En los distintos campos de batalla que fracturaban el reino de Teotia —desde la solemne entrada de la iglesia hasta las imponentes puertas de la ciudad y el devastado corazón del centro urbano—, la tensión se respiraba en el aire. Algunas de las contiendas ya estaban llegando a su fatídico desenlace, pero el destino de todos los frentes cambiaría en un parpadeo.
En el centro de la ciudad, el polvo mágico y las cenizas de la tormenta de rayos comenzaban a asentarse. El líder de los caballeros mágicos yacía herido, quebrado y sin una pizca de fuerzas, tendido sobre el suelo de piedra agrietado. El poder combinado, la estrategia y la furia de Maito, Nyra y Kael habían sido más que suficientes para derribar al comandante. Aquel líder cobarde, que tanto se había jactado de poseer una energía descomunal, se quedaba sin nada al revelarse la verdad: su fuerza nunca fue suya, sino el resultado de exprimir la vida de sus propios subordinados.
Su habilidad, Líder Absoluto, funcionaba como un parásito que se alimentaba del poder ajeno y cuyo rendimiento aumentaba drásticamente si contaba con soldados fuertes bajo su mando. En este caso, el único guerrero con el poder necesario para acarrear el peso de las guerras imperiales era York; pero él se encontraba peleando a muerte contra Lorian en los campos baldíos, y el alcance de la técnica del comandante no lograba cruzar las murallas de la ciudad.
Maito dio un paso al frente, observando la escena con desdén y los brazos cruzados.
—Qué patético... Depender de otros para ganar no es divertido —sentenció Maito, ajustando sus gafas.
Nyra dio un pisotón, haciendo que las últimas chispas de su tormenta centellearan a su alrededor.
—Usar las fuerzas de tus aliados para combatir es de cobardes —escupió ella con asco.
Kael envainó parcialmente sus armas, manteniendo una mirada analítica sobre el enemigo caído.
—Lo mejor es trabajar en equipo, y parece que ustedes no conocen esa palabra... o tal vez solo uno.
El líder, incapaz de mover un solo músculo debido a las quemaduras y la pérdida de sangre, solo alcanzaba a escuchar las palabras de sus contrincantes desde el suelo, con la respiración entrecortada.
Kael se giró hacia sus compañeros, mostrando preocupación en su rostro.
—Será mejor movernos y reunirnos nuevamente. Esta batalla se puede poner difícil, además, me preocupa ese temblor de hace unos momentos.
Nyra asintió de inmediato, acomodándose el sombrero de vaquero.
—Sí, debemos reunirnos con mi querido esposo... —se corrigió rápidamente, carraspeando—, digo, con Lorian, y con mi rival del amor, Aurora.
Al escucharla, Maito no pudo contener una mueca de diversión. Se mofó abiertamente, soltando una ligera risa:
—¿Desde cuándo consideras a Aurora tu rival en el amor? Sé que la odiabas por haber traicionado a Lorian.
Nyra se cruzó de brazos, inflando las mejillas con orgullo.
—Ella es distinta... y se podría decir que es idéntica a mí.
—¿Idéntica a ti? No creo —replicó Maito con tono burlón—. Aurora es más guapa.
El silencio que siguió a la frase fue sepulcral. En un parpadeo de ojos, un pequeño pero certero rayo brotó de los dedos de Nyra e impactó de lleno en la cabeza de Maito, dejándolo un poco ahumado.
Nyra cerró los ojos, manteniendo una sonrisa fingida y perfectamente tensa.
—¿Qué dijiste, amigo Maito? —preguntó con una voz peligrosamente dulce—. ¿Quieres acompañar a ese cobarde que está tendido allí?
Maito se sacudió los restos de estática del cabello, reincorporándose a toda prisa con una sonrisa nerviosa mientras sudaba frío.
—Discúlpame, no debí decir eso —se retractó de inmediato, levantando las manos—. Debí decir que si la belleza fuera un crimen, tú serías inocente.
El rostro de Nyra cambió por completo, iluminándose con una inocencia absoluta.
—Ah, qué lindo... ¡un cumplido de mi mejor amigo! Gracias —respondió alegremente.
Ella no lo entendió. Su mente inocente no captó el doble sentido de la frase de Maito. Fue en ese momento cuando una pequeña y ronca risa interrumpió el ambiente; provenía del líder imperial, quien los observaba desde su miseria.
