El templo Tenryū-ji no parecía un lugar sagrado aquella madrugada. El patio interior estaba embarrado y cubierto de un olor metálico a sangre y desechos humanos. No había curiosos, ni monjes, ni rezos, sólo un silencio fúnebre. Hombres con uniformes oscuros de la Primera División de la Policía de Kioto trabajaban con una eficacia muda, casi quirúrgica escondiendo la masacre allí vivida.
Algunos agentes envolvían los cadáveres en lonas gruesas y los sacaban por las puertas laterales en carros improvisados; otros fregaban los tablones con cepillos duros bajo la intensa lluvia, arrancando restos que no debían existir para cuando saliera el sol. La sangre se diluía en los desagües del jardín como si nunca hubiera pertenecido a nadie.
Cuatro hombres llegaron sin escolta visible, con sombreros altos, relojes de bolsillo y zapatos de punta bajo sus paraguas negros. Trajes sobrios, colores apagados, cortes impecables. Ningún agente los detuvo, nadie los miró directamente a los ojos. Bastó con que atravesaran el umbral para que el trabajo continuara con mayor rapidez.
—Para el amanecer, será como si el templo hubiera permanecido inmutable al tiempo. No se preocupen caballeros, nadie notará la diferencia —dijo Enju acercándose a su encuentro.
—¿Y cuántos quedan? — preguntó el mayor de los cuatro inversionistas, observando cómo dos cuerpos eran retirados apenas a unos metros, como si incluso muertos conservaran algo de peligrosidad.
—128 participantes cruzaron la salida del templo, menos de la mitad de los que se iniciaron — afirmó Enju condescendiente.
—Vaya, calculé que sobrevivirían muchos menos, pero esto lo hace más interesante —contestó un hombre con lentes y de mirada afilada.
—Sabíamos que los samuráis lucharían hasta la muerte. Aun así, el hedor de la sangre es muy fuerte —dijo un tercero imaginando la escena y apuntalándolo con una risa sonora y desagradable.
—¿Y los que destacaron? — Enju no necesitó preguntar a quiénes se referían.
— Ukyo Kikuomi fue el primero en salir. Recordarán a su familia por ser el escudo de la casa real desde que el tiempo tiene memoria. Igual de estirado, pero visiblemente irritado. Décadas de servicio y lealtad ininterrumpida, cayendo en la pobreza más absoluta y terminando en la arena del Kodoku.
—Japón está lleno de excedentes humanos —dijo el cuarto, que todavía no había participado en la conversación— Gente entrenada para guerras que ya no existen. Extranjeros sin patria ni hogar. Huérfanos, desertores, delincuentes... El Estado no puede permitirse cargar con todos ellos…
—El mundo ha cambiado. El Kodoku sólo refleja este absurdo. Aunque aprecio la visita decirles que el organizador se reunirá con ustedes más tarde. Hasta su encuentro, descansen y disfruten de la propiedad —los despidió Enju solemnemente con cara tensa y una sonrisa forzada. Los cuatro hombres se dieron media vuelta. No inspeccionaron más. No pidieron explicaciones adicionales. Lo que importaba ya estaba decidido.
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La aldea quedaba a medio día de camino de Kioto, demasiado pequeña para figurar en mapas oficiales, demasiado pobre para merecer protección. Las casas de madera se alineaban junto a los arrozales como huesos frágiles, y el humo de los hogares aún flotaba bajo cuando los gritos comenzaron.
Bokotsu caminaba despacio entre los campos, con la katana al hombro y una sonrisa distraída, como quien mata el tiempo. Su ropa estaba manchada de barro y algo más oscuro. Se detenía de vez en cuando para hacer una pregunta, siempre la misma, nada amable:
—¿Habéis visto a un samurái con una mocosa por aquí?
No esperaba respuesta. Nunca la esperaba.
—Por favor, ten piedad. Te lo ruego —las madres y mujeres le rogaban, pero su silencio era ominoso.
Se rompía con golpes secos, carreras desesperadas, cuerpos cayendo entre el arroz aplastado. No había rabia en él, ni urgencia. Solo aburrimiento. La violencia era un gesto mecánico, una forma de pasar el rato mientras el mundo le ofrecía resistencia.
Ukyo Kikuomi llegó cuando ya era tarde.
