Recuerdos!
Una colosal onda expansiva de energía espiritual golpeó con violencia todo el lugar, barriendo la miasma y levantando una densa cortina de polvo. Desde las grietas de la destrucción del suelo de la iglesia, las raíces de un árbol místico y gigantesco surgieron a una velocidad vertiginosa. Sus gruesas ramas se extendieron por el aire y atraparon con firmeza tanto a Lilica como a Sabrina, envolviéndolas en un capullo de madera mágica. Ambas quedaron completamente incapacitadas, suspendidas en el aire sin poder moverse, provocando que la violenta aura asesina de Lilica se calmara por completo.
Al romperse la tensión del frente, Farasya finalmente cayó de rodillas sobre las piedras; su propio poder mágico se había agotado tras sostener el domo de linaje. Aurora, por su parte, contempló con asombro el descomunal poder místico que Sabrina había desplegado en ese último sacrificio; entendiendo el peso de la oportunidad, dio un paso firme al frente.
La voz de Sabrina ecoó desde el interior del follaje del árbol, sonando fatigada pero autoritaria:
—Es ahora o nunca. Tienes que entrar en la mente de Lilica y salvarla. Yo te abriré paso por su subconsciente. Dentro de su mente no tienes que destruir nada o si no ella morirá... Tienes que salvarla. Es todo lo que puedo hacer por mi cuenta, ahora acércate y toca el árbol.
Aurora comenzó a moverse de inmediato, pero su trayecto fue detenido abruptamente por el brazo de Kael, quien se interpuso en su camino, manteniendo una mirada llena de desconfianza hacia la estructura mística.
—Ten cuidado, puede ser una trampa —le advirtió Kael con voz tensa—. Sabes que Tahiel te quiere muerta. Puede que ella esté bajo su influencia y ese árbol es solo un engaño para asesinarte.
Aurora lo miró fijamente a los ojos, sosteniendo la empuñadura de su espada plateada con total serenidad.
—Tengo la corazonada de que no está mintiendo.
Kael arrugó el ceño, endureciendo el gesto.
—Guiarse por las corazonadas es algo suicida.
—Pero aun así... —insistió Aurora, desviando la vista hacia la menor de las demonios—. Su propia hermana me confirmó que esta vez no estaba mintiendo. No puedo simplemente ignorar lo que Farasya me dijo. Incluso ella nos protegió... ¿Acaso no entiendes? Ellas solo son víctimas de Tahiel.
Kael desvió la mirada hacia Farasya, quien continuaba exhausta en el piso, justo al lado de Nyra, quien había ido rápidamente en su ayuda para asistirla. Nyra levantó la cabeza y miró al espadachín, apoyando la moción con seriedad:
—Kael, por esta vez... solo por esta vez, confía en el enemigo... aunque aquí todos somos enemigos.
Kael guardó silencio un segundo, asimiló las palabras de su compañera y, finalmente, asintió con pesadez, apartando su brazo para dejar que Aurora se acercara libremente al árbol.
Aurora caminó a paso firme hasta quedar frente al tronco místico. Sabrina, al verla llegar a la base de las raíces, habló desde la madera:
—Gracias por confiar... Ahora toca el árbol.
Aurora, sin mostrar el más mínimo rastro de duda, extendió su mano y tocó la corteza del árbol místico. En ese preciso momento, un resplandor blanco y cegador brotó de la estructura, inundando toda la iglesia y obligando a los presentes a cubrirse los ojos. Cuando el destello se disipó por completo, el cuerpo de Aurora cayó desplomado e inconsciente sobre el suelo.
Al verla caer, Kael corrió de inmediato hacia ella, la tomó entre sus brazos con cuidado y la llevó a un lugar seguro, recostándola junto con Farasya y Nyra. Con el pulso acelerado, Kael preguntó al aire:
—¡¿Qué acaba de pasar?! ¿Por qué se desmayó? ¿Acaso todo esto fue una trampa?
Una voz incorpórea, resonando como un eco directo desde la madera del árbol, respondió con calma a su pregunta; era Sabrina, quien le aclaró la situación:
—Ella está bien. Ahora se encuentra en la mente de Lilica. No despertará hasta que salga de la mente, puedes estar tranquilo, ella volverá junto con Lilica.
El eco de la princesa demonio continuó dando instrucciones operativas al grupo:
—Te pido que la protejas hasta que pueda salir. Yo no me puedo mover de donde estoy, pues perdería el equilibrio del hechizo y se rompería. Lilica no atacará por un rato; es todo el tiempo que gané para que Aurora logre salvar a Lilica.
El gran árbol místico continuó expandiendo sus ramas espirituales a una escala tan descomunal y masiva que su imponente silueta ahora se podía ver con perfecta nitidez desde el palco del castillo destruido.
En lo alto de las ruinas imperiales, Tahiel observó el repentino árbol que surgió en el distrito sagrado iluminando el horizonte. El monarca oscuro no dijo ninguna palabra; simplemente ensanchó su sádica sonrisa, sumamente entretenido por el desarrollo de los acontecimientos.
Por otro lado, en los terrenos baldíos a las afueras del reino, la violencia era absoluta. Lorian arremetía con todo lo que tenía contra York, intercambiando estocadas destructivas que agrietaban la llanura. Sin embargo, en un microsegundo de la contienda, Lorian se distrajo involuntariamente al ver la silueta del inmenso árbol que apareció repentinamente en el cielo de la ciudad.
Aprovechando la brecha en la defensa, York conectó un golpe devastador con su arma que impactó de lleno en el pecho del héroe. La fuerza del impacto hizo volar a Lorian varios metros por los aires, haciéndolo chocar violentamente contra las gruesas murallas del reino. A pesar de la brutalidad del impacto, el joven se levantó rápidamente entre el polvo, sacudiéndose los escombros.
York avanzó unos pasos, sosteniendo su guardia con implacable disciplina militar, y le recriminó:
—En una batalla no te puedes distraer. Si no fuera porque tienes la bendición del héroe, en estos momentos ya estarías muerto.
Lorian respiró hondo, reacomodando su naginata mientras recuperaba el centro de gravedad.
—Sí, es cierto, discúlpame —admitió Lorian, con una mueca de fastidio—, pero me distraje con ese inmenso árbol que apareció.
York detuvo su avance por un segundo, observando de reojo el fulgor místico que emergía de la urbe.
—Es un poder descomunal —comentó el caballero de Teotia con severidad—. Me intriga saber quién lo desató, pero no puedo irme de aquí sin antes asesinarte.
Lorian se limpió un hilo de sangre de la comisura de los labios y adoptó instantáneamente su postura de batalla más fuerte. Con una sonrisa desafiante y confiada en el rostro, sentenció:
—Claro, yo soy tu objetivo. Bueno, vamos... terminemos con esto de una vez.
York asintió con solemnidad militar. Con las armas en alto y las auras al límite de su capacidad destructiva, ambos contendientes se prepararon para desatar sus verdaderos poderes ocultos en las afueras del reino.
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