—Qué graciosos son ustedes... —murmuró el hombre, forzando una sonrisa amarga—. Toda mi vida me la pasé en la guerra y sí... mi habilidad se podría decir que es de cobardes. Nunca compartí algo así de chistes con mis camaradas. Es una pena que todo haya terminado así... es nuestro castigo por codiciosos y por querer más poder.
Kael apretó los puños, recordándole la gravedad de sus acciones con un semblante implacable.
—Hicieron muchas cosas malas. Masacraron gente inocente, acabaron con reinos que ya se habían rendido.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, el líder logró arrastrar su cuerpo y se sentó sobre una pila de escombros de piedra, apoyando su espalda contra una pared derruida.
—Así es... Solo seguimos las órdenes del rey vigente.
Maito dio un paso hacia él, entornando los ojos.
—¿Acaso nunca supieron que Tahiel era un rey demonio y que los estaba manipulando?
—Sí, ya lo sabía desde hace tiempo... y no hice nada, pues me manipuló —confesó el líder, bajando la mirada.
Nyra enarcó una ceja, desconfiada de la repentina honestidad del guerrero.
—Dices que te manipuló, ¿pero por qué hablas con nosotros como si ya no estuvieras siendo controlado?
El líder soltó un suspiro cansado, mirando el muñón de su brazo amputado.
—Será porque me dieron una paliza y el control mental de Tahiel se rompió... Pero bueno, ya no puedo hacer nada. Perdí un brazo y tengo heridas graves por todo el cuerpo. Lo entiendo... no soy rival ni para ustedes ni para el héroe. Solo él es rival.
Maito captó la pista de inmediato y agudizó la mirada.
—Cuando hablas de rival... ¿te refieres a aquel caballero mágico que está luchando con Lorian en estos momentos?
—Así es —asintió el líder—. Su nombre es York, y en su cuerpo corre sangre de un héroe. Tal vez sea por eso que el control mental de Tahiel con él no es tan efectivo.
Kael se llevó una mano al mentón, procesando el impacto de la revelación.
—Así que York, ¿eh? Sangre de un héroe... Así que algún héroe dejó descendencia a lo largo de esta historia... ¿Pero quién sería?
—No lo sé —respondió el comandante de Teotia, debilitándose por momentos—. Fue una conversación que escuché de Tahiel y York.
Maito dio un paso más, intentando descifrar el misterio detrás de la lealtad del caballero.
—Dices que York no fue controlado por Tahiel... ¿Entonces por qué trabaja para él si no está bajo su influencia?
—Él no está bajo ninguna influencia —explicó el líder, revelando la macabra verdad—. Él está siendo manipulado psicológicamente. Tahiel usa a la hermana de York como moneda de cambio... Si él lo traiciona, su hermana muere.
La empatía de Nyra se transformó instantáneamente en una furia volcánica. El cielo sobre sus cabezas volvió a oscurecerse de golpe, respondiendo a sus emociones mientras los truenos rugían en las alturas.
—¡Maldito Tahiel! —bramó Nyra, con los ojos encendidos—. Esa manera de usar a la gente es de cobardes... ¡Lo mismo que hizo con Aurora! ¡No lo perdonaré!
El líder asintió con pesadez, sintiendo que sus ojos se nublaban.
—Esa es la manera de jugar de Tahiel. No hay nada que...
Sus palabras se ahogaron violentamente en su garganta. Antes de que pudiera terminar la frase, uno de los hilos carmesí de Tahiel impactó en su pecho y un aura oscura, densa y corrupta envolvió por completo el cuerpo del líder. El hombre pegó un grito desgarrador, un alarido de agonía que heló la sangre de los presentes.
Kael, Maito y Nyra retrocedieron de golpe, asustados por la brutalidad de la metamorfosis. El líder comenzó a retorcerse de forma antinatural entre los escombros; sus heridas mortales se cerraron en un pestañeo y el brazo amputado comenzó a regenerarse a base de pura energía oscura y viscosa. Del final de esa nueva extremidad negra, la materia sombría se moldeó hasta crear una espada oscura que goteaba malicia.
Cuando el proceso terminó, el líder se puso en pie, pero ya no era el mismo. Su mirada se había esfumado; sus ojos eran cuencas vacías llenas de oscuridad. Ahora solo era una sombra andante de lo que alguna vez fue. El poder de Tahiel había corrompido su cuerpo y su alma por completo; prácticamente había muerto y ahora no era más que una marioneta sin vida, un cascarón vacío programado para matar.
Maito se reincorporó mentalmente del shock, y una furia fría y justiciera invadió su pecho al ver el destino del hombre. El líder no era intrínsecamente malo, solo había sido una víctima más de las manipulaciones del demonio.
—Kael, Nyra... Yo me encargo de él —sentenció Maito, ajustándose los guantes con seriedad—. Ustedes vayan a ayudar a Aurora, que está cerca.
Nyra dio un paso al frente, preocupada.
—Pero...
Kael extendió su brazo, interceptando a su compañera, y la miró con severidad.
—Déjalo. Esto se volvió personal.
Nyra lo observó, un tanto indignada.
—¿Tú también...? —Sin embargo, al mirar fijamente el rostro de Kael, se percató de que él también estaba conteniendo una rabia profunda por la atrocidad de Tahiel. Entendiendo la situación, la chica asintió—. Nos vemos pronto, Maito.
Maito forzó una sonrisa confiada, despidiéndolos con un gesto.
—Sí.
Sin perder un solo segundo, Kael y Nyra se dieron la vuelta y corrieron a toda velocidad en dirección al distrito sagrado, guiándose por el eco de las explosiones que resonaban cerca de la iglesia.
Al quedarse solo frente a la criatura corrupta, Maito adoptó su postura de combate, acumulando su energía mágica.
—Acabaré con tu sufrimiento —declaró con voz firme.
La marioneta oscura no respondió con palabras. Soltó un rugido bestial, un sonido inhumano que hizo vibrar el aire de la plaza y, sin más preámbulos, se lanzó con una velocidad aterradora directamente hacia Maito. El clímax de esta trágica pelea en el centro de la ciudad estaba llegando a su fin definitivo.
Cinco minutos antes del despliegue de los hilos de Tahiel.
En los terrenos de la iglesia se estaba desarrollando una batalla feroz y perfectamente balanceada. Los poderes de Lilica y Aurora se encontraban en un punto de equilibrio absoluto, como dos fuerzas de la naturaleza colisionando en un duelo eterno. Cada golpe que Aurora lograba conectar o bloquear aumentaba su fuerza de ataque con el pasar del tiempo, haciendo que su espada resplandeciera con mayor intensidad. Mientras tanto, por otro lado, Lilica arremetía con todo lo que tenía, manejando sus dos espadas con una destreza letal; golpe tras golpe, las ondas de choque hacían retumbar los cimientos de la sagrada estructura.
Aprovechando un cruce de aceros que las dejó a escasos centímetros, Lilica jadeó, sosteniendo la mirada de su oponente.
—Lo admito, eres fuerte... Será difícil acabar contigo.
—Tú también eres fuerte —respondió Aurora, empujando con su hoja plateada para ganar distancia.
Lilica giró sus muñecas, reacomodando sus espadas gemelas en una guardia perfecta.
—Tu poder también es algo interesante... Cada golpe es más fuerte que el anterior.
—Tu especialidad con las dos espadas es digna de un maestro espadachín —reconoció Aurora, limpiándose una gota de sudor de la frente.
Lilica esbozó una pequeña y triste sonrisa oculta tras su protección de porcelana.
—Gracias, supongo. Me hubiese gustado ser amigas, pero eres mi misión... En otra vida tal vez seamos amigas y no tratemos de matarnos.
—A mí también me hubiese gustado ser tu amiga —sentenció Aurora, con una determinación inquebrantable en los ojos—. Y no pienso morir aquí. Te derrotaré e iré con los demás.
—Eso lo veremos —declaró Lilica, lanzándose de nuevo al ataque.
El combate estaba llegando a su clímax definitivo cuando, en un intercambio de fintas a velocidad vertiginosa, la espada de Aurora trazó una línea de luz en el aire. Un corte preciso y quirúrgico rasgó la máscara de Lilica. El objeto de porcelana se rompió exactamente por la mitad y los pedazos cayeron al suelo, revelando por completo las facciones de la guerrera demonio.
Antes de que Aurora pudiera reaccionar ante el rostro de su rival, una risa estridente y burlona ecoó en el lugar. En el tejado de la iglesia se encontraba Sabrina, quien acababa de llegar a la zona del conflicto. Mirando hacia abajo desde su posición elevada, cruzó los brazos y derramó su veneno:
—Que patética te veías, Lilica, ocultando tus deformidades... Tu horrible rostro con esos cuernos, simplemente repugnante.