El Noble Guardián avanzó entre los cuerpos con la espada en el cinto, el rostro tenso, los dientes apretados. Vio a una anciana tendida junto a un pozo. Vio a un niño escondido bajo una carreta, inmóvil de puro terror. Vio el humo, la sangre mezclada con el barro, los cuerpos desarmados heridos o agonizantes.
—Detente bruto—ordenó, con una voz que aún conservaba autoridad.
Bokotsu giró la cabeza despacio.
—¿Y tú quién diablos eres?
—Ukyo Kikuomi.
—Ya veo, eres el famoso Dios Guardián de los nobles de la corte — sonrió enseñando los dientes mugrosos y ennegrecidos.
—Váyanse por favor, corran.
—Escuché rumores sobre ti. Que criatura más lamentable. Serviste tan bien a tu maestro y fuiste desechado tan fácilmente. Eso significa que tú y yo somos iguales —siguió burlándose mientras caminaba en círculos.
—¡Silencio! No me hables de la vileza a la que perteneces —contestó Ukyo sin quitarle la vista de encima, pero sin apenas cambios en su rostro.
—Juguemos entonces —amenazó Bokotsu mientras Ukyo desenvainaba su katana. No tardaron en sucederse las estocadas y los tajos, mientras se leían debilidades y aperturas mutuamente.
—No te retuerzas más, bastardo escurridizo —escupió Bokotsu entre jadeos.
—¿Qué pasa? ¿Sólo sabes hacer eso? —escupió Ukyo, con la voz tensa por el cansancio—No tengo tiempo para pelear con alguien como tú.
Alzó la katana por encima de la cabeza, el cuerpo perfectamente alineado, la postura de ataque impecable incluso entre el barro y los restos del mercado destruido. El acero brilló un instante antes de descender.
Bokotsu ya había perdido su sable. Y no parecía importarle en absoluto.
La hoja de Ukyo cayó, pero Bokotsu se lanzó hacia adelante en lugar de retroceder. El filo se hundió en la pared de madera tras él con un golpe seco, atrapando la katana entre tablas astilladas y fibras húmedas. Durante una fracción de segundo, Ukyo creyó haber ganado.
Entonces Bokotsu empujó la espada con la mano desnuda.
La piel se abrió sin que él emitiera sonido alguno. La sangre resbaló por sus dedos y goteó al suelo, oscura, espesa. No retiró la mano. No dudó. Siguió empujando, los dientes apretados, los ojos fijos en Ukyo con una calma enfermiza.
Ukyo abrió los ojos, horrorizado.
—¿Qué…?
No terminó la frase.
Bokotsu avanzó un paso más y, antes de que Ukyo pudiera reaccionar, se lanzó sobre su mano. Sus dientes se cerraron sobre el pulgar que sujetaba la empuñadura. El grito de Ukyo fue breve, ahogado, roto por el crujido húmedo.
Bokotsu se apartó de un tirón y escupió al suelo sin ceremonia, como si acabara de deshacerse de algo desagradable atrapado entre los dientes.
El pulgar cayó entre el barro y las cestas destrozadas.
Ukyo retrocedió, la katana resbalando de su agarre inútil, la respiración descompuesta, la cara desfigurada por una mezcla de dolor y pánico. Por primera vez desde que había desenvainado la espada, no supo qué hacer.
Una sonrisa torcida, satisfecha iluminó la cara de Bokotsu.
—Esto es lo que pasa —murmuró —Seguís creyendo que el país os debe algo.
El primer error de Ukyo fue creer que Bokotsu respetaría el intercambio. El segundo, intentar proteger en lugar de matar.
Bokotsu cerró distancias. No hubo técnica. No hubo honor. Los golpes llegaron como martillazos. La nariz se rompió con un chasquido seco. La compostura se deshizo antes que el hueso. Cada impacto borraba años de disciplina, de servicio, de fe en un orden que ya no existía.
Ukyo cayó de rodillas. Aún intentó levantarse. Aún creyó que había una forma correcta de morir. Pero Bokotsu no se la concedió.
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—No basta. No es suficiente —Bokotsu se paseaba por los campos de arroz balanceando la cabeza amoratada de Ukyo. Al encuentro con dos campesinos, pateo la cabeza hacia ellos, más aburrido que consciente.
—Tomen señores —y se marchó con una risa desquiciada, mostrando sus tatuajes de delincuente y cayéndole aun sangre de la boca sucia.
Cuando se fue, no dejó mensaje alguno. Solo la certeza de que el Kodoku no había terminado de vomitar monstruos.
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