Los días se habían sucedido con pesar y aburrimiento.
— Perdonadme, lady Elizabeth, pero no había mucho de lo que escoger en la despensa.
— Lo entiendo, Elaine. No te preocupes.
Y la criada se sentó a comer junto a ellos. Su madre nunca se había sentido cómoda al ver a alguien de pie y con la boca vacía, mientras ella saboreaba algún platillo.
— Ya habrá tiempos mejores, te lo aseguro. — siguió diciendo.
A continuación, y antes de cualquier bocado, bendijeron juntas la mesa.
La comida frugal consistía en un potaje insulso, que no dejaba regusto ni llenura, y unos trozos de pan frito chispeado con aderezo como acompañamiento.
Se llenaban el estómago una vez al día, dos si tenían suerte. El almuerzo servido a deshora o la cena temprana, según fuera la ocasión, les valía para calmar el hambre unas horas. Grace era consciente de que en las zonas más pobres de la ciudad las personas no tenían más que pan y agua para sobrellevar el día… Pero, de todos modos, opinaba que no estaba bien conformarse con lo que tenía entonces su familia, con lo que les habían dejado.
Maleducada fuera, si se quejase. De manera que se calló a base de cucharadas de potaje. Se mordió el labio e hizo caras raras, pero dejó pasar aquel sabor triste y todavía extraño al fondo de su garganta. Añoraba con creces y deseaba tener de vuelta todo lo que la guerra le había quitado. Todo.
Por momentos se escuchaba solo el tañido de los cubiertos contra la porcelana.
Escasos eran los ánimos de hablar en la mesa. Y en los últimos días, el que menos decía palabra era su hermano Val, quien regresase de la guerra con la cabeza gacha en lugar de victorioso e hinchado de orgullo. Pero al menos había regresado a su lado, todavía vivo. Grace encontraba un consuelo vasto en ello, a pesar de que a Valysar le avergonzase admitir lo propio en voz alta.
Más adelante, y para el pesar profundo de Grace, su madre se llevó las manos a la cara, y se echó a llorar a mares. La cuchara cayó sobre el cuenco de potaje todavía intacto, y aquel toc de la madera precedió a un gimoteo incontrolable.
— Mamá — Grace se inclinó hacia ella, preocupada —, sé que la comida está del asco, pero las cosas irán a mejor ahora. Tu misma lo has dicho… ¿Madre?
— Mi lady, mi señor, ehh… — iba diciendo Giselle entre titubeos, mientras irrumpía en el comedor. —. Perdonadme. No estaba segura si queríais verlo, pe-pero es que él no se detuvo a esperar afuera.
Su mismísima madre no hizo caso de su consuelo, y tan pronto como la niña estiró una mano para buscar confortarla, se levantó de golpe echando el asiento hacia atrás. Grace la siguió con la mirada, observando como recorría el comedor con el llanto aflorándole y con una voz que luchaba por conferir palabras.
« Mamá…, otra vez no », pensó sin llegar a sospechar que tan equivocada estaba. Su madre no escapó de nuevo a llorar a solas. En aquella oportunidad se detuvo en el umbral de la puerta, y se arrojó hacia un hombre ataviado con ropajes de colores oscuros. Grace no consiguió atisbar su rostro de buenas a primeras.
Pero se regocijó al reconocerlo.
Connor separó los labios, como pretendiendo decir algo, pero de él no salió nada más que una sonrisa.
— Gracias a Dios que estás vivo. — sollozó su madre.
— Lady Eliza — terminó diciendo al rato. —. No estaba seguro si aceptarías verme.
— ¿Cómo no te aceptaría? Si te quiero como a un hijo.
Por fin lo veía otra vez. Y durante todo lo que duró aquella bienvenida de su madre al mayor de sus hermanos, Grace se mantuvo inmóvil en el asiento. Estuvo siempre convencida de que no lloraría ni una milésima parte de lo que su madre lo había hecho. Después de todo, no veía alivio en algo que estaba segura sucedería tarde o temprano.
Connor había estado siempre fuera de peligro allá fuera. Era prácticamente invencible como Demogorgón, por lo que sabía.
Y a pesar de todo esto, no supo que estaba derramando lágrimas hasta que descubrió que sorbía por la nariz. Se dejó llevar solo en aquel instante, porque, a fin de cuentas, era felicidad lo que brotaba de sus ojos.
— Grace. — Él se acercó a la mesa, con cautela y dando sospechas de timidez. — ¿Cómo has estado, pequeña?
Se preguntaba entonces si todo era parte de aquel sueño que había tenido un par de veces ya, cuando el cuerpo débil se le movió por cuenta propia y se puso en pie sobre la silla para abrazarlo.
— Te tardaste en volver. Mucho. — Y oprimió el rostro contra su pecho. No quería soltarlo por nada del mundo, pues Grace temía despertar en cualquier instante. —. Sabía que estabas allá afuera, Atenea me lo dijo. Sabía que regresarías. Pero te tardaste.
Y se disculpó con ella tanto como los demás se lo permitieron.
— Connor. — terminó expresando Val, colocándole una mano sobre el hombro.
— Valysar. — dijo a secas, a modo de saludo.
Por fin ambos habían vuelto de la guerra. Sanos y salvos.
— Fue un acto loable el que hiciste — Suspiró. —. Estamos agradecidos contigo.
Y aquellos fueron los escasos instantes que sus hermanos compartieron. Connor simplemente asintió con gesto inalterable, y Valysar se dio la vuelta, para salir del comedor hacia el jardín. Elizabeth intentó retenerlo sin éxito.
A Grace le hubiese encantado un minuto más reunida con ellos dos juntos, pero Connor y Valysar, aunque no se llevasen especialmente mal, tampoco disfrutaban de la compañía del otro. De pie sobre el asiento parecía casi tan alta como ellos. Se preguntó si de adulta de verdad lo sería. Y se preguntó, además, si de adulta los convencería de poner paz a sus diferencias.
Las criadas se retiraron sin solicitarlo, por lo que rápidamente quedaron solo tres personas en la sala. Grace se percató que Elaine y Giselle habían guardado silencio tanto como un muerto y evitado cruzar miradas con su hermano. Esperaba que Connor no se hubiese dado cuenta.
Más adelante, su madre recibió de él una bolsita de mimbre que repiqueteó como cargada de monedas.
— Esos malnacidos han dejado la ciudad hecha una ruina. Y vuestro hogar ya no luce tan resplandeciente como antes, lady Eliza. Os va a hacer falta esto… La Corona me ha concedido lo mejor que saber hacer, sino es que lo único. Os obsequiaré tanto como sea posible, mientras podamos guardar las apariencias. Pues nadie debe saber que he venido. Habladlo con Elaine, con Giselle, con todo el que esté a vuestro cuidado… Y, lady Eliza… Me arrepiento mucho de no haber llegado con más anticipación aquella vez. Habríamos sufrido menos… pérdidas.
Los tres estuvieron platicando durante un cuarto de hora. Aunque, a decir verdad, casi todo cuanto Grace hizo fue escuchar cómo su hermano y su madre hablaban sobre tiempos que habían sido mejores. Cada palabra, sin embargo, que se escuchó acerca del mañana, en el que depositaba sus esperanzas, vino por cuenta de Elizabeth. Y al final, su madre le dio a Connor un beso en cada mejilla, y vaciló con despedirse, pero permaneció allí por un minuto más. Luego lo besó otra vez antes de retirarse.
— Hablaré con ellas. No dirán nada, te lo aseguro — mencionó mientras se alejaba. Y antes de salir del salón, se dio la vuelta. —. Connor, cuida tus modales. Te prohíbo que vuelvas a irte sin antes decirme adiós.
— Sí… Lo mismo digo. — declaró Grace, cruzándose de brazos. Su hermano tenía la costumbre muy arraigada.
Cuando estuvieron solos, él la sujetó por la cintura, y con una facilidad pasmosa la bajó del asiento en el que Grace continuaba de pie.
— Tiempo atrás mencionaste a Atenea… ¿La conoces?
— Bueno, ha venido como… tres o cuatro veces por semana desde que te fuiste, para pasar la tarde. Es una persona maravillosa y la mujer más bonita que he visto nunca. A lo que más le hemos dedicado tiempo ha sido a hablar y hablar de ti. Como si no se cansara nunca — bromeó. —. Me contó todo lo sucedido antes y después de que tú y ella se volviesen amigos, allá en los bosques… También nos trae pan caliente. Su tía Moira la acompaña siempre y Ross se queda a cenar de vez en cuando… Sabes, Wyke la adora casi tanto como yo — Y de repente, exhaló con sorpresa al recordarlo. —. Me dijo que montaron a un Dragón de Metal, ¿eso es verdad? — Grace no dio tiempo a la contestación, y dio un saltito, entusiasmada. — ¡Y conociste a dos Hadas también!
Connor apretó los labios para ahogar una sonrisa, aunque eso no evitó que se le formaran hoyuelos en los mofletes y que los pómulos se le realzaran.
— No diría que los conocí, pero vi a Morgana y a Harlem cara a cara. Fue gracias a Atenea. Ella consiguió llamarlos. Tiene una hermosa voz.
« Así que era cierto. Había que llamarlos usando música ».
— No estábamos seguros de que existían, pero ahora sí.
— Nada de eso, Grace. Tú no estabas segura; yo sabía que eran reales.
— Tenemos que ir a la Senda del Viajero alguna vez. Tú, Atenea y yo. Podríamos ir a ese crómlech e invocar al Hada, y así recorreríamos taaantos lugares. Buscaríamos a esos extraños seres del bosque con cuernos, que también hacen magia. Atenea me lo dijo — Notó de pronto que estaba hablando demasiado rápido. Hacía aquello siempre que se emocionaba de sobremanera. —. Imagínalo. Podríamos conocer tierras más allá del mar o un océano hecho de hielo en el punto más sentep… septentri… — arrugó la cara intentando desenmarañar aquella palabra tan difícil, con lo que su hermano se echó a reír. — septentrional del continente. Ya sabes, el sueño de Atenea era… Bueno, sus padres ya no están, ¡pero aún podríamos cumplirlo!
El gesto alegre se le cortó de pronto. Bajó la mirada, entristecido por alguna razón.
— Al parecer mi vida está llena de imposibles.
— ¿Eso es un no?
— Eres tan gentil y buena — dijo sin hacer caso a su pregunta, desordenándole el cabello con una mano. —. Eres como un ángel, aunque no tengas alas. Mi hermana, aunque no seamos de la misma sangre. Que bueno es verte sana y salva después de todo lo que ha pasado. — suspiró poco antes de dejarse caer sobre la silla con aires de cansancio. Grace no supo adivinar el porqué de aquel cariz mustio y decaído. —. Sabes que no puedes decir a nadie lo que Atenea te contó, ¿verdad?
— Eso ya lo sé. Me hizo prometer que guardaría el secreto. Me dijo que las promesas no se rompen. Y le dije que al igual que tú, yo no las rompía. — Pero Grace tenía sus sospechas respecto a que Atenea quizás se guardase ciertos secretos, como si algunas cuestiones acarrearían más preguntas que respuestas.
Y cierto era que, como entonces pudo comprobar, tanto Connor como Atenea esbozaban un gesto entristecido cuando hablaban del otro.
— No pude estar más equivocado — confesó él. —. Antes de venir aquí estaba tan nervioso como en aquella batalla contra los celtas. Había llegado a temer que no encontraría en ti nada más que decepción, que Elizabeth, aún con inmensa pena, evitaría estar en mi presencia, y que Valysar colocaría su espada de por medio, si insistía en veros a vosotras.
— Qué tonterías dices. Somos familia. — «La familia que no pudiste tener antes. »
Connor, despacio y con cautela, se sonrió mientras se le quedaba viendo. Y Grace leyó por fin un rayo de ánimo y optimismo en su rostro.
No mucho después, Grace se subió a su espalda, y remontaron juntos las escaleras. A cuestas, lo rodeaba con los brazos y las piernas cruzadas, y él la sostenía por las rodillas, para que no se fuese deslizando al suelo de a poco.
Se sentía aliviada y limpia de sus miedos, como si le hubiera caído encima un baño agradable de agua tibia.
— ¿Sabías que tenemos un nuevo mozo que atiende a los caballos? Se llama Jon. Es un poco soso. No se lo digas. Pero es muy buena persona. Casi se cae de la silla de montar la primera vez que vio a Atenea. — Había rebuscado en su mente tema alguno que se relacionase a ella, nada más para curiosear qué expresión se le escapaba a Connor. —. Valysar ha sido más de mirar a otro lado o mantener la distancia, cuando ella está aquí. Conociéndolo eso significa que le gusta… Val es un poco raro en ese sentido. A Giselle no le hace la menor gracia, y quizás por eso se dedica a decir cosas feas sobre Atenea — dijo esto último entre sus susurros. —. Ya me di cuenta de que Giselle está enamorada tanto de mi hermano como del mozo de cuadras. Es una sonsa. No se lo digas.
« Ellos se piensan que no tengo idea de nada, pero la verdad es que soy tan perspicaz como tú, Connor ». Y para colmo, la subestimaban porque aún era una niña. Pero ya descubriría cómo sacar ventaja de ello en un futuro.
Cuando llegaron a su habitación, saltó a la cama. Había conducido a su hermano allí con el único propósito de que viese y valorase su arte, pero cierto recuerdo surgió de pronto. Se acordó de por qué estaba tan enojada con él.
— Mentiste — le asestó un golpecito con la mano abierta. —. Me mentiste. No creas que no me di cuenta.
— No ha sido una mentira — señaló, visiblemente sorprendido. —. Solo no supe mantener mi promesa.
— Yo no me refería a eso — caminó sobre la colcha hasta la mesita de noche, y señaló el nuevo recipiente de vidrio que había conseguido para sus amigas. —. Hablo de esto. La luz de las luciérnagas me protegió tal cual dijiste que lo harían, pero…
— Ah. — musitó él.
— Te vi en la luz — dijo, volviendo hacia él. —, como si estuvieses hecho de fuego. Me hablaste.
Connor dirigió los ojos hacia la puerta de la habitación abierta de par en par.
— Lo imaginaste, Grace. Es todo.
— No es cierto. Sé lo que vi — Negó con el dedo. —. Las luciérnagas me salvaron. De ellas salieron rayos como los de una tormenta. Y los cuerpos de los…
— Eso lo sé — la interrumpió. —. Sabía de lo que eran capaces y lo leales que pueden ser. Por eso te las obsequié. No son como otras luciérnagas. Lo que intento decir es que… — Miró de nuevo hacia la puerta, con gesto un tanto nervioso. — Por unos instantes viste un mundo hecho de blanco y a mí tomándote del hombro, ¿verdad? Así estaba preparado para que sucediese. No era yo. No del todo. Era solo un espejismo que… puse allí para darte aliento — Y soltó un vasto suspiro —. Así que te protegieron, ¿no? ¿Alguien más lo vio?
Un puñado de aquellos insectos luminosos voló hacia el pasillo, fuera de la estancia. La jarra en la que pasaban la mayor parte del día se hallaba todavía cerrada, de manera que Grace supuso que se habían quedado fuera.
— ¡Entonces sí fue magia! — chilló dando un salto sobre la cama, desbordada de emoción.
— No, no es nada de eso.
— Si no es magia, ¿pues qué cosa es?
— No es nada que importe ahora. Saliste ilesa. Y eso era lo que pretendía.
Grace se arrojó de la cama, y lo atosigó con premura allá donde Connor fuese.
— Dímelo. Dímelo. Dímelo. Dímelo — Podía hacerlo todo el día, si quisiera. —. Dímelo, Connor. Por favor, ¿sí? Dímelo.
— Para ya. — le espetó, alzando de forma grosera su voz.
— No hasta que me cuentes cómo lo haces. — Se cruzó de brazos, pero no podía cuanto menos enfurecerse con él. — ¿Yo también puedo? ¡Dime que sí!
Lo escuchó de nuevo suspirar; lo vio además caer en dudas y después entristecerse.
— No podrías hacerlo, aunque quisieras. Lamento decepcionarte — Se arrodilló para ponerse a su altura. — ¿Esa nueva fascinación tuya por querer saberlo todo a qué viene?
— Estoy cansada de que la gente me mienta. Todos siempre dicen que es para protegerme. ¿Para protegerme de qué exactamente?
Su hermano desvió la mirada. Por largo rato no hizo más que meditar.
Se veía indeciso, de modo que Grace resolvió ayudarlo a despejar aquella nube de incertidumbre que se había levantado a su entorno. A continuación, la niña juntó las palmas de sus manos como si rezara, abrió sus ojos castaños grandes como platos, asegurándose de no pestañar en el camino, y le mostró su sonrisa todavía mellada.
— Por favor.
A uno de sus dientes frontales aún le restaban unas semanas para brotar por completo, y días atrás acababa de caérsele un colmillo de leche. Hizo falta más tiempo y más esfuerzo de lo que hubiera pensado, pero al final Connor dio su brazo a torcer.
— Está bien…, te lo diré. — dijo con voz cansada y poniendo los ojos en blanco.
Grace se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. Y Connor la imitó poco después. Albergaba en ella la esperanza de que fuese una de aquellas magníficas historias a las que su hermano le llevaba media hora concluir.
— Como sabrás, he pasado muchísimo tiempo en el bosque. — siguió él, precavido.
— Ajá.
— Y he descubierto cosas sobre la naturaleza que casi nadie sabe.
— Sí, sí.
— Verás, lo cierto es que descubrí una… piedra mágica, un crisoberilo brillante. Si la haces polvo con tu mano, y echas un poco sobre un animal, puedes hablar con él y hacerte su amigo. Si ellos lo desean, claro.
« ¿Cómo? ¿Ya está? » Se quedó consternada. Tanto que Conor tuvo que ponerle una mano en el mentón para cerrarle la boca.
— Mmmm… — Aquello olía extrañamente sospechoso. — Me estás mintiendo.
— ¿Cómo pudiste saber que mentía?
— ¿¡Qué dices!? — Se le revolvió el rostro de pura impresión. — ¡No estaba segura! Nada más fingía que mentías. ¿Por qué lo haces?
— No grites — advirtió él con un susurro. —. A veces es mejor no saber nada. Hay puertas que no deben ser abiertas, Grace.
Insistir no había funcionado, rogar con lloros desenfrenados no era una opción, y extorsionarlo no sería lo correcto. De tal manera que, no tuvo de otra que hacer que se compadeciera de ella y su desánimo.
— Es un secreto, y lo más conveniente para ti es que no lo sepas — se apresuró a decir su hermano, cuando advirtió el gesto lánguido que se le había dibujado en el rostro. —. Así que, por favor, no vayas por allí diciendo lo que oíste. O lo que has visto.
— Pero…
— Escúchame bien, niña, hay mucha gente allá fuera que quiere hacerme daño. Y serían capaces de acabar con todo lo que quiero — Dejó un instante de dilación en la que adoptase una expresión acongojada similar a la Grace, tan sincera como extraña en él. —. Soy un monstruo para ellos, algo así como un demonio. Cuando alguien, quién sea, te pregunte sobre mí, no quiero que digas la verdad. Déjales en claro que no soy ni fui jamás tu hermano. Diles que solo fui un muchacho al que tu padre alguna vez ayudó.
Grace pasó de estar sentada a ponerse de rodillas en un rápido movimiento. Se acercó a Connor con la risita bailándole en los labios, echando al olvido su actuación acongojada, y lo sujetó fuerte por los hombros.
— No eres un monstruo — Y lo sacudió antes de abrazarlo. —. Eres mi héroe. Me protegiste. Salvaste a toda la ciudad de los celtas. Pero… Pero… — Grace pestañó, confundida, mientras una lágrima tibia se deslizaba sobre una de sus mejillas. — Connor… ¿Estás llorando?
« ¿Hasta el más fuerte se puede permitir esto? », pensó con un ramalazo de sorpresa. En todos estos años nunca había llegado a descubrir en él lágrima alguna. Ni siquiera unos ojos acuosos o mínimamente desolados. Había llegado a pensar que Connor era inmune a la tristeza, al miedo y a la angustia. Pero allí estaba, aferrado a ella, llorando a mares.
— Hice cosas horribles, y aun así no pude salvarlos a todos. Si todavía no lo sabes, algún día lo descubrirás… Estaba tan enojado, Grace. Me arrepiento, pero es que no ha habido día en el que no esté enojado — Él la sujetó con fuerza por los brazos, pero parecía incapaz de verla a los ojos. —. En los últimos momentos de Vyler, dije cosas que no debí decir, pero que siempre he sentido. Se estaba muriendo y no hice más que despreciarlo…. Fallé a la promesa que te hice, Grace. Como lo siento.
— Connor, mírame — Lo zarandeó una vez más, para que reaccionase. « Al menos no moquea como yo al llorar ». —. Él lo sabe. Mamá dice que puedo hablarle todo el tiempo y que él me escuchará, pero no le será posible responder hasta que esté allá arriba. Cuando alguno de los dos muera, iremos al Cielo y habrá tiempo para el perdón.
Grace se encontró de pronto sonriendo. Y él le devolvió la sonrisa, una mueca inequívoca de alivio que dejó atrás a un suspiro alentador.
— Eres un bendito ser de luz. — dijo, estallando de alegría de un momento a otro, y atrayéndola hacia él para estrujarla en un recio abrazo.
— Atenea me contó todo por lo que tuvieron que pasar. No lo sientas. Habría sido imposible esforzarse más. Por favor, no digas que lo sientes.
— Si todos fuésemos como tú, pequeña — agregó, apartándose de ella. Tenía los ojos enrojecidos y a la vez brillantes. —, este mundo sería un lugar mejor. No habría guerras ni calamidades, seríamos honestos y bondadosos. Únicamente reiríamos y solo de vez en cuando terminaríamos llorando, porque no hay de otra.
Ella no estaba de acuerdo.
— Si todos fuesen como yo, el mundo sería aburrido, ¿no lo crees? Además — vaciló, encogiéndose, insegura —, tendríamos todos…
— Tendríamos todos el valor para enfrentar nuestros miedos — terminó Connor en tono brioso. —. Esas luciérnagas, tus Ángeles Guardianes como las llamas, me mostraron lo que hiciste cuando los celtas irrumpieron aquí. Sí, ellas te salvaron, pero tú te enfrentaste a la oscuridad para llegar hasta ellas primero.
« ¿Ellas te mostraron? ¿Cómo? », habría querido preguntar con suspicacia, pero ya le quedaba claro que Connor hacía magia de algún modo. ¿Si no, por qué tratar de ocultarlo? Cierta gente relacionaba a la magia con la brujería. Graso y estúpido error.
Pero aquello explicaba muchas cosas.
— ¿Y tú tienes algún miedo? — inquirió en su lugar.
— Por supuesto — suspiró él. —. Mi mayor miedo es que esta sucia guerra no acabe nunca. Que no aprendamos de nuestros errores y qué todo vuelva a suceder.
Su hermano se limpió el rostro con una manga, y respiró profundamente. Tras esto, sacó de su cinturón una cajita de madera tan amplia y achatada como la mano de un adulto. No tenía ninguna especie de cerradura ni gozne, con lo que solo sería cuestión de deslizar la tapadura para abrirla.
— Te he traído esto. — Cosa que la emocionó muchísimo.
Lo cogió de inmediato entre sus manos.
— ¿Qué es? Es muy liviano.