Al escuchar esa voz maldita, Lilica se quedó completamente paralizada. La fuerza abandonó sus piernas, sus espadas resbalaron de sus manos y cayó de rodillas sobre el frío suelo, mientras las lágrimas comenzaban a correr descontroladamente por sus mejillas. En ese instante de humillación pública, las compuertas de su memoria se abrieron y un desgarrador recuerdo se hizo presente; una regresión a su dolorosa niñez en el Inframundo.
Hace diecisiete años demoníacos, en los rincones más sombríos del mundo inferior, nació Lilica. Aquel día estuvo marcado por la tragedia: su madre murió trágicamente al dar a luz. Su padre, consumido por el dolor y la ignorancia, consideró que la muerte de su esposa había sido provocada por la culpa de su hija, quien había nacido con un par de cuernos en la frente. Él la odió desde el primer segundo, la maldijo y simplemente la abandonó a su suerte en la intemperie.
Por obra del destino, la pequeña bebé fue encontrada por un anciano demonio de noble corazón que decidió recogerla y cuidarla. Él, a diferencia de su progenitor y del resto de la sociedad, no la veía como alguien repugnante; al contrario, los cuernos de Lilica le parecían lindos y singulares. El anciano la protegió y la crió con un amor puro durante cinco años, hasta que la vejez y la enfermedad llamaron a su puerta. En su lecho de muerte, el anciano miró a la pequeña, le dio aquel nombre y le susurró sus últimas palabras:
—Lilica... Este mundo te rechazará, pero no te preocupes. Un día aparecerá alguien que cambiará tu vida para siempre, te aceptará tal como eres y serán grandes...
El anciano no pudo completar la frase; el último aliento escapó de sus labios y finalmente murió. Poco después, un grupo de demonios de la milicia local llegó hasta la humilde casa; al entrar, encontraron el cadáver del anciano y a la "demonio deforme" llorando al lado del cuerpo. Sin piedad, acusaron inmediatamente a Lilica de haber asesinado al viejo. La niña quiso defenderse, pero el trauma era tal que las palabras no salieron de su garganta. Presa del pánico, simplemente salió corriendo, desapareció del lugar y, entre lágrimas, se exilió del pueblo para convertirse en una paria.
Pasaron los años, y en cada ciudad o territorio al que llegaba, era discriminada con crueldad. Los cuernos eran vistos en esa época como una aberración de la naturaleza, una deformidad que ocasionaba asco y repulsión a quienes la miraban. Vivió escondiéndose y mendigando durante mucho tiempo, hasta que un día conoció a Tahiel. Un Rey Demonio, al verla, no mostró ni un ápice de asco. Con una voz tranquila, le dijo que la opinión de los demás no valía nada:
—Tú puedes vivir con esos cuernos, tranquila. Solo es una falla genética, no es tan malo. Incluso se decía que antes los demonios tenían cuernos.
Por primera vez en su miserable existencia, Lilica vio a alguien que no la discriminaba ni la juzgaba por su apariencia. Desesperada por afecto, comenzó a verlo como a un padre y su único deseo fue que Tahiel la reconociera legítimamente como su hija. Se mudó al castillo imperial, pero desde ese fatídico día, el odio hacia ella se multiplicó. La hija mayor de Tahiel, Sabrina, comenzó a atacarla y a burlarse de ella sin piedad. La humillaba cada vez que se cruzaban en los pasillos; no había días en que no la agrediera con insultos hirientes. Pasaron los años, y Lilica aprendió a vivir agachando la cabeza bajo la sombra de los insultos de Sabrina... hasta el día de hoy.
En el presente, Lilica continuaba de rodillas en el suelo de Teotia, llorando en silencio sobre la tierra, mientras Sabrina se reía a carcajadas desde lo alto del tejado de la iglesia, disfrutando de su sufrimiento como un buitre.
—Eres mi sombra —escupió Sabrina con malicia—. Eres y serás la falla del Inframundo. Tus aberraciones de cuernos son lo más repugnante de este mundo, no deberías vivir... Tu destino es la muerte. Mi padre nunca te aceptará como hija pues ya me tiene a mí y a Farasya, él no necesita más hijas. Y cuando mueras, yo estaré allí para burlarme en tu tumba y reírme de...
Las crueles palabras de la princesa demonio fueron interrumpidas de golpe. Una masiva ráfaga de corte, un arco de energía plateada y pura, impactó de lleno en la estructura del tejado, destrozando las tejas y golpeando directamente a Sabrina. El impacto la lanzó por los aires, haciéndola caer pesadamente desde el techo hacia el suelo de la plaza.
El estruendo de la caída fue tremendo, levantando una cortina de polvo. Sabrina se incorporó lentamente entre los escombros, quejándose y adolorida por el golpe. Furiosa, se sacudió la ropa y exigió saber quién se había atrevido a tocarla. Al principio, Sabrina esbozó una sonrisa llena de desprecio, buscando al causante, pero su sonrisa se congeló instantáneamente en sus labios cuando sintió aquella presión en el ambiente.
El aire alrededor de la iglesia se volvió denso, pesado, casi imposible de respirar. Sus instintos de supervivencia comenzaron a gritarle con desesperación que retrocediera. Por primera vez en mucho tiempo, Sabrina sintió un miedo genuino y frío calar en sus huesos.
El aura de furia de Aurora se había desplegado por completo, manifestándose como un torbellino de maná brillante y hostil. Con los ojos encendidos en una ira protectora, Aurora avanzó con paso firme y apuntó la punta de su espada directamente al cuello de Sabrina.
—¡¿Cómo te atreves a hablar así de Lilica?! —bramó Aurora, con una voz que hizo eco en las paredes sagradas—. No sabes nada de ella para que le digas esas cosas. ¡El verdadero monstruo eres tú, no ella!
Al escuchar esas palabras de defensa, algo cambió en el interior de Lilica. Una emoción desconocida y profunda nació en lo más recóndito de su ser. Por primera vez en toda su vida, escuchó palabras sinceras dirigidas hacia su persona; no eran insultos hirientes ni miradas de asco, sino palabras cálidas de aceptación absoluta por ser lo que era. El dicho del anciano resonó en su mente mientras miraba la espalda de la humana que la protegía.
Sabrina estaba asustada; el peso invisible del aura de Aurora la estaba aplastando físicamente contra el suelo agrietado. El poder de la humana había incrementado bastante, alcanzando cotas inimaginables; el odio puro y la indignación hacia Sabrina hacían que su energía aumentara de forma exponencial. Su habilidad pasiva, Desborde, provocaba que, además de acumular fuerza de ataque con cada golpe, sus emociones intensas funcionaran como un combustible que multiplicaba su maná. Era una habilidad verdaderamente aterradora, y en el lugar había una usuaria excepcional para desatarla.
Por otra parte, un torrente de emociones cálidas terminó de nacer en el atribulado corazón de Lilica. Las palabras de Aurora habían sido especiales, sinceras, grabándose a fuego en su alma. Después de haber pasado tanto tiempo siendo discriminada por el simple hecho de tener cuernos, cargando con un odio en el Inframundo que era tan grande como el abismo mismo, y habiendo soportado a la hija mayor de Tahiel, Sabrina, quien fue la que la humilló salvajemente durante varios años... la realidad era clara. Sin duda, la princesa demonio se comportaba como un verdadero monstruo y, aun así, Lilica había albergado en secreto el sentimiento de que algún día Sabrina la aceptaría tal como era.
Es por eso que, reuniendo las fuerzas que le quedaban, se levantó del suelo y se colocó en frente de Sabrina, interponiéndose entre la espada plateada y su verdugo. Aurora no entendió nada; se quedó estática, contemplando con desconcierto el motivo por el cual Lilica se paraba en defensa de la mismísima persona que la había tratado mal toda su vida.
Lilica se giró en dirección hacia Aurora y, con una voz suave pero firme, dijo:
—Aurora... baja tu espada.
Aurora abrió los ojos con sorpresa, la incredulidad tensando sus facciones.
—¿Qué...? ¿Después de todo lo que te dijo?
Lilica bajó la mirada unos segundos, asimilando el peso de su historia, antes de volver a hablar:
—Lo sé. Sé mejor que nadie la clase de persona que es Sabrina. Durante años me insultó, me humilló y me hizo sentir que no valía nada.
Detrás de ella, Sabrina permanecía inmóvil sobre los escombros, congelada por el miedo e incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo en la psicología de su víctima.
Lilica continuó:
—Cada vez que la veía pensaba que algún día me aceptaría. Que algún día dejaría de verme como un monstruo.
Las lágrimas seguían recorriendo sus mejillas, brillando bajo la luz mística de la iglesia.
—Fui una tonta por creerlo... pero aun así no quiero que la mates.
Aurora apretó con fuerza el mango de su espada, resistiéndose a apagar su aura destructiva.
—¿Por qué? Ella no merece tu compasión.
Lilica sonrió con una profunda tristeza, una expresión que rompió el corazón de la guerrera de Teotia.
—Tal vez no la merezca.
Se giró un instante sobre sus talones para mirar de reojo a la temblorosa Sabrina.
—Pero si respondo al odio con más odio, entonces nunca seré diferente de ella.
Sabrina tembló, sintiendo un vacío extraño en el pecho. Por primera vez en toda su vida, su mente se quedó en blanco y no encontraba palabras venenosas para responder.
Lilica volvió a mirar directamente a Aurora, fijando sus ojos humedecidos en ella.
—Tus palabras me hicieron feliz, Aurora. Después de tantos años... alguien por fin me dijo que no era un monstruo.
Aurora permaneció en silencio, conmovida por la pureza del espíritu de la demonio.
—Por eso no quiero manchar esas palabras con una muerte. No por ella... sino por mí.
Al escuchar la nobleza de su resolución, el aura furiosa y plateada de Aurora comenzó a disminuir lentamente, replegándose en su cuerpo. Lilica dio un paso completo al frente, extendiendo los brazos y protegiendo por completo la vida de Sabrina.
—Además... —Su voz tembló ligeramente, quebrándose por la emoción—. Aunque ella nunca me considere una hermana... yo siempre la vi como una.
Fue en ese momento de vulnerabilidad cuando el orgullo herido de Sabrina estalló. Humillada por verse protegida por quien consideraba inferior, se levantó lentamente de entre las piedras. Su hermosa expresión estaba completamente deformada por una rabia ponzoñosa y desquiciada.
—¡¿Familia?! —escupió Sabrina con desprecio.
Lilica se quedó inmóvil, de espaldas a ella.
—¿Crees que necesito la ayuda de alguien como tú?
—Sabrina... —intentó calmarla Lilica, girándose a medias.
—¡¡Cállate!! —rugió la princesa.
Una explosión violenta de energía demoníaca de color violeta recorrió toda la iglesia, agrietando los pilares sagrados y levantando ráfagas de viento hostil.
—¡Nunca aceptaría la ayuda de una aberración!
Las pupilas de Lilica se contrajeron por el impacto psicológico.
—Tus cuernos son repugnantes. Tu existencia es repugnante.
Aurora, al ver el ataque verbal, volvió a desatar instantáneamente su aura asesina, lista para rebanar a la primogénita. Pero Sabrina continuó, desbocada en su locura egoísta.
—Y escúchame bien —sentenció, señalando directamente el rostro de Lilica con un dedo acusador—. ¡Jamás te consideraré mi hermana!
El tiempo y el mundo parecieron detenerse en ese fatídico segundo.
—Nunca lo hice. Nunca lo hago. Y ¡¡nunca lo haré!!
Las lágrimas de Lilica volvieron a brotar en silencio, cayendo al suelo como gotas de cristal. Aquellas crueles palabras terminaron de destruir, de forma definitiva, la última y remota esperanza que había guardado celosamente en su corazón durante años.
Y por primera vez en su relación, Sabrina vio algo cambiar drásticamente en los ojos de Lilica. No era odio, ni sed de venganza, ni rencor. Era la aceptación dolorosa, fría y absoluta de una verdad que había intentado negar con todas sus fuerzas durante toda su vida: que la familia que tanto había deseado... nunca había existido. El lazo se había roto para siempre.
En ese preciso instante de quiebre absoluto, una voz fría, profunda y distorsionada se escuchó como un eco retumbante en la mente de Lilica. El impacto mental le causó un dolor de cabeza agudo que la obligó a llevarse las manos a las sienes. Era Tahiel, quien le hablaba desde su palco a través de la conexión mágica:
—Ahora es cuando puedes demostrar tu potencial y cumplir tu sueño. Acepta mi poder, querida Lilica, y asesina tanto a Aurora como a Sabrina.
Lilica, gimiendo por la interferencia mental, intentó resistirse en su fuero interno y respondió al aire:
—Pero yo no quiero asesinar a Sabrina... Mi misión es solo Aurora.
La voz de Tahiel se volvió imperiosa, cargada de una autoridad absoluta que doblegaba la voluntad:
—Olvídate de eso. Ella te ha humillado tanto y merece un castigo; la muerte será su castigo.
—Pero... —suplicó Lilica de rodillas.
—Acepta mi poder y tu sueño se hará realidad. ¿Quieres que te reconozca como hija? Entonces acepta este poder y asesina de una vez a las dos... ¡Es una orden!
El dolor de cabeza se hizo insoportable, alcanzando un clímax de agonía pura. Fue entonces cuando uno de los tres hilos carmesí que Tahiel había lanzado desde el castillo atravesó el techo de la iglesia y se conectó directamente con el corazón de Lilica.
La guerrera demonio se arqueó hacia atrás, retorciéndose en el suelo por el dolor de la invasión de maná oscuro. Al instante, una presión gravitatoria descomunal se hizo presente en el lugar, aplastando los escombros alrededor. Un cambio drástico y terrorífico en la atmósfera se manifestó cuando una miasma asesina, densa, morada y con olor a muerte, cubrió por completo todo el recinto sagrado.
Tanto Aurora como Sabrina quedaron completamente atónitas, con los ojos abiertos de par en par al ver semejante y monstruoso despliegue de poder proveniente de Lilica. Cuando la humareda de la miasma se apartó, el semblante de la chica de los cuernos había cambiado por completo. Sus ojos ya no reflejaban tristeza ni bondad; ahora poseían una mirada asesina, fría y vacía. Ya no era la misma de hace unos momentos. La marioneta del rey demonio había despertado, dando inicio al clímax de una batalla intensa que había cambiado de rumbo en el último segundo.
El poder descomunal de Lilica sorprendió tanto a Aurora como a Sabrina, cayendo sobre la iglesia como una losa de plomo. Lilica, la chica demonio que minutos antes lloraba desconsoladamente por las palabras hirientes de Sabrina, ya no estaba en ese cuerpo. Sus ojos, ahora desprovistos de cualquier rastro de humanidad, reflejaban una mirada fría, vacía y con una intensa sed de sangre.
Sabrina dio un paso atrás, asustada mientras la miasma morada rozaba sus pies.
—¿Qué clase de poder es ese? —balbuceó Sabrina, con la voz temblorosa—. No me digas que es el de mi padre... ¿Pero por qué? ¿Por qué le dio su poder a esta aberración?
Aurora escuchó las palabras de pánico de Sabrina y las piezas del rompecabezas encajaron de inmediato en su mente. No le quedaban dudas: ese aura corrupta y sofocante era el poder de Tahiel. Era exactamente el mismo poder con el cual la controlaba a ella en el pasado, aquel lazo maldito que fue cortado por Lorian. Sabía que debía darse prisa en cortar ese hilo carmesí antes de que destruyera a Lilica por dentro; pero Lorian no estaba cerca para ayudarlas. En ese campo de batalla envuelto en sombras, solo estaban ellas.
Sabrina continuó, apretando los puños mientras observaba las espadas de Lilica encenderse con un fuego oscuro:
—Esto está mal... El poder de mi padre es inmenso y le otorgó una parte. Estamos en problemas. Ahora solo es una marioneta vacía... Ella ya murió.
Aurora le respondió de inmediato, plantándose con firmeza y apuntando su espada plateada directamente hacia Lilica:
—¡No! Aún está ahí, no ha muerto... ¡Y la salvaré!
Sabrina la miró fijamente, estupefacta por la osadía de la guerrera de Teotia.
—¿Acaso estás loca, humana? No conoces el poder de mi padre... Su poder devora el alma...
Sus palabras se congelaron en su garganta. Fue entonces cuando un recuerdo reciente golpeó la mente de Sabrina: hace apenas unos días, una de las subordinadas más valiosas de Tahiel se había librado por completo de aquel control absoluto de los hilos. Era una humana, y esa misma persona estaba parada justo enfrente de ella en este momento. Era Aurora. ¿Pero cómo lo había logrado? ¿Cómo se liberó del control mental de los hilos de su padre?
Sabrina dio un paso al frente, exigiendo respuestas:
—¿Cómo hiciste para liberarte del control mental? ¡Eh, dímelo, humana!
Aurora no desvió la mirada de su objetivo, pero respondió con una voz cargada de orgullo y resolución:
—Una persona especial me salvó, y ahora le debo toda mi gratitud y lealtad.
—¿Una persona especial? —repitió Sabrina, encajando los cabos sueltos—. No me digas que te refieres al héroe... ¿Acaso tiene el poder de contrarrestar el poder mágico de mi padre?
—Sí —sentenció Aurora con firmeza—. Lorian es capaz de derrotar a Tahiel. Su poder de héroe es mucho más que el de Tahiel.