— No lo abras ahora — le advirtió con presteza. —. Nadie más que tú puede ver lo que hay dentro, sin excepción. ¿Entendido? Este puede que sea el último regalo que te haga, así que me esmeré para que fuera especial.
— Lo mejor de un regalo es la expectativa de saber que hay dentro. — mintió descaradamente. La espera era una tortura, y la curiosidad su verdugo.
— Otra cosa, no seas tonta, y no le vayas a desperdiciar. Podrás usarlo cuantas veces quieras, pero por favor, resérvalo para ocasiones especiales.
— ¿Cómo cuáles?
— Solo para cuando te toque probar de la amarga tristeza.
— En ese caso, no lo abriré el día de hoy. Lo juro. — le dijo con una sonrisa. Tendría que dejar la caja en alguna esquina y tratar de olvidarse de ella, o de lo contrario no haría más que pensar en qué rayos había dentro.
Se levantó del suelo con un calambre una pierna. Le tendió una mano a Connor.
— Yo también tengo un obsequio que darte — le contó mientras lo conducía hasta al otro lado de la habitación, dando saltos con un pie. Por poco olvidaba la razón por la que habían ido hasta allí. — ¡Ta da! — anunció con gallardía, cuando se encontraron frente a la pintura.
La obra no era algo de lo que jactarse, le parecía. Era sencilla, casi rozando la trivialidad, para los estándares de Grace. Pero venía cargada de un profundo significado que solo podían leer aquellos que conociesen la historia que había detrás.
— Atenea. — A secas lo escuchó decir.
Los ojos de Connor reflejaron admiración.
Grace sabía que él era la clase de persona que prefería guardar sus opiniones y su sentir para sí mismo, en lugar de ir por allí proclamándolo a los cuatro vientos.
— Me contó todo lo que hicieron. — siguió diciendo ella.
— ¿De verdad? — Parecía inseguro. Grace podía sentir su pulso acelerado en la mano que aún sostenía con fuerza.
Asintió con la cabeza.
— Blackmountains y el Dragón de Metal, la Bestia, la Senda del Viajero y esas criaturas parlantes con las que se encontraron en el bosque. Me hizo jurar que guardaría el secreto, ya te lo dije, de modo que me ató de manos y nada más tenía permitido pintarlos a ti y a ella. Yo habría preferido retratarlos durante alguna hazaña o un momento remarcable del viaje... Dios, la canción y el encuentro con el Hada Morgana. ¿Me dejarías bosquejar algo como eso?
— Es extraordinario. — confesó, ensimismado, sin hacer caso a la pregunta.
Las siluetas en la pintura protagonizaban una escena de batalla en la que ambos luchaban cubriendo la espalda del otro, como buenos camaradas, contra enemigos que no alcanzaban a apreciarse. Ella llevaba el escudo y la espada; él portaba el arco. Cada uno ataviado según las indicaciones que Atenea le había proporcionado. Grace había querido esmerarse tanto en los detalles que rehízo el cuadro dos veces para que ambos fuesen lo más idénticos posibles a sus contrapartes reales. Los rostros de las personas siempre era lo más complicado.
— Atenea y Connor, lo llamé a secas.
Su hermano no respondió de inmediato. Se mantuvo absortó por largo rato.
— La Bella y la Bestia, me parece que es mejor título.
— Ahhhh, claro, como esa canción... O más bien ese soneto.
— Como la historia, Grace. — agregó, corrigiéndola.
— Ya lo sé, pero no me gustan esa clase de historias. Son tonterías — Lo miró desde abajo con una sonrisa triste en los labios. « Se gustan… No, incluso más que eso; creo que se aman.» Los ojos de Connor no mentían. Se delataban repletos de desamor. —. Nunca antes había visto a alguien con ese cabello rubio y níveo. Atenea dice que es natural, pero yo creo que de alguna forma se lo pinta. No se lo digas. Pero no me trago el cuento de que un día para otro cuando era niña le surgieron mechones blancos.
— Es extraordinario — repitió.78Please respect copyright.PENANAMg2ja6M8it