Sabrina soltó una risa forzada, intentando aferrarse a su antigua superioridad.
—¡Patrañas! El poder de mi padre no puede ser alcanzado.
Aurora ladeó ligeramente la cabeza, desafiándola con la mirada.
—Entonces... ¿Cómo explicas que yo esté aquí, luchando del bando del héroe y no de él?
Sabrina no respondió. El silencio de la princesa demonio fue absoluto al entender que la humana tenía toda la razón. No conocía las verdaderas capacidades del héroe. Esta guerra que inició Tahiel contra Lorian estaba resultando ser un rotundo fracaso para el monarca oscuro, simplemente porque no se había tomado el tiempo de estudiar a detalle las habilidades y el alcance del poder que poseía el héroe de la profecía.
En ese instante de tensión, el espacio a un costado de la plaza se fracturó con un chasquido mágico y un portal de energía se abrió de golpe. De la brecha salió Farasya, pisando con firmeza los escombros.
Sabrina se sorprendió enormemente al verla allí y le preguntó de inmediato, alterada:
—¿Cómo era posible que estés aquí? Yo te dejé en el palacio de mi padre.
Farasya esbozó una sonrisa astuta, acomodándose el cabello.
—Eres un libro abierto, hermana. Olvidaste cerrar por completo el portal. Yo lo modifiqué con mi magia y lo pude utilizar.
Sabrina arrugó el ceño, dándose cuenta de la jugada.
—No me digas que copiaste mi magia...
—Para nada —aclaró Farasya, restándole importancia con un gesto de la mano—. Solo es temporal. No es que pueda copiar habilidades como tal... Se podría decir que solo las puedo utilizar una sola vez.
Aurora agudizó sus sentidos, dándose cuenta de inmediato de la presencia de esta nueva entidad demoníaca que alteraba el tablero de juego. Sin embargo, en lugar de atacar, Farasya miró directamente a Aurora y le habló con total seriedad:
—Es cierto, humana... Lilica sigue todavía ahí. Todavía no ha muerto. Todavía hay una posibilidad de salvarla.
Sabrina interrumpió a su hermana menor, desesperada por la situación:
—¿Pero qué dices, hermana? Ella ya no está allí dentro... Ahora es una marioneta sin alma.
Farasya se giró hacia ella con el rostro encendido en ira y le gritó con fuerza:
—¡Cállate! ¡Todo esto es por tu culpa! Tus insultos y humillaciones hicieron que el corazón de Lilica se debilitara y, por ende, mi padre la controló con sus artimañas.
Sabrina se quedó en completo silencio. Las duras palabras de Farasya impactaron con la fuerza de un golpe físico muy fuerte en su corazón. Sin argumentos para defenderse de la verdad, solamente bajó la mirada hacia las piedras del suelo, consumida por la culpa.
Sin perder tiempo, Farasya se volvió hacia Aurora para proponerle la tregua:
—Humana... o más bien, Aurora. Trabajemos juntas para salvar a Lilica.
Aurora la evaluó por un microsegundo a través de su aura y, al notar la sinceridad en sus ojos, asintió con una leve sonrisa.
—Sí... Veo que no eres como Sabrina.
Farasya soltó una pequeña mueca amarga antes de responder:
—No... Creo que soy aún peor que Sabrina. Pude haber acabado con el maltrato de Sabrina hacia Lilica pero no hice nada, solamente me quedé mirando cómo la humillaba. Yo también soy un monstruo... Es por eso que la salvaré. Por todas las cosas malas que le hizo Sabrina, yo remediaré todo ese daño.
Aurora ensanchó su sonrisa, reconociendo la nobleza detrás de ese remordimiento.
—Igual... Veo que no eres como Sabrina, y eso es bueno.
Farasya sonrió también, sintiendo que una pequeña chispa de esperanza se encendía en medio de la miasma asesina.
—Entonces... ¡Salvemos a Lilica de este sufrimiento!
Aurora asintió con determinación, aferrando el pomo de su arma con ambas manos.
Ambas guerreras adoptaron sus respectivas posturas de combate, listas en cuerpo y alma para enfrentar y rescatar a Lilica de las garras mentales de Tahiel. Esta épica batalla estaba llegando a su final definitivo; el destino de Lilica estaba, ahora más que nunca, en las manos unidas de Farasya y Aurora.
18Please respect copyright.PENANAJ5QWCjJ5cQ